WALT WHITMAN

Por SERGIO MONSALVO C.

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 EL POETA DE LO COTIDIANO

 Walt Whitman (1819-1892) plasmó en Hojas de Hierba sus sentimientos acerca de lo común y lo divino: “Lo prosaico y lo refinado, lo que llaman pecado y lo que/llaman bondad, de pensar cuán amplia la diferencia/De pensar que la diferencia continuará en otros, pero/nosotros estamos más allá de la diferencia“.

Los Estados Unidos de este poeta, ubicados “más allá de la diferencia”, aceptan la vulgaridad como equivalencia del refinamiento. Whitman celebró el ruido del universo y se contentó con proferir su “grito bárbaro sobre los techos del mundo”; aceptó al universo tal como lo encontró para convertirse así en el profeta de lo ordinario y a Hojas de hierba en su biblia.

Su poesía expone una filosofía que por primera vez en la historia humana defiende de manera inequívoca “lo más común, barato, cercano, fácil”, todo lo cual, según Whitman, es la esencia del “yo”.

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 HOJAS DE HIERBA

(WALT WHITMAN)

El poeta llegó a la defensa de lo cotidiano llevando el concepto panteísta de la corriente romántica a su conclusión más pura. Concepto tan antiguo como la filosofía misma y al cual cada era le ha dado sus seguidores (Heráclito, Erigena, Bruno, Hallaj, Spinoza, Toland, Borges, Sagan, Beck, etcétera).

El panteísmo es un pensamiento que sin discriminar mezcla retazos de todo. Se deleita en la ruidosa confusión de la vida y sacrifica la discriminación en el altar del eclecticismo. La era romántica lo hizo disponible y la cultura popular adaptó la versión más pura de dicho pensamiento, la versión encabezada por Whitman, cuya poesía abraza la concentración de todo ello en sí misma. Los clanes sociales, las religiones y las ideologías se incluyen en él.

Tal filosofía en los Estados Unidos de fin y principio de siglo XX no sólo encontró voz en la persona del poeta, sino también a su primer auditorio de masas. Así, el panteísmo de Whitman sigue vivo y coleando, a más de cien años de su muerte, en la sustancia de la cultura popular estadounidense que se ha derramado por todo el mundo.

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En la Unión Americana de Whitman, las virtudes del panteísmo redimen los vicios de la cotidianeidad horaciana. La vulgaridad es lo común, igual que las hojas de hierba. John Toland, un pensador anterior a Whitman, había dicho ya que la brizna de hierba era un misterio; el poeta simplemente llevó esta afirmación hasta sus últimas consecuencias mediante el título de su poema sin fin.

Los refinados buscan elevarse por encima de la ordinariez ubicua de la hierba, pero Whitman contesta: “Existo tal como soy; con eso basta“. Los primeros experimentan el sufrimiento constante del idealismo no realizado. El hombre común y corriente, para Whitman, contempla el mismo universo y sólo ve felicidad: “No es caos ni muerte, es forma, unión, plan, es la vida eterna, es la Felicidad“.

Para Whitman, la forma política de la comunidad de la felicidad es la democracia; y su frontera, el universo. El trabajo y el sexo integran la sana dieta de éste y la sensación es su idioma común. De tal forma el pensamiento whitmaniano, infinitamente tolerante, es ordinario de manera fiera. Encuentra motivos de admiración en el diseño de un Chevrolet lo mismo que en las proporciones del Partenón.

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Está dispuesto a comer lo mismo en el McDonald’s que en un restaurante de lujo. Carece de discriminación, lo cual es otra manera de decir que agradece el hecho de vivir en este universo particular. La vida es común y tiene mucho que la recomienda. Es egoísta y sensual, pragmática y placentera, y el “yo” es el centro de su circunferencia infinita.

Allen Ginsberg, el discípulo más devoto de Whitman, se imaginó a su maestro en el poema “Un supermercado en California”: “Te veo Walt Whitman, viejo desyerbador solo y sin hijos,/hurgando entre las carnes del refrigerador y observando/a los muchachos de los abarrotes“. El texto de Ginsberg es un monumento apropiado para Whitman, y el tributo de su pueblo de origen, Huntington, Long Island, no lo es menos.

