MILI BERMEJO

Por SERGIO MONSALVO C.

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UNA VIDA CON LA MÚSICA*

La historia comenzó hace muchos, muchos años cuando Mili Bermejo, procedente del Cono Sur, de Buenos Aires —para ser más precisos y donde había nacido en 1951—, llegó a la ciudad de México junto con su familia. Tenía ocho años de edad. Desde ese momento, por la influencia paterna, abrevó de la música mexicana integrándola a su herencia argentina.

Luego, las décadas de los sesenta y setenta le otorgaron muchas experiencias enriquecedoras y fundamentales: el llamado “canto nuevo”, las peñas, los clubes, los amigos de diversas naciones latinoamericanas exiliados por causas políticas y feroces dictaduras, la poesía de Nicolás Guillén, Jaime Sabines, César Vallejo, José Ramón Enríquez, Odri Lorde, Ernesto Cardenal, Gabriel Zaid y Octavio Paz; además de la ideología del compromiso social del artista y el gusto por los conciertos al aire libre.

El talento musical de Mili Bermejo le permitió obtener en el curso de los años varias becas. La primera de ellas otorgada por lo que antes era conocido como el Fondo Nacional para las Actividades Sociales (Fonapas), y luego por parte de la escuela donde se encontraba. Entonces, la vida se le modificó sustancialmente. Casi al finalizar los años colegiales y lista para saltar al profesionalismo, su hermano (Miguel, guitarrista y bajista) la introdujo en los misterios y las sorpresas de la obra de Miles Davis. Es decir: descubrió el jazz.

Habla Mili:

“El jazz representó un gran cambio para mí: el de cantante a músico. Lo cual quiere decir que debía empezar a pensar en mi voz como instrumento, en la armonía. A tener un pensamiento inteligente en cuanto a cómo abordar una pieza, o sea un pensamiento analítico y además —por si fuera poco— aprender el arte de la improvisación. No puede ser de otra manera. Es muy difícil ser un buen intérprete del jazz debido a las exigencias que esto requiere satisfacer. Se debe saber leer todo tipo de partituras, con sus claves, invertir miles de horas de práctica para desarrollar el nivel competitivo necesario. Y asimismo, es preciso actuar constantemente para mantener en forma las habilidades musicales y desarrollar las cualidades individuales en la improvisación”.

Por aquel tiempo, Mili tuvo la oportunidad de conocer al pianista Ran Blake, pionero del avant-garde y del Third Stream, quien la llevó consigo como invitada para unas presentaciones que haría durante el programa jazzístico veraniego en la ciudad de Boston, en 1978. El viaje la motivó sobremanera para el aprendizaje del género. A la postre entró a tomar clases con el ya desaparecido pianista y destacado jazzista veracruzano Juan José Calatayud.

Con una voz siempre emotiva, Mili gusta de contar lo que la música sincopada le ha dado: “El jazz me proporcionó un método, me abrió las puertas tanto mentales como emocionales. La disciplina inherente en él siempre resulta difícil, hasta que la conviertes en tu forma de vida. Cuando das ese paso todo se vuelve  fascinante porque te sientes por fin un pasajero legítimo en el tren del aprendizaje, en una dinámica de evolución estética. Es un desafío, cada minuto debes entender por qué unas notas funcionan y por qué otras no. Para mí fue descubrir un mundo vital“.

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En México, Mili supo crearse una carrera como intérprete, pero en este punto y por recomendación del maestro Juan José Calatayud, decidió irse a estudiar a la Berklee School of Music de Boston, llevando como único equipaje su amor por el jazz: “El jazz me poseyó por completo, era como un fuego por dentro que no podía acallar“. Quería aprenderlo todo de él: tanto el lenguaje verbal como el musical. Esto es lo que la condujo a buscar las fuentes y a conocer a sus generadores. Debía aprender a cantar con aquellos jazzistas, en su propia tierra.

En México, Mili dejaba el reconocimiento logrado hasta entonces, sus amigos, su trabajo de muchos años en Radio Educación, a su padre —el compositor e instrumentista— Guillermo Bermejo, a su tío Miguel, ambos fundadores del famoso trío de música vernácula Los Calaveras, que en tantas giras y películas acompañara al legendario Jorge Negrete y, desde luego a su madre Luz, una cantante argentina de tangos. “Al irme a Estados Unidos dejé toda esa parte”, ha comentado con añoranza.

