EL BEAT DE LA IDENTIDAD

Por SERGIO MONSALVO C.

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 (1961)

 En 1961, el cosmonauta soviético Yuri Gagarin se convirtió en el primer hombre lanzado en un satélite en órbita alrededor de la Tierra.

Se frustró la invasión de Bahía de Cochinos en Cuba, protagonizada por anticastristas apoyados por la milicia estadounidense.

La República Democrática Alemana comenzó a erigir el Muro de Berlín.

Desde el punto de vista musical, 1961 fue un año mediocre e intrascendente. No hubo ningún intento de desarrollo global o unitario, y la mayoría de las corrientes que aparecieron fueron de corta duración, posiblemente debido al escándalo de la payola —pagar por difundir una canción— y porque las emisoras de radio empezaron a trasmitir sólo los temas más votados por el público, y éstos tendían a ser muy conservadores.

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Ben E. King, quien había comenzado como cantante de los Drifters, se situó entre los primeros diez de las listas con temas de su primer disco como solista: “Spanish Harlem” y “Stand by Me”, tema este último que se convirtió en clásico.

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Ray Charles, el músico que adaptando los cantos de gospel llevó al rhythm & blues a otra categoría y luego al soul, obtuvo en 1961 su segundo éxito con “Hit the Road, Jack” —el primero había sido “What I Say”—. Era una canción que se podía oír en dos niveles, el cómico y caricaturesco, si se era un escucha ingenuo; y el crudo y realista, si se conocía un poco acerca de la vida dura de las calles.

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Gladys Knight, con el sello Fury, alcanzó también un Disco de Oro en 1961, cuando “Every Beat of My Heart”, una canción escrita por el pionero del R&B Johnny Otis, inició una carrera ascendente que aún no ha concluido. Gladys, que entonces tenía 17 años, cantaba al frente de tres miembros de su familia; el grupo era conocido como The Pips.

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Lo más rescatable de 1961 fue la aparición de Berry Gordy y del sello Tamla Motown, fundado para promover el talento de artistas negros de Detroit. Su influencia e importancia se harían patentes con el transcurso de los años; mientras tanto, el primer número uno para dicho sello apareció un poco antes de finalizar el año con “Please Mr. Postman”. Ésta era una canción de William Garrett interpretada por un cuarteto de chicas llamadas The Marvelettes, quienes permanecieron en el candelero hasta la siguiente década.

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En lo general, 1961 no fue un año importante por sus cambios; sin embargo, hubo grandes discos, si uno se toma el trabajo de buscarlos. Algunos de los mejores se encuentran en el sello Tamla Motown. La influencia de este sello tendiente al soul comenzó a infiltrarse en diversos géneros como el R&B, en donde títulos como “Tossin’ and Turnin'” de Bobby Lewis lo llevaron al primer lugar de todo el año.

VIDEO SUGERIDO: BOBBY LEWIS – “TOSSIN’ & TURNIN’” (1961), YouTube (MANNY MORA)

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1956

Por SERGIO MONSALVO C.

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 EL AÑO ELVIS

En ese año, el príncipe Rainiero de Mónaco se casó con la estrella de Hollywood Grace Kelly y el poeta Allen Ginsberg publicó Howl en la editorial de la librería City Lights. Hubo una pequeña revolución en la música clásica con las variaciones que hizo Glenn Gould sobre Bach para la Columbia Records.

Norma Jean Mortenson cambió legalmente su nombre por el de Marilyn Monroe y se casó con el autor Arthur Miller. Se llevó a cabo la primera demostración de las funciones del videotape. Aparece en el mercado el primer reloj con alarma. Es el año en que la Unión Americana decidió que podía confiar en Dios y lo estampan en sus billetes (¿dónde mejor?).

Ese año también por más que la vieja guardia luchara, no tuvo defensas ante el rock and roll. Encabezando el ataque y respaldado por los poderosos recursos de compañía discográfica RCA, estaba Elvis Presley. La compañía, que le debía a éste casi la mitad de su total de ventas, saturó con su material  el mercado discográfico hasta agosto de aquel año, en un intento por satisfacer la insaciable demanda que éste había originado.

La canción “Heartbreak Hotel”, grabada en enero, había entrado en las listas del Top 100 de los Estados Unidos. Un par de meses después salió a la venta Elvis Presley, álbum que se convertiría rápidamente en disco de oro. A mediados de año en el Show de Milton Berle, Elvis interpretó “Hound Dog” y causó el escándalo de la audiencia por los sugestivos movimientos de cadera que realiza al bailar.

