PHIL SPECTOR

Por SERGIO MONSALVO C.

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EL MURO Y SU SONIDO

Phil Spector, el más legendario de los productores musicales en la historia de la música; cuyo nombre es sinónimo de genialidad en ese rubro; el que produjo discos míticos como el de las Ronettes, el Christmas Gift For You, el Death of a Ladie’s Man, de Leonard Cohen, el End of the Century de los Ramones o el Let it Be de los Beatles, está a punto de cumplir los 80 años de edad.

De su lado oscuro ya se ha hablado y escrito mucho, pero en el otro lado de la moneda está el Phil Spector luminoso, el mimado por la genialidad. El que lleva a lugares mágicos con su cancionero único y placentero, mezcla fascinante de euforia, inocencia y nostalgia atemporal.

Su obra permite al oyente descubrir a un productor que conocía los secretos del pop clásico de los cincuenta, gracias a su aprendizaje en el Brill Building neoyorquino. Spector aporta tales señas en cuidadas sinfonías, en pequeños adornos que serán decisivos en el terminado, pero sobre todo demuestra un conocimiento pleno del estudio de grabación en donde despliega toda su habilidad para captar la fogosidad de la música.

Lo impuso como el lugar para concretar todo el esplendor de las ideas sonoras (cuando las hay), ordenadas a base de horas y horas de trabajo, de sensibilidad sonora y desgaste en las relaciones personales con los intérpretes. Eso tuvo un nombre, clásico entre los conocedores de la música popular: The Wall of Sound (el muro de sonido, su criatura).

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Él se encargaba de todo el proceso realizador, mientras llenaba el estudio de instrumentos que intentaba que sonaran a la vez: dos pianos, varias guitarras, un clavicordio… Grababa todo y regrababa. Era un obseso de la perfección hasta conseguir una ráfaga divina que distinguiera cada canción.

En aquellos primeros años sesenta, nada había sonado igual. Era una eclosión instrumental tan abrupta, tan exuberante, tan efusiva que impactaba por su gloria. La meta estética del productor era captar la magia del primer beso o de ese primer amor juvenil, tan ingenuo como cegador. Spector era un romántico. Pensaba que en una canción de menos tres minutos se podía plasmar ese sentimiento efímero pero inolvidable, atrapar su belleza. Y lo logró como nadie hasta entonces.

Spector era capaz de extraer toda la intensidad del sonido, creando canciones pletóricas, de un brillo deslumbrante hasta el último destello. El romanticismo antes de ser corrompido por la realidad cotidiana. Para ello, se basaba en ese muro de sonido, donde todos los instrumentos entraban en una toma, eclosionando en los oídos como algo inédito, para hablar del amor y esas minucias que inquietan a los espíritus adolescentes.

Su obra, en general, es un objeto de estudio. Un trabajo que contiene tantos conceptos, tanta ambición sonora que en su momento llevó a los Beatles, a los Beach Boys y a tantos otros después, a adoptar el estudio de grabación como un verdadero atrapador de sueños en el que se podía apresar a la belleza. Una osadía, en su caso, que al final sería castigada por los dioses.

VIDEO SUGERIDO: The Ronettes, BE MY BABY – Live (HQ)], YouTube (MrHaagsesjonny1)

Acuden a la memoria las imágenes curiosamente claras de aquella época: aquel hit de las Crystals en las listas de popularidad, lo cual significó un triunfo personal; pero, sobre todo, se recuerda las de aquellos con los que compartió los meses finales de 1963, cuando preparaba un álbum completo dedicado a esta temporada del año, A Christmas Gift for You: con Darlene Love, las Ronettes, los Blue Jeans…

Aquel disco fue una absoluta satisfacción para él. Un éxito instantáneo. Con él se solidificó la leyenda del Muro de Sonido y la de su prestigio como productor. Sí, disfrutó de aquello. Lástima que el asesinato de John F. Kennedy le haya ensombrecido los festejos a su catapultada fama.

