¿Y SUPERMAN?

Por SERGIO MONSALVO C.

SUPERMAN (FOTO 1)

 (OCHENTA Y TAN CAMPANTE)

A lo largo del 2014 se celebraron los centenarios del nacimiento de tres personas que en distinta forma le dieron vida a Superman, “El Hombre de Acero”. Se trató de Jerry Siegel, Joe Shuster y George Reeves. Todos habían visto la luz primera hacía un siglo. Todos han muerto entre el drama y la tragedia. Les ha sobrevivido su exitosa creación y recreación, la cual se ha nutrido de la savia que cada uno de ellos –y otros más— le han suministrado, dejando la kryptonita para el exclusivo uso de sus enemigos.

A mediados de 1938, un par de autores veinteañeros, Jerry Siegel (escritor estadounidense nacido el 17 de octubre en Ohio) y Joe Shuster (dibujante canadiense procedente de Toronto, donde nació el 10 de julio) resumían sus influencias culturales tan variadas como las del pulp (literatura de ficción publicada en historieta para consumo masivo) y diversas mitologías (grecorromana, hebrea, germánica y hasta cinematográfica) para moldear un personaje que llegó para transformar el mundo del cómic y de la cultura popular.

En el número uno de la revista Action Comics de la Unión Americana apareció Superman por primera vez en aquel año. Era un ser proveniente de un lejanísimo planeta llamado Krypton que poseía poderes inconcebibles: fuerza descomunal, ultra velocidad y la posibilidad de dar saltos enormes, entre ellos. Era un personaje que se convertiría en poco tiempo en un fenómeno exitoso, hasta el punto de erigirse en el germen de un nuevo e ilimitado género: el de los superhéroes.

Su incubamiento y desarrollo como tal les había llevado a sus creadores un lustro de trabajo, rechazos, desilusiones y un sinnúmero de cambios, para finalmente presentar el resultado a la mencionada editorial.

El pago por aquel primer boceto fue de 130 dólares y un contrato con la editorial. Hasta aquí todo parecía el final feliz de un esfuerzo conjunto. Sin embargo, era el comienzo de una tragedia para ambos creadores, quienes no vieron en vida más que dicho pago por su trabajo. Demandaron a la compañía por los derechos de explotación del personaje, pero sólo obtuvieron el despido, un kafkiano proceso jurídico y la condena a la pobreza.

Con el apoyo de sus colegas dibujantes y escritores, lograron que la editorial (que pasaría al stock de la Time Warner Co.) les asignara una modestísima pensión que apenas los mantuvo por encima de la miseria. Murieron en ella, Shuster sin descendencia y Siegel con alguna, que tras siete décadas de lucha en los tribunales consiguió el 50% de tales derechos (que entre tanto se habían ampliado a las reproducciones en la prensa internacional, la radio, la televisión, la cinematografía, el merchandising y lucrativas franquicias, con pingües beneficios). Sin embargo, el poderoso gigante editorial continúa peleando para reducirlo, mientras Superman sigue generando mayores riquezas.

Superman ha vivido vidas paralelas en el papel y en las pantallas de cine y de televisión. Su primer serial cinematográfico, en 15 episodios, fue de 1948 y perteneció a la modesta serie B de la Columbia Pictures. Bud Collyer fue el actor que prestó su voz al formato de dibujos animados que se realizó en aquellos años. Después, curiosamente, murió por «leves, repentinos y desconocidos problemas circulatorios».

SUPERMAN (FOTO 2)

Por otro lado, en enero de aquel 2014 (el 5) también se festejó el centenario del nacimiento de George Reeves, el actor igualmente procedente de Iowa que encarnó a Superman por primera vez en la pantalla chica, cuando el aparato de la TV en blanco y negro apenas hacía sus pininos en el mundo.

A partir de 1957 George Reeves le dio vida en una serie televisiva con más de cien episodios, pero al terminar el ciclo el actor (que mantenía una relación sentimental con la mujer de Eddie Mannix, un alto cargo de la Metro Goldwyn Mayer, e intentó hacer otros papeles en la pantalla grande) no pudo soportar su popularidad perdida. En 1959 lo encontraron muerto de un disparo en la cabeza. La causa oficial de la muerte fue suicidio, pero las dudas y las turbiedades del asunto aún no han sido aclaradas.

La tragedia, pues, ha sido una compañía indeseable para aquellos que han encarnado en el cine al héroe de la capa roja y la gran “S” en el pecho. Christopher Reeve, quien lo hizo en la serie de películas más popular del personaje, quedó parapléjico después de un accidente hípico y murió luego de unos años de un ataque al corazón.

En el siglo XXI, Henri Cavill es quien ha levantado la mano para darle vida al alter ego de Clark Kent en la aparatosa refundación de la saga del Hombre de Acero (Man of Steel), pero sin la ductilidad ni el sentido del humor de Christopher Reeve, ni tampoco la atmósfera camp de George Reeves, aunque seguramente con la sombra de ambos en la mente.

Por el lado de la escritura, el perfil y la ambientación para este superhéroe se ha agregado a la lista otro nombre: Brian Michael Bendis. Para quien no sea un conocedor del mundo del cómic, habrá que decir que éste es el fichaje de la década –por utilizar un término futbolístico—para la compañía DC que maneja los intereses de tamaño icono.

Bendis trabajaba anteriormente para la Marvel, la rival y archienemiga de DC y ahí dio a conocer a sus creaciones: Jessica Jones, Powers, Ultimate Spiderman y estuvo al frente de la serie de los Vengadores (The Avengers).

