PRIMERA Y REVERSA: THE SONGS OF CHIP TAYLOR

Por SERGIO MONSALVO C.

 

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(CHIP TAYLOR)

 

Dos cosas cambiaron mi vida: una película que fui a ver con mi hermano (cuya vida también se definió ahí) y la posterior una canción que compuse –explicó Chip Taylor en su momento–. La película fue Blackboard Jungle (Semillas de maldad, en su tendenciosa versión al español).

«En Yonkers, NY, mi biografía, está un capítulo donde cuento el día que fui a ver aquella película de Richard Brooks donde al final (durante los créditos) sonaba “Rock Around the Clock”.

 

“Esa pieza representaba la música de los rebeldes de entonces, sonaba irresistible y los casi y adolescentes que estábamos en el cine nos pusimos a bailar, a gritar y a armar un gran desmadre. Cuando salimos, le dije a Jon, mi hermano, que nadie podría parar al rock and roll. Y así fue: la canción llegó al número uno de las listas.

“Recuerdo que cuando salió el disco de Bill Haley, las emisoras de radio lo boicotearon -creían que era un artista negro-. A pesar de eso fue un éxito. Sentía que nuestra generación iba a conquistar el mundo. Al poco tiempo, e influido por aquel sonido, yo ya cantaba en vivo mis primeras composiciones”.

El verdadero nombre de este personaje que ha sido muy importante para el desarrollo del rock y del pop es James Wesley Voight. Nació en 1944, en Yonkers, una localidad industrial cercana a Nueva York. Se lo tuvo que cambiar como autor después de editar discos de rockabilly como Wes Voight («Midnight Blues», «I Want A Lover», «I’m Loving It», «I’m Ready to Go Steady» y «The Wind and the Cold Black Night», entre ellos) hacia el final de los cincuenta y comprobar que los locutores se atragantaban al pronunciarlo.

(Su hermano mayor, al que aquella película motivó a convertirse en actor, curiosamente, sí triunfó como tal llamándose Jon Voight y obtuvo el estrellato con la cinta Midnight Cowboy –un filme clásico).

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Así que a Wes Voight se le vio transformarse en Chip Taylor cuando cantaba en los clubes y antros country de Nueva York y alrededores y cuando entró a trabajar al Brill Building, de Broadway, y vivir el apogeo de aquella fabulosa fábrica neoyorquina de hacer canciones en los primeros años sesenta.

«Eran verdaderos colmenares, plantas enteras convertidas en cubículos donde se componía sin parar. Firmabas un contrato que, a cambio de un salario fijo, te obligaba a crear un número limitado de canciones. Entrabas así en una dinámica muy extenuante: tenías que grabar demos para ofrecérselos a los artistas y terminabas ejerciendo además de arreglista, productor y cantante.

“Ahí yo era un raro: no usaba el piano, tocaba la guitarra y mis temas sonaba más a country y a rhythm and blues que a lo de mi compañero Burt Bacharach, por ejemplo».

Durante los años setenta, Taylor volvió a cantar y editó media docena de álbumes bajo su nombre. Daba la talla como personaje pintoresco. Un sobreviviente de aquella época cavernaria.

Además, tras el fenómeno de Carole King, por venir del Brill Building sumaba méritos ante las compañías discográficas. Pero le costó encontrar mercado: «Era demasiado adulto para el público de los cantautores y demasiado urbano para la gente del country”.

 

Por otra parte, con el olfato bien afinado, Chip Taylor intuyó la llegada de la contracultura, con su énfasis en la autoexpresión (con el músico componiendo e interpretando sus propios temas) y supo entender el cambio de parámetros, que incluía la devaluación del single y la importancia del LP (aquí inició un proyecto con Flying Machine y James Taylor, que da para otra historia), todo lo cual  efectivamente supuso el eclipse del concepto industrial de la música pop, tal como se practicaba en el Brill Building.

 

Sus canciones de entonces, con la habilidad para reflejar la sensibilidad femenina, fueron registradas por Aretha Franklin, Lorraine Ellison, Dusty Springfield, Peggy Lee, Janis Joplin o Barbara Lewis.

Sin embargo, y a pesar del éxito obtenido con varios de sus títulos, a principios de los ochenta, abandonó la música y se convirtió en un jugador profesional de cartas, y apostador en las carreras de caballos, sus otras pasiones. Hasta que sus habilidades (“nada truculentas”, según él) determinaron que los casinos de Atlantic City le prohibieran entrar en sus instalaciones.

Musicalmente, reapareció a mediados de los años noventa, grabando en sellos pequeños y acomodándose en ese movimiento conocido como Americana y alt country, donde muchos de sus intérpretes lo reconocen como un igual y han grabado con él (como Lucinda Williams, entre ellos). Su perfil de yanqui con sonido sureño lo hace especialmente atractivo para el público.

Con la entrada del nuevo siglo, fundó un sello, Train Wreck Records, reinventándose y permitiéndose editar un álbum doble (The London sessions bootleg) y un disco-libro, Songs from a dutch tour.

También ha publicado desde entonces hermosos proyectos country de sus acompañantes habituales: el guitarrista John Platania, que también toca con Van Morrison, o dos poderosas cantantes-violinistas, Kendel Carson y Carrie Rodríguez. Con esta última también ha iniciado un proyecto conjunto con el que graban y salen de gira.

No obstante, la década de los sesenta fue su momento álgido, con dos canciones que lo instalaron en la historia tanto del rock como del pop para siempre. En este último, firmó la pieza Angel of the morning, un tema generador de muchos beneficios para él: ha sido un éxito en diferentes décadas (en películas, anuncios, series de televisión; los derechos le han ayudado a cuadrar sus cuentas en tiempos de vacas flacas).

Al principio, esta canción estuvo pensada para Connie Francis, que no se atrevió a cantarla por la letra: aún no era frecuente contar un affair clandestino, de una sola noche y la mañana siguiente, desde el punto de vista femenino. Francis pensó que eso podría afectar su carrera en la que navegaba con bandera de inocente. Así que el honor recayó en Merrilee Rush, quien la convirtió en un hit de 1968 y en una canción duradera. Con infinidad de intérpretes posteriores en todos los géneros.

La quintesencia de su música fue publicada en una muy destacada antología titulada Wild Thing The Songs of Chip Taylor, donde sobresalen todos los temas suyos en voz de sus mejores intérpretes de ambos lados del Atlántico.

VIDEO SUGERIDO: Chip Taylor “Wild Thing”, YouTube (Music City Roots)

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MIS ROCKEROS MUERTOS (OCTUBRE-DICIEMBRE 2021)

Por SERGIO MONSALVO C.

 

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(OCTUBRE-DICIEMBRE 2021)

 

Hacia el final de otro año fatídico, siguieron sonando las notas que expresaron el duelo por los rockeros caídos en el cuarto trimestre del 2021. En octubre, la Parca pasó de puntitas, sin hacer mella, pero en noviembre y diciembre escogió a dos de ellos para llevárselos. El uno alejado estilísticamente del otro -ambos en la antípodas–, pero unidos por su pertenencia a un mundo que hace comunidad sin importar qué, aún en una realidad actual en constante confusión y temor. El rock volvió a sonar para despedir, para sanar, para recordar que debemos continuar…

Graeme Edge 1

Graeme Edge, el baterista cofundador de The Moody Blues en 1964, falleció a los 80 años de edad (11 de noviembre del 2021) en su casa de Florida, en los Estados Unidos. Su compañero de banda, John Lodge, escribió un mensaje con una referencia lírica a su canción “The Dream”, que coescribió con Edge: “’Cuando el águila blanca del norte vuela sobre nuestras cabezas’ … lamentablemente Graeme nos dejó hoy. Para mí, él era el Águila Blanca del Norte con su hermosa poesía, su amistad, su amor por la vida y su estilo ‘único’ de tocar la batería que era la sala de máquinas de los Moody Blues”.

Edge nació en la ciudad de Rocester, en Staffordshire, el 30 de marzo de 1941; su madre era pianista de películas mudas y su padre, abuelo y bisabuelo cantantes de music hall. Después de dirigir la Blue Rhythm Band local, se convirtió en miembro fundador de Moody Blues junto a Ray Thomas, Mike Pinder, Clint Warwick y Denny Laine.

Graeme tocó la batería en todos los lanzamientos de la formación original para la compañía Decca, que incluyeron una versión de “Go Now” de Bessie Banks, un éxito en las listas del Reino Unido y una serie de lanzamientos sin huella.

Edge colaboró con el grupo para hacer la transición hacia un sonido más progresivo con la partida de Laine y Warwick y la llegada de Lodge y Justin Hayward. El álbum Days Of Future Passed fue el primero de una serie épica de álbumes de rock experimental y señero, que aglutinaron poesía, folk, misticismo y otros elementos en una mezcla única.

Edge coescribió la letra de “Morning Glory” y del track “Late Lament / Resolvement” que cierra del álbum de 1967. Asimismo, escribió y narró el breve e introductorio “Departure” para el siguiente álbum: In The Search of The Lost Chord.

Este músico estuvo siempre presente en la batería y la percusión en cada lanzamiento de estudio posterior y en las exhaustivas giras del grupo, muchas de las cuales se centraron en l ámbito estadounidense. Continuaría contribuyendo con poesía y narración a los siguientes lanzamientos de la banda, escribiendo el instrumental rockero “Beyond” para To Our Children’s Children’s Children de 1969.

Graeme Edge 2

Sus otros créditos incluyen “Don’t You Feel Small” para A Question of Balance; “After You Came” para Every Good Boy Deserves Favor; y “I’ll Be Level With You” para la reunión de la banda en 1978, Octave. Su “Going Nowhere” fue en The Present de 1983 y “Nothing Changes” en Strange Times de 1999.

Durante el paréntesis que se tomó el grupo a mediados de la década de 1970, cuando todos los miembros se dedicaron al trabajo como solistas, el baterista formó la Graeme Edge Band y editó dos álbumes, Kick Off Your Muddy Boots de 1975 y Paradise Ballroom de 1977.

El histórico epíteto «conceptual» nunca tuvo más significado que con Moody Blues y su flemático sonido sinfónico, prototipo del rock progresivo. El uso de diversos instrumentos de cuerda, la sutil experimentación electrónica del Melotron, junto a la imaginativa variedad compositiva y bellos arreglos vocales, conjuntaron su bien ganada reputación de puntales del género, de los que Graeme Edge fue un ilustre miembro y el último fundador original.

VIDEO SUGERIDO: The Moody Blues – Days Of Future Passed (1967, studio Album) 07 THE NIGHT, YouTube (LUAN692)

Mike Nesmith 1

En un resquicio temporal de los años sesenta surgió del mainstream una propuesta musical distinta, original, bien construida entre las paredes de la reputada máquina creadora de hits llamada Brill Building y la fresquísima cultura pop: The Monkees.

Propuesta que se haría de un lugar, a base de calidad compositiva, entre todos los gigantes que nacían al parecer sin límite en la escena rockera.

La historia de este grupo es más que sabida. Un proyecto ideado para enfrentarlo a los Beatles y que la industria estadounidense apoyó con la mejor arma con que contaba: la televisión. Ésta dotó de anécdota al proyecto (con el ejemplo de A Hard Day’s Night de Richard Lester), además de dos conceptos extra: el humor y la ambientación pop.

Los productores hollywoodenses reunieron en torno a sí a buenos guionistas, directores y realizadores con argumentos y técnicas estilísticas novedosas y a una poderosa batería de noveles compositores de canciones procedentes del mencionado Brill Building (Carole King, Neil Sedaka, la dupla de Tommy Boyce y Bobby Hart y, sobre todo, Neil Diamond).

Y seleccionaron entre cientos de aspirantes a Mike Nesmith, Mickey Dolenz, David Jones y Peter Tork. La leyenda dice que ellos no cantaban ni tocaban los instrumentos, cosa que harían músicos de estudio. La realidad fue que a la larga ellos mismos serían los instrumentistas en las grabaciones.