Así que se trasladó a Boston a vivir de manera permanente en 1980. Tras cinco años de recoger conocimientos, de mostrar el talento personal a su vez, se graduó en aquella institución. Aunaba de esta manera a su vida académica la savia del jazz estadounidense, misma savia que sumó a sus acervos producto de los estudios en la Escuela Nacional de Música, con los compositores mexicanos Julio Estrada y Federico Ibarra, y de técnica vocal con la especialista Elisabeth Phinney y Jerry Bergonzi.

El ejemplo de su creatividad al darle forma a un jazz ecléctico, con la intención constante de buscar trascender las fronteras entre los géneros y culturas, hizo que las autoridades de Berklee le ofrecieran impartir clases de canto en dicha institución. Cosa que ha hecho desde entonces. Sin embargo, después de algún tiempo, Mili sintió también la necesidad de expresar a flor de piel sus raíces musicales y los conocimientos adquiridos con el jazz, así que se alió con su esposo, el contrabajista Dan Greenspan —al que conoció en esa escuela en 1981—,  para realizar una obra donde se fusionaran el sentir cubano, argentino, mexicano y jazzístico, y otorgar al escucha una lluvia de ritmos en la que su estilo encontraba un cauce perfecto.

Hoy, esta mujer ha logrado el reconocimiento de músicos y crítica de la Unión Americana al aparecer en las páginas de revistas especializadas como Down Beat y Jazziz, donde se analizan constantemente los álbumes que genera. Desde Ay Amor (de 1992), hasta la noticia del nuevo disco que está a punto de salir, A Time for Love (del 2004), su discografía, que abarca ya ocho volúmenes, ha sido descrita como “el lugar donde se encuentra el jazz con la elegancia del alma latina”.

Sin concebir limitante alguna, Mili Bermejo ha laborado en distintos formatos, como el trío (en Ay Amor y A Time for Love), el cuarteto (en Casa Corazón, de 1994, o Identidad, de 1996)), el sexteto (en Pienso el Sur, del 2001), el octeto (con la agrupación de Günter Schuller, en Orange then Blue). No obstante, la quintaesemcia de su quehacer artístico se puede encontrar en Dúo, de 1997, al lado de su esposo y bajista Dan Greenspan, donde la compenetración con el concepto y el trabajo constante se presentan sin más ropaje que las cualidades íntimas y personales.

Entre más vida yo siento / más pronto me voy muriendo / más cercano está el momento / de abandonar este arroyo / y más requiero el apoyo / de aquél que me está queriendo….” Así reza el track “Décimas de muerte”, una composición de esta cantante que a base de estudio, de esfuerzo, de talento, ha sobresalido en el terreno del jazz. En Dúo, Mili se presenta en el escenario del Music Room de Cambridge para dar a conocer a los entendidos su sensibilidad y bagaje. Ella le entrega al escucha su comprensión de la música y beneplácito con el canto.

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Para hablar de este trabajo de Mili hay que mencionar, en primerísimo lugar, el grado de retención y elaboración de los elementos básicos que han alimentado a la cantante a lo largo de su carrera. Elementos afroamericanos, latinos, caribeños, que gracias a su ductilidad y aprovechamiento se establecen en ella, en su voz, en su acompañamiento, como una mancomunidad experimental de carácter multicultural sintetizada en el jazz. Eso es el jazz. Así se forjó y así continuará en el futuro.

Ella reelabora la música a partir de su particular concepción enriquecida de estos elementos en términos de esa estructura de raíces y sus variables. Esto es: conoce su música, no sólo como ente regional sino continental, y la relaciona, la mezcla, la recrea, con el gran fenómeno del jazz y lo que éste a su vez trae aparejado consigo: la composición europea, la métrica hispana, el lied alemán, el folklore anglosajón y la referencia sobreentendida de la expresividad vocal.

Todas las variables son aprovechadas por su voz, por su temática, empapada del romanticismo del “canto nuevo”, muy bien acompañada por Greenspan, músico que muestra sus capacidades multifacéticas al proporcionarle un soporte sincopado a la rítmica voz de Mili. Las composiciones de Abbey Lincoln, Bill Evans, Lee Morgan, Johnny Mercer, Duke Ellington y de la propia Bermejo, se suceden a lo largo del CD dando rienda suelta a su estilo que en todo momento evoca las referencias de su experiencia musical con interpretaciones muy sentidas, las cuales con los artilugios de la magia vocal ubican en atmósferas y ambientes hiperreales al escucha atento.