Bendis el amante apasionado de la literatura y cine noir, Jim Thompson y Dashiell Hammett son sus autores de cabecera. Y esa preferencia se hace notar en sus personajes y en los que toma bajo su férula. Por lo tanto habrá que esperar un perfil distinto (preferentemente amargo) para el Superman de la tercera década del siglo XXI.

Mientras eso sucede y para calentar motores Bendis se ha ocupado de la edición del número 1000 de Action Comics, la filial donde nació Superman hace 80 años. Entre los beneficios colaterales que ha tenido la contratación de este autor y diseñador se pueden incluir, desde ya, la atracción de otras firmas semejantes. Superman se está rodeando de creadores que engendrarán el dream team de dicha compañía.

Sin embargo, el Hombre de Acero nunca podrá luchar contra quienes literalmente liquidaron a sus verdaderos hacedores. La compañía ha puesto aquella historia y sus expedientes bajo el peso de una enorme pieza de kryptonita, al parecer para siempre.

SUPERMAN (FOTO 3)

 

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SAMUEL BECKETT

Por SERGIO MONSALVO C.

Samuel Beckett 1976 by Jane Bown

 “SOBRESALTOS”

La División de Ciencias Sociales y Humanidades de la UAM Azcapotzalco puso hace algunos años en circulación (Colección Temas y Variaciones de literatura, 1991) un relato (que se supone el último) publicado por Samuel Beckett (1906-1989).

Lleva el título de «Sobresaltos” (en la traducción no se anota de dónde fue tomado ni la fecha de su publicación original), y es un buen ejemplo del quehacer literario beckettiano en un texto muy escueto y depurado, siempre a la orilla entre la intensidad y el laconismo.

«Nada es más divertido que la desdicha», afirmó alguna vez uno de sus personajes, y en este brevísimo relato el autor manifestó –una vez más– la belleza estética que se refocila en la desolación.

«Sobresaltos” es un texto obsesivo, pero también muy lúcido. En él hay una voluntad por rastrear su sentido hasta el fin. Mantiene una misteriosa y profunda tensión que alimenta a una prosa enérgica, lo que da una vida interior propia y personal al protagonista, mostrándola como un instrumento perfectamente dominado, capaz de comunicar el fascinante drama de una inteligencia en acción «presa de la incertidumbre en la soledad absoluta».

Un relato sobre nuestro tiempo que en apariencia desborda su tema, pero de forma precisa porque sólo así puede entregarnos su significado.

SAMUEL BECKETT (FOTO 2)

 

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EL SONIDO Y LAS ILUSIONES

Por SERGIO MONSALVO C.

EL SONIDO (FOTO 1)

 (PAUL AUSTER)

El sonido puede ser prodigioso, también un regalo abstracto, una dádiva. Su música se hace espacial y sensible en la interpretación de la voz humana como instrumento con el canto, igual que la palabra en el teatro, en una lectura de narrativa o poética, lo mismo que en un buen discurso o plática.

Escuchándolo se empieza a entender de verdad toda la tremenda comprensión que hay en el arte sonoro, la tensión física requerida y expresada por él de modo que infinitas cosas puedan caber en los pocos minutos de un track, de una pieza teatral, de un cuento o fragmento verbalizado o de una idea expresada con voz sabia, intensa y llena de color.

Todo ello ayudado por los cortos segundos de silencio entre sus pluralidades, desde la percusión más bronca hasta la frágil melodía, desde la complicación suprema a la pura sensación etérea de una maestría que se escucha y se disfruta. Al hacerlo no queda más que aplaudir lo oído espontáneamente y tratar de guardar algo de su esencia en la aún más quebradiza memoria, plagada de esas ilusiones.

Ejemplos tengo muchos, como cualquier persona. Pero hoy me gustaría contar uno que me sucedió hace unos años cuando fui a una charla impartida por Paul Auster, aquí, en Ámsterdam. Debo confesar que es uno de mis más caros autores, casi un ídolo, así que me afané para asistir a tal evento.

Dejé mi bicicleta justo a las afueras del Museo de Ana Frank –donde encontré el lugar para estacionarla que quizá no tendría en la calle de la cita–. En el cruce donde se encuentran dos de los canales más vistosos de la ciudad: el Prinsen y el Bloemgracht.

Atravesé el puente cercano y me adentré en el antiguo barrio del Jordaan —famoso por ser quizá el más bohemio y artístico de la ciudad—. Era de noche pero el sol aún brillaba con permiso del verano. El recorrido hasta la Eerste Egelantiers Dwarsstraat, donde se ubicaba la librería a donde iba, lo hice por la Tweede, la segunda del mismo nombre, una calle anterior.

Hay numerosos bares y restaurantes concentrados en pocos metros. Heineken, Palm, Dam, Amstel, son las cervezas más anunciadas en el discreto neón de sus escaparates. En la esquina se encontraba Backbeat, la tienda de discos en vinil especializada en músicas blues, jazz, soul, rhythm & blues, ya desaparecida. Se escuchaban los sonidos del nuevo álbum de Lisa Bassenge: A Sigh A Song.

Doblé a la derecha y transcurrí por varios locales de ropa de ocasión. El clima estaba templado y había mucha gente en las mesas de las terrazas que daban a la calle. Llegué al número 52. Ahí se presentaba Auster esa noche. Encima del local se observa –todavía—una placa grabada con una mano sosteniendo una pluma. De hecho esta casa que data de 1630 es conocida como La Casa de la Mano Escribiente, que alude a la actividad literaria de su propietario original.