Las muy bien escogidas canciones y el estudio de todos los detalles  dieron como resultado una auténtica receta para el éxito, así como ventas millonarias de sus cuatro primeros discos. Los Monkees se convirtieron al instante en el grupo más popular del mercado más grande del mundo: los Estados Unidos y de la infinidad de países que retrasmitieron la serie.

Hoy, generalmente cuando se habla sobre ellos se hace como si fuera tan sólo un grupo prefabricado y para derramar nostalgia sobre tiempos idos. Esto implica tratarlo sin la importancia que merece, no reconocerle la trascendencia cultural que tuvo como parte de la historia del género, del cancionero memorable, de los medios, con sus avances tecnológicos, y del pop como movimiento estético. Elementos cuyas implicaciones sociales se derramarían en muchos ámbitos.

En el 2021 falleció el tercer monkee: Mike Nesmith (10 de diciembre) Este músico consiguió incorporar varias piezas suyas a la lista de éxitos del grupo. Nesmith cuenta en este haber con tracks como los célebres “Mary, Mary”, «Tapioca Tundra» o “The Girl I Knew Somewhere”, firmadas por él.

En resumen, la buena cosecha de canciones del grupo representó un impacto potente y directo sobre el sonido sesentero en su continuo flujo de géneros. Las piezas de Mike Nesmith cuentan con la trascendencia atemporal de una dimensión y un valor que las ha hecho únicas e independientes de los ecos mediáticos.

Otros caídos en tal trimestre: RobbieShakespeare (del famoso dueto de Sly & Robbie, productores y sección rítmica afincados en el reggae y el dub, que colaboraron en cientos de discos de variada gente, incluyendo rockeros, murió el 8 de diciembre).

A todos ellos: ¡GRACIAS!

 

VIDEO SUGERIDO:  The Monkees – Mary Mary 1967 – YouTube (woolhat1)

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MEXICO CITY BLUES (ORIZABA 210) – III

 SERGIO MONSALVO C.

 

MEXICO CITY BLUES (ORIZABA 210) (PORTADA)_corregida

 

MEXICO CITY BLUES

(ORIZABA 210)*

 

III

 

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En julio de 1955, con 25 dólares en el bolsillo—producto de un regalo—, Jack volvió a la capital de México. Al número 210 de la calle Orizaba. Ahí encontró una atmósfera alucinada y creativa. Ocupó el pequeño cobertizo de adobe de la azotea y bajaba a hacerle compañía a Bill Garver, un viejo amigo drogadicto de Burroughs. Éste, mientras tanto, había viajado a África del Norte. El cuarto de Kerouac no tenía agua ni electricidad y sólo se cerraba con un sencillo pasador. Se alumbraba con la luz de una vela.

De esta manera continuó con sus estudios de budismo, de lunes a domingo. Por las tardes se sentaba a beber en una mecedora junto a Garver y lo oía hablar. Éste tenía 60 años, llevaba veinte de adicto y ya pocas veces dejaba su habitación. Prefería permanecer sentado en ella y perorar sobre Mallarmé, la historia en general y su pasado como roba-abrigos. Era alto, delgado y con una cultura tan amplia que nunca dejó de sorprender a Jack.

Saturado de marihuana y a veces flotando gracias a una dosis de morfina, cortesía de Garver, Kerouac llevaba una vida más bien sedentaria en la ciudad. Se sentía aislado aun en medio de los edificios y los gritos de los niños que jugaban futbol en la calle. Se acomodaba en la cama de Garver para escucharlo hablar como si fuera una especie de mantra vivo. Ahí comenzó a escribir poemas espontáneos, meditaciones, transcripciones mentales que más tarde (1959) se llamarían Mexico City Blues.

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Se sentía, según escribió después en la nota introductoria del libro, «un poeta jazzístico que interpretaba un largo blues en una jam session de domingo por la noche». Hiciera lo que hiciera, su lenguaje siempre se trató de música, ya sea la del hablado o en la construcción de textos, hecha con soltura y a menudo comparable con una especie de improvisación musical.

Él (como los demás beats) había dado comienzo a un periodo de libre experimentación en la literatura, la música, la moda y el vocabulario, que muy pronto se convertiría en los años sesenta — Bob Dylan ha confesado que Kerouac tuvo una enorme influencia en él, sobre todo con Mexico City Blues, poema con el cual por primera vez tuvo la sensación de que se trataba de poesía escrita en su idioma. Es evidente que una frase suya: “the motorcycle black madonna two-wheeled gypsy queen and her silver-studded phantom” constituye una deflagración de imágenes al estilo Kerouac.

El underground beat requirió de esa nueva lingüística. Las expresiones de los viejos narradores y poetas estaban ya fuera de lugar y hacían antiguo a quien las utilizara. Como ideas base, suscitaron jams verbales, de la misma manera que las viejas melodías habían servido como armazón para las composiciones del novísimo y vanguardista bebop. El intento era siempre el mismo: excluir a los no iniciados, confundir a los anticuados y dar cohesión a la comunidad. Palabras como «cool» y «hip» sirvieron como verbos, adverbios, adjetivos y nombres.

Como la nueva música, la nueva lingüística giraba en torno a puntos fijos e ideas establecidas. Como la música, era una lengua en movimiento, sutil y cambiante, de connotaciones siempre frescas, y sujeta a las necesidades y a los conceptos comunes. Hablado con rapidez, con inflexiones, era un dialecto casi incomprensible. La idea era permanecer en el interior (in) mirando hacia afuera (out).

Con los recién surgidos sonidos y lenguaje llegaron también otras costumbres. La conducta se volvió marginal y subterránea. La vida que hacían, las horas en que trabajaban, la gran cantidad de tiempo que utilizaban en sus desplazamientos, todo ello los apartó del mundo común y corriente, en contra de lo establecido, fuera del sistema.

En aquellos 242 fragmentos (choruses) de Mexico City Blues, Kerouac trató de canalizar el flujo de su mente (“Mis ideas varían y a veces se desarrollan entre un coro y el siguiente, o bien desde la mitad de uno a la mitad del posterior”) y los alucinados monólogos de Garver, que hablaban tanto de los macedonios o la poesía simbolista como de su obsesión por suicidarse con una sobredosis de blue skies (amital sódico).

