Con una voz cautivadora, hiphop lento que con mucho éxito busca la poesía —a través del socialismo, la religión y la revolución— y una música que fluye ligera, la bajista, cantante y multiinstrumentista Me’Shell Ndegéocello presenta textos filosos que se convierten en canciones sumamente insidiosas en sus discos.
Apoyada por jazzistas de primera línea como Joshua Redman (en el saxofón tenor), la leyenda del funk Wah Wah Watson (en la guitarra), Billy Preston (en el órgano), David Fuczinski (en la guitarra), Geri Allen (en el piano), así como algunos miembros de Gang Starr y A Tribe Called Quest, crea una mezcla original de funk, hiphop, go-go, rhythm and blues, soul y jazz. Coctel al que ella denomina hiphop alternativo.
Me’Shell Ndegéocello, nombre que significa “libre como un ave” en suahili, nació en Berlín en 1969 como Michelle Johnson, y creció en Washington, D.C., donde estudió música en la Duke Ellington School of the Arts. En 1990 se cambió a la ciudad de Nueva York y luego a Hollywood Hills en Los Ángeles. La lista de los artistas con quienes la bajista ha trabajado es impresionante. Steve Coleman, Marcus Miller, Guru, Lenny White, John Mellencamp y Arrested Development constituyen sólo una pequeña muestra.
Su sonido fascinante con claro toque setentero apoya textos que a veces hablan de relaciones personales, pero con mayor frecuencia de las dificultades afroamericanas para hallar una identidad. Madonna no tuvo miedo al contratarla como la primera producción de su disquera Maverick, Plantation Lullabies (en 1993), con lo cual demostró mucha más sensibilidad musical de la que por lo común se le atribuye.
Ese primer álbum, con su funk pesado, jazz, hiphop y rhythm and blues, cosechó loas y críticas, estas últimas porque exploró todos los ángulos en lugar de elegir una orientación definida. Al respecto ha señalado: “Me gustan Curtis Mayfield, Creedence Clearwater Revival y Cream —ha señalado—. Puedo grabar un disco de rock con John Mellencamp porque soy buena bajista. Eso es lo único que cuenta. La música es diferente que cualquier otra disciplina del arte. No es necesario especializarse, como en la pintura o la danza. Es como la vida misma”.
Aquella primera obra estuvo llena de referencias al racismo, la drogadicción y la hipocresía del amor romántico. Con su voz masculina, Ndegéocello describía un infierno en el que los blancos explotan a los negros, los ricos a los pobres y los hombres a las mujeres (o al revés).
Peace Beyond Passion (de 1998), su segunda entrega, trata acerca de la sabiduría india: “Cuando has encontrado a Dios dentro de ti mismo entras en un estado de paz más allá de cualquier pasión”. El álbum está más pulido y coherente que el primero. El funk sigue presente, pero ya no protagoniza la mezcla musical. Las referencias bíblicas son constantes en las letras de este álbum: Deuteronomio, Levítico, María Magdalena y el Génesis.
Me’Shell Ndegéocello llamó de nuevo la atención con este segundo álbum, en el que con una bien elaborada mezcla de distintas músicas y fusiones recorrió el universo de la música negra moderna. Como su padre estaba en el ejército, tuvo la oportunidad de viajar bastante. No ha estado en África, pero tiene ganas de viajar ahí en busca de sus raíces históricas.
El título de Peace Beyond Passion es una metáfora de la búsqueda en general. Ésta puede ser mental, mediante las ideas que son impuestas, pero también física. La esperanza debe servir —según ella— de consuelo. Creció con música de todo tipo. Su padre dirigía una big band, por lo tanto, escuchaba mucho jazz: Ben Webster, Stan Getz, etcétera. Su hermano fue por igual una gran influencia debido a sus gustos eclécticos. Le agrada escuchar a Parliament y Funkadelic, pero también soundtracks de películas. En realidad no existe nada que no le agrade aunque sea un poco.
Con la aparición de este CD la compararon con Gil Scott‑Heron. Curioso, porque no lo conocía hasta que le dijeron eso. Pero sus verdaderas influencias están, más bien, en grupos como The Last Poets. Varias disqueras la querían contratar en sus inicios, entre ellas Warner Brothers. y Paisley Park.
Sin embargo, escogió a Maverick, recién fundada por Madonna. Ello se debió a que era una compañía nueva y tenía más libertad. El público aún no asociaba una idea definida con la música que aparece con esta disquera. Si hubiera firmado con Paisley Park habría sido muy distinto. De antemano se sabría cómo sonarían sus discos. Además, probablemente la hubieran comparado con Prince, porque los dos tocan varios instrumentos.
En 1999, con su voz misteriosa, creó un disco fascinante para coronar la década: Bitter. Cada uno de los 12 tracks que lo componen mueve de diferente manera a las personas que permiten que penetre profundamente en su subconsciente. Los temas de Bitter hablan del amor, la sexualidad, la belleza, la confianza, la fe, la lealtad y el dolor.
En una primera impresión las piezas aparentan una fría distancia, pero a la larga resplandecen por su calidez. Me’Shell sabe cómo poner a punto emociones complejas, sin dramatismo, efectos instrumentales o la fórmula conocida con el éxito del disco anterior.
En Bitter logra arrebatar con estructuras sencillas, pensadas a fondo, las cuales con la fuerza centrífuga se concentran en un nuevo núcleo estético: el blues sureño, el rock negro, el soul de Gladys Knight, la espiritualidad de Jimi Hendrix, los velos jazzísticos, las guitarras acústicas y las cuerdas. “Quien no conoce lo amargo no puede disfrutar de lo dulce”, escribe Me’shell en la pieza.
Con la entrada del siglo XXI la cantante cambió nuevamente de nombre. Ahora se hace llamar Bashir Suhaila. El primer apelativo significa “mensajera de la dicha” en árabe y “dentro de la canción” en hebreo; el segundo, también del árabe, significa “Llano suave o ligero”. Pero también produjo un álbum con el título de Cookie: The Anthropological Mixtape (en el 2002). Tal título es en homenaje al poeta hiphopero Cookie Goldberg, quien a su parecer simboliza la actitud de los negros que ella admira.
El disco es un grandioso tótem del groove, pleno de referencias e influencias varias, con desviaciones hacia la salsa electrónica, la palabra hablada, el hiphop y el go-go.
Para realizar Cookie, Me’shell invitó a colaborar a músicos como La Lá Hathaway, Caron Wheeler, Marcus Miller, Mike “Kidd Funkadelic” Hampton, la vieja banda con Federico González Peña (en los teclados), Oliver Gene Lake (en la batería) y Allen Cato (en la guitarra).
A los temas originales la cantante y compositora agregó sampleos de discursos y lecturas efectuadas por activistas como Angela Davis, Gil Scott-Heron y Dick Gregory, así como de escritores del Renacimiento de Harlem como Claude McKay y Countee Cullen y de poetas contemporáneos de “la palabra hablada” como June Jordan y Etheridge Knight. Cookie es un álbum que suena, tal como lo indica el título, como si alguien hubiera tratado de reunir todos sus amores en una cinta perfecta.
Me’shell N’Degéocello ha señalado una y otra vez que sus discos tienen un mensaje, pero cada quien lo puede interpretar de diferente manera. Es como en la comunidad sufi. El sufí sólo hace música cuando ésta alcanza a otras personas por su medio. Sólo entonces lo llama música. Para esta artista tiene que haber una respuesta del público. Aunque ésta sea el silencio. Para Me’shell la música tiene que emprender el viaje y regresar.
VIDEO: Meshell Ndegeocello – Clear Water (Official Video), YouTube (MeshellNdegeocelloVEVO)
En la primavera de 1958 Gerry Mulligan dio inicio a una nueva versión de su cuarteto. El saxofonista recurrió a Art Farmer para la trompeta, mismo que de esta manera se dio a conocer entre un público grande no especializado en el jazz.
El mismo año, Mulligan fue invitado a participar en el soundtrack de I Want to Live, por medio del cual se popularizó su música más aún. La película fue un gran éxito y la estrella de Farmer se disparó más alto todavía. Resultó muy frustrante para él, pues se le escuchaba por todas partes, pero un músico blanco fingía tocar su música en la pantalla. Como sea, en 1958 Art Farmer era más popular que Miles Davis.
Arthur Stewart Farmer formaba la mitad de unos gemelos idénticos. Su hermano Addison Gerald tocaba el bajo. Nacieron el 21 de agosto de 1928 en Council Bluffs, Indiana, pero la familia se mudó pronto a Los Ángeles. Art tomó lecciones en tres instrumentos, piano, violín y tuba, pero a partir de 1945 se consagró enteramente a la trompeta en el jazz.