Las interpretaciones que hace Mili Bermejo de la balada van más allá de lo simplemente emotivo. Sus cualidades, técnica y referencias vitales que carga dentro de sí, le añaden a cada tema presentado el plus que debe contener cada pieza de su repertorio. Es una cantante de jazz llena de expresividad y recursos, color y textura. En este disco, producido por ella misma, ejecuta una catorcena de tracks en los que la existencia y el arte se amalgaman para regocijar al público. Greenspan, como buen bajista, le pone los acentos, los soportes, las plataformas. De esta manera, las composiciones de todos los mencionados brillan como si fueran nuevas.

Los informes sobre Mili Bermejo dicen que ella se fue a la Unión Americana en 1980, con el claro objetivo de estudiar jazz en la que hoy por hoy se considera la mejor escuela en este sentido: el Berklee College of Music de Boston. Actualmente es profesora en esa misma institución, además de miembro de varias asociaciones para el fomento de las artes en los Estados Unidos. Mili Bermejo es una cantante que a base de trabajar su talento, de disciplinarlo y conducirlo, ha llegado a ser escuchada en los mejores escenarios y a recibir premios y menciones, porque además de estudio y trabajo tiene propuesta y capacidad para manifestarse en el comprometido terreno del jazz. La suya es una magnífica historia, plasmada en concreto en varios álbumes a los que sigue sumando nombres.

 

* Este texto es fundamentalmente el guión literario del programa número 82 de la serie “Ellazz”, que se trasmitió por Radio Educación en los años cero (primera década del siglo XXI), del que fui creador del nombre, entrevistador, investigador, guionista y musicalizador. El programa se realizó con la entrevista que le hice tras la publicación del disco  Dúo (Jimena Music) en 1997. Éste se uniría a la enriquecedora discografía de la cantante, compositora, pedagoga y divulgadora del jazz, con De tierra, Identidad y el postrer Arte del Dúo, además de los ya mencionados en el texto. Todos discos a los que la artista dotó con canciones propias, standards del jazz y composiciones de diversos creadores latinoamericanos, siempre incluyendo sus emociones y las cuestiones sociales de todo lo que la afectaba. Mili murió el 21 de febrero del 2017. Aún no sé si ya se publicó el libro que tenía listo sobre técnica vocal en el que tenía tiempo  trabajando.

 

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CHARLIE EN PARÍS

Por SERGIO MONSALVO C.

Charlie en París (Foto 1)

 (LA ÚLTIMA VEZ)*

Querida Martha-Maga: ¿Recuerdas que fue una madrugada cuando decidiste conocer Le Boeuf sur le Toit, el lugar en París que en 1950 era guarida de escritores como Jean Cocteau, cineastas como René Clair o músicos como Satie y Maurice Ravel?

A las dos de la mañana llegamos al sitio y tú, echando vaho por la boca, gritaste el nombre de la rue Pierre-1er-de Serbie. Caminaste rápida hacia el número 43-bis y, aunque decepcionada porque el bar había desaparecido, te repusiste y la soledad de la avenida compensó la ausencia.

Luego te pusiste a actuar a lo ancho de la banqueta aquella pelea que tuvieron Charlie y el saxofonista tenor Don Byas por cuestiones de estilo en el bop.

Las viejas hostilidades afloraron en una noche semejante. “Dos machos retándose por un concepto”, dijiste. Charlie sacó su navaja. Byas la abrió un instante después. Ambos danzaron bajo las luces nocturnas en círculos retadores.

Cuando el tiempo del ritual ya no tenía un más allá, Charlie lanzó una carcajada, cerró su navaja y la guardó. Se paró frente a Byas con las manos en los costados y estático invitó al otro saxofonista a picarlo.

Byas, desconcertado, no se movió: “Estás loco, Bird, bien loco”, le espetó. Charlie sonrió de nueva cuenta y se dio la vuelta para volver a entrar al bar. Fue la última vez que Parker estuvo en París.

 

*Fragmento del libro Ave del paraíso, publicado por la Editorial Doble A.

 

 

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OLIVIA REVUELTAS

Por SERGIO MONSALVO C.

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EL ESPÍRITU DE LA MÚSICA*

Durante la mayor parte de la historia del jazz, aparentemente han sido pocas las mujeres que han formado parte de la comunidad de músicos. En el pasado, una mujer decidida a no dejarse intimidar para acceder al ambiente tuvo que pagar precios tendentes a ponerla en su lugar: la pérdida de su respetabilidad encabezaba la lista, además de la desaprobación general o familiar y a veces el ostracismo.

A pesar de todo, el amante de la música puede encontrar una lista larga y bastante sobresaliente de féminas que han participado en el jazz desde el nacimiento del género. Sin duda aún constituyen una minoría y probablemente lo seguirán siendo durante algún tiempo, pero en la actualidad quienes de ellas interpretan el jazz lo graban, dirigen grupos, componen, hacen arreglos musicales, producen álbumes, administran, presentan conciertos. Es decir, están involucradas en todo el proceso.

