ARTE-FACTO: LONDON CALLING (LA PORTADA)

Por SERGIO MONSALVO C.

LA PORTADA

El carácter incidental de la mayoría de las fotografías, sobre todo de las tomadas en serie durante los conciertos musicales, es evidente. No obstante, el medio guarda muchas sorpresas y variaciones. Es cierto que la mayoría de las fotos de este tipo son superficiales, serviles ante la imagen del artista, de la manía, la moda del momento o para satisfacer sólo las expectativas.

Sin embargo, también hay otras imágenes, las que con base en impresiones efímeras invitan a un viaje a través del tiempo. La fotografía, así, y su consecuencia devuelven el gesto a la memoria humana para registrar experiencias, tanto de carácter físico como del psíquico, individual o colectivo.

Para seleccionarlas hay que atender por lo manos a una de tres consideraciones: la calidad de la foto, la importancia del artista retratado y la representatividad de la obra con respecto a su época. Es raro encontrar retratos reveladores con más de dos de dichos elementos, pero existen las excepciones. Y eso le proporciona a la imagen su carácter inmortal.

Las fotos que trascienden arrojan luz sobre un momento importante o sobre un aleteo casi imperceptible del alma humana, en este caso a través de su expresión musical. El fotógrafo que busque eso debe mantener la realidad a distancia, evitando enredarse en sus accidentes para a la larga zambullirse en brazos de lo real. En eso consiste su tarea y cuando lo consigue se consagra.

Como en el caso de la portada del disco London Calling del grupo británico The Clash, cuya imagen fue tomada por la fotógrafa Pennie Smith para luego ser diseñada por Ray Lowry. Tal fotografía muestra a Paul Simonon (el bajista del grupo) golpeando su instrumento contra el escenario, en el teatro Palladium de Nueva York el 21 de septiembre de 1979 (durante la gira Clash Take the Fifth por la Unión Americana). Ha sido reconocida como la imagen emblema del punk y se considera, hasta estos momentos, como la mejor foto de la historia del rock.

Fue elegida como la mejor imagen del Rock & Roll de todos los tiempos mediante un sondeo realizado por la revista británica Q en la que participaron los 100 mejores cronistas de la especialidad y fotógrafos de todo el mundo. En un principio, ni Simonon ni la fotógrafa quisieron incluir la foto como portada, esta última argumentando que no era una imagen técnicamente buena. A pesar de ello, Joe Strummer –el sensible vocalista y compositor de la banda– los convenció a ambos para incluirla.

Hoy, el editor de la mencionada revista, Paul Du Noyer, pone en la mesa los porqués estéticos de la elección: «Esa foto trasmite gran emoción, es una imagen clásica y captura el momento cúspide del Rock & Roll: la pérdida total del control».

Paul Simonon, a su vez, ha recordado aquel instante: «Nuestra presentación había estado bastante bien. Todo el trabajo que habíamos realizado y todas las ideas que habíamos tenido se manifestaron clara y contundentemente en cada canción. Lo que emitíamos y la atmósfera que se creó con ello eran una sola cosa. Fue ahí cuando me invadió un sentimiento indescriptible que no me pude explicar. Así que ante lo inexplicable reaccioné de esa manera (destrozando el bajo). Mucho tiempo después –con más edad y conocimientos– caí en la cuenta de que aquello había rozado lo sublime y sin quererlo fui consciente de eso mientras participaba del fenómeno. Fue la única vez que rompí un instrumento en el escenario”.

La guitarra destrozada (una Fender Precision) fue recuperada y ahora se encuentra en la exposición permanente del Museo del Salón de la Fama del Rock and Roll, en Cleveland, Ohio. La imagen de dicho instante, captada por Pennie Smith, quedó para siempre fijada en la portada del tercer álbum de estudio del grupo: London Calling.

Smith era una conocida fotógrafa londinense que se especializaba en la fotografía musical en blanco y negro. Había estudiado artes plásticas y gráficas en la Twickenham Art School al final de los sesenta. En 1969 comenzó a colaborar en la revista Friends junto al crítico y periodista Nick Kent. Realizó sesiones fotográficas con decenas de rockeros (Rolling Stones, The Who, Iggy Pop, entre ellos). Se mantuvo en dicha publicación hasta 1972 y su trabajo mayor fue la cobertura del tour del año 70 del Led Zeppelin.

A la postre montó su propio estudio y sus fotos han aparecido regularmente en el prestigioso periódico New Musical Express (hoy sólo online). Gran parte de su portafolio ha sido exhibido en el Museo de Brooklin, en los Estados Unidos y la famosa foto de la portada de Clash fue elegida por el correo británico en el 2010 para conmemorarla como estampilla.

En lo que corresponde a la portada misma, el diseño corrió a cargo de Ray Lowry, un emérito ilustrador y cartonista satírico (nacido en 1944 en Salford, en el Reino Unido), cuyo bagaje se remite a sus periódicas colaboraciones con publicaciones underground como Oz e International Times durante los sesenta, y en las siguientes décadas en The Guardian, Private Eye, Punch y el mencionado New Musical Express, entre otras (tarea que llevó a cabo hasta su muerte en el 2008). Su obra gráfica desde entonces puede verse en la See Gallery de la localidad de Rossendale.

Su apego al rockabilly de los años cincuenta y la publicación de biografías como la de Gene Vincent y Eddie Cochran, a través de la técnica del comic, lo conectaron directamente con la emergente escena punk de la que se hizo seguidor y amigo de sus más destacados representantes. Relación que llevó a Joe Strummer, de The Clash, a pedirle que diseñara la portada de su disco London Calling.