Ahí el viejo poeta es recordado en el Centro Comercial Walt Whitman. Los vastos espacios de las tiendas son los templos del panteísmo estadounidense, presididos no por una sagrada trinidad o por alguna deidad egipcia, sino por una infinita variedad de artículos de consumo que reflejan pero no agotan la multiplicidad del universo cambiante que los entrega a un mundo admirado.

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Yo me celebro, / y cuanto hago mío será tuyo también, / porque no hay átomo en mí que no te pertenezca”. Y de esta manera un nuevo mundo se abrió con estos versos del Canto de mí mismo. Ciento sesenta años separan este comienzo del libro sin final Hojas de hierba –que Whitman publicaría bajo su propio peculio en 1855– de esta época que no cesa de ser polinizada por su voz y sus ideas.

Treinta y tres años tardó Whitman en completar en casi cuatrocientos poemas la “autobiografía de todo el mundo”, como dijera Gertrude Stein. Una epopeya de la vida, íntima, soñada y pública, que resuena llena de realidad y promesa que llevó a la gente a reencontrarse consigo misma. Y se convirtió en un guía que abriría insospechadas rutas culturales.

Cien años después conectó con el sonido que lo intensificaría y daría a conocer a multitud de generaciones: el rock and roll. Y lo haría gracias a dos profetas de sus palabras: Jack Kerouac y Allen Ginsberg, miembros conspicuos de la generación beat que tras leerlo sienten que hay una necesidad de renovar, reconstruir, toda la herencia de la cultura occidental.

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La demolición comienza con el desplazamiento de las normas culturales: rechazo de los valores dominantes, de las convenciones, de lo institucionalizado, de la segregación. Viven a su manera y la condición responde a la camaradería whitmaniana. Optan por acercarse al realismo que los rodea, al lenguaje cotidiano, a vivir como escriben y viceversa. Y por eso son leídos. Y por eso son adoptados por los jóvenes de las siguientes décadas.

Es la fusión que centellea en el nacimiento del rock n’ roll, la que irrumpe con la conexión beat en formas propiamente musicales (que tuvieron primero al jazz como puerta a la otredad). Las comunidades negras y blancas intercambian contenidos precisos. En el rock & roll hay préstamos tomados del blues, del rhythm & blues, por un lado, y del country  & western, por el otro.

El señalamiento no es baladí si recordamos que antes de la publicación de Howl (1956) el rock & roll  representaba sólo el 15% de los hits en las listas musicales; y tras la de  On the Road, en 1957, llegó al 61%. Representa ya una práctica masiva. El nuevo género y los profetas beat han preparado el camino y escenario en materia receptiva para la obra de Whitman.

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Chuck Berry compuso entonces canciones-himnos al automóvil, al baile, al flirteo. Se puede considerar que este autor expresó el deseo de los afroamericanos de participar en la dinámica expansiva de la sociedad estadounidense, la cual les ofrecía a la vez los símbolos económicos del país (automóvil y el tiempo libre).  Por otro lado, y con el liderato Elvis Presley, los jóvenes blancos se apropian de la “sexualidad negra” y una manera muy expresiva de abordar dicha temática que rompe con todo lo anterior.

El espíritu de los tiempos, su sentir con lo común y cercano, en términos del poeta, sin duda alguna contiene el amplio alcance que el rock & roll ha generado –como mezcla de las formas culturales diversas– en el acervo perceptivo de una amplia generación de jóvenes. Contiene legitimidad, aceptación y/o entendimiento por parte de tal público. Pero sobre todo de sus mejores exponentes musicales.

Para empezar con Bob Dylan, quien conoció a Ginsberg a fines de 1963 en Nueva York. Ginsberg, fue el evidente precursor de Dylan con el efecto de Howl, libro que proclamó la posibilidad de una poesía vital y contemporánea en lenguaje coloquial.

