LHASA DE SELA

POR SERGIO MONSALVO C.

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EL ENCANTO DE LA TRISTEZA

Desde hace siglos, la tristeza ha proyectado una sombra gigante sobre el arte. La poesía, escultura, pintura, novela, música han creado monumentos impresionantes a tal sentimiento, lo mismo que una corriente subterránea dirigida a exaltarla: el weltschmerz romántico. Como lo atestigua la estética que declaró al dolor espiritual como parte esencial de lo poético.

Hoy en día, en pleno siglo XXI, quizá ellos —los hacedores de los géneros musicales que tienen a la melancolía como fundamento (del dark wave a alguna variedad del neo folk, entre otros)— se asumen en la súplica desgarrada por una vida extraterrena, en el anhelo por otra realidad sobrenatural.

Ellos viven tal desgarro íntimo y como músicos deambulan mascullando sus penurias. Quizá de cualquier manera tengan que emprender la vagancia imaginaria alrededor de sus desiertos cotidianos, gritando su desesperanza.

A veces juegan a la música distrayendo la pena.

La belleza melancólica de las canciones de Lhasa de Sela, por ejemplo, hechizó al público de todo el mundo desde su aparición en el Festival Lilith Fair de 1997. “Cantar es para mí la búsqueda de una verdad y el intento de trasmitirla”, dijo.

Esta artista reunía en su música la introspección y también lo extrovertido.

Pese al carácter universal de sus poemas sonoros abrevó sobre todo en el folclor mexicano con toques de flamenco, música electrónica, tex-mex, música gitana y klezmer (contaba en sus conciertos la historia de su abuelo libanés, que se escondió en un barco con destino a Marsella para huir de un padre que no lo quería), y mostró una madurez y serenidad que no necesariamente se esperarían de una mujer tan joven.

Casi pareciera que Lhasa hubiera querido seguir las huellas de Chavela Vargas, de la cual una canción muy antigua de la tradición mexicana, interpretada por ella, inspiró el título de su CD debut: La Llorona.

Para Lhasa esta pieza y esa intérprete fueron importantes porque emiten una tristeza a la que nadie puede resistirse. “A mí siempre me han gustado las canciones tristes a las que no puedo dejar de oír”, señaló en su momento, y de alguna manera también apuntaló su estilo interpretativo.

Lhasa de Sela nació en 1972 en la localidad de Big Indian, Woodstock, en el estado de Nueva York. Su padre, Alex Sela, un historiador mexicano, escritor y profesor de español en la Unión Americana. Su madre, Alexandra Karames, fotógrafa estadounidense (y quien le puso ese nombre tras haber leído el Libro tibetano de la vida y la muerte). Ella fue la última de las cuatro hermanas que conformaban el cuadro familiar, además de las múltiples mascotas.

Con ellos pasó 12 años desplazándose entre la frontera de México y los Estados Unidos en una casa móvil (más bien un autobús de escuela adaptado como vivienda, sin televisión ni energía eléctrica, agua o teléfono, lo que obligaba a las niñas a inventar sus propias diversiones, como la actuación). Sin lugar a dudas ese nomadismo, como forma de vida, fomentó el andar de su espíritu artístico posterior.

Tenía 13 cuando tomó clases de canto en San Francisco (donde debutó haciéndolo en varios cafés) y empezó a cantar de manera profesional cuando se asentó en Montreal, Canadá, a los 18 años, donde llegó para vivir con sus tres hermanas, que estudiaban en una escuela circense  (como funambulista, contorsionista y acróbata, respectivamente, ella lo hizo de payaso).

En aquellos bares donde se presentaba lo hacía con los ojos cerrados y las manos metidas en las bolsas del pantalón, en medio del ruido ambiental y vasos entrechocando. Lo hacía hasta que lograba la atención de los comensales, ebrios o no, y entonces se hacía el silencio para que la atmósfera lograda por ella ocupara su lugar.

Sus cantantes favoritas eran María Callas, Amália Rodrigues, Chavela Vargas, Björk y de forma particular Billie Holiday, quien le causó una profunda impresión cuando la escuchó por primera vez en su temprana adolescencia.

Bob Dylan, Leonard Cohen y Randy Newman, a su vez, la influyeron sobre todo a través de sus textos.

[VIDEO SUGERIDO: Lhasa de Sela – De cara a la pared, YouTube (onubufonu) / o Lhasa – La Celestina, YouTube (Docudua)]

Además del poder seductor del canto apesadumbrado, la idea artística implica otra asociación. También se relaciona con la tradición arcaica de la plañidera, mujeres de los países mediterráneos a las que en los entierros se les paga por llorar.

