ROCK Y LITERATURA: RETRATO DEL ARTISTA CACHORRO (DYLAN THOMAS)

Por SERGIO MONSALVO C.

 

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(DYLAN THOMAS)

 

La literatura ha producido grandes estrellas del rock que jamás se colgaron una guitarra, y entre ellas se pueden encontrar lo mismo novelistas, que ensayistas, poetas, cuentistas, periodistas, críticos, académicos, etcétera, pero también en las otras ramas del arte: cineastas, pintores, teatreros, arquitectos, bailarines, et al.

El rock ha incorporado a muchos de ellos a sus huestes como materia fundamental para su desarrollo, y en sus letras aparecen como parte del bagaje que ha acompañado a la mayoría de sus mejores intérpretes en sus andanzas vitales, en sus obras, en la elección de su nombre, de su identidad estética, en sus distintas edades, lenguajes, países y continentes, y a la postre en el soundtrack de sus seguidores más auténticos.

La literatura y el rock han estado entrelazados desde el comienzo. La primera como referente, en sus inicios, y luego como influencia determinante después. Igualmente, como testimonio de las generaciones que se han sucedido desde que tal música apareciera en el mundo. De dicha interrelación han surgido textos fundamentales y canónicos, como los que escribió Dylan Thomas, por ejemplo.

De este autor hay dos escritos fundamentales e influyentes para la cultura del rock. El primero: Portrait of The Artist as Young Dog (traducido generalmente al español como Retrato del Artista Cachorro), de 1940; y sus colecciones de poemas (In Country Sleep, And Other Poems, el más recurrente, publicado póstumamente en 1954).

Aquí habría que señalar que en una de sus facetas creativas –y no la menor, por cierto— se desarrollaba como escritor y narrador para la radio. En ello era famoso también “por su vozarrón cautivante, que atraía, cual cantante juvenil, a cientos de personas a sus recitales poéticos, o a pegarse al receptor cuando hablaba en la BBC [Era inmensamente popular y sus seriales en la radiodifusora oficial británica todo un acontecimiento].

En el Retrato del Artista Cachorro, Thomas “diseña” prácticamente un arquetipo de adolescente en formación, que fungirá a la postre como uno de los espejos y modelos literarios para la actitud estética de generaciones de entes semejantes o como testimonios de sus deseos y padeceres, como lo harían canciones como “Johnny B. Goode”, “King Creole” o “Summertime Blues”, en lo musical, o James Dean y Marlon Brando en la imaginería cinematográfica (de donde el rock tomaría para sí uno de sus lemas más conspicuos: “Vive rápido, muere joven y deja un cadáver resplandeciente”).

En sus páginas el protagonista exalta su condición de alter ego del autor e incluso llega a utilizar su propio nombre en la narración; echa mano de sus propios textos, es decir se autocita, o se describe físicamente utilizando la tercera persona e imaginando cómo lo ven los demás, Y hablando tanto de sus anhelos existenciales como de sus ideas.

La esencia de este volumen se corresponde con lo que diría una balada rockera, pues, con su abierta fuente autobiográfica y con el relato de las aventuras de un adolescente (galés en este caso), escritor novato, que incluyen reyertas, canalladas, ludicidad, embriagués y aventuras sentimentales, tal y como cabía esperar de su título, Thomas se permite evocaciones y guiños hacia su particular bagaje literario (con James Joyce incluido, por supuesto).

Dylan Thomas, también denominado por su propio deseo el «Rimbaud de Cwmdonkin Drive», gustaba de reconocer la influencia del poeta francés, y no sólo por la deliberada narración de la educación sentimental del protagonista, sino también por sus correrías que derivaron en la creación de las imágenes poéticas que lo distinguirían (Thomas evidencia en sus poemas la influencia del surrealismo, del simbolismo y de la tradición celta). Evocar no es desandar sino caminar. De ese peregrinaje está hecha la literatura de este autor (Rimbaud, por otra parte, fue quien aportó para el rock su legado espiritual).

Dylan Thomas nació en Swansea, Gales, el 27 de octubre de 1914 y, exactamente una década anterior a la primera visita de los Beatles a los Estados Unidos con todos sus gritos, manifestaciones fanáticas y demás furores, como poeta realizaba ya remunerativas giras a ambos lados del Atlántico y “gozaba en el mundo anglosajón de una fama propia de estrella de la música”.

En Nueva York, por ejemplo, Thomas abarrotaba auditorios de cientos de personas con el estilo único y teatral con el que declamaba sus poemas, entre gritos, exclamaciones y demás furores también (Jim Morrison, Patti Smith o Nick Cave, serían sus émulos en los escenarios, al igual que Bob Dylan, pero este último con historia biográfica incluida).

