EL RETO DE SABER CONTAR: JOEY RAMONE (REMAKE)

Por SERGIO MONSALVO C.

“One…two…three…four”. Es la cuenta mágica con la que el rockero prometeico, desde su aparición en el mundo, ha retado con carreras de velocidad y energía vital a los dioses, quienes en venganza lo han encadenado permanentemente al hecho de encontrar un final prematuro para sí, el cual se repite ad infinitum en la trayectoria del género. El castigo definitivo: morir pronto.

Sin embargo, a las deidades les sale el tiro por la culata, también de manera regular, al tornarse su víctima en un héroe, en un mito a su nivel, como Joey Ramone, por ejemplo.

“One…two…three…four”. Los números de la creación, su invento a través de la música. Uno que se explica mediante la onomatopeya: “Gabba Gabba Hey!”.

Y Joey a medida que escoge el camino de cada dígito lo recorre, al tiempo que borra su huella y vislumbra el final del cuatro, que le muerde la cola al número uno, que ya está sobre el dos…y así sucesivamente.

El asunto era (es, con los Ramones) siempre volver al punto del comienzo: “Hey ho… let’s go!”.

Joey Ramone (o Jeffrey Ross Hyman, según su acta de nacimiento del 4 de marzo de 1952) tendría hoy siete décadas de existencia pero murió hace 25 años, a mediados de abril del 2001. Un año maldito. Pero su figura ha cobrado mayor fuerza con el paso del tiempo. Fue la quintaesencia de un grupo que, más que una historia, se ha significado en un concepto.

Uno que a cada cambio de canción se desdobla en uno semejante, con su propia traducción y transposición. Temas de dos minutos y de reiteraciones que se han resuelto en una confirmación del texto, del lenguaje como camino:  I wanna…esto, I wanna…eso, I wanna…aquello. La voz del Ramone totémico resumía así todos los puntos esenciales de la existencia.

Por eso los Ramones fueron (son) más que un grupo de rock: representan (hoy, como ayer y como mañana) una auténtica filosofía.

Joey recibió el castigo divino como otros de sus semejantes, en este caso a través de una enfermedad que lo fue socavando hasta su extinción. Pero había sido tal el reto y la rapidez de la disolución del tiempo en aquellos fragmentos tan pequeños, un par de minutos apenas, que las rencorosas deidades se cebaron no sólo en el Jasón punketo sino también sobre sus argonautas.

La primera década del siglo XXI vio caer a casi toda la cuadrilla. La muerte de Linda Stein, representante de la banda, fue el penúltimo eslabón en la fatal cadena de acontecimientos que persiguió a los miembros del grupo desde que en 1996 decidieran separarse en definitiva.

La tragedia se ensañó con ellos y, además, siempre ha coincidido con celebraciones de su legado. Igualmente ha provocado momentos de ironía dramática: unos días antes de este último deceso se editó un DVD en vivo del grupo con el título de It’s Alive.

Anteriormente a su disolución en 1996, a Joey le diagnosticaron un cáncer linfático. Ni el yoga, ni la vida sana, ni siquiera la sustitución del rock and roll por la especulación financiera lograron mantenerlo vivo. Falleció el 15 de abril del 2001.

“El Día de Joey Ramone”, como quisieron los fans que el Congreso estadounidense lo decretara (el ayuntamiento de la Urbe de Hierro le puso el nombre de Joey Ramone Place a una calle de la ciudad –la esquina de Bowery y la East Second Street–, en la misma manzana del famoso club CBGB’s, el referente iniciático del grupo).

A Joey apenas le había dado tiempo de terminar, tras tres años de ardua labor, el disco como solista Don’t Worry about Me, que se editó de manera póstuma.

Un año después, la banda entraba en el Salón de la Fama del Rock and Roll. Meses después, Dee Dee (el bajista) falleció por sobredosis de heroína. Johnny, el guitarrista, quien había mantenido un pleito ideológico con Joey a través de los años debido a su conservadurismo derechista, murió el 15 de septiembre del 2004, el mismo día en que se estrenaba End of the Century, el primer documental sobre la carrera de los creadores de «Blitzkrieg Bop», y se inauguraba en Berlín el museo dedicado al cuarteto de Queens.

