“Ahora sí, Michael, cuéntame con calma eso de que tu papá tocaba la guitarra”, dijo el maestro, se acomodó en su escritorio con otra cara que no era la cotidiana y se aprestó a escuchar, con la esperanza de que los dioses le concedieran un regalo por ser bueno con los niños.
Michael estaba a punto de cumplir doce años. Tiene ante sí un examen escolar espartano —el caníbal cito toets que decide el futuro de cada infante neerlandés—, todas las dudas del mundo y sólo una certeza: su padre tocaba la guitarra. Y así comienza a contar su breve historia, tampoco es cosa de alargarse. El maestro le cae bien, es groovy, pero ahora tiene hambre y prisa por irse a jugar futbol con sus amigos. Así que prácticamente recita lo archisabido.
“Mi papá era de América [Estados Unidos]. Tocaba la guitarra y cantaba. Vino a Ámsterdam a actuar en algunos teatros. Ahí conoció a mi mamá, que trabajaba, y todavía lo hace, como decoradora escenográfica. Luego nací yo. Se enfermó y tuvo que regresar a su país. Ahí murió. No llevo su apellido porque no hubo tiempo para que me registrara”.
-Y ¿cuál era su nombre?
-William Broonzy. Le decían “Big Bill”.
VIDEO: Big Bill Broonzy – 1957: 3 Songs, YouTube (GtrWorkShp)
La historia del mayor fenómeno musical de los últimos tiempos, el rock & roll, cumple 75 años y su prehistoria sólo unos cuantos años más. Desde entonces ha sido un formato caprichoso, como toda cultura viva, pero desde la concientización de sí mismo como género ha respetado también sus raíces y cualquiera de sus auténticos seguidores sabe que, una y otra vez, hay que hacer una inmersión en ellas y, sin eliminar lo visual –como herramienta complementaria—, hay que sumergirse en su rica hemeroteca.
En ésta se puede llegar hasta los versos de John Donne, por ejemplo, para descubrir el espíritu del género. Su historia la constituyen las biografías de la multitud de componentes, y cada una de ellas será una posibilidad de explicación, un posible comienzo o continuación. Como un archipiélago que termina constituyendo todo un continente.
Donne escribió que “nadie es una isla completa en sí mismo / Cada hombre es un pedazo de continente / Una parte de la tierra / Si el mar se lleva una porción de ella / todo el continente queda disminuido…” El rock ha hecho suyos tales versos como axioma, pero los ha expandido tras la muerte de alguna de sus rocas y hecho, como los holandeses, todo por ganarle constantemente terreno al mar.
En eso estuve pensando tras el fallecimiento de Fats Domino, un fatídico martes 24 de octubre del 2017. Él fue de las islas prehistóricas del rock y luego una de sus piedras más sólidas, al escucharse el eco de su llamada en los nuevos intérpretes.
Antoine Fats Domino Jr. feneció en Harvey, Louisiana, en los alrededores de la ciudad donde nació, Nueva Orleáns (el 26 de febrero de 1928), al cumplir los 89 años de edad, un listón casi inédito entre los intérpretes del rock, cuya mayoría ha finiquitados sus andanzas mucho antes. Anteriormente se le había dado por desaparecido tras el huracán Katrina en al 2005, pero sólo fue una falsa alarma en aquellos días de un verano muy revuelto.
El suceso también inquietó al mundo rockero y éste se solidarizó con el músico. Se proyectó y lanzó una especie de grandes éxitos que tuvo el acierto de reunir a una pléyade de artistas para homenajear a Domino. Entre la treintena de temas que arman Goin’ Home destacan los realizados por Robert Plant, Tom Petty, Neil Young, Elton John, Norah Jones, Ben Harper, Dr. John, Herbie Hancock y Willie Nelson.
Así como también el de Paul McCartney con “I want to walk you home” (los Beatles abrevaron de su fuente, como demostraron con la hechura de “Lady Madonna”) y John Lennon y con su interpretación de “Ain’t that a shame” (extraída del acetato Rock & Roll). Un tributo en verdad impresionante.
Musicalmente Domino era hijo predilecto de Nueva Orleáns. Producto de una numerosa familia en donde se hablaba el dialecto patois (el francés de los criollos del estado de Louisiana) y se practicaba la música con instrumentos de herencia generacional. Aun siendo menor de edad, Domino se dedicó a tocar el piano de manera profesional por las noches, sin dejar de trabajar en algo más remunerable durante el día.
Debido a su obesidad y como forma de rememorar a uno de sus ídolos, Fats Waller, lo apodaron igualmente “Fats” y nunca tuvo reparos con ello, es más, su primer éxito, de 1949 –al que se le inscribe en la historia como un antecedente definitivo del rock & roll e incluso algún investigador lo anota como la dudosa primera muestra del género –, se titulaba The Fat Man (El gordo).
Cuando la industria de la música decidió que el rhythm and blues era un buen producto y decidió comercializarlo como rock & roll, Domino, que era un buen intérprete de aquél, en primera instancia firmó con la compañía californiana Imperial Records (con instalaciones en Nueva Orleáns) e hizo pareja compositiva junto a Dave Bartholomew, un trompetista y productor que lo secundaría en su cadena de éxitos durante más de una década. “Ain’t That a Shame” (1955), “Blueberry Hill” (1956), “Blue Monday” (1956), “I’m Walkin’” (1957), “Whole lotta Loving” (1958), “My Girl Josephine” (1960) y “Walking to New Orleans”, entre ellos.
