BABEL XXI-743

Por SERGIO MONSALVO C.

 

BILL HALEY

UN COMETA CENTENARIO

 

 

 

 

 

 

Programa Radiofónico de Sergio Monsalvo C.

 

 

https://www.babelxxi.com/743-bill-haley-un-cometa-centenario/

 

 

 

 

 

LIBROS: ELLAZZ (.WORLD) VOL. II

Por SERGIO MONSALVO C.

 

 

LA MUJER EN EL JAZZ*

 

Durante muchos años, las cualidades necesarias para adentrarse en el mundo del jazz se consideraron prerrogativas netamente masculinas. Entre ellas estaba una agresiva confianza en sí mismo, con la disposición a lucir e imponer la capacidad y potencia de interpretación en el escenario. Otra era la concentración exclusiva en la profesión, incluyendo ausencias frecuentes de casa y el derivado abandono de la familia.

 

A lo ya mencionado se agregaba la capacidad de moverse en ambientes difíciles y peligrosos, como lo eran los clubes nocturnos, infestados de vicios y administrados muchas veces por gángsters. Con frecuencia a las circunstancias mencionadas se sumaba la posibilidad de beber vastas cantidades de alcohol, ingerir drogas duras o las dos cosas juntas, según el caso, sin dejar de tocar de manera coherente hasta el amanecer del siguiente día.

 

En el pasado, una mujer decidida a formar parte de la comunidad de músicos y a no dejarse intimidar por dicho ambiente duro e impregnado de humo, en el que los compañeros de trabajo solían ser puros hombres, con frecuencia tenía que pagar el precio de su osadía, con costos tendentes a ponerla en su lugar, tales como la pérdida de su respetabilidad, la cual encabezaba la lista, además de la desaprobación social y familiar, y a veces ser relegada al ostracismo.

 

 

 

*Fragmento de la introducción al libro Ellazz (.World) Vol. II, publicado por la Editorial Doble A, y de manera seriada en el blog Con los audífonos puestos.

 

 

 

 

 

Ellazz (.World) Vol. II

Sergio Monsalvo C.

Editorial Doble A

Colección “Palabra de Jazz”

The Netherlands, 2020

 

 

Contenido

 

Jesse (Relato)

Esperanza Spalding

Hülsman-Lavergnac

India

June Tabor

Karrin Alyson

Lisa Bassenge

Lynn Arriale

Madeleine Peyroux

 

 

ON THE ROAD: PLATILLO FRÍO

Texto y fotos SERGIO MONSALVO C.

 

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(DELIRIO ISLANDÉS)

 

Me porté mal, debo admitirlo. Me venció, una vez más, esa tendencia de mi carácter a dejarme llevar por el perfume del aroma femenino. No hubo en mi compañera la certeza de que aquello se haya dado, pero sí la sospecha y eso a veces es mucho peor: la venganza se sirve, entonces, como plato frío. Bien frío, en este caso.

 

No puedo evitarlo, lo he intentado de verdad, así como “gustar de la naturaleza”, que sí está en el gusto de ella: soy un empedernido de los espacios urbanos concretos, del acero y del vidrio, de lo civilizado. Voy a contracorriente, de lo que actualmente se acostumbra, lo sé.

 

No me llaman la atención los escritos sobre los bosques o sobre los pájaros que pretenden enseñarme cómo contemplarlos y aprender de ellos. De hecho, desde mi temprana visión de tales cosas pongo a Los pájaros (de Hitchcock), y los ejemplos del cine de terror con la campiña de fondo, como mis parámetros. Mi ave preferida es el pollo rostizado y mi aprecio por la naturaleza se limita a un jardín con el pasto recortado.

 

Esto lo he dejado bien claro, siempre, Así que por ahí fui atrapado. Las siguientes vacaciones veraniegas serían en Islandia y recorreríamos en auto aquella tierra misteriosa y congelada, con apenas unos días en su capital y visitas a “toda maravilla natural” que se nos cruzara. Punto final del veredicto.

 

Me consolé pensando en las grabaciones raras que encontraría in situ sobre Björk, Sigur Rós o Gus Gus (quizá algún concierto); en la aplicación que hace de la tecnología de punta un país primermundista, en el acercamiento a un idioma tan extraño como el islandés, etcétera, cosas así.