No tardó en hacerse de un nombre como profesional serio y en 1953 llegó a la banda de Lionel Hampton, una especie de escuela para músicos y plataforma de lanzamiento hacia cosas más importantes. En la sección de metales aparecían también, por ejemplo, Quincy Jones y Clifford Brown. Todos ellos pudieron conocerse el 19 de septiembre de 1953 en el Concertgebouw de Amsterdam, durante una gira de la Hampton Band por Europa.
Cinco años más tarde, Farmer se unió a Gerry Mulligan. El tiempo parecía oportuno para dar el salto hacia una formación propia, el Farmer-Golson Jazztet de 1959, integrado por Benny Golson en el saxofón tenor, Curtis Fuller en la trompeta y un completo desconocido en el piano: McCoy Tyner.
Pese a la excelente campaña publicitaria y una serie de espléndidos acetatos, la empresa fracasó. La música era demasiado exigente para el escucha promedio.
En 1962 el «jazzteto» fue disuelto por falta de empleo. El hermano Addison tocó el bajo en este «jazzteto» original; buscó su propio camino a continuación, pero falleció inesperadamente el 20 de febrero de 1963, golpe que Art tuvo muchos problemas en superar.
En 1987, Farmer confesó en una entrevista: «Perder a Addison fue como si de repente me cortaran la mano. Lo curioso es que en mi subconsciente Addison sigue vivo para mí. Aún sueño con él. En los sueños hacemos esto y aquello, platicamos, discutimos, nos vamos a algún lugar, tocamos, practicamos, ensayamos, viajamos».
En 1965 Art recibió de Viena la invitación para formar parte del jurado en un concurso. Se quedó en Europa, realizó una transmisión en vivo por radio desde Leiden, presentó a sus músicos, pero no se acordó del nombre de su baterista. Gran regocijo: era Steve McCall. Tres años más tarde se estableció en forma permanente en Viena.
Art Farmer fue uno de los primeros intérpretes serios del bugle o corneta (normalmente se utiliza el término anglosajón flugelhorn). No como instrumento secundario para «otro» sonido, sino de verdad: con un tono cálido, un poco oscuro. El instrumento quedaba muy bien con su forma mesurada y lírica de tocar desarrollada con la trompeta. Con el tiempo renunció a la trompeta por completo. Desde Viena efectuó giras regulares por Europa. En la actualidad divide su tiempo entre los Estados Unidos y Europa.
VIDEO: Art Farmer – The Very Thought Of You (Official Visualizer), YouTube (Contemporary Records)
Escuchar a John Zorn es como hojear una pila de cómics trash en una tienda de aparatos eléctricos funcionando, o ver una proyección infinita de series de televisión estadounidenses tratadas por un editor loco en un televisor en el que el brillo y el contraste están a tope de intensidad.
Zorn no es el primer músico posmodernista engendrado por el jazz, pero definitivamente sí el más concienzudo y reconocido. Más que cualquier otro, parece marcar el punto de transición entre un periodo de gran virtuosismo técnico y una nueva síntesis artística que no pretende elevarse por encima de la cultura del desecho y reciclable, en la que todos los gustos son identificables.
John Zorn nació en Nueva York el 2 de septiembre de 1953 y desde muy joven se le conoció como un aventurero explorador de los instrumentos de lengüeta, y como un ecléctico compositor que usa el método del cut-up (recorte o collage al estilo de William Burroughs) para sus creaciones. A los diez años de edad cambió el piano por la guitarra y la flauta, y en el curso de sus estudios autodidactas de música clásica contemporánea empezó a componer introduciendo elementos improvisatorios en sus partituras debido a la influencia de John Cage. Esto sucedía a los 14 años.
En la Universidad de St. Louis conoció el free jazz gracias al impresionante disco For Alto hecho por Anthony Braxton como solista en el sax. Después de desertar de la escuela, Zorn trabó amistad con varios improvisadores estadounidenses del free, entre ellos con los guitarristas Eugene Chadbourne y Fred Frith, el cellista Tom Cora (Corra en aquel entonces) y el intérprete del sintetizador Bob Ostertag.
A la postre, el músico y compositor regresó a Nueva York, donde se dedicó a trabajar con muchos improvisadores y grupos de rock, a componer y a tocar música free, aunque cuando quiere este particular intérprete es un excelente saxofonista con toque bebopero.
En la actualidad, su arsenal de instrumentos incluye saxofones y clarinetes desarmados así como silbatos de caza con graznidos de pato y de otras aves, que a veces toca dentro de cubetas llenas de agua a manera de puntuación irónica, en semejanza a la forma en que Rahsaan Roland Kirk, otro músico no debidamente valorado y experto surrealista, quien solía finalizar algunos solos con estridentes toques de sirena.
Los métodos de composición de Zorn desde joven con frecuencia han incluido reglas casi lúdicas por medio de las cuales guiaba las respectivas intervenciones y papeles de varios músicos. Como aficionado a los sistemas de juegos (así como a otros aspectos más tradicionales de la cultura y el arte del Japón: la bidimensionalidad, la falsa perspectiva, la simultaneidad, la violencia como estética), Zorn con frecuencia ha basado algunos trabajos en los juegos y los deportes.
*Fragmento extraído del libro John Zorn, publicado por la Editorial Doble A
Charlotte Gainsbourg es una actriz de reconocida trayectoria y que en el presente se han decidido por el canto como otro modo de expresarse. Pero el cabaret y la balada ya no son sus vías. Lo son los géneros del hard rock, la dark americana y el heterogéneo hipermodernismo. Los tiempos son otros. Y para mostrarlo está el ejemplo de esta francesa.
Ser concebida entre los jadeos orgásmicos de Jane Birkin y de Serge Gainsbourg, los cuales quedaron plasmados en la mítica canción “Je t’aime…moi non plus”, seguro que marca la existencia. Quizá por eso Charlotte, la hija de ambos famosos personajes, se dedicó a la actuación cinematográfica y al canto (como expresión paralela).
Hoy, ella, una adulta bien plantada, tiene un aire juvenil y un carisma ambiguo que le permite asumir distintos papeles. Aunque “tímida por naturaleza”, como ella misma se ha definido, es poseedora de una imagen que puede transformar su supuesta fragilidad en firmeza o temeridad a discreción.
Charlotte Gainsbourg (nacida en Londres en 1971) debutó en el cine en 1984 con Paroles et Musique a los 13 años de edad, al lado de Catherine Deneuve, y desde entonces no ha dejado de trabajar con grandes directores hasta consolidarse como estrella en el biopic I’m Not There de Todd Haynes sobre Bob Dylan (2007), o el filme Antichrist de Lars Von Trier (2009). Muchas cintas han certificado su consistencia como actriz.
El papel de Charlotte Gainsbourg en la película de Lars Von Trier, la hizo acreedora al premio a la “Mejor interpretación femenina” del Festival de Cine de Cannes, en 2009.
A la postre, el cineasta danés contó que se decidió por Charlotte para el protagónico femenino luego de que la parisina y veinteañera Eva Green (con antecedentes en Los soñadores y Casino Royal) fuera elegida, pero por cuestiones de agenda, y una serie de demandas muy peculiares y complicadas (“¡Eva Green quería enseñar sólo sus pezones y nada más!”), quedó fuera del elenco del filme.
“Elegí a Charlotte al comprobar cómo se sumergía en el proyecto pese a su natural timidez. No había visto muchos trabajos suyos antes. Apenas hablé con ella de su personaje, pero lo interpretó desde el primer momento de forma muy precisa. Para Charlotte fue un reto muy grande y también una liberación”, relató el polémico cineasta.
Dentro de la música han sido menos sus manifestaciones, pero eso sí, ninguna ha pasado desapercibida. En cada una ha estado respaldada por la composición y/o la producción de hitos dentro de la escena.
El álbum Charlotte Forever (1986) fue el inicio del camino con temas y realización de su padre (el legendario Serge); la pieza principal fue “Lemon Incest”, a dúo con él y que levantó ámpula por las implicaciones y el video respectivo ⁅Lemon Incest (High Definition), YouTube].
Tras un largo paréntesis de tiempo sacó a la luz 5:55, su segundo disco de estudio (en 2006), en el cual apareció rodeada de luminarias con temas y producción de Air y Nigel Godrich. También colaboraron como letristas de lujo Jarvis Cocker (miembro de Pulp) y Neil Hannon (de Divine Comedy)
A la postre lanzó IRM (2009, un disco de experiencias mórbidas) tras otro lapso de silencio bajo el manto del poliédrico Beck (composición, producción y dirección musical), aunque ella es la gran protagonista, sin lugar a dudas.