De igual manera, Domino supo rodearse de muy forjados acompañantes: Alvin Red Tyler (sax), Earl Palmer (batería), Lee Allen (sax)- junto a quienes definiría el sonido del rhythm and blues de Nueva Orleans durante la década de los cincuenta. Grababa en los estudios de Cosimo Matassa, en un local que ahora se ha transformado en lavandería.
La sencillez de sus composiciones era manifiesta y en sólo dos sentidos: boogie lento y blues acelerado y a ambos les sustrajo toda la savia. Su presencia menguó cuando los Beatles arribaron a la Unión Americana y todo el tinglado cambió, aunque el cuarteto una y otra vez lo nombró como una de sus influencias. A mediados de los sesenta se acabaron los éxitos, renunció a las largas giras (para estar cerca de su numerosa prole) y se conformó con lanzar grabaciones en vivo. En el disco Fats is back, de 1968, el último de estudio, trabajó en algunas piezas de los Beatles: «Ellos siempre hablan de mí y yo debía agradecerles esos cumplidos».
Este músico especial siempre se caracterizó por ser un caballero, sin hacer escándalos, monógamo, hogareño, apegado al terruño y de una humildad inconcebible en el mundo musical. Sólo tenía un vicio: el juego. Y por él tuvo algunos problemas, pero sus finanzas nunca estuvieron en bancarrota. Nunca dejó de recibir regalías por sus composiciones, que seguían siendo retomadas por distintas generaciones.
Estaba tranquilo, pues, con sus presentaciones en clubes pequeños, locales y salidas a las cercanías, hasta que llegó Katrina y las inundaciones causadas por el fenómeno arrasaron con su ciudad. Se le dio por muerto durante varios días, hasta que un helicóptero lo rescató de su ruinosa casa. Se había negado a moverse, primero por la enfermedad de su esposa y luego, intuyéndolo, por los saqueos. Tras la calamidad retornó a una casa en las afueras de Nueva Orleáns y ahí se mantuvo durante la siguiente década, hasta su muerte.
En el ínterin se grabó el disco tributo y como declinó recibir las regalías por el mismo, éstas fueron canalizadas hacia la Tipitina Foundation, una organización que dona instrumentos a las escuelas y ayuda a músicos anónimos de la ciudad destruida.
Tras el desastre del fenómeno natural, el gran Domino reapareció y desde entonces estuvo resguardado como la joya que era: uno de los pianistas más excitantes y originales de Nueva Orleáns. Con su estilo único en las teclas, ese pionero fue un enlace importante para la erupción del rock & roll, una gran isla desbordante, hasta su deceso.
El archipiélago del género es siempre cambiante, islas van e islas vienen y todas están conectadas a su formato sociocultural que une cables, guitarras, tubos, baterías, bajos, voces, pianos y sonidos, en medio de su inquietud perenne. Sus islas son cambiantes, siempre están en proceso, traspasando, transitando, asaltando, definiendo, desapareciendo. Eso lo sabe quien está dentro. Es, finalmente, un espacio de liberación (tan romántico como metafísico) erigido sobre sus grandes rocas, como la de Fats Domino.
VIDEO: Fats Domino – I’m Walkin’ (1973), YouTube (Les Archives de la RTS)
“Because the Night” es una canción emblemática, con una buena dosis del movimiento doble, que sugería Harold Bloom, así como de carga emocional. Elementos que cuando es interpretada por sus autores (Patti Smith-Bruce Springsteen) o por otros músicos, provoca un punto de encuentro en el que las palabras se elevan a himno comunitario.
La propuesta de Bloom apuntaba que la música que trasciende es el resultado de tal movimiento doble, en el sentido de que habilita un encuentro (de personas y el tiempo) como punto de partida para una acción recreativa, que tendrá consecuencias expansivas, en tanto acto positivo, que se difundirá lo mismo entre coetáneos como a futuro.
En cuanto al contenido lírico de tal canción, resultado de aquel encuentro como enunciado, sabemos que la letra primero será poética individual y luego significará algo para muchos. Los versos de “Because the Night”, anuncian el punto de encuentro entre poetas y rockeros. Su canto hará que el signo épico patentice las palabras en segunda instancia, tras el inaugural tecleo de las notas, pero será rock, primeramente.
Y ambas cosas se fundirán en última instancia y serán el ente genérico mismo. Es lo que también se denominará “iconicidad”: el valor de las palabras residirá en el significado y en todo aquello que no es semántico: el sonido, los acentos, el tono. Pero igualmente portará el aspecto visual de sus intérpretes, su personalidad, su halo y su historia.
En su interpretación habrá vocalización, lenguaje, pero también lo que no lo es. El o la cantante deberá convertir eso que es poesía en un nuevo contexto, el suyo particular, marcado, también por la instancia de dos escenarios; el del estudio, en el que grabará el tema, y el escenario en vivo, cuando lo interprete frente a un público fervoroso, y con una lengua común: el rock.
En el origen, la canción era un tema que Bruce Springsteen quería incluir en el álbum que estaba grabando en los Record Plant Studios de Nueva York, de la compañía Columbia, el cual contaba con dos salas de grabación, Studio A y Studio B, en el número 321de la West 44th Street. Ahí, Springsteen había realizado Born to Run, antes de su parón de varios años por cuestiones legales entre él y su representante. Tras resolver el asunto, el músico quiso entrar a grabar de nueva cuenta el que sería su cuarto álbum, Darkness on the Edge of Town.
Reunió a la E Street Band y puso sobre los controles el material que había compuesto mientras tanto, entre el que se encontraban temas como “Bad Lands”, “The Promised Land”, “Racing in the Street”, Adam Raiced a Cain”, “Street of Fire” y la que daba título al disco, puro material poderoso que con el tiempo se convertiría en clásico.