Cuando terminó el libro, siguió escribiendo sobre Esperanza Villanueva (ex mujer del fallecido pusher de Burroughs), quien ahora le conseguía las drogas a Garver. Una mujer a la que Kerouac adoraba de manera romántica. Ella consumía 10 gramos de morfina al mes. Jack transcribió su historia, cambiando el nombre de Esperanza por el de Tristessa. El escrito constituía una meditación mística sobre el dolor y un completo sincronismo con su torturada protagonista —contumaz consumidora de sedantes fuertes y opiáceos.

El libro es Jack siguiéndola por los barrios bajos capitalinos hasta su casa, por entre los vagos y alcohólicos callejeros, los puestos de fruta podrida, la exhibición de mercaderías sobre la banqueta donde los perros mean. Tristessa le vende morfina a crédito y luego ruega a Dios para que le dé más. En septiembre Kerouac acepta la invitación de Ginsberg para ir a San Francisco y titula Howl (aullido) al texto que éste le envió para su lectura, aportaciones y sugerencias. Un largo poema que en los Estados Unidos escandalizó a la crítica y causó furor entre los jóvenes, ya que proclamaba la posibilidad de una lírica vital y contemporánea en lenguaje coloquial. Se convertiría en el más importante de la siguiente década y más allá.

 

 

 

*Capítulo del libro Mexico City Blues: Orizaba 210 de la Editorial Doble A, y publicado de manera seriada en el blog Con los audífonos puestos.

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Mexico City Blues

(Orizaba 210)

Sergio Monsalvo C.

Editorial Doble A,

Colección “Textos”

The Netherlands, 2007

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MUJERES EN EL GARAGE ESCANDINAVO

POR SERGIO MONSALVO C.

BOMBETTES (FOTO 1)

 

GARAGE ESCANDINAVO

La península escandinava está localizada en el noroeste de Europa, entre los mares Báltico, de Noruega, del Norte y de Barents. La mayor parte de su superficie está ocupada por Noruega y Suecia.

Dicha península es la más larga de Europa, con un área total aproximada de 800.000 km². Las fronteras entre los países ahí localizados generalmente están marcadas por la cadena de los Alpes Escandinavios.

La población mayoritaria está concentrada en el sur de la península; Estocolmo y Gotemburgo, ambas en Suecia, y Oslo en Noruega, las ciudades más grandes.

La región es rica en recursos forestales, hierro, cobre, níquel, zinc, plata y oro. Existen grandes depósitos de petróleo y gas natural. El sustrato cristalino y la ausencia de tierra descubre los enormes depósitos minerales, pero también la existencia de excelentes grupos musicales de diversos géneros.

En dicha zona el rock de garage tiene ejemplos estimables en la última década The Hives, The Hellacopters…Sin embargo, en esta ocasión, habrá que hablar primero de las damas.

En Suecia, el productor Dennis Lyxzéns ha trascendido con su pequeña compañía independiente, Ny Vag, con el lanzamiento del grupo de garage punk The Bombettes. Un quinteto femenino afincado en Estocolmo, el cual está formado por Elin (voz), Jenka (guitarra), Ellen (guitarra y coros), Chrystal  (bajo) y Maria (batería).

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Ellas van a la cabeza de un subgénero que en su país tiene representantes como Sahara Hotnights, Epidemics, Masshysteri, Invasiones o The Most, entre otros muchos.

Estas rockeras no son modosas ni elucubran metáforas sobre lo que les interesa. Hablan de sexo explícito, de sus necesidades y gustos en él y hasta de su rechazo, de manera brutal, directa y lo más fuerte posible.

Si en el garage en general –sesentero, revival, punk (proto o post), alternativo, avant, etcétera– las mujeres han dejado de ser en las canciones los objetos complacientes, para convertirse en quienes exigen a los tipos lo requerido y ponerse a la altura de sus deseos, en el garage punk, como el de estas suecas, todo es más rápido y furioso, con más testosterona femenina, pero sin dogmatismos feministas.

Piezas de su repertorio, como “Dating Scene”, “I Wanna (Kick Your Ass)” o “The Thief”, las ubican en el mejor garage punk actual que extiende sus raíces hasta los girly groups y el proto combinándolo con la ética del movimiento DIY (Do It Yourself) y melodías tan duras como bailables al estilo de los Ramones.

The Bombettes debutaron con el EP What’s Cooking Good Looking? Y continúan su carrera ascendente con You Have No Chance, Lance. Ejemplos del sonido lo-fi de bronca gestualidad primigenia, con riffs agudos y ecos metálicos: mucha energía en juego y de lo más contagiosa.

VIDEO SUGERIDO: The Bombettes – Live – Berlin – 2009 (No. 2), YouTube (dubpunker)

Estas suecas están enparentadas, a su vez, con sus vecinas noruegas del grupo Cocktail Slippers, procedentes del sello Wicked Cool, el cual se ha posicionando realmente bien en el panorama internacional. Todo lo que edita es digno de ser, al menos, escuchado y eso dice mucho de una compañía discográfica.

El mérito de ello lo tiene su dueño que no es ni más ni menos que Steve Van Zandt (conocido como Little Steven) al que algunos conocen por ser el guitarrista de la E-Street Band (banda de Bruce Springsteen) y otros por encarnar a Silvio Dante en la serie Los Soprano o Frank Tagliano / Giovanni «Johnny» Henriksen en Lilyhammer.

Todo lo que firma y edita en su sello, o pone en su memorable programa de Rock radiofónico, tiene actitud: surf, rock, garage… si tiene calidad estará presente. Y el hecho de hablar de él es porque las Cocktail Slippers son su apuesta personal.

No sólo les dedica halagos cada vez que puede sino que además les ha escrito dos temas, “St. Valentine’s Day Massacre” y “Heard You Got A Thing For Me”, y producido todo el álbum junto a Jean Beauvoir, músico de Crown Of  Thorns. Casi nada.