El sitio –que con el tiempo volvió al rubro de casa habitación haciendo desaparecer la librería– mostraba en sus vitrinas toda la bibliografía del autor neoyorkino. Destacaba por una iluminación especial su Trilogía: Ciudad de Cristal, Fantasmas y La Habitación Cerrada. Textos de los años ochenta. “De cuando Nueva York era otra”, según el propio escritor. En mesas y paredes la obra de Auster totalmente traducida al holandés. De hecho, el evento aquél enfatizaba la presentación de Book of Illusions, la más reciente edición en ese sentido.

Haber llegado con anticipación me dio la oportunidad de hojear algún volumen y de encontrar asiento. Quince minutos después el sitio estaba a reventar. Circuló entonces el vino de honor. Aquí dicho vino se comparte al principio y no al final de las lecturas, como en otros lugares en el mundo.

VIDEO SUGERIDO: Paul Auster on Walking, YouTube (Alex George)

Por fortuna no estábamos en época de lluvias y esa noche, seguro, no le sucedería a Auster lo mismo que en 1991, cuando estuvo en la ciudad por primera vez y cuya efeméride rememoró en el libro autobiográfico, Diario de Invierno, del cual cito el siguiente fragmento:

“Y ahí estás, hace 21 años, recorriendo las calles de Ámsterdam camino de un acto que han cancelado sin tu conocimiento, procurando cumplir diligentemente con el compromiso que has contraído, a la intemperie, en lo que después se denominó la tormenta del siglo”, escribió el autor.

 “Un huracán de tan virulenta intensidad que al cabo de una hora de tu desacertada y terca decisión de atreverte a poner el pie en la calle, en cada esquina de la ciudad habrá grandes árboles arrancados de raíz, chimeneas que caerán al suelo y coches que saldrán volando de su estacionamiento.

“Caminas de cara al viento, tratando de avanzar a lo largo de la acera, pero a pesar de tus esfuerzos no logras moverte. El viento arremete contra ti, y durante un minuto y medio te quedas inmovilizado”. No. En esa noche definitivamente eso no pasaría, me traté de tranquilizar.

EL SONIDO (FOTO 2)

 

 

El poder de convocatoria de Auster era patente. Ya tenía fans como novelista, como poeta, como editor, como ensayista, como  guionista y director cinematográfico. Las mujeres más hermosas del mundo estaban ahí, aguardándolo. ¿Atraídas por el Libro de las Ilusiones; por esa historia del escritor y profesor de literatura que tras la muerte de su familia en un accidente se refugia en la investigación sobre un cómico del cine mudo que desaparece misteriosamente?

¿O quizá por el autobiografismo posmodernista que Auster le ha dedicado a su narrativa metaficcional? ¿O por sus juegos de intertextualidad y exploración de los límites y fronteras entre la realidad y el lenguaje? Ellas se guardaban la respuesta para sí. Mientras tanto, llevaban las copas de vino blanco a los labios, volteaban por enésima vez hacia las puertas que daban acceso al lugar, y esperaban.

Auster se presentó cinco minutos antes de la hora señalada: las 8 PM. Era (es)  un tipo alto, fuerte, elegante. Con una mirada dura e inteligente. Cada movimiento o gesto suyo, resultaban sofisticados, reflexivos. Se me figuró una especie de Robert Mitchum de las letras. Duro también, con humor mordaz y espíritu crítico. Estrechó algunas manos. Se sentó en una silla tallada. Le dio un trago a la copa de tinto y atendió a la introducción que su editora hizo hacia el público heterogéneo.

Al terminar la corrigió, amable, y dijo que no hablaría sobre la literatura como arte (como subtitulaba el cartel publicitario del encuentro), de la cual señaló no saber casi nada. Se escucharon las risas del respetable, que sabía acerca de sus agudos ensayos y estudios monográficos sobre diversos autores (Beckett, Kafka, Céline, Proust).

Dijo, en cambio, que charlaría mejor sobre su reciente libro —“Una síntesis de mi quehacer narrativo”—, en el cual trataba los temas que más le han interesado en la vida: la soledad, el hambre, el azar, el abandono y la desintegración del individuo, teniendo como telón de fondo a la ciudad y la palabra como interconexión.

Habló pausada y claramente. Hubo humor seco, destilado, en lo que decía. El cine, la música (el jazz) y Nueva York eran (son) sus influencias directas, sostuvo. Tuvo frases favorables para el compromiso del escritor con sus lectores, “a los que siempre debe dignificar con el buen uso del lenguaje”, dijo; y duras críticas para “la estupidez del gobierno estadounidense y sus acciones”. Palabras cargadas de realismo, de rayos y centellas.

Palabras que ha obsequiado pródigamente desde hace 40 años mediante su trabajo. La hora y media en la que expuso todo eso se fue como agua, como la lectura de sus libros. Terminó la plática, hubo aplausos atronadores y largas filas para obtener una firma en el libro preferido.

A mí, la mitomanía me ganó y le solicité, absurdamente, además de una firma que me obsequiara una palabra, la que se le ocurriera en ese momento: «Sonido», dijo fríamente luego de un segundo. Así que el tal vocablo está en mi anaquel de trofeos desde entonces y al cual regreso una y otra vez.

Auster salió de aquel recinto. Se subió a un taxi Mercedes Benz negro, que ya lo estaba esperando, y se enfiló tranquilamente hacia la prometedora noche amsterdamesa.

EL SONIDO (FOTO 3)

VIDEO SUGERIDO: “El Libro de las Ilusiones” Paul Auster, YouTube (CineArte y Cultura)

 

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EL PRÍNCIPE CANGREJO

                                 Por SERGIO MONSALVO C.