Asimismo, quería incluir la canción “Because the Night” en tal disco. Sin embargo, tras grabarla no quedó muy satisfecho con el resultado, estaba encaminada a encajar con el resto de los temas, pero sentía que algo no cuadraba del todo. Jimmy Iovine, ingeniero de grabación en aquel lugar y amigo de Bruce, le sugirió que le diera la letra a Patti Smith, que grababa su álbum Easter en el estudio de junto, y ver qué podía aportarle. Springsteen estuvo de acuerdo.
Ella agregó algunos versos y corrigió otros. Todos quedaron satisfechos, pero el tema ya no cupo en el disco (aunque Smith quedó inscrita como coautora del mismo). Así que Bruce se la cedió para que la grabara por su cuenta. Así lo hizo, formó parte de su nuevo álbum y salió como sencillo del mismo en 1978. Por su parte, Springsteen la interpretó en vivo durante sus siguientes giras y quedó como parte del álbum Live/ 1975-1985. Su versión original en el estudio apareció hasta el álbum recopilatorio The Promise (2010).
Para hablar de la interpretación en vivo de Springsteen, hay que señalar varias cosas: el peso social de su nombre, su presencia escénica y el tono de su voz. Tras sus primeros discos se le había reconocido algo muy difícil en el medio: la autenticidad. Es desde entonces su representante y sinónimo.
Este músico se presenta sin adornos, nunca es sospechoso de hacer ficción sobre sí mismo (como los intérpretes del pop, por ejemplo). Lo que hay es lo que se ve, no hay otro Springsteen ni más verdadero, ni artificial por descubrir, es un tipo que define al mundo defendiendo su estancia en él, desde que apareció en la música. Es alguien que se comporta como un compañero al que acudir, en las grabaciones, y aún más en vivo. A partir de su poso de autenticidad es que se construye y disemina.
Y sólo alguien que sea auténtico puede marcarse un objetivo propuesto, forjarse una reputación como garante de los valores esenciales del rock and roll en cada concierto. En cada uno de ellos, desde que comenzó, se entrega con toda la energía y el entusiasmo que es posible durante tres horas en promedio, desde entonces. Su voz desgarrada e incandescente tiene la cualidad de disminuir la distancia entre él y el público, de trasmitir toda su camaradería e identificación con su presencia mítica. Misma que ha quedado reflejada en sus discos en vivo, impresionantemente ilustrativos de su prestancia, y en donde “Because the Night”, tiene un papel protagónico a la hora de hacer y mostrar comunión.
Por su parte, la versión de Patti Smith tiene sus propias características. En enero de 1977, Patti se cayó del escenario en Tampa, Florida, fracturándose el cuello. Pasó el siguiente año con un aparato ortopédico, sometiéndose a dolorosa terapia física. Aprovechó el tiempo para escribir un libro de poesía visionaria, Babel, una antología de poemas, prosas y canciones.
La sensibilidad de la Smith estaba (y está) muy próxima a las heterodoxas, gnósticas ideas y sensaciones que aparecen en la cosmología de William Blake, al virtualismo y paranoia de Baudelaire, a las iluminaciones de Rimbaud, a las amenazadoras fantasías sexuales de Lautréamont, Bataille y Genet, sin olvidar la incalculable deuda de su programa estético con Artaud. Es decir, conectada a la poesía a la que desde su aparición quiso electrificar.
En aquellos años tenía muchas teorías acerca del rock y el lenguaje. Era incontenible en ese sentido (eso siempre la ha fascinado). Soñaba con un tiempo mítico en que todo el mundo hablara un mismo idioma. Así que sostenía la tesis de que el rock había sido enviado como idioma universal que se entendía en todas partes. Ya se podía demostrar que había grupos de rock en Zimbabwe, Japón o Islandia.
Declaraba que las generaciones futuras necesitarían entenderse para poder sobrevivir juntas. Esto fue lo que escribió al respecto: “como la escultura, el rock es el cuerpo sólido de un sueño, es una ecuación de voluntad y visión”. El hecho de haber podido trabajar junto a Bruce Springsteen en la hechura de una canción que simbolizaba todo aquello confirmó sus esperanzas.
En abril de 1978 fue ocasión del lanzamiento de su nuevo álbum, Easter, que incluía «Because the Night», la cual se convirtió en un gran éxito. El álbum la proyectó entonces desde a la posición de una artista de culto a la de paradigma del rock and roll.
Por otro lado, está la versión de los 10,000 Maniacs que no tiene otra pretensión que la de poner en perspectiva tal obra, con la finalidad de hacer evidente que cada vez que se ejecuta, se reescribe. Al interpretarla, sin querer variar la forma, pero sí la textura, con la voz y los instrumentos, se lleva a cabo una versión, no un simple cóver.
Lo sintomático de la música contemporánea es el papel determinante que se le atribuye a la voz, dado que las diferencias entre unos músicos y otros, no se encuentra en la música propia sino en el juego de texturas que las diferentes voces ponen en práctica.
Por ello, y a diferencia de lo anterior, quien escuche la propuesta de los 10 000 Maniacs quedará atrapado por la presencia del violín al ocupar el lugar de la guitarra eléctrica. El solo del mismo, a través de sus diferentes tonos podrá trasladar al receptor a las redes de la pasión que desata la canción en el presente de la versión maniaca, esto es, una especie de conexión entre el modernismo y la posmodernidad, entre el punk y el beat.
