El 14 de enero de 1967 el “Summer of Love” nació en el Parque Golden Gate de San Francisco, y reunió a cerca de 30 mil personas para manifestarse contra la guerra y a favor de los nuevos valores: “Gathering Of The Tribes For A Human Be-In”, fue el lema y el hecho estuvo respaldado por la música de Grateful Dead y Jefferson Airplane, entre otros, con la participación de los poetas beat Allen Ginsberg y Michael McClure, el promotor del LSD Timothy Leary. El estribillo a memorizar: “Turn on, tune in, drop out”.
Sería el primer evento masivo en la historia de aquel año de 1967, conformado por personas venidas de todos los rincones de los Estados Unidos, pero también de Canadá, Europa, Latinoamérica y hasta de Nueva Zelanda y Australia (la creación de una población instantánea y fugaz, hecha de qué: ¿Vagabundos, peregrinos? Músicos y asistentes: viajeros cósmicos en el Año Internacional del Turismo). Año del irrepetible Verano del Amor.
Michael McClure llegó en 1954 a aquella ciudad que era el refugio de los bohemios, el centro de una intensa vida cultural que se desarrollaba en toda la región de la Bahía. Se convirtió un integrante esencial del núcleo de los poetas beat vinculado al Renacimiento Poético de San Francisco en los años cincuenta y se llegó a identificar de tal manera con la ciudad que, a mediados de los 60, alguien como Barry Miles —un activista (contra) cultural— le consideraba “el príncipe de la escena de San Francisco.”
Presente en los momentos icónicos de la andadura beat, los temas que trató y la manera en que lo hizo inciden aún más en la centralidad de su conexión con este movimiento.
McClure de apenas 22 años, fue el más joven de los poetas que leyeron en la histórica lectura celebrada en 1955 en la Six Gallery de San Francisco —los otros fueron Ginsberg, Gary Snyder, Philip Whalen y Philip Lamantia, y con Kerouac entre la audiencia—. Uno de los dos poemas con que contribuyó fue “Por la muerte de 100 ballenas”, texto que ya prefiguraba lo que sería una de las preocupaciones esenciales de su poesía, en sintonía con los otros miembros del grupo: una suerte de ecologismo de avanzada.
For the Death of 100 Whales
(Por la muerte de 100 ballenas)
“En abril de 1954, la revista TIME describió a setenta y nueve soldados estadounidenses aburridos, estacionados en una base de la OTAN, en Islandia, asesinando una manada de cien orcas. En una sola mañana, los soldados, armados con rifles, ametralladoras y barcos, reunieron y dispararon a las ballenas hasta la muerte.
Leí este poema en mi primera lectura, en 1955.
Hung midsea
Like a boat mid-air
The liners boiled their pastures:
The liners of flesh,
The Arctic steamers
Brains the size of a teacup
Mouths the size of a door
The sleek wolves
Mowers and reapers of sea kine.
THE GIANT TADPOLES
(Meat their algae)
Lept
Like sheep or children.
Shot from the sea’s bore.
Turned and twisted
(Goya!!)
Flung blood and sperm.
Incense.
Gnashed at their tails and brothers
Cursed Christ of mammals,
Snapped at the sun,
Ran for the Sea’s floor.
Goya! Goya!
Oh Lawrence
No angels dance those bridges.
OH GUN! OH BOW!
There are no churches in the waves,
No holiness,
No passages or crossings
From the beasts’ wet shore.
La Generación Beat trató profundamente sobre la naturaleza —el paisaje de la naturaleza en el caso de Snyder, la mente como naturaleza en el caso de Ginsberg. La conciencia como un fenómeno de naturaleza orgánica. Los beats compartieron su interés por la naturaleza, la mente y la biología— área que expandieron y sustentaron con su radical toma de posturas sociopolíticas.
Acompañados por músicos de jazz tales poetas cayeron ahí con el pie derecho y comenzaron a recitar los llamados “mensajes espontáneos”, textos concebidos para ser escuchados, en los que registraba puntualmente la dicción del habla coloquial que ya nunca se ausentaría de su discurso poético. La ciudad se convirtió entonces en punto de reunión de poetas.
Hoy, las cosas han cambiado. El San Francisco de la contracultura y de las luchas sociales ahora es un parque temático para turistas y un enclave de multimillonarios de la tecnología y del comercio electrónico. Los alquileres de los departamentos son tan elevados por lo mismo y han alejado a la gente común que no puede sufragarlos. Ha crecido la población de los homeless, los sin techo, cuyos crecientes campamentos se cobijan junto a complejos residenciales, en donde esperan recoger alguna de las migajas que tiran éstos a la basura. Hoy, también Michael McClure ha muerto a la edad de 87 años (4 de mayo del 2020) para ya no ver todo eso y volver a morir.
VIDEO SUGERIDO: Michel McClure Reading poetry to lions, YouTube (University of California Press)
Los músicos de rock en diferentes etapas y estilos han recurrido a Franz Kafka como uno de sus autores canónicos, por su multiplicidad de situaciones humanas, por su planteamiento de preguntas inteligentes y por su estado de confusión con respecto al mundo que los rodea.
Y lo ha hecho en diverso tiempos y subgéneros, que van del heavy metal al más avezado vanguardismo, pasando por el art rock, el dark, el rock experimental, el post rock o el rock de cámara, entre ellos. Por las cuatro esquinas del planeta se han emitido tributos en canciones y discos completos, en nombre de grupos y evocaciones literarias que se transforman luego en sonoridades.
De América (Kachete, Kafka) a Europa (Samsa -España–, Nigel Kennedy, Joy Division –Reino Unido–, Kafka Band –República Checa–, Franz Kafka Ensemble –Croacia— o Locomotora –Finlandia–) lo recuerdan y se apoyan en él para brindar su expresión artística fundamentada en él.
El mundo del rock se ha acercado al de Franz Kafka porque su temática –frustrante y dolorosa, inquietante y rara–, le resulta a la vez perfectamente próxima y familiar.
«Eres culpable hasta no probar tu inocencia/
Lo siento, pero tú mismo decidiste tu destino/
Eres culpable por haber apartado la vista…»
(«Guilty», The Kinks)
El cuentista y novelista Franz Kafka, uno de los más importantes narradores del siglo XX, nació el 3 de julio de 1883 en Praga (en ese entonces parte del Imperio Austro-Húngaro) como hijo de un acomodado comerciante judío. Desde su temprana juventud y durante toda su vida, con excepción de los últimos años, el sensible e introvertido Franz padeció bajo la férula de su padre, cuyas miras estaban puestas exclusivamente en el éxito económico y social. Una muestra de lo que experimentó en estas circunstancias se halla contenida en su «Carta al padre”, donde resaltan sus intentos por enfrentarlo y las justificaciones.