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Sería difícil imaginar la existencia del clima cultural que envolvió a Dylan a principios de los sesenta sin el impulso que partió de Allen Ginsberg y de la generación beat en general. Éste, además, introdujo al joven poeta Dylan en la lectura de Rimbaud y Whitman, de manera profunda y sistemática.

Whitman y los beats escribieron para ser entendidos. Se introdujeron en la dark americana, en lo profundo, viajaron por su tierra, con sus verdades necesarias. Trasluciendo, así, la necesidad de recuperarlo todo, de aprehender la realidad: inmediatez y espontaneidad de la descripción, redefinición de los límites vitales más básicos.

De esta manera es inminente decir que el rock & roll permitió y preparó, el terreno caminado y soñado por Walt Whitman. Y que la intelligentsia propiciada por el género, tras una década de existencia, hizo suyos sus conceptos y forjó los eslabones que lo unía a él en la voz de sus adalides líricos más sobresalientes desde entonces: Bob Dylan, Jim Morrison, Lou Reed y Leonard Cohen, en primera instancia; a los que seguirían Neil Young, Marc Bolan, Patti Smith, Tom Waits, Bruce Springsteen, Kurt Cobain, Win Butler,  Matt Berninger, Owen Pallett, et al.

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Walt Whitman, pues, es parte importante del canon rockero. Es un poeta que forjó un nuevo vocabulario (exaltando lo común y ordinario), que inventó neologismos (como un dios liberador), que creó ideas filosóficas y cuya originalidad, según Harold Bloom “tiene que ver con su inventiva mitológica y su dominio de las figuras retóricas”.

Sus metáforas y razonamientos rítmicos abren nuevos caminos de una manera aún eficaz ciento sesenta años después de los primeros poemas de Hojas de hierba, entre los que se desprenden unas líneas que son promisorias: “Si no das conmigo al principio, no te desanimes. / Si no me encuentras en un lugar, busca en otro. / En algún sitio te estaré esperando”.

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Ex Libris

NINA HAGEN

Por SERGIO MONSALVO C.

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 UN ENCUENTRO CERCANO

“Para embarcarse en un viaje con Nina Hagen es necesario estar listo para deambular en los abismos del rock, la política, la naturaleza, la energía, los ovnis y el lugar que ocupa el ser humano en el ‘sistema divino’.

Nina Hagen: Un encuentro cercano es precisamente un libro que nos prepara para emprender ese enigmático viaje y concebir a esta rocanrolera asimoviana y esotérica, filósofa y budista-cristiana que produce la música más dura, excéntrica, pintoresca, vanguardista, audaz y teatral de la actualidad.

Sergio Monsalvo C. nos relata la vida de Nina Hagen, su formación musical, sus costumbres y aventuras. Ella misma ha fabricado ansiosamente su leyenda y su existencia no conoce límites. Es una personalidad del próximo milenio. Para Nina todo es un cuento de hadas.

Provocación y fantasía son las constantes de esta mujer de voz descomunal, reina y madre del punk. La lírica de sus composiciones, algunas de las cuales se incluyen en este libro, es la muestra pura de su avant-garde musical. Nina Hagen es un espectáculo salvaje de brujería electrónica que atrae y excita la imaginación, que profetiza y colorea la realidad con su arte y áspera genialidad.

‘Soy de un tiempo en el cual todavía sirve de algo formular un deseo. Espero que todos crean y me acompañen en él’, ha dicho la artista. Un encuentro cercano es la oportunidad para ello”. (Contraportada)

PIERRES ET GILLES ACERCAN A BERLÍN EL UNIVERSO KITSCH Y PROVOCADOR DE SU ARTE

Nina Hagen

Un encuentro cercano

Sergio Monsalvo C.

Editorial Diana, México, 1988

 

ExLibris

ARTHUR RIMBAUD

Por SERGIO MONSALVO C.

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 EL ROCK COMO LEGADO ESPIRITUAL

“¿Tuve alguna vez, una juventud herioca,

fabulosa, como para ser escrita

sobre páginas de oro?”

“Mañana”/A.R.

