JAZZ: LIONEL HAMPTON

Por SERGIO MONSALVO C.

MÚSICO DE EXCEPCIÓN

Cierto día de 1930, un baterista de 22 años llamado Lionel Hampton estaba haciendo una grabación con su ídolo, Louis Armstrong, en los estudios de la NBC en Los Ángeles, cuando éste le pidió al joven que tocara algo con un instrumento que había en un rincón del estudio. Era un vibráfono y Hampton no lo había tocado nunca, pero logró sacarle un solo aprendido en una grabación de Armstrong. «Oye, eso suena increíble –exclamó éste–.  Hay que grabarlo.»  Y eso hicieron. «Memories of You» fue la primera vez que alguien usó el vibráfono para tocar jazz. Así, Hampton hizo historia musical y encontró su instrumento.

Al final del siglo XX, a los 83 años, Lionel Hampton –era uno de los pocos grandes directores de big band que aún quedan– daba más de 200 conciertos al año dentro y fuera de los Estados Unidos. Pese a ser una leyenda del jazz, no le daba mucha importancia a su celebridad y era muy modesto con respecto a sus logros.

«Nací con la afición a la música –afirmó en su momento–.  Solía levantarme por la mañana a golpear las ollas y los sartenes. De baquetas usaba los travesaños de las sillas. Siempre sentí el ritmo por dentro. Y eso no ha cambiado hasta la fecha».

Lionel Hampton nació en Louisville, Kentucky, en 1908. Su padre era ferrocarrilero antes de ser reclutado para la Segunda Guerra Mundial. Cuando no volvió de tal conflagración, Hampton y su madre regresaron al lugar de origen de ésta en Alabama. Ella contrajo matrimonio de nuevo y Lionel se fue a vivir con su abuela, Louvenia Morgan, evangelista muy devota que llevaba a su nieto a la iglesia todos los días de la semana y cuatro veces los domingos.  En uno de estas ocasiones, Lionel celebró un audaz debut. Acababa de cumplir los nueve años de edad.

«La iglesia tenía un grupo extraordinario –recordaba Hampton en las entrevistas–.  Trombones, saxofones, guitarras. Y una mujer que tocaba el bombo.  De verdad lo hacía muy bien. Una vez dejó caer la baqueta, casi en un trance. Yo la tomé y empecé a darle al bombo sin perder un solo compás».  Fue entonces que decidió ser baterista.

Después de mudarse a Chicago con su abuela y un tío dedicado a la producción ilegal de ginebra y whiskey en colaboración con Al Capone, Hampton ingresó a una escuela católica. Una de las monjas le enseñó a tocar la batería, castigando los errores con golpes en los nudillos. Su educación musical continuó según las indicaciones del mayor Nathan Clark Smith, un antiguo director de banda militar muy estricto para la disciplina.

Con él, Hampton conoció diversos instrumentos; tuvo la oportunidad de relacionarse con otros músicos en cierne y de tocar por primera vez con un grupo. Se familiarizó con el jazz escuchando a Louis Armstrong afuera de los salones de baile y copiando los solos plasmados por éste. Otro ídolo suyo era el baterista Jimmy Bertrand.

Hampton contó siempre con el apoyo familiar en sus aspiraciones musicales.  Su tío, por ejemplo, le compró su primera batería, además de llevar a las fiestas de la casa a personajes como Bix Beiderbecke y Bessie Smith.

A los 19 años, Hampton le pidió permiso a su abuela para reunirse con un amigo que quería fundar un grupo en California. Ahí conoció, en muy poco tiempo, a las tres personas que darían impulso y forma a su carrera: Gladys Riddle, su futura esposa y administradora financiera, Louis Armstrong y Benny Goodman.

Juntos, Hampton y Gladys se fueron de gira con un grupo dirigido por él mismo, haciendo frente a toda clase de problemas monetarios y de discriminación racial. Una noche de 1936, Benny Goodman llegó a escucharlos. Había oído que Lionel estaba haciendo cosas extraordinarias con un nuevo instrumento para el jazz. Durante una pausa en el programa, Goodman sacó su clarinete y se unió al grupo.

La noche siguiente Goodman volvió a presentarse, acompañado esta vez por el baterista Gene Krupa y el pianista Teddy Wilson. En una sesión histórica de improvisaciones nació el Goodman Quartet. Al otro día, grabaron «Moonglow» y «Dinah».

Unos meses después Hampton andaba ya de gira con el Goodman Quartet, grupo que aparte de sus cualidades musicales destacó por ser el primero en integrar a músicos de diferentes razas, Ahí fue donde reveló un fino oído para la improvisación y un estilo exuberante como solista. Con Goodman permaneció cuatro años (1936-1940).

La gira gozó de gran éxito y de súbito Hampton se dio cuenta de que era un hombre famoso. Cuando posteriormente llevó a su propio grupo al Sur de los Estados Unidos, siguió el ejemplo de Goodman e incluyó en él a músicos blancos para demostrar que las dos razas podían tocar juntas.

Luego de su aparición con Benny Goodman, Hampton se erigió en una de las figuras más célebres del periodo del swing, y su enorme éxito le permitió fundar una big band propia a principios de los cuarenta. Este formato probablemente resultó el más adecuado para el despliegue de su personalidad extravagante y dotes teatrales. Tal agrupación, que llegó a incluir a músicos de gran talla, fue uno de los conjuntos grandes más duraderos y populares a través del tiempo en el jazz.

Ahí el efecto Hampton en el vibráfono fue brillante, con solos de primera e ideas ricas y complejas, producto de un músico disciplinado, relajado y talentoso. Sin embargo, también fue un excelente líder de grupo. Su entusiasmo personal sirvió como agente catalítico e inspiró a quienes tocaron con él.

Hampton descubrió con él a muchos músicos que hicieron leyenda, entre ellos a una joven cantante de rhythm and blues, Ruth Jones, cuyo nombre cambió a la postre por el de Dinah Washington; Joe Williams, Betty Carter, Sammy Davis Jr., Nat «King» Cole y Clifford Brown; recomendó a Dexter Gordon que cambiara el clarinete por el saxofón; y tocaron en su banda Quincy Jones, Illinois Jacquet, Charlie Parker, Wes Montgomery y Charlie Mingus.

Todo iba muy bien hasta que su esposa murió, en abril de 1971. Hampton entonces se apartó totalmente de la música durante un año. Al cabo del cual volvió: «La música me hace feliz y quiero seguir tocando para Gladys –indicó Hampton–.  No tengo la intención de retirarme nunca».

Con todas sus cualidades intactas llegó hasta los 94 años, cuando un paro cardiaco lo retiró de las baquetas. Lionel Hampton murió el 31 de agosto del 2002 en Nueva York.

Antes de tal suceso, el Museo Smithsonian de Historia de la capital de la Unión Americana recibió el vibráfono que Hampton ha tocado las últimas dos décadas. El instrumento sería parte de su colección permanente y se incluiría entre otros 300 mil objetos relacionados con el jazz (entre ellos la trompeta de Dizzy Gillespie y el clarinete de Benny Goodman).

Post mortem, y como pieza extraordinaria de su discografía, la compañía MCA sacó a la luz un álbum de dos discos titulado Hamp, donde se reeditaron una serie de temas con ayuda de la más avanzada tecnología de la época, para preservar y restaurar una parte significativa del patrimonio musical del eminente vibrafonista, baterista, pianista y líder de grupo, entre los años 1940-1960.

VIDEO: The Benny Goodman Quartet 1959 – I Got Rhythm, YouTube (1964Mbrooks)

JAZZ: LIONEL HAMPTON

Por SERGIO MONSALVO C.

MÚSICO DE EXCEPCIÓN

Cierto día de 1930, un baterista de 22 años llamado Lionel Hampton estaba haciendo una grabación con su ídolo, Louis Armstrong, en los estudios de la NBC en Los Ángeles, cuando éste le pidió al joven que tocara algo con un instrumento que había en un rincón del estudio. Era un vibráfono y Hampton no lo había tocado nunca, pero logró sacarle un solo aprendido en una grabación de Armstrong. «Oye, eso suena increíble –exclamó éste–.  Hay que grabarlo.»  Y eso hicieron. «Memories of You» fue la primera vez que alguien usó el vibráfono para tocar jazz. Así, Hampton hizo historia musical y encontró su instrumento.