Lhasa sostenía que en todas las sociedades le corresponde a cierta canción ese papel, el de expresar el dolor de una cultura: “Entre los gitanos, en los países árabes: en todas partes hay cantantes que entonan canciones tristes. Edith Piaf en Francia, el blues en los Estados Unidos. En todas partes existe la tradición de que la gente se junte para escuchar cantar a alguien que en representación suya expresa su sufrimiento”.

Saltaba a la vista su aproximación a la teoría del drama catártico: “Cuando se ve sufrir a otros, uno no se siente tan solo con su propio dolor”. Fue evidente que esta cantante había encontrado la forma de expresión adecuada para sus sentimientos más profundos.

A pesar del reconocimiento y la buena acogida que tuvo su propuesta artística a nivel internacional, la cantante decidió retirarse de la música por un tiempo, para dedicarse al mundo del circo al lado de sus hermanas. Fundó en Europa el circo contemporáneo “Pocheros”, en el que trabajó con ellas por espacio de un año. Después de ello se fue a radicar a Marsella, donde compuso mucho material y luego sintió la necesidad de volver a la escena musical.

Regresó a Montreal y llamó al percusionista Francois Lalonde y al pianista Jean Massicotte, quienes arreglaron y coprodujeron junto a ella su segunda obra: The Living Road (2003). Los sentimientos profundos mostrados en su anterior trabajo continuaron en el segundo. Una colección de extrañas y delicadas joyas, cuyas sensibles composiciones pasaron por una instrumentación poco habitual y una ambientación y melodías a lo Tom Waits.

A diferencia de La Llorona, cantado íntegramente en español (ya que amaba el idioma de su padre, al grado que llegó a declarar que “cada frase que logro escribir en español me parece un milagro. La cosa más sencilla me parece tan poética. Siempre siento asombro con esta lengua”), The Living Road contenía canciones tanto en inglés (idioma materno) como francés (de su país adoptivo) y español (paterno). Este disco supuso la confirmación para una de las artistas más creativas y prometedoras del panorama alternativo mundial.

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No obstante, el bello velo de tristeza que arropó a sus dos primeros trabajos, inspirados en las influencias de Chavela Vargas o el grupo Taraf de Haidouks, cedió su lugar a una nueva compilación de canciones que, sin romper con el estilo que caracterizó a esta intérprete mexicoestadounidense, la llevó por caminos menos tormentosos aunque igualmente intimistas y melancólicos ante el anuncio y la posibilidad de morir (a finales de 2007 enfermó de cáncer de mama y su salud iba mermando con rapidez). El álbum se tituló sencillamente Lhasa (2009).

Para esta nueva etapa de una carrera, que comenzó más de una década antes, la cantante elegió como estímulo para su alt country y folk de cámara los referentes de Sam Cooke, Al Green y Antony and The Johnsons. El disco fue producido por ella misma y a la vieja usanza: con todos los músicos en el estudio y tocando juntos, sin computadoras y en lo-fi, todo lo cual generó una calidez diferente y poderosa.

Cada obra exige su propio lenguaje. Lhasa lo supo y eligió el inglés en esta ocasión para matizar sus nuevas composiciones. En los anteriores fueron el español, el francés y el inglés, combinados. Para la instrumentación seleccionó la armónica, las guitarras acústica y pedal steal, el bajo, la batería, el piano y una banda comprometida con el tejido de las piezas y su divulgación on tour. Con todos estos elementos, creó melodías tan sencillas y originales como irresistibles. Las canciones así tratadas le resultaron de calidad escanciada y de amplia hondura.

A pesar de la lucha, el cáncer la venció. Lhasa murió a la edad de 37 años el primero de enero del 2010 en Montreal, Canadá.

Lhasa de Sela, con una voz de profundo y oscuro misterio, desgranó en canciones de un extremado intimismo un desgarro carismático en el que las letras se fundieron siempre con la melodía creando un poemario musical breve (sólo tres discos) para oídos en busca de algo suave, fresco, distinto y finalmente perdurable, con el que recordarla siempre.

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[VIDEO SUGERIDO: Lhasa de Sela – Fool’s Gold (2009), YouTube (armandraoul) / o Lhasa De Sela – Who By Fire, YouTube (arkso)]

 

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MAYA ANGELOU

Por SERGIO MONSALVO C.