En septiembre fue un suceso musical y se presentó por primera vez en el Show de Ed Sullivan ante decenas de millones de televidentes. Elvis cerró el año con otra grabación histórica, The Million Dollar Quartet, junto a Jerry Lee Lewis, Carl Perkins y Johnny Cash en los estudios de la Sun Records, donde todos se habían encontrado casualmente.

Las ventas, que en ese momento superaban los 10 millones de ejemplares, hicieron que ocho títulos interpretados por él se situaran entre los 40 de las listas, incluyendo tres primeros lugares con varias semanas de supremacía: “Heartbreak Hotel”, “I Want You, I Need You, I Love You” y “Don’t Be Cruel”.

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De los pequeños estudios de la Sun Records de Memphis, donde se inició, Elvis se trasladaría a los grandes de la RCA en Nueva York, y hacia finales del año a Hollywood, en donde rodaría su primera película, Love Me Tender.

El año de1956 fue todo de Elvis Presley, pues, quien con “Hound Dog” logró su primer lugar en las listas, y con el cual permaneció en ellas por 11 semanas. “Hound Doog” era originalmente un tema del rhythm and blues pero éste, como muchos de sus materiales, había cambiado de taxonomía al inicio de la década por el nombre de rock & roll.

Y así como el nuevo ritmo se había encumbrado en las listas de popularidad y en los gustos juveniles, también aparecieron los primeros detractores del género, quienes entraron en acción al mismo tiempo que éste. En 1956, Asa E. Carter, autoerigido líder del Consejo de Ciudadanos del Norte de Alabama, apeló a los preocupados conservadores blancos para que aplastaran al rock, porque es “el ritmo de los negros. Conmueve lo que se debe ocultar; saca a relucir lo primitivo y vulgar en los hombres y mujeres jóvenes”, vociferó.

El señor Carter tenía cierta razón en todo ello si valoramos las bases conceptuales y el espíritu que ha prodigado dicho género desde sus orígenes. Lo que Ace no sabía era que él ponía el signo negativo donde los paladines del rock colocaban el positivo. Y nunca se dio cuenta de que estaba completamente de acuerdo con ellos; sólo que en la acera de enfrente con su apreciación moral de las formas.

Veamos. El rock significa, en primera y última instancia y para siempre, la búsqueda de lo elemental y primitivo en la música (varios de sus componentes y derivados lo son: el rockabilly lo es; el rock de garage lo es, el punk lo es). Cuando los jóvenes blancos de los Estados Unidos descubrieron su música en el rhythm and blues negro de aquellos años cincuenta, abrazaron el primitivismo y su rítmica como virtud, como la raíz de su historia y mítica genérica. Y lo hicieron de modo voluntarioso, selectivo y con causas como razones, pero con el nuevo nombre de Rock & Roll y con Elvis Presley como estandarte.

VIDEO SUGERIDO: Elvis Presley – Hound Dog 1956 LIVE, YouTube (TheGeopard00)

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FRANK ZAPPA

Por SERGIO MONSALVO C.

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 UN QUIJOTE BIZARRO (II)

No cabe duda alguna que el propio Frank Zappa definía el concepto del grupo Mothers of Invention. Tenía un don natural para causar disturbios y su trabajo singular recibía mucha publicidad. Entre los primeros éxitos, tras su formación, figuró un contrato de seis meses con el Garrick Theater de Nueva York, donde el grupo presentaba su “show de monstruosidades”.

En cierta ocasión invitó a dos soldados a subir al escenario para destazar una muñeca con bayonetas, con acompañamiento musical. (“Les pedí que nos mostraran qué habían hecho con los amarillos en Vietnam y lo hicieron con ganas”, dijo) La predilección de Zappa para lo teatral se desarrolló en pleno durante ese tiempo.

En la actualidad es difícil apreciar el alboroto causado por el álbum We’re Only in It for the Money de 1967. En el momento culminante del movimiento hippie, una de sus figuras de culto se atrevió a burlarse de los ideales de toda una generación. El título era un golpe bajo contra los manifiestos de sus contemporáneos sobre la paz y el amor; la portada, una maliciosa parodia del álbum Sgt. Pepper de los Beatles; los textos, una ironía despiadada hacia los flower children: Zappa pretendía apartarse de la manada. Entretanto sabemos cuán acertado fue su escepticismo.

El fin de los Mothers originales llegó cuando el empresario George Wein mandó al conjunto de gira. Hasta ese momento, Frank había pagado un salario fijo a sus músicos, sin importar que hubiera trabajo o no. De ahí en adelante sus grupos se armarían en principio con “trabajadores de temporada”, reunidos sólo para algún proyecto de grabación o una gira. Desde luego era un sistema más económico, pero la música perdió algo de esa indefinible calidad “orgánica” sólo encontrada en las agrupaciones que durante mucho tiempo trabajan por un objetivo común.