Fue la parte luminosa de una carrera plena de éxitos, pero también de traspiés. Una que puso en su real perspectiva y diferencia el perfil del artista y el de la persona. Talento creador versus tiranía, paranoia, armamento, locura, sadismo, pelucas esperpénticas, crimen y castigo (una condena carcelaria de casi 20 años): el lado oscuro de la escena.

Su apellido está en el diccionario discográfico: el adjetivo spectoriano se aplica a las producciones densas y arrebatadoras. El escritor Tom Wolfe lo retrató como «El primer magnate de lo juvenil», su fama trascendió lo musical. Hay muchos libros dedicados a su asombrosa carrera.

Nacido en el Bronx en 1940, en una familia de judíos huidos de la Rusia antisemita, Phil Spector debutó con los Teddy Bears antes de descubrir que la creatividad musical estaba detrás de una mesa de grabación.

En Nueva York, Phoenix y Los Ángeles aprendió los secretos del estudio e inventó nuevos; se arropó con eficaces equipos de compositores, arreglistas, instrumentistas, técnicos de sonido y cantantes que escenificaban los traumas y los éxtasis del amor adolescente. Su sonido definió al pop orquestal de principios de la década de los sesenta.

Al avanzar ésta, le perdió el pulso al mercado; anunció su retiro en 1966. Sólo apareció una vez en aquel tiempo, en el papel de traficante de drogas al inicio de la película Easy Rider. No necesitaba dinero: lo tenía a caudales por los derechos de canciones que resultaron inmortales.

Luego los Beatles -con la oposición de McCartney- lo llamaron para que adornara las cintas de  Let it Be; también trabajó con George Harrison y John Lennon (ya solistas), los Ramones y Leonard Cohen. Sin embargo, sus extravagancias hundieron una a una las oportunidades: el perfeccionismo degeneró en despotismo, resolvía las discusiones exhibiendo pistolas y su conducta fue irracional. Después, ya sólo otro tipo de seres requirieron sus servicios: Yoko Ono y (finalmente) Charles Manson.

VIDEO SUGERIDO: Righteous Brothers You’ve Lost That Lovin’ Feelin’ (45 RPM), YouTube (vwestlife)

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LA AGENDA DE DIÓGENES: LISBOA

Por SERGIO MONSALVO C.

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TRES ARTE-FACTOS

La historia del cerco de Lisboa de José Saramago (1922-2010) es una novela encauzada en la corriente de la narrativa histórica que ha tomado tanta popularidad y fuerza, en algunos casos, en el mundo entero. 

El pensador y escritor portugués reafirmó con este título todas sus contribuciones al género. La historia, para este autor, era un elemento dúctil que se prestaba a que la imaginación recreara los hechos evocándolos con gran sentido del humor.

 Con ello se alineaba a la tesis de que la novela tiene que sustituir a la historia precisamente desde el punto de vista literario. Todo historiador es un narrador –escribió José Emilio Pacheco–: cuenta los hechos que previamente selecciona. “Sólo en tiempos más recientes los historiadores se han preocupado por saber qué hay tras las frases que nos acostumbramos a aceptar como parte del orden natural de las cosas”.

Norman Mailer, a su vez, argumentó que el escritor tiene que abandonar la simulación de escribir historia y «entrar sin rubor en ese mundo de luces extrañas y especulación intuitiva que es la novela». Se abogó así por la necesidad de concentrar la atención en el detalle y los testimonios y, cuando faltaran éstos, podría tomarse la sugerencia de suplir las deficiencias mediante una cuidadosa creación analógica.

De tal manera, Saramago, al unísono de su personaje, alteró contenidos para participar con su propia contribución al llenado del espacio en blanco de una historia ya dada, y lo hizo con ejemplar maestría evadiendo los clichés y haciendo de lo ya sabido una auténtica novedad. Un legítimo divertimento barroco.

