EMILIO

Por SERGIO MONSALVO C.

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NATURALEZA DE LA EDUCACIÓN

Jean-Jacques Rousseau escribió en 1762 el libro Emilio o De la educación, un tratado filosófico sobre la naturaleza del hombre cuyos novedosos conceptos causaron fuertes polémicas en la Europa de aquellos tiempos, en que la instrucción era un asunto rígido y para unos pocos. Hasta la fecha las secuelas de tal escrito aún  perviven dentro de la cultura de Occidente en general. Tanto que las celebraciones por los 300 años del onomástico de su autor, como los 250 de dicha publicación, fueron por todo lo alto en diversas partes del planeta.

Suele citarse a Rousseau (nacido el 28 de junio de 1712 en Ginebra, Suiza) como el más grande entre quienes celebraron la fuerza inocente de “lo natural”, de los instintos. Lo que hizo este ilustrado fue arropar lo primitivo con el vestuario sentimental que se ha usado desde entonces. A su época se remite la veneración por los niños, los (nobles) indígenas, los animales y otras formas de vida consideradas como más cercanas al origen mismo del ser humano.

El Noble Salvaje (indígena) rousseauniano sigue con vida en crudas popularizaciones por demás exitosas, como en las novelas sobre Don Juan de Carlos Castaneda, y en reputadas obras de ficción antropológica, como Coming of Age in Samoa de Margaret Mead y Tristes Trópicos de Claude Levi-Strauss.

La vulgarización del mito de lo primitivo (sabio, pacífico, digno), antes propiedad exclusiva de poetas e intelectuales, dio a luz cien años después también a encarnaciones del Noble Salvaje como el Uncas de James Fenimore Cooper (en El último de los mohicanos) hasta Tarzán de Edgar Rice Burroughs y el héroe de cómic Conan el Bárbaro.

Los animales, por su parte y también desde Rousseau, consiguieron mantener su status literario y en las fabulas didácticas. En lo popular, el comic y los dibujos animados más mediáticos siguen la pauta de sus directrices.

Su herencia de pensador radical está probablemente mejor expresada en sus dos más célebres frases, una contenida en el libro El contrato social: “El hombre nace libre, pero en todos lados está encadenado; la otra, expresada en el citado Emilio: “El hombre es bueno por naturaleza”. De ahí su idea de la posibilidad de una educación en libertad y lejana de atávicos formalismos.

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Hoy, este último volumen se considera el primer tratado sobre filosofía educativa en el mundo occidental. La obra del enciclopedista fue revolucionaria, con la intención expresa de que sus propuestas fueran aplicables a todos a fin de formar “buenos ciudadanos”, lo que la convirtió en el primer texto que expresara abiertamente las concepciones liberales de la época (una monarquía absolutista) en materia educativa. Dado eso, no sorprende que la obra fuera quemada en público tras su aparición.

 Emilio sirvió como inspiración para los siguientes sistemas educativos de diversas naciones. La sugerencia de que los padres en general, y las madres en particular, deben participar en la educación de sus hijos –en lugar de tutores o profesores privados, como era la costumbre– fue revolucionaria, al igual que hablar de la perfecta relación entre profesor y discípulo o de esa técnica que se puede ver hoy como antecedente del Método Montessori, de aprender a través de los juegos.

El rock, como cultura viva siempre en evolución, tomó en los años cincuenta del siglo XX algunos postulados de Rousseau para su propia concepción y los electrificó.

VIDEO SUGERIDO:  Jerry Lee Lewis – High School Confidential (High School Confidential movie – 1959), YouTube (John1948SixC)

El anarquismo romántico de aquel pensador se imagina un universo en el que sabiduría es sinónimo de energía; y en el rock, lo mismo que en el suizo, la energía y la sabiduría no se fomentan por medio de la educación restringente sino a través de la abolición de la misma. En la mitología del género, las escuelas mutilan el instinto y matan por igual a la energía y a la razón. Ergo: El rock enseña mejor las realidades de la vida que la academia.