ITALO CALVINO (FOTO 1)

 (ITALO CALVINO)

Estás a punto de empezar a leer El príncipe cangrejo de Italo Calvino (CNCA/Espasa-Calpe, 1990).  Relájate, aleja de ti cualquier otra idea. Deja que el mundo que te rodea se esfume en lo indistinto. La puerta es mejor cerrarla; al otro lado siempre está la televisión encendida. Adopta la postura más cómoda: sentado, tirado, ovillado, acostado. En un sillón, en el sofá, en la mecedora, en la cama, en el puf.

Extiende las piernas, alarga los pies sobre un cojín, sobre dos cojines, sobre los brazos del sofá, sobre la mesita de centro, sobre el escritorio. Quítate los zapatos o vuélvetelos a poner, es igual. Regula la luz de un modo que no fatigue la vista. Hazlo ahora, porque en cuanto te hayas sumido en la lectura ya no habrá forma de moverte. Haz todo lo posible por prever lo que pueda interrumpir la lectura. De una vez ve al baño y haz lo que tengas que hacer; si no, tú sabrás.

No es que esperes nada en particular de este libro en particular. Eres alguien que por principio no espera ya nada de nada. Ni de la selección de futbol. Hay muchos, más y menos jóvenes que tú, que viven a la espera de experiencias extraordinarias. Tú no. Sin embargo, dale una oportunidad a este volumen de cuentos italianos recopilados por el escritor de la misma nacionalidad Italo Calvino (1923-1985).

En ellos se narran historias inimaginables, cuyos protagonistas siempre son princesas, brujas, animales hechizados, madrastras, dragones, hadas y reyes. Son treinta narraciones del folklore italiano que se dividen en cuentos a caballo, cuentos de mar, cuentos de encantamiento, de animales y objetos mágicos y cuentos de niños hechizados.

Italo Calvino se graduó en letras en la Universidad de Turín. Al estallar la Segunda Guerra Mundial se incorporó a la resistencia y al terminar se dedicó a la literatura. Poco a poco sus escritos se alejan del neorrealismo y evolucionan hacia otros planteamientos: incorpora la fantasía a sus narraciones para poder reflejar con mayor profundidad los problemas existenciales del ser humano. Consciente de la importancia y el valor de los cuentos tradicionales, dedicó muchas horas de su vida a recrear literariamente esa rica herencia del pasado. El príncipe cangrejo es ejemplo de ello.

ITALO CALVINO (FOTO 2)

 

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TRUMAN CAPOTE

Por SERGIO MONSALVO C.

TRUMAN CAPOTE (FOTO 1)

 A SANGRE FRÍA

Tras cumplirse los 50 años de la publicación primera de A sangre fría, del escritor estadounidense Truman Capote, el mundo editorial en general puso en el mercado multitud de ediciones del importante libro.

Capote con su hábil fusión de elementos, que incluyen lo grotesco, lo horripilante, lo verídico, el humor, la sensualidad y la metafísica, logró que el público y la crítica lo consideraran escritor de difícil etiqueta, un indagador preciso y lírico de los aspectos más engañosos, secretos y perversos de una realidad aparentemente simple.

Con vigoroso golpe de timón y no menor originalidad estilística, este autor inserto dentro de la mejor tradición narrativa estadounidense (ya había publicado Otras voces, otros ámbitos y Desayuno en Tiffany’s), a mediados de los años sesenta mostró una faceta desconocida al escribir la obra que puede ser considerada como la fundamental en su producción literaria: A sangre fría.

Este término, un episodio verídico fundamentado en la crónica policiaca, le sugirió la elaboración de esta novela-verdad, minuciosa y realista, documental y despiadadamente magistral. Inauguró un género (Nonfiction) que dio un giro novedoso tanto a la literatura del siglo XX como al periodismo más contemporáneo (Nuevo Periodismo).

Capote usó las herramientas de la literatura para escribir la crónica de un hecho inentendible y bárbaro: el sangriento asesinato de una familia en un pueblo del estado de Kansas, en el medioeste de la Unión Americana. En cuanto de enteró del hecho en 1959 se metió de lleno en el asunto con el objetivo absoluto de ceñirse a lo acontecido y que la realidad hablara por sí misma.

Se relacionó con los victimarios, conversó largamente con ellos – sobre todo con uno: Perry Smith— hasta límites peligrosos y se afanó en saberlo todo; en adentrarse en la maquinaria maligna que produjo aquel horror; en indagar hasta encontrar quizá la clave que descifrara matanza semejante.

El resultado de tal investigación apareció primero en cuatro entregas en el periódico The New Yorker y en 1966 en forma de libro. Fue todo un éxito, en más de un sentido. Un acto de nota roja creció hasta convertirse en gran literatura, por una senda distinta. Y el periodismo también, al descubrir la aplicación de los recursos novelísticos a la crónica de una acción salvaje. Nuevos horizontes abiertos principalmente por la buena escritura.

TRUMAN CAPOTE (FOTO 2)

 

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EMILIO BALLAGAS

Por SERGIO MONSALVO C.

 EMILIO BALLAGAS (FOTO 1)

 EL GOZO DE LA EXPRESIÓN*

La evolución de la poesía cubana durante las décadas de los años veinte al cuarenta del siglo XX tuvo entre sus figuras preponderantes a Emilio Ballagas. En este poeta se concretan tendencias aparentemente inconciliables. Como todo bardo cubano, Ballagas tuvo sus raíces literarias en José Martí y Rubén Darío. Él se nutrió de esas fuentes, pero de igual manera se apoyó en otro pilar: el negrismo y su magia.