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Sus versos y prosas pedían ser leídos en voz alta porque prometían que al hacerlo así ese mundo poético o narrado se enriquecería. Un ritual enfebrecido de palabras, con su ritmo, candencia y musicalidad (como en un concierto de rock).

Asimismo, aprovechaba tales desplazamientos para apuntarse a pantagruélicas nocturnidades con escritores, intelectuales y otros artistas, y construirse (o apuntalar) así su leyenda. “Era la viva imagen del poeta del ‘rock and roll’”, describió a los medios Hannah Ellis, la nieta, que ha escrito sobre él.

(Dylan Thomas incluso murió joven, a los 39 años, en otra conexión con la mitología genérica. Y auguró de manera determinante uno de los lemas rockeros por excelencia, el ya citado “Vive rápido…”).

A pesar de tales excesos, exagerados o no, Thomas nunca dejó de trabajar.

Dejó una obra con 600 páginas de guiones para radio y televisión, veinte relatos cortos y 450 poemas, muchos de ellos considerados los mejores de su tiempo.

Y en esos textos es donde la gente debe abrevar (fue un poeta que ayudó a derribar los tabús divisionales entre la cultura popular y la alta literatura), como la han hecho los rockeros más importantes del género. Dylan Thomas dejó una obra que inspiró entre otros a John Lennon, quien frecuentemente lo traía a colación para hablar del papel del artista en la sociedad.

“Mi papel en la sociedad, o la de cualquier artista, es intentar expresar lo que sentimos todos. No decir a la gente cómo debe sentirse. No como un predicador o un líder, sino como un reflejo de todos nosotros, como Dylan Thomas”, explicó Lennon.

John Cale, por su parte, evocó una serie de poemas de Thomas en su obra Words for the Dying (Palabras para los moribundos, en una audaz traducción), sobre todo, el poema con el que los músicos más se han identificado: “No entres dócilmente en esa buena noche”.

No entres dócilmente en esa buena noche,
Que al final del día la vejez debería arder y delirar;
Enfurécete, enfurécete ante la muerte de la luz.

(“Do not go gentle into that good night” –“No entres dócilmente en esa buena noche”, en español) es un poema que se publicó por primera vez en la revista Botteghe Oscure en 1951 –año del nacimiento oficial del rock & roll–. Se publicó, junto con otras historias escritas antes, como parte de In Country Sleep, And Other Poems, de 1952.)

Lo mismo hizo Donovan con aquel popular poema al que le puso música en su álbum Beat Café, del 2004. Pero igualmente otros textos han sido utilizados o citados en las canciones de Simon & Garfunkel, Nick Cave & The Bad Seeds, The Manic Street Preachers o Chumbawamba, por mencionar a algunos. Los Beatles, por su lado, lo inscribieron en la célebre portada de su magna obra: Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band, y Mick Jagger, posee parte de los derechos literarios del galés.

Mención aparte merece Robert Zimmerman quien, tras nacer como tal, adoptó el nombre artístico de Bob Dylan para remarcar el ascendiente estético de aquel poeta, primero, e influencia literaria, después. «Lo que más puedo esperar es cantar lo que pienso, y quizás evocar algo en los demás. Mis canciones no son más que un diálogo conmigo mismo”.

La sombra de Dylan Thomas es larga dentro del rock y seguirá creciendo con el tiempo, puesto que el género jamás deja de evocar a sus raíces.

VIDEO: John Cale – Do Not Go Gentle Into That Good Night, YouTube (ForARide)

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LIBROS: LibRock’s (II)

Por SERGIO MONSALVO C.

 

LIBROCKS (CANON II) (PORTADA)

 

(CANON II)

 

(A MODO DE INTRODUCCIÓN)*

 

Los libros que cito en esta serie y las canciones que han acompañado su lectura, reseña y ligazón, han construido una buena parte de lo que es el rock en su concepto de canon literario. No es una ocurrencia del momento presentarlos unidos, sino como una muestra del legado que lleva encima y que tiene que ver con sus contextos, afinidades electivas y sus pasiones.

Para cada género musical hay libros y discos (películas, obras de teatro, pinturas, cómics, etcétera) en los que se puede hallar goce, satisfacción, instinto o identidad.

Encontrar esos libros y demás, poco a poco, a lo largo de la vida del rock y establecer con ellos una relación duradera, asimilarlos gradualmente y retener su savia, ha constituido para el género (y para sus seguidores más avezados) un acto esencial en el círculo de sus placeres y por ende en el de la creación de su espíritu, su ser y estar en el mundo, participando así en el flujo de la cultura de su tiempo y, por ende, en el de la memoria de la especie.