Con semejante carta de presentación uno se pone a escuchar este trabajo de Cocktail Slippers con expectación, y lo que descubre es un emocionante álbum en el que se mezclan el rock de garage con el pop más dulce; melodías cincuenteras a más no poder con actitudes punks.

Esta banda femenina originaria de Oslo (Noruega) está compuesta por (nombres de fantasía, claro) Rocket Queen (guitarras y voces), Squirrel (guitarra), Modesty Blaze (voz y teclados), Sugar Cane (bajo) y Bella Donna (batería). El grupo es a menudo comparado con Blondie y las Shangri-Las.

Como se ve y escucha, el rock de garage de hoy no está atado a un sólo estilo. Al contrario. Es una síntesis completa y profunda del espíritu de cada época, apenas refinada para poder ser interpretada por cada emergente generación del país que sea.

El hipermodernismo de este garage escandinavo reverbera como una guitarra Fender, impregna el espíritu de estos años y permite a sus jóvenes creadores la selección de las afinidades selectivas de su mundo globalizado.

VIDEO SUGERIDO:  Cocktail Slippers – “St. Valentine’s Day Massacre” – SXSW 2010 Showcasing Artist, YouTube (SXSWSUSCRIBE)

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LIBROS: ARTE-FACTO (VI)

Por SERGIO MONSALVO C.

 

ARTE-FACTO (VI) PORTADA

 

EL RIZOMA DEL ROCK*

Una de las aportaciones del rock a la cultura ha sido la de conectar a quienes trabajan en toda actividad estética y con ello creado sonidos, canciones o álbumes afines y alianzas artísticas en todo el mundo. Y lo ha hecho ya sea en un disco, en un track en particular o en la escenografía de un concierto. Ha conectado con aquellos que se han pasado la vida resolviendo sus misterios o belleza en alguna de sus formas, dentro de sus disciplinas individuales o conjuntas (humanistas o científicas), ya sea influyéndolos o siendo influido por ellos.

El resultado de tal encuentro ha producido sonoridades capaces de sacar al escucha de sí mismo y conducirlo a diversas dimensiones mentales, reflexiones existenciales o sensaciones en movimiento. Las obras creadas en este sentido son Arte-Factos culturales, aventuras en el microtiempo, las cuales requieren de la entrega a un flujo musical que enlaza una nueva expansión del quehacer humano con la experiencia auditiva en las diferentes décadas, desde mediados del siglo XX hasta el actual fin de la segunda decena del XXI.

El arte es la utopía de la vida. Los músicos rockeros de nuestro tiempo no han cesado en su tarea de acomodar la práctica musical a una búsqueda imparable de tales adecuaciones. La indagación sonora adquiere, en este contexto, un nuevo significado: no es mera búsqueda expresiva, sino persecución de horizontes culturales nuevos para un público en mutación, que exige de lo musical apreciaciones vitales, rizomáticas, en relación con sus exigencias estéticas y vivenciales.

Acompañando tales conceptos he creado las fotografías para que fungieran como ilustraciones en las portadas de los diferentes volúmenes. A éstas las he publicado de manera seriada e independiente bajo el rubro “Arte-Facto” de la categoría “Imago” del blog Con los audífonos puestos.

 

 

*Introducción al volumen Arte-Facto (VI), de la Editorial Doble A, cuyo contenido ha sido publicado de manera seriada en el blog Con los audífonos Puestos bajo esa categoría.

 

Arte-Facto (VI)

Sergio Monsalvo C.

Editorial Doble A

Colección “Textos”

The Netherlands, 2022

 

CONTENIDO

 

Actores: Cuando la Imagen Canta

Apparat: El Dj como Oficiante

Astor Piazzolla: Desafíos al Tango

Balkan Beat: El Sonido y La Furia

Björk: El Volcán de Islandia

Caetano Veloso: Creatividad Alternativa

China: El Dragón Experimenta

Crooners, Rockers y Viceversa

Dee-Phazz: Mezclado no Agitado

Lhasa de Sela: El Encanto de la Tristeza

 

 

 

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THE TWIST (II)

Por SERGIO MONSALVO C.

 

TWIST II (FOTO 1)

 

LET’S TWIST AGAIN

 

(1960)

 

Al cantante para interpretar una nueva versión de “The Twist” lo encontraron en la persona de Ernest Evans (nacido el 3 de octubre de 1941 en Carolina del Sur, pero criado en Philadelphia), el cual trabajaba en esos momentos en una fábrica de carne de pollo, pero tenía aspiraciones como cantante y había hecho algunas pruebas para tal compañía. Lo llamaron. Pasó el cast, grabó el tema en y la esposa de Dick Clarke sugirió como nombre artístico el de Chubby Checker (como referencia amable a la figura de Fats Domino)

El Twist se hizo extremadamente popular después de que Chubby Checker lo bailara mientras cantaba la canción del mismo nombre en el Dick Clark Show el 6 de agosto de 1960. Ese baile que se hace girando las caderas, se convirtió en una locura mundial a partir de entonces. Básicamente, es un simple giro de tal parte del cuerpo. Algunos lo han descrito como si se estuviera fingiendo apagar un cigarrillo en el suelo o secándote la espalda con una toalla.

El cover llegó a las emisoras en el verano de 1960 y pronto se ubicó en el primer lugar (el 19 de septiembre), aunque socialmente fue repudiado por las fuerzas vivas de la época que no veían aceptable dicho baile con tal movimiento de caderas: “demasiado provocativo”, dijeron (fue el primer estilo internacional de baile, como subgénero del rock and roll, en el que las parejas no se tocaban mientras bailaban). A partir de ahí el Rey del Twist no fue otro que Chubby Checker, el cual hizo literalmente bailar a millones de personas en todo el mundo.

Tal movimiento inspiró una larga lista de bailes que se quisieron subir al carro de la popularidad de su predecesor: the mashed potato, the funky chicken o the monkey, entre otros. Sin embargo ninguno consiguió la legitimidad del twist, cuyo sonido se coló por todas las fronteras.

