68 rpm/7

Por SERGIO MONSALVO C.

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El espíritu revolucionario de aquel lapso de tiempo aspiraba a la permuta en todos los órdenes de la vida, y en cada aspecto resultaba fundamental encontrar idearios, conceptos que respaldaran en teoría las realizaciones concretas de cada campo. Lo que estaba claro era que la actitud tenía que ser de conceptos totales. La música lo hizo desde sus raíces. La de John Mayall fue un semillero conceptual.

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BARE WIRES

JOHN MAYALL’S BLUESBREAKERS

(Decca)

El de este músico es uno de los enormes árboles que componen el tupido bosque del rock. Tras seis discos grabados y más de una década ejerciendo de maestro, el guitarrista se había convertido en uno de los pilares del British Blues, corriente que impactó la escena por sus aportaciones novedosas para enriquecer al género.

Muchas agrupaciones se servían de diversas maneras de la existencia de su banda, incluso como agencia para encontrar al elemento adecuado y cuadrar la formación en ciernes. Eric Clapton y Jack Bruce (Cream); Peter Green, John McVie y Mick Fleetwood (Fleetwood Mac), así como Andy Fraser (Free), son sólo algunos ejemplos del talento que emergió tras el liderazgo de Mayall.

Sin embargo, los Bluesbreakers habían llegado al fin como tales y John quiso cerrar el cofre de tal tesoro con el último álbum: Bare Wires. Lo hizo con sorpresas. Entre otras, con una larga suite de más de veinte minutos que abre y le da nombre al disco, en la cual John junto a sus músicos recrea algunos momentos biográficos sofisticando de rock su aventura con el viejo blues.

Ahora con elementos psicodélicos, instrumentales y con la presentación de un nuevo guitarrista: Mick Taylor, a quien Mayall le brinda todo el espacio necesario para desplegar sus finas habilidades, incluso en la composición (la pieza instrumental “Hartley Quits” es su examen de maestría, mientras que el doctorado lo obtendría a la postre con los Rolling Stones). Mayall, pues, le echó candado al proyecto y se fue de vacaciones a California en busca de otros horizontes y retos.

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 Personal: John Mayall, voz, armónica, piano, hapsicordio, órgano, armonio y guitarra; Mick Taylor, guitarra principal y hawaiana; Chris Mercer, saxofón tenor y barítono, Dick Hekstall-Smith, sax tenor y soprano; John Hiseman, batería y percusión; Henry Lowther, corneta y violín, y Tony Reeves, bajo y contrabajo. Portada: foto y diseño de Peter Smith.

[VIDEO SUGERIDO: John Mayall w. Mick Taylor 1968, YouTube (JR Ellison)]

Graffiti: “No le pongas parches, la estructura está podrida

68 rpm/6

Por SERGIO MONSALVO C.

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Para llegar a los logros que podemos contar hoy en día, pocos o muchos, hubo que pasar por muchos 68, revelándose contra el sistema o contra la autoridad arbitraria, reclamando, siempre reclamando el derecho a la vida en toda su plenitud, a la libertad esencial.

Todos los instantes de aquel año, desde el comienzo, hablaron de cambios y lo hicieron en un giro continuo acompañados desde cerca por la espiral evolutiva de la música popular. Y ésta, con su enfoque artístico autónomo y determinado, se significó como pensamiento comunitario frente a diversas filosofías de gobierno: igualmente capitalismo puritano que realismo socialista: ambos oprimían lo mismo al suelto que al encerrado.

Al ubicarse contra las políticas estatales, tal música –con valores intrínsecos de historia, contexto y calidad interpretativa y de composición— se alejó de las consecuencias predecibles: ortodoxia y conservadurismo, los cuales siempre han tendido a atraerse el común denominador más bajo del gusto musical.