 

 

 

 

 

 

*Fragmento de la introducción al volumen LibRock’s (Canon II), de la Editorial Doble A, cuyo contenido se ha publicado online a través de la Serie “Libros Canónicos” como parte del blog Con los audífonos puestos.

 

 

 

LibRock’s

(Canon II)

Sergio Monsalvo C.

Editorial Doble A

Colección “Ensayos”

The Netherlands, 2022

CONTENIDO

Beloved/Jazz – Toni Morrison

1984 – George Orwell

Principiantes (Absolute Beginners) – Colin McInnes

Bajo el Volcán (Under the Volcano) – Malcolm Lowry

Berlin Alexanderplatz – Alfred Döblin

Con destino a la Gloria (Bound for Glory) – Woody Guthrie

Corre Conejo (Rabbit Run) – John Updike

Escupiré Sobre sus Tumbas (J’irai cracher sur vos tombes) – Vernon Sullivan (Boris Vian)

Yo Robot (I Robot) – Isaac Asimov

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LIBROS: LibRock’s II)

Por SERGIO MONSALVO C.

 

LIBROCKS (CANON II) (PORTADA)

 

(CANON II)

 

(A MODO DE INTRODUCCIÓN)*

 

Los libros que cito en esta serie y las canciones que han acompañado su lectura, reseña y ligazón, han construido una buena parte de lo que es el rock en su concepto de canon literario. No es una ocurrencia del momento presentarlos unidos, sino como una muestra del legado que lleva encima y que tiene que ver con sus contextos, afinidades electivas y sus pasiones.

Para cada género musical hay libros y discos (películas, obras de teatro, pinturas, cómics, etcétera) en los que se puede hallar goce, satisfacción, instinto o identidad.

Encontrar esos libros y demás, poco a poco, a lo largo de la vida del rock y establecer con ellos una relación duradera, asimilarlos gradualmente y retener su savia, ha constituido para el género (y para sus seguidores más avezados) un acto esencial en el círculo de sus placeres y por ende en el de la creación de su espíritu, su ser y estar en el mundo, participando así en el flujo de la cultura de su tiempo y, por ende, en el de la memoria de la especie.

 

 

 

 

 

*Fragmento de la introducción al volumen LibRock’s (Canon II), de la Editorial Doble A, cuyo contenido se ha publicado online a través de la Serie “Libros Canónicos” como parte del blog Con los audífonos puestos.

 

 

 

LibRock’s

(Canon II)

Sergio Monsalvo C.

Editorial Doble A

Colección “Ensayos”

The Netherlands, 2022

 

 

 

CONTENIDO

Beloved/Jazz – Toni Morrison

1984 – George Orwell

Principiantes (Absolute Beginners) – Colin McInnes

Bajo el Volcán (Under the Volcano) – Malcolm Lowry

Berlin Alexanderplatz – Alfred Döblin

Con destino a la Gloria (Bound for Glory) – Woody Guthrie

Corre Conejo (Rabbit Run) – John Updike

Escupiré Sobre sus Tumbas (J’irai cracher sur vos tombes) – Vernon Sullivan (Boris Vian)

Yo Robot (I Robot) – Isaac Asimov

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LIBROS CANÓNICOS: LA TIERRA BALDÍA (T. S. ELIOT)

Por SERGIO MONSALVO C.

 

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Existen instantes en la formación de la cultura personal que significan una especie de conversión, cuando la materia que se está estudiando, leyendo, escuchando, investigando, deja de ser una cuestión ajena y se convierte por un tris cósmico en una revelación, en una nueva forma de estar en el mundo.

En tales momentos, y a pesar de no ser totalmente consciente de ello, el que lee, el que oye, el que admira, será transformado para siempre. Y si a dicha circunstancia se le agregan experiencias comunes semejantes, habrá descubrimientos generacionales, la cultura de éstas crecerá y el pasado será no sólo presente, sino futuro.

Eso pasa cuando se escuchan algunos discos o canciones que son parte de tu soundtrack (el joven y formativo que te construyó), y descubres que a través de ellos (de la intelligentsia rockera) has leído de alguna manera la obra de un escritor como T.S. Eliot, por ejemplo, que a esos músicos ha influenciado.

Que las ideas de aquél –sobre el espíritu de los tiempos, el uso de la palabra y la civilización– han sido pasadas por otro molino, el contemporáneo, pero cuya fibra y savia, se mantienen incólumes para alimentar a otra generación, que a su vez provocará con su relectura (de conocimiento o evocativa) que otra haga lo mismo en instantes como los mencionados, y así sucesivamente.