Si hay algo que las caracteriza en el jazz actual es su pronunciado individualismo y su dedicación a la música. Se encuentran ya perfectamente instaladas en todos los géneros derivados del jazz, el cual ha permitido el acercamiento de diferentes tipos de música entre sí, extendiendo sus límites hasta las fronteras de la imaginación y el talento de cada exponente.

Y es talento, y mucho, el que se da en el caso de la mexicana Olivia Revueltas, por ejemplo…

 

*Texto introductorio a la entrevista publicada en la Editorial Doble A.

 

OLIVIA REVUELTAS (FOTO 2)

Olivia Revueltas

Una entrevista de

Sergio Monsalvo C.

Editorial Doble A

Colección “Palabra de Jazz” #4

México, 2000

 

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JOHN COLTRANE

Por SERGIO MONSALVO C.

EL SONIDO QUE VIENE DE LO ALTO (FOTO 1)

 EL SONIDO QUE VIENE DE LO ALTO*

Ahí donde Charlie Parker dejó el sonido, John Coltrane tomó la estafeta y lo evolucionó con éxito. La muerte de Bird se ligó con el surgimiento de otros adalides. De las cenizas del Ave Fénix resurgía el espíritu creativo. Un fenómeno primigenio que comprende todo acto artístico.

Los músicos se trasmiten la verdad esencial del Ser y de las cosas, proyectan una corriente dinámica invisible y a ellos se debe la continuación de esta cultura. En sus obras habla el Espíritu Eterno. Mientras se mantenga viva la fuerza de su poesía, el jazz irá por buen camino. ¿Cómo uno no va a soñar con ello?

El “free jazz” libera las frases de los compases conocidos, los temas de interpretaciones habituales; asume y provoca riesgos. “Puedes hacer cualquier cosa con los acordes”, dice Coltrane. Los esquemas rítmicos deben ser tan naturales como la respiración.

La improvisación es la voz con sus solos turnados y sus comentarios libremente expresados por los músicos. Se hacen patentes las posibilidades técnicas de la polifonía implícitas en la música. El jazz llena de sustancia fresca su vida. Free. Para comprender a Coltrane hay que saber esto.

Cada compás tiene un ritmo diferente al anterior, esto causa al oyente desasosiego e inquietud. Las estructuras musicales adquieren otro concepto, otra conciencia. La movilidad continua y fluidez deslizante. La maestría que guía.

En 1957 nació el club Half Note. El público del club era muy diverso. Cada vez que pasaba Trane realmente parecía atraer a los negros de mayor conciencia política. Se entregaba a un largo solo, de casi una hora, y todos esos tipos prácticamente se manifestaban ahí mismo, gritando “¡Freedom Now!” Era como si utilizaran su música como grito para convocar todos los movimientos en los que militaban.

Un artista es un jefe, por pocos que sean sus seguidores, y la verdadera esencia del arte es la revolución, la puesta en tela de juicio y en ocasiones la subversión de la misma sociedad que lo cultiva. La conducta revolucionaria es a menudo la más constructiva de todas las conductas sociales, porque constituye una afirmación del derecho del individuo a existir individualmente en una estructura colectiva.

El artista presenta una visión de algo que puede ser mejor de lo que es, sobre la base del respeto a la libertad de cada uno.

John Coltrane fue el primero que mostró esta capacidad: tocar de manera multifónica, simultánea, varias notas o varios sonidos; la práctica de combinaciones rítmicas asimétricas, independientes de la pulsación básica, así como la elaboración de un sistema increíblemente sofisticado de acordes de sustitución.

Amplió prodigiosamente la extensión de su instrumento, de las diferentes texturas que era capaz de extraer de él, y de la cualidad humana de su sonido. Sobrepuso una serie de complicados acordes de paso y proyecciones armónicas sobre estructuras armónicas ya complejas.

Parecía dispuesto a tocar todas las notas posibles, a recorrer sonido a sonido, hasta sus últimas consecuencias, cada acorde con el que se enfrentaba, a buscar escalas, notas y sonidos imposibles en el sax, que parecía a punto de estallar de tanta tensión. El estilo “modal” de interpretación, que utiliza varios modos diferentes al mismo tiempo.

Cuatro de la madrugada: la hora más oscura antes del alba, la hora del interior. Otoño de 1964. John Coltrane se despierta a esta hora, como todas las mañanas.