Los estudios hasta la preparatoria los realizó en la parte vieja de la ciudad de Praga. Pese a sus propias declaraciones al respecto, se sabe que obtuvo buenos resultados en la escuela. Se interesó entonces por Ibsen y el drama naturalista, Spinoza y Nietzsche, por la teoría de la evolución de Darwin y también se adhirió al socialismo.
Durante los primeros dos semestres de estudios universitarios, vaciló entre distintas carreras. Luego, por la voluntad de su padre, estudió derecho. Al mismo tiempo tomó parte constante pero pasiva en la vida literaria de Praga. En ese tiempo inició la amistad que duraría todo el resto de su vida, y un poco más, con Max Brod.
A finales de 1905 presentó los exámenes finales para el doctorado en derecho. Tras recibirse realizó sus prácticas en los tribunales y posteriormente encontró empleo en una compañía de seguros de accidentes para obreros. Pronto se hizo de buen renombre como conocedor de esta rama del derecho. Sin embargo, el trabajo no lo satisfacía. Por otro lado, fue retirándose cada vez más de la vida literaria y social y frecuentaba sólo pequeños círculos.
El diálogo cede al monólogo en el diario llevado por él desde 1910, en el cual plasma sin misericordia algun análisis de sí mismo, sueños, esbozos literarios, epigramas y enfrentamientos con la lectura, sin incluir material histórico ni sobre sus vivencias diarias.
Sólo los viajes interrumpían la monotonía y soledad elegidas por él mismo. Con Max Brod viajó a Italia, París, Suiza, Leipzig y, siguiendo los pasos de Goethe, a Weimar. De todos estos viajes deja constancia escrita.
Treintañero ya, Kafka sostiene una relación amorosa llena de vicisitudes con Felice Bauer, originaria de Berlín, con la cual dos veces se compromete a casarse sin concretar. La manifestación plena de la tuberculosis en 1917 es considerada por él como sentencia del destino contra todos los planes hechos para su vida. Por lo tanto, se separa definitivamente de Felice.
Pasa entonces largas temporadas en el campo con su hermana Ottla. Intercala tentativas de reanudar su trabajo, pero fracasa. Por lo tanto, se retira prematuramente. Desde 1919 pasa diversas temporadas en distintos sanatorios. En uno de ellos conoce a Milena Jesenska-Pollak, pero sus padecimientos físicos y ya psíquicos le impiden desarrollar la relación y se separan. En 1921 conoce a Robert Klopstock, quien se hará cargo, como amigo y médico, del último y más trágico fragmento de la vida de Kafka.
Un giro decisivo en la biografía del escritor significa el enamoramiento por Dora Dymant. Esta mujer descendiente de una familia polaca tiene 20 años cuando conoce a Kafka en el verano de 1923 en el mar Báltico. A fines de ese mismo año deja Praga y la casa paterna y se muda a Berlín. Pese a las dificultades materiales y físicas, Kafka vive unos meses relativamente felices al lado de su compañera, caracterizados por una productividad tranquila.
Sin embargo, la enfermedad lo acosa y en marzo de 1924 Max Brod lleva al moribundo de regreso a Praga, lo cual el escritor experimenta como derrota decisiva frente a su padre y la vida.
Pasa el ocaso de su existencia en el sanatorio de Kierling cerca de Viena. Debido a la tuberculosis de la laringe casi no puede ingerir alimento y se comunica sólo por escrito con Klopstock y con Dora. El último día de su vida se ocupa todavía con la corrección de la obra Un artista del hambre. Franz Kafka muere finalmente el 3 de junio de 1924. El día 11 del mismo mes es sepultado en el cementerio Prag-Straschnitz.
En vida el propio Kafka sólo editó o preparó seis publicaciones poco voluminosas en forma de libros, además de aislados trabajos en revistas. La mayor parte de su obra fue editada por Max Brod contra el deseo expreso del autor de que se destruyera todo lo inédito.
Por otro lado, la obra de Kafka es fascinante y difícil de interpretar. Su carácter es en gran medida un modelo, es decir, situaciones, episodios o acciones aisladas, consideradas con ojos visionarios o construidos en forma surrealista, ficción o como sueños, representan las leyes internas del mundo, de naturaleza tan total que parecen admitir las interpretaciones más distintas.
El hombre desarrollado en todos sus aspectos como individuo ya no ocupa el centro de la atención, sino el tipo promedio que funge sólo como eslabón en un todo no comprendido, imposible de dominar e impulsado por leyes automáticas, por decirlo de alguna manera, en el cual ya no hay manifestaciones teológicas. Dentro de una ficción paradójica, grotesca, a veces humorística, pero con frecuencia aterradora, se plantean los modelos de la existencia humana según estos enfoques y mostrando en ellos la culpabilidad existencial.
Los símbolos arquetípicos, la precisión en las descripciones y la fantasía se unen a una lógica en la realización y el lenguaje, hasta formar un todo convincente que retrata la falta de soluciones a la existencia moderna con una intensidad inigualable. No se dan en sus escritos respuestas a las preguntas últimas. Por todo ello, la obra completa de Kafka ha tenido enormes repercusiones en la narrativa mundial.
Si la obra de Kafka se pudiera ordenar sería en los siguientes términos: En primer lugar, los pequeños dramas presentados en ocasiones familiares, poemas y un fragmento de novela, «El niño y la ciudad” (1903), todos los cuales se perdieron en algún momento, probablemente destruidos por el propio Kafka, pero de los cuales se tiene conocimiento.
Los poemas contenidos en las tempranas cartas y éstas mismas muestran la influencia de los círculos literarios de Praga y el estilo de la revista Der Kunstwart (El guardián del arte), sin gran resonancia, a los cuales perteneció el escritor en su juventud.
En segunda instancia, apartado ya del Kunstwart e influenciado por Hofmannsthal, poeta austriaco contemporáneo, desde 1904 produce pequeñas descripciones de escenas cotidianas desde un punto de vista
alterado y con lenguaje sencillo.
La primera publicación de Kafka, ocho esbozos intitulados «Contemplación” y aparecidos en la revista Hyperion en 1908, formarán el núcleo del breve tomo publicado en 1912 con el mismo título.