Un acierto del Beck productor que además puso a disposición de Charlotte un abanico de canciones de la más diversa índole estilística, tanto en las letras como en las rítmicas, que exigió de ella una interpretación versátil e igualmente variada. Exigencia de la que salió avante y con la cual quedó patente su inconfundible y susurrada voz.
Hechos: la relación de la actriz con Beck proviene de la admiración que el músico estadounidense le profesa al fallecido Serge Gainsbourg, a quien su padre (David Campbell) compuso los arreglos orquestales de su primer disco.
El músico y productor, Beck, que en 2002 sampleó la canción “Melody en paper tiger”, reconoce la influencia del mítico cantautor francés fallecido en 1991. “Casi no hablamos de ello. Sentí que había un gran respeto por el trabajo de mi padre, pero preferí no saberlo porque me dejaba libertad para ir en otra dirección”, contó Charlotte a la postre.
“Beck tenía una especie de banco de datos con ritmos y sonidos que había grabado antes de que yo llegara a Los Ángeles. Una biblioteca sensacional. Y cada vez partíamos de un ritmo. Elegíamos una percusión, se sumaba otro instrumento, y al final una melodía”, dijo la actriz y cantante.
Charlotte Gainsbourg es una diva del celuloide de complexión menuda, físico atractivo y talentos demostrados, que al recurrir al oficio de cantante, como una faceta más de su personalidad, ha buscado evolucionar dentro de tal carrera y sobre todo ha sabido rodearse de grandes personajes de la música para navegar hacia resultados decorosos (Stage Whisper, 2011 y Rest, 2017, han sido sus siguientes producciones).
“Para mí el cine es una liberación, algo con lo que estoy mucho más familiarizada. Aunque no me sienta profesional, me pongo menos nerviosa”. Con la música es otra historia. “Soy un manojo de nervios, estoy insegura en todos los pasos de la producción. Ahora empiezo a escribir letras y siempre me asaltan las mismas dudas: ¿Serán buenas? ¿De dónde voy a sacar la inspiración? No sé juzgar lo que estoy haciendo”.
Sin embargo, por parafrasear un viejo dicho: detrás de esta pequeña gran mujer siempre hay grandes hombres para envolver su voz de sirena.
VIDEO: Charlotte Gaingsbourg – Deadly Valentine (Official Music Video), YouTube (Charlotte Gaingsbourg)
Nacidos en Filadelfia en los años cuarenta (Randy el 27 de noviembre de 1945 y Michael el 29 de marzo de 1949), los hermanos Brecker formaron parte de la primera generación de músicos de jazz profesionales que consideraron el rock no como enemigo sino como un intrigante mundo musical alternativo.
Randy estudió jazz en la Universidad de Indiana. Llegó a Nueva York en 1966 ya como un trompetista seguro y original. Su primera colaboración importante fue con Blood, Sweat & Tears, entonces encabezado por Al Kooper. Contó así con las bases para continuar en el movimiento de fusión del jazz y el rock; no obstante, se inclinó por el lado del jazz como trompetista del quinteto de Horace Silver. Al mismo tiempo participó en las big bands de Duke Pearson, Joe Henderson y Thad Jones-Mel Lewis.
Más o menos en esta época, Michael Brecker entró a estudiar el saxofón, también a la Universidad de Indiana. A los 19 años hizo su debut profesional con el grupo de rhythm and blues de Edwin Birdsong, y en el acetato en el álbum de su hermano Randy, Score (Solid State), ese mismo año. Se volvió obvio que ambos contaban con una profunda comprensión de los grandes del jazz que los precedieron y con una calidad inventiva que puso de manifiesto claramente sus estilos personales desde las primeras etapas de sus carreras.
En 1970 ayudaron a formar un grupo de pop-jazz llamado Dreams cuya integración original incluyó a Billy Cobham. El grupo llamó la atención, pero tuvo poco éxito comercial. Al mismo tiempo, cada uno de los hermanos desarrollaba su propia carrera en el jazz y pronto se hicieron nombres constantes en el trabajo como músicos sesionistas.