Muy bien se podría decir que a causa de esta conformación tripartita, la de Ballagas podría haber sido una personalidad o una poesía dividida. Nada de eso. Su obra está constituida de matices y primores lingüísticos. Lo popular adquiere en su pluma calidades de sutil artificio, y lo en apariencia inaccesible se convierte en lo contrario. Arte poética de excelente acabado, sólo interrumpida por su prematura muerte en La Habana, el 11 de septiembre de 1954.

Ballagas nació en la ciudad de Camagüey el 7 de noviembre de 1908, una urbe campesina del centro de la Isla, donde aún en la actualidad perduran arcaicas tradiciones. Según retratos de la época, el escritor era un hombre de estatura mediana y fino perfil: «Tenía un rostro de angelote, los ojos grandes, la frente tersa, tímido el gesto, la voz suave. Había en él una especie de aprendiz de brujo», lo describían. Formaba parte de un grupo de escritores jóvenes, entre los que destacaban Eugenio Florit y Nicolás Guillén. El país por entonces vivía bajo el despotismo político opresor del general Gerardo Machado.

El grupo al que pertenecía el poeta estaba constituido por intelectuales y universitarios de diversas procedencias ideológicas. Tras la caída de Machado, en 1933, Ballagas inició sus primeras salidas de Cuba. Era gran conocedor del lenguaje español, lo mismo que del inglés y el francés, de los cuales se convirtió en reconocido traductor. De tal suerte visitó Europa, Estados Unidos y Sudamérica, descubriendo las obras de escritores puntales en diversas vanguardias.

A mediados de los años treinta entró en circulación la poesía negrista, de cuyo ritmo casi ningún escritor cubano pudo evadirse. Inserto en dicha propuesta poética, Ballagas se dio a conocer rápidamente a través de su libro Cuadernos de poesía negra (Santa Clara, 1934), el cual llegó a todos los rincones de la isla y se expandió luego por diversos lugares del continente americano. En Europa, sólo algunos sectores, sobre todo franceses, pudieron hacer acuse de recibo a través de revistas y suplementos culturales.

Su ritmo entre épico, elegíaco y popular, es la triple circunstancia de su obra poética. De esta etapa otra de las cosas conocidas de Ballagas es su «Para dormir a un negrito», poema adocenado pero rebosante de escondidos tesoros, hasta su imitativo vocabulario popular.

Dórmiti mi nengre,

dórmiti ningrito.

Caimito y merengue,

merengue y caimito.

Dórmiti mi nengre,

mi nengre bonito.

¡Diente de merengue,

bemba de caimito!

Cuando tu sía glandi

va a ser bosiador…

Nengre de mi vida,

nengre de mi amor…

(Mi chiviricoquí,

chiviricocó…

Yo gualda pa ti

tajá de melón)…

En todos sus poemas no hay ninguna intención política, demagogia racista o protesta lacrimosa. Con terneza, Ballagas enumera, pinta, evoca, describe, presenta, sugiere y siempre canta…

*Fragmento del texto El gozo de la expresión, publicado en la sección “Son del mundo” de la revista Bembé, en 1998.

 

EMILIO BALLAGAS (FOTO 2)

 

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GEORG TRAKL

Por SERGIO MONSALVO C.

GEORG TRAKL (FOTO 1)

EL POETA DE LA MUERTE*

A Georg Trakl se le ha llamado el mago más puro de la poesía moderna alemana y también el poeta de la muerte. Desde la ciudad de Mozart cantó al horror de sentirse un extraño en este mundo. Su mirada apocalíptica lo fijó como un vidente atormentado en el alba de nuestro siglo, un tiempo al que él presagió de ruina, horror y desastre.

La suya ha sido una experiencia fundamental en el dolor a la que se le compara con la de un ángel pálido que presencia la destrucción humana, mientras él mismo siente los pies hundidos en el fango de la podredumbre, perdido bajo la maldición y devastado por el amor culpable, por el alcohol, las drogas y la locura.

Este ser torturado, que reconocía a Rimbaud como su influencia detonante, emitió sus lamentos por lo irremediable, por el caos infernal que condenaba al mundo y del cual no había escape. “En su espera impotente del fin —dijo el estudioso de su obra, el suizo Adolf Muschg— todas las cosas se le convertían en música fúnebre órfica”.

El canto de los pájaros, el susurro de los árboles y los jardines enuncian como una pesadilla el sentido de los acontecimientos sólo comprendido por el poeta: el duelo por un mundo que ya no será mañana, como en el poema «Día de muertos», en el que escribe lo siguiente:

«Estos hombrecillos, estas mujeres, la gente triste/ Esparce hoy flores azules y rojas/ Sobre las sepulturas de pálida luminosidad./ Pobres muñecos ante la muerte./ ¡Oh! cómo parecen estar saturados de temor y humildad,/ Cual sombras tras negros arbustos./ El viento otoñal solloza con el llanto de los que aún no nacen./ Ciertas luces se ven vagar./ Los suspiros de los amantes ululan entre el ramaje./ Allá se consume la madre con su hijo./ Irreal se antoja el corro de los vivos,/ Curiosamente disperso bajo el viento de la noche./ Su vida, llena de turbias penas, es tan confusa./ Dios, ten piedad del infierno y tormento de las mujeres,/ De estos desconsolados plañidos de muerte/ Los solitarios deambulan en silencio por el recinto de las estrellas». (Versión de Angelika Scherp).