Para comenzar, Lowry tomó la misma tipografía del álbum debut de Elvis Presley como homenaje a aquél y para conectar su espíritu con el de Clash. Convenció, junto con Strummer, a la fotógrafa y al bajista de los méritos de la imagen y al amalgamar ambas cosas consiguió una obra imperecedera.

Asimismo, la crítica musical a nivel internacional suele considerar a London Calling como uno de los mejores álbumes de la historia del rock. De hecho la revista Rolling Stone lo calificó en su famoso canon como el mejor de los discos aparecidos en 1980 en los Estados unidos, y como el octavo mejor de la historia del género. Y como ya hemos visto, los ingleses por su parte le han otorgado también muchos méritos a su diseño artístico.

El año 1979 fue definitivo para conocer los avances de Clash en el aspecto musical, tras tres años muy movidos y un par de álbumes exitosos desde su fundación. Lo cual se dio con el lanzamiento del disco London Calling, con Guy Stevens en la producción. Éste tuvo lugar el 14 de diciembre de aquel año.

La primera canción se grabó, sin que Clash lo supiera (pensaban estar calentando motores apenas), fue “Brand New Cadillac”. Con ella mostraron que tenían el derecho a vestirse como verdaderos rockeros. Quizá porque lo eran.

También aparecieron para reforzar el impacto tracks como el que dio nombre al disco, más “Spanish Bombs” y “Lost in the Supermarket”. Se trató de una obra que se puede escuchar siempre con la misma emoción. Fue un álbum doble en una funda sencilla: Clash se negó a hacerle pagar más caro al público, aunque les resultara contraproducente y la compañía les chillara por ello.

Y luego vinieron las giras por los Estados Unidos: “Pear Harbor 79” y “The Clash in America”. En medio, la publicación del EP The Cost of Living, que lanzó como sencillo un cover de “I  Fought the Law”, de The Bobby Fuller Four. Durante tales tours invitaron a los hombres a quienes les admiraban algo musicalmente: Bo Diddley, Sam and Dave, Lee Dorsey, Screamin’ Jay Hawkins, Vince Taylor… todos se subieron al escenario con (o antes de) ellos. Y así el año se les fue rápido.

Con London Calling, el grupo se instaló en forma definitiva en la historia de la música. Su adquirida sofisticación en los estudios de grabación no embotó su fuerza en absoluto. Todas las canciones compartieron madurez de visión y consistencia de carácter.

El grupo había partido al rock por la mitad y lo había vuelto sobre sí mismo, expuso sus respuestas fáciles a preguntas tendenciosas y creó la necesidad de enfrentar con atención toda la cultura popular. Las ideas acerca de cómo llegar de un sitio a otro dentro del rock fueron suspendidas y reacuñadas, a petición del London Calling (un título referencial de la historia británica).

VIDEO SUGERIDO: The Clash – London Calling, YouTube (theclashVEVO)

BLUES: ALEXIS KORNER BLUES INCORPORATED

Por SERGIO MONSALVO C.

ALMA DEL BLUES BRITÁNICO

Alexis Korner, guitarrista, pianista, cantante y compositor nacido el 19 de abril de 1928 en París, resumió en dichas dotes musicales el potencial que lo llevaría a ser uno de los principales guías del blues británico. En Korner, de ascendencia austriaco-griego-turca, la errancia desde pequeño fue una de las constantes. Pasó su infancia en Francia, Suiza y África del Norte. Finalmente, al inicio de la Segunda Guerra Mundial, su familia se asentó a Londres.

Ahí desarrolló un profundo gusto por el jazz y en la segunda mitad de los años cuarenta, luego de una estancia en el ejército, se unió como guitarrista al grupo de jazz tradicional de Chris Barber. Tiempo después formó un grupo de skiffle con Ken Colyer, Barber y Lonnie Donegan (con el que grabó unos discos para Decca). Más tarde pasó cerca de diez años alejado de la escena musical, tiempo en el que se dedicó al periodismo y a la locución por radio. Fue en dicho periodo cuando el blues lo conquistó por completo.

El “Delta” para aquellos jóvenes británicos se ubicó a orillas del Támesis, donde a fines de los cincuenta y comienzos de los sesenta también se escuchaba mucha más música: canciones insertas en la era del vaudeville y del dancehall con un ligero toque de comedia; grandes cantidades de jazz tradicional producidos por Chris Barber y Acker Bilk; un poco del skiffle de Lonnie Donegan e intentos aislados, aún torpes, de adaptar el rock & roll original de los Estados Unidos al Reino Unido.

El pop británico de 1960 era una trivialidad. No significaba nada para la generación de la posguerra y tenía más relación con la nostalgia por el mundo exterior que vivían sus padres, tras haber sufrido el enfrentamiento bélico de la II Guerra Mundial, que con los jóvenes mismos. El fuerte blues de Muddy Waters que comenzaba a escucharse; el impulso elegante con el que Chuck Berry musicalizaba sus agudas letras sobre la existencia adolescente, y el beat selvático y anárquico de Bo Diddley ya eran otra cosa.

En ellos se percibía la verdadera vida, aunque los jóvenes de los tristes suburbios ingleses apenas intuían qué era ésta. No obstante, sentían la autenticidad en esa música. Y la emoción que encerraba. El blues comenzