LA MISMA MÚSICA

Por SERGIO MONSALVO C.

LA MISMA MUSICA (FOTO 1)

 (DEL FUTURO PRESIDENTE)

Somos lo que escuchamos. Eso hay que recordarlo especialmente en año de elecciones. También que la política es un asunto importante, por lo cual no hay que dejarla en manos de “los políticos”. Ellos se han encargado de ensuciarla, le han dado su mal nombre, por parafrasear a Bon Jovi.

Uno de los caracteres utópicos del concepto democrático reside sobre todo en pensar que cualquiera puede dominar el arte de gobernar, el cual exige para detentarlo dotes de personalidad y capacidad de esfuerzo superiores. Este problema se agudiza en la “democracia” mexicana, por ser éste un sistema que conduce con facilidad a que tipos imbuidos de “legítimas aspiraciones” se acostumbren sólo a la búsqueda del poder, desconociendo desde un comienzo los principios de dicho arte.

De ahí que les sea imposible examinar los complejos problemas de la vida pública, cuando se mantienen en exclusiva atentos a conservar la actitud que les conviene como miembros de un partido político. La influencia de éstos ha contaminado toda la vida pública actual. A la obligación de pensar la han sustituido con el hecho de pertenecer a un partido equis.

¿Son los actuales candidatos tipos con voluntad de intervención para solucionar las problemáticas?, ¿tienen sentido de la urgencia?, ¿sesgo programático?, ¿respeto por las reglas, principios de ética pública?, ¿ideas honestas sobre la distribución del poder?, ¿responsabilidad para que, en vez de propaganda, se desplieguen buenas razones y cuentas transparentes de sus actos y consecuencias?, ¿buscan generalizar el régimen democrático como forma de gobierno basado en la interacción colectiva?, ¿sienten la obligación de tomarse en serio la perspectiva cosmopolita? y, lo más importante, ¿poseen propuestas concretas (no burradas) para resolver tanto lo que sucede dentro del territorio, como lo que relaciona a México con otros países en el concierto internacional?

Sujetos con tales virtudes no existen entre los contendientes. Tampoco hay conciencia compartida o una sensibilidad que inspire una confianza mínima. Al contrario. Y debido a ello la masa de gobernados sufrirá las consecuencias gracias a su propio voto.  La política así no es, como se quiere hacer creer a todo trance por esos mismos sujetos, guía de la opinión pública, sino la inclinación indigna de estos cabecillas ante la instancia que ellos han creado y alimentado a lo largo de la historia reciente. Todos se sienten custodios de lo público, pero ¿qué significa para ellos una comunidad democrática o una nación moderna, aparte de palabras para llenar los rentados espacios televisivos, radiofónicos o declaraciones banqueteras?

La mejor manera de acercarse a sus discursos es preguntándose a qué suenan. ¿Cuál es su música? (ésta no miente). Pueden hablarnos con mucho desparpajo de “Democracia”, “El Cambio”, “Libertad” o “Transparencia”, pero se les oye raro. Suenan a discordancia. La misma que se desprende del vacío que dejan esas palabras pronunciadas por ellos. La verdad se escucha diferente.

La cultura musical comienza cuando los sentimientos crudos se sofistican para la reflexión individual. La cultura política comienza cuando los pensamientos crudos se reflexionan para la obtención del bien colectivo.

La música en el caso de los actuales contendientes es un documento de identificación (dicen que escuchan música clásica, pero sabemos que en la intimidad se inclinan por los narcocorridos). Algunas de las polémicas en las que están enzarzados sólo se pueden explicar por los oídos. Ahí es donde muestran el cobre, del pensar y del sentir. Los elementos de sus lenguajes se desarrollan en conexión directa con su historia social.

Unos fundamentan su léxico —populista, pedestre, inconexo— en la estética del regetón, de la banda norteña; mientras los otros — tan conservadores como incoherentes— lo hacen en los corridos (de esos que llevan el hocico sangrando) y en la masoquista y plañidera piedra del bolero o la palabrería pablomilanesca. La música del futuro presidente está ahí, agazapada.

 La política mexicana y sus políticos nunca están en lo que deben estar. Mucho menos en condiciones de garantizar la seguridad pública, económica o el bienestar de los ciudadanos. Tanto los de un partido como los de otro (que en realidad son lo mismo: un negocio) hablan mucho de reformar el rumbo, pero carecen para ello de teoría política y de cultura de gobierno. Del tamaño que se necesita.

La responsabilidad en la selección está en los ciudadanos, hoy por hoy comportados únicamente como consumidores de verborrea mediática. Si éstos aspiran a que se reproduzcan de modo estable los bienes públicos y el orden político, necesitan implicarse en lo colectivo de modo más activo y consciente, distinguirse como personas libres, sin las ataduras partidarias. Llevar una vida civil más comprometida.

En el horizonte no se atisba todavía en nuestra democracia esa mayoría social dispuesta a arrostrar los costos de una puesta en práctica semejante. Y en “los políticos” sólo escucharemos la descalificación y la defensa del honor partidario, la misma música discursiva, nunca una propuesta sustentada en razones y viabilidades. No las tienen, no las conocen. Por eso son “los políticos” y éstos, como lo hemos visto, de política como de música no saben nada. Su saber tiene fronteras cortas invadidas siempre por la mayor de las ignorancias. Por eso hay que reiterarlo: somos lo que escuchamos. Y más en un tiempo de elecciones.

LA MISMA MUSICA (FOTO 2)

 

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