Se trató, pues de la segunda confrontación entre la autoridad condicionante y la naturaleza rebelde e instintiva de la juventud (la primera fue contra los padres).

Los supuestos en los que el rock and roll basó su etapa clásica estuvieron bien establecidos en aquella primera época: glorificación de la juventud, rechazo al tedio, celebración de la energía y odio hacia la educación formal e impositiva (a mediados de los años sesenta aquella perspectiva se transformaría).

En la película High School Confidential de 1958, la toma inicial pinta un ambiente de ordenada actividad adolescente ante el telón de fondo de una ordinaria preparatoria estadounidense, en la que las simetrías de su arquitectura construida en ladrillos rojos encarnan la razón sólida. De repente pasa un camión de plataforma con Jerry Lee Lewis cantando “¡Vamos a sacudir las cosas esta noche!”.  Jerry Lee no vuelve a aparecer en el resto de la cinta.

En lo que a la lógica de la trama se refiere, su aparición es completamente gratuita. No obstante, de acuerdo con los cálculos metafóricos de la cinematografía, su paso por ahí puso en movimiento, mejor que páginas enteras de diálogos, el conflicto entre la disciplina con la cual la sociedad somete a los instintos y el impulso juvenil el cual, a su vez, quisiera ver consumida aquella reserva entre “Grandes bolas de fuego”.

Señalada su entrega ontológica a lo instintivo, la hostilidad del rock hacia la educación en tales sentidos fue una consecuencia natural. En una película filmada en 1955, Blackboard Jungle (donde se escuchó por primera vez el sonido del rock en la pantalla), ya aparecían los desaguisados entre ambos y se mantendrían así hasta su punto culminante en la cinta The Wall (de Pink Floyd). El cine comprendió rápidamente la antipatía que existía entre el sistema educativo restringente y el rock.

Las canciones de Chuck Berry, Jerry Lee Lewis y The Coasters, entre otros, le pusieron letra a todo aquello. En el rock de los años cincuenta, al igual que en la prédica de Rousseau, el sentimiento debía prevalecer ante la razón, que era un freno del sentimiento mismo. El filósofo se lamentaba de que la sociedad occidental invirtiera los papeles naturales de los elementos mencionados, asignando a la imaginación un papel subordinado a lo restrictivo.

“Todo es bueno al salir de las manos de la Naturaleza; todo degenera en las manos del hombre”, escribiría tal autor. Vivir no significa respirar sino actuar, usar nuestros órganos, nuestros sentidos y facultades, todas las partes de nosotros mismos que nos dan el sentimiento de nuestra existencia, reflexionaría Rimbaud, su legatario (y lengua postrer del género musical), cien años después.

Por lo mismo, el rock and roll también respetaba la razón, pero en el lugar que le correspondía. El respeto que muestró hacia el pensamiento no contradijo su energía particular. La aversión primaria de tal música a la educación no constituía una sustitución bárbara de la razón por el caos. El rocanrolero supo desde el principio apreciar la razón, tal como lo hizo Rousseau, pero asignándola a “la circunferencia exterior de la energía”, esa fuerza vital enarbolada por tal generación, para que no la constriñera.

Al igual que aquel ideólogo europeo, el rock odió en sus primeros años el sueño en el que querían alojar su energía las cortapisas paternas y académicas, y acusó a sus educadores y maestros de inducirlo con todas sus reservas. La energía, que lleva a la razón de sí misma, duerme cuando el sentimiento que le inspira vida es atado por las estrechas categorías de un orden educativo inconveniente.

De ahí el grito liberador en “High School Confidential” o “”Great Balls of Fire” de Jerry Lee Lewis; del hartazgo en “Too Much Monkey Business” o “Almost Grown” de Chuck Berry o las emociones contenidas en “Yakety Yak” o “That’s Rock & Roll” de los Coasters.