El único miembro original de la formación que grabara el disco debut del grupo (Ramones, 1976) y que siguió con vida fue Tommy Ramone, quien pasó de manager a baterista del grupo. En los tiempos postreros se dedicaba a tocar por el circuito de bares de Nueva York y Connecticut con su banda de bluegrass Uncle Monk. Según los reportes, esconderse tras este género tradicional lo hizo gozar de buena salud hasta el momento de su muerte el 11 de julio del 2014.

Joey, pues, ha cumplido un cuarto de siglo de muerto y, según también los reportes, este Ramone primigenio no cambia tampoco de postura durante los conciertos que da en el lugar donde se encuentra, ¿para qué?:  una pierna adelante, flexionada, y la otra atrás, rígida.

Es el reencuentro de sí mismo en cada ocasión. Un sistema de espejos en el que el tiempo era (es, cada vez que se le oye) un sublime rito de recuperación, salvaje y primitivo.

Los “Gabba Gabba” (onomatopeya incluida en sus canciones) como metáforas de un lenguaje cifrado, coreado por generaciones, y una expedita cuenta que sigue irritando a unos paquidérmicos dioses: “One…two…three…four”.

VIDEO: The Ramones – I Don’t Want To Grow Up, YouTube (ashes22)

CANON: CHUCK BERRY (100 AÑOS/V)

Por SERGIO MONSALVO C.

Chuck Berry hubiera cumplido 100 años en el 2026. Un centenario fastuoso dada la importancia del personaje para el género rockanrolero y para la música en general. Vaya esta serie como un sentido homenaje a quien le proporcionara al rock sus historias, su guitarra, su riff y sus gestos. Un legado inconmensurable.

LA COSMOGONIA DEL ROCK & ROLL (V)

En el ínterin de su permanencia en la cárcel, la compañía Decca editó la pieza «Memphis, Tennessee», una de las mejores fusiones logradas por el músico del sentimiento blusero y una narración contemporánea. En los Estados Unidos, la versión instrumental de este tema, grabada por Lonnie Mack tuvo mucho éxito, al mismo tiempo que el sello Pye –la sucursal inglesa de Chess– se surtía sacando la original, que entró al Top Ten en 1963.

Ese mismo año, los Beach Boys basaron su canción «Surfin’ USA» en «Sweet Little Sixteen»; y a la postre, el primer sencillo colocado por Dylan en las listas de popularidad, «Subterranean Homesick Blues», sonaba como la segunda parte de «Too Much Monkey Business». Sí, definitivamente Chuck Berry estaba en el inconsciente colectivo de los nuevos rocanroleros.

Las primeras grabaciones hechas por él después de quedar en libertad, en 1963, incluyeron varias clásicas: «Nadine», «No Particular Place to Go» (la cual retrató el idilio adolescente en una sola línea, «Manejando mi coche con la radio puesta») y la animada y quejumbrosa «It Wasn’t Me». A mediados de la década, Berry se pasó a la compañía Mercury a cambio de un adelanto de 50 mil dólares.

Su preocupación por los asuntos financieros era legendaria, y abundan los relatos de su exigencia de pagos en efectivo antes de cualquier show. Cuando comenzaba una gira, no llevaba músicos. Por lo regular iba solo y hacía un casting para seleccionar a los músicos que lo acompañarían en el país en turno.

Lo característico de esta forma de presentarse es que no les pagaba a los músicos. De manera arrogante, Berry consideraba que tocar con él ya era un honor suficiente y por eso no debían ser actuaciones remuneradas. Igualmente, especificaba que todo guitarrista de rock debía conocer sus canciones. Entre otras de sus excentricidades y requerimientos contractuales estaba también el de recibir en el aeropuerto y manejar personalmente un auto Mercedes de color blanco allí donde actuaba (para no tener que darle propina al chofer asignado para ello).