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En 1807, con la invasión napoleónica, se produjo la fuga de la corte portuguesa hacia Brasil. A su regreso, una mezcla de influencias afrobrasileñas daría origen a otro tipo de expresión musical: el fado. Su etimología lleva al latín en donde significa “destino”. El fado es pues el destino marcado. “Un inmenso misterio que nunca sabes cuándo se presentará, pero que cuando lo hace representa un momento mágico”, dicen de él sus poetas. Pero para que ello se dé debe haber una simbiosis entre el cantante, los músicos y el público.

En Brasil, el fado era una de aquellas danzas lascivas denunciadas por el clero, pero en Lisboa, la capital portuguesa, pasó a ser cantado. Un canto del océano alimentado por la nostalgia de los viajeros. Resulta obvio decir que tenía muy mala reputación en sus comienzos. La figura del fadista era la de un tipo que llevaba tatuajes y la navaja siempre a la mano. Quienes lo interpretaban eran lo que luego se denominaría sociológicamente como lumpen proletarios: marinos sin raíces, músicos vagabundos, prostitutas, proxenetas, vendedores ambulantes, estibadores, etcétera. En fin, el tronco común de todo género popular.

En las laderas y negocios miserables al pie del castillo de San Jorge creció el fado. Ahí es la Mouraría, la cuna más importante del canto. Ahí también creció la leyenda de Severa, una meretriz del barrio que durante medio siglo XIX cantó acompañada de una guitarra. Los motivos recurrentes de sus canciones eran los amores tormentosos. El fado los adoptó como propios, así como el acompañamiento. Dos son las guitarras esenciales del fado: la portuguesa (de seis cuerdas dobles) y la viola (similar a la española con la que se interpreta el flamenco).

El fado se desarrolló así, por más de un siglo, sin salir del ghetto. Un mundo cerrado, pequeño, con sus códigos y sus reglas inamovibles. Fatalismos, desamores, sordideces, la tristeza de la miseria, sus temas fundamentales. Ante el asfixiante medio el género estuvo a punto de desaparecer. Ya entrado el siglo XX, sólo unos cuanto fadistas de una vieja guardia conservadora daban alguna cuenta de su existencia. Muy poca en realidad. Sin embargo, apareció otra leyenda, la que sacaría al fado de aquellas ruinas y lo haría representante nacional de las penurias de un país periférico, pobre y aislado: Amalia Rodrigues.

Sin embargo, la dictadura militar que entonces gobernaba Portugal, al ver la popularidad del canto lo institucionalizó y vigiló sus contenidos, mientras se lanzaba a guerras colonialistas contra Angola y Mozambique.  Los fadistas que continuaron cantando sobre las miserias quedaron en condiciones precarias cuando les cerraron las casas donde trabajaban. La radio no lo trasmitía ya y casi no se hacían discos. Incluso mucha gente consideró al fado como un brazo de la dictadura.

Llegó la Revolución de los Claveles, el país se democratizó, pero el fado continuó a la baja durante un par de décadas más. No obstante, en los años noventa la cosa cambió. Coincidió con el surgimiento de una nueva generación de cantantes que a las raíces de la música tradicional le fusionaron otros géneros. El fado salió de las catacumbas para entrar de lleno en la cultura mundial.

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Para su película Historia de Lisboa (1994), el director Wim Wenders recurrió a la ayuda del grupo musical portugués Madredeus (fundado en 1985). Con ello el cineasta volvió a demostrar tino a la hora de musicalizar una de sus obras.

En esta película, Wenders presentó una visión crítica de la apresurada vida de la Lisboa actual, frente al fondo de la rica historia antigua. Para la cinta, el director alemán buscó a alguien capaz de expresar en forma adecuada el sentimiento que se vive en la capital portuguesa. Madredeus fue el grupo apropiado de compositores para su soundtrack, con el cual saltaron a la fama internacional.

La desolada atmósfera espacial de la obra de Wenders quedó perfectamente plasmada con la música de Madredeus, tan expresiva como apacible y apasionada. El resultado también fue un álbum hermosísimo, Ainda (1994), con la música recogida del mismo film, pero no por ello desprovista de fuerza, la cual arrebata y tranquiliza al mismo tiempo.