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 “EL REENCUENTRO”*

(CUENTO)

Nunca hubiera creído que ella andaría con un negro, andar de verdad. Pero ahí estaba, en pleno 1958, sentada en el Café Blue Palm un domingo en que me tocaba abrir turno con el grupo de Cal Callen. Las cosas sucedieron así: el lugar estaba a reventar y Callen nos dio la entrada con “Hello Babe”. Desde luego sé muy bien, como todo el mundo, que él está obsesionado con Lester Young. Tal vez porque toca el sax tenor, o quizá tan sólo porque Lester es The Pres. Cualquiera que haya tocado alguna vez con Callen sabe que la entrada siempre será “Hello Babe”. Así que estaba lista. Comenzamos.

Había tocado antes con algunos de esos tipos, pero nunca con todos al mismo tiempo, pero arrancamos con esa pieza como si el siguiente destino fuera el Club Birdland en la ciudad de Nueva York. Al público le gustó. Aplaudió lo más que un público negro está dispuesto a hacerlo. Los negros siempre se portan como si estuvieran seguros de que con sólo estudiar un poco sería suficiente para hacer igual lo que uno hace en el escenario. Si no es que mejor. Así que brindan sus aplausos a la suerte del músico. Suerte de que no estén ahí arriba en el escenario para mostrarle a ese músico cuál es la verdad.

Como sea, después de los aplausos Callen se puso a presentar al grupo. Ese es su estilo. Otra cosa que todo mundo sabe. Una vez que termina de presentar a todos no va a decir nada hasta la siguiente tanda, sin importar cuántas veces toquemos. Por eso adereza la rutina de las presentaciones con un poco de humor.

Comenzó con Ollie, el de la guitarra…”Y aquí tenemos a un auténtico nativo de Chicago…vía Atlanta, Georgia…que llegó para traer el soul a la Ciudad del Soul…el señor Olly Martin.”

Prosiguió. Me puse a observar al público, a la gente sentada ahí sin escuchar. Mejor dicho, escuchaba con la mitad de un oído y hablaba con la boca entera. Algunas parejas por ahí acarameladas…y uno que otro blanco esforzándose horrores por darse un aire de naturalidad, como si acostumbrara ir todos los días al sur de Chicago, o quizá como si viviera ahí…y entonces la vi.

Vi a la señorita Mary Ann Baker, sentada ahí con toda su humanidad rubia, acompañada por un hombre negro y fuerte…un negro bonito. Las mujeres blancas cuando se parecen, se parecen demasiado: pensé que me había equivocado, que tal vez no era Mary Ann. La miré de nuevo. Sí, era ella. Recordaba muy bien la curva de su mejilla. La forma en que su mandíbula se desliza hacia el cabello. Era ella. Quizá me perdí unas notas; de hecho, quizá me perdí todo el tema que estábamos tocando.

¿Qué hacía ella en Chicago? En el lado sur. ¿Y con un negro? Mary Ann Baker de las Industrias Baker del algodón. La señorita Baker, la Reina del Algodón de Georgia…

Entonces escuché que Callen anunció el siguiente título y luego se acercó hasta a mí. Siempre me guardaba para presentarme al último –en la tercera pieza–. Sobre todo porque soy mujer y llamaba la atención del público que dijera, como en efecto lo hizo: “Y el hombre del piano es una dama. Y qué dama. Un manjar para los oídos y para los ojos. Damas y caballeros, quiero presentarles a la señorita Philomena Jenkins. Le dicen Minnie.”

Noté que hubo unos cuantos aplausos, pero estaba observando a Mary Ann. Escuchó mi nombre y me miró directo a los ojos. Los suyos, azules, se abrieron tanto como los míos, negros. Me reconoció, hasta nos saludamos con los párpados por un instante. No nos guiñamos el ojo. Sólo los entrecerramos para ver mejor. Había algo en ella que no alcancé a reconocer. Algo que no le conocí durante todos aquellos años en Baker, Georgia. No era pánico, ni miedo tampoco.

Lo que hubiera en ese rostro parecía familiar, pero antes de que lograra definirlo con exactitud, Callen anunció la siguiente pieza: “Prisoner of Love”.

Era mi canción, por muchísimas razones. En Baker, la única hora en que podía practicar el jazz en la iglesia era alrededor de la medianoche y tocaba esa pieza. Los mejores cambios de tono se me ocurrían en ella. Mi primer amante me sostuvo en su brazos tarareándola. Por lo común, cuando llega la hora de tocar esa tonada me clavo en serio. Pero en esta ocasión estaba muy ocupada pensando en Mary Ann y en su familia…y en qué estaría haciendo en Chicago, en el lado sur, acompañada por el negro más atractivo que yo hubiera visto en mucho tiempo.