¿Y cuál es la importancia de Eliot, en este caso, para todo ello? De manera muy sintética, en extremo, la respuesta estaría en tres palabras: The Waste Land (La tierra baldía). Para llegar a esta topografía, el autor tuvo que recorrer un largo camino de siembra (del entorno) y deforestación (de sí mismo) y concluir en tal paraje frente a la penuria humana.

¿Y quién fue tal personaje? A orillas del río Mississippi creció Thomas Stearns Eliot. El 26 de septiembre de 1888 nació éste, el séptimo hijo de una familia de profundas raíces tradicionales. Su infancia se caracterizó por lo enfermizo de su constitución y por una educación estricta, individual y social.

Estudió filosofía en la Universidad de Harvard en 1906, y en la siguiente década con estudios semejantes en la Sorbona de París. Los cursos de posgrado los realizó en la universidad alemana de Marburgo, pero con el inicio de la Primera Guerra Mundial se trasladó a la de Oxford en Inglaterra.

En el mes de septiembre de 1914, en Londres, conoció y se hizo amigo de Ezra Pound. Como primera muestra de tal relación, Pound recomendó a Harriet Monroe, editora de la afamada revista Poetry de Chicago, la publicación de  «El poema de amor de J. Alfred Prufrock», con el siguiente comentario: «El mejor poema de autor norteamericano que hasta la fecha haya leído».

Al año siguiente, Vivien Haigh-Wood, «una inglesa de temperamento inestable», según los biógrafos, atrapó a Eliot –el término es justo, ya que éste era más bien tímido, reservado– y se casó con él. El hecho provocó una crisis familiar y el enojo del padre, industrial y radicalmente conservador, quien esperaba su retorno a los Estados Unidos y a Harvard. Jamás le fue perdonado el acto independiente y el testamento paterno lo demostró excluyéndolo.

Ahí comenzó otro periplo de Eliot. Maestro de escuela, la enfermedad nerviosa de su esposa. Trabajo como empleado en el banco Lloyd’s. Subdirector de la revista The Egoist. Publicación de su primer libro de poemas, Prufrock and Other Observations. Impactado por los sucesos de la guerra, el intento de ingresar a la marina de los Estados Unidos, para ser rechazado por cuestiones de salud.

El exceso de trabajo y de problemas maritales le produjeron un colapso nervioso. La cura la llevó a efecto en Suiza. Producto del reposo resultó The Waste Land (La tierra baldía), poema corregido, organizado y formado por Pound y el cual fue publicado en 1922. Renunció a su trabajo en el banco para convertirse en editor de la compañía Faber and Faber. En 1927, se naturalizó inglés y se convirtió a la Iglesia anglicana.

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Su importancia y guía dentro de las letras inglesas creció, lo mismo que su bibliografía en diversos géneros, como la poesía, el ensayo y el teatro. Tras larga enfermedad mental murió su esposa, en 1947. Al año siguiente recibió el Premio Nobel de Literatura. El 4 de enero de 1965, T. S. Eliot falleció, pero su prestigio seguiría creciendo. La Abadía de Westminster acogió sus restos.

Eliot siempre sostuvo que un poeta debía tener conciencia de la palabra, de la defensa incuestionable del lenguaje. A éste él lo cultivó con sus múltiples formas, para extraerle todos los beneficios de los que era capaz. La Tierra Baldía, centrada en la búsqueda poética, también tuvo impacto en la cultura popular. Esta obra (junto con los Cuatro Cuartetos) marcó a generaciones de poetas y músicos en todo el mundo.

Con ella Eliot creó escuela y tendió puentes hacia la modernidad. Hoy, conserva esa fuerza, ese magnetismo propio de la gran poesía. Señaló que no había que buscar la novedad per se, ni la imitación, porque si había algo distinto que decir, forzosamente saldría al paso. “La imitación es servidumbre, pero la influencia puede significar liberación”, aseguraba.

La suya fue una travesía permanente en busca de la autenticidad. Sostuvo que lo importante no era el poeta, sino el poema, su quimera, como la de todo rockero que se plantea cuestiones sobre la existencia.

 

La tierra baldía es un poema de emoción inmediata, con su atmósfera de gran fresco de una época acelerada. Por eso toda la poesía urbana del siglo XX tiene una raíz inevitable en él. Ese poema retrata una cultura decadente, gastada, cuyo sedimento ha sido envenenado por los aromas de la conflagración humana.

Pocos poetas han tenido tanta influencia. La tierra baldía lo puede entender cualquier lector actual porque habla de un ser que ha perdido su relación con la divinidad. Tal concepto modernista enganchó con la estética del rock.