Expresiones que se extenderían en el tiempo hasta el “School’s Out” de Alice Cooper; el testimonio del “No Surrender” de Springsteen o la exclamación estentórea de: “Oye, maestro, ¡deja en paz a esos niños!” por Roger Waters (Pink Floyd), traducciones culturales más que elocuentes de aquel Emile canónico de Jean-Jacques Rousseau.

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VIDEO SUGERIDO: Pink Floyd – Another Brick in the Wall Official Music Video (Lyrics in Description), YouTube (xGunsSaysBAANGx)

 

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SYD BARRETT

Por SERGIO MONSALVO C.

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LA VISIÓN Y LA LOCURA

El hecho de que se crea que Roger Waters haya sido la fuerza que impulsara el aparato experimental llamado Pink Floyd hasta comienzos de los años noventa, para que luego tomara el mando David Gilmore, quizá sea verdad. Sin embargo, el carácter musical del conjunto así como su imagen ante el público fueron forjados por otro: el olvidado Roger Keith “Syd” Barrett.

En el Londres de 1966 el beat y el rhythm and blues británicos ya habían visto pasar su mejor ciclo y dado paso al movimiento del flower power y a la música “psicodélica”. Lo underground era el nuevo concepto y lema. La escena estaba dominada por grupos noveles que se aventuraban en terrenos estilísticos vírgenes: The Nice, Family y, sobre todo, Pink Floyd.

En los legendarios clubes UFO y Roundhouse de Inglaterra éstos últimos eran la atracción y sus creaciones de luz y sonido trastornaban todo lo escuchado hasta ese momento.

El exestudiante de arte Syd Barrett (nacido el 6 de enero de 1946) era el autor de dichas composiciones: “Arnold Layne”, “See Emily Play”, “Apples and Oranges”, además de ocho canciones en el álbum debut de Pink Floyd, The Piper at the Gates of Dawn (Columbia, 1967), serían en el futuro clásicos inmortales.

El título del álbum fue tomado de un texto del poeta visionario William Blake y la mayoría de las canciones retrataban las imágenes muchas veces amenazadoras que Barrett creaba sobre la infancia. No obstante, el track más largo, la pieza instrumental “Interstellar Overdrive”, indicaba el rumbo que el grupo tomaría después.

El primer álbum de Pink Floyd (con los integrantes originales: Barrett, composición, voz y guitarras; Roger Waters, bajo y voz; Richard Wright, órganos, piano y voz, y Nick Mason en la batería y percusiones) se grabó en el mismo edificio de Abbey Road y prácticamente al mismo tiempo que el del Sargento Pimienta de los Beatles.

Con su aparición cautivó a los escuchas por su innovadora mezcla de fantasía lírica, ingenio melódico, improvisaciones alucinadas y efectos sonoros surrealistas.

Como compositor y catalizador artístico del grupo, además de ser el único miembro dotado del carisma puro de una estrella del medio rocanrolero, el guitarrista Syd Barrett le había dado a Pink Floyd una voz, una identidad e incluso su misterioso nombre (combinación de los nombres de unos blueseros originarios de Georgia: Pink Anderson [1900-1974] y Floyd “Dipper Boy” Council [1911-1976]).

Sus entusiasmos e influencias se volvieron típicas: oráculos chinos y cuentos de hadas infantiles; ciencia ficción de serie B y los textos de J.R.R. Tolkien; las baladas folk inglesas, el blues de Chicago, la música electrónica de vanguardia, Donovan, los Beatles y los Rolling Stones. Todo cuajaba en el molde del subconsciente de Syd para reemerger con una voz, un sonido y un estilo únicos.

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En el escenario, cuando los músicos no se perdían por completo tras las proyecciones visuales y el destello de las luces, Barrett dominaba la imagen del grupo con la intensidad de su presencia; de manera ominosa agitaba los brazos envueltos en una larga capa, entre ráfagas de feedback interestelar.

En las grabaciones, las letras y la música creadas por él evocaban un mundo mágico poblado por viajeros futuristas en el espacio, agresivos travestis y los gnomos y unicornios de los cuentos de hadas: el mundo distintivo de Barrett.