Trakl nació el 3 de febrero de 1887 en Salzburgo, Austria. Los ascendientes de su padre eran originarios de Hungría y los de su madre de Bohemia. El negocio de la ferretería permitió a la familia de seis hijos llevar una vida acomodada.

A los 18 años y sin la aprobación de su padre incursionó en la carrera de farmacéutico, la cual le llevó tres años de trabajo práctico y cuatro semestres de estudios especializados en Viena, donde obtuvo el título de maestro farmacéutico. Después de ingresar al servicio militar voluntario por un año (1910-1911), Trakl hizo varios intentos en Salzburgo, Viena e Innsbruck por dedicarse a su oficio.

No pudo lograrlo más que a lapsos breves e intermitentes; sin embargo, en estos viajes se relacionó con Karl Kraus, Oskar Kokoschka, Ludwig von Ficker (quien publicó la mayor parte de su producción poética en la revista Der Brenner) y conoció muy de cerca el pensamiento y trabajo de Otto Dix y George Grosz. Al estallar la Primera Guerra Mundial se le reclutó y envió al frente como encargado de medicamentos. Ahí vivió realmente lo que había previsto: el auténtico terror; y cumplió con su destino.

Su obra artística abarcó dos vertientes, el teatro y la poesía. Las piezas dramáticas que escribió (Totentag y Fata Morgana) se perdieron en la oscuridad de los tiempos y actualmente sólo se conservan algunos fragmentos de una pequeña puesta para títeres llamada Blaubart.

La poética a su vez tuvo dos periodos, el primero bucólico y apacible (1906-1910) y el segundo que lo despertó a la amargura del mundo: «…en ella está toda tu culpa sin solución; tu poema es una expiación incompleta». En este segundo se palpa el influjo tanto del simbolismo como del expresionismo, pero manejados con su propio e innovador lenguaje.

A Trakl ni el amor pudo rescatarlo pues, encarnando la poesía de Rimbaud, ante las fealdades de este mundo se estremeció en su corazón grandemente irritado y, colmado por la herida eterna y profunda, empezó desde muy pronto a desear y amar a su hermana Margarethe, cuatro años menor que él.

Este sentimiento atentatorio lo marcó de por vida con una culpabilidad de intensa violencia y condujo al peor de sus temores metafísicos, al uso de diversas drogas (morfina, cocaína, veronal, entre otras a las que tenía fácil acceso por su oficio) y del alcohol, como una forma de angustiosa autodestrucción y de acceder a otros planos de conciencia.

Al ser reclutado a filas tuvo la absoluta manifestación de sus visiones. Durante la batalla de Grodek el farmacéutico Trakl, solo y sin medicamentos, tuvo que atender a decenas de hombres gravemente heridos en medio de los gritos de dolor, la sangre y los fragmentos humanos.

No soportó la concreción de sus terribles pesadillas e intentó suicidarse en la vorágine de un colapso nervioso. Descubierto a tiempo se le curó y envió a una clínica militar en Cracovia para su observación. Fue recluido en la misma habitación de un oficial que padecía alucinaciones, presa del delirio. Ahí en ese cuarto Georg Trakl murió el 3 de noviembre de 1914 debido a una sobredosis de cocaína.

 

*Este texto fue publicado por primera vez en el periódico La Jornada en 1990.

 

GEORG TRAKL (FOTO 2)

 

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GUSTAVE FLAUBERT

Por SERGIO MONSALVO C.

GUSTAVE FLABERT (FOTO 1)

EL EVANGELIO DEL DESPRECIO

A mediados del siglo pasado el autor francés Gustave Flaubert (1821-1880) le escribió a su colega George Sand lo siguiente: «Usted no sabe lo que significa estar sentado todo el día con la cabeza entre las manos, devanándose los sesos por encontrar una palabra». Desde entonces esta queja sobre el tormento de escribir aparecerá siempre en su correspondencia.

Efectivamente, durante días enteros Flaubert se paseaba entre los muebles de su casa para que le llegaran los pensamientos. En una semana producía apenas dos páginas. Jaquecas, dolores de estómago, serias perturbaciones y depresiones nerviosas lo castigaban, y siempre le quedaba la duda en sus textos de nunca escribir lo que realmente quería.

Como él mismo sabía, su vida era absurda, demencial y estaba sometida a una moral ascética impuesta por él mismo, que lo mantenía erguido y que lo derrumbaba al mismo tiempo. En medio de un mundo para él necio, embustero y vulgar, quería crear en el arte un campo de autenticidad. Prefería morir antes que abandonar el deseo de buscar siempre la única palabra correcta; prefería dejarse desollar vivo antes que escribir un lugar común, un cliché, una frase hecha.

A un fragmento de sus obras, el Diccionario de lugares comunes, Flaubert quiso hacerlo la segunda parte de una novela, también fragmentaria, sobre sus dos personajes Bouvard y Pécuchet, devotos de la ciencia y dedicados al estudio.  Así pues, en 1850 explicó en una carta a su amigo Bouilhet el plan de un prólogo irónico sobre su «evangelio del desprecio», en donde escribiría con la intención de devolver al lector «a la tradición, al orden y a la convención».

Dos años después le escribió a Louise Colet que el dicho Diccionario de lugares comunes debería registrar, en orden alfabético, todo «lo que hay que decir en sociedad para ser un hombre decente y amable». Ante tal acumulación de trivialidades –pensaba Flaubert– uno debería sobrecogerse tanto que no se atreviera a hablar más, «por miedo a utilizar una de las frases que se encuentran contenidas en él».