Aquí habría que recordar lo dicho por el propio autor: “Varios críticos me han hecho el honor de interpretar el poema en términos de una crítica al mundo contemporáneo; de hecho, lo han considerado como una muestra de crítica social. Para mí supuso solo el alivio de una personal e insignificante queja contra la vida; no es más que un trozo de rítmico lamento”.

Sin embargo, su estética habla de más cosas. Como la confirmación de que

cada artista (o congregación de ellos) construye su propia tradición sin obedecer más límites que los de sus capacidades personales o combinadas, sus afinidades o sus azares de identidad y, además, de que se puede ser discípulo de autores que han actuado en diversos estilos, pero que, hay secretos de la expresión que tal vez solo puede aprender en el suyo, el propio.

  1. S. Eliot conjeturó que “un autor influye a sus antecesores, porque nos fuerza a mirarlos a través del ejemplo que él ha establecido”. Al laureado escritor sin duda le hubiera halagado saber que la cultura del rock reconoce sus teorías en el arte sonoro de la actualidad.

De Eliot el rock aprendió que no se puede ser contemporáneo sin una tradición. Cada exponente auténtico, a través de las épocas, va eligiendo la suya, en toda corriente. Y ésta se inserta en el diálogo entre las generaciones y es muy importante que no se interrumpa, ni se lleve a la dispersión o a la directa abducción de zonas enteras del pasado.

Para corroborarlo están las piezas de grupos y solistas que lo han traído a colación: Bob Dylan (“Desolation Row”), The Smiths (“The Queen is Dead”), Crash Test Dummies (“Afternoons and Coffeespoons”), Tori Amos (“Pretty Good Year”), Devo (“Social Fools”), Lloyd Cole (en Standards), I Am Kloot (“Some Better Day”), Nick Waterhouse, Get Well Soon, Divine Comedy, etcétera, en una larguísima lista de autores.

Una tradición no son sólo nombres de grupos o creadores que flotan en el aire y que ejercen su influencia igual que se dispersa el polen de una planta: lo son igualmente los títulos de discos claves, volúmenes tan públicos como raros y canciones tangibles, que se transforman en fonotecas en las que se custodian sus aportaciones, son anaqueles que despiertan la atención y la codicia de los músicos investigadores y estudiosos. Un follaje tupido y diverso con aquella tierra baldía como fondo omnipresente.

VIDEO: Crash Test Dummies – Afternoon & Coffeespoons (Official Video), YouTube (CrashTestDummiesVEVO)

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BABEL XXI-585

Por SERGIO MONSALVO C.

 

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EL PERFUME

(LIBROS CANÓNICOS 34)

Programa Radiofónico de Sergio Monsalvo C.

https://www.babelxxi.com/585-el-perfume-libros-canonicos-34/

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THE RAVEN (EDGAR ALLAN POE)

Por SERGIO MONSALVO C.

THE RAVEN (FOTO 1)

 

Los poetas románticos fueron los que dieron curso al hábito de reflexionar sobre la creación poética, de hacer de la literatura un tema literario o de la poesía motivo de un poema. Edgar Allan Poe fue un poeta romántico, solitario y maldito.

Vivió en el desasosiego; hizo de su vida un escándalo; frecuentó y sucumbió a los paraísos artificiales, siempre estuvo acosado por la miseria y supo también que la sociedad en la que le tocó existir crecía como un monstruo insensible.

En medio de todo ello quiso que el signo de su vida fuera hasta el final el de la inteligencia. Y ésta le exigió de manera constante un dominio consciente y minucioso de la composición; el conocimiento pleno de su lengua y de sus posibilidades estilísticas.

El rigor que le permitiera extraer de cada vocablo la interminable variedad de sus matices, porque la hechura de un poema —a final de cuentas para él— era un acto de rigor y de lucidez.

Poe compuso el poema The Raven (El Cuervo) bajo una severa disciplina. Meditó en todos sus detalles, desde la gradación de las estrofas hasta el sonido y la extensión de las sílabas; desde el tema hasta la combinación de los símbolos que expondrían los diversos ángulos de su significado.

La modernidad que caracterizó su trabajo artístico estuvo determinada por su capacidad para moverse entre lo preciso y lo indeterminado, entre la geometría y el sueño. Por eso se volvió universal y trascendente, un autor al que habría que revisitar una y otra vez.

Hoy podemos ubicar a ese poema en otra red de relaciones y desde luego no será la última. Eso es lo que tienen las obras clásicas, siempre admiten nuevas lecturas.