El universo es sostenido por una armonía mágica perceptible para los sintonizados con sus buenas vibraciones, y las buenas vibraciones deben sentirse por instinto. Vivir no significa respirar sino actuar, usar nuestros órganos, nuestros sentidos y facultades, todas las partes de nosotros mismos que nos dan el sentimiento de existencia.

El hombre que más ha vivido no es quien cuenta con el mayor número de años sino aquél que más ha sentido la vida. Arthur Rimbaud fue uno de éstos, porque cada parte de su cuerpo le dolió de tanto deseo de vivir.

Odiaba el sueño de la razón, porque la razón duerme cuando el sentimiento que le inspira vida es atado por las estrechas categorías del intelecto y el orden. La disyunción se volvió entonces su regla dominante.

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De esta manera el yo rimbaudiano se redefinía continuamente, según lo dictaran sus sentimientos e instintos. Por todo ello la poesía de este francés universal (nacido hace más de 150 años) no es tierra para ancianos, ya que busca la juventud perpetua mediante la experiencia dinámica del yo, en la apoteosis de su pureza instintiva.  Su meta es la de abrazar al universo y volverse Dios.

Rimbaud define la juventud no en años sino en emociones. Su poesía nace en el esplendor juvenil y se propone permanecer ahí por siempre. Conserva su plenitud al renacer todos los días (con cada lectura de Le Bateau Ivre, El Barco ebrio, y Une Saison en Enfer, Una temporada en el infierno). La lucha que engendra el cambio es su elixir vital, porque sólo el cambio eterno garantiza la juventud eterna.

Y en eso Rimbaud vibró con la armonía universal: Il faut être absolument moderne (“Hay que ser absolutamente moderno”). Su legado mágico de eterna juventud. El rock es heredero directo del mismo.

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Muchas letras del rock están inundadas por ese lenguaje de la emoción que creó el poeta: necesitar, querer y sentir son los ladrillos con los que se construye su vocabulario abstracto. En este género musical la lógica y la razón se relacionan en todas partes con la pérdida de la juventud y la muerte de la vitalidad:

Cuando era joven la vida me parecía maravillosa,

Un milagro, oh, era hermosa, mágica…

Pero entonces me mandaron para aprender a ser sensato,

Lógico, responsable, práctico,

Y me mostraron un mundo en el que podría ser fiable,

Clínico, intelectual, cínico

 Esto es parte de “The Logical Song”, de Supertramp, una versión del sentir rimbaudiano. Está inmersa en dicho sentir porque la canción rechaza la fuerza trascendente de “la mente filosófica” manejada como remedio contra la depresión adulta. No confía en el intelecto, al cual en este caso equipara al cinismo.

El pensamiento rimbaudiano niega la trascendencia. Enfrenta los problemas de lleno y de manera emocional.  En su mundo la alternativa a la juventud mágica es la vejez cínica; y las dos cosas no se unirán jamás: “Las voces instructivas han sido exiliadas del egoísmo infinito de la adolescencia”.

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Rimbaud describió el futuro paisaje del rock en el poema “Juventud”:

Todas las posibilidades armónicas y arquitecturales se agitarán en torno a ti. Seres perfectos, imprevisibles, se ofrecerán para tus experiencias. A tu alrededor acudirá soñadora la curiosidad de antiguas multitudes. Tus sentidos serán el alimento de tu impulso creador. En cuanto al mundo, cuándo salgas ¿en qué se habrá convertido? En todo caso, nada de las apariencias actuales.

El alimento de esta música no es apto para cualquiera. El rock abrazará por siempre dicha juventud perpetua con la experiencia dinámica del yo rimbaudiano (“Yo, yo soy un bendito”). “Espero morir antes de hacerme viejo”, afirman los Who en su clásico tema “My Generation”.

La poesía del francés maldito y las letras del rock derivan del mismo impulso romántico, dividido en la actualidad entre los paladines refinados del intelecto eterno y los ejecutantes ordinarios de la música sensual.