En el caso concreto de Because the Night” de los Maniacs se deja que la voz sea lo más parecida posible en su declamación a la de Patti Smith, mientras que el componente instrumental –el violín sobre todo—sea el que juegue con el tono y haga posible que se subraye la diferencia con toda su fuerza a través de ese rasgo peculiar. El receptor será el que dé el visto bueno a tal tentativa. La posición del receptor, es decir su pasión, su propia imaginería simbólica al respecto del tema será, finalmente, el que elija quien la representa mejor al cumplir con el movimiento de encuentro.
VIDEO: Bruce Springsteen – Because the Night ) Live n Houston, 1978), YouTube (BruceSpringsteenVEVO)
La mayoría de los standards más populares son canciones de amor. Tratan acerca del amor buscado, del requerido, del encontrado o del que se ha perdido. En tan sólo tres o cuatro minutos, lo que duran, hay verdaderos cuadros dramáticos, muchas veces cargados de ingenio y de sabiduría, al respecto.
En ellos se canta al amor como una cosa con poder y misteriosa a la que todos pretendemos conocer. Dichos temas nos pueden recordar pasajes de nuestras vidas, de nuestras tribulaciones en los malos tiempos o de las alegrías en los buenos.
Tales canciones nos suministran también un lenguaje para expresar nuestras esperanzas y sueños, y también nuestras sombras. Sin embargo, generalmente, a estos temas no se les considera poesía sino letras (lyrics), puesto que tienen otro fin como escenario, pero cuando han sido escritas por un poeta la cosa cambia, como en el caso de “Les Feuilles Mortes” (“Autumn Leaves”, en inglés, “Las Hojas Muertas”, en español), hecha por Jacques Prévert.
Éste, fue un poeta, autor teatral y guionista cinematográfico francés (nacido en 1900 y fallecido en 1977) que utilizaba las figuras retóricas o de repetición para trastocar el flujo convencional del lenguaje. Su poesía recurría muchas veces a dobles significados e imágenes insólitas con efectos inesperados, con un humor a veces negro y a veces erótico.
Al mencionar esta canción a cualquier escucha, éste se referirá a cuanto le ha gustado y/o entristecido, al mismo tiempo. Por eso es distintiva, y un tema cumbre de la llamada “canción francesa” de la posguerra. Con letra del mencionado poeta y música del compositor nacido en Hungría, Joseph Kosma (1905-1969) que se exiló y se hizo ciudadano francés en 1946.
Un año antes se había estrenado -justo al fin de la 2ª Guerra- esta emblemática pieza de época, que cantaron desde entonces muchos intérpretes, pero la de Juliette Gréco es única en versión femenina (así como la de Yves Montand lo es en masculina: “Oh! Je voudrais tant que tu te souviennes…” (Quisiera tanto que te acordaras…)
“Les Feuilles Mortes” (“Las Hojas Muertas”) es una canción plena de melancolía, un sentimiento que está presente en su melodía escalonada, en su armonía en tono menor y en el ritmo pausado en que se desarrolla esta balada. Su letra habla de un otoño gris, de las hojas muertas que caen de los árboles trayendo el recuerdo de unos besos idos, habla de un amor ausente y de unos días largos y vacíos.
Jacques Prévert
“Oh, je voudais tant que tu te souviennes/ Des jours heureux où nous étions amis/ En ce temps-là la vie était plus belle/ Et le soleil plus brûlant qu’aujourd’hui/ Les feuilles mortes se ramassent à la pelle/ Tu vois, je n’ai pas oublié/ Les feuilles mortes se ramassent à la pelle/ Les souvenirs et les regrets aussi/ Et le vent du Nord les emporte/ Dans la nuit froide de l’oubli/ Tu vois, je n’ai pas oublié/ La chanson que tu me chantais…”
(“Me gustaría mucho que te acordaras/de los felices días en que éramos amigos,/entonces la vida era más hermosa/y el sol resplandecía más que hoy./Las hojas muertas se recogen con palas./Ya ves, no lo he olvidado./Las hojas muertas se recogen a paletadas./Igual que las añoranzas y los recuerdos./El viento del Norte se los lleva/a la negra noche del olvido./Ya ves, no he olvidado/la canción que me cantabas…”)
Cantantes de muy variados estilos la han incluido en sus discos a través del tiempo, entre ellas sobresalen las versiones de Ella Fitzgerald y Frank Sinatra, sin olvidar que la versión original en francés, “Les Feuilles Mortes”, fue la que catapultó esta canción al éxito en la voz de Yves Montand. En todas partes del mundo es uno de los standards más comunes en las jam sessions, y en el repertorio de todo vocalista serio. En el rock existe una gran versión de Iggy Pop y otra de Eric Clapton.
En el campo del jazz, con sus 32 compases los músicos pueden improvisar sin mucha dificultad gracias a que la escala de Mi Menor es constante y fácil de digitar para la mayoría de los instrumentistas o crear la atmósfera para acompañar a cantantes (hombres o mujeres) que la interpreten.
Debido a ello existen muchas versiones de este tema clásico, de entre las cuales destaca la de una de las mayores embajadoras de la canción francesa, Juliette Gréco, que en su voz se fundían los nombres de los grandes compositores y escritores del siglo XX.
Su estilo era una mezcla de gravedad y ligereza exhibida a lo largo de siete décadas sobre los escenarios. Un estilo que hizo historia. Juliette Gréco falleció el 23 de septiembre del 2020.