El siguiente paso es de finales de 1912 hasta 1914, en el cual Kafka trabaja en la novela Der Verschollene (El desaparecido), la cual no pasa del fragmento publicado en forma póstuma por Brod, bajo el título de Amerika (1927). El primer capítulo salió a la luz en 1913 bajo el nombre de El fogonero en forma de libro.
Kafka recibió por él el Premio Fontane en 1915. En el texto, el joven emigrante Karl Rossmann que bajo el signo de la Estatua de la Libertad llega
a los Estados Unidos, entra una y otra vez en conflicto, debido a su ingenuidad, con las condiciones sociales e individuales del medio, hasta que en la naturaleza de Oklahoma –una institución utópica, en la que el hombre es asignado a tareas de acuerdo con sus verdaderas condiciones interiores– encuentra su modesto lugar en la sociedad.
El esbozo utópico, de suyo un fragmento, parece querer combinar el interior y el exterior, el mundo contemporáneo y el más allá, porque el hombre se encuentra consigo mismo. En opinión del propio Kafka su creación significativa tuvo principio con «El juicio” (escrito en 1912 y publicado en 1916), seguido por La Metamorfosis (1916).
La invención fantástica le sirve exclusivamente para elaborar un modelo puro; en esta última obra, por ejemplo, de las fuerzas que separan al ser de la familia y el mundo de los deberes laborales, pero que a la vez lo destruyen, puesto que no puede sobrevivir dentro de la existencia completamente aislada.
A Mark Lanegan, se le pueden registrar más de una docena de entregas discográficas en su colección solista de formas musicales, aunque en las postrimerías de su vida él mismo se concibiera como figura a la que explorar vía la narrativa, para explicarse literariamente y que se entendieran sus desbarres frenéticos, airear los sucesos, y de paso, ajustar cuentas con otros contemporáneos.
Vayamos por partes. Lanegan nació en Ellensburg (Washington) en noviembre de 1964. Una ciudad cercana al centro donde surgió el grunge, Seattle. Ahí se embarcó en tal estilo con la banda Screaming Trees, a la que lideraba con su voz grave y dramática. Y le dio otra perspectiva al grunge de los años ochenta, desde la segunda fila, tras Nirvana, Pearl Jam, Soundgarden y Alice in Chains.
Luego de ello, en algún momento de su carrera, formó parte de los grupos Mad Season, The Gutter Twins, Soulsavers, The Twilight Singers y Queens of the Stone Age. Incluso colaboró con Manic Street Preachers en el disco The Ultra Vivid Lament. Posteriormente, Lanegan dejó en los noventa sobresalientes y agudas obras como Whiskey for the Holy Ghost y I’ll Take Care of You, y otras tantas, hasta completar las cinco en el 2004 con Bubblegum.
A ello siguieron años de colaborar con músicos como Greg Dulli, Isobel Campbell o James Lavelle, entre otros. A partir de entonces, no hizo más que hundirse en sus propias y turbulentas tinieblas de drogadicción y depresión hasta convertirse en un músico de difícil molde que, incluso, contra todo pronóstico, experimentó con la electrónica.
Tal época de solista abarcó sus facetas de crooner disolvente, de ríspido rockero y de bluesman acerado. Poliédrico él, llegó a editar 11 discos en esas maneras. “Lo más importante en esto de la música es no perder la curiosidad”, dijo. Y ya entrada la segunda década del XXI, en sus siguientes álbumes siguió la estela de Tom Waits y sobre todo de Nick Cave.
Así lo contó en una entrevista: “En el 2012 por primera vez en mucho tiempo, me encontré sin nada que hacer y, en vez de esperar que alguien me llamara, actué yo. Tenía 48 años y, bueno, muchos de mis amigos ya estaban muertos. Cada vez era menos la gente que me podía llamar para hacer algo. Yo seguía vivo. Todo un éxito, si le echas un vistazo a mi biografía”.
En el 2020, efectivamente, la escribió. Lleva por título Sing Backguards and Weep, donde buscó reconciliarse con su pasado en un libro de memorias. Su lectura produce sensaciones contradictorias, primero por la imagen que siempre proyectó y la explicación que da de sí mismo. No hay literatura, es una narrativa con demasiado balbuceo y mucha condescendencia con sus dependencias, a las que dedica y se regodea en decenas y decenas de páginas. Lo sustancial es breve e iluminador sobre la escena grunge, sobre todo.
Es un testimonio directo, pero menor, sobre la gente con la que convivió en ese tiempo en que nació, desarrolló y feneció tal estilo (del que renegó cada vez que pudo). Es más que nada un ajuste de cuentas con algunas de sus personalidades, y un autorretrato construido a la medida, antes de fallecer el 22 de marzo del 2022, a los 57 años.
Por otro lado, lo mejor de Mark Lanegan siempre será su música como solista. Y de ese legado, su álbum Straight Songs of Sorrow (2020), es su verdadero testamento, el sonido de su repaso existencial o, de manera más poética, el soundtrack de sí mismo.
El disco es, por lo mismo, una obra hecha con material ávido y profuso (quizá ya intuía la llegada del fin) en su más de una docena de composiciones, y el crisol de una revisión profunda y visceral sobre la vida y música que lo poseyeron mientras duró su existencia.
Y, como no podía ser de otra manera, el tema inicial ‘I Wouldn’t Want to Say’ es la evocación de un momento crucial para muchos creadores del género: el dickensiano encuentro con el espectro de la trinidad berlinesa David Bowie-Lou Reed-Iggy Pop. El instante de los hechos y desechos en la vida. De la opción entre el borrón y la cuenta nueva o el desaire al futuro.
Tal circunstancia es el mejor comienzo para un álbum semejante, ya que a la postre, durante su escucha, Straight Songs of Sorrow mostrará a todos los Lanegan conocidos de una manera atingente y estruendosa. Es un trabajo de lucidez en donde el músico se descubre, se disecciona sin piedad y pone en la balanza las consecuencias de quien ha sido.
Es un trabajo con hondura que requirió de los acompañantes adecuados para semejante tarea, y cuya colaboración resulta garantía de efectividad: Adrian Utley de Portishead, Greg Dulli de The Afghan Whigs, Warren Ellis de Bad Seeds, John Paul Jones de Led Zeppelin y el reconocido cantautor británico Ed Harcourt.
Con ellos, Lanegan ofrece su muestrario de franquesas y sinceridades, de ardientes y nebulosas imágenes de rock, como ‘Ketamine’, ‘Churchbells, Ghosts’, ‘Ballad of a Dying Rover’ y ‘Bleed All Over’, así como las frágiles sensaciones de soft rock como ‘Apples from a Tree’ y ‘This Game of Love’, acompañado de su esposa, Shelley Brien, en donde rememora sus apreciados duelos con Isobel Campbell.