VIDEO: Chuck Berry, ‘Memphis Tennessee’ live 1965 remaster, YouTube (Gazely Gaze)

PLUS: ROCK Y POESÍA (SUSTANCIAS CONCATENADAS/V)

Por SERGIO MONSALVO C.

John B. Sebastian

Las canciones del rock a partir de los años cincuenta del siglo XX –fecha en que se empezó a documentar su trascendencia en las listas de popularidad— se han significado como una matriz de la cual todos los comportamientos tradicionales con respecto a las obras musicales salieron bajo una forma poética distinta.

Una que rara vez ha rebasado los cinco minutos de duración, y que se convirtió en terreno fértil para el uso de muchos buscadores de una educación sentimental y emocional. Con las canciones de este género surgió una nueva subjetividad, tanto social como psicológica y, sobre todo, romántica.

Los temas de estos cantos poéticos se convirtieron en una especie de arquitectura comunitaria; un arte cuya recepción ha sido consumida por una colectividad en estado de “percepción”. Representan una sensación, el acceso compartido, comunitario, frente a un mundo que busca mantener separada y a distancia a la gente con sus problemas.

VIDEO: Ten Years After (Alvin Lee) – Going Home (HQ Best Live Ever), YouTube (Stefan Arnblom)

HITOS: ELVIS PRESLEY (90 AÑOS/V)

Por SERGIO MONSALVO C.

El contraste entre el estilo adoptado por Elvis Presley para el escenario y su forma de vivir puso de manifiesto la cuidadosa construcción de su imagen pública. Si bien usaba ropa extravagante en la preparatoria, llevaba el cuello de la camisa levantado y el cabello largo, sus compañeros lo recuerdan como un muchacho tímido. Su ambición juvenil era la de ser un cantante profesional de gospel y profesaba un gran amor por su mamá, la Iglesia y la patria. Poco a poco redefinió su persona.

No obstante, el mito clásico del héroe de nacimiento se impuso a la banalidad de los hechos históricos y terminó por fabricar la leyenda del niño prodigio con la personalidad de un delincuente. Presley tardó cinco años en pasar de bruto provinciano al de símbolo sexual.

Tanteos semejantes resultaron en la adquisición de sus habilidades musicales durante las grabaciones para Sam Phillips y el sello Sun. Él y Phillips elaboraban el fraseo, la cualidad vocal y la selección final del material a lo largo de docenas de tomas. Con la aparición repentina del rebelde de aspecto duro con sus poses, giros de cadera y dotes sexuales, Elvis brotó como un prototipo instantáneo.

VIDEO: Elvis Presley…Thats Alright (Mama) – First Release – 1954, YouTube (V.A. HOSS)

RAMAJE DEL ROCK: ROCK DE GARAGE (17)

Por SERGIO MONSALVO C.

The Blues Magoos

En 1966 llegó la popularización de la psicodelia (“Manifestación del alma”, en la definición de su creador, el británico Humphry Osmond) y la música psicodélica como una de sus manifestaciones más concretas. Al inicio de la corriente apareció un grupo surgido del Bronx neoyorquino, los Blues Magoos, que se convirtieron en esmerados practicantes del garage psicodélico. Así apareció el estupendo LP Psychedelic Lollipop influenciado por The Animals, y con el tema “We Ain’t Got) Nothin’ Yet” como carta de presentación.

Uno de los grupos más importantes de la era psicodélica fue Love, lidereado por el excelente músico Arthur Lee. Estos angelinos realizaron trabajos llamativos, intensos y ejemplares plagados de texturas de inflexiones pop, folk-rock, rhythm and blues y posturas del garage. Sus principales influencias fueron los Byrds, los Stones y el surf-rock de Dick Dale.

En el Medio Oeste norteamericano apareció un grupo cuyas raíces se registraban desde 1959. Formado como una banda para animar fiestas y bailes, The Outsiders fueron reformando su concepto debido a la Ola Inglesa. De ella tomaron la chispeante línea de bajo, la mezcla saturada del órgano Hammond a lo que adjuntaron una voz llena de soul y metales. El resultado un éxito tan instantáneo como imperecedero: “Time Won’t Let Me”.