Al final del siglo XX, a los 83 años, Lionel Hampton –era uno de los pocos grandes directores de big band que aún quedan– daba más de 200 conciertos al año dentro y fuera de los Estados Unidos. Pese a ser una leyenda del jazz, no le daba mucha importancia a su celebridad y era muy modesto con respecto a sus logros.

«Nací con la afición a la música –afirmó en su momento–.  Solía levantarme por la mañana a golpear las ollas y los sartenes. De baquetas usaba los travesaños de las sillas. Siempre sentí el ritmo por dentro. Y eso no ha cambiado hasta la fecha».

Lionel Hampton nació en Louisville, Kentucky, en 1908. Su padre era ferrocarrilero antes de ser reclutado para la Segunda Guerra Mundial. Cuando no volvió de tal conflagración, Hampton y su madre regresaron al lugar de origen de ésta en Alabama. Ella contrajo matrimonio de nuevo y Lionel se fue a vivir con su abuela, Louvenia Morgan, evangelista muy devota que llevaba a su nieto a la iglesia todos los días de la semana y cuatro veces los domingos.  En uno de estas ocasiones, Lionel celebró un audaz debut. Acababa de cumplir los nueve años de edad.

«La iglesia tenía un grupo extraordinario –recordaba Hampton en las entrevistas–.  Trombones, saxofones, guitarras. Y una mujer que tocaba el bombo.  De verdad lo hacía muy bien. Una vez dejó caer la baqueta, casi en un trance. Yo la tomé y empecé a darle al bombo sin perder un solo compás».  Fue entonces que decidió ser baterista.

Después de mudarse a Chicago con su abuela y un tío dedicado a la producción ilegal de ginebra y whiskey en colaboración con Al Capone, Hampton ingresó a una escuela católica. Una de las monjas le enseñó a tocar la batería, castigando los errores con golpes en los nudillos. Su educación musical continuó según las indicaciones del mayor Nathan Clark Smith, un antiguo director de banda militar muy estricto para la disciplina.

Con él, Hampton conoció diversos instrumentos; tuvo la oportunidad de relacionarse con otros músicos en cierne y de tocar por primera vez con un grupo. Se familiarizó con el jazz escuchando a Louis Armstrong afuera de los salones de baile y copiando los solos plasmados por éste. Otro ídolo suyo era el baterista Jimmy Bertrand.

Hampton contó siempre con el apoyo familiar en sus aspiraciones musicales.  Su tío, por ejemplo, le compró su primera batería, además de llevar a las fiestas de la casa a personajes como Bix Beiderbecke y Bessie Smith.

A los 19 años, Hampton le pidió permiso a su abuela para reunirse con un amigo que quería fundar un grupo en California. Ahí conoció, en muy poco tiempo, a las tres personas que darían impulso y forma a su carrera: Gladys Riddle, su futura esposa y administradora financiera, Louis Armstrong y Benny Goodman.

Juntos, Hampton y Gladys se fueron de gira con un grupo dirigido por él mismo, haciendo frente a toda clase de problemas monetarios y de discriminación racial. Una noche de 1936, Benny Goodman llegó a escucharlos. Había oído que Lionel estaba haciendo cosas extraordinarias con un nuevo instrumento para el jazz. Durante una pausa en el programa, Goodman sacó su clarinete y se unió al grupo.

La noche siguiente Goodman volvió a presentarse, acompañado esta vez por el baterista Gene Krupa y el pianista Teddy Wilson. En una sesión histórica de improvisaciones nació el Goodman Quartet. Al otro día, grabaron «Moonglow» y «Dinah».

Unos meses después Hampton andaba ya de gira con el Goodman Quartet, grupo que aparte de sus cualidades musicales destacó por ser el primero en integrar a músicos de diferentes razas, Ahí fue donde reveló un fino oído para la improvisación y un estilo exuberante como solista. Con Goodman permaneció cuatro años (1936-1940).

La gira gozó de gran éxito y de súbito Hampton se dio cuenta de que era un hombre famoso. Cuando posteriormente llevó a su propio grupo al Sur de los Estados Unidos, siguió el ejemplo de Goodman e incluyó en él a músicos blancos para demostrar que las dos razas podían tocar juntas.

Luego de su aparición con Benny Goodman, Hampton se erigió en una de las figuras más célebres del periodo del swing, y su enorme éxito le permitió fundar una big band propia a principios de los cuarenta. Este formato probablemente resultó el más adecuado para el despliegue de su personalidad extravagante y dotes teatrales. Tal agrupación, que llegó a incluir a músicos de gran talla, fue uno de los conjuntos grandes más duraderos y populares a través del tiempo en el jazz.

Ahí el efecto Hampton en el vibráfono fue brillante, con solos de primera e ideas ricas y complejas, producto de un músico disciplinado, relajado y talentoso. Sin embargo, también fue un excelente líder de grupo. Su entusiasmo personal sirvió como agente catalítico e inspiró a quienes tocaron con él.

Hampton descubrió con él a muchos músicos que hicieron leyenda, entre ellos a una joven cantante de rhythm and blues, Ruth Jones, cuyo nombre cambió a la postre por el de Dinah Washington; Joe Williams, Betty Carter, Sammy Davis Jr., Nat «King» Cole y Clifford Brown; recomendó a Dexter Gordon que cambiara el clarinete por el saxofón; y tocaron en su banda Quincy Jones, Illinois Jacquet, Charlie Parker, Wes Montgomery y Charlie Mingus.

Todo iba muy bien hasta que su esposa murió, en abril de 1971. Hampton entonces se apartó totalmente de la música durante un año. Al cabo del cual volvió: «La música me hace feliz y quiero seguir tocando para Gladys –indicó Hampton–.  No tengo la intención de retirarme nunca».

Con todas sus cualidades intactas llegó hasta los 94 años, cuando un paro cardiaco lo retiró de las baquetas. Lionel Hampton murió el 31 de agosto del 2002 en Nueva York.

Antes de tal suceso, el Museo Smithsonian de Historia de la capital de la Unión Americana recibió el vibráfono que Hampton ha tocado las últimas dos décadas. El instrumento sería parte de su colección permanente y se incluiría entre otros 300 mil objetos relacionados con el jazz (entre ellos la trompeta de Dizzy Gillespie y el clarinete de Benny Goodman).

Post mortem, y como pieza extraordinaria de su discografía, la compañía MCA sacó a la luz un álbum de dos discos titulado Hamp, donde se reeditaron una serie de temas con ayuda de la más avanzada tecnología de la época, para preservar y restaurar una parte significativa del patrimonio musical del eminente vibrafonista, baterista, pianista y líder de grupo, entre los años 1940-1960.

VIDEO: The Benny Goodman Quartet 1959 – I Got Rhythm, YouTube (1964Mbrooks)

BLUES: ALEXIS KORNER BLUES INCORPORATED

Por SERGIO MONSALVO C.

ALMA DEL BLUES BRITÁNICO

Alexis Korner, guitarrista, pianista, cantante y compositor nacido el 19 de abril de 1928 en París, resumió en dichas dotes musicales el potencial que lo llevaría a ser uno de los principales guías del blues británico. En Korner, de ascendencia austriaco-griego-turca, la errancia desde pequeño fue una de las constantes. Pasó su infancia en Francia, Suiza y África del Norte. Finalmente, al inicio de la Segunda Guerra Mundial, su familia se asentó a Londres.

Ahí desarrolló un profundo gusto por el jazz y en la segunda mitad de los años cuarenta, luego de una estancia en el ejército, se unió como guitarrista al grupo de jazz tradicional de Chris Barber. Tiempo después formó un grupo de skiffle con Ken Colyer, Barber y Lonnie Donegan (con el que grabó unos discos para Decca). Más tarde pasó cerca de diez años alejado de la escena musical, tiempo en el que se dedicó al periodismo y a la locución por radio. Fue en dicho periodo cuando el blues lo conquistó por completo.

El “Delta” para aquellos jóvenes británicos se ubicó a orillas del Támesis, donde a fines de los cincuenta y comienzos de los sesenta también se escuchaba mucha más música: canciones insertas en la era del vaudeville y del dancehall con un ligero toque de comedia; grandes cantidades de jazz tradicional producidos por Chris Barber y Acker Bilk; un poco del skiffle de Lonnie Donegan e intentos aislados, aún torpes, de adaptar el rock & roll original de los Estados Unidos al Reino Unido.