La pieza “Les feuilles mortes” (“Las Hojas Muertas”) representa la conjunción de la poesía de Jacques Prévert y la música de Joseph Kosma, la cual dio como resultado una de las cimas de la canción del siglo XX. El tema viajaría en la voz de diferentes intérpretes como canción estandarte, pero Juliette Gréco la acabó de entronizar como gran himno romántico del París de postguerra. Johnny Mercer trasladó los versos de Prévert al songbook estadounidense, como «Autumn Leaves» y la canción se hizo eterna en las voces de los crooners y los músicos de jazz.
La de Juliette Gréco (nacida el 7 de febrero de 1927, en Montpellier) fue una de las voces más señaladas del existencialismo llevado a la música durante fines de los cuarenta y los años de la década siguiente. El jazz y el pop francés se fusionaron aquí para lanzar al mundo los principios de la filosofía nihilista de la posguerra.
La época en la que se ubican la canciones interpretadas por esta cantante está marcada por la estrecha amistad de la intérprete con el padre de dicha filosofía, Jean Paul Sartre. Temas como “Les Feuilles Mortes”, evidencian el acercamiento. Por otro lado, la influencia de Miles Davis, inmerso en esos momentos en el estilo cool (y con quien mantuvo una relación romántica), también es patente en los arreglos musicales.
En su biografía Davis escribió lo siguiente al respecto: “En 1949 fui a Francia para participar, junto a Kenny Clarke, Tadd Dameron, James Moody, en el Festival de Jazz de París…Conocí a Julliete en uno de mis ensayos. Ella llegó y se puso a escuchar la música. Yo no sabía que era una cantante famosa, lo ignoraba todo. Simplemente estaba tan bonita, sentada ahí, con su largo cabello negro, una cara hermosa, cuerpo menudo, estilizado, tan diferente a cualquier otra mujer que hubiera conocido. Distinta por su aspecto, diferente por su manera de comportarse. Cuando le pregunté a un tipo quién era ella, me respondió todo receloso que ‘era una de esas existencialistas’. Le dije que aquello no me importaba. Me parecía bonita y quería conocerla. Como el tipo no hizo nada para facilitarlo, yo la llamé con la mano y se acercó. Hablamos. Nos enamoramos, y a partir de ahí estuvimos juntos durante mi estancia en aquel país”.
Por otra parte, la Gréco estuvo siempre en contra las trampas de la nostalgia- «Yo no siento nostalgia, tengo seres vivos que viven junto a mi corazón», dijo-. De esta manera la cantante proclamó y afirmó con vehemencia su presente. Gréco nunca perdió su actitud desafiante y el espíritu insumiso que la caracterizó, y que sobre el escenario acababa rindiendo al público.
Gréco siempre mantuvo su propia revolución personal, desde que en el París que la coronaba como musa del existencialismo y eterna dama de negro, mostró su espíritu inconformista, ese perfume de escándalo que la acompañó desde los primeros tiempos. Como el título de una de sus canciones, «Je suis comme je suis», siempre fiel a un estilo.
Con Gréco “Les feuilles mortes” (Las Hojas Muertas) se armaba de su vestimenta de coraje y de fuerza para interpretar el tema.
VIDEO: Juliette Greco – Les Feuilles Mortes, YouTube (hapasen)
El profundo Sur estadounidense ha tenido, desde que comenzó a contarse, su referente sonoro. La demarcación en que se ubican sus horizontes ha desarrollado una cultura particular —socialmente más conservadora que la del resto del país (debido al papel central de la tierra en su historia y economía)–, el criollismo, la práctica vudú, la arquitectura, la gastronomía, la literatura y diversos estilos musicales (como la música country, el bluegrass, gospel, jazz, blues, zydeco, cajun y rock and roll).
Una cultura única debida a las colonizaciones que ahí se han sucedido, desde la originaria indígena, la española, pasando por la francesa en diversas ocasiones (los negreros franceses fueron los primeros en introducir ahí la esclavitud hacia 1722) y la británica, hasta su anexión a la Unión Americana en 1803 y su aceptación como estado de la misma en 1817.
Producto de tal mezcla ha sido la música de aquella zona sureña, humedecida por el río Mississippi y nutrida de vida por los polvos y aires lodosos que la caracterizan. Es la swamp music o corriente pantanera en sus dos vertientes: la popular y el blues. Surgió a la luz pública gracias a las trasmisiones radiales que se produjeron al comienzo de 1950. En ellas participaban exponentes del cajun y músicas del criollismo negro local (zydeco), del country and western (hillbilly) y de las tradicionales influencias musicales folk de origen francés.
Entre los primeros exponentes destacaron Cookie and the Cupcakes con un tema llamado “Mathilda”. Tras él, una composición de Bobby Charles titulada “Later Alligator”, covereada por Bill Halley y sus Cometas como “See You Later Alligator”. Otras piezas importantes de dicho sonido son, por ejemplo: “Cotton Fields” y “Midnight Special” de Leadbelly, “Big Blue Diamonds” de Clint West o “Wasted Days and Wasted Nights” de Freddy Fender.
El estilo del swamp ha sido popularizado internacionalmente por diversos artistas que han hecho versiones del mismo en sus discos: “Just Because” de Lloyd Price, “Send Me Some Lovin’” con Little Richard, “Sea of Love” con los Honeydrippers, “Pledging My Love” con Elvis Presley. Incluso los Beatles se inspiraron por dicho sonido en su tema “Oh! Darling”.
De manera paralela, se desarrolló el swamp blues El estilo de éste evolucionó oscuro y denso, de forma silvestre, por aquellos lares. El ritmo de tal blues se caracteriza por su cadencia lenta, en la que se manifiestan las influencias del cajun y zydeco. El máximo exponente del estilo ha sido, sin lugar a dudas, Slim Harpo, de quien los Rolling Stones hicieron la versión de “I’m a King Bee” y “Shake Your Hips”, al igual que Neil Young realizó la de “Rainin’ in My Heart”.