Sentado en media posición de loto se concentra en sacar el aire. La habitación está silenciosa y no existe nada más en el mundo. No hay pensamientos. La comunicación directa con el cosmos, con la divinidad o lo que quieran. Busca un mensaje: saber si se encuentra sobre el buen camino. Trane se pone a rezar.

Es la meditación más larga que haya conocido.  Primero el silencio, luego la música que invade el espacio a su alrededor. Y todas las melodías, todas las armonías, todos los ritmos. El Verbo le sopla una composición consagrada a la gloria de su Esencia suprema.

Despierta, sale de la meditación: “Por primera vez en mi vida tuve en la cabeza la totalidad de lo que grabaría, de principio a fin.” Una arrebatadora confesión de fe en la inspiración. La distingue declarando que es la función básica del espíritu humano. Le otorga un rango superior a la imaginación. La poesía de la música es para él fuerza creadora divina.

Crear un sonido para los sentimientos nacientes. El primero, único y bueno para el Amor. “A Love Supreme”, grabada en diciembre de 1965, es la última ofrenda de Trane a lo Divino: “Humildemente Te ofrezco este álbum”. Trane ya no tiene que probar nada más. Se contenta con aullar, llorar, implorar y gozar.

“A Love Supreme” se basa en la cábala: “Ahí donde termina la filosofía comienza la sabiduría de la cábala”.

“A Love Supreme”: estas simples palabras recitadas 19 veces. 19: el “1” designa al hombre y la soledad que lo acompaña. El “9” significa lo universal. 1 + 9 = 10. Las diez manifestaciones del Eterno. Los placeres y la sabiduría. Lo exótico y lo próximo. Lo expuesto y lo oculto.

21 de julio de 1967. Nueva York. La iglesia luterana de San Pedro. Albert Ayler sopla en su sax sonidos de muerte: John Coltrane abandonó su cuerpo.

A pesar de que Trane tenía mucho tiempo de no probar droga alguna, los años de ésta y de alcohol dañaron su hígado en forma definitiva. Y Trane es por fin lo que siempre quiso ser: un santo.

Ahora es estrella que brilla en un cielo gris, en donde improvisa y el sonido se alarga interminable. Improvisa desatando cantos sucesivos y alternados, de otros semejantes sin distancia.

Improvisa mientras su instantaneidad reclama y su fugacidad extiende el momento. El sonido se oye porque viene de lo alto simplemente.

El Sonido invade no sólo el espacio, también el tiempo. Trane fue un hombre de consagración mágica que penetró en dichos secretos y corrió los riesgos con tal de apoderarse de ése su Amor Supremo.

*“El sonido que viene de lo alto”, ensayo incluido en la publicación colectiva John Coltrane de la Editorial Doble A.

EL SONIDO QUE VIENE DE LO ALTO (FOTO 2)

John Coltrane:

“El sonido que viene de lo alto”

Sergio Monsalvo C.

John Coltrane

Colección “Palabra de jazz”

Editorial Doble A

México, 1995

 

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MAYA ANGELOU

Por SERGIO MONSALVO C.

MAYA ANGELOU (FOTO 1)

 “EL REENCUENTRO”*

(CUENTO)

Nunca hubiera creído que ella andaría con un negro, andar de verdad. Pero ahí estaba, en pleno 1958, sentada en el Café Blue Palm un domingo en que me tocaba abrir turno con el grupo de Cal Callen. Las cosas sucedieron así: el lugar estaba a reventar y Callen nos dio la entrada con “Hello Babe”. Desde luego sé muy bien, como todo el mundo, que él está obsesionado con Lester Young. Tal vez porque toca el sax tenor, o quizá tan sólo porque Lester es The Pres. Cualquiera que haya tocado alguna vez con Callen sabe que la entrada siempre será “Hello Babe”. Así que estaba lista. Comenzamos.

Había tocado antes con algunos de esos tipos, pero nunca con todos al mismo tiempo, pero arrancamos con esa pieza como si el siguiente destino fuera el Club Birdland en la ciudad de Nueva York. Al público le gustó. Aplaudió lo más que un público negro está dispuesto a hacerlo. Los negros siempre se portan como si estuvieran seguros de que con sólo estudiar un poco sería suficiente para hacer igual lo que uno hace en el escenario. Si no es que mejor. Así que brindan sus aplausos a la suerte del músico. Suerte de que no estén ahí arriba en el escenario para mostrarle a ese músico cuál es la verdad.

Como sea, después de los aplausos Callen se puso a presentar al grupo. Ese es su estilo. Otra cosa que todo mundo sabe. Una vez que termina de presentar a todos no va a decir nada hasta la siguiente tanda, sin importar cuántas veces toquemos. Por eso adereza la rutina de las presentaciones con un poco de humor.