En el terreno del country fue Johnny Cash el que marcó las diferencias en dicha época. Y lo hizo gracias a un disco inaudito, revelador y en las antípodas de lo “políticamente correcto”. Cash estaba pasando por su enésimo infierno existencial –enredado en un divorcio conflictivo, atrapado en sus adicciones y con una carrera estancada en lo comercial (como el género mismo), pero denso y coherente con su filosofía vital reflejada en las canciones— cuando decidió que quería presentarse en una prisión a dar un concierto; es más, no sólo eso: también grabarlo.

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AT FOLSOM PRISON

JOHNNY CASH

 (Columbia Records)

Esto sucedió el 13 de enero de 1968 y contra la postura de la propia compañía discográfica con la que tenía contrato. Cash, surgido de un extracto social pobre y conocedor de las carencias, los deseos, las frustraciones y los resentimientos de dicho ámbito, del que surgieron muchos personajes de sus canciones, siempre se sintió cercano a todos aquellos que caminaban por el lado oscuro del American way of life y a sus historias; a los forajidos que deambulaban fuera de la ley o habían sido atrapados.

A ellos les había cantado en sus temas discográficos y también en algunas ocasiones dentro de los muros penitenciarios en años anteriores, sin cobrar por ello (en Huntsville, Texas; San Quintín y Folsom, California). Ahora quería juntar ambas cosas. Así que preguntó a varios penales si podían organizar la sesión. El de Folsom (California) fue el que contestó primero.

Ahí llevó a cabo dos presentaciones el mismo día para a la postre seleccionar el material que compondría el LP. El resultado de aquellos conciertos erigió At Folsom Prison, su título, en uno de los más cautivadores discos realizados en vivo de la historia de la música: un Johnny Cash más rey del country patibulario que nunca. Crudo, sin retoques y absolutamente conectado con el público.

Los prisioneros sintieron que aquel tipo, respaldado por sus músicos, les contaba historias (sin juicios morales ni victimismos) con las que se identificaban; con un tono que sabía dar voz a los sentimientos que habían experimentado en algún momento de sus vidas carcelarias: dureza y agresividad (“Cocaine Blues”), soledad y desesperación (“The Wall”), humor negro (“25 Minutes to Go”, cuenta regresiva de una ejecución) o nostalgia (“Green, Green Grass of Home”).

El de Folsom fue un público perceptivo que se retroalimentó con “El Hombre de Negro”, desde su sencillo saludo: “Hello, I’m Johnny Cash” hasta el anuncio de la interpretación de un tema escrito por uno de ellos mismos: “Greystone Chapel”. Una vez puesto en circulación, el álbum (con sus 16 temas originales) le proporcionó a Cash el come-back que necesitaba e incrementó el compromiso que tenía en la lucha por las reformas del sistema penitenciario estadounidense, la cual lo llevó hasta encararse con el propio presidente Richard Nixon.

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Personal: Johnny Cash, voz, guitarra y armónica; June Carter, voz; Carl Perkins, guitarra eléctrica; Marshal Grant, bajo; W. S. Holland, batería; The Statler Brothers, coros.Portada: Foto de Jim Marshall.

(VIDEO SUGERIDO: Cocaine Blues (Live At Folsom Prison), YouTube (PowhatanNDNZ12)

Graffiti: “Es necesario llevar encima un caos para poner en el mundo una estrella a danzar

CHUCK BERRY: BYE BYE JOHNNY B. GOODE (1926-2017)

Por SERGIO MONSALVO C.

“De las aportaciones al rock & roll, tomando en cuenta todos sus principios, ninguna más importante para el desarrollo de esta música que la de Chuck Berry”, escribió Cub Koda, uno de los principales evangelistas e historiadores del género. Efectivamente, Berry ha sido su compositor más grande, uno de sus mejores guitarristas, el que poseyó la más clara dicción, y uno de los mayores representantes de su época dorada. Ni más, ni menos.