Lo que Zappa pretendía ahora era el control absoluto: o se tocaba la música como él se la imaginaba o nada. Asumió el papel del director en el escenario. No quería promover la realización personal de sus “empleados” (porque eso eran). También impuso un duro régimen tras bambalinas. Despedía en el acto a los músicos que encontraba drogándose. Con el tiempo los grupos con los que salía de gira empezaron a componerse cada vez más de músicos caracterizados por una disciplina admirable. Buenos técnicos, muchas veces graduados de la escuela de jazz de Berklee, sabían reproducir todo lo que Frank ponía frente a ellos en sus partituras. Y eso era exactamente lo que el jefe quería. Zappa componía piezas “hechas a la medida” para destacar las virtudes peculiares de cada músico.

Entre los personajes más interesantes que figuraron en su grupo en las décadas de 1970 y 1980 estaban los guitarristas Steve Vai y Adrian Belew, los bateristas Terry Bozzio, Vinnie Colaiuta, Chad Wackerman y Aynsley Dunbar, el bajista Jeff Berlin, el tecladista George Duke, el violista Jean‑Luc Ponty y la vibrafonista y percusionista Ruth Underwood.

Respaldado por un grupo muy profesional y organizado, Zappa pudo permitirse mayores libertades como guitarrista. Pronto no eran ya raros sus solos de diez minutos. Los álbumes en vivo Shut Up ‘n’ Play Yer Guitar y Guitar demuestran que dichos solos -o “esculturas de luz”, como él los llamaba- no caían nunca en regodeos vacíos. Desarrolló un lenguaje muy personal en la guitarra. Según Steve Vai, “al colaborar con Zappa yo servía de herramienta al compositor. Mi tarea consistía en tocar ciertas cosas complejas que él deseaba oír. Pero lo que más disfruté fueron los momentos en que podía pararme ahí y escucharlo nada más. En su ejecución siempre se encontraba continuidad y evolución. Sus pasajes tenían muchas aristas”.

Por otro lado, el sentido del humor de Zappa siempre molestó a los puristas. Con trabajos digirieron el tono surrealista y absurdo, pero en su mayor parte inofensivo, de los primeros álbumes de los Mothers. Desde 1970 dicho tono se volvió más mordaz. En una época en que el movimiento de liberación femenina estaba tomando fuerza, Frank se rió de él en sus textos. Las críticas desde luego le importaban un bledo. “Es fácil odiarme. Mi insensibilidad no se detiene prácticamente ante nada”, confesó.

Zappa no temió siquiera clavarse de cabeza en el campo minado de los estereotipos étnicos. La canción “Jewish Princess” provocó protestas públicas por parte de la liga B’nai B’rith, que lo acusó de representar tendencias antisemíticas. Frank no los tomó en serio y dio inicio a una campaña contraria en defensa de su derecho de libertad de expresión, además de continuar su serie de retratos de mujeres “típicas” con ataques no menos despiadados contra las “Catholic Girls” y la “Valley Girl” de California. Otros blancos predilectos fueron los evangelistas de la televisión, los censores, los cientólogos, los amantes de la música disco, los camioneros, los nostálgicos de los sesenta, los apóstoles de la salud y desde luego los políticos estadounidenses de cualquier tendencia, sobre todo los republicanos.

En 1979 Zappa afirmó que no había podido identificarse nunca con un movimiento social o político y que se negaba a participar en las elecciones únicamente por impedir que tomara el poder el peor candidato. En los ochenta cambió de opinión, promovió el registro electoral, hizo público su parecer con respecto a cuestiones ecológicas y era sin duda el más elocuente entre los músicos de rock que se manifestaron de forma abierta contra la censora Tipper Gore y su comité de “Esposas de Washington”.

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Después de abandonar por completo las giras en 1988 -harto de los gastos que le ocasionaba cada concierto-, Zappa invirtió aún más tiempo en la política y los negocios. Entabló relaciones comerciales con Europa del Este y durante un viaje a Praga hizo amistad con Vaclav Havel, quien resultó ser un fan de los Mothers originales. Cuando el presidente checo lo nombró embajador extraordinario de Comercio, Cultura y Turismo de la república checa, casi ocasiona un escándalo a nivel internacional. La Secretaría de Relaciones Exteriores de los Estados Unidos puso un ultimátum: “Escojan: o tratan con nosotros o con Zappa.”

Frank, a quien le molestaba mucho que siempre lo sacaran de la jugada, pasó a la ofensiva y amenazó con presentar su candidatura a la presidencia estadounidense: “Seamos honestos: ¿de verdad podría yo cometer más estupideces que George Bush?”. La campaña electoral seguramente hubiera sido muy entretenida, pero no hubo oportunidad. En 1991 resultó que Frank padecía un cáncer de la próstata. La enfermedad ya estaba avanzada y los doctores no le dieron esperanzas.