James Isaac Moore o Slim Harpo (1924-1970) fue un compositor, cantante, guitarrista y armoniquista (de ahí su sobrenombre) que le dio a la influencia de esta música y su entorno una dimensión mayor, mítica. Tal como Faulkner lo hizo a través de la literatura. La historia del blues está coludida con el río Mississippi.
Ahí radica el canon virtuoso de su espíritu. De sus vertientes y trayectoria han surgido héroes y leyendas, relatos y fantasmas, todo un mundo tan real y fantástico como para crear a un personaje como Slim Harpo.
La superficie terrestre del estado de Louisiana abarca 113 mil kilómetros cuadrados, de los cuales más del 20% se encuentran constituidos por agua. Es un territorio que hace frontera con Texas, Arkansas, Mississippi (el estado) y con el Golfo de México.
La demarcación ha desarrollado una cultura particular –como ya dije, así como festividades características— debida a las diversas colonizaciones que ahí se han sucedido, desde la originaria indígena, pasando por la francesa en diversas ocasiones (que inicia con su toma de posesión en 1682 por parte del Cavalliere de La Salle, quien le da el nombre en honor del rey Luis XIV, y periodos entre cesiones a España y a los Estados Unidos), hasta la venta de Napoleón a la Unión Americana en 1803 y su aceptación como estado de la misma en 1868.
Por ello la ley reconoce tanto el inglés como el francés (más bien un dialecto conocido popularmente como cajun) como las lenguas más habladas de la región, aunque también están el criollo surgido de los esclavos negros, el español y el canario en menor medida.
La swamp music, en sus corrientes pop y blues, es un subgénero procedente de la zona acadiana, que se ubica al sur de dicho estado y está conectada con el sudeste texano, con el que colinda. Los acadianos son descendientes de los habitantes que vivían en los asentamientos franceses originales fundados en lo que hoy se conoce como Nueva Escocia.
Ahí, obligados a tomar partido por británicos o franceses durante una contienda en 1755, los ingleses los expulsaron. Más de 12 mil de ellos pasaron al exilio, sus casas quemadas y sus tierras confiscadas. Muchas familias se dispersaron por tierras británicas de Norteamérica, otros regresaron a Francia. Los que se quedaron y asentaron en la zona de Louisiana (la acadiana) fueron conocidos como los cajunes por el dialecto que hablaban (hoy se tiene el dato de que en dicho estado habitan unos 450 mil cajunes).
La música creada por ellos surgió a la luz pública gracias a las trasmisiones radiales que se produjeron al comienzo de 1950. En ellas participaban exponentes del cajun y músicas del criollismo negro local (zydeco): combinación del estilo bluesero de Nueva Orleáns, la segunda ciudad en importancia del estado, con el country and western (hillbilly) y las tradicionales influencias musicales de origen francés del folklor regional. El sonido mezclaba ondulantes líneas de bajo con el piano “honky tonk” y secciones de aliento y coros en las baladas al estilo del rhythm and blues.
Slim Harpo, uno de sus más conspicuos representantes, era un tranquilo hombre de Luisiana que se ganaba la vida en una empresa de camiones pero que tocaba diversos instrumentos para desahogarse. Primeramente, demostró su talento grabando con Jay Miller, un atingente productor blanco que surtía al sello Excello de lo que llamaban “blues del pantano”.
En el caso de Slim Harpo, eso equivalía a canciones sencillas y rítmicas, impulsadas por una armónica y una guitarra punzantes, que arropaban una sensualidad que potenciaba su escucha.
La fórmula creada le funcionó bien entre 1957 y 1970. Le proporcionó éxitos moderados en la Unión Americana -la compañía Excello era finalmente una modesta empresa sureña-, pero tuvo un impacto inmenso en el Reino Unido, donde los grupos de rhythm and blues y blues-rock se sintieron fascinados por su sonido fundamental. Y luego, con el ir y venir trasatlántico también en los Estados Unidos, donde los Doors o Z. Z. Top recrearon sus hallazgos.
En contra de la mitología que suscribe el género, según los testimonios de músicos y vecinos, Slim Harpo fue siempre un hombre de hábitos moderados. Fue una lástima que muriera de un infarto cardiaco a principios de 1970, a los 46 años de edad, cuando ya estaba tocando ante públicos blancos grandes y preparaba su primera gira por Europa.
Como cabía esperar, el sello alemán Bear Family le dedicó una de sus maravillosas y exhaustivas antologías, Buzzin’ the blues- The complete Slim Harpo. La cual contiene todo lo grabado por este músico incluyendo una actuación en vivo y –lo más importante- los singles que hizo en Nashville o Los Ángeles, tras dejar a Jay Miller; allí se aprecia que estaba renovando sus arreglos y que no rehuía los comentarios sociales.
Los discos y tracks fueron remasterizados con mimo, y dejando en claro con ello, que los temas de Slim Harpo parecen no estar inscritos en una época en particular: con su elementalidad y su sensual atmósfera, suenan tan eternos como los boscosos pantanos de Louisiana.
VIDEO: Slim Harpo – I’m a King Bee – YouTube (Hannah MacGregor)
La poesía modernista y modernista tardía y el rock son ahora tanto rizomas como géneros independientes y, al mismo tiempo, están interconectados con una gran variedad de disciplinas artísticas y de otra índole. La primera ocupa un nicho seguro dentro del mundo académico, las editoriales universitarias y las revistas y suplementos literarios; la segunda, ocupa un nicho mucho más grande, firme y en desarrollo constante dentro del mundo musical y del cultural, en pleno, definitivamente.