El pop británico de 1960 era una trivialidad. No significaba nada para la generación de la posguerra y tenía más relación con la nostalgia por el mundo exterior que vivían sus padres, tras haber sufrido el enfrentamiento bélico de la II Guerra Mundial, que con los jóvenes mismos. El fuerte blues de Muddy Waters que comenzaba a escucharse; el impulso elegante con el que Chuck Berry musicalizaba sus agudas letras sobre la existencia adolescente, y el beat selvático y anárquico de Bo Diddley ya eran otra cosa.

En ellos se percibía la verdadera vida, aunque los jóvenes de los tristes suburbios ingleses apenas intuían qué era ésta. No obstante, sentían la autenticidad en esa música. Y la emoción que encerraba. El blues comenzó a formar parte importante de la ecuación de la música de aquel tiempo.  Aportó a la escena británica muchas de sus preocupaciones líricas y de su estilo musical. 

El impacto del blues fue más que evidente en las fijaciones de dicha cultura, cuyos representantes trataban de cooptarlo en su totalidad y eran juzgados críticamente de acuerdo con su capacidad o incapacidad para hacerlo.  En la Inglaterra de comienzos de los sesenta Alexis Korner y Cyril Davies organizaron verdaderos seminarios en el arte bluesero a base de la escucha de los discos que les llegaban.

Asimismo trataban de conocer personalmente y actuar con los artistas originales del género que hacían sus primeras giras por aquellos lares, como Fred McDowell, John Hurt, Furry Lewis, Willie Dixon, Sonny Boy Williams o Muddy Waters. Llegada la ocasión, se esperaba siempre de estos maestros la Revelación auténtica.

Muddy Waters recordaba lo siguiente: «Cuando fui a Inglaterra por primera vez –en 1958, año en que tocó con Chris Barber, Alexis Korner y Cyril Davies— di a conocer verdaderamente al país el blues amplificado eléctricamente.  Aquellos músicos jóvenes me preguntaban por qué no tocaba la guitarra acústica y les prometí llevar una en la siguiente ocasión, lo que por otra parte hice. Pero para la época de mi segunda visita, a comienzos de los sesenta, todos los grupos de blues ingleses tocaban ya con amplificación y con un feeling increíble”.

Inspirado por Muddy Waters, Korner, en la guitarra y Cyril Davies en la armónica empezaron a tocar blues amplificado, junto con el guitarrista Jeff Bradford. En 1961 reunieron a su alrededor a un grupo de músicos simpatizantes del jazz y del blues, bajo el nombre de Alexis Korner Blues Incorporated,  y se abrieron su propio espacio en un club de la zona fabril londinense:

El Ealing Club al principio de los sesenta no era más que un pub más de bebedores, pero poco a poco, con la llegada de los músicos, lo que podía escucharse además era el jazz, una vez por semana, pero uno que no encajaba muy bien con la idea que de él tenían los parroquianos consuetudinarios, había «demasiado blues» para su gusto. Esto originó peleas constantes entre tradicionalistas y nuevos clientes.  Los últimos ganaron terreno rápidamente y los primeros terminaron alejándose del lugar.

Dicho club tenía un cupo máximo para 200 personas y el dueño del sitio se benefició con el nuevo escenario. Él se quedaría con las ganancias del bar y los músicos podrían repartirse el monto de las entradas. De cualquier modo, el Ealing estaba completamente abarrotado pasadas cuatro semanas de la llegada de los fans del grupo estelar: la Blues Incorporated de Alexis Korner.

La gente iba desde Escocia sólo para escucharlo y la cifra de público aumentó considerablemente, lo que obligó al dueño a cerrar las puertas media hora antes del comienzo de la primera función.

La banda, sin lugar a dudas, era un tanto rara, ecléctica y heterogénea; formaban parte de la misma intérpretes de lo más variado en edades: Brian Jones, Mick Jagger, Keith Richards, lo mismo que Charlie Watts en la batería, Keith Scott o Nicky Hopkins en el piano, Cyril Davies en la armónica, Andy Hoogenboom en el contrabajo (siendo reemplazado en breve por Jack Bruce) y Dick Heckstall-Smith, al sax tenor.

Pronto se corrió la voz por la ciudad de que algo extraño estaba sucediendo en aquel club y se creó una impresionante atmósfera, porque cada asistente descubrió que el que estaba a su lado era otro aficionado a esta música y que ya no estaba solo con sus gustos. 

Con ello dio comienzo el desarrollo de la fusión jazz-blues británica (a partir de 1963), con grupos como Blues Incorporated, Graham Bond Organization, y luego con Colosseum, Cream y Soft Machine, entre los más importantes. Y tanto la banda de Alexis Korner como la de Graham Bond en cierto momento de esa década tuvieron a lo más granado de la música inglesa.  Eran la escuela de un jazz-blues excelente que incorporaba verdaderos solos de jazz y era mucho más que blues.

Korner, con aquella banda actuaba como catalizador de toda la escena londinense, en la que bullían una multitud de factores que a la postre conformarían el entramado sonoro de una auténtica revolución cultural: el skiffle, el folk afroamericano, el jazz de Nueva Orleáns y neoyorkino, el country blues del delta del Mississippi, el rhythm and blues de Chicago y el rock & roll de Memphis.

Partidario incansable de tal fusión, Korner sirvió de inspiración a toda una generación de jóvenes músicos ingleses. De su pionera formación Blues Incorporated salieron los núcleos constituyentes de los Bluesbrakers, los Rolling Stones, Manfred Mann y de Cream. Asimismo ayudó a formar Free y al Led Zeppelin.

Korner grabó con frecuencia, desde entonces, y también se dio a conocer como conductor de televisión (se volvió líder de grupo residente del programa infantil de televisión Five o’Clock Club). Realizó constantes giras y grabó como sesionista para diversos artistas británicos.

Tras sembrar las semillas de todo ello y sin mediar conflictos personales,  sólo diferencias de gusto musical, Davis se separó de Korner para formar la Cyril Davies All Stars para interpretar únicamente el blues (también con una pléyade de instrumentistas que luego habrían de agigantarse).

A fines de los setenta Korner ya estaba bien establecido como líder de diversos proyectos, musicales, disc jockey para la radio BBC y comentarista sobre el blues. Gran parte de sus últimas apariciones en vivo fueron como dúo con Colin Hodgkinson, fundador del grupo de jazz-rock Back Door.

Este responsable de la electrificación del blues en la Gran Bretaña, fundador de la Blues Incorporated (banda aglutinadora de nombres de músicos que conforman un Who’s Who del rock y blues británico; una agrupación seminal que para quien se precie de conocer los árboles genealógicos, sin duda brindará datos apasionantes al descubrir la cantidad de grupos surgidos de su raíz), y alma de un movimiento de fusión que le trajo rechazos entre los puristas, murió en Londres el primero de enero de 1984, a los 55 años de edad.

VIDEO SUGERIDO: Alexis Korner – My momma told me, YouTube (Joe Stead)

MY BACK PAGES: 75 AÑOS EN LA HISTORIA DEL ROCK (VI-II)

Por SERGIO MONSALVO C.

60’s

SEGUNDA PARTE

El segundo lustro de la década es el inicio de una pesadilla generacional que conmociona de forma extrema a la tierra del Tío Sam, en todos los sentidos: El activismo político universitario —dormido hasta la fecha— hace sentir su rechazo al llamado a filas para los jóvenes y a la guerra imperialista. De igual manera, las minorías sociales inician la lucha por los derechos civiles de todas ellas (negros, indios, chicanos, feministas, gays, etcétera).

Como consecuencia de tal toma de conciencia surgirá el hippismo, el movimiento de los “weathermen”, el yippismo y otros ismos que se expandirán por el mundo en una diáspora cultural muy importante y de alcances indefinidos.

Todo ello había sucedido cuando la aparición de los Beatles en la Unión Americana arrasó en el Hit Parade y los convirtió en un hito. Luego de los Beatles el mundo fue otro, tanto como la música, la forma de componer, de hacer los arreglos, de producir, de grabar, de promocionarse. Los estilos se modificaron, la manera de escuchar la música cambió.

La beatlemanía fue una fuerza centrífuga que abrió la tubería del intercambio y asimilación cultural por doquier y por ella circularon el ye-yé francés, el pop italiano, la bossa nova brasileña, el krautrock alemán, la música hindú y el free jazz y la música estadounidense de raíces, así como las nuevas creaciones, el go-go, entre ellas.