Lo que produjeron sus integrantes no es la música normal de una banda sonora. El sexteto, cuyo etéreo sonido acústico combina elementos de la guitarra clásica con folk mediterráneo, trasmitió una impresión duradera de la melancolía que priva en la parte occidental de la península ibérica.

Esta atmósfera fundamental de la metrópoli portuguesa fue reflejada en forma soberana y voluptuosa por la elaborada saudade del grupo. La saudade es un sentimiento que se ubica en algún punto entre la nostalgia, la melancolía y la esperanza.

«La saudade es el blues de Portugal–explicó Pedro Ayres, uno de los miembros–. Y así de sentida suena su música–. Componemos para películas imaginarias y tratamos de expresar en armonías la áspera belleza de nuestra patria. En la cinta de Wenders, nuestras melodías contaron con las imágenes más que adecuadas. Estamos muy orgullosos de esta cooperación».

Ainda efectivamente es un álbum extraordinario, el quinto en su haber, una música de este mundo pero apuntando hacia las estrellas.

El eje de sus armonías sin duda lo constituyó la voz transparente y con todo misteriosa de Teresa Salgueiro. «Su canto posee una estética inmortal», dijo Wenders al respecto. Las canciones acústicas del grupo, con su sosegado ritmo y lenta cadencia, no requirieron de nada más, fueron como una ligera brisa mediterránea en una noche de verano.

VIDEO SUGERIDO: AINDA (Clip) – Lisbon Story, Dir Wim Wenders (1994) HD 60fps, YouTube (Paulo Moura)

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BABEL XXI-503

Por SERGIO MONSALVO C.

 

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REAL WORLD

ESCUCHAR AL MUNDO

Programa radiofónico de Sergio Monsalvo C.

https://www.babelxxi.com/?p=7948

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BIBLIOGRAFÍA: ÉSTE ERA UN GATO…

Por SERGIO MONSALVO C.

ÉSTE ERA UN GATO...

(RELATOS)*

Un día llegó a vivir al edificio un nuevo inquilino. Era músico, trabajaba por las noches y dormía durante el día. Antes de irse a trabajar, al caer la tarde, ponía en su aparato de sonido un disco de blues. Siempre el mismo. Nos dimos cuenta, luego de un tiempo, de que el gato en esos momentos se metía nuestra recámara y se subía a la otra ventana, que daba a un cubo de luz en el interior del inmueble.

“Se sentaba con la mirada fija al frente y movía lentamente la cola. De vez en cuando se lamía una de las patas traseras como curándose una vieja herida. Al terminar una canción, la misma, se bajaba del alféizar y se iba al sillón de la sala. Se enroscaba y dormía durante horas…”

*Fragmento de uno de los textos que integran el volumen Éste era un gato…, publicado por la Editorial Doble A, y de manera seriada a través del blog Con los audífonos puestos.

Éste era un gato…

Sergio Monsalvo C.

Editorial Doble A

Colección “Textos”

The Netherlands, 2021

Contenido

Cat’s Blues

Demóstenes

Esperanzas

Éste era un gato…

Gato encerrado

Infatuación

Who Are You?

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STEPHEN HAWKING

Por SERGIO MONSALVO C.

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Y LAS PEQUEÑAS COSAS

Hygge, el dios de las pequeñas cosas, me ha obsequiado recientemente con algunas dádivas. Debo decir que esta deidad no suele ser generosa en la cantidad de lo ofrecido, pero siempre lo es en la calidad de lo mismo.

Una muestras: Los goles de Messi, la prodigiosa aparición de otro goleador (¡y vaya que lo es!) con un equipo inglés (Liverpool): Salah “El Egipcio”. Asimismo, están el sol primaveral sobre algunas bancas del Vondel Park, el café latte de Pipes & Beans (una pequeña cafetería de barrio), las uvas de una frutería marroquí cercana a mi casa. En fin, cosas así.

