EMILIO BALLAGAS

Por SERGIO MONSALVO C.

 EMILIO BALLAGAS (FOTO 1)

 EL GOZO DE LA EXPRESIÓN*

La evolución de la poesía cubana durante las décadas de los años veinte al cuarenta del siglo XX tuvo entre sus figuras preponderantes a Emilio Ballagas. En este poeta se concretan tendencias aparentemente inconciliables. Como todo bardo cubano, Ballagas tuvo sus raíces literarias en José Martí y Rubén Darío. Él se nutrió de esas fuentes, pero de igual manera se apoyó en otro pilar: el negrismo y su magia.

Muy bien se podría decir que a causa de esta conformación tripartita, la de Ballagas podría haber sido una personalidad o una poesía dividida. Nada de eso. Su obra está constituida de matices y primores lingüísticos. Lo popular adquiere en su pluma calidades de sutil artificio, y lo en apariencia inaccesible se convierte en lo contrario. Arte poética de excelente acabado, sólo interrumpida por su prematura muerte en La Habana, el 11 de septiembre de 1954.

Ballagas nació en la ciudad de Camagüey el 7 de noviembre de 1908, una urbe campesina del centro de la Isla, donde aún en la actualidad perduran arcaicas tradiciones. Según retratos de la época, el escritor era un hombre de estatura mediana y fino perfil: “Tenía un rostro de angelote, los ojos grandes, la frente tersa, tímido el gesto, la voz suave. Había en él una especie de aprendiz de brujo”, lo describían. Formaba parte de un grupo de escritores jóvenes, entre los que destacaban Eugenio Florit y Nicolás Guillén. El país por entonces vivía bajo el despotismo político opresor del general Gerardo Machado.

El grupo al que pertenecía el poeta estaba constituido por intelectuales y universitarios de diversas procedencias ideológicas. Tras la caída de Machado, en 1933, Ballagas inició sus primeras salidas de Cuba. Era gran conocedor del lenguaje español, lo mismo que del inglés y el francés, de los cuales se convirtió en reconocido traductor. De tal suerte visitó Europa, Estados Unidos y Sudamérica, descubriendo las obras de escritores puntales en diversas vanguardias.

A mediados de los años treinta entró en circulación la poesía negrista, de cuyo ritmo casi ningún escritor cubano pudo evadirse. Inserto en dicha propuesta poética, Ballagas se dio a conocer rápidamente a través de su libro Cuadernos de poesía negra (Santa Clara, 1934), el cual llegó a todos los rincones de la isla y se expandió luego por diversos lugares del continente americano. En Europa, sólo algunos sectores, sobre todo franceses, pudieron hacer acuse de recibo a través de revistas y suplementos culturales.

Su ritmo entre épico, elegíaco y popular, es la triple circunstancia de su obra poética. De esta etapa otra de las cosas conocidas de Ballagas es su “Para dormir a un negrito”, poema adocenado pero rebosante de escondidos tesoros, hasta su imitativo vocabulario popular.

Dórmiti mi nengre,

dórmiti ningrito.

Caimito y merengue,

merengue y caimito.

Dórmiti mi nengre,

mi nengre bonito.

¡Diente de merengue,

bemba de caimito!

Cuando tu sía glandi

va a ser bosiador…

Nengre de mi vida,

nengre de mi amor…

(Mi chiviricoquí,

chiviricocó…

Yo gualda pa ti

tajá de melón)…

En todos sus poemas no hay ninguna intención política, demagogia racista o protesta lacrimosa. Con terneza, Ballagas enumera, pinta, evoca, describe, presenta, sugiere y siempre canta…

*Fragmento del texto El gozo de la expresión, publicado en la sección “Son del mundo” de la revista Bembé, en 1998.

 

EMILIO BALLAGAS (FOTO 2)

 

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