Comenzó con Ollie, el de la guitarra…”Y aquí tenemos a un auténtico nativo de Chicago…vía Atlanta, Georgia…que llegó para traer el soul a la Ciudad del Soul…el señor Olly Martin.”

Prosiguió. Me puse a observar al público, a la gente sentada ahí sin escuchar. Mejor dicho, escuchaba con la mitad de un oído y hablaba con la boca entera. Algunas parejas por ahí acarameladas…y uno que otro blanco esforzándose horrores por darse un aire de naturalidad, como si acostumbrara ir todos los días al sur de Chicago, o quizá como si viviera ahí…y entonces la vi.

Vi a la señorita Mary Ann Baker, sentada ahí con toda su humanidad rubia, acompañada por un hombre negro y fuerte…un negro bonito. Las mujeres blancas cuando se parecen, se parecen demasiado: pensé que me había equivocado, que tal vez no era Mary Ann. La miré de nuevo. Sí, era ella. Recordaba muy bien la curva de su mejilla. La forma en que su mandíbula se desliza hacia el cabello. Era ella. Quizá me perdí unas notas; de hecho, quizá me perdí todo el tema que estábamos tocando.

¿Qué hacía ella en Chicago? En el lado sur. ¿Y con un negro? Mary Ann Baker de las Industrias Baker del algodón. La señorita Baker, la Reina del Algodón de Georgia…

Entonces escuché que Callen anunció el siguiente título y luego se acercó hasta a mí. Siempre me guardaba para presentarme al último –en la tercera pieza–. Sobre todo porque soy mujer y llamaba la atención del público que dijera, como en efecto lo hizo: “Y el hombre del piano es una dama. Y qué dama. Un manjar para los oídos y para los ojos. Damas y caballeros, quiero presentarles a la señorita Philomena Jenkins. Le dicen Minnie.”

Noté que hubo unos cuantos aplausos, pero estaba observando a Mary Ann. Escuchó mi nombre y me miró directo a los ojos. Los suyos, azules, se abrieron tanto como los míos, negros. Me reconoció, hasta nos saludamos con los párpados por un instante. No nos guiñamos el ojo. Sólo los entrecerramos para ver mejor. Había algo en ella que no alcancé a reconocer. Algo que no le conocí durante todos aquellos años en Baker, Georgia. No era pánico, ni miedo tampoco.

Lo que hubiera en ese rostro parecía familiar, pero antes de que lograra definirlo con exactitud, Callen anunció la siguiente pieza: “Prisoner of Love”.

Era mi canción, por muchísimas razones. En Baker, la única hora en que podía practicar el jazz en la iglesia era alrededor de la medianoche y tocaba esa pieza. Los mejores cambios de tono se me ocurrían en ella. Mi primer amante me sostuvo en su brazos tarareándola. Por lo común, cuando llega la hora de tocar esa tonada me clavo en serio. Pero en esta ocasión estaba muy ocupada pensando en Mary Ann y en su familia…y en qué estaría haciendo en Chicago, en el lado sur, acompañada por el negro más atractivo que yo hubiera visto en mucho tiempo.

En verdad estaba tratando de entenderlo cuando el saxofón de Callen se abrió paso a través de mis reflexiones. Me obligó a recordar los años de soledad, los días de privaciones, la iglesia, las ancianas con manos que parecían de hombre y los sueños con cruzar el Jordán. Luego tuve 32 compases para mí.

Mis dedos encontraron los sitios entre las teclas donde estaban escondidos el blues y la verdad. Desenterré la historia de la mujer sin hombre, y la del hombre sin esperanza. Me metí a la fuerza para tratar de asir el tono ubicado entre el si bemol y el simple si. Debo haberme acercado a él, porque el público me despertó con sus aplausos. Hasta Callen dijo: “Sí, nena, eso es.” Le agradecí con la cabeza, luego al público, y busqué con los ojos a Mary Ann.

¿Qué tal Mary Ann? ¿Qué pensaba ahora de la pequeña Philomena que solía sacudirle las sábanas para sacar los malos olores, lavarle los calzones sucios, recoger lo que su mamá, tan dejada, tiraba por ahí? ¿Qué pensaría ahora? ¿Sabría que aún resentía el dolor que Georgia me había causado? Pero Mary Ann se había ido. Su novio también.