Los Woolies empezaron haciendo cóvers de Bob Dylan en su natal Michigan donde eran un grupo garagero, sin embargo, su viaje a Los Ángeles y el conocimiento que adquirieron de la nueva tecnología representada por los amplificadores Vox los motivó a entrar a la nueva corriente psicodélica y lo hicieron con una versión de Bo Diddley que se convirtió en un hit radiofónico del área a mediados de aquel año de 1966: “Who Do You Love”.

The Golliwogs

El nombre de Golliwogs fue uno de los antecedentes de Creedence Clearwater Revival. Durante un tiempo grabaron para la subsidiaria de Fantasy denominada Scorpio donde tenían que “parecer más ingleses que los ingleses”, según las consignas de la industria. En aquel entonces con Tom Fogerty en la voz cantante el grupo mostró su lado brit y la influencia recibida de los Them y el backbeat de los Rolling Stones (“Fight Fire”).

La ciudad de Miami, en Florida, tuvo entre sus representantes de aquella época a The Mojo Men, un cuarteto garagero que, tras varios cambios de nombre y personal, decidió trasladarse a San Francisco donde estaba la acción. Grabaron algunos demos y el sello Autumn Records los contrató. Se pusieron a las órdenes del productor Sly Stewart (quien no tardaría en liderear a Sly and the Family Stone), para poner en los tracks su groove de bajo fuzz, melodiosa armónica y lascivas voces al estilo Stone, con “She’s My Baby”, como ejemplo.

La influencia de los Rolling Stones estaba más que extendida por aquel entonces en la Unión Americana, y sus noveles grupos los tenían como modelos en sus distintas facetas, como en el caso de Harbinger Complex, una agrupación de Fremont, California, que reproducía a su manera el sonidos sucio y grasoso de los riffs de la guitarra de los británicos e incluso su cantante, Tim Granada, intentaba una imitación de Mick Jagger. (“I Think I’m Down”)

El mundo de las drogas y la subcultura que empezaba a significar se puso de manifiesto en variadas canciones del momento que a la postre se convirtieron en un retrato de época, en el soundtrack de la memoria alterada de aquellos días. Los angelinos The Other Half pusieron de su parte para entrar en la lista de referentes. Su tema «Mr Pharmacist» estuvo arropado por los sonidos influenciados por el rhythm and blues británico de los Yardbirds.

Las características primordiales del rock psicodélico de garage son sus motivaciones sonoras (influenciadas por el rhythm and blues británico y alejadas de cualquier misticismo) y su relación con las drogas alucinógenas como la Psilocibina y el LSD.

VIDEO: Blues Magoos – “We Ain’t Nothin’ Yet” 1967, YouTube (ReelininThe Years66)

ON THE ROAD: PATTI SMITH: DOS EXPOSICIONES (STRANGE PASSENGER/V)

Por SERGIO MONSALVO C.

 

 

STRANGE MESSENGER/V

 

A la postre, Patti regresa a la mitad de la sala para apreciar todo lo que se encuentra en la mesa larga y bajo el cristal: manuscritos originales, cartas, portadas de discos, fotos familiares, libros publicados y parafernalia diversa sobre su figura mayor, Arthur Rimbaud. De cerca, muy de cerca, observa el estado de cada objeto prestado por ella a la exposición. Cosas que hablan de sus pasados 30 años en la escena bohemia y musical. Muchos pasajes memorables, pero sin la carga nostálgica que eso pudiera sobrellevar.

 

Al contrario. La colección subraya su dinámica vital y el espacio reservado para la anexión de muchas otras cosas que en el futuro producirá esta cantante, compositora, poeta, fotógrafa, pintora, performancer y activista política (contra la guerra y a favor del medio ambiente). Una mujer que a sus casi 60 años actuales aún le agradece a su fallecido amigo Robert Mapplethorpe haberla animado a dibujar, incluso antes de escribir y componer: “Parece que respondo desde distintos impulsos y no puedo predecir de qué forma voy a reaccionar ante la realidad que se me presenta”.