Así que intensificó su trabajo en el estudio, preparó varios álbumes, puso en orden sus asuntos personales y pasó los derechos de sus composiciones al Zappa Family Trust. Era muy fuerte su voluntad para seguir. Trabajar 12 horas, editar cintas viejas y componer nuevo material en el Synclavier fue hasta el final el objetivo declarado de cada día.

La experiencia musical culminante de sus últimos años fue para Zappa la colaboración con el Ensamble Modern de Frankfurt; el excelente álbum The Yellow Shark probablemente no será el único documento de dicha cooperación. En julio de 1993 Zappa produjo en Los Ángeles un disco, para su compañía discográfica Barking Pumpkin, en el que el Ensamble interpreta las obras para orquesta más importantes de Edgard Varèse, entre ellas “Ionisation”, la pieza que en algún momento despertó en Zappa el deseo de ser compositor y que lo acompañó durante toda la vida. Aportó a esta última sesión todos los conocimientos adquiridos en tres décadas de trabajo, a fin de crear el marco óptimo para las tonalidades sonoras de esa música que tan bien conocía y registrarlas con la técnica digital de 48 tracks. Frank murió el 4 de diciembre de 1993, en Los Ángeles.

Su música construyó puentes para escapar del carácter insular y la banalidad del pop. Seguir su trayectoria permite descubrir mundos musicales fascinantes. La pasión de Zappa por lo que llamó “la Música Verdadera” fue lo más cercano de un hombre tan escéptico a una convicción espiritual.

VIDEO SUGERIDO: Frank Zappa – The Yellow Shark Dance, YouTube (rockxtc)

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FRANK ZAPPA

Por SERGIO MONSALVO C.

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 UN QUIJOTE BIZARRO (I)

Su muerte ocurrió en un momento inoportuno (4 de diciembre de 1993). Aunque durante los últimos años de su vida se apartó de la escena musical, dedicándose más a sus intereses en la composición, Frank Zappa aparecerá en la historia como un hombre que nadó contra todas las corrientes. La falta de escuchas calificados indujo a este freak, en un momento de franqueza, a señalar su carrera como “un desastre total”. “El problema no es que no me entiendan, sino que la gente no tiene la menor idea de qué es lo que hago.”

Frank debió todas las etiquetas que le fueron adjudicadas -satírico, crítico social, iconoclasta- a sus textos, pero las palabras para él eran adornos mucho menos importantes que la sustancia musical. De algo hay que cantar, pensaba, y no le interesaba el corazón y sus lamentos. ¿Por qué no colocar un espejo ante la sociedad y salpicarle un poco de sarcasmo?

Los textos eran un asunto secundario para él. Desde 1965, en sus inicios idealistas, intentó enviar mensajes cifrados a todos los que compartieran sus gustos singulares. El descubrimiento de que casi nadie estaba sintonizado con él le confirmó su sentido del aislamiento y procuró disfrutar de ese estado lo mejor posible.

A fin de seguir su evolución hay que conocer no sólo a los grupos vocales de doo‑wop de los cincuenta, el blues y rhythm and blues de músicos como Johnny “Guitar” Watson, Guitar Slim, Howlin’ Wolf y otros muchos, las big bands del jazz (sobre todo Ellington y Basie), los antecesores del free (Roland Kirk, Archie Shepp), así como a diversos exponentes de la “world music” (a Frank le fascinaba la música búlgara, los tradicionalistas irlandeses The Chieftains, así como el canto mongol de tonos concomitantes), sino también a un amplísimo repertorio de música extraída del cine y la televisión (la gama abarcaba desde el tema de Bonanza hasta los soundtracks compuestos por Nino Rota para Fellini).

Sin embargo, reviste una importancia mayor el sinnúmero de sus referencias a la música “clásica” del siglo XX. El estudioso serio de la música de Zappa debe tener por lo menos nociones de la obra de (respiren hondo) Edgard Varèse, Stravinsky, Charles Ives, Schönberg, Webern, Cage, Boulez, Ligeti, Penderecki y Toru Takemitsu, por mencionar algunos.

Como ejemplo están canciones como “Brown Shoes Don’t Make It” (Absolutely Free, 1967) donde se escucha al fondo un cuarteto de cuerdas dodecafónico del más estricto academicismo (como tributo a Schönberg y Webern) y al final de la misma pieza un collage de canciones en las que se canta a la “gloriosa” nación estadounidense (Charles Ives). Dichas insinuaciones son adaptadas a la canción, la cual se reduce, para todos los que se concentran sólo en las letras, a un ataque cínico contra la moral de los usuarios de zapatos conservadores. A Zappa le encantaban estos juegos dadaístas.