 Hubo cambios sociales. Ahora ya no sólo estaban las grandes salas de fiestas con bandas en vivo en, sino que con la llegada de los tocadiscos portátiles y como muebles de sala a las vidas de la gente, se inició a una nueva era: la de las sesiones de baile en la propia casa. Los jóvenes de aquellos primeros años 60 se inventaron las fiestas en sus casas para compartir buenos momentos mientras movían sus pies al ritmo del mejor rock n’ roll y la novedad del twist.

Para ayudar a los bailarines inexpertos en éste último se crearon todo tipo de guías con prácticos esquemas de cómo mover los pies Y así, todos pudieron bailar ese ritmo alegre que no entendía de razas ni de edades y en el que las parejas no se tocaban mientras bailaban.

Tales guías, indicaban que “no existían pasos preestablecidos y el movimiento básico era un enérgico giro de la cadera y los talones manteniéndose sobre las medias puntas. El bailarín se podía desplazar adelante, atrás, a los lados y hacia abajo. El baile consistía básicamente en mover primero un pie para un lado y el otro para el contrario, ayudándose del cuerpo para seguir el ritmo de las canciones”, se podía leer en esas guías.

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En lo musical la euforia se desató y los dueños de las compañías disqueras lanzaron canciones y artistas, consagrados o noveles con ese ritmo, y así surgieron Joey Dee y la Starliters con la canción “The Peppermint Twist”, que se convirtió en número uno en los Estados Unidos en enero de 1962.

Mismo año en que uno de los padres del rock n’ roll, Bo Diddley, puso en el mercado su álbum Bo Diddley’s A Twister en el que grabó varios temas de Twist, incluyendo «The Twister», «De Bo Twist» y » Mama Don’t Allow No Twistin», pieza que hacía referencia a las objeciones de muchos padres a los movimientos pélvicos de esta danza, sobre todo de las jóvenes.

Europa se sumó al fenómeno y también se dejó llevar por la moda del Twist. Países como Italia, Francia, Gran Bretaña e, incluso, la mojigata España se llenaron de fiestas con tocadiscos a todo volumen. En el verano de aquellos años hubo un lugar que se puso de moda: la Costa Azul y Saint-Tropez fue la ciudad más visitada en esa época por los jóvenes. Por eso, no es de extrañar que el twist los acompañara y el nombre apareciera en sus canciones. En la Gran Bretaña estaba surgiendo en ese momento un grupo que en su repertorio también incluía al twist: era en de los Beatles y su versión del “Twist And  Shout” de los Isley Brothers.

Así, con la llegada de la beatlemanía, el twist pasó a ser parte de la nostalgia y desde entonces algunos grupos vuelven al pasado y lo rescatan del olvido. En los noventa, por ejemplo, sería el grupo británico The Kaisers el que, saliéndose de la moda de esos momentos, el brit pop, pondría de nuevo el twist con su disco Twist With The Kaisers. Igualmente harían los Traveling Wilburys, en su momento, con “The Wilbury Twist”, o al comienzo del siglo XXI los Detroit Cobras y su revival en “Cha Cha Twist”.

El twist también ha aparecido en el cine. En 1993, en la película de Ron Mann llamada Twist, un documental sobre la twistmanía. En 1994 en la película Pulp Fiction de Quentin Tarantino, donde John Travolta y Uma Thurman lo bailan con el tema «You Never Can Tell”, de Chuck Berry. En Spiderman 3 del 2007, Harry Osborn y Mary Jane Watson lo hacen con “The Twist” de Chubby Checker.

 Por su parte, el creador original del twist, Hank Ballard, fue incluido en el Salón de la Fama del Rock and Roll en 1990, los Midnighters lo hicieron en el 2012. Ballard murió el 2 de marzo del 2003 a los 75 años de edad en Los Ángeles y está enterrado en el cementerio de Greenwood, en Atlanta, Georgia.

Chubby Checker, mientras tanto, aunque lo intentó, no pudo dejar al twist de lado (el público nunca se lo permitió), así que asumió sus presentaciones como un autotributo y se ha mantenido a través de las décadas interpretando sus éxitos con él.

El twist, como hemos visto, resurge de vez en vez, como cuando adquirió nueva fama al grabarlo en una nueva versión con el trío de raperos, The Fat Boys («El Twist», en 1987). Checker, asimismo, cantó la pieza para un comercial para Galletas Oreo a principios de 1990 y después abrió un restaurante propio, el cual administra, y en donde actúa frecuentemente hasta hoy, al mandato de “Let’s Twist Again”.

VIDEO SUGERIDO: The Twist – Chubby Cheker, YouTube (RetroTVCentral)

TWIST II (FOTO 3)

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THE TWIST (I)

Por SERGIO MONSALVO C.

 

TWIST I (FOTO 1)

 

UN JUEGO DE CADERAS

 

(1960)

 

En lo musical, la década de los sesenta se inició para el rock de manera lenta e inocente. Venía de una crisis que casi le cuesta la vida, al final de los cincuenta, luego del brutal ataque al que la sometieron el gobierno y las fuerzas vivas estadounidenses. Los pioneros estaban arrinconados, encarcelados o muertos.

La industria, apoyada por las instituciones, buscó sustituirlos por gente menos peligrosa para el sistema. De ese modo llegaron los baladistas, carilindos bien peinados y vestidos (Mark Dinning, Rickie Nelson, Fabian, Pat Boone, etcétera.). Con una temática pop reducida a lo meloso y elemental en exceso. Sin referencias ni significados.

No obstante, con el paso del tiempo fue recobrando su luminosidad y vigor tras el incierto futuro. Con ya 10 años de existencia el rock comenzó a subdividirse y a crear subgéneros. En primera instancia surgió el pop barroco con Phil Spector como abanderado principal y con él la importancia del papel del productor.

A su vez, los intérpretes y compositores negros le insuflaron vida con el soul (con los incendiarios conciertos de James Brown y Otis Redding) y la creación del sonido Motown, por un lado y un sinfín de estilos de baile, por el otro: el jerk, el pony, el watusi, el monkey, el mash potato, el funky chicken y sobre todo el twist, que puso a bailar, literalmente, a todo el mundo, con Hank Ballard y Chubby Checker a la cabeza.