En verdad estaba tratando de entenderlo cuando el saxofón de Callen se abrió paso a través de mis reflexiones. Me obligó a recordar los años de soledad, los días de privaciones, la iglesia, las ancianas con manos que parecían de hombre y los sueños con cruzar el Jordán. Luego tuve 32 compases para mí.

Mis dedos encontraron los sitios entre las teclas donde estaban escondidos el blues y la verdad. Desenterré la historia de la mujer sin hombre, y la del hombre sin esperanza. Me metí a la fuerza para tratar de asir el tono ubicado entre el si bemol y el simple si. Debo haberme acercado a él, porque el público me despertó con sus aplausos. Hasta Callen dijo: “Sí, nena, eso es.” Le agradecí con la cabeza, luego al público, y busqué con los ojos a Mary Ann.

¿Qué tal Mary Ann? ¿Qué pensaba ahora de la pequeña Philomena que solía sacudirle las sábanas para sacar los malos olores, lavarle los calzones sucios, recoger lo que su mamá, tan dejada, tiraba por ahí? ¿Qué pensaría ahora? ¿Sabría que aún resentía el dolor que Georgia me había causado? Pero Mary Ann se había ido. Su novio también.

Viví con mis padres hasta los 13 años de edad, en los cuartos de servicio. En una casa ubicada detrás de la residencia principal de los Baker. Mi papá era el mayordomo; mi madre, la cocinera, y yo asistía a una escuela segregacionista en el otro extremo del pueblo, donde los otros niños me llamaban “la puta negra Baker”. Los dedos de mi mamá, tan ágiles para coser, nunca lograron ocultar la verdad de la ropa de segunda mano y tirada por Mary Ann. Tenía mucho qué decirle, pero ella se había ido…

Su partida me bajó los ánimos. Supongo que hubiera querido embarrarle la cara en algo así como: “Mira, no pensaste que llegaría a más que sirvienta tuya y de tu mamá.” Y: “Ya ves, ahora la gente, hasta tú, pagan por escucharme”, y: “Escucha, estoy diciendo algo que nadie más puede decir. Al menos no en la forma en que yo lo hago.”…Pero su mesa estaba vacía.

Terminamos la tanda con algunas de mis piezas favoritas, “Sophisticated Lady”, “Misty”, “Cool Blues”. Admito que no volví a sentir la música hasta que tocamos “When Your Lover Has Gone”. Al terminar la melodía final, “All of Me”, en la que Callen fijó una velocidad tal que parecía deseoso de alcanzar el último tren a casa, el público nos agradeció, como de costumbre, y salimos para los 20 minutos de intermedio.

Algunos de los músicos salieron a fumarse “un toque” o algo y otros se acercaron a las mesas donde tenían a mujeres esperándolos. Yo me dirigí al fondo del bar oscuro y lleno de humo, ahí donde no se percibía ni siquiera la luz del sol que ocasionalmente trataba de abrirse paso desde la puerta de la entrada.

La sangre aún revoloteaba, pulsaba en las puntas de mis dedos. Si Mary Ann figuraba en el directorio telefónico le hablaría. “Hola, señorita Baker…habla Philomena…la que fue su sirvienta, toda mi familia trabajó para usted.”

O diría: “Hola, Mary Ann. Aquí la señorita Jenkins. Te vi ayer en el Café Blue Palm. Conocí a tus padres. De hecho, tu madre decía que la mía era una joya, que mi padre era un tesoro. Acostumbraba burlarme de ella por todo el whisky que tomaba, pero mi mamá decía: ‘No juzgues, para que no seas juzgada.’ Luego me enteré de que tu padre tenía a tres hijos en nuestra parte del pueblo, todos igualitos a ti, sólo que más bonitos. No, Mary Ann, vamos…vamos…no le guardes rencor…no te amargues la vida…” Me colgaría, por supuesto.

El solo imaginarme lo que le hubiera dicho me animó. Pedí un trago al cantinero e intenté volver a mi fantasía, cuando escuché que me llamaban: “Hola, Philomena. ¿Te acuerdas de mí?”

Ella estaba frente a mí, absorbiendo toda la luz. Aún arrastraba las palabras. Conservaba ese acento suave que las muchachas blancas y ricas practican en Georgia para mostrar que tienen educación. No se me ocurrió nada qué decir. ¿Que si me acordaba de ella? No había forma de responder a esa pregunta.

          –Le pedí a Willard que me esperara en el coche. Quería platicar contigo, Philomena.