Con todo este conjunto de letanías y compañeros, Lanegan se eleva sobre su propia figura (a la que intentó mixtificar en el libro autobiográfico), suena épico y contundente, circunstancia ilustrada en los más de siete minutos de ‘Skeleton Key’, una composición con voz hiriente y aprehensiva, tras cuya escucha se debe hacer el gran esfuerzo de separar al hombre de la obra y apreciar en lo todo lo que vale un álbum difícil de olvidar.
VIDEO: Mark Lanegan – Skeleton Key, YouTube (Mark Lanegan)
A mediados del siglo pasado la lucha por los derechos civiles, por parte de las minorías sociales, y la movilidad provocada por ella en la sociedad estadounidense, establecieron la necesidad de propiciar, más que buscar, nuevas maneras de legitimar las identidades culturales.
Para la generalidad de los estudiosos del fenómeno, muchas comunidades se contrajeron sobre sí mismas en nacionalismos autóctonos y por lo tanto excluyentes, como la de los negros (afroamericanos). En éstos, la identidad individual se expresó por medio del arte y el activismo de diverso calado, y para eso requirió de un elemento fundamental: la palabra.
Dicho elemento, a través de la voz, se asentó como el único medio capaz de contener y reproducir el paso del tiempo, al retratar historias, vivencias, desarrollos, leyendas, pensamientos, así como los odios y rencores de tal comunidad. Una de las manifestaciones más destacadas e influyentes en este sentido, y desde el principio, fue la del escritor estadounidense LeRoi Jones, (1934-2014).
Bardo, intérprete, agitador. Ello es parte de lo que fue LeRoi Jones (posteriormente Amiri Baraka), un hombre multidimensional, ideal para conceptualizar como vehículo expresivo de tal lucha.
El libro Blues People, de su autoría, es un texto fundamental de esa Unión Americana tan marginal como repudiada que tanto ha contribuido al arte y la cultura de aquel país. El volumen lleva un subtítulo significativo: “Música Negra en la América Blanca”. De ello es de lo que trata su largo ensayo. Y eso que lo sustenta es, en sus propios términos: “La senda que recorrió el esclavo para llegar a la ciudadanía”.
En uno de sus párrafos continúa explicando: “Creo, que si el negro representa o simboliza algo propio de la naturaleza de la cultura estadounidense, o conectado con ella, ese algo se hace patente a través de su música característica”.
La gente negra no llegó en un crucero de placer al continente americano, fue extirpada con violencia de su lugar de origen y ofrecida, luego, como mercancía. Los negros fueron, además, como lo afirma el autor, tratados como unos animales con características especiales.
No tuvieron, como los esclavos de la Antigüedad (griega, romana, etcétera), la oportunidad de cambiar su condición (grandes artistas de dicha Antigüedad fueron esclavizados tras hazañas guerreras, pero luego con el tiempo recobraron aquélla). Los negros que llegaron a los Estados Unidos tuvieron exclusivamente valor económico. Su status no correspondía a la raza humana.
En las plantaciones donde fueron adquiridos, los esclavos primigenios cantaban o vociferaban sus penurias en sus dialectos africanos. Sin embargo, afirma el autor, “en estos idiomas no había antecedentes de canciones del tipo AAB estructuradas en secciones de doce compases”. Pero sí hubo “la presencia de un solista y un coro”. Además de los gritos (shouts) como forma de expresión.
Con el paso del tiempo llegaría la apropiación del idioma inglés (no había de otra) por estos emigrantes forzados que quedaron atrapados en el extraño ambiente que les fue impuesto. Asimismo, tuvieron, a su pesar, que resignarse al imposible retorno al origen y aceptar su nuevo y no deseado entorno y circunstancia (así nació el blues).
De tal suerte comienza a surgir, pues, el ser negro estadounidense. Ahí está el planteamiento mismo de su ensayo: “El inicio del blues representa el inicio de la existencia de los negros americanos… Cuando la Unión Americana adquirió para los africanos la suficiente importancia para que fuera transmitida a sus descendientes, mediante expresiones investidas de una forma perdurable, tales expresiones se plasmaron en lengua afro-estadounidense”.
(El investigador y autor Ron David ha escrito lo siguiente, en la misma tesitura: “Los lingüistas modernos –estructuralistas— tienen una teoría que es interesante a pesar de su infame origen. Es así: Los cautivos de diferentes culturas africanas son arrojados juntos a América; no tienen un lenguaje en común, así que inventan palabras –inglés pidgin— el comienzo de un nuevo lenguaje; al principio las palabras no tienen gramática –no hay una forma lógica de engancharlas–; la gramática no se desarrolla gradualmente, tal como se esperaría; la gramática es inventada por completo por la primera generación de los recién llegados –porque el lenguaje, finalmente, está incorporado en la maravillosa estructura de la mente humana. Retorcidos racistas genéticos, tomen nota)
De esta forma el idioma inglés de la gente negra fue aceptado para confirmarse en su nuevo país, nunca más África. En el transcurso de la adopción quedaron una tristeza, una melancolía y una angustia inexpresables en las viejas lenguas, emociones que se encarnaron musicalmente en aquello que se nombra como blues. No obstante, para Jones, “los cambios de tono en la voz para variar el significado de las palabras, rasgo también propio de las lenguas africanas, fueron transportados al inglés por los negros esclavizados”.
Entre las tantas aberraciones cometidas contra ellos, la prohibición a los esclavos del uso de tambores, paradójicamente fomentó también la creatividad e impulsó con ello dos factores que también han estado presentes en la música africana desde siempre, aunque tal vez menos desarrollados que el ritmo: la melodía “bluizada” o bemolizada, y la improvisación.
“Tampoco los instrumentos africanos (a excepción del banjo y el xilófono) perduraron, perdidas las artesanías por el trabajo monótono de las plantaciones. Pero el uso original, inédito, de los instrumentos occidentales creó una nueva forma de música.
“Así, el blues recorre un largo, fructífero y variado camino, enriqueciendo la música religiosa afroamericana (el gospel y el spiritual) y enriqueciéndose con ella, desarrollando luego formas particulares como el boogie-woogie, el rhythm & blues y el rock & roll, hasta llegar al rock clásico y sus corrientes de los 80 y 90 como el grunge, el hard rock, el rock progresivo, ciertas corrientes del metal y tantas otras; y también, por cierto, nace el jazz, con sus principales variantes que se basaron en el blues, como los estilos New Orleans y Chicago, el swing, el bebop, el hard bop, el cool jazz, el funk y el free jazz, también por mencionar algunos.