 

La mayoría de vuelos desde Ámsterdam a Islandia llega de madrugada al Aeropuerto Internacional Keflavik, a 50 kilómetros (casi en línea recta) de Reykjavik. Sin duda, el verano es la mejor época para viajar ahí. La nocturnidad en esa isla remota, próxima al Círculo Polar Ártico, no es oscura sino azul grisácea, con esa tonalidad insospechada que inunda las regiones árticas cuando el sol se resiste a salir de escena.

 

Sin embargo, con el cansancio encima, cierto frío, el horizonte ignoto y la soledad inmensa frente a nosotros, decidimos alojarnos en un hotel cercano al aeropuerto y salir al día siguiente hacia la ciudad en algún autobús.

 

Tras un fantástico viaje diurno a través de un paisaje de ciencia ficción, este anonadado viajero llega por fin a Reykjavik. Toda aprensión se diluye entre los colores vivos de sus fachadas de puerto viejo, que contrastan con el ambiente de ciudad moderna, activa y joven, en la que vive la tercera parte de los habitantes de Islandia.

 

Mis limitados conocimientos acerca de este país (isla habitada por 333 mil habitantes y vinculada a Dinamarca hasta 1944) se remiten en este momento a cinco temas: al llamado “juego del siglo” de ajedrez entre Bobby Fischer y Boris Spassky, en 1972; a la cumbre política entre Ronald Reagan y Mijaíl Gorbachov, en 1986, que precedió al fin de la Guerra Fría.

 

Asimismo, sé sobre la caída económica que sufrió durante la crisis global del 2008 y de su resurgimiento actual, hasta volverse a colocar como el tercer país más desarrollado del mundo.

 

Leí acerca de la erupción del volcán Eyjafjallajökull en el 2010, que lanzó una nube de ceniza que provocó el cierre del espacio aéreo de gran parte del continente europeo y, sobre todo, me complace saber y disfrutar de la existencia y obra de una artista de vanguardia, menuda, excéntrica y surgida de este frío, llamada Björk.

 

En el puñado de días que tengo permitidos en la ciudad como en los rebosantes restaurantes populares del puerto una serie de platillos de pescado y mariscos absolutamente deliciosos. Subo las escaleras de la torre de Hallgrímskirkja (una iglesia icónica) para admirar toda la urbe desde ahí. Paseo por los barrios que la componen, entro a los museos históricos y me empapo de la cultura vikinga. Camino y camino y saco cientos de fotos.

 

Me introduzco en el Centro Cultural Harpa, proyectado por el arquitecto Henning Larsen. Una gigantesca maravilla arquitectónica, multiusos, multicultural y multidisciplinaria. Salas de exposiciones, cinetecas diversas, galerías, restaurantes, escaleras, vidrieras, tiendas, auditorios de varios tamaños (asistí a dos conciertos), con una actividad delirante todos los días y con una vista esplendorosa hacia la bahía desde cualquiera de sus ángulos (en el invierno ha de ser un refugio de fábula).

 

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Vivo el gran ambiente que suele haber hasta muy entrada la madrugada en Laugavegur, la calle comercial y peatonal más famosa, con una vida nocturna electrizante, donde vibran los bares con las actuaciones de los grupos de música electrónica, indies, rock alternativo, metal o de pop.

 

VIDEO: Mammút – Salt, YouTube (Paulo Brandão)

 

Y me paso horas y horas en 12 Tónar, una tienda de discos. Tiene dos pisos, uno para la música extranjera, el superior, y otro para la exótica interior, abajo. Posee sillones para sentarte a escuchar con audífonos lo que desees, te puedes servir un té o un café o hacerle todas las preguntas pertinentes al paciente encargado, que incluso cuenta anécdotas muy graciosas sobre las andanzas de Björk por estas calles.

 

Ahí adquirí material de Samaris, Of Monsters and Men, Emiliana Torrini, Mammút, entre otros, y las antologías de la música indie islandesa, producidas por la misma tienda de discos bajo el sello Record Records, caramelos para los oídos.

 

Sin embargo aquello se acabó y tuve que emprender el viaje alrededor de la isla. Serían semanas recorriendo la carretera que la circunscribe, la N1. Rentamos un Jeep porque otra clase de auto no puede recorrer las rutas secundarias, ni los caminos aledaños.