Según el modelo del libro se obtendría así, mediante la técnica de la cita desenmascarada, a grandes rasgos, una enciclopedia de las habladurías, clichés, frases sobadas y lugares comunes, que manifestaran claramente la estupidez de la sociedad sin necesidad de comentario alguno.

El Diccionario de lugares comunes de Gustave Flaubert se volvió así históricamente moderno e indicador del futuro, porque en él nos encontramos con un escritor que no cuestiona a la sociedad en sus individuos, instituciones o formas de conducta, sino en el sustrato anónimo del lenguaje.

Hoy en día, gracias a la lingüística y a la crítica ideológica, se ha diferenciado y agudizado este punto de vista, y el lenguaje, en cuanto sistema de prejuicios y modelos de experiencia, en cuanto escondite de significados parasitarios, en cuanto potencia donante de la conciencia, se ha convertido en un tema principal de la literatura y representa, formalmente, el desprecio por las trivialidades inmensas de conversaciones que giran en torno a sí mismas.

Los estudiosos de la lingüística social han referido al respecto el siguiente argumento: «Es fácil reírse del múltiple y aparente saber de las mayorías o convertirlo en objeto de estudio y observación; sin embargo, no debe pasarse por alto en qué medida la supuesta cultura humana está basada, de hecho, en esos lugares comunes, prejuicios e ideas preconcebidas confirmados por ese mismo consenso general…»

De esta forma la risa se torna en mueca y esta argumentación devuelve la razón al horror de Flaubert ante los convencionalismos de la charlatanería común, pues nos presenta desnuda a la necedad como tal, socialmente hablando.

El arte y la literatura han tenido siempre el objetivo de liberar al lenguaje de las rutinas alienantes y proponer a la sociedad opciones acerca de sí misma; son la contraparte a tanta tontería que utiliza gustosamente toda perogrullada y también lo cursi y que convierten los formalismos en hábitos y en costumbres patéticas (sobre eso Flaubert estaba consciente de manera dolorosa).  Si no, compruébese leyendo, viendo u oyendo actualmente cualquier medio masivo, sobre todo Internet, distribuidor indiscriminado y mayoritario de lugares comunes en todos los sentidos de la vida humana.

GUSTAVE FLAUBERT (FOTO 2)

 

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STEPHEN HAWKING

Por SERGIO MONSALVO C.

HAWKING FOTO 1

 Y LAS PEQUEÑAS COSAS

Hygge, el dios de las pequeñas cosas, me ha obsequiado recientemente con algunas dádivas. Debo decir que esta deidad no suele ser generosa en la cantidad de lo ofrecido, pero siempre lo es en la calidad de lo mismo.

Una muestras: Los goles de Messi, la prodigiosa aparición de otro goleador (¡y vaya que lo es!) con un equipo inglés (Liverpool): Salah “El Egipcio”. Asimismo, están el sol primaveral sobre algunas bancas del Vondel Park, el café latte de Pipes & Beans (una pequeña cafetería de barrio), las uvas de una frutería marroquí cercana a mi casa. En fin, cosas así.

Hygge es la imagen del término escandinavo (muy diferente de su versión hindú) que habla de la felicidad en dosis diminutas, pildoritas de ella que se consumen en la lectura de un buen libro; en la escucha de un disco; en la contemplación de una foto, pintura o ilustración; en el disfrute de una serie de televisión; en la degustación de un copa de vino sabroso, de un buen queso, etcétera.

Las infinitas alforjas de esta deidad están cargadas de anécdotas comunes con las que todos nos podemos identificar, de manera atemporal y selectiva.

Las pequeñas cosas, a su vez, son esos paréntesis cotidianos en los que uno puede divagar sobre el ser y estar humanos. Dentro de cada uno de esos momentos hay un relato completo. Y si uno echa mano de la elasticidad de esas situaciones suficientemente, habrá lugar hasta para esa fantasía llamada felicidad. Con tales detallitos dicho dios busca la empatía y provocar la sonrisa de la mente.

En un verano pasado, cuando anduve por sus dominios, compré un souvenir, un pequeño busto con la imagen del tal Hygge. Lo puse en mi llavero, así que va conmigo a todos lados desde entonces.

El otro día, por ejemplo, estuvimos en la Universidad de Erasmus, en Rotterdam. Hacía un frío endemoniado (20 grados bajo cero) y era el Idus de Marzo. Tuve que caminar del Metro al campus y fueron los mil metros más penosos que haya pasado en los últimos tiempos. De tal modo que al llegar a las instalaciones lo primero que busqué fue una máquina de café para servirme algo y entrar en calor.

Entonces, mi tarjeta de débito no funcionó en el aparato dispuesto junto a la cafetera, ubicada en uno de los pasillos de dicho centro académico. Lo intenté varias veces pero nada. Quise agarrarlo a golpes pero no lo hice. En cambio lancé una grosera exclamación. La guapísima estudiante que estaba detrás de mí sonrió por ello y por mi torpeza con dicho aparato.

Dio un paso adelante, colocó su tarjeta y los focos se pusieron en luz verde. Me preguntó qué clase de café quería. Apretó los botones indicados, esperó a que la tasa se llenara y me la entregó con otra sonrisa. Le di las gracias a ella por ambas cosas y, mentalmente, a Hygge por ese regalo inesperado.

Por otro lado, dicho Idus, además de aquel frío, también trajo consigo a la Parca. Y tras su infausta visita me enteré que se había llevado consigo al científico británico Stephen Hawking (1942-2018). El tipo que intentó explicar a la gente común y corriente, a los neófitos como yo, sus pruebas para conectar la teoría de la relatividad con la mecánica cuántica (que, según los que sí saben, es uno de los retos más grandes que puede enfrentar el cerebro humano, él recogió el guante y con éxito) al igual que con las cuestiones como la curvatura del espacio-tiempo.