“El ensayo de Jones –escriben los reseñistas– se ocupa de diversos temas que tienen que ver con las relaciones entre la música y la sociedad. El esclavo y el pos-esclavo, con sus diferentes visiones de la vida, constituyen un leit-motiv en todo el desarrollo del libro. Un capítulo está dedicado a analizar el blues primitivo y el jazz primitivo. La Guerra de Secesión, que significó el inicio de la emancipación de los negros, hizo que el blues se alejara de los cánticos colectivos para hacerse expresión personal.
Generando así una gran masa de hombres que pierden su ligazón con la tierra, deambulan por los campos y se acercan a las ciudades. “La música de los negros”, afirma Jones, “comenzó a reflejar estos cambios y complejidades sociales y culturales. El blues se consolida y aparece el blues clásico en su expresión urbana. Diversas escuelas producen una pléyade de artistas que pronto acceden a la reproducción discográfica y los grandes espectáculos….”. Sí Blues People es un libro enriquecedor.
VIDEO SUGERIDO: Amiri Baraka – AM/TRAK, YouTube (Sean Bonney)
Durante décadas, desde que su nombre se hizo conocido, Umberto Eco (ese hombre nacido en Alessadria en 1932, y fallecido en Milán en el 2016) fue una personalidad asidua e infaltable de la cultura contemporánea, a nivel mundial. Al morir, la frase que resaltó en sus obituarios fue: “Recorrer su vida y su carrera significó reconstruir materias importantes de nuestra historia y civilización hasta el momento”.
En 1954, Eco se doctoró en Filosofía y Letras en la Universidad de Turín. Desde entonces, logró infinidad de reconocimientos académicos, premios culturales y nombramientos honoríficos en varios países. En su trayectoria, casi 40 universidades de todo el orbe le concedieron el doctorado Honoris causa. Varias de ellas tuvieron la distinción de inscribirlo en su plantilla docente. A la postre, tal labor fue la que más disfrutó: la de ser profesor.
Sí, porque para él, el saber adquiría sentido si se compartía críticamente. La filosofía, desde su punto de vista, era abrirse al mundo (a su estupidez, incluso), con rigor y humor. Supo penetrar con su sabia y curiosa mirada, los libros, las teorías y las ideologías que permeaban todo el conocimiento humano. En él crecían las ideas y con él crecimos todos nosotros al leerlo disfrutarlo. Fue un verdadero Maestro.
Eco, considerado uno de los grandes filólogos, filósofos y semiólogos, a nivel global, ganó notoriedad desde joven en tales disciplinas, sin embargo, su fama mundial se la debió al extraordinario éxito de su novela En nombre de la rosa, de la que se han vendido millones de copias en el mundo.
Este texto (1980), fue uno de los debuts literarios más impactantes de la historia de la literatura porque puso en juego todos los saberes del escritor. Un empeño personal logrado y reconocido plenamente por todos aquellos que han leído el libro.
Tras su aparente tinglado de novela negra, está también su incuestionable condición de tratado filosófico y la de libro clásico que admite un sinnúmero de lecturas posibles: la histórica medieval (plena de contexto y perspectiva), la narrativa (fascinante, dentro del género del thriller), la ética (crítica moral contra los purismos y las verdades únicas), la semiológica (que aborda el conocimiento de la humanidad, a fin de cuentas), así como la de libelo revolucionario (con todas sus contradicciones ideológicas), entre otras.
“Huye, Adso, de los profetas y de los que están dispuestos a morir por la verdad, porque suelen provocar también la muerte de muchos otros, a menudo antes que la propia, y a veces en lugar de la propia”, argumenta Guillermo de Baskerville, uno de los personajes principales, sino el más.
El libro de Eco, El nombre de la rosa, es, pues, un thriller medieval (ubicado en 1327) en torno a las muertes que suceden en una abadía de los Apeninos, famosa por su biblioteca única, a causa de un incunable volumen prohibido que diserta sobre la “diabólica” risa. Con ello, el autor italiano trató una de sus luchas y temas fundamentales: el peso de las palabras.
En uno de los pasajes a destacar de la novela, el joven protagonista cuestiona a su maestro, que no quiere interceder por una muchacha inocente condenada a la hoguera por brujería, a pesar de que éste ha entablado fuertes discusiones filosóficas con sus superiores e incluso con los inquisidores, con respecto a las situaciones que derivan en denuncias y las condenas por culpabilidad, y en la defensa de los libros, de todos los libros.
El joven aprendiz y novicio, a quien mueve el amor por la muchacha, reprocha a su maestro lo siguiente: “¿Son entonces más importantes los libros que las personas?”. La importancia de las personas, parece responder el interpelado, en su afán por preservar y fomentar la transmisión del tesoro que guarda la formidable biblioteca de esa abadía, radica en las palabras, y cuando las palabras son prohibidas o banalizadas, las personas desaparecen.
En la última página de El nombre de la rosa hay una frase en latín (Stat rosa pristina nomine, nomina nuda tenemus) que puede significar algo así como: “es el nombre desnudo de la prístina rosa todo lo que al final nos queda de ella”. O traducida de manera más simple: «De la rosa sólo nos queda el nombre». Evocando así el verso del poeta Walter de la Mare: “There is a wind where the rose was”. Es decir, sólo queda el viento, donde estuvo la rosa. De las cosas y las personas al final sólo nos queda el nombre, su halo.
Un recordatorio tanto al joven, como a los lectores, de que en todo amor pasado a la larga se va evaporando el recuerdo de un rostro, pero en la memoria siempre permanecerá el aroma de un nombre inolvidable.
La del amor, entonces, es otra de las lecturas que se dan este libro apasionante. Y uno de los primeros autores vernáculos que cita el joven protagonista al respecto En el nombre de la rosa, está Máximo de Bolonia, a quien se adjudica en el libro Speculum Amoris, el señalamiento del amor como una enfermedad: “La lectura de aquellas páginas me convenció de que sufría esa enfermedad…Si bien por un lado me preocupaba el hecho de estar enfermo, al mismo tiempo me iba convenciendo de que a pesar de encontrarme así, la enfermedad que padecía era normal, puesto que tantos otros la había sufrido de la misma manera”.
A su vez, Ibn Hazm, añadía al respecto: “El amor es una enfermedad rebelde, que sólo con el amor se cura, una enfermedad de la que el paciente no quiere curarse, de la que el enfermo no desea recuperarse”.