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En los años sesenta, Marc Bolan de T. Rex creó un estilo de letras idiosincrásico a partir de sus lecturas del poeta de Charleville. Bolan no celebró el orden reinante sobre el cual su emoción rimbaudiana quería elevarse:

Yo, estoico, sereneno, de pie y elevándome

por encima de todos estos muertos, escucharé latir mi corazón

(Rimbaud)

Yo tocaré mi propio gong

Y empezaré ya

(Bolan)

Al no desear cupo para un viaje a la trascendencia, el rockero sabe sacar el máximo provecho de su música sensual y ha promovido con ahínco el mito de su eterna juventud: “Conforme envejecemos dejamos de tener sentido“, afirman los Talking Heads en el álbum Speaking in Tongues. La locura de la juventud es el sentido más divino del rock.

Asimismo y pese a los esfuerzos de las ciencias sociales y exactas por otorgar una objetividad simple al mito juvenil, los hechos son subjetivos y complejos. Los adolescentes que brindaron a Elvis Presley su primera e histérica recepción en los años cincuenta ahora tienen más de 70 de edad. Y, según estadísticas, no han abandonado al género en masa en favor de Beethoven o de Justin Bieber.

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Son aquellos que, como ejemplo, componen el desfile de devotos que a diario recorre Graceland, el mausoleo de Presley en Memphis. En las páginas de los periódicos o revistas consumen pequeños datos sin fin acerca del estado del hígado del “rey” cuando se le hizo la autopsia o de alguna nueva “aparición” de su parte. Compran por teléfono o e-mail los CD’s nostálgicos anunciados en la televisión.

Dentro de 10 años, los punks ya encanecidos pedirán la grabación de Remember the Sex Pistols hecha por Telcel o Telemarketing. Ello indica una cosa: el auditorio del rock —género que ha entrado a su séptima década— no desaparece en cuanto sus miembros rebasan la pubertad, la adolescencia o la juventud oficiales. No.

Por otro lado, sus estrellas tampoco son inmunes al envejecimiento.  Los Rolling Stones, Pink Floyd o los Beach Boys llevan más de 50 años presentándose. Se arrugan al igual que todos los demás —el caso extremo y ejemplar de Keith Richards lo dice todo—. Es decir, sus públicos no rechazan el envejecimiento, siempre y cuando se preserve el mito de la juventud en él.

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En la mitología griega Cadmus y Teiresias asistían a las parrandas dionisiacas aunque estuvieran debilitados por el paso del tiempo. La estrella contemporánea de la escena musical sólo tiene que aplacar a las deidades de la juventud para seguir rocanroleando. Mick Jagger a los 70 años, y con los pantalones pegados de un adolescente en busca de sexo, no resulta más extraño que un Cadmus vestido con pieles de cervato y logra la misma satisfacción ritual.

Las figuras del rock y su auditorio no desaparecen con los años. No obstante, en la mayoría los gustos se vuelven fijos y quizá decaigan en el sentimentalismo. Pocos de los admiradores originales de Elvis poseen la flexibilidad emocional suficiente para apreciar a The Strokes o Marilyn Manson, pero siguen escuchando “Heartbreak Hotel”.

En general, el rock se caracteriza por una nostalgia inherente que detiene a los fans en la música de su juventud. Fenómeno bien demostrado por un sinnúmero de películas como American Graffiti o Grease, diseñadas para atraer a quienes crecieron en los cincuenta y sesenta.  Dichas cintas arrullan a su auditorio con la ilusión eufórica de la perpetua adolescencia, inundándolo con la música de aquella época.

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Otra muestra de esto fue la celebración masiva en la Unión Americana —a principios del 2004— por los 40 años de la llegada del Cuarteto de Liverpool a los Estados Unidos y su presentación en la TV de aquel país (en febrero de 1964) con infinidad de tributos.

Entre los festejos figuró el lanzamiento de un disco digital con las cuatro presentaciones del grupo en el famoso programa de Ed Sullivan, que incluyó once temas de otros conciertos, así como retrospectivas de la Galería Smithsoniana, el Instituto Estadounidense de Cinematografía y el Museo de la Radio y la Televisión.