Hygge es la imagen del término escandinavo que habla de la felicidad en dosis diminutas, pildoritas de ella que se consumen en la lectura de un buen libro; en la escucha de un disco; en la contemplación de una foto, pintura o ilustración; en el disfrute de una serie de televisión; en la degustación de un copa de vino sabroso, de un buen queso, etcétera.

Las infinitas alforjas de esta deidad están cargadas de anécdotas comunes con las que todos nos podemos identificar, de manera atemporal y selectiva.

Las pequeñas cosas, a su vez, son esos paréntesis cotidianos en los que uno puede divagar sobre el ser y estar humanos. Dentro de cada uno de esos momentos hay un relato completo. Y si uno echa mano de la elasticidad de esas situaciones suficientemente, habrá lugar hasta para esa fantasía llamada felicidad. Con tales detallitos dicho dios busca la empatía y provocar la sonrisa de la mente.

En un verano pasado, cuando anduve por sus dominios, compré un souvenir, un pequeño busto con la imagen del tal Hygge. Lo puse en mi llavero, así que va conmigo a todos lados desde entonces.

El otro día, por ejemplo, estuvimos en la Universidad de Erasmus, en Rotterdam. Hacía un frío endemoniado (20 grados bajo cero) y era el Idus de Marzo. Tuve que caminar del Metro al campus y fueron los 500 metros más penosos que haya pasado en los últimos tiempos. De tal modo que al llegar a las instalaciones lo primero que busqué fue una máquina de café para servirme algo y entrar en calor.

Entonces, mi tarjeta de débito no funcionó en el aparato dispuesto junto a la cafetera, ubicada en uno de los pasillos de dicho centro académico. Lo intenté varias veces pero nada. Quise agarrarlo a golpes pero no lo hice. En cambio lancé una grosera exclamación. La guapísima estudiante que estaba detrás de mí sonrió por ello y por mi torpeza con dicho aparato.

Dio un paso adelante, colocó su tarjeta y los focos se pusieron en luz verde. Me preguntó qué clase de café quería. Apretó los botones indicados, esperó a que la taza se llenara y me la entregó con otra sonrisa. Le di las gracias a ella por ambas cosas y, mentalmente, a Hygge por ese regalo inesperado.

Por otro lado, dicho Idus, además de aquel frío, también trajo consigo a La Parca. Y tras su infausta visita me enteré que se había llevado consigo al científico británico Stephen Hawking (1942-2018). El tipo que intentó explicar a la gente común y corriente, a los neófitos como yo, sus pruebas para conectar la teoría de la relatividad con la mecánica cuántica (que, según los que sí saben, es uno de los retos más grandes que puede enfrentar el cerebro humano, él recogió el guante y con éxito) al igual que con las cuestiones como la curvatura del espacio-tiempo.

Fue el tipo que buscó responder de manera sencilla a preguntas como ¿de dónde viene el universo? ¿A dónde va? ¿Hubo un inicio de éste? ¿Qué pasaba antes de eso? ¿Cuál es su destino? ¿Podemos retroceder en el tiempo? ¿Tiene éste una historia y un final? O sus conclusiones sobre los agujeros negros y la percepción que la ciencia tiene sobre ellos. “Mi objetivo es simple: un completo conocimiento del universo, por qué es como es y por qué existe”, dijo y además agregó: “El universo no sería gran cosa si no fuera el hogar de la gente a la que amas”.

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En fin, su atrevimiento con La Teoría del Todo que James Marsh puso dentro de la película de tal nombre. Un biopic aproximado y subjetivo (la cinta está basada en el libro que escribió su ex esposa) sobre su atribulada vida.

Natura condicionó la vida de Hawking con la enfermedad. Apenas pasados los 20 años de edad le fue diagnosticada una esclerosis lateral amiotrófica (ELA), y le pronosticaron sólo dos años de vida. Sobrevivió 54 más. Sin embargo, ésta le destruyó poco a poco el cuerpo, la capacidad motora, los músculos y lo sentenció a una silla de ruedas.