Tomé un sorbo de mi trago, miré al espejo encima de la barra y me pregunté que querría realmente. Su reflejo no era amenazador en absoluto.

–Le dije a Willard que crecimos…en el mismo pueblo.

Sentí alivio que no hubiera dicho que crecimos juntas. A los diez años yo ya sabía que crecer significa ponerse a trabajar. Sonrió. No quité la mano de la copa.

–Me casaré con Willard. Soy muy feliz –dijo.

Estoy orgullosa de mi semblante. No se sobresaltó ni exhibió nada. Ella llamó al cantinero con una inclinación experta de la cabeza y pidió un trago.

–Willard da clases en una preparatoria de aquí, en el lado sur.

Llegó el trago, alzó el vaso y nuestros ojos se encontraron en el espejo.

–Lo conocí hace dos años en Canadá. Somos muy felices.

¿Por qué diablos me platicaba su cuento de hadas? No éramos parientes. De acuerdo, tenía a un hombre negro. ¿Y qué? ¿Pensaría, como la mayoría de los blancos que pertenecen a un matrimonio mixto, que le había hecho un favor a toda la otra raza?

           –Mis padres…–su voz se adelgazó hasta un susurro–…mis padres no me entienden. Creen que sólo estoy con Willard por fastidiarlos. Ellos…¿Cuándo fue la última vez que fuiste a casa, Mena? –No esperó mi respuesta–. Lo odian. Tanto que dicen que me repudiarán. — La incredulidad infundió nueva fuerza a su voz. –Me prohibieron volver a poner un pie en Baker.

Buscó mi mirada en el espejo, pero fijé los ojos en la copa. –Sé que muchas cosas están mal en Baker, pero soy de ahí. –Las vocales alargadas de su acento estaban llegando al gemido.

          –Mi mamá me dijo (y fíjate que no conoce a Willard) que de haber soñado cuando yo era una bebé que al crecer me casaría con un put…con un hombre negro, me habría ahogado. Es muy cruel escucharle eso a una madre, y se lo dije.

Adelantó el torso. Traté de observar la expresión de su cara, pero su perfil se ocultaba tras el cabello rubio –. Él no entiende esa actitud, ni yo tampoco. No es del Sur–. Pensé que sin importar de dónde fuera, no era blanco, rico y mimado–. Sólo quería hablar con alguien que me conociera de antes. Con alguien que conociera Baker. Sabes, una llega a sentirse sola…Ya no veo a ninguno de mis amigos. ¿Me entiendes, Mena? Mis padres me lo daban todo –. Sería porque eran los dueños de todo.

–Willard es lo primero que consigo por mí misma. Y no renunciaré a él. –Nos miramos de frente por primera vez. Sonaba igual que su madre y se veía como una niña de diez años a punto de hacer un berrinche–. Es mío, me pertenece.

Los músicos estaban afinando los instrumentos en el estrado. Apuré mi copa y me puse de pie.

–Mena, me dio mucho gusto verte de nuevo y platicar de los viejos tiempos. Vivo en Nueva York, pero vengo a Chicago cada dos fines de semana. Oye, ¿irás a nuestra boda? Aún no fijamos la fecha. Ve, por favor. Será aquí…en una iglesia de negros…no sé exactamente dónde.

“Adiós, Mary Ann –le espeté–. Diles a tus padres que se vayan al infierno y vete tú también, de una vez, para hacerles compañía”.  Me senté delante del piano. Ella aún lo tenía todo. La madre comprendería su terquedad y la enviaría a París o a la Luna. El padre no podría negar que la piel negra es hermosa. Mary Ann tenía dinero y un hombre guapísimo con quien jugar. Si algún día lo dejara de desear podría irse y ya. Seguiría siendo blanca.

El grupo iba a la mitad de la pieza antes de que se me ocurriera que Mary Ann tenía dinero; pero yo, la música. Ella y sus padres pudieron lastimarme de joven, pero lo que yo tenía dentro me había elevado muy por encima de ellos. Por muy difíciles que fueran las cosas para mí, no dejaría de ser la canción que lucha por hacerse escuchar.

Las teclas del piano estaban resbalosas por las lágrimas. Y sé con toda certeza que no lloraba por mí misma.

 

*Esta es una versión del texto “El Reencuentro”, de la escritora, poeta, educadora, cantante, actriz y activista estadounidense Maya Angelou (1928-2014), traducida para ser utilizada en la Serie “Palabra de Jazz”, que realicé como guionista y musicalizador y que se trasmitió por Radio Educación allá en los primeros años noventa (S.M.C.).

 

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