Los eventos incluyeron la exhibición de la película A Hard Day’s Night en el prestigioso Lincoln Center de Manhattan. “La década de los sesenta comenzó cuando los Beatles llegaron a la tierra del Tío Sam”, dijo algún exaltado historiador, al respecto.

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Los hechos lo indican: que el pasado no está muerto, ni siquiera es pasado, y nunca termina de pasar y además se mezcla, convive y compite con el presente en diversas manifestaciones. En realidad nadie quiere que se vaya. Siempre es evocado en todos los ámbitos de la época, a veces de manera flagrante, otras de forma encubierta.

En octubre del 2017 (del viernes 7 al domingo 9) se llevó  a cabo el Desert Trip Concert, en Indio, California. El cual tuvo el cartel único e histórico de Los Rolling Stones, Bob Dylan, Paul McCartney, Neil Young, Roger Waters, y The Who, juntos por primera vez, en un festival que duró esos tres días, con asistencia internacional masiva, a pesar del costo y la lejana ubicación desértica.

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El rock tiene poco qué ver con los hechos objetivos del tiempo y la edad; y todo con los reinos míticos de la juventud imaginaria, los cuales se encuentran abiertos a los adolescentes de todas las edades. La veneración por aquellos reinos tiene sus raíces en el romanticismo.

La dicha fue estar vivo aquel amanecer,

Pero ser joven era el paraíso mismo.

Eso escribió William Wordsworth durante la adolescencia de la era romántica, cuando los héroes del arte a menudo eran encarnaciones de la propia juventud, tal como lo indican los nombres de personajes literarios como Childe Harold y el joven Werther. Para el héroe romántico, la edad avanzada significa una caída de la gracia, una enfermedad aborrecible.

El romanticismo de Wordsworth, por ejemplo, venera la infancia y la juventud: el “tiempo tempestuoso” de la “comunión subconsciente con la belleza”, según su “Immortality Ode”. Los textos de este poeta presentan el perfil de una fuerza liberada en equilibrio y la más perfecta, según la primera generación romántica.

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Su pensamiento empieza por aceptar tal fuerza como divina, la cual a través de etapas de discriminación sucesiva avanza hasta una visión contemplativa del yo que hay detrás de la diversidad de experiencias.

Esta “maquinaria” espiritual posee el atractivo adicional de ser activa.  Su poesía no es un mero adorno o divertimento, sino una tecnología funcional del alma pensada para ser puesta en práctica.

De esta manera, el escritor inglés fascinó tanto a los pragmáticos como a los idealistas de la nueva era. Entre sus seguidores figuraron personajes tan distintos entre sí como John Stuart Mill, John Ruskin o Arthur Rimbaud.

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Hay suficiente amor a la acción en Wordsworth para hacer de él un auténtico revolucionario romántico. Su poesía trazó el camino medio para toda una generación dedicada a equilibrar las exigencias de lo viejo y lo nuevo. Un manifiesto que exalta las pasiones comunes de hombres ordinarios.

El rock tomó de la versión wordsworthiana del romanticismo la celebración de la infancia, y de Rimbaud la de la juventud, aunque este último rechaza la tecnología espiritual del primero porque por medio de ella la juventud debe ser refinada hasta adquirir una belleza trascendente.

Si la juventud y lo común de la vida son la materia prima de todo vigor y bondad —sintetiza el rockero—, el chiste es no abandonarlos nunca.

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El cantautor John “Cougar” Mellencamp expresa tal concepto de manera sucinta en el tema “Jack and Diane”: “Aférrate a los 16 lo más que puedas”. Para él, lo mismo que para Rimbaud, la edad adulta significa privarse de la emoción de vivir.

Por eso el rock define a la juventud —al igual que el poeta galo—no en años sino en emociones, de modo que incluso un setentón como Steven Tyler seguirá siendo joven mientras persevere en la vitalidad emocional de la música de Aerosmith.