La poesía del siglo XX y la que va del XXI y el rock son paradigmáticos, por lo tanto, de la forma en que los movimientos del avant-garde han sido integrados a la psique colectiva durante tales centurias. Profundizar en este tema y proceso es tan interesante como enriquecedor para la cultura en general, y un ejercicio indispensable para todo aquel que se diga rockanrolero.
Cuando hablo de la influencia recíproca entre el rock y la poesía, debería poner énfasis en el hecho de que la poesía contemporánea se ha beneficiado más con el rock de lo que el rock ha obtenido de la poesía contemporánea, sus influencias y cánones más señalados datan del romanticismo hasta la contracultura del siglo pasado. Los motivos son evidentes: el rock ha servido de soundtrack a las generaciones nacidas inmediatamente después de la Segunda Guerra Mundial y a las siguientes, hasta la fecha.
VIDEO: Bob Dylan & Allen Ginsberg Visiting Jack Kerouac’s Grave, YouTube (Swingin’ Pig)
En su presentación del 13 de mayo de 1955, en el Gator Bowl de Jacksonville, Elvis estrenó un traje color rosa, con pantalones anchos. La experiencia de sus apariciones públicas enseñó a Presley que al arrodillarse para imitar el estilo gospel se le descosían los pantalones. Por eso usaba trajes demasiado grandes para permitirse movimientos más amplios.
En 1955 probó un fulgurante traje cruzado de seda cruda y corbata roja, mientras su cabello largo color rubio oscuro le caía en cascada sobre la cara. Al año siguiente aparecieron las chamarras deportivas en llamativos colores verde y rojo, pantalones azules, calcetines rojos y mocasines blancos de gamuza con suelas azules, el cabello oscurecido por la vaselina y los ojos delineados. El cabello teñido de negro no se convirtió en su sello característico hasta después de que salió del ejército en 1959.
Cabe admitir que gran parte de la imagen rebelde del rocanrolero fue catalizada por la película Blackboard Jungle de 1955, que utilizaba el éxito “Rock around the Clock” de Bill Haley, de 1954, como tema principal y así creaba un vínculo eterno entre el rock y la rebelión adolescente. No obstante, Presley se erigió en el símbolo visual de la música y la convirtió en leyenda.
VIDEO: Elvis Presley – Paralyzed, YouTube (Simone Presley Brasil)
The Shadows of Knight son considerados en la actualidad como una de las bandas pioneras del garage-punk de los Estados Unidos. Se crearon en Chicago en 1963 bajo la batuta de su líder y fundador, el cantante Jim Sohls. El quinteto obtuvo alguna fama por su versión de “Gloria” de los Them, sin embargo, fue con una versión de Bo Diddley (“Oh Yeah”) que pasaron a ser ejemplo, más que imitación del boom británico. La crudeza de su hogareño sonido bluesero proveniente de Muddy Waters fue la clave.
La lectura que hicieron los jóvenes estadounidenses de la segunda oleada británica, más poderosa, más estridente, surgió de las academias londinenses con los Rolling Stones, los Kinks, Zombies, Yardbirds, Animals, Them y The Who, y tuvo efectos inmediatos y particulares. Entre lo más destacado de aquel año de 1966, estuvieron Question Mark and The Mysterians (todos chicanos), quienes ostentan hoy la designación de haber sido la primera banda de punk rock, por su sonido y actitudes emergidas de tal lectura. Estos oriundos de Texas, mostraron a Rudy Martínez (cantante) y Frank Rodríguez (órgano) como gurús del garage. Con “96 Tears”,
La intensidad era una de las premisas de la época. Y así lo hizo Roky Erickson (guitarra, voz, armónica y composición) con el grupo texano 13th. Floor Elevators. La psicodelia era el underground y ellos fueron los primeros en nombrarla en una canción. Eso los señaló de inmediato ante la ley que no paró hasta fichar a al cantante por posesión de drogas. Para evitar una larga condena carcelaria el músico se declaró mentalmente incapacitado. Se le recluyó por tres años en un hospital psiquiátrico. “You’re Gonna Miss Me”, fue su gran éxito.
The Count Five, lugareños de San José, California, entraron a formar parte del mito garagero en 1966 con “Psychotic Reaction». Sus edades fluctuaban entre 1os 17 y los 19 años de edad cuando disolvieron el grupo de mutuo acuerdo y a partir de ahí creció su leyenda. Una que el evangelista del rock Lester Bangs contribuyó a difundir en un gran ensayo. Los Yardbirds habían manoseado el poder de la luz en Inglaterra, The Count Five, lo hicieron vestidos de Drácula en una cochera californiana.
The Swinging Medallions, el octeto formado en Greenwood, Carolina del Sur, sortearon con habilidad el estigma del one-hit wonder, cuando alcanzaron las listas de popularidad en julio de aquel año con “Double Shot (Of My Baby’s Love)”, y lo convirtieron en el pilar de su institucionalización. A partir de ahí, y en el futuro, el grupo se erigió en el invitado incuestionable del frat-rock, y no hubo bar, club, fraternidad ni fiesta playera en donde no se le tocara. Circunstancia que aún continúa.