Esa piedra fundamental sobre la que se erige el rock cumplió 90 años de edad. Dicha circunstancia es más que una efeméride. Uno de los fundadores del género llegó vivo a ellos, actuando –esporádicamente, eso sí—y subiendo el nivel del listón de vida para un rock-star (la cuarentena de Elvis y Lennon ha quedado muy lejos), recordándonos que otros pioneros de esta música siguen aquí: Little Richard, Jerry Lee Lewis, Fats Domino.

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Charles Edward Berry, mejor conocido como Chuck Berry, nació el 18 de octubre de 1926 en St. Louis, Missouri. Este músico originó un tipo de composición y un estilo guitarrístico de lo más actual, vigente y paradigmático en el rock & roll. Su enorme influencia –desde Elvis, pasando por los Beatles, Dylan, los Stones, los Beach Boys, el heavy metal, el punk, el blues y otras mezclas–, se deja sentir hasta en el grupo de neo-garage creado esta mañana.

Sin embargo, su propia carrera musical fue de altibajos, perjudicada en mucho, primero, por el racismo rampante en la Unión Americana del que se pueden datar cantidad de hechos en su contra; por los múltiples roces con la ley, debido a su permanente actitud canallesca, de la cual también existen múltiples pruebas; y por malas decisiones profesionales tomadas a lo largo de su vida, las cuales buscaban el inmediato beneficio y sin mediar consideración alguna ni por el legado, ni por el trabajo ni por el simple agradecimiento.

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Berry creció en St. Louis, donde sus padres cantaban en el coro de una iglesia bautista, lo cual obviamente contribuyó en su canalización hacia la música. De adolescente pasó cierto tiempo en un reformatorio debido a sus implicaciones en un robo de autos, y asistió luego a una escuela nocturna para estudiar la carrera de peluquero estilista.

Al inicio de los cincuenta se encontraba al frente de un trío de blues de tal ciudad. Durante este periodo Berry aglutinó una amplia gama de influencias. En cuanto a guitarristas, sus ídolos fueron el innovador Les Paul y el virtuoso Charlie Christian, pero sobre todo T-Bone Walker, cuyas improvisaciones fueron adaptadas por Chuck a un ritmo más insistente.

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El estilo vocal de Berry, con su clara articulación y dicción, estuvo libre de los arrastrados tonos del blues y debió mucho a los ejemplos de Nat “King” Cole y de Louis Jordan, cuyo ingenioso jump blues y gran sentido del humor sirvieron de modelo a las observaciones contemporáneas incluidas por Chuck en sus letras. En lo lírico, su inspiración también fue el material compuesto por Don Raye, como “Down the Road Apiece” y “House of Blue Lights”, piezas grabadas a la postre por el roquero.

Su carrera de grabación empezó en 1955 en Chicago cuando Muddy Waters envió a Berry, junto con su demo estilo country titulado “Ida Red”, a ver a Leonard Chess, dueño de la compañía con su apellido. Chess hizo que la regrabara bajo otro nombre: “Maybelline”, el homenaje a un auto caracterizado por la bulliciosa guitarra del músico. Alan Freed, creador del término “rock and roll” y destacado disc jockey, colaboró en difundir la canción (además de recibir como payola el crédito como coautor).

“I’m a Rocker”

El tema se convirtió en uno de los primeros éxitos del recién inaugurado género. Ni Chess ni Berry estuvieron muy seguros de qué fue lo que atrajo al gran auditorio adolescente hacia su música. No tenían por qué saber de sociología ni de las necesidades de una nueva generación, pero contaron con el olfato necesario para dotar su material de contexto y del ritmo necesario.

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Sus piezas hablaban de temas dirigidos a un público adolescente sujeto a los pesares de la educación obligatoria y a los amores primerizos (“Sweet Little Sixteen”, “Carol”), en tanto que “Johnny B. Goode” se erigió en el primer personaje arquetípico y héroe del rock al contar su historia  y avatares.