TWIST I (FOTO 2)

Con el jump blues (un derivado del r&b) de la segunda década de los años cincuenta el ánimo de los intérpretes se reflejaba en el del público. Los saxofones tenores graznaban y chillaban, los pianos ejercían un papel percusivo y las guitarras eléctricas vibraban y punteaban. Las letras de las canciones eran sencillas y elementales, pero plagadas de dobles sentidos sexuales, lírica que se dirigía a la testosterona de los adolescentes (negros y blancos) mientras el estruendoso ritmo los hacía mover los pies.

Hank Ballard & The Midnighters eran parte de tal escena, y habían convertido su estilo vocal salvaje e incoherente en uno de los espectáculos más electrizantes, al combinar su interpretación vociferante del jump blues con un ruidoso sax tenor y un intenso ritmo de fondo. La banda tenía fama de ser un “grupo arriesgado” (muchas de sus canciones tenían letras sexuales explícitas).

Las hazañas de este artista, dentro y fuera del escenario, hicieron de él uno de los «chicos malos» del rhythm & blues, el cual produjo una serie de maliciosas melodías de estilo jump que mantuvieron ardiendo las rockolas y en estado de shock permanente a los guardianes de la moral pública.

Hank Ballard había nacido con el nombre de John Henry Kendricks (el 18 de noviembre de 1927, en Detroit, Michigan) y con su grupo The Midnighters, se dedicaba a difundir por los teatros y ballrooms éxitos tales como “Work with Me, Annie” y “Annie Had a Baby”. En 1959 se hizo popular con “Finger Poppin’ Time”. Y más avanzado el año compuso y grabó el tema “The Twist” y ahí comenzó otra historia.

Ballard escribió la canción después de ver a algunas personas retorcer las caderas mientras bailaban. Lo había visto hacer mientras visitaba a un amigo seguidor de las tradiciones ancestrales africanas. Aunque no está totalmente establecido, dicho movimiento al parecer era practicado por los esclavos traídos a América en 1890.

La canción, “The Twist”, que le sugirió tal experiencia a Ballard, fue lanzada por primera vez como lado B del sencillo “Teardrops on Your Letter” grabado en 1958, para luego ser interpretado como parte de su repertorio en sus presentaciones en los teatros.

 

Por otro lado, Dick Clark, el famoso presentador de la televisión estadounidense, era el hombre del momento. Su nombre tenía un gran peso para la industria musical, a pesar de no ser músico. Pero era la cara del show  American Bandstand, un programa que presentaba a músicos relevantes, con el hit más reciente, a los cuales ponía a hacer playback durante su actuación. Mientras tanto el público que veía el programa bailaba en casa (nueva moda). Era la mejor forma de promocionarse en tal época, fin de los años cincuenta.

Clark, por su parte, se mantenía al tanto de lo que sucedía en la música y acudía asiduamente a los teatros y salones de baile más renombrados, sin importar la cuestión racial. De tal manera se maravilló al ver cómo la gente de movía al ritmo de la canción “The Twist” interpretada por Ballard.

Al salir de una de la presentación a la que había asistido de inmediato llamó a sus productores para que lo llevaran a él y a The Midnighters al programa, pero aquellos le dijeron que de eso nada. Consideraban que la banda era demasiado vulgar para tal emisión (estaban en el listado de los representantes del llamado dirty blues).

Sin embargo, Clarke no quitó el dedo del renglón e interesado en promover esa novedosa canción (y baile), se dirigió a unos estudios de Philadelphia, Cameo/Parkway Records, para pedirles que hicieran una nueva versión de “The Twist”, a lo cual obviamente no se negaron y se dieron a la tarea de buscar un intérprete adecuado…

VIDEO SUGERIDO: Hank Ballard and The Midnighters – Work With Me Annie, YouTube (John1948SixA)

TWIST I (FOTO 3)

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MEXICO CITY BLUES (ORIZABA 210) – II

SERGIO MONSALVO C.

 

MEXICO CITY BLUES (ORIZABA 210) (PORTADA)_corregida

 

MEXICO CITY BLUES

(ORIZABA 210)*

 

FOTO 1

 

II

 

Tras una enloquecida travesía junto a Neal Cassady, retornó en auto a la ciudad de México a principios del siguiente diciembre.

Burroughs apenas alcanzó a despedirse de ellos; se iba a Florida y luego a Panamá.

Cassady se quedó únicamente un par de días, embriagándose. Luego compró una buena dotación de marihuana y se regresó manejando a la Unión Americana.

FOTO 2

Solo, Jack rentó y se instaló en un cobertizo de la azotea en el mismo 210 de aquella avenida.

El mínimo habitáculo le pareció bien para escribir otra novela. Sin embargo, no resistió la desolada situación en la que se encontraba y borracho partió rumbo a Nueva York antes de la Navidad.

 

 

*Capítulo del libro Mexico City Blues: Orizaba 210 de la Editorial Doble A, y publicado de manera seriada en el blog Con los audífonos puestos.

FOTO 3

Mexico City Blues

(Orizaba 210)

Sergio Monsalvo C.

Editorial Doble A,

Colección “Textos”

The Netherlands, 2007

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HISTORIA DE UNA CANCIÓN: «NOTHING ELSE MATTERS» (METALLICA)

Por SERGIO MONSALVO C.

 

NOTHING ELSE MATTERS (FOTO 1)

 

(METALLICA)

Mucho antes de hablar, los seres humanos nos pusimos a cantar. Ésa fue la evolución lógica: primero, antes que nada, cantar, hacer música, y sólo más tarde, comunicarnos a través de la palabra.

Los estudios antropológicos confirman ese hecho. Al fin y al cabo, la música está presente en la naturaleza desde el origen mismo del planeta.

Melodía y ritmo. Aparece en el canto de los pájaros, en el murmullo del agua sobre las piedras, en las gotas de lluvia cayendo sobre la tierra, en las hojas de los árboles movidas por la brisa o el viento fuerte penetrando en una oquedad.