Por su parte, Basilio de Ancira decía que: “El amor entra por los ojos. Quien padece dicho mal demuestra –síntoma inconfundible—un júbilo excesivo, y al mismo tiempo desea apartarse y prefiere la soledad, a lo que se suma un intenso desasosiego y una confusión que impide articular palabra. Cuando se le impide contemplar al objeto amado, el amante sincero cae en un estado de abatimiento que a menudo lo obliga a guardar cama, y a veces el mal ataca el cerebro, y entonces el amante enloquece y delira. Y si el mal se agrava puede resultar fatal”.
En una frase de santa Hildegarda se puede leer lo siguiente: “El humor melancólico es el sentimiento que experimenta quien se aparte del estado armónico y perfecto que distingue la vida del hombre en el paraíso, y de que esa melancolía se debe al soplo de la serpiente y a la influencia del diablo. La idea es compartida por ciertos autores sabios como el autor de Liber continens, que identifica la melancolía amorosa con la licantropía, en la que el enfermo se comporta como un lobo”.
Por otro lado, el gran Avicena “define al amor como un pensamiento fijo de carácter melancólico, que nace del hábito de pensar una y otra vez en las facciones, los gestos o las costumbres de una persona del sexo opuesto: no empieza siendo una enfermedad, pero se vuelve enfermedad cuando, al no ser satisfecho, se convierte en un pensamiento obsesivo, que provoca un movimiento incesante de los párpados, una respiración irregular, risas y llantos intempestivos y la aceleración del pulso”.
“Finalmente, encontré un pasaje de Arnaldo de Villanova, que atribuía el mal de amor a una abundancia de humores y de pneuma, o sea el exceso de humedad y calor en el organismo humano…Cuando el deseo del objeto que perciben los sentidos se vuelve demasiado intenso, la facultad estimativa se perturba sobremanera y ya sólo se nutre con el fantasma de la persona amada. Entonces se produce una inflamación del alma entera y del cuerpo, y la tristeza alterna con la alegría. Como cura, Arnaldo aconseja tratar de perder la confianza y la esperanza de unirse al objeto amado, para que el pensamiento vaya alejándose de él”.
Muchas curas y soluciones a la enfermedad del amor proveyeron aquellos sabios antiguos, pero sabemos, como escribiera Umberto Eco, en uno de los enormes libros de la literatura (que las contienen), que de la rosa siempre quedará su halo en la memoria.
En los albores del siglo XX, algunos filósofos neopositivistas del círculo de Viena, herederos de aquella consigna de Newton de abandonar lo que el vulgo entendía por las cosas a través del arte, sustituyéndolo por la expresión matemática de todas las instancias (a la que ya Galileo consideraba como la lengua en la que está originariamente cifrado el libro de la naturaleza), acuñaron la despectiva fórmula “lenguaje ordinario” para designar esa peligrosa herramienta del arte, nada científica y siempre sospechosa de todo.
Con la idea de superar las “turbulencias” causadas por tal lenguaje y las “ilusiones” creadas por la elasticidad gramática, muchos científicos, naturalistas y matemáticos, investigaron las pautas de comunicación animal, con la mira secretamente puesta en la posibilidad de hallar el acceso a una verdad que soslayara la ambigüedad de las palabras en el arte y en la que no tuviera cabida la posibilidad de torcer el sentido con quién sabe qué perversas intenciones “artísticas”, pregonaban.
Entonces llegó 1922 y Ludwig Wittgenstein, en su Tractatus lógico-philosophicus, dio en el clavo al protestar contra la arrogancia de sus colegas, filósofos y científicos, cuando repudiaban el “lenguaje ordinario”, denunciando en ese rechazo igualmente la ilusión de un “lenguaje extraordinario”, porque no tenemos más lenguaje que el ordinario, no hay una alternativa al lenguaje más allá de él, y sería sólo en sus márgenes en donde brillarían las demostraciones, los ritmos y las armonías.
Fuera del terreno científico, lo que luego se llamaron las “bellas artes”, por su parte, abrigaban la esperanza de descubrir nuevas formas de la percepción sensible, interior y espiritual, la estructura oculta de los cuerpos, de los sentimientos, de sus figuras, de las dimensiones y de las proporciones de los mismos, más allá de los engañosos nombres que las recubrían y disfrazaban.
La primera herramienta para hacerlo se llamó “abstracción”, en las artes visuales, que despertó la promesa de un “sistema de representación” más verdadero y auténtico que el de la tradición naturalista.
Lo mismo sucedió con el atonalismo y el posterior dodecafonismo en el terreno de la música: su llegada fue saludada como la emergencia de un nuevo lenguaje que, si al principio sonaba extraño o ininteligible, acabaría mostrándose como más adecuado que el del clasicismo vienés. Y cosas parecidas sucedieron en el ámbito de la política, de la economía o de la moral sexual. Era un tiempo en el que cada otoño se anunciaba la aparición del esperado “nuevo lenguaje”.
Entonces llegó 1922. Y lo hizo con el desfile de las letras, para crear distintas formas del lenguaje “ordinario”. Aparecieron en el horizonte un puñado de magníficos autores con sus obras y la intención de modificar las cosas. Lo lograron.
Hoy les hablaré de tres de ellos.
TRILCE(CÉSAR VALLEJO)
No sólo los músicos peruanos (país donde nació este poeta en 1892) saben que César Vallejo fue un bluesmen. Tuvo en la tristeza (elemento fundamental del género) uno de sus principales recursos, así como la ardua tarea de suspender vínculos lógicos entre palabras como estética primordial (como lo haría todo bardo del Mississippi).
Ese oficio de poeta bluesero lo condujo hacia una poesía de vanguardia que tuvo su magna obra en el poemario Trilce (1922), libro que ha dado lugar a estudiosos de la lengua y la literatura para hablar, incluso, de una epistemología propia contenida en él (vaya, sus propios instrumentos inventados): “Es seguramente el más radical de los libros en lengua española; su lenguaje dice más que lo que dice, rompiendo mucho la sintaxis; su función era pensar el mundo desde el lenguaje”, han dicho.
En efecto, la de Vallejo no fue una lengua cualquiera. Su vanguardismo lo llevó hacia el mismo nacimiento de una tristeza ancestral, como la que cantaron los trasplantados a fuerza en spirituals, por ejemplo: “Yo nací un día / que Dios estuvo enfermo, / grave”. O: “Hay golpes en la vida, tan fuertes […] como si ante ellos, / la resaca de todo lo sufrido / se empozara en el alma… ¡Yo no sé!”. El sollozo de los que se han perdido. En el blues de Vallejo está esa orfandad, esa angustia, esa soledad, escrita y contada con un emotivo y singular abecedario.