Lo absurdo de su posición era que los escuchas y críticos “clásicos”, que quizá hubieran podido entender sus bromas musicales, rechazaban el volumen rocanrolero y el humor crudo, mientras que el público rockero no tenía la menor idea de la complejidad musical de sus obras, además de que la ingenuidad de este último lo llevaba, en muchas ocasiones, a tomar en serio los textos. Un gran porcentaje de sus fans coincidían exactamente con el tipo del que Zappa se burlaba en piezas como “Titties ‘n’ Beer”.

No obstante, entre más ridiculizaba Zappa -que no consumía ninguna droga- la relajada actitud del “¡Quiero divertirme!” de su público, éste más lo celebraba. Y no se puede negar que el apoyo directo de estas personas, aunado a una capacidad increíble de trabajo, fue lo que permitió al músico una independencia inalcanzable para cualquier otro compositor de vanguardia.

Hizo 60 álbumes en 25 años (si se cuenta Beat the Boots, la serie “oficialmente autorizada” de grabaciones piratas, el número aumenta a 76), años de experimentos radicales en su estudio casero –el “Utility Muffin Research Kitchen”, equipado con todas las innovaciones tecnológicas–, edición de discos bajo su propio sello (Barking Pumpkin), venta de  souvenirs por medio de su propia compañía de fabricación y distribución (Barfko‑Swill) y cubrir incluso el mercado de video (Honker Home Videos). Hasta donde es posible apreciarlo, no parece haber habido un momento en que Zappa no hiciera lo que quería y ganando mucho dinero con ello.

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El fracaso del que él mismo hablaba era el hecho de que “casi nadie” captara los matices finos de su trabajo. No obstante, hacia el final de su carrera la situación empezó a cambiar, cuando las interpretaciones de su obra presentadas primero por Pierre Boulez y luego por el Ensamble Modern arrojaron nueva luz sobre ella. Siguieron trabajos de composición para renombrados grupos de cámara, desde el Kronos Quartet hasta el Aspen Wind Quintet. Sin embargo, Frank criticaba a la comunidad “clásica” en la misma forma despiadada que al mundo del rock. Aborrecía la distinción arrogante establecida entre la cultura seria y la de entretenimiento y, pese a todas las pruebas al contrario, insistía en no ser artista sino “sólo” entertainer.

Con todo, no hay duda con respecto a sus prioridades: “Nunca tuve la intención de dedicarme al rock. Siempre quise componer música más sustanciosa, que se interpretara en salas de concierto, pero también sabía que nadie estaría dispuesto a tocarla. Por eso pensé que la única forma de dar a conocer algo mío sería fundando un grupo y tocando rock”. Ése era su plan a largo plazo: una carrera como compositor disfrazado de rockero.

Zappa creció en Lancaster, California, (aunque nació en Baltimore, Maryland, el 21 de diciembre de 1940), un pueblito en medio del desierto del Mojave y escenario de sus primeros pasos musicales. Al principio el pequeño Frank concentró sus estudios autodidactas en la música negra, lo cual era extraordinario para un adolescente blanco a comienzos de los cincuenta. A los 14 años se enamoró de la música de Edgar Varèse. La gama de sus intereses musicales creció: “Puesto que no tenía estudios formales me daba igual escuchar a Lightnin’ Slim, los Jewels, uno de los grupos vocales, o Webern, Stravinsky y Varèse”.

Después de coquetear con la batería eligió la guitarra y en 1957 fundó su primer grupo, los Blackouts, una mezcla multicultural de músicos negros, blancos y chicanos. En la misma época se ubica el inicio de su amistad con otro bicho raro de Lancaster, Don Van Vliet, pintor y cantante de blues, que a la postre se daría a conocer bajo el nombre de Captain Beefheart. A comienzos de los sesenta los dos formaron un conjunto llamado The Soots.

No es posible reconstruir con exactitud las actividades de Zappa en ese entonces. Se sabe que tocó música de ambiente, cocktail music, en bares, compuso los soundtracks para dos películas de bajo presupuesto, instaló su primer estudio casero en Cucamonga, apareció en el programa de televisión de Steve Allen con un “concierto para bicicleta” (como virtuoso que punteaba los radios de la rueda y soplaba en el manubrio) y fue encarcelado dos veces, por vagancia y “planeación de delitos pornográficos”. Estas últimas experiencias colocaron a la policía y al sistema judicial estadounidense a la cabeza de la lista de legítimas víctimas para su sátira.