Luego le quitó la capacidad de hablar. Nunca más pudo volver a usar la voz, pero debido a su obstinación y a la actitud con la que se aferró a la vida, logró comunicarse gracias a un artefacto electrónico, un sintetizador que le proporcionó una voz robótica que, paradójicamente, se convirtió en emblemática y en parte de su leyenda.

Su muerte fue una gran pérdida para la humanidad. Suena a lugar común, pero en este caso es una verdad absoluta. “Sus teorías abrieron un cúmulo de posibilidades que nosotros y el mundo estamos explorando”, dijo la NASA. Y sí, no hay que dejar de pensar en ello: nos legó sus contribuciones astrofísicas así como una fulgurante obra de divulgación científica.

Y dondequiera que se haya ido ya se reunió con Einstein y, como los dos tipos de cuidado que son, se están riendo a carcajadas, resultado del gran sentido del humor de ambos (de Einstein hay mil ejemplos; de Hawking, igual; ahí están sus participaciones en la serie Big Bang Theory y sus respuestas durante las entrevistas que concedió en vida).

Yo recuerdo haberle enviado al Profesor Hawking una carta a la Universidad de Cambridge, en la Gran Bretaña, y una copia de ella al Instituto Perimeter de Física Teórica, en Canadá (donde trabajaba) para agradecerle las ideas, los conceptos y los descubrimientos que había logrado leyendo algunos de sus libros (Historia del tiempo, El universo es una cáscara de nuez, Brevísima historia del tiempo, Agujeros negros y El gran diseño) y que me mantenían ocupado disfrutándolos.

Igualmente, con mucho respeto y apelando a su conocido sentido del humor, le hice saber que me parecía un auténtico rockero por su actitud ante la vida, además del más picassiano de los científicos, por su imagen y objetivos estéticos (“¿Qué es un rostro humano?”, se preguntaba Pablo Picasso, en una entrevista que le hizo la revista The Art en 1923. “¿Vamos a pintar lo que está sobre la cara, lo que está dentro de la cara o lo que está tras ella?”. La representación de la figura en sociedad dio lugar a una segunda temática en la que se adentraba en la intimidad, en cómo se ve el propio sujeto, en la que la que el retratado se observa tal y como se sueña. Picasso supo convertir en propio todo lo que le apasionaba y lo devolvió al mundo como algo propio y enriquecido, como el mismo Hawking).

Y también le escribí que era el científico más monkiano debido a lo mismo: a su imagen y a los sonidos que emanaba su mente. Esta última era el verdadero instrumento de Thelonious Monk, y el piano un medio para sacar el sonido de ella al ritmo y en las cantidades que quería. No hubo nada que quisiera hacer y no pudiera. Siempre tocó con algo grande en juego. Hizo todo lo que lo elevó a un principio de orden con sus propias exigencias y su propia lógica. Sugirió firmes caminos por los que transitar musicalmente. Su talento nunca dejó de evolucionar y ampliar sus alcances, al igual que el científico británico.

En aquella carta le explicaba que su obra la asociaba a este triángulo musical (por mi deformación profesional, seguro). Así que para mí era un héroe rockero, picassiano y monkiano (por actitud, por legado y por estilo), autores que son sinónimo de vanguardia, como siempre lo había sido él (a pesar del castigo de Natura).

Nunca me contestó (tampoco lo esperaba), pero no me canso de pensar que a partir de la lectura de mi carta Hawking puso a Monk en su iPod personal para escucharlo a discreción, junto a las obras de Wagner a las que era afecto. Escuchar a Monk como yo lo hice cuando regresé de Rotterdam y supe de su fallecimiento en pleno Idus de Marzo. Hoy sé a ciencia cierta que el nombre del dios de las pequeñas cosas se escribe con H, y el de las grandes también.

VIDEO SUGERIDO: Así funciona la voz de Stephen Hawking: “Utilizo la tecnología para comunicarme y vivir”, YouTube (El Futuro Es Apasionante)

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