Poe lo sabía e hizo que la lucidez aplicada a su composición poética no fuera incompatible con el hecho de que el poema continuara siendo un objeto indeterminado, infinito y cuyo sentido fluyera en distintas direcciones.

Lo que él escribió fue una partitura que los demás deben ejecutar para extraer de ella sus innumerables posibilidades, para reconstruirla cada vez que se lea, para hacer de ella un patrimonio de todos y de nadie.

(Fragmento)

…Y el Cuervo nunca emprendió el vuelo. /Aún sigue posado, aún sigue posado /en el pálido busto de Palas. /En el dintel de la puerta de mi cuarto. /Y sus ojos tienen la apariencia /de los de un demonio que está soñando. /Y la luz de la lámpara que sobre él se derrama /tiende en el suelo su sombra. Y mi alma, /del fondo de esa sombra /que flota sobre el suelo, /no podrá liberarse. ¡Nunca más!

VIDEO SUGERIDO: Lou Reed The Raven (HQ), YouTube (MetalMachineManiac)

THE RAVEN (FOTO 2)

El rock es heredero directo del romanticismo y sus poetas también lo son. Se han negado a hacer una distinción entre el arte y la vida. Personalidad sobresaliente de dicha escena ha sido Lou Reed desde los años sesenta con sus letras crudas, incisivas y cargadas de poética urbana.

Reed durante todos estos años ha rendido tributo a sus maestros primigenios: Delmore Schwartz, Charles Baudelaire, Arthur Rimbaud y sobre todo a Edgar Allan Poe, hombres señalados para un extraño destino y una extraña actividad: la escritura, misma que los convirtió en seres angélicos o demoniacos, según se quiera ver: entes que sufrieron el desgarramiento de pertenecer a una sociedad hostil hacia la poesía. Por eso se volvieron sus impugnadores y disidentes.

Reed le brindó un homenaje al último con el disco titulado The Raven (Sire/Reprise, 2003): “Estos son los relatos de Edgar Allan Poe/ quien no era exactamente el chico de al lado”, canta el rockero neoyorquino después de una introducción dramática saturada del estruendo de los saxofones.

Y vaya que tiene razón. Poe, el cual murió producto del alcohol y las drogas, escribió sobre el mal, los crímenes, la amenaza de la muerte y la vida después de ésta. Fue creador de géneros. Sus poemas y relatos están empapados de angustia y de visiones aciagas, ni más ni menos.

Hace años se estrenó en Hamburgo, Alemania, la producción  POEtry, la segunda pieza de teatro musical escrita por Lou Reed (la primera fue Time Rocker), con una puesta en escena en colaboración con el director Robert Wilson que se basa en la vida y obra de aquel autor decimonónico.

El disco de Reed, que lleva el nombre del poema más famoso de Poe (“The Raven”), fue el soundtrack de dicho montaje.

En sus textos Reed entreteje detalles biográficos de la vida del atormentado autor con sus escritos más conocidos, poniendo énfasis en la  ironía presente y sombría en todos ellos, así como en la capacidad de Poe de asomarse a las profundidades del alma humana, con sus miedos y temores.

Muy atractivo el punto en sí mismo, pero lo mejor del tema es que viene empacado en una colección de canciones muy sólidas.

Además, The Raven (el disco) cuenta con la producción de Hal Wilmer, encargado de gran número de bandas sonoras y discos de tributo, y una gran lista de invitados especiales: Laurie Anderson y el actor William Dafoe se encargan de los tracks de spoken word, por ejemplo.

A David Bowie se le escucha en la carta “Hop Frog”. Al cantante indie Antony (de Antony and the Johnsons) con una versión bizarra de un tema imperecedero de Reed “Perfect Day”. El actor Steve Buscemi canta “Broadway Song”, que resulta sarcástica en este contexto, mientras que Kate y Anna McGarrigle prestan la libertad de sus voces a por lo menos tres cortes.

Asimismo, el legendario jazzista Ornette Coleman y su sax alto trazan intrincados círculos en torno al riff repetido de la guitarra en la pieza “Guilty” y The Blind Boys From Alabama catapultan hasta el cielo, con sus conocidas acrobacias vocales, el groove del blues gospel “I Wanna Know (The Pit and the Pendulum)”.

Entre todo eso Lou Reed sigue sonando como él mismo, a veces con un rock duro o bien cantando con delicadeza, siempre inspirado. Lo acompaña como siempre su grupo formado por Mike Rathke (guitarra), Fernando Saunders (bajo) y Tony Smith (batería).