Los ahora legendarios Mothers of Invention (originalmente se llamaron Mothers, que en el lenguaje del jazz es la abreviación de “motherfuckers“, o sea, músicos en serio) derivaron de un grupo llamado Soul Giants, al que Zappa se unió en 1964. Al principio era un integrante secundario, pero no tardó en ejercer el control sobre la agrupación, por ser el único que componía su propio material. Sin embargo, dicho material convirtió al grupo en una empresa kamikaze, porque el estreno en vivo de cada canción de Zappa solía provocar de inmediato la prohibición de volver a aparecer en el lugar correspondiente.

También la escena “freak” de Los Ángeles, en la que Zappa y sus compañeros irrumpieron poco tiempo después, les exigió 18 meses de penurias tradicionales (bolsillos y estómagos vacíos) antes de firmar su primer contrato con MGM, quien les asignó a Tom Wilson como el productor del disco Freak Out. Las grabaciones realizadas durante esa época demuestran que la formación fue en muchos sentidos la más creativa encabezada por Zappa.

El grupo del periodo de Uncle Meat constituyó una mezcla fascinante de autodidactas y músicos con antecedentes clásicos. Sabían fundir sin ningún problema la rudeza del rock con ritmos complejos y los saxofonistas Ian Underwood y Bunk Gardner, así como el tecladista Don Preston, eran solistas excelentes. Ninguno de los conjuntos formados a la postre por él poseyó tanto potencial y espacio para las excursiones solistas e improvisaciones como los tempranos Mothers.

VIDEO SUGERIDO: FRANK ZAPPA UNCLE MEAT, YouTube (PLASTICDADA II)

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Por SERGIO MONSALVO C.

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 LA ERA DEL RECHAZO

La década de los noventa arrancó con los fuertes ecos del garage revival en los subterráneos. Entre los grupos que pugnaban por él estaban los Funseekers y sus dejos de la Ola Inglesa.

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Los fundamentos del garage estadounidense como el del surf rock también estaban a buen recaudo con alineaciones como las de los Mummies.

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Kurt Cobain, un adolescente flemático que se crió en un parque de cámpers como  prototipo del rebelde sin causa aburrido hasta la médula, empezó a hacer música con un amigo, Chris Novoselic, en un garage. Ambos vivían en Aberdeen, un pueblucho intrascendente cerca de Seattle. En 1988 el dúo conoció al baterista Chad Channing y formaron un grupo llamado Skid Row, Bliss y al final con David Grohl el definitivo Nirvana.

Con Nirvana emergió el llamado sonido de Seattle: producto de jóvenes blancos de la clase obrera hartos, apáticos, desencantados, con trabajos miserables o bien desempleados. Insatisfechos ante la vida de los centros comerciales, del materialismo y de los suburbios. Cuando Cobain vociferaba sus letras, se trataba de gritos de desesperación, agresividad y la furia del “quiero escapar de esto”, de una existencia a la deriva.

El heavy metal, el punk, el noise y el pop se amalgamaron en Nirvana para conformar el grunge. Los momentos más destacados de su álbum clásico de 1991, Nevermind, mezclaron el dinamismo de los Pixies con los riffs al estilo de Black Sabatth, melodías pop y toda la angustia adolescente. Nevermind fue el nuevo manual de reglas del rock, el álbum de los noventa y un cambio en el mundo. El grunge fue un virus que Nirvana inyectó al mainstream. El noise se proyectó a las alturas.

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La era del grunge cundió como reguero de pólvora entre los grupos subterráneos y ejércitos de éstos emergieron a la superficie con sus potentes rechazos, deseos y posturas frente al mundo. En Los Ángeles la banda L7, integrada por mujeres, fusionó la cruda vitalidad punk con riffs electrificantes y salvajes a cargo de sus fundadoras: Donita Sparks y Suzi Gardner.

El aporte femenino de L7 hizo que las incluyeran en la lista de bandas indispensables de escuchar para entender la década de los noventa. Apoyadas por el productor Jack Endino y el sello Sub Pop, su disco Smell The Magic mostraba sus influencias de género (Joan Jett), las de Seattle y las fuertes raíces en la Ola Inglesa. Nuevas mujeres para la nueva década.

El rechazo a las formas de vida, a los papeles predeterminados y al materialismo incombustible, fueron los objetivos del áspero sonido emergente al comienzo de los años noventa.

VIDEO SUGERIDO: L7 Fast and Frightening, YouTube (L7JETT)

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LOS LOBOS

Por SERGIO MONSALVO C.

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 AULLAR LA QUINTAESENCIA

Hace 30 años publiqué el libro La canción del inmigrante (Tinta Negra Editores‑As de Corazones Rotos, 1989). En él busqué abarcar parte de la historia chicana, de su cultura y del rock surgido de la población de aquellos lares, desde los antecedentes más remotos hasta llegar al grupo que ha retratado social y musicalmente –con un espectro sonoro que va del huapango al rock duro, experimentalismo y viceversa– la forma más cara del ser chicano: Los Lobos.