 

Ese impulso y la obra consecuente hoy tiene un sitio permanente en el Museo Andy Warhol de Pittsburgh, y ha sido invitada asimismo a los de Filadelfia, Munich, Ferrara, de Arte Moderno de Nueva York y en este 2004 al Van Beuningen, de Rotterdam, del que sale Patti luego de despedirse de quienes lo dirigen, para reunirse a continuación con su representante y un pequeño grupo de personas.

 

Un mediodía soleado la acompaña rumbo al estacionamiento, mientras yo me quedo pensando que contra la grisura de un día no hay nada mejor que la poesía en las paredes y las apariciones mitológicas; que para la reafirmación de un culto sólo basta un instante luminoso, como éste.

 

VIDEO: Patti Smith – (7/13) – We Three (2010/07/21), YouTube (Andrei Ionescu)

 

 

BLUES: PAUL BUTTERFIELD BLUES BAND

Por SERGIO MONSALVO C.

 

 

LA ARMÓNICA MODERNA

 

En la década de los sesenta gracias al círculo cultural trasatlántico y a los grupos británicos, el blues desembarcó de nueva cuenta en la Unión Americana y arraigó entre los universitarios, los hipsters seguidores del folk, el público de los festivales y los rockeros.

 

Era tocado y cantado para los oídos de la emergente contracultura y para el tradicional público negro en los bares de blues, juke joints y teatros populares. Se le comenzó a catalogar, analizar, transcribir y evaluar por investigadores, coleccionistas y escritores de distintos rubros.

 

En una “década de causas” como la de los sesenta, en la Unión Americana el blues fue igualmente asumido como aliado y como soundtrack en las distintas luchas. Pero no sólo eso, también se convirtió en una causa en sí mismo.

 

Las publicaciones especializadas (revistas y libros), el trabajo de recopilación, grabación y catalogación profesional, así como el coleccionismo de álbumes y eventos dedicados a él, consolidaron su percepción como una legítima forma de arte y también como una expresión artística poseedora de una identidad distinta a la del folk, el jazz o el rock.

 

No obstante, dichos géneros jugaron un importante papel –si no es que determinante– para ganarle a través de su vía nuevos públicos durante la mencionada década. En la tierra del Tío Sam el público blanco, en su mayoría, se introdujo en el blues gracias a los intérpretes blancos.

 

Al inicio con el auge de la música folk –sobre todo de la surgida del Greenwich Village neoyorkino– que comenzó a finales de los años cincuenta (curiosamente de forma paralela al skiffle en Inglaterra) y a la postre con la ola del british blues en la segunda parte de la década, a la que se unieron muchos grupos estadounidenses, entre ellos la Paul Butterfield Blues Band.

 

Por fortuna las ciencias sociales ofrecen una pertinente opinión al respecto, cuando afirman que cualquiera que haya tenido relación con un hecho cultural (en este caso el blues) a una edad lo suficientemente temprana como para no tener formado demasiados prejuicios sobre él, puede, potencialmente, considerarlo como parte de su propia herencia cultural, asimilarlo y, por lo tanto, usarlo como medio de expresión de forma completamente natural. Eso fue precisamente lo que sucedió con Paul Butterfield.

 

Su punto de arranque, como el de muchos músicos, fue Chicago. Ese paraíso musical mítico se convirtió en el centro de la forma urbana y electrificada del blues llegado del Mississippi bajo el nombre de rhythm & blues. Era música de pequeños grupos, con el ejemplo totémico de Muddy Waters.

 

Reflejaba el carácter de la ciudad industriosa y convulsa, en pleno desarrollo y con los fenómenos sociales acarreados por ello, incluyendo el de la migración negra. El estilo era agresivo, denso y cargado de tensión (existencial, sexual…), con la guitarra slide y la armónica amplificadas como sus características principales.