La Tierra Baldía(T.S. Eliot)
Existen instantes en la formación de la cultura personal que significan una especie de conversión, cuando la materia que se está estudiando, leyendo, escuchando, investigando, deja de ser una cuestión ajena y se convierte por un tris cósmico en una revelación, en una nueva forma de estar en el mundo.
Eso pasa cuando se escuchan algunos discos o canciones que son parte de tu soundtrack (el joven y formativo que te construyó), y descubres que a través de ellos (de la intelligentsia rockera) has leído de alguna manera la obra de un escritor como T.S. Eliot, por ejemplo, que a esos músicos ha influenciado.
Que las ideas de aquél –sobre el espíritu de los tiempos, el uso de la palabra y la civilización– han sido pasadas por otro molino, el contemporáneo, pero cuya fibra y savia, se mantienen incólumes para alimentar a otra generación, que a su vez provocará con su relectura (de conocimiento o evocativa) que otra haga lo mismo en instantes como los mencionados, y así sucesivamente.
¿Y cuál es la importancia de Eliot, en este caso, para todo ello? De manera muy sintética, en extremo, la respuesta estaría en tres palabras: The Waste Land (La tierra baldía). Para llegar a esta topografía, el autor tuvo que recorrer un largo camino de siembra (del entorno) y deforestación (de sí mismo) y concluir en tal paraje frente a la penuria humana.
ULISES (JAMES JOYCE)
Imagina que estás en un bar y alguno de los ingeniosos comensales te hace, ante todos los reunidos, la pregunta retórica de cómo estuvo tu día. Y tú, calmo y paciente –como si hubieras esperado la pregunta toda la eternidad y hubieras acumulado energía y fuerza para dicho momento— te decides a contestarla no con un cliché o un “bien” al vuelo y sanseacabó. No. Capturas la atención del atrevido, y de los demás, y la contestas como si te fuera la vida en ello, literalmente.
Entonces, echas a andar el arte-facto que has armado por años y años, con un sinfín de cosas de la más variada índole. Y de tu boca salen absolutamente todos los momentos de las últimas 24 horas, todos. Con pelos y señales. Cada movimiento, cada conversación, casual o no, cada pensamiento, cada deseo carnal o no, cada conocimiento, cada recuerdo, cada acción.
Y las conexiones de cada una de esas cosas han llegado a tu mente, propiciando que tus neuronas conecten tus experiencias, de primera o segunda mano, con tus más íntimos alegatos, tus múltiples conocimientos evocados, la explicación de tus sentimientos, de tus chistes privados, de tu nombrar las cosas desde tu individualidad, y en la misma secuencia en que aparecen, sin orden aparente, pero que definen un ser y estar en el tiempo, tu tiempo, con su interior y exterior.
Y ese monólogo (coral) lo dices con una novedosa forma de expresión (digamos modernista), con técnica realista, con audacia rítmica y musical, como si estuvieras creando al mundo por primera vez. Un viaje por un solo día. Inténtalo la siguiente vez que te hagan la pregunta. Te enfundas en la piel de Ulises y te embarcas para la posteridad. La historia de lo que pase con tu relato, como le sucedió a James Joyce, será otra, igual de intrincada, porque entonces llegó 1922…Y las leyendas comenzaron.
VIDEO: The Beatles – A Day In The Life (New Video), YouTube (Devin B.)
La idea romántica acerca de lo primitivo y el convencionalismo cultural al que se le puso la etiqueta del «Buen Salvaje», permitieron a los europeos blancos educados proyectar sus fantasías, ideales y deseos sobre las razas «exóticas» desde el inicio de la era moderna.
El hombre negro del mito blanco encarnó lo que Occidente consideraba como lo mejor o lo peor del ser humano en su condición natural no civilizada. Conforme ha cambiado la opinión occidental acerca de la naturaleza y lo deseable de lo primitivo, también ha cambiado el retrato occidental del colectivo negro.
Los blancos han utilizado a los negros como pantalla sobre la cual proyectar un montaje en torno a lo primitivo desde hace por lo menos 300 años. Aphra Behn, a veces mencionada como la primera mujer en las letras inglesas que se ganaba la vida escribiendo, también tuvo la distinción de ser la primera persona inglesa que incorporó al negro en una idealización romántica, tal como lo hizo en su novela Oroonoko, or the Royal Slave, de 1688.
En ella, pese a que se cría en la selva, el personaje Oroonoko posee las virtudes de un príncipe europeo martirizado: «No podía haber nada más bello, agradable y apuesto que él en la Naturaleza. Su piel es negro azabache; su nariz, fina y romana, en lugar de africana y chata. Maneja a la perfección los instrumentos del ingenio y la cortesía y es tan sensible hacia el Poder como cualquier príncipe civilizado en las escuelas más refinadas del Humanismo y Erudición, o en las Cortes más insignes», se puede leer ahí.
La fórmula en que se basa dicha novela se ha mantenido hasta hace muy poco. Generalmente, los escritores blancos crean personajes negros a partir del impulso por describir la naturaleza fundamental de las cosas.
El poeta abolicionista Thomas Day, a fines del siglo XVIII, imbuyó a los negros de su texto The Dying Negro de todas las virtudes adjudicadas por J. J. Rousseau al hombre natural: «Aunque su rostro no se adorne de tintes rosados/Ni resplandezcan trenzas sedosas con gracia fluida;/De temple etéreo son sus almas/Y en sus venas reina el impulso del honor…»
William Blake, 16 años después de publicarse el anterior poema, destiló en una sola línea el proceso mítico por medio del cual el romanticismo proyecta sus ideas muy europeas acerca de lo primitivo sobre otras razas. Su Pequeño Niño Negro exclama, desde las selvas africanas: «Soy negro, pero ¡oh!, mi alma es blanca».
La proyección del romanticismo blanco sobre la cultura negra medró luego en el Nuevo Mundo. El caso más famoso son las páginas de La cabaña del tío Tom. El tío Tom constituye un ejemplar tan risible de las virtudes cristianas abrazadas por los abolicionistas de la Nueva Inglaterra en 1852, que se ha convertido en prototipo del hombre negro incapaz de distinguir entre los ideales blancos y las realidades de la vida negra.