El desembarco de los Beatles en los Estados Unidos, contagió a la población adolescente. En cuestión de días, los garages y sótanos de la Unión Americana fueron ocupados por jóvenes ensayando licks rocanroleros, iluminados por las sucesivas avanzadas de la Invasión Británica que continuarán llegando: Rolling Stones, Them, The Who, Kinks… Pocos fenómenos explican más vívidamente el poder catalizador del rock como aquel florecimiento musical al que se llamó garage rock: una explosión tan ubicua como expansiva en el tiempo.

A mediados de la década, con el paso de la adolescencia a la juventud, del instinto al conocimiento dentro del rock, se dio paso también al Bob Dylan que electrificó la palabra. La poesía, irrumpió en el género para amplificar la denuncia, el disgusto, la incomodidad con un sistema; para modificar los lenguajes, los sueños y las utopías. Esto forzó a que muchos grupos lanzaran varios discos al año, con los mismos Beatles como ejemplo.

Surgieron entonces el folk rock, el country rock y los primeros resultados de la exploración lisérgica por los paraísos artificiales. El rock psicodélico emanó de la Bahía de San Francisco para hablar de viajes interiores, de aventuras mentales, de trascendencias espirituales, acompañadas de otras vibraciones, de sonoridades desconocidas provenientes del interior humano, con infinidad de exponentes.

De tal actividad brotaron flores culturales para dar fijeza a un momento histórico: el LP como objeto del arte pictórico y del concepto en lo musical, las portadas de los discos, los álbumes dobles y triples, los happenings, los conciertos colectivos, el performance, los festivales masivos, la prensa underground, el pop-art, los shows musicales de la TV.

Los iconos de una nueva cultura, como Jimi Hendrix (quizá el mejor guitarrista de la historia), los clubes de rock, la ruptura del papel de habitual de la mujer en la música popular, el movimiento ecologista, las radios piratas o las boy bands con referentes dignos como los Walker Brothers.

Hubo todo un nuevo movimiento musical, quizá el más trascendente y de gran repercusión social y cultural con el art-rock, alternativo e indie, el rock progresivo, el rock sinfónico, el jazz-rock, la rock-ópera y el hard rock como referentes. Al igual que las exploraciones electrónicas y las mitomanías exacerbadas en el exterior y en lo subterráneo. El uso del estudio de grabación como un instrumento más (experimentando con prácticamente toda la tecnología existente, e incluso provocando la invención de alguna nueva) creó una riquísima amalgama.

Los años sesenta abordaron lo musical como protagonista, pero en el fondo insistieron en lo sociológico. Puede considerarse la década de las ideologías. Del hedonismo al activismo, de la secularización a la píldora anticonceptiva, de la cultura de masas al afán por la juventud eterna y mucho de lo que nos caracteriza hoy hunde sus raíces en las batallas libradas en aquella década. Es la crónica de una generación que se encontró con un mundo en llamas y decidió ser sujeto activo de la Historia, con mayúscula.

Hubo movimientos de protesta contra el imperialismo yanqui (por la guerra de Vietnam); contra el imperialismo soviético (por la invasión de sus tropas en Checoslovaquía, en la Primavera de Praga); en mayo del 68 contra el orden establecido, durante las revueltas estudiantiles y sindicales que se iniciaron en Francia y se extendieron rápidamente por otros países. Los efectos socioculturales de estos movimientos aún se sienten actualmente.

Con el Festival de Woodstock, realizado en Nueva York en 1969, y considerada la reunión rockera más importante, esa progenie del «peace and love» vivió su momento ideal, su punto álgido, con la mayoría de sus dioses en el escenario, pero a la vez marcó el inicio del fin, que ocurrió meses más tarde con el concierto gratuito que The Rolling Stones ofrecieron en Altamont, California. Los Hell’s Angels y, antes, Charles Manson y Familia aportaron la parte oscura a aquel festín sesentero. La utopía hizo fade-out.

Dicha utopía sí, pero el rock continuó con su larga marcha hacia las decenas de horizontes descubiertos. Al llegar el final de la década se produjo un estremecimiento general, se dio otro cambio en el sonido gracias a los estallidos del heavy metal.

La injerencia de tal cúmulo de hechos, pero sobre todo, la conquista de un arrebato generalizado y contagioso hizo patente el hecho de que la inmensidad de aquello había sido una revolución, en toda la extensión de la palabra, protagonizada por toda una generación a nivel internacional.

VIDEO: Jefferson Airplane – White Rabbit, YouTube (dustasdu)

MY BACK PAGES: 75 AÑOS EN LA HISTORIA DEL ROCK (VI-I)

Por SERGIO MONSALVO C.

60’s

PRIMERA PARTE

En lo musical, la década de los sesenta se inició para el rock de manera lenta e inocente. Venía de una crisis que casi le cuesta la vida, al final de los cincuenta, luego del brutal ataque al que la sometieron el gobierno y las fuerzas vivas estadounidenses (con los truculentos expedientes X). Los pioneros estaban arrinconados, encarcelados o muertos.

La industria, apoyada por las instituciones, buscó sustituirlos por gente menos peligrosa para el sistema. De ese modo llegaron los baladistas, carilindos bien peinados y vestidos (Mark Dinning, Rickie Nelson, Fabian, Pat Boone, etcétera). Con una temática pop reducida a lo meloso y elemental en exceso. Sin referencias ni significados.

No obstante, con el paso del tiempo fue recobrando su luminosidad y vigor tras el incierto futuro. Con ya 10 años de existencia el rock comenzó a subdividirse y a crear subgéneros. En primera instancia surgió el pop barroco con Phil Spector como abanderado principal y con él la importancia del papel del productor.

A su vez, los intérpretes y compositores negros le insuflaron vida con el soul (con los incendiarios conciertos de James Brown y Otis Redding) y la creación del sonido Motown, por un lado y un sinfín de estilos de baile, por el otro: el jerk, el pony, el watusi, el monkey, el mash potato, el funky chicken y sobre todo el twist, que puso a bailar, literalmente, a todo el mundo, con Hank Ballard y Chubby Checker a la cabeza.

La costa Oeste de la Unión Americana reclamó la atención con sus playas, sus bikinis, sus deportes acuáticos y el estilo de vida que rodeaba todo aquello. El soundtrack de tal escenario fue alimentado con el surf. Primero con la bobería y ligereza de Jan & Dean, en la parte soleada, y luego con Dick Dale, en la oscura. La guitarra eléctrica renovó su papel protagónico.

En el panorama urbano, se lanzó la que hasta entonces sería la canción más bonita que había producido el género: “Be My Baby”. Una inspiración genial de Phil Spector, que sería proyectada a través de uno de los girly groups más suntuosos de la novedosa corriente, las Ronnettes, debido en mucho a la magnífica e inolvidable voz de Ronnie, la cantante principal.

A su vez, los grupos vocales masculinos fijarían una larga tradición a la que el tiempo había ido agregando elementos (góspel, spirituals, doo-wop, canción tradicional, rhythm & blues), que culminaría en esta década con representantes de la talla de, The Four Seassons, The Orlons, The Contours o Dion and The Belmonts, con “The Wanderer” como ejemplo.

Todo ello no sería más que un antecedente que desembocaría en la llegada del fenómeno musical por antonomasia, el big bang con el que en rigor empezaría la década, y también la proyección del rock como canto generacional planetario, representativo, referencial, mediático, intergenérico y un largúisimo etcétera de secuelas: la beatlemanía.

Ésta trajo aparejada consigo la presentación de la Ola Inglesa, con sus particulares experiencias y bagaje estilístico (Beat y Mercey Beat). La música anglosajona se convirtió en la tendencia dominante a partir de esta década, con intérpretes superlativos y rockeros empeñados en lograr obras maestras de tres minutos, en las que el pop y el rock convivieron en altas esferas, como con los Dave Clark Five.

Al mismo tiempo, los guitarristas procedentes de la Gran Bretaña además de con su virtuosismo enfrentaron al público blanco estadounidense con el espejo de lo mejor de su propia música negra. Nacieron el blues-rock y los héroes y leyendas de las cuerdas (Eric Clapton, Alvin Lee, Peter Green, Jeff Beck; así como las Fender y las Gibson, entre otros) y se impuso el uso del órgano Hammond.