 

Me armé de ropa para toda clase de climas, me aseguré de poner al tanto de todo nuestro periplo (destinos, teléfonos, etc.) a alguien conocido, de que lleváramos Google MAPS, bien cargada la web Trip Advisor, así como un confiable sitio para comprobar el clima y el agua suficiente para la jornada.

 

Rogué por llevar un equipo de supervivencia (herramientas, cuerdas, cintas, paraguas, linternas, pilas, botiquín con todo lo necesario, cargadores de repuesto para los teléfonos, algún artefacto solar de localización, en fin, todas esas cositas), pero sólo recibí sarcasmos al respecto.

 

No hay problema en darle la vuelta a la isla en coche, pero el asunto peliagudo radica en que a cada rato te encuentras, como dirían los poetas,  “con paisajes de la naturaleza que te cimbran el espíritu, te quitan la respiración y te enfrentan a la vida”. Tras lo cual quedas totalmente exprimido. Y eso a diario, mientras andes On the Road.

 

Todo tan magnífico como temible: lagunas glaciares, cataratas imposibles y ensordecedoras, baños de aguas termales surgidas del fondo de la tierra, volcanes y cráteres (grandes y chicos), cascadas gigantescas a las que cualquier adjetivo les queda pequeño, géiseres imprevisibles, acechantes manchas glaciares, montañas misteriosas, grietas y cuevas naturales, playas de oscura lava volcánica, campos geotermales, llanuras inmensas, acantilados tenebrosos, ricos parques nacionales, fiordos pictóricos y un largo etcétera geográfico, de nombres impronunciables.

 

Por eso, cuando este improbable viajero enfilaba por la rectilínea y larguísima carretera no sabía si se encontraba en Oniria, en un escenario montado por el cine de Sci-fi o dentro de las fotos de la revista National Geographic sobre algún planeta en formación.

 

Una luz brillante envuelve la quietud de interminables campos de lava. El terreno está como quebrado y parece un pastel de hojaldre quemado, y su ríspida superficie parece no conocer aún la evolución del reino vegetal. En lontananza se ven las fumarolas de vapor que emiten los lagos geotermales y las siluetas cónicas de volcanes dormidos y sus rocas oscuras.

 

Recorrer Islandia es “hacer jogging por los orígenes del planeta Tierra”, ha escrito alguno. Es como participar en streaming de la formación del suelo, del horizonte, de las llanuras, de los picos nevados y de los glaciares…; sentirse atónito viendo el principio del Tiempo, sin huella humana alguna. Es algo tan insólito como intimidante.

 

Y eso me llegó con todo su peso cuando tras horas de ir viendo el paisaje a través de la ventanilla y sin habernos cruzado con nadie más en todo el trayecto, me entró el pánico existencial. ¿Y si hubiera desaparecido ya toda civilización sin darnos cuenta? ¿Éramos los únicos sobrevivientes? Me sentí como personaje de un cuadro de Munch, como protagonista de una película de serie B, en la Dimensión Desconocida.

 

En esos momentos por fortuna apareció un lugar llamado Geysisstofa, de obligada visita por sus géiseres, con gasolinera, restaurante, tiendas varias y decenas de camiones turísticos, autos y gente (¡por fin!). Así como un magnífico brebaje caliente hecho a base de carne de reno y vegetales. Maravilloso y reconfortante, al igual que los whiskys que me tomé.

 

 Así transcurrieron los días, las semanas y los kilómetros. El asfalto y la piedra volcánica, los tres estados del agua en sus diferentes versiones, paseos en coches de pequeños caballos, frío, mar, acantilados, montañas, estupenda comida, hoteles acogedores, chimeneas, cuentos y leyendas de todo tipo, transbordadores, pequeñas islas y, finalmente,  Reykjavik de nueva cuenta.

 

Ahora estaba en aquella agradable ciudad de espacios abiertos y enormes avenidas, donde el aire impoluto se festeja en los pulmones y el centro urbano es un lago (el Tjörnin), rodeado por edificios del gobierno y del Museo Nacional de Arte.