Harriet Beecher Stowe, su autora, deja en claro desde el principio de su novela que su retrato de la vida negra pretende captar la bondad ideal de la raza humana.
Las convenciones románticas acerca de lo primitivo y las apreciaciones blancas sobre la vida negra se han entrelazado a tal grado, que muchos de los propios escritores negros llegan a confundirla.
El libro Raíces, del fallecido escritor Alex Haley, debió su popularidad más a su hábil manipulación de la mitología romántica que a su precisión en cuanto a la historia negra. No es de sorprender que al ser adaptada para la televisión haya reunido al auditorio más grande de todos los tiempos, en un país predominantemente blanco como los Estados Unidos.
Al igual que Aphra Behn o Harriet Beecher Stowe, Alex Haley proyectó sobre los esclavos una visión de la condición africana primaria que refleja una añoranza profundamente sentida tanto por blancos como por negros.
Kunta –el personaje–, nacido en Gambia en 1750, crece inmerso en la dignidad típica del «Buen Salvaje». De hecho, hay poco que lo diferencie de Oroonoko, con la excepción de que la suya es una dignidad primaria con alma. «El primer sonido que escuchó el niño fue el sordo y rítmico bum-bum-bum-bum-bum de las manos sobre el mortero de madera», al moler el cuscús las mujeres de la aldea. Su bautizo africano se realiza acompañado por el sonido de los tambores y despierta de sus sueños infantiles al llamado del Tabolo.
Para 1976, cuando se publicó Raíces, el paraíso negro del convencionalismo romántico estaba firmemente establecido como el Edén con un ritmo de fondo; a fin de captar el sonido del África primitiva, sin darse cuenta Haley reprodujo el beat fundamental del rock & roll primigenio que instauró Bo Diddley en la famosa canción “Who Do You Love?” (jungle beat), y que derivó en muchas de sus piezas históricas a partir de ahí.
VIDEO: Bo Diddley – Who Do You Love? (1987), YouTube (James Power)
Patrick Süskind (nacido en Ambach, Alemania, el 26 de marzo de 1949), es un escritor alemán, novelista, dramaturgo y guionista de cine, que actualmente radica en Munich, y el cual nunca esperó el éxito de su primera novela, Das Parfum (1985: «El Perfume”). Afirmó, tras su edición y buen recibimiento, que la escribió en secreto y que sus amigos y familiares no sabían de su existencia hasta que fue publicada.
«Pensé que era una historia tan absurda que, en caso de terminarla alguna vez, pudiera tener algunos cuantos lectores entre personas interesadas en la historia y la literatura», recordaba Süskind por entonces. Cuando los críticos y los lectores en todo el orbe aclamaron la novela como una asombrosa hazaña –que para ese momento ya había sido traducida a más de 12 idiomas— el escritor respondió con cautela ante el asedio mediático.
Concedió pocas entrevistas y rechazó un premio de literatura de cinco mil dólares del periódico de Frankfurt que originalmente presentó la novela en forma seriada, jurando que jamás aceptaría un premio por lo que escribía (obviamente con el tiempo cambió de parecer).
El Perfume es un relato extraño, irónico y perturbador en torno a un antihéroe enajenado de la sociedad. Jean-Baptiste Grenouille es un bastardo huérfano, despreciado y degradado, que vaga por la Francia del siglo XVIII asesinando a hermosas jóvenes a fin de destilar con sus aromas corporales un perfume que lo transformará en el hombre más deseable y poderoso sobre la Tierra.
Los críticos han descrito la novela regularmente como un cuento de hadas, como una novela filosófica y como una alegoría de la megalomanía política. En este último caso, algunos de dichos especialistas han trazado paralelos entre Grenouille y Adolf Hitler. Súskind confirmó la observación. El Tercer Reich, explicó, «siempre estuvo al fondo de las mentes de los miembros de mi generación. No importa que uno escriba poemas, obras de teatro o novelas. Incluso entonces es el tema», afirmó.
El autor bávaro observó con interés que los críticos franceses y anglosajones captaron la alegoría política de su relato, mientras que los críticos de su propio país no la vieron.
Los reseñistas alabaron la espléndida evocación lograda por Süskind del París y de la campiña francesa del siglo XVIII. También elogiaron sus discursos fascinantes y detallados sobre el proceso de la fabricación del perfume que figuran a lo largo de la novela. Uno de los aspectos más descollantes de la misma.
Según coinciden la mayoría de los especialistas, parte de la brillantez del texto es el uso que el autor da a los olores, tantos los sensuales como los repugnantes, como un leit motiv. El reconocido escritor y crítico John Updike llamó a esta «reconstrucción del mundo en términos de aroma» una «proeza encantadora».
Süskind, asimismo, habló de su método de investigación como el de un sumergimiento en el mundo de los olores durante los dos años que dedicó a escribir la novela. Viajaba por las regiones productoras de perfume del sur de Francia sobre una pequeña motocicleta (Scooter): «Con los goggles puestos, apenas podía ver; y con el casco, no escuchaba nada –ha recordado -. El olfato era prácticamente el único sentido que me funcionaba sobre la Vespa».
Asimismo, y en oposición, algunos críticos hicieron hincapié en que varios aspectos cruciales de la historia parecen artificiosos, sobre todo el desenlace.
Igualmente, se cita la incongruencia de que uno de los rasgos monstruosos de Grenouille sea la ausencia total de olor corporal, a la vez que por coincidencia posee también un sentido del olfato extraordinariamente agudo.
Sin embargo, lo que más apaciguó a los reseñistas, fueron, quizá, el acierto del autor de no crear personajes de más en la novela, y el hecho de que Süskind no haya incitado en los lectores empatía alguna con el protagonista, a pesar de la habilidad de Grenouille para cautivar y mantener la curiosidad sobre sí mismo, a través de toda la historia.
A la postre, la mayoría de los críticos llegó a la conclusión de que la narración absorbente e imaginativa de Süskind permitía dejar de lado la verosimilitud y abandonarse al fascinante texto escrito con un magnífico estilo.
En fin, yo creo que al igual que El nombre de la rosa de Umberto Eco, El Perfume es una fábula histórica y un libro canónico que se fundamenta (y muy bien) en la ficción, no en el realismo, para intrigar y deleitar a los lectores (con todos sus sentidos), y para reincidir en ella, tanto como para leerla diez veces y escribir alguna canción ilustrativa, como en el caso de Kurt Cobain, que descubrió en ella infinidad de cosas
VIDEO: Nirvana – Scentless Apprentice (MTV Live And Loud, Seattle – 1993), YouTube (DrainedNirvana)