En lo artístico sus temas ejercieron una enorme influencia en el campo musical. Según lo mostraría la siguiente década, su obra fue estudiada ávidamente por los jóvenes músicos de ambos lados del Atlántico. Toda esta atracción, textual y musical, no podía pasarle desapercibida a las fuerzas vivas y más reaccionarias de los Estados Unidos, que veían con malos ojos tal influencia y aprovecharon uno de sus deslices para darle un escarmiento. En 1959, Berry conoció en Texas a una joven prostituta. Se entendió con ella y se la llevó con él a St. Louis para que trabajara en el Chuck Berry’s Club Bandstand, de su propiedad. Unos meses después la despidió y ella, ni tarda ni perezosa, fue a quejarse con la policía.

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A ésta le confesó que sólo tenía 14 años. Oficialmente se procesó a Berry por haber “impulsado, inducido e incitado a una menor a darse al libertinaje”. La prensa y la opinión pública se ensañaron con él y lo llamaban “el inventor de esa música indecente”. Fue declarado culpable y sentenciado a tres años de cárcel en Indiana. Entró a ella en febrero de 1962. No obstante a estar en prisión, su obra temprana era más popular que nunca, gracias a una nueva generación de grupos blancos de rock provenientes de allende el océano.

En la Gran Bretaña, tanto los Beatles como los Rolling Stones y demás congéneres plasmaron su importancia al tocar y grabar sus canciones. Estos tributos y referencias sirvieron para mantener su nombre en boga. En su propio país, los Beach Boys (con “Surfin’ USA”) y el mismísimo Dylan (con “Subterranean Homesick Blues”), hicieron lo mismo. Sí, definitivamente Chuck Berry se había instalado en el inconsciente colectivo de los nuevos rocanroleros, quienes lo elevaron a su nicho para siempre.

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Tras abandonar el reclusorio en 1963, Chuck Berry grabó de nuevo con la Chess Records (“Nadine”, “No Particular Place to Go”, “It Wasn’t Me”), pero a mediados de la década prefirió pasarse a la compañía Mercury a cambio de un adelanto de 50 mil dólares, donde realizó trabajos poco logrados. Esto se debió a cierta inseguridad ante un nuevo público, el sesentero, y al alejamiento de los escenarios por dos años (demasiado en aquel tiempo). Volvió con la Chess Records en 1970 y grabó Back Home, álbum con el que demostró que conservaba su capacidad como letrista.

La compañía quiso ponerlo también al día con los encuentros intergeneracionales inaugurados por Howlin’ Wolf, Muddy Waters y B. B. King: las London Sessions. Lo envió a Inglaterra (1972) y grabó temas acompañado por una serie de superestrellas de la guitarra, pero la baja calidad de sonido del disco demeritó dichas sesiones.

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El resto de la década lo pasó presentándose en espectáculos de homenaje al rock de la época dorada (con bandas improvisadas de apoyo, entre ellas la E-Street Band) y realizando esporádicas grabaciones como Rockit (Atlantic, 1979). Aunque Jimmy Carter lo invitó a tocar en la Casa Blanca, se prolongaron sus malas relaciones con las autoridades. Ese año fue sentenciado a 100 días de prisión por evasión fiscal.

Los años ochenta fueron muy discretos para él en su primera parte. Pequeños clubes, presentaciones-tributo y perfiles bajos. Hasta que en 1986 se inauguró el Salón de la Fama del Rock, en Cleveland, Ohio, donde se le incluyó entre sus primeros inquilinos. Al año siguiente fue el protagonista del documental de un concierto realizado para celebrar sus 60 años de edad, Hail Hail Rock ‘n’ Roll, dirigido por Taylor Hackford (con Keith Richards como director musical y productor, el cual narró a la postre aquella tormentosa experiencia). También por esas fechas el músico publicó Chuck Berry: The Autobiography (subjetiva en exceso, nada confiable y más bien hagiográfica, por lo que se le considera poco referencial entre los estudiosos).