En 1972 volvieron a reunirse dentro del quinteto de Horace Silver y un año después en el grupo de fusión de Billy Cobham. A fines de 1974 hicieron planes para un grupo propio y fueron contratados por la novel compañía Arista Records.
El grupo se armó con algunos de los mejores músicos de estudio orientados al jazz que había en Nueva York. Los hermanos Brecker crearon una fusión original de funk y jazz. Las melodías intrincadas, angulosas e impredecibles de Randy funcionaron de maravilla dentro del nuevo contexto. Las composiciones ricas, melódicas e igualmente distintivas de Michael no tardaron en aportar su parte a la mezcla, para extender el alcance del grupo y del nuevo sonido.
El grupo de los Brecker Brothers duró de 1975 a 1982, aunque ninguno de los dos suspendió por completo sus demás actividades musicales. Diez años después de su última grabación conjunta se reunieron nuevamente para continuar con su fusión original en el CD Return of the Brecker Brothers (GRP, 1992), fuente principal de su siguiente antología, Brecker Brothers (Priceless Jazz núm. 25/GRP, 1999). La hermandad continuó igual de fructífera hasta el fallecimiento de Michael en enero del 2007. Randy sigue activo.
VIDEOSUGERIDO: Brecker Brothers Live in Barcelona – Some Skunk Funk, YouTube (dekartthegreat)
The New Orleans Album (Columbia). Este tipo de música debe escucharse con deleite –y es cierto para gran parte del álbum–. Algo tienen los discos de esta especie que toca una pequeña vena de historiografía dentro de mí, ese contento contenido pero inevitable que probablemente me condujo a ser un escucha heterodoxo desde el principio.
En este caso, empezó al leer en una entrevista del trompetista de la Dirty Dozen acerca de la algarabía que solía despertar la banda al incluir una pieza de Duke Ellington o del Charlie “Bird” Parker en un concierto callejero de Nueva Orleans, y de cómo podían imponer su eclecticismo siempre y cuando mantuvieran en movimiento los pies de las personas poco exigentes.
Y mi gusto por tal eclecticismo se reafirmó al comprobar que en este álbum del conjunto, el segundo que sacaron para Columbia, grabaron una pieza para la banda, una para el público, una para la banda…y así sucesivamente. Interpretado de esta manera, el eclecticismo empieza a sonar como juego lúdico –es decir, optar por la originalidad para tener feliz a la gente–, sobre todo si el equilibrio entre las medidas tomadas para agradar al público y la producción musical se persiguió de una manera tan lograda (y en comparación incluso con Voodoo, su anterior obra).
Cierto, sueno como un fan, pero eso se debe a los años de ser decepcionado por músicos complacientes por la acogida brindada a sus esfuerzos menos espontáneos de expresión. Como sea, el disco merece el escrutinio.
Éste ofrece dos tipos de canciones, las con un elemento vocal remitidas a las fuentes tradicionales del rhythm and blues, el estilo de Nuevas Orleans y el swing, mismas que por lo general tienen una intención humorísticas o al menos alegre y despreocupada; y las carentes de la voz, que tienden a ser obras de jazz dotadas de impresionantes solos del trompetista Davis y de Roger Lewis en el sax barítono; solos posbop sólidos con sólo una gota de «free jazz», normalmente en forma de notas divididas e inquietas (las cuales me gusta interpretar como estallidos de habilidad, que probablemente representan el resultado de un proceso de desarrollo de la música frente al escucha).
La sección rítmica, correspondiente a la mayor parte del grupo, despliega gran maestría, sobre todo el sousaphone de Kirk Joseph, virtuoso sin indicio alguno de pesadez. El grupo utiliza a sus estrellas invitadas de la misma manera como ellos mismos han sido aplicados en el pasado: como sazón precisa; en ello destaca Elvis Costello cantando como campeón en «That’s How You Got Killed Before», donde interpreta con facilidad el tipo de jump justó.
En resumidas cuentas, se trata de diversión pura. La sensación conexa provocada por las melodías humorísticas y el sentido de compromiso personal proyectado por los músicos (por no hablar de la intensidad que logran) durante los pasajes de improvisaciones causa en mí la impresión de que están a gusto con las transigencias requeridas por las circunstancias del tiempo.
VIDEO: The Dirty Dozen Brass band – Voodoo (1987), YouTube (T Finn)