En el libro desarrollé su cronología artística iniciando con su formación en la Highschool californiana hasta el lanzamiento del álbum La pistola y el corazón (1988). A partir de ahí con estos músicos siguieron sucediendo cosas; y las más de ellas, notables.

En los años cuarenta del siglo XX la ciudad de Los Ángeles se convirtió en el centro neurálgico de una comunidad emergente: la mexico-norteamericana. Durante los cincuenta, y a medida que la población crecía, dicha comunidad se mostró cada vez más insatisfecha con los papeles limitados e inferiores que la sociedad estadounidense le asignaba socialmente.

En los sesenta y setenta, al expresar su disgusto por la discriminación, el prejuicio, la desigualdad de oportunidades en la educación y el empleo, comenzó un movimiento en pro de sus derechos civiles. Un nuevo sentido de valor étnico se enarboló con el término “chicano”. El chicanismo (término ideológico de solidaridad que buscó abarcar a todo estadounidense de ascendencia mexicana) se manifestó no sólo en la arena política sino también en el arte.

El movimiento inspiró al muralismo, al teatro, al periodismo, la literatura y la música, actividad esta última donde ha jugado un papel importante en la historia de las mezclas y fusiones actuales.

El grupo musical que mejor ha sintetizado toda esta historia y representado al ser chicano (bicultural y bilingüe) son Los Lobos, quienes durante 45 años desde su fundación y 40 de grabaciones y conciertos han dado cuenta del devenir de una comunidad que se ha desarrollado entre dos formas de ser y de pensar.

Calificarlos únicamente como intérpretes de un sólo género sería un gran error, ya que son un grupo de sonido multidimensional. Ellos (David Hidalgo, César Rosas, Louie Pérez, Conrad Lozano y Steve Berlin) tocan polkas, corridos, huapangos, boleros, música ranchera, norteña, de la Huasteca, valses y demás expresiones mexicanas (al igual que cumbias y son caribeño) con los instrumentos originales y con la misma naturalidad y entrega que lo hacen con la música estadounidense de raíces.

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Los Lobos tienen el impulso fundamental de sus tempranos días como banda de garage, apareado a la calidad artística producto de la madurez y de la inmersión en el patrimonio musical de la Unión Americana: desde el blues más crudo, pasando por el country, jump blues, tex-mex, rockabilly, rhythm and blues, zydeco, soul, gospel, cajun, rock and roll, funk, boogie, folk-rock, americana, latin-rock, cow-punk, heartland rock, pop y rock experimental.

Todo lo tocan ellos mismos y nunca renuncian a la experimentación sonora. Concepto que se puede constatar desde sus primeras grabaciones: Sí se puede! y Just Another Band from East L.A. (1976-78), hasta el disco de estudio más reciente, Gates of Gold (2015), así como en sus diversos proyectos como solistas: Latin Playboys de David Hidalgo y Louie Pérez (con el álbum homónimo y Dose), Soul Disguise (de César Rosas) o las producciones de los Super Seven (a cargo de Steve Berlin).  Es por ello que la obra de Los Lobos se sustenta en la confianza en sí misma.

VIDEO SUGERIDO: Los Lobos ‘Come On, Let’s Go’ 1987 La Bamba Party, YouTube (Steve M)

El hecho de que en temas como “A Matter of Time”, del disco How Will the Wolf Survive?, por ejemplo, resuenen las esperanzas y los temores de todas las canciones de inmigrantes —desde los spirituals de los esclavos negros hasta las de extracción judía— les proporciona universalidad (la pieza, mientras tanto, se ha convertido en un clásico interpretado por músicos de diversos géneros).

Como chicanos saben lo que el sistema estadounidense opina de los inmigrantes (y de los ilegales, sobre todo), y actualmente aún más dada la xenofobia trumpiana. Por otro lado, pueden hablar del gobierno mexicano y de cómo no vela por su propio pueblo cuando éste tiene que cruzar la frontera para buscar una vida mejor. Ambas cosas son un gran problema para quienes las sufren y un motivo de preocupación para quienes como ellos han visto padecer o padecido tales circunstancias.

Por eso como autores de canciones no se detienen en cuestiones como las reiteradas “nuevas estrategias” de ambos gobiernos. No. Sus rescates son otros, pero no por eso menos políticos. Hay un hilo conductor que comunican con sus composiciones. Todas hacen énfasis y recalcan las presiones impuestas a las familias chicanas, a sus formas de vida y a los cambios que cualquier ley produce en sus vidas cotidianas, separándolas o desarraigándolas.