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A fines de dicha década Berry abrió su propio restaurante en Wentzville, Missouri, The Southern Air. Mismo con el que de nueva cuenta se metería en problemas con la ley. Fue acusado de voyerismo por un gran número de mujeres dado que había colocado cámaras de video en el interior de los baños del local (supuestamente para testificar posibles robos). Para salir del lío tuvo que desembolsar alrededor de millón y medio de dólares, cosa que le dolió más que la publicidad negativa que se generó por ello.

Desde 1990 Berry dejó de publicar nuevo material y en consecuencia han proliferado las recopilaciones (una práctica que no ha dejado de realizarse a lo largo de los años convirtiéndose en un género en sí misma), las Ultimate Collections, los Best of y los The Very Best. En cuanto a presentaciones personales, siguió actuando en vivo en homenajes, especiales de TV, esporádicas tours por Europa y regularmente los miércoles en el bar restaurante Blueberry Hill de St. Louis, Missouri, donde residía.

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En uno de esos eventos sociales, en el Teatro del Congreso local (el sábado primero de enero del 2011 en Chicago), a mitad del show sufrió un desmayo, el primer aviso grave de su endeble salud a los 84 años. Tras la recuperación sus actuaciones y giras se volvieron más espaciadas (Crocus City Hall de Moscú en 2014, por ejemplo) realizándose bajo estricta vigilancia médica (que exigía sea pagada por las empresas).

El legado de Chuck Berry es grande y determinante y muchos de sus preceptos pueden ser catalogados como parte del canon del género, al que dio, como ya mencioné, un lenguaje y la prístina pronunciación de las palabras; compuso canciones sobre las andanzas y fobias del adolescente cotidiano, hablando de la naciente cultura como tal (icónica y temática) y de sus ansias vitales. Su decálogo está contenido en el álbum clásico The Great Twenty-Eight, ubicado entre las 50 obras máximas del rock.

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Chuck le proporcionó el beat de su corazón (mismo que sigue latiendo en los cientos de grupos que se forman en el garage y en todos aquellos que han tocado al menos una de sus piezas). Sus canciones son influencias a las cuales remitirse. Creó varias cosas esenciales: héroes en los cuales reflejarse, el riff totémico, coreografías referenciales y los principios básicos de su instrumento emblema: la guitarra eléctrica (de la que se instaló entre los diez ejecutantes más destacados de la historia).

Sí, fue uno de sus adalides absolutos (incluidas todas sus legendarias contradicciones). Por eso la NASA seleccionó la canción “Johnny B. Goode” (piedra de toque del género y una de las 100 mejores canciones de todos los tiempos, así como la primera de su autoría inscrita en el arcano roquero) en el Disco de Oro de la sonda espacial Voyager I (que fue lanzada en 1977 y que tardará decenas de miles de años en alcanzar las proximidades de la estrella más cercana a nuestro sistema solar).

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La NASA lo hizo por ser “uno de los logros más grandes de la humanidad dentro de la colección de obras culturales”, según el extinto y afamado científico Carl Sagan, miembro del comité organizador del envío. Este álbum, titulado Sound of Earth, contiene sonidos e imágenes que retratan la diversidad de la vida y la cultura en la Tierra. “Se diseñó con el objetivo de dar a conocer la existencia de vida en este planeta a alguna posible forma de vida extraterrestre inteligente que lo encontrara, y que además tenga la capacidad de poder leer, entender y descifrar el disco”.

Se rumora que en algún momento  –en el transcurso de estos años– a la NASA llegó una respuesta extraterrestre, corta pero de lo más claro y contundente: “Envíen más Chuck Berry”). Hoy (18 de marzo del 2017) ese nombre, además de tener reservado un sitio en el Espacio Universal y en el Olimpo del rock & roll pasa a formar parte de su gran Pantheon. Ha muerto después de haber impuesto en él, además, un record de vida como tal: 90 años.

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“Johnny B. Goode”