 

Estoy acostado en el pasto de una plaza ubicada frente a ello (Austurvöllur), con el sol en la cara y animándome a caminar hasta el Centro Cultural para ver una exposición sobre David Bowie, mientras mi compañera va con un grupo, en una embarcación pesquera, con el objetivo de avistar ballenas. Finalmente fui exonerado.

 

VIDEO: Vök – Waterfall (Official Visual), YouTube (Vök)

 

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BLUES: GET UP! (CHARLIE MUSSELWHITE/BEN HARPER)

Por SERGIO MONSALVO C.

 

 

Entre los muchos revivals a que de manera regular convida la industria disquera, el del blues es quizá el que tiene mayor sentido. La historia del rock y del jazz comenzó con el blues, al fin y al cabo. Sanear el ambiente desde la composición hasta las listas de éxitos, a fin de investigar en las raíces fundamentales de esta música, no es de ninguna forma una mala idea y sirve para informar y formar a las noveles oleadas de escuchas que tanto lo necesitan.

 

Con los álbumes realizados por Ben Harper y Charlie Musselwhite comenzó otra ola del movimiento bluesero. Sólo que ahora a la inversa y con un punto de vista diferente. El músico joven negro comparte créditos con el viejo bluesman blanco.

 

Charlie Musselwhite (nacido en Kosciusko, Mississippi, en 1944) es dueño de una enorme colección de armónicas, sin saber cuántas tiene en realidad. Su historia y posesión hace de los instrumentos joyería preciosa, o dagas afiladas. Son ambas cosas y tan intensas como brillantes y simbólicas. Son sus armas frente a la vida.

 

Este músico creció en Memphis, y obviamente se contagió del poderoso ritmo emergido de la Sun Records (cuna de Jerry Lee Lewis y de Elvis Presley). Sin embargo, fue en Chicago, con el sello Chess Records, meca del blues eléctrico, donde colaboró entre otros pioneros con Howlin’ Wolf, Muddy Waters, Buddy Guy y, sobre todo, con Sonny Boy Williamson, su influencia mayor en el instrumento.

 

Musselwhite es leyenda viva del blues por sí mismo, por su alargada carrera dentro del género, e igualmente por ser uno de esos compañeros de viaje musical con los que se puede cabalgar hacia el horizonte, porque son confiables plenamente, sin ambages. Estará ahí para cualquier cosa que se necesite y en el humor que se necesite.

 

Es un viejo sabio (80 años a cuestas con algunos achaques propios de ello), pero que con un espíritu joven que sabrá controlar cualquier situación y siempre tendrá un plan B o C o D, y que como el lobo del cuento: soplará y soplará y la casa derribará.

 

También en Chicago entabló amistad con John Lee Hooker, quien se encargó de presentarle al joven Ben Harper, sugiriéndoles desde ese momento que hicieran algo juntos.

 

 

Harper (nacido en Pomona, California, en 1969), ya había mostrado su voz aterciopelada y su gran habilidad instrumental en álbumes como Welcome to the Cruel World, Burn to Shine y Diamonds on the Inside, con las que se erigió, a fines de los años noventa y principios del siglo XXI, como un nuevo pilar del rhythm and blues al cual había mezclado con elementos del folk, del rock y del soul.

 

Musselwhite, a quien nunca le ha gustado la nostalgia y con cada disco apunta su valor de actualidad, aceptó la reunión y en dos obras (Get Up!, publicado en 2013, y No Mercy in this Land, del 2018) enseñaron que, además de constituirse en un binomio musical formidable, representaban la alianza y simbiosis del blues entre dos apasionados musicales de generaciones distintas.

 

Estos discos emanan tanto el blues de vieja escuela, el de aquellos discos de mediados del siglo pasado, pero igualmente el más contemporáneo del siglo XXI.  La mancuerna, pues, manifestó tener un pie en la tradición y otro en la actualidad.

 

Tras la colaboración con Harper, Musselwhite lo ha hecho también con otros músicos como Tom Waits, Eric Clapton o Bonnie Riatt.