 

Esta materia prima la aprovechó Butterfield para su propia naturalización. Integró su versión del blues con base en sus ideas particulares sobre él y su cotidianeidad. En ciertos aspectos, este joven blanco nacido en la ciudad en 1942 y atraído por la música del ghetto, era un descendiente directo de aquellos músicos que habían electrificado al blues.

 

Frecuentaba incansablemente los bares negros para aprender in situ los misterios de aquel sonido. Con el tiempo resultó evidente que sus motivaciones no eran exclusivamente musicales, sino que también lo pusieron en contacto con la vida real de los bluseros negros en los que se inspiraba.

 

En este sentido se distinguió de sus congéneres británicos, más claramente limitados a un conocimiento indirecto del mundo negro. Sin lugar a dudas esta asimilación emprendida sobre el terreno fue la que le permitió a este adepto, integrar la mejor formación del blues blanco de aquellos momentos en los Estados Unidos: The Paul Butterfield Blues Band.

 

 

Influenciado por la música negra aprendió a tocar impecablemente la armónica, después la guitarra rítmica, la flauta y el piano, tras lo cual decidió formar la banda junto a Elvin Bishop, el tecladista Mark Naftalin y los miembros la sección rítmica de Howlin’ Wolf : Jerome Arnold ( bajo) y Sam Lay (batería).

 

A ellos se agregarían después Mike Bloomfield (guitarra) y David Sanborn (sax). Tocaron en los bares y clubes de la zona negra de Chicago impulsados por algunos de los mejores bluesmen de la urbe (Muddy Waters, Taj Mahal, Willie Dixon, etcétera). La banda comenzó a cobrar fama. El productor Paul Rothschild de Elektra los contrató para su sello, con lo que en 1965 la carrera discográfica del grupo comenzó a rodar.

 

A mediados de los años sesenta, el grupo se fogueó también como soporte de Bob Dylan durante su polémica presentación en el Newport Folk Festival y luego fue invitada a participar en el histórico Festival Pop de Monterey.

 

Desde entonces y hasta que se disolvió el grupo, la Paul Butterfield Blues Band fue el punto focal del blues moderno en la Unión Americana. Refugio de un progresismo anclado en la tradición, la banda se convirtió en el reflejo de la situación contemporánea del género.

 

Ésta siempre estuvo integrada por músicos blancos y negros, con la base rítmica de los últimos. Al frente de la banda la armónica de Butterfield, que llegó a considerarse la mejor de la época (usaba armónicas Hohner ‘Marine Band’ con la original característica de tocarlas al revés, con las notas graves a la derecha. Además, usaba un amplificador Fender, con el que podía igualar el volumen del resto de sus compañeros).

 

El debut discográfico llevó el nombre del grupo en 1965. A él le siguieron el celebrado East-West (1966), el álbum en vivo Live at Unicorn Cofee House y What’s Shakin’ del mismo año. In My Own Dream (1968), el cuarto disco de los seis que grabó en total la banda, continuó en la estela que había iniciado con el anterior Resurrection of Pigboy Crabshaw (1967), donde incluyeron el soporte de una sección de metales, con el muy joven David Sanborn en los saxes.

 

En éste álbum se confirmó su deriva desde blues eléctrico de raíces de los comienzos hasta un elegante sonido de soul contemporáneo. Asimismo, fue el último en el que actuaron Bishop y Naftalin, tras el cual se dedicaron a sus proyectos solistas. Con el postrer Keep on Movin’ (1969), cerraron la década y su existencia, desde entonces le han seguido infinidad de recopilaciones tanto de estudio como en vivo.

 

Entre los músicos que formaron parte de ella y que obtuvieron renombre en su seno estuvieron: Mike Bloomfield, Elvin Bishop, David Sanborn, Mark Naftalin, Billy Davenport y Gene Dinwiddie, por mencionar algunos. Los discos que grabaron se han vuelto clásicos en el medio de los conocedores.