Nueva York no tardó en brindar sus propias aportaciones al rock de garage de 1966. Lo hizo con los Rascals y con The Groupies, un quinteto de chicos malos del East Side, quienes subrayaron tal rasgo típico de dicha metrópoli. Antes de grabar cualquier cosa, se hicieron notar con sus salvajes presentaciones en el Scene Club, con un rock abstracto rayando en lo primitivo. Sus riffs se basaban en los del bluesero Howlin’ Wolf y su lírica y actuaciones fueron precedente de la corriente psycho. “Primitive”, fue su estandarte.
Zakary Thaks fue el nombre que adoptaron los muchachos nativos de Corpus Chriti, Texas, cuando decidieron participar en una batalla de bandas del Carousel Club local. Ganaron el mismo y no sólo por el distintivo nombre, sino por la gran propuesta musical que mostraron, con una mezcla de influencias, tanto británicas como norteamericas. El tema «Bad Girl» les dio tanta popularidad por entonces que fueron convocados como teloneros durante la gira de los Yardbirds por aquellos lares.
VIDEO: Question Mark & The Mysterians – 96 Tears, YouTube (60s70sVintageRock)
Al Señor de los Anillos, su obra magna situada en el mundo mitológico, épico y fantástico, el escritor británico J. R. R.Tolkien la desarrolló en un principio para intentar expandir la historia previa de El Hobbit, aunque adquirió características propias y canónicas.
La concepción de la obra parte de la erudición del escritor en la época medieval, y en su profundo estudio de las leyendas, religiones y mitos diversos.
En su esencia, este libro es una fusión épico-heroica medievalista de valores católicos y mitología nórdica (productos de la educación de su autor). También son claras las influencias literarias de dramas históricos de William Shakespeare, desde sus recorridos monárquicos de Ricardos y Enriques hasta el Macbeth escocés.
A tales influencias habría que añadir una capacidad suprema en cuanto a pulso narrativo, riqueza lingüística y alta creatividad en la imaginería, y tenemos la consecuencia materializada en los tres libros imprescindibles que componen la obra.
A través de ellos nos sumergimos en una épica absorbente y fascinante, que derrocha imaginación en un rico e influyente universo de multiplicidad de personajes y escenarios, en donde confluyen asuntos universales y atemporales como la muerte, el valor, el honor, la amistad, la corrupción, la avaricia y su principal asiento: la lucha entre el bien y el mal. El Señor de los anillos está considerado como el mejor libro del siglo XX de las letras británicas.
La influencia de este libro dentro de la literatura ha sido grande y con el tiempo se ha ido ampliando. Los autores que han asimilado su herencia en la ficción fantástica van de Ursula K. Le Guin a E.R. Eddison, pasando por Terry Brooks y Stephen R. Donaldson, Frank Herbert y Arthur C. Clark, entre otros.
Sagas cinematográficas, series de televisión, adaptaciones radiofónicas, teatrales, audiolibros, sitios de Internet, comics, posters, calendarios y videojuegos, han señalado su huella en la cultura popular.
Sin embargo, ha sido en el cine donde El señor de los anillos se ha enseñoreado. En algunos casos, sobre todo por el rechazo de los guiones por parte de Tolkien, los filmes no se llevaron a cabo en los cincuenta y en los sesenta.
No obstante, en 1978 apareció por primera vez en dibujos animados y rotoscopio. Pero no fue sino hasta el siglo XXI cuando de la mano del director Peter Jackson el clásico literario adquirió notoriedad cinematográfica en tres partes, con las que ganó varios premios Oscar.
La relación de El señor de los anillos con la música comenzó en los años sesenta de manera fallida. En 1967 el director cinematográfico Stanley Kubrick quiso llevar el libro a la pantalla protagonizado nada menos que por los Beatles. George Harrison sería el mago Gandalf, Paul McCartney y Ringo Starr encarnarían a los hobbits Frodo y Sam y John Lennon sería Gollum. Pero Tolkien rechazó el guión por los cambios propuestos sobre el libro original.
En aquel entonces, Kubrick venía del gran éxito obtenido por su película antibélica Dr Strangelove y se encontraba en la posproducción en pleno de la que sería su obra maestra 2001: Una odisea espacial. Mientras que los Beatles acababan de lanzar el álbum Sgt. Pepper’s Lonely HeartsClub Band y estaban preparando la película Magical Mystery Tour y el soundtrack (excelente) de la misma. Qué hubiera salido de tal combinación y en esos momentos de creatividad es aún un jugoso tema.
En el transcurso de las décadas varios han sido los géneros musicales que se han involucrado con la obra del autor británico: el folk alternativo con el grupo danés The Tolkien Ensamble; el new age con la cantante irlandesa Enya y con el teckadista sueco Bo Hansson; el jazz con el saxofonista noruego Jan Garbarek; el rock progresivo con la inflamada imaginería que va de Can a Yes (y Glass Hammer, en específico)
El heavy metal y su relación con Tolkien merece párrafo aparte comenzando con Led Zeppelin y sus famosas piezas: “Ramble On”, “The Battle of Evermore”, “Over the Hills and Far Away” y “Misty Mountain Hop”. Seguidos de Blind Guardian, Battlelore, Burzum o Summoning (alemanes, finlandeses, noruegos y austriacos, respectivamente).
El de la literatura y el metal ha sido un maridaje ejemplar, uno que asocia la negrura de la materia tolkiana y el camino mítico y espectacular de personajes heroicos.
J. R. R. Tolkien falleció el 2 de septiembre de 1973 a los 81 años de edad. Tras su muerte se editaron diversos libros suyos que agrandaban su legado dentro de la fantasía heroica, entre ellos los de La Historia de la Tierra Media y El hijo de Húrin, editado por uno de sus hijos en el 2007.
VIDEO: led zeppelin the battle of evermore, YouTube (zosozm69)