En lo sociopolítico el mundo también entra en convulsión durante los primeros años de esta década. En la Unión Soviética fue abatido un avión espía estadounidense «U2» y eso congela aún más la Guerra Fría. Asimismo, surge la segunda ola del feminismo en el que desde entonces hay un desajuste en la mirada, una contractura que enturbia los comportamientos, que aunque ahora cotidianos, nunca se han despojado de su faceta siniestra.

John F. Kennedy toma posesión como presidente de los Estados Unidos. Mientras la Unión Soviética inicia la carrera espacial enviando al primer hombre y mujer al espacio (Yuri Gagarin, Valentina Tereshkova). Se anuncia la construcción del muro de Berlín y se da la fallida invasión a Bahía de Cochinos, en Cuba. Los científicos Lacob y Monod elucidan los mecanismos de la regulación genética al nivel celular.

La llamada Crisis de los misiles entre Cuba, los Estados Unidos y la Unión Soviética pone al mundo al borde de una guerra nuclear. Se realiza el primer enlace transatlántico de televisión por satélite (Telstar-1). Nelson Mandela es encarcelado en Sudáfrica víctima del apartheid y hay conmoción mundial por el fallecimiento de Marilyn Monroe.

El mundo asiste con estupor una larga cadena de asesinatos de políticos y líderes de alto nivel comenzando con Patrice Lumumba, primer ministro y tras la independencia del Congo; John F. Kennedy, su hermano Bobby, Martin Luther King y Malcolm X, en la Unión Americana, a manos de fanáticos reaccionarios y racistas.

Lyndon Johnson, el exvicepresidente que sustituyó en el cargo presidencial a Kennedy, obtiene la aprobación del Congreso estadounidense para enfrentar militarmente un problema que ha afectado a una de sus compañías petroleras en Vietnam. Con esto dan comienzo las hostilidades con aquel país asiático.

VIDEO: The Beatles – “I Saw Her Standing There” – Washington DC – Feb. 11…,YouTube (Gymp55)

HISTORIA DE UNA CANCIÓN: «TIME WAITS FOR NO ONE» (TIEMPO Y CONTRATIEMPO)

Por SERGIO MONSALVO C.

El tema “Time Waits for No One”, de los Rolling Stones, posee en su haber varias cosas de las que hablar. En primer lugar, del disco en el que está contenido: It’s Only Rock and Roll (el cual cumplió 50 años de publicado), que muy bien puede estar entre los mejores diez del grupo. Su mala fortuna: haber aparecido aún con los ecos de aquella tetralogía maestra, de Beggars Banquet, Let It Bleed, Sticky Fingers y Exile on Main St., y de un Goats Head Soup, que pasaba por la misma penuria. Es un muy buen disco, que contiene canciones memorables de rock, blues y soul, y un himno que todavía se corea (el que da nombre al álbum, y uno de los eslóganes más citados en la historia de la música: “Es sólo rock and roll, pero me gusta”).

Por otro lado, está el hecho de que fue el último álbum en que participó Mick Taylor. Renunciaría al grupo poco después. En él, el guitarrista mostró nuevamente su clase y entregó varias de sus mejores interpretaciones, entre las que destaca la de la canción “Time Waits for No One”, donde ejecuta hasta tres solos diferentes, todos elegantes y virtuosos.

Asimismo, esta pieza da pie para reflexionar acerca de un tema tan cercano como impreciso, el tiempo, su fugacidad  y lo que significa para unos y para otros (“Time waits for no one, and it won’t wait for me…”). Porque una de las dicotomías más recurrentes en el mundo (tanto en el pasado como  en el actual y más que probablemente, en el del futuro) es la que existe entre las personas para las que el tiempo pasa rápido, y siempre se quejan por la falta de él (como el Conejo Blanco de Alicia en el País de las Maravillas); y para las que, a la inversa, transcurre lento, lento, como si estuvieran esperando a Godot.

Y eso, la espera, es el veneno que deben tragar como pago por su estadía en la vida. ¿Grandioso, verdad? Para los primeros todo transcurre conectado al alto voltaje; para los segundos la baja intensidad es su corriente. Las experiencias con el tiempo, por lo tanto, son diferentes para ambas partes y han quedado explicadas en diversas formas artísticas, como la de esta canción, por ejemplo (una de las mejores vías sin lugar a dudas).

“Yes, star crossed in pleasure the stream flows on by. Yes, as we’re sated in leisure, we watch it fly. And time waits for no one, and it won’t wait for me.” 

En dichas contrapartes, por otro lado, siempre también existen los farsantes y los snobs. Unos dirán que nunca tienen tiempo para nada, que no les alcanzan las 24 horas del día, cuando en realidad les sobra, su labor es nimia  y buscan hacerse los interesantes. Los otros, que tienen un cúmulo de cosas y proyectos por realizar, pero jamás les llega la posibilidad por el destino en contra que les da largas a su realización, cuando la verdad es que no están preparados para ella.

Sin embargo, aquí, en esta ocasión, habrá que dejar de lado a todos estos pretenciosos y concentrarse en aquella gente para la que la ralentización es en verdad la moneda corriente con la que deben lidiar en su quehacer cotidiano (las 24 horas del día y las 24 horas de la noche, así lo sienten), y saben que esa situación no cambiará jamás, porque han nacido bajo ese sino y por lo general serán víctimas constantes en toda clase de situaciones y circunstancias en que la vida los vaya colocando.

Un ejemplo simple. La virtud (o defecto) de la puntualidad. Estas personas respetan su tiempo (su valor, su distribución, su empleo) y por ende el de los demás, pero regularmente serán víctimas, como ya dije, en este caso de la impuntualidad de los otros y su infinita cantidad de excusas y pretextos (que en el fondo será la misma: “No me importa tu tiempo en lo más mínimo”). Y no tendrán escapatoria porque así es su naturaleza y les repetirán la dosis porque no pueden ni quieren traicionarse.

“Hours are like diamonds, don’t let them waste. Time waits for no one, no favours has he. Time waits for no one, and he won’t wait for me.”

La espera es quizá la parte medular de estos seres. Porque ellos poseen una sensibilidad particular para percibir esos precisos momentos en los que el tiempo se vuelve en contra, no por su ausencia sino al contrario. En dichos instantes parece que les sobraran minutos, como los que se viven inmediatamente antes de una cita romántica o amistosa, desde la primera hasta la última.

Igualmente, sucede durante ese lapso que precede a la realización de un trámite burocrático, en esa fila donde los turnos se hacen eternos y las miradas se cruzan con empatía o con resentimiento. Lo mismo pasa en cualquiera de las formas de espera, que van desde el alumbramiento de un bebé hasta la agonía de una persona querida y todo lo que hay en medio.

Es indudable que en cada una de tales modalidades se pone en evidencia quién o qué tiene el poder (desde una divinidad cualquiera, el destino, hasta el último representante del escalafón burocrático. Y cada uno de ellos, de manera regular, será quien haga esperar al señalado por la existencia. El dolor de la espera, en este caso, siempre estará ahí. El sufrimiento por ello será opcional para cada quien.

“The dreams of the night time will vanish by dawn. And time waits for no one, and it won’t wait for me”.

En tratar con la espera está el meollo de tales vidas, en su gestión. La literatura y el ensayo les han ayudado a comprender su situación, y serán autores como Roland Barthes (quien ha disertado sensiblemente acerca de la espera en el espacio amoroso), Franz Kafka (nadie mejor que él para ilustrar la burocrática) o los pensamientos al respecto de autores que van de Gustave Flaubert a Peter Handke, pasando por Robert Musil, Marcel Proust o Emil Cioran, entre algunos de ellos.

En todos destacan siempre los cuestionamientos esenciales: ¿Qué es el tiempo (y no sólo en su definición académica)? ¿Ha sido siempre igual para todos, en cualquier época? ¿Hoy se cuenta con menos de él que antes? ¿Se le puede manipular a discreción? ¿Cuál es su percepción? ¿De qué manera las recientes eras sociales (modernismo, posmodernismo, hipermodernismo) lo han acelerado y fragmentado de manera consecutiva?

Obviamente el rock ha aportado lo suyo a tal asunto, porque éste ha sido de importancia en sus cantos y en sus conceptos. Es una materia que se filtró desde el inicio del género. Está en la esencia de su naturaleza, en sus cuitas y en sus deseos. Ha sido finalmente un compañero de viaje para la música, para apoyarse, para definirse, para expresarse o para exonerarse. La llave de muchas cajas de pandora.