Ya sea que se le vea como un homenaje a Poe o como una colección temática de canciones, The Raven es un álbum de proporciones monumentales. La sensación del misterio escondido en el acto de la creación lleva a los poetas (Poe y Reed) al hallazgo de estados recónditos, pertenecientes a ciertos momentos emocionales que cambian las letras comunes y corrientes en valores del espíritu: “¡Quita el pico de mi pecho!/ ¡deja mi alma en soledad!/ Dijo el Cuervo: “Nunca más”.

(Otros músicos contemporáneos que se han inspirado en The Raven para realizar alguna obra: The Alan Parson Project en Tales of Mystery and Imagination; Tristania en Widow’s Weeds y Jean Sibelius en la sinfonía “The Raven”, entre otros).

VIDEO SUGERIDO: Lou Reed “Who Am I”, YouTube (bakabana1966)

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BABEL XXI-575

Por SERGIO MONSALVO C.

 

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CYBERPUNK

(GÉNESIS: VISIÓN CORAL)

Programa Radiofónico de Sergio Monsalvo C.

https://www.babelxxi.com/575-cyberpunk-genesis-vision-coral/

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BABEL XXI-574

Por SERGIO MONSALVO C.

 

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“KEY TO THE HIGHWAY”

(CANTO Y POEMA)

Programa Radiofónico de Sergio Monsalvo C.

https://www.babelxxi.com/574-key-to-the-highway-canto-y-poema/

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LIBROS CANÓNICOS: ONE FLEW OVER THE COKOO’S NEST (KEN KESEY)

Por SERGIO MONSALVO C.

ONE FLEW (FOTO 1)

Ken Kesey fue un escritor estadounidense al que solían llamar “El Profeta”, pero sobre todo fue un psiconauta. Nació en La Junta, Colorado, en septiembre de 1935, dentro de una familia cuyo padre enseñó a sus hijos a ser autosuficientes y duros. Hasta licenciarse en la universidad fue el prototipo del buen chico norteamericano (rubio, atlético, inteligente) hasta que la literatura se cruzó en su camino.

Para poder escribir su primera novela se inscribió como conejillo de indias en los primeros experimentos clínicos gubernamentales que se hicieron con sustancias psicoactivas. Cobró su participación en especie (LSD y psilocibina), se casó con su novia de la universidad y se puso a relatar sobre su experiencia en aquellos experimentos.

Entonces lanzó en 1962 One Flew Over The Cukoo’s Nest (Alguien voló sobre el nido del cuco, en su traducción al español, y con el título de Atrapado sin salida, fue llevada al cine por Milos Forman, con Jack Nicholson como protagonista).

A partir de dichos experimentos la vida de Kesey se convirtió en un apostolado, cargado de humor, para difundir las bondades del consumo lisérgico. Creó para ello a los Merry Pranksters, un conglomerado de simpatizantes diversos con los que recorrió los Estados Unidos a mediados de los sesenta a bordo de un autobús para repartir LSD a granel y realizar sus famosos acid-test (“viajes” lúdico-espirituales).

Kesey, ya como afamado autor, emprendió aquel viaje en el transporte escolar con un puñado de amigos. La idea era llegar desde California hasta la exposición universal de Nueva York que se celebraba aquel año, 1964. Y a lo largo del camino realizar sus test. A dicho autobús lo pintaron de colores y lo bautizaron como Further (Más allá). Kesey lo llenó de gente variopinta, desde jóvenes profesores universitarios, un equipo de filmación que dejaría constancia de la aventura en imágenes, un cronista: Tom Wolfe – quien se encargó de relatarlo todo en su famoso libro The Electric Kool-Aid Acid Test (Ponche de ácido lisérgico, en su traducción al español), el cual convirtió transporte y periplo en una leyenda–, además de un gran stock de LSD.

ONE FLEW (FOTO 2)

Asimismo, entre los compañeros de viaje de Kesey se encontró el héroe beatnik Neal Cassady, el alter ego del personaje Dean Moriarty protagonista de la novela On the Road (En el camino), de Jack Kerouac. Él se ocupó de manejar y los demás viajantes se turnaban para sentarse a su lado y escuchar sus largas peroratas regadas con speed.

Durante el viaje hubo infinidad de anécdotas que fueron filmadas en 16 milímetros, pero al finalizar la ruta –con Allen Ginsberg guiándolos ante Tomothy Leary, otro gurú— el caos fílmico era total, empapados de alucinógenos quienes lo realizaron y sin ningún hilo conductor. Tal material quedó arrinconado en la granja que Kesey habitó a la postre en Oregon. Mucho tiempo después, los directores Alex Gibney y Alison Ellwood lo  rescataron para componer la cinta Magic trip, documental de hora y media de duración que fue estrenado en el año 2011.