Viví con mis padres hasta los 13 años de edad, en los cuartos de servicio. En una casa ubicada detrás de la residencia principal de los Baker. Mi papá era el mayordomo; mi madre, la cocinera, y yo asistía a una escuela segregacionista en el otro extremo del pueblo, donde los otros niños me llamaban “la puta negra Baker”. Los dedos de mi mamá, tan ágiles para coser, nunca lograron ocultar la verdad de la ropa de segunda mano y tirada por Mary Ann. Tenía mucho qué decirle, pero ella se había ido…

Su partida me bajó los ánimos. Supongo que hubiera querido embarrarle la cara en algo así como: “Mira, no pensaste que llegaría a más que sirvienta tuya y de tu mamá.” Y: “Ya ves, ahora la gente, hasta tú, pagan por escucharme”, y: “Escucha, estoy diciendo algo que nadie más puede decir. Al menos no en la forma en que yo lo hago.”…Pero su mesa estaba vacía.

Terminamos la tanda con algunas de mis piezas favoritas, “Sophisticated Lady”, “Misty”, “Cool Blues”. Admito que no volví a sentir la música hasta que tocamos “When Your Lover Has Gone”. Al terminar la melodía final, “All of Me”, en la que Callen fijó una velocidad tal que parecía deseoso de alcanzar el último tren a casa, el público nos agradeció, como de costumbre, y salimos para los 20 minutos de intermedio.

Algunos de los músicos salieron a fumarse “un toque” o algo y otros se acercaron a las mesas donde tenían a mujeres esperándolos. Yo me dirigí al fondo del bar oscuro y lleno de humo, ahí donde no se percibía ni siquiera la luz del sol que ocasionalmente trataba de abrirse paso desde la puerta de la entrada.

La sangre aún revoloteaba, pulsaba en las puntas de mis dedos. Si Mary Ann figuraba en el directorio telefónico le hablaría. “Hola, señorita Baker…habla Philomena…la que fue su sirvienta, toda mi familia trabajó para usted.”

O diría: “Hola, Mary Ann. Aquí la señorita Jenkins. Te vi ayer en el Café Blue Palm. Conocí a tus padres. De hecho, tu madre decía que la mía era una joya, que mi padre era un tesoro. Acostumbraba burlarme de ella por todo el whisky que tomaba, pero mi mamá decía: ‘No juzgues, para que no seas juzgada.’ Luego me enteré de que tu padre tenía a tres hijos en nuestra parte del pueblo, todos igualitos a ti, sólo que más bonitos. No, Mary Ann, vamos…vamos…no le guardes rencor…no te amargues la vida…” Me colgaría, por supuesto.

El solo imaginarme lo que le hubiera dicho me animó. Pedí un trago al cantinero e intenté volver a mi fantasía, cuando escuché que me llamaban: “Hola, Philomena. ¿Te acuerdas de mí?”

Ella estaba frente a mí, absorbiendo toda la luz. Aún arrastraba las palabras. Conservaba ese acento suave que las muchachas blancas y ricas practican en Georgia para mostrar que tienen educación. No se me ocurrió nada qué decir. ¿Que si me acordaba de ella? No había forma de responder a esa pregunta.

          –Le pedí a Willard que me esperara en el coche. Quería platicar contigo, Philomena.

Tomé un sorbo de mi trago, miré al espejo encima de la barra y me pregunté que querría realmente. Su reflejo no era amenazador en absoluto.

–Le dije a Willard que crecimos…en el mismo pueblo.

Sentí alivio que no hubiera dicho que crecimos juntas. A los diez años yo ya sabía que crecer significa ponerse a trabajar. Sonrió. No quité la mano de la copa.

–Me casaré con Willard. Soy muy feliz –dijo.

Estoy orgullosa de mi semblante. No se sobresaltó ni exhibió nada. Ella llamó al cantinero con una inclinación experta de la cabeza y pidió un trago.

–Willard da clases en una preparatoria de aquí, en el lado sur.

Llegó el trago, alzó el vaso y nuestros ojos se encontraron en el espejo.

–Lo conocí hace dos años en Canadá. Somos muy felices.

¿Por qué diablos me platicaba su cuento de hadas? No éramos parientes. De acuerdo, tenía a un hombre negro. ¿Y qué? ¿Pensaría, como la mayoría de los blancos que pertenecen a un matrimonio mixto, que le había hecho un favor a toda la otra raza?

           –Mis padres…–su voz se adelgazó hasta un susurro–…mis padres no me entienden. Creen que sólo estoy con Willard por fastidiarlos. Ellos…¿Cuándo fue la última vez que fuiste a casa, Mena? –No esperó mi respuesta–. Lo odian. Tanto que dicen que me repudiarán. — La incredulidad infundió nueva fuerza a su voz. –Me prohibieron volver a poner un pie en Baker.