En sus comienzos fue una meta fundamental. El tiempo era una ganancia juvenil, el ocio. Era el objetivo a conseguir frente a las instituciones familiar y escolar, sus grandes sujetadores. El tiempo era algo que se le sustraía a lo impuesto, a la espera y cada minuto ganado debía transformarse en diversión, en huida del aburrimiento. Era el momento para pasear en el auto sin rumbo fijo, sólo por la posibilidad de hacerlo, de bailar alrededor del reloj hasta la extenuación, de pasarla con los amigos y la novia. La velocidad de los discos de 45 rpm. Los años cincuenta.

Una década después el tiempo significó el cambio. Las transformaciones, de lo interior y de lo exterior. De la conciencia frente al mundo, del movimiento entre el ser y el dejar de ser, el rechazo.  La contracultura como espacio para ejercer el idealismo y la utopía, para adentrase en la dimensión mental y expandirla, para descubrir la naturaleza, la comunión. Fue el uso de los LP’s de 33 rpm. para inaugurar musicalmente la largueza, no de una puntada, sino de una idea, de un concepto, de un momento. Los años sesenta.

Diez años después el status quo quiso eliminar todo aquello, todo ese tiempo, e implantó el hueco hedonismo de la era Disco, donde el tiempo desaparecía, perdía importancia y era una piedra en el zapato de plataforma de la industria. Sin embargo, llegó el punk y con él se volvió a hablar de él y del No Future, del aquí y ahora y no más, y se revolucionó todo para entrar en el Do it yourself y convertirse en dueño de su propia herramienta. Las compañías independientes, minúsculas, individuales, impusieron su ritmo y su tiempo.

Vendría entonces, con los ochenta, la diversidad, el resultado de ese big bang punketo y ya no hubo que esperar sino ir hacia adelante. Interrelacionarse con otros géneros, sumarlos al propio que se vistió de techno, con hombreras, y se hizo peinado de salón, y se mandó hacer videos con sintetizador de fondo. El rock luchaba y reunía fuerzas para combatir el puritanismo y también para ayudar a restablecer una semblanza de conciencia social (sin dar tiempo al tiempo) en medio de las directrices mundiales (neoliberales) impuestas por el reaganismo y el thatcherismo.

La posmodernidad noventera atrajo al tiempo pasado, pero también la relación con los otros, con el resto del mundo. Fue la antesala de espera del fin de siglo, del milenio o de todo. No sucedió. Llegó el nuevo siglo y con ello el hipermodernismo, la aleación de todos los pasados con el presente, actuando al mismo tiempo, en el mismo espacio y de manera fragmentada. El apocalipsis deparado para 2012 tuvo que seguir a la espera. Como esos románticos que llegan minutos antes a una cita amorosa y siguen agonizando por la espera, su sino. El tiempo, por su parte, continua en lo suyo. Sin esperar por nadie, como cantaran los Rolling Stones.: “And time waits for no one, and it won’t wait for me…”

VIDEO: The Rolling Stones – Time Waits For no One (Remastered), YouTube (The Rolling Stones)

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WILCO (REMAKE)

Por SERGIO MONSALVO C.

MÚSICA FRENTE AL DOLOR

En el conglomerado de prácticas sonoras que actualmente se hace llamar rock, existe una música que no encuentra acomodo más que en los intersticios entre géneros. No es afecta a la luminosidad de los reflectores ni a la masividad. Prefiere la intimidad y echa mano a la mezcla de raíces para expresarse.

Los títulos con los que se le nombra varían (de la llamada americana al cowpunk, pasando por el twang core y el country alternativo) y en general sus intereses líricos se centran en la reflexión de la parte oscura del ser humano.

La corriente denominada americana, a su vez, deriva en la dark americana: liderada por Tom Waits por un lado, y Johnny Cash, por otro. Las discografías de ambos tótems musicales son modélicas para seguir el desarrollo de la misma.

Por su parte, en el alt country  o country alternativo –un movimiento que si bien se fundamenta en las tradiciones del country– busca la relación con otros estilos como el rock, el rockabilly, el bluegrass, el country blues y otros formatos alternativos o indie. El alt country obtuvo su lugar en la geografía musical con un grupo llamado Uncle Tupelo.

Uncle Tupelo fue la historia de dos amigos de la infancia, Jay Farrar y Jeff Tweddy, que formaron en los años ochenta lo que se convirtió en una banda muy acreditada por devolver el rock indie a las raíces country (ambos eran guitarristas, compositores y cantantes).

El grupo debutó discográficamente en 1990 con un álbum que se llamó No Depression. Banda y disco dieron origen a una revista especializada y a la corriente musical denominada alt country.

La reunión de tanto talento en una sola formación desencadenó una revolución musical en el underground estadounidense (como la que en su momento encabezaron Buffalo Springfield o The Byrds), pero igualmente generó roces e inconformidades estéticas entre sus miembros desde un principio.

Después de publicar dos álbumes, Uncle Tupelo firmó con una compañía grande (Warner) en 1993 para el lanzamiento de su tercera obra, Anodyne. Otro manifiesto muy aclamado. No obstante las tensiones entre los integrantes llegaron al límite y tras agrias discusiones los antiguos amigos decidieron disolver la banda.

Farrar se fue para fundar al grupo Son Volt y Tweddy formó Wilco, en 1994, con los restantes miembos de la banda: el bajista John Stirratt, el baterista Ken Cooner y el violinista Max Johnston. A quienes se agregó el multiinstrumentista Jay Bennett (actualmente Tweddy también tiene proyectos alternativos con Golden Smog, Loose Fur o con sus hijos en The Blisters).

Jeff Tweddy había nacido el 25 de agosto de 1967 en Belleville, Illinois y, en lo que se ha implantado ya como un canon heroico del rock, obtuvo su primera guitarra a los seis años, a los ocho ya la dominaba y a los doce ya era parte de una agrupación.

Y también como parte de ese canon heroico, Tweddy ha tenido que luchar contra un destino adverso: desde siempre ha padecido migraña aural. En ella lo común consiste en la presentación de “una zona ciega”  del campo visual (se ve borroso), acompañada por destellos luminosos móviles. Esta fase comienza con un dolor leve que aumenta hasta convertirse en severo.

Éste afecta a la mitad derecha o izquierda de la cabeza, y se acompaña de síntomas como intolerancia a la luz y a los ruidos, por lo que el paciente debe retirarse a una habitación oscura y evitar cualquier actividad –son frecuentes las náuseas y los vómitos–.

El dolor varía su duración y disminuye progresivamente hasta desaparecer, sin embargo tras la crisis surgen sensaciones de cansancio, somnolencia y falta de concentración. Si el dolor no cede después de 72 horas, a la situación se le llama “estatus migrañoso” y debe ser tratado por especialistas. Situación en el que se encuentra Tweddy.

La enfermedad y el dolor permanente forman parte de su vida y determinan su obra. El nombre de Wilco proviene de ese combate cotidiano, significa “nosotros cumpliremos” en argot castrense. Todo proceso creativo implica un camino: “No Pain No Gain”. Ése es el que le ha tocado a Tweddy.

Este hombre hiperactivo es un compositor y cantante, pero también es un poeta, uno forjado en la tradición de Jim Morrison, que hace sus libros entre canciones, giras, compromisos y obligaciones. Adult Head, un ejemplo de ello, es una atormentada pero hipnótica visión de su mundo interior, de su dolor en lo físico, de sus adicciones paliativas, de sus pesadillas y la depresión y ansiedades que padece.

El médico-poeta alemán Gottfried Benn escribió alguna vez que «se puede comprobar, incluso con estadísticas, que la mayor parte del arte de los últimos cinco siglos es el arte exaltado de alcohólicos, anormales, vagabundos, adictos, expósitos, neuróticos, deformes, enfermos: ésa fue su vida, y sobre ella se alzan sus obras inmaculadas, eternas, flor y luz del mundo». Tal cosa sucede con Tweedy y con el grupo Wilco.