Pink Floyd sin él era impensable. No obstante, debido a sus problemas la perspectiva de continuar con él para los demás miembros del grupo parecía igualmente nula. En ocasiones, Barrett estaba tan distante que casi se tornaba invisible; en otras, simplemente era imposible de tan errática.

[VIDEO SUGERIDO: Rare PF Interstellar overdrive, YouTube (Paulo A)]

Los amigos y colaboradores atribuían la metamorfosis de Barrett ya sea a algún trastorno mental latente durante mucho tiempo; a las presiones de la celebridad mundana sobre un muy sensible artista visionario de 21 años; o a una dieta constante de LSD y otras sustancias que le freían el cerebro.

Cualquiera que haya sido la causa, todo mundo estaba de acuerdo en que la situación iba de mal en peor. Su irresponsabilidad se tornó cosa de todos los días, con cada vez más frecuencia fallaba en el escenario, se negaba a aparecer o se desplomaba intoxicado.  Entonces, el 6 de abril de 1968 se confirmó que Barrett ya no formaba parte del grupo.

Durante un par de años el silencio descendió sobre él, y sólo las columnas de chismes de las revistas musicales informaban con regularidad sobre supuestos excesos alcohólicos y de drogas. Syd Barrett de repente pasó a encarnar al músico-existencialista genial pero incomprendido, que gozaba de la reputación de contarse entre los tres o cuatro escritores de letras realmente grandes, al lado de Bob Dylan.

Así, a comienzos de 1970 apareció su álbum debut como solista, Madcap Laughs (Harvest), creado con un poco de ayuda de Gilmour y Roger Waters.  Tras él Syd volvió a desaparecer en el exilio, para reaparecer luego de un año con el disco Barrett (Harvest).  Este álbum fue grabado con Gilmour, Rich Wright (teclados) y el baterista Jerry Shirley (de Spooky Tooth).

Desde entonces las noticias acerca del músico, sin duda talentoso, solían hablar de misteriosas enfermedades y adicciones, además de vaticinar reiterada e infructuosamente su comeback (vaticionios fundados en el interés de Bowie por ayudarlo). Los rumores abarcaron desde el “manicomio” hasta “operaciones del cerebro” y una supuesta muerte.

Lo cierto es que en 1988 apareció con la compañía Harvest el álbum Opel, una compilación de sus obras (lo cual siguiría sucediendo a lo largo de los años con todo su material disponible). Tiempo después se descubrió que vivía en Cambridge, metido en un callejoncito en la pequeña casa paterna de los suburbios londinenses.

El hombre que había dado el nombre y la ruta a Pink Floyd llevaba una existencia tranquila y solitaria, propia de un enfermo mental. Entre sus pasatiempos, sólo las pinturas acumuladas por ahí y los lienzos sin terminar ─pintados en un estilo abstracto─ indicaban que se trataba de un individuo dotado de una gran sensibilidad.

El resto del tiempo de Barrett lo pasaba entre los cuidados de su madre, su colección de monedas, la televisión y la lectura. No volvió a tocar una guitarra y la única música que escuchaba era jazz y clásica. No recordaba absolutamente nada de sus compañeros de grupo, ni las andanzas con el mismo.

No obstante, los derechos de los discos hechos por él con Pink Floyd siguieron produciendo suficiente dinero para subsidiar sus modestas necesidades, hasta que le llegó la muerte el 7 de julio del 2006 a los 60 años de edad.

Pink Floyd continuó su marcha triunfal, pero aquella pérdida y sus causas (la desintegración mental de la persona) dejaron una profunda huella en las composiciones de quienes se erigirían en sus guías: Roger Waters, primero, y David Gilmore (quien sustituiría a Barrett), después. Hoy Syd Barrett, a pesar de sus muchas aportaciones estéticas, es un antiguo dios descatalogado.

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[VIDEO SUGERIDO: Pink Floyd Live With Syd Barrett – 1967 (Prt 1/3), YouTube (Canale di TheSpaceFloyd)]

 

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