No ondean banderas ni pancartas. No son panfletarios. La simple idea de que sean un grupo musical chicano o mexico-norteamericano y hagan lo que hacen es ya una declaración política en sí.

Los Lobos son un grupo de miras amplias y abiertos horizontes. Con su veintena de discos de estudio (entre ellos Kiko, considerado hasta el momento su obra maestra), varias antologías (Just Another Band from East L.A., El Cancionero, Ride This: The Covers, Wolf Tracks), exitosos soundtracks (La Bamba, Desperado) y discos en vivo (Live at The Fillmore, Acoustic en Vivo y Disconnected in New Yok City).

 Asimismo han hecho colaboraciones con otros músicos (Bob Dylan, Paul Simon, Lalo Guerrero, John Lee Hooker, Tom Waits, Roomful of Blues, entre otros); han sido invitados para diversos tributos y antologías (Fats Domino, Doug Sahm, Chris Gaffney, Sublime, Walt Disney Music) y a escribir temas para soundtracks, así como sus ya mencionados proyectos como solistas.

Con todo ello han ganado premios y creado sólidos cimientos como contribuyentes de la música contemporánea a nivel mundial, causa muy especial para ellos como parte que son de extracto de la cultura chicana.

¿De dónde sacan Los Lobos las ganas de cambiar con cada álbum desde su debut discográfico? Ya establecidos con un estilo que ellos prácticamente inventaron, cada uno de sus discos posteriores ha sido un nuevo intento transformado, otra experiencia, un territorio adicional explorado por ellos por medio del sólido bagaje que cargan.

Los Lobos confirman con cada nueva obra su poderío sonoro y su riqueza musical. Su dinámica intergenérica, intercultural y bilingüe les ha proporcionado una perspectiva distinta y única frente a las músicas que interpretan. Y se han dado cuenta cabal de que el rock es un cruce de diferentes culturas y que ellos, como chicanos, han  colaborado  a su engrandecimiento con algo semejante.

Destilan un inconfundible idioma personal con todas sus influencias y el perfeccionamiento de su estilo ecléctico, contextual e instrumental. Culturalmente le han agregado las cualidades de la soltura del mestizaje.

VIDEO SUGERIDO: Los Lobos (Don’t worry baby), YouTube (Ant Varandonis)

LOS LOBOS FOTO 3

 

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JAMES SALLIS

Por SERGIO MONSALVO C.

JAMES SALLIS (FOTO 1)

 (DRIVE/DRIVEN)

Los productores llamaron a mi agente. Querían saber si era verdad que estaba escribiendo una secuela. Respondí que por supuesto que no, colgué el teléfono, atravesé dos habitaciones, encendí la computadora y empecé a teclear el título [Driven, El regreso de Driver, en español] y la primera página”.

“Nunca he previsto escribir secuelas, ni siquiera con el personaje Lew Griffin, al que dediqué seis novelas. Ocurre que si los personajes no me abandonan, tengo que volver a ellos otra vez. Así que con Driver hubo más historia. Esa es toda su vida”, ha dicho el escritor James Sallis, creador de Drive.

Sin embargo, aún no se sabe sí habrá una segunda película. Entonces cabría preguntarle al autor: ¿No lo influyó la imagen del actor Ryan Gosling en la cinta mientras escribía la segunda parte?

“No. Tengo una imagen muy precisa de Driver en mi cabeza desde el primer libro, aunque creo que el actor, el fotógrafo y el director fijaron el libro en la gente. Sin embargo, cuando escribo sólo estamos el libro y yo, en una burbuja. He escrito durante casi medio siglo: dos docenas de libros, un centenar de cuentos e innumerables ensayos, poemas y críticas. Y he sido recompensado con grandes lectores. Pero desde la película recibo a diario e-mails de gente que me cuenta que la vio, se compró el libro y ahora está leyendo alguna de mis otras obras. Ningún escritor puede pedir más”.

Tanto Drive como Driven son libros contundentes, secos, duros, de pocas palabras, que acaban con finales grandiosos a medio camino entre la mítica y la épica.

“Mi idea inicial era escribir una versión contemporánea de las novelas baratas de tapa blanda que costaban 50 centavos (de dólar) en las estaciones de autobús y los supermercados (pulp fiction). Pero durante su escritura me di cuenta de que también era un western contemporáneo, y eso me llevó a plantearme, mientras iba avanzando en su redacción, cómo iba a terminarla. Y justo cuando llegué ahí, me percaté de que Driver (el personaje) debería cabalgar hacia el atardecer y convertirse en una figura mítica”.

Señor Sallis: usted lo consiguió.

JAMES SALLIS (FOTO 2)

 

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