 

VIDEO SUGERIDO: PAUL BUTTERFIELD – Everything’s Gonna be Alright (1969), YouTube (pupovac zlatko)

 

 

 

 

 

 

 

ARTE-FACTO: FREE JAZZ (UNA INTERPRETACIÓN/V)

Por SERGIO MONSALVO C.

 

LOS ANÁLISIS

 

En la nueva edición de Free Jazz Black Power no se maneja el análisis posmarxista (con sus ocasionales rigideces), sino la descripción de las formas de ser de un pueblo en función de sus necesidades y aptitudes frente a una sociedad abrumadora.

 

La historia de un pueblo que rompe (o trata de romper) sus cadenas por medio de la música cuando la ira se apodera de él. Este libro no acompaña un movimiento revivalista, sino es la clave perpetua para un futuro posible: “Para dominar una situación perturbadora –dicen los autores— tuvieron que inventar un sistema original de referencias, forzosamente heterogéneo, utilizando los elementos africanos de los que disponían, pero practicando también en su nuevo entorno un auténtico saqueo cultural”.

 

 

Al igual que el Río Mississippi, Free Jazz Black Power es un libro que cambia de curso naturalmente; que escucha a su tiempo, lo abraza y se adapta. A la hora de los grandes temores en los que la música elige, muchas veces sin saberlo, los colores de la muerte, este texto más que nunca hubiera podido titularse: El amanecer de los negros.

 

VIDEO: Archue Shepp Quartet – Here’s That Rainy Day (live 1994), YouTube (vrije geluiden)

 

 

 

LIBROS: MALCOLM LOWRY («EL PRESAGIO DE SÍ MISMO»)*

Por SERGIO MONSALVO C.

 

 

 

El escritor francés Alfred Perlés acuñó un término que pudo definir cierta característica de la literatura a partir de entonces: sentimientos limítrofes. Para él, esta característica necesaria de la narrativa, consistía en hacer revelaciones tanto macro como microscópicas de la propia vida, que bordearan en el terreno de la alucinación y enriquecieran lo escrito con tales toques biográficos, continentes del espíritu del autor. El artista inmerso en su obra. Lo vivido, transformado por la sensibilidad, en manifestación del arte.

 

Una indiscutible obra maestra de la literatura que ejemplifica y confirma lo anterior es Bajo el volcán de Malcolm Lowry (1909-1957). Una y otro se encuentran fundidos en forma perenne. Lo están en gran medida por la cantidad de ingredientes autobiográficos que en ella se conjugan; pero lo están y en mayor cantidad porque Lowry es la novela, ésta lo encarna y es el único medio de acercamiento verdadero hacia el escritor. Bajo el volcán representa el espacio donde Lowry estuvo en compañía de sí mismo y logró el momento -un día que dura toda la eternidad- de la absoluta sinceridad.

 

La sinceridad es la insólita y apreciada esencia de esta obra. En ella el efecto vital está incorporado de forma rotunda, como una hidra íntima sin fauces, que mina, desespera y produce el desgarramiento personal que el autor sufre y luego revive a la hora de ir plasmándolo sobre el papel. Por esto mismo la obra de Lowry es una de las más grandiosas en el logro de dicha comunicación. Es una obra básicamente personal que nos guía hacia su progenitor en forma contundente por tantos y diversos caminos como proporcione el estudio y la imaginación sensible.

 

 

 

*Fragmento del ensayo “Malcolm Lowry: El presagio de sí mismo”, publicado dentro del libro colectivo Homenaje a Malcolm Lowry, editado por la UAM Atzcapotzalco.

 

 

Índice

El código del solitario Una lectura de Bajo el Volcán 9
El presagio de sí mismo 31
Signos fúnebres en Bajo el volcán 45
Página de créditos

 

 

 

 

Sergio Monsalvo C.

“Malcolm Lowry: El presagio de sí mismo”

Homenaje a Malcolm Lowry

En sus 80 años

Ed. Gernika/Universidad Autónoma Metropolitana-

Unidad Atzcapotzalco

Ensayo-Antología-Libros Colectivos

Obras en coautoría

México, 1989