El rock nace en el esplendor juvenil y se propone permanecer ahí, por la misma razón que la poesía rimbaudiana. El yo, en ambos, es el límite y la medida del universo infinito. En tal mundo se conoce al universo, en primera instancia y siempre, por medio del sentir y los instintos. Ambos, también, son más intensos en la juventud. Es cuando más se  acerca el hombre a ser Dios y besa al firmamento (Hendrix así lo constató y ahí permanece).

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La obsesión del género con tal pensamiento corresponde sólo por casualidad a un fenómeno sociológico acerca de dicha edad en las sociedades posindustriales. Porque básicamente, se trata de un convencionalismo romántico, uno de sus pilares fundamentales:

Me paseé solo por una zona contaminada por la radioactividad

y salí con el alma intacta…

Oooh, creciendo.

Era el chico cósmico perfectamente disfrazado

Afirma Bruce Springsteen en la canción “Growing Up”. Las letras por medio de las cuales el rock expresa su angustia adolescente, tratan acerca de la conservación de la energía juvenil que aísla al alma de ser contaminada por el mundo.

Los músicos que escriben estas piezas y los públicos que las consumen rebasan los límites oficiales de tal edad y no obstante se siguen vendiendo los discos y los tracks. Las canciones son escuchadas por gente de 12 a 80 años de edad o más, y los críticos de rock, ya también entrados en años, se ganan la vida discurriendo seriamente acerca de ellas en las columnas de los periódicos y revistas u on line, porque en la era del rock la gente quiere perseverar en su juventud cósmica, sin importar cuál sea su edad cronológica.

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Estas canciones no hablan del tiempo medido por el calendario sino de la vitalidad emocional, equiparada con la vida misma. Cuando esta idea rimbaudiana coincide con los hechos de la pubertad moderna e hipermoderna, el resultado se parece mucho a la posesión religiosa al converger las hormonas y la ideología sobre el mismo territorio emocional. A final de cuentas la excitación del rockero es producida más por una imaginería romántica que por un hecho social o biológico.

Un escritor como Oscar Wilde comprendió a la perfección que el romanticismo vino a redefinir la juventud, convirtiéndola en sinónimo de lo que en una época anterior se hubiese llamado “espíritu”: “La tragedia de la vejez no es que uno sea viejo, sino continuar sintiéndose joven“, declara lord Henry en El retrato de Dorian Gray. Wilde se hace eco de la idea rimbaudiana al respecto (Chuck Berry, uno de los padres fundacionales del género, terminó de grabar su último disco unos días antes de morir a los 90 años de edad).

El Gran Maldito de la poesía francesa presentó la edad como estado del espíritu y no como una etapa en el tiempo. La generación del rock está constituida por coetáneos espirituales y no cronológicos, por ello la “generación” de los Who incluye hoy también a rocanroleros 40 o 50 años más jóvenes que los integrantes del grupo. El rock simplemente ha democratizado la obsesión romántica con la juventud.

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Tal democratización no radica sólo en el auditorio de masas alcanzado por sus convencionalismos ni en la ruidosa presentación que hace de sus inquietudes sublimes. En tal música, las grandes cuestiones que el gusto refinado ha convertido en objeto de deliberaciones conscientes y dolorosas son tratadas con abandono instintivo y regocijado, con espontaneidad temeraria.

Por naturaleza propia, el rock es incapaz de lograr un acabado lírico formal y académico (el Premio Nobel otorgado a Bob Dylan en el 2016 abrió un horizonte nuevo al concepto literario), pues todo ello requiere la imposición de un orden trascendente en el material del sentimiento. De esta manera, su esencia —legado rimbaudiano— subordina la razón a la emoción, niega la trascendencia y exalta la juventud perpetua.

Todos los rocanroleros, sin importar sus edades, son unos “bastardos de la juventud”. Niegan la trascendencia, equiparan “la mente filosófica” a la muerte del espíritu y buscan la apoteosis del yo en la pureza del instinto.

Hoy, los jóvenes iracundos que interpretan estilos como el indie o alternativo, el neo garage o el punk industrial (vueltas de tuerca del Good Old Rock and Roll) reafirman con sus canciones aquella leyenda: “Rimbaud es nosotros”.

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