Wilco es una formación que interpreta un material deslumbrante. Hizo resurgir desde sus inicios la tradición americana de raíces, reformada y puesta al día. Revolucionó su propio sonido tras la aventura Uncle Tupelo. Los álbumes del grupo son tan sorprendentes como novedosos y plenos de experimentación. Su líder, Tweedy, esculpe con arcilla y estilo propios las figuras legendarias de Woody Guthrie y Hank Williams para crear su country alternativo.

Los primeros discos de Wilco tuvieron esos moldes. La muestra más contundente de aquellos momentos es Being There, aunque The Palace at 4 A.M. no le va a la zaga. Pero la agrupación se sublimó en sus siguientes obras. Primero fue Yankee Hotel Foxtrot, uno de esos discos que sorprende y emociona cada vez que se escucha. Es un clásico con todas las de la ley. Una obra destacada en términos de innovación.

Después está A Ghost Is Born, un punto y aparte hacia otra dimensión y a ese le han seguido desde Sky Blue Sky hasta Cousin, donde repasa los grandes movimientos musicales estadounidenses. A través de todos ellos Wilco mezcla con talento y personalidad el mejor pop, el country urbano y moderno, el rock de The Band y la experimentación del indie más sensible. El resultado: canciones que nacen cada vez que alguien las oye.

Cuando se escucha a Wilco no importa a qué género pertenezca cada canción o con qué instrumentos fue creada. Porque se sabe que estos músicos son guiados por un hombre que no ha dejado de sentir dolor desde que tiene memoria. Y ese estigma obliga al autor a enfrentarse con las preguntas obligadas sobre la vida. Y las respuestas siempre resultan sinceras y tan cínicas como profundas, arropadas con música tersa y de exquisito desarrollo.

VIDEO: Wilco – “Born Alone”, YouTube (wilco)

MUJER EN EL JAZZ: ABBEY LINCOLN

Por SERGIO MONSALVO C.

Difícilmente se podía imaginar el futuro de Abbey Lincoln tras su primer disco: Affair, A Story Of a Girl In Love de 1956, pues su insinuante portada,  a lo Julie London negra, y el esmerado contexto orquestal eran razones de peso para su candidatura a superestrella sofisticada de la canción. Abundando en lo mismo, ese año su intervención en la película The Girl Can’t Help It (La Chica no lo puede evitar) de Frank Tashlin, superaba en carisma sexual a la rubia protagonista Jane Mansfield.

Pero, Anne Maria Wooldridge (nacida en Chicago en 1930), que había actuado en diversos clubes bajo el nombre de Gaby Lee antes de convertirse en Abbey Lincoln y de adoptar en 1975 –durante un largo viaje por los países africanos—el nombre de Aminata Moseka, se rebeló contra esa imagen y emprendió un giro radical en su vida y en su carrera.

Habla Abbey:

“Un poco después de mi aparición en el club Ciro’s me propusieron mi primer trabajo cinematográfico. El director musical Lionel Newman era  amigo de Bob Russell (letrista, productor y representante que fue el autor artístico de mi nombre como cantante: Abbey Lincoln) y por ello me eligieron para aparecer en la cinta The Girl Can’t Help It (película de Frank Tashlin de 1956).

“Bob había participado en la concepción de la misma y escribió para mí una canción muy especial para interpretarla dentro de ella. No me entusiasmé mucho cuando la escuché. Tenía un tono y un estilo de voz que no correspondía realmente a mi forma de cantar ni a mi bagaje en tal sentido: ‘¡Hagan correr la palabra / Difundan el Evangelio / Digan la Verdad / Será escuchada!’.

“Cuando discutimos sobre el asunto Bob me recordó que por ser negra yo debía ser capaz de hacer algo, de manejar el texto, de adaptarme a las circunstancias y a la música. Yo sabía que él hacía lo mejor para que la canción se integrara a la trama general de la película, y al mismo tiempo para hacer avanzar mi carrera. Le hubiera dado todo lo que él me pidiera porque lo quería realmente, era un amigo auténtico, Además me interesaba preservar nuestra relación artista y mánager, aunque de vez en cuando las cosas no anduvieran muy bien.

“En el estudio comenzaron a vestirme para la película. Me habían pedido modelar unos vestidos que serían sometidos a la aprobación del escenógrafo. Yo había encontrado a un diseñador que me confeccionó dos conjuntos. Eran muy bonitos, no muy llamativos, pero la responsable del vestuario quería verme ataviada de manera “muy espectacular”. Me llevó al guardarropa donde hizo que me pusiera varios vestidos; a continuación, sacó una especie de trapito anaranjado y me dijo que lo habían hecho originalmente para Marilyn Monroe. Entré al probador, me desnudé completamente y comencé a enfundarme en él. Me quedó perfectamente y en definitiva me veía espectacular.

“Comencé a modelar para mí misma frente a los grandes espejos que tenía a mi disposición. El color, el brillo, la sedosidad de esa tela realmente me impactó todos los sentidos, todo se convirtió en eso, pura sensualidad, realmente lo disfruté, me disfruté a plenitud. Creo que hasta mis ojos adquirieron un brillo distinto, mi boca –a la que yo había visto cantar y hacer gestos mientras lo hacía—cobró una participación nueva en cuanto a mi físico, se volvió también otro centro de atracción, no el más importante pero sí llamaba a la mirada, al momento de reflexión en torno a ella. Puedo decir que me descubrí siendo otra.

“El busto de aquel vestido estaba relleno de algodón, así que de un momento a otro me convertí en la chica del cuerpo de ensueño con grandes tetas. El verdadero centro de atracción de todo el conjunto. Yo tenía un buen cuerpo en aquel entonces, un muy buen cuerpo, lo sabía por las miradas de los hombres a mi alrededor, por sus atenciones interesadas. Lo sabía, pero nunca realmente utilicé mi cuerpo para conseguir cosas.

“A mí lo que siempre me interesó fue cantar, desarrollarme en ese sentido. Incluso no puedo negar que en ciertas ocasiones hasta ese cuerpo me estorbaba. Yo sólo quería que oyeran mi voz. Ahora estaba del otro lado de la mesa. Fue quizá la primera vez que fui consciente de mis otros atributos. Y debo decir que no me sentí mal por eso, para nada. Al salir del camerino y escuchar las exclamaciones y los silbidos de aprobación experimenté cosas nuevas.

“Posteriormente, el encargado de prensa que se ocupaba de promocionar la película en los medios y que se ocupaba de proporcionar información a los mismos acerca de los participantes me reveló que Jane Mansfield –la protagonista–, de por sí generosamente dotada por la naturaleza también tenía derecho a tales rellenos.  Ella era la diva de la película y por lo que pude observar giraba en torno a ella el meollo en que la trama se basaba: grandes senos y rock and roll.

“El productor, escenógrafo y guionista estaba perfectamente consciente de ello: fue él quien lo tramó todo. A Jane no la vi nunca excepto durante el rodaje. Ya no recuerdo quien me llevó, pero alguien me condujo hasta su camerino cuando tuve que cambiarme de vestido. Ella entró en la habitación y se mostró muy amable, pero yo sabía que pensaba que no tenía ningún derecho de estar en su camerino. Tuve la impresión de que a pesar de toda su ambición y de ese no sé qué que la había convertido en estrella, seguía conservando un aire de inocencia con un toquecito de malicia en su forma de ser.

“Mi tiempo en el escenario se redujo al mínimo. Nunca leí el guión, ni estuve enterada de la trama. En retrospectiva me doy cuenta de que de lo único que guardo un recuerdo preciso es de cuando me probé el vestido. No tengo el menor recuerdo del rodaje de la escena en la que canté. Cuando la película se terminó me invitaron a una proyección en Nueva York, donde me dieron unas ganas locas de reírme. Cierto, era una comedia, pero para mí todo había salido realmente bien.

“En cuanto al vestido se lo robé al estudio. No lo hice furtivamente ni con grandes precauciones, sino que simplemente lo tomé. Nadie me lo reclamó nunca. Lo tomé como si ellos hubieran tenido la intención de dármelo. Mientras tanto Russell había obtenido para mí un contrato de grabación con Liberty Records, cuya publicidad consistía en la reproducción de un centavo de cobre con un retrato mío en el vestido de Marilyn Monroe sobreimpuesto a la imagen de Abaham Lincoln. La idea se basaba en un juego de palabras, pero nadie hizo caso de eso.