Y luego está lo nuestro, lo propiamente humano, nuestra necesidad —visceral, creo— de expresar las emociones más poderosas mediante esos sonidos misteriosos que nos salen de las entrañas y que, sin duda, se embellecieron gracias a la imitación de los sonidos del entorno.

Toda cultura se acompaña de música. Nuestro raciocinio nos pide además intelectualizarla. No existe una sola cultura que no acompañe sus grandes acontecimientos con expresiones musicales. Tampoco existe un solo individuo que no acompañe sus pequeños e íntimos acontecimientos con música. Es la gran compañera.

No hay, pues, un ser humano que no guarde en su memoria una canción. Y no hay ninguna música, ni siquiera la nacida en el lugar más remoto del mundo, que no pueda ser compartida por el resto de la humanidad (a condición, claro está, de escucharla sin prejuicios).

Esa extraordinaria armonía es la confirmación de lo que expuso hace siglos Pitágoras, un griego visionario y de oído gigantesco. Todo está interconectado por la música. Nietzsche, a su vez, reivindicó a ésta como un lenguaje originario capaz de expresar esa dimensión más íntima de la existencia: “La vida sin la música sería un error”.

 

El rock lo ha testimoniado en infinidad de maneras. Una de ellas es que a pesar de lo duro que se intente ser, de lo rudo que se parezca, de andarse a patadas con la vida, siempre habrá en los resquicios una canción que manifieste un ser distinto o su intención.

Pongamos por caso a James Hetfield, cantante y guitarrista de Metallica, el mismo que compuso “The Unforgiven” u “Of Wolf and Man” y que con dicho grupo obtuvo el dudoso epíteto de “la banda más peligrosa del momento” hacia finales del siglo XX, también tuvo en tales instantes un escarceo reflexivo consigo mismo y lo hizo como parte de un diálogo amoroso.

NOTHING ELSE MATTERS (FOTO 2)

Sí, porque los metaleros (esos seres tan enfundados en su rispidez prehistórica) igualmente tienen un corazón romántico, aunque lo nieguen, y éste les late de esa manera, aunque no lo quieran.

Así que tenemos frente a nosotros a Hetfield, en un cuadro tópico: hablando por teléfono con su novia (cuestión que los astutos investigadores han confirmado y dicho que muy probablemente se trataba de una joven llamada Kristen, que fue novia del músico entre 1988 y 1990).

De esta manera tenemos al objeto (teléfono) y al sujeto (la bella enamorada de la bestia). En una escena que evoca un libro y obra teatral de  Jean Coctau (una pieza de cámara llamada La voz humana, escrita por él en 1928). Tanto en uno como en la otra se cuenta una historia. En estos casos lo hace la propia voz de sus protagonistas. El universo de la voz es muy amplio, tanto que nunca se acaba por abarcarlo. El proceso de aprendizaje se va topando con hallazgos diversos que dan forma a lo contado.

Así es cuando los diálogos (o monólogos) cobran su verdadero sentido. La voz va cubriendo todas las emociones y creando una dimensión mágica. El grano especial que lo dimensiona. Es cuando el que escucha siente que la esencia de la otra persona le brotara por la boca.

Estos hallazgos modifican la percepción que se tiene de quien habla. La voz humana revela a las personas. Por eso la suavidad, la aspereza, la vibración, la brillantez, el tono, corrigen a menudo la imagen que tenemos de sus dueños, y es que la voz no sólo revela, también delata.

En el caso que nos ocupa, el de Hetfield, es un hombre con las emociones a flor de piel que usa el habla y el aparato telefónico como herramientas de conmoción y de conducción de aquellas.

Básicamente, esta historia de una canción es “un drama lírico en un acto” de 6 minutos y 27 segundos. Es el monólogo de tipo duro que “se abre” por primera vez ante su amada, que muestra su fragilidad, sus dudas, e intenta disipar todo ello y convencerla de que juntos lograrán vencer las adversidades, con una especie de mantra comunicado a través de una llamada telefónica.

Se aferra obsesivo al aparato como su tabla de salvación en esos momentos. El teléfono se convierte en el depositario de emociones tan fuertes como contenidas por largo tiempo.

So close, no matter how far
Couldn’t be much more from the heart
Forever trusting who we are
And nothing else matters

Never opened myself this way
Life is ours, we live it our way
All these words I don’t just say
And nothing else matters

Trust I seek and I find in you
Every day for us something new
Open mind for a different view
And nothing else matters

Never cared for what they do
Never cared for what they know
But I know

So close, no matter how far
Couldn’t be much more from the heart
Forever trusting who we are
And nothing else matters

Never cared for what they do
Never cared for what they know
But I know

I never opened myself this way
Life is ours, we live it our way
All these words I don’t just say
And nothing else matters

Trust I seek and I find in you
Trust I seek and I find in you
Every day for us something new
Open mind for a different view
And nothing else matters

Never cared for what they do
Never cared for what they know
But I know

So close, no matter how far
Couldn’t be much more from the heart
Forever trusting who we are
And nothing else matters

Es de este cuadro, de estos instantes, de donde surgió una de las baladas heavymetaleras más recordadas, citadas, evocadas y tarareadas por todo rockero que se precie, pero no sólo por éstos: “Nothing Else Matters” es una canción de la que se han hecho decenas de versiones y que el grupo tiene como estandarte para sus presentaciones en vivo desde entonces (1991).

“Esa es la canción menos Metallica, la que menos iba con nosotros, la que creí que nadie querría escuchar jamás”, confesó James Hetfield en una entrevista para la publicación The Village Voice en el 2014.

De esta forma el compositor y músico trató de explicar algunas frases que contiene la pieza, como “Nunca me abrí de esta manera” o “No me importa lo que hagan”. Sin embargo, lo que prevalece son los argumentos de un tipo acostumbrado a cantar rock duro que por un momento se suavizó, se sinceró con su novia cerca del amor y la soledad. Y de ello brotó una gran canción, sin importar nada demás.

VIDEO SUGERIDO: Metallica – Nothing Else Matters (1991), YouTube (Solo música)

NOTHING ELSE MATTERS (FOTO 3)

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