Kesey, pues, fue el puente que unió a la generación beat con el hippismo (estableció los elementos retóricos y visuales del mismo) y qué mejor invitado para conducir el autobús que  Neal Cassady. De esta manera Kesey encarnó al psiconauta contracultural (o navegante de la conciencia) con diversas manifestaciones que presentó, en teoría y práctica, como alternativas enfrentadas a la cultura predominante.

Este profeta de la psicodelia con sus acid-test, su metafísica de cómic y sus iluminaciones y rituales que incluían rock, películas y grabaciones, de la noche a la mañana vio al LSD en las listas de sustancias prohibidas por el gobierno estadounidense y a él como un perseguido. Huyó a México, donde anduvo a salto de mata hasta que se hartó. Regresó y purgó una condena por posesión. Tras ello se retiró a un lugar perdido de Oregon, de donde saldría poco hasta su muerte en noviembre del 2001.

VIDEO: Magic Trip Trailer, YouTube (Magnolia Pictures & Magnet Releasing)

Antes de sus experiencias con el LSD y las andanzas con los Merry Pranksters, lo convirtieran en uno de los personajes míticos de la cultura underground sesentera, Kesey había publicado One Flew Over the Cokoo’s Nest, que se convirtió en una novela de culto, que fue leída como libro de cabecera en los campus universitarios y en las comunas hippies.

De su experiencia como conejillo de indias de un hospital californiano donde los psiquiatras ensayaban los posibles usos terapéuticos del LSD, peyote, mescalina, etcétera, nació la trama de la novela. Narrada en primera persona por un indio (nativo americano) que había decidido dejar de hablar y por lo tanto etiquetado como enfermo mental, cuenta la historia de un hombre apellidado McMurphy, que fue internado ahí haciéndose pasar por loco para evitar ir a la cárcel.

McMurphy se convierte en un elemento desestabilizador, en un opositor al férreo y sádico orden impuesto por la enfermera en jefe, la señorita Ratched, que encarna la más dura represión. Las cosas que suceden en el hospital psiquiátrico con la provocativa actitud de McMurphy (vital, generoso, amoral y rebelde), serán cruentas batallas de poder con desenlaces fatales y ambiguas esperanzas liberadoras.

La fluidez de la prosa, la contundencia del estilo, convierten el libro en una aventura inolvidable y en un clásico de nuestra época. Una metáfora sobre la resignación ante un sistema represivo, la marginación, el reclamo de derechos, y la independencia, frente a la rigidez y la crueldad del control gubernamental. Ken Kesey realizó un fino trabajo sobre las obsesiones del Estado y sociedad estadounidenses. Una obra maestra de la literatura.

La novela, como ya apunté, fue llevada a la pantalla grande por Milos Forman y al teatro de Broadway en diferentes épocas. En la televisión varias series han retomado la trama para crear una pieza o parodiarla (los Simpson, Futurama, Spaced, entre otras). En la literatura diversos autores se han conectado a este referente en su propia obra, por ejemplo, el ya mencionado Tom Wolfe o Hunter S. Thompson.

ONE FLEW (FOTO 3)

En cuanto a la música, el ascendiente de Ken Kesey comenzó con Grateful Dead y la aparición del rock psicodélico. Grateful Dead fue la banda de casa de los Merry Pranksters, con un sonido primario y pletórico de LSD, que dieron a conocer gracias a un estilo de composición muy ecléctico que fusionaba elementos del rock, r&b, folk, blues, country y jazz, aunado a largas improvisaciones (que se hicieron legendarias debido a los acid-test).

La influencia de Kesey en este sentido ha sido inmensa y larga. Desde el mencionado rock psicodélico de mediados de los años sesenta hasta el dream pop, pasando por el rock progresivo, el acid folk, el space rock, el krautrock, stoner rock,  la new wave, el acid house , la neo-psicodelia, el doom metal, el goa, el noise y la electrónica del psytrance.

Los músicos psiconautas han estado en todas las épocas pos sesenteras de la historia del rock. La obra completa de Grateful Dead ha sido ejemplar en este sentido, pero desde entonces ha habido infinidad de manifestaciones sobre la experiencia psicotrópica: los Beatles en Magical Mystery Tour (y en varias piezas clave), los Byrds y su himno “Eight High Miles”, Donovan, Frank Zappa en Freak Out!, así como Metallica con su “Welcome Home (Sanitarium)” o Davendra Banhart, sólo por mencionar unos cuantos, así como también la corriente de la neo psicodelia del siglo XXI.

VIDEO: One Flew Over The Cukoo’s Nest (1975) Official Trailer #1 – Jack Nicholson Movie HD, YouTube (Movieclips Classic Travelers)

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