“En cambio, lo que sí funcionó bien fue que se me empezó a considerar como un símbolo sexual negro. Había escogido el mejor material en cuanto al repertorio; la mayoría de los textos eran de Russell. Tenía la idea de relatar una historia de amor que terminaba mal. Russell recurrió a grandes músicos y connotados directores de orquesta como Benny Carter, Marty Paich y Jack Montrose para que fungieran como arreglistas; hubo un conjunto de cuerdas, pero también el sonido de una big band.

“El fotógrafo al que escogieron para la portada me pidió que me pusiera un Baby Doll. Tuve que posar acostada en el piso, con los senos un poco salidos del escote y el título del álbum fue Affair, A History from a Girl In Love.

“Una vez que salió el álbum me empezaron a invitar a los estudios de radio para la promoción y entrevistas, y en múltiples ocasiones me recibieron con comentarios y guiños lujuriosos. Debí esperármelo, pero debo admitir que el asunto me sorprendió. De hecho, pensé que me estaba convirtiendo en una especie de monstruo, pero aún no me daba cuenta cabal de todo aquello, aún era muy joven e inexperta.

“De cualquier manera, debido a la atención que me brindaron los periodistas por mi aparición en The Girl Can’t Help It, y a la historia del vestido, unos promotores me invitaron a cantar a Río de Janeiro. Claro que fui. Sin embargo, a partir de entonces modifiqué el rumbo y puse los acentos sobre mí en el canto. Y gracias a mi canto conocí al que sería mi más grande amor y compañero de muchas batallas, no únicamente artísticas sino también sociales: Max Roach”.

Bajo los auspicios del baterista Max Roach, con el que estuvo casada desde 1962 hasta 1970, Abbey se sumergió firmemente en la búsqueda de un estilo original, asentado en la exploración de la música y cultura afroamericana. Sus discos para el sello Riverside son de inexcusable conocimiento por la impresionante nómina de excelentes jazzistas: Sonny Rollins, Kenny Dorham, Wynton Kelly, Paul Chambers, Art Farmer, los hermanos Turrentine, además del grupo de Max Roach.

Así se empezaron a dar los logros, con su alternancia de episodios vocales e instrumentales, en una calculada progresión dramática. Mientras Dinah Washington y sus seguidoras se inspiraban en Bessie Smith y en las cantantes del blues clásico, Abbey Lincoln iba a contracorriente y reivindicaba el tono declamatorio de Ethel Waters y de artistas del teatro negro como Florence Mills, sin duda atraída por su ejemplo de dignidad.

Frente a la mayoría de las voces de jazz, que trabajaban su fraseo a la manera instrumental, con el consabido problema de conciliar el texto y la música, Abbey conseguía una unidad muy poco convencional mediante la asimilación de procedimientos del canto africano. Posiblemente el disco que mejor plasmó sus intentos en este sentido fue Stright Ahead junto a Coleman Hawkins, Eric Dolphy, Mal Waldron, Art Davis y Max Roach. Ahí brilló su talento como escritora y como arreglista en percusivas vocalizaciones.

Luego de eso transcurriría largo tiempo hasta que volviera a grabar, dedicándose a cantar en clubes nocturnos y en conciertos, a una trastabillante carrera cinematográfica y televisiva. No obstante, estuvo a punto de interpretar a Billie Holiday en Lady Sings the Blues, pero al último momento escogieron a Diana Ross que era más popular en ese momento. Y a trabajar en asociaciones sociales y políticas en defensa de la dignidad de la minoría afroamericana y de la mujer negra en particular.

Desde 1980 hizo discos con intermitente regularidad, aprovechando el reconocimiento europeo, y aportando nuevas canciones que expresaran sus sentimientos de mujer negra en su estilo inconfundible, aunque de manera más relajada y menos radical que en el pasado. Abbey Lincoln falleció el 14 de agosto del 2010.

VIDEO: Abbey Lincoln – I Didn’t Know About You, YouTube (Abbey Lincoln-Tema)

LA AGENDA DE DIÓGENES; ALFRED HITCHCOCK

Por SERGIO MONSALVO C.

LA POÉTICA

La ruptura de lo habitual, de nuestro dominio sobre la realidad práctica, es la mejor condición para el nacimiento de lo poético —ese penetrar intenso en el sentido de lo oculto—.

Quizá donde se mejor se pone de manifiesto esta sensación sea en el cine, en el que con la movilidad cambiante de la cámara y ante todo por la filmación de detalles, cortes y tomas en movimiento, se convierte el mundo conocido en vistas originales y de una apariencia distinta.

Quizá también quien manejó mejor estas circunstancias, con magia y precisión, fue Alfred Hitchcock, con su poesía sensitiva del detalle y la relación con el interior indeterminado del ser humano. Por ello se le llamó el «mago del suspense«. Esta es la más grande y auténtica aportación del director al cine mundial. Partiendo del mecanismo de lo policiaco, hizo funcionar al espíritu humano como una gran ilusión psicológica.

Fue con la llegada del cine sonoro que este director londinense nacido en agosto de 1899, cobró su real plenitud. Aunque comenzó a filmar en 1926, fueron sus películas de la década de 1929 a 1939 en las que mostró todo su potencial. Hizo 15 cintas en ese decenio y de ellas se pueden contar algunas como verdaderas obras maestras del género policiaco negro.

En dichas obras su famoso suspense es la quintaesencia de su trabajo creativo. Blackmail (Chantaje, de 1929), The Man Who Knew Too Much (El hombre que sabía demasiado, de 1934), The Thirty-Nine Steps (Los 39 escalones, de 1935) y Sabotage (Sabotaje, de 1936) son los mejores ejemplos de su maestría cinematográfica.

Este grupo de películas constituye el núcleo vivo y puro, auténticamente original, del resto de su labor; en adelante lo que hizo fueron ampliaciones, depuraciones y perfeccionamientos de estos filmes básicos y magistrales. En otras cosas se imitó a sí mismo.

En 1947, tras fundar su propia productora, Hitchcock se dispuso a intentar una simplificación del cine negro reduciéndolo a la estricta situación. Como innovación técnica, entre las muchas que lanzó, intentó la ten minutes take (T.M.T.), que consistía en hacer tomas de vistas continuas, hasta agotar los 300 metros de la bobina de la cámara, unos diez minutos.

Para ello armó decorados movibles que le permitían correr con la cámara en todas direcciones y pasar, moviéndola continuamente, desde los planos generales a los primeros planos. El experimento dejó una profunda huella en el cine mundial, porque esas tomas largas, con la cámara en movimiento, serían adoptadas por las nuevas escuelas. Antonioni la llevó a su máxima expresión, sobre todo en sus primeras cintas.

Como se puede percibir, Alfred Hitchcock fue ante todo una enorme personalidad, capaz de crear un mundo propio en torno suyo, con su obra. Este mundo fue el superlativo de lo policiaco neto, y la cumbre de lo policiaco en él es el suspenso, que elevó a un proceso psicológico. A su derredor se creó toda su obra, acciones y personajes.

En las películas del cineasta británico, el interés del espectador se mantiene a tope desde el primer momento y lo conserva así durante toda la película, tal como un mago sostiene el cuerpo de alguien en levitación. El juego del mago es una ilusión, y el suspenso en que Hitchcock sustenta la acción de sus filmes, a los protagonistas y al público es una ilusión psicológica.

Sobre esa máxima tensión inicial, los hechos comienzan su oscilación de péndulo, simétricos, iguales, implacables, sin repetirse exactamente. El tic-tac del reloj en la noche, por ejemplo, es siempre el mismo, pero crece y crece hasta oírse como estampidos en la mente de un hombre angustiado. Así son los personajes de sus obras, y son los espectadores en realidad los que mantienen el suspenso con el anhelo de su pensamiento.

Todo sucede dentro del espíritu humano, y ésta es su fundamental aportación al género policiaco negro en el cine. Aunque sus películas no sean psicológicas con exactitud, es el mecanismo de lo policiaco lo que funciona en la psicología de los personajes y en el alma del espectador.

Lo policiaco consiste, en esencia, en la vida secreta de las cosas en función de un hecho central que hay que aclarar. La normalidad se ha roto y es necesario restablecerla, aclararla. Detrás de cada cosa, suceso u hombre vulgar y cotidiano, hay un trasfondo de misterio al que es preciso llegar. Ese penetrar intenso en el sentido de lo oculto es lo poético, y de poética, a fin de cuentas, se puede calificar la obra de Alfred Hitchcock.