 

Musselwhite, en las entrevistas que le han hecho, luego de estas publicaciones, se ha puesto a meditar sobre el género. Su veteranía le ha dado la posibilidad de asumirlo con una perspectiva histórica: “El blues es una comunidad, una filosofía vital que condujo los relatos de todo un país en construcción. Es un sentimiento y, como tal, es una música que se ha hecho universal. Nuestro propósito en estos discos se basa fundamentalmente en mantenernos fieles a ese propósito sentimental”, ha comentado el armoniquista, mientras que Harper ha sentenciado, por lo tanto, que en sus álbumes conjuntos “El blues es una celebración”, una que sin lugar a dudas festeja la continuación de su acontecer histórico.

 

VIDEO: Ben Harper & Charlie Musselwhite “Movin’ On” @ La Cigale – 17-04-2018, YouTube (indiegilles)

 

 

 

TIEMPO DEL RÁPSODA: SÓLO LAS NOCHES (VII)

Por SERGIO MONSALVO C.

 

 

(POEMARIO)*

 

“NADA”

 

Nada

que no sea la satisfacción

los cuerpos marcando el ritmo

las caras aflojándose

la música

paseándose por la piel

Y después ¡basta!

Nada de razonamientos profundos

 

 

PETICIÓN”

 

No me dejes salir

abrir el corazón así

equivaldría a sufrir dos veces

Tu hospitalidad

al contemplar mis ruinas

no exigiría la violación de tus secretos

ni aún bajo la bandera de esta muerte

 

No me dejes salir

porque mi existencia se asfixiaría

con las pesadillas insensatas

que atormentan mis insomnios

porque nada podría hacer

excepto evitar morir

pues si muriera

no contaría más con el aspecto

de mis miserias

 

 

“¿QUÉ HARÉ?”

 

¿El lugar?

Cualquiera donde se expongan

vergüenzas de piedra

sucias y aplanadas

¿Mi aspecto?

El del silencio donde se pasean los años

¿El color de su vestido?

Azul, con olor a zorra

¿Qué haré?

salir a recibir el roce de la tela

 

 

 

 

*Textos extraídos del poemario Sólo las noches.

 

 

 

 

Sólo las noches

Sergio Monsalvo C.

Editorial Oasis

Colección “Los libros del fakir”

Núm. 63

México, 1984

 

 

 

Dibujo: Heraclio

 

 

 

LA AGENDA DE DIÓGENES: GIL EVANS

Por SERGIO MONSALVO C.

 

 

Gil Evans nació el 13 de mayo de 1913 en Toronto, Canadá, con el nombre de Ian Ernest Gilmore, y murió el 20 de marzo de 1988 en Cuernavaca, México. Multifacético y creativo compositor y arreglista de jazz, al que se conoció mejor por su colaboración con Miles Davis, incluyendo el álbum clásico Sketches of Spain (1960).

 

De ascendencia australiana, Evans decidió interpretar jazz en el piano después de recibir la inspiración de los primeros discos de Louis Armstrong.  De 1933 a 1941 tocó con varias big bands en California, además de dirigir algunas de ellas. Una vez establecido en Nueva York, Evans hizo los arreglos para el grupo de Claude Thornhill, cuyos miembros habrían de incluir a Gerry Mulligan y a Lee Konitz.

         

Compañero de cuarto de Charlie Parker en algún momento de sus carreras, el bebop ejerció una fuerte influencia en Evans. Cuando Thornhill disolvió a su banda en 1948, durante la huelga encabezada por el líder de la Federación Americana de Músicos, James Petrillo, Evans formó un grupo con Mulligan, Konitz y Davis. 

 

Esta asociación produjo una serie de grabaciones editadas en 1950 como sencillos de 78 revoluciones que inauguraron la escuela de jazz conocida como «West Coast». Anteriormente colaboraron en la realización del álbum debut The Birth of the Cool de Miles Davis (Capitol, 1957).

 

Durante los años cincuenta, Evans trabajó como arreglista freelance en Nueva York.  Formó grupos para grabar los álbumes Big Stuff (1957), The Arranger’s Touch y Pacific Standard Time con la compañía Prestige. En estas producciones el saxofonista Cannonball Adderley apareció como solista principal en las versiones creadas por Evans de clásicos del jazz, como «Round Midnight» de Thelonious Monk. 

 

 

Evans volvió a colaborar con Davis en 1957 para sacar el álbum de big band Miles Ahead, seguido por los arreglos instrumentales hechos por Evans de piezas tomadas de Porgy and Bess (1959) de George Gershwin y por Sketches of Spain, ambos con el mismo trompetista. Para el último álbum, Evans se empapó de flamenco y de las creaciones de compositores españoles como Joaquín Rodrigo y Manuel de Falla, cuyas obras adaptó, además de componer algunas piezas él mismo.

 

Los proyectos perseguidos por Evans durante los sesenta pusieron de manifiesto su don para crear texturas orquestales memorables dotadas de gran fuerza formal. Entre ellas figuraron Out of the Cool (Impulse, 1961), The Individualism of Gil Evans (Verve, 1964), que contó con la colaboración especial del guitarrista Kenny Burrell, y Gil Evans (Ampex, 1970). 

 

Los planes para una colaboración con Jimi Hendrix se frustraron debido a la muerte del fantástico guitarrista, pero Gil Evans Plays Hendrix (RCA, 1974), con el guitarrista japonés Ryo Kawasaki, dio cierta idea del sonido que pudo haber tenido el proyecto original. 

 

Las big bands formadas por Evans durante los años setenta incluyeron a solistas jóvenes como David Sanborn (sax tenor) y Hannibal Marvin Peterson (trompeta). Evans siguió grabando prolíficamente para Enja (Blues in Orbit), la compañía Antilles de Chris Blackwell (Priestess) y para RCA (There Comes a Time). 

 

En 1986 compuso la partitura de época para la versión cinematográfica de la novela Absolute Beginners de Colin MacInnes, dirigida por Julien Temple. En los siguientes dos años colaboraría con el músico Robbie Robertson (ex The Band) para la película de Martin Scorsese de 1986: El Color del dinero. E igualmente lo haría y con Sting (ex Police) en presentaciones en vivo y de estudio en 1987. Evans falleció al año siguiente,  el 20 de marzo de 1988.

 

VIDEO: Gil Evans Orchestra – Stone Free, YouTube (All That Jazz Don Kaart)

 

 

 

BABEL XXI-742

Por SERGIO MONSALVO C.

 

THE THIRD STREAM

(LA TERCERA VÍA)

 

 

Programa Radiofónico de Sergio Monsalvo C.

https://e-radio.edu.mx/Babel-XXI/742-The-Third-Stream-La-Tercera-Via

ARTE-FACTO: EL ALBA MINIMAL (VII)

Por SERGIO MONSALVO C.

 

 

Según Terry Riley, el pulso es un método oriental, hasta cierto punto, de enajenarse: “Es posible enajenarse todo lo que uno quiera al relacionarse con una constante”, dijo. Y el efecto de su música de Riley se lograba mediante la identificación con lo que él llamaba el proceso total del tiempo. 

 

No obstante, la variación continua dentro del proceso acumulativo de Riley se negaba a sí misma, a causa de su futilidad, e hizo que uno percibiera el tiempo que pasaba simplemente como éxtasis. 

 

La MonteYoung, por otra parte, se refería, por entonces, a la identificación con el sonido como tal: “Meterse en el sonido:  el sonido es Dios; yo soy el sonido que es Dios”. Los alargados sonidos estáticos de la música de este creador sugerían un tiempo antiapocalíptico, la duración pura. 

 

O bien, según escribiera el musicólogo y pedagogo alemán Wolfgang Burde: “La música minimal ha descubierto la aventura del macrotiempo. No se requiere ya un enfoque analítico, sino la entrega a una corriente musical que conducirá a una nueva expansión en la experiencia del tiempo”.  

 

Su homólogo Daniel Caux hizo una afirmación semejante, al observar en la música de Riley el intento de hipnotizar al escucha hasta devolverlo a un estado de inocencia.

 

 

En Philip Glass y Steve Reich, la eliminación del contenido dialéctico de la música no se relacionaba con ninguna ideología mística. La música de Reich suponía la neutralidad de los valores, como cuestión de principio.

 

No obstante, si bien su intento por usar el material sonoro occidental dentro del contexto de métodos estructurales no occidentales, a primera vista parecía constituir un procedimiento técnico carente de importancia ideológica, el hecho de que tanto su música como la de Glass tuvieran lugar en un macrotiempo no dialéctico los acercó mucho al misticismo de Riley y de Young. 

 

VIDEO: Philip Glass – Opening (Official Video), YouTube (Philip Glass)