Fue el tipo que buscó responder de manera sencilla a preguntas como ¿de dónde viene el universo? ¿A dónde va? ¿Hubo un inicio de éste? ¿Qué pasaba antes de eso? ¿Cuál es su destino? ¿Podemos retroceder en el tiempo? ¿Tiene éste una historia y un final? O sus conclusiones sobre los agujeros negros y la percepción que la ciencia tiene sobre ellos. “Mi objetivo es simple: un completo conocimiento del universo, por qué es como es y por qué existe”, dijo y además agregó: “El universo no sería gran cosa si no fuera el hogar de la gente a la que amas”.

En fin, su atrevimiento con La Teoría del Todo que James Marsh puso dentro de la película de tal nombre. Un biopic aproximado y subjetivo (la cinta está basada en el libro que escribió su ex esposa) sobre su atribulada vida.

VIDEO SUGERIDO: LA TEORÍA DEL TODO – Tráiler HD, YouTube (Universal Spain)

Natura condicionó la vida de Hawking con la enfermedad. Apenas pasados los 20 años de edad le fue diagnosticada una esclerosis lateral amiotrófica (ELA), y le pronosticaron sólo dos años de vida. Sobrevivió 54 más. Sin embargo, ésta le destruyó poco a poco el cuerpo, la capacidad motora, los músculos y lo sentenció a una silla de ruedas.

Luego le quitó la capacidad de hablar. Nunca más pudo volver a usar la voz, pero debido a su obstinación y a la actitud con la que se aferró a la vida, logró comunicarse gracias a un artefacto electrónico, un sintetizador que le proporcionó una voz robótica que, paradójicamente, se convirtió en emblemática y en parte de su leyenda.

Su muerte fue una gran pérdida para la humanidad. Suena a lugar común, pero en este caso es una verdad absoluta. “Sus teorías abrieron un cúmulo de posibilidades que nosotros y el mundo estamos explorando”, dijo la NASA. Y sí, no hay que dejar de pensar en ello: nos legó sus contribuciones astrofísicas así como una fulgurante obra de divulgación científica.

Y dondequiera que se haya ido ya se reunió con Einstein y, como los dos tipos de cuidado que son, se están riendo a carcajadas, resultado del gran sentido del humor de ambos (de Einstein hay mil ejemplos; de Hawking, igual; ahí están sus participaciones en la serie Big Bang Theory y sus respuestas durante las entrevistas que concedió en vida).

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Yo recuerdo haberle enviado al Profesor Hawking una carta a la Universidad de Cambridge, en la Gran Bretaña, y una copia de ella al Instituto Perimeter de Física Teórica, en Canadá (donde trabajaba desde tiempos recientes) para agradecerle las ideas, los conceptos y los descubrimientos que había logrado leyendo algunos de sus libros (Historia del tiempo, El universo es una cáscara de nuez, Brevísima historia del tiempo, Agujeros negros y El gran diseño) y que me mantenían ocupado disfrutándolos.

Igualmente, con mucho respeto y apelando a su conocido sentido del humor, le hice saber que me parecía un auténtico rockero por su actitud ante la vida, además del más picassiano de los científicos, por su imagen y objetivos estéticos (“¿Qué es un rostro humano?”, se preguntaba Pablo Picasso, en una entrevista que le hizo la revista The Art en 1923. “¿Vamos a pintar lo que está sobre la cara, lo que está dentro de la cara o lo que está tras ella?”. La representación de la figura en sociedad dio lugar a una segunda temática en la que se adentraba en la intimidad, en cómo se ve el propio sujeto, en la que la que el retratado se observa tal y como se sueña. Picasso supo convertir en propio todo lo que le apasionaba y lo devolvió al mundo como algo propio y enriquecido, como el mismo Hawking).

Y también que era el más monkiano debido a lo mismo: a su imagen y a los sonidos que emanaba su mente. Ésta era el verdadero instrumento de Thelonious Monk, y el piano un medio para sacar el sonido de ella al ritmo y en las cantidades que quería. No hubo nada que quisiera hacer y no pudiera. Siempre tocó con algo grande en juego. Hizo todo lo que lo elevó a un principio de orden con sus propias exigencias y su propia lógica. Sugirió firmes caminos por los que transitar musicalmente. Su talento nunca dejó de evolucionar y ampliar sus alcances, al igual que el científico británico.

En aquella carta le explicaba que su obra la asociaba a este triángulo musical (por mi deformación profesional, seguro). Así que para mí era un héroe rockero, picassiano y monkiano (por actitud, por legado y por estilo), autores que son sinónimo de vanguardia, como siempre lo había sido él (a pesar del castigo de Natura).

Nunca me contestó (tampoco lo esperaba), pero no me canso de pensar que a partir de la lectura de mi carta Hawking puso a Monk en su iPod personal para escucharlo a discreción, junto a las obras de Wagner a las que era afecto. Escuchar a Monk como yo lo hice cuando regresé de Rotterdam y supe de su fallecimiento en pleno Idus de Marzo. Hoy sé a ciencia cierta que el nombre del dios de las pequeñas cosas se escribe con H, y el de las grandes también.

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VIDEO SUGERIDO: Así funciona la voz de Stephen Hawking: “Utilizo la tecnología para comunicarme y vivir”, YouTube (El Futuro Es Apasionante)

 

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