Buscó mi mirada en el espejo, pero fijé los ojos en la copa. –Sé que muchas cosas están mal en Baker, pero soy de ahí. –Las vocales alargadas de su acento estaban llegando al gemido.

          –Mi mamá me dijo (y fíjate que no conoce a Willard) que de haber soñado cuando yo era una bebé que al crecer me casaría con un put…con un hombre negro, me habría ahogado. Es muy cruel escucharle eso a una madre, y se lo dije.

Adelantó el torso. Traté de observar la expresión de su cara, pero su perfil se ocultaba tras el cabello rubio –. Él no entiende esa actitud, ni yo tampoco. No es del Sur–. Pensé que sin importar de dónde fuera, no era blanco, rico y mimado–. Sólo quería hablar con alguien que me conociera de antes. Con alguien que conociera Baker. Sabes, una llega a sentirse sola…Ya no veo a ninguno de mis amigos. ¿Me entiendes, Mena? Mis padres me lo daban todo –. Sería porque eran los dueños de todo.

–Willard es lo primero que consigo por mí misma. Y no renunciaré a él. –Nos miramos de frente por primera vez. Sonaba igual que su madre y se veía como una niña de diez años a punto de hacer un berrinche–. Es mío, me pertenece.

Los músicos estaban afinando los instrumentos en el estrado. Apuré mi copa y me puse de pie.

–Mena, me dio mucho gusto verte de nuevo y platicar de los viejos tiempos. Vivo en Nueva York, pero vengo a Chicago cada dos fines de semana. Oye, ¿irás a nuestra boda? Aún no fijamos la fecha. Ve, por favor. Será aquí…en una iglesia de negros…no sé exactamente dónde.

“Adiós, Mary Ann –le espeté–. Diles a tus padres que se vayan al infierno y vete tú también, de una vez, para hacerles compañía”.  Me senté delante del piano. Ella aún lo tenía todo. La madre comprendería su terquedad y la enviaría a París o a la Luna. El padre no podría negar que la piel negra es hermosa. Mary Ann tenía dinero y un hombre guapísimo con quien jugar. Si algún día lo dejara de desear podría irse y ya. Seguiría siendo blanca.

El grupo iba a la mitad de la pieza antes de que se me ocurriera que Mary Ann tenía dinero; pero yo, la música. Ella y sus padres pudieron lastimarme de joven, pero lo que yo tenía dentro me había elevado muy por encima de ellos. Por muy difíciles que fueran las cosas para mí, no dejaría de ser la canción que lucha por hacerse escuchar.

Las teclas del piano estaban resbalosas por las lágrimas. Y sé con toda certeza que no lloraba por mí misma.

 

*Esta es una versión del texto “El Reencuentro”, de la escritora, poeta, educadora, cantante, actriz y activista estadounidense Maya Angelou (1928-2014), traducida para ser utilizada en la Serie “Palabra de Jazz”, que realicé como guionista y musicalizador y que se trasmitió por Radio Educación allá en los primeros años noventa (S.M.C.).

 

Exlibris 3 - kopie

POR AMOR AL SAX

Por SERGIO MONSALVO C.

POR AMOR AL SAX (FOTO 1)

 (RECOPILACIÓN)

Antología de textos varios (poemas, cuentos, aforismos, reseñas, etcétera) de 15 letraheridos mexicanos, entre escritores, periodistas, editores, poetas confesos, dibujantes gráficos, críticos cinematográficos, literarios y musicales y algún científico, teniendo como personaje central al saxofón. Ese instrumento musical del que Ciorán dijo lo siguiente: “Por qué frecuentar a Platón, si un sax puede igualmente hacernos entrever otro mundo”

D. H. C.

(Para Alvin Donelli,

Henry “Hurricane” Carter y

Clarence Clemons)

 

Las notas de Mr. D

son detonantes encendidos por la noche

Accesibles y cercanas

como cuerpos de golfas sin padrino

 

Las notas de Mr. H

son deseos en plena fuga

Estruendo de gozo sin amarres

sudor de bronce entre muslos enardecidos

 

Las notas de Mr. C

penetran calles y paredes

Sedientas terminan la ronda

en la barra de cualquier cantina

Las notas de sus saxes arden

al insertarlas en la ranura precisa

Palpitan con su Rhythm & Blues

enfebrecido de luna llena

(Sergio Monsalvo C.)

POR AMOR AL SAX (FOTO 2)

Por amor al sax

Sergio Monsalvo C.

(Recopilación)

Editorial Doble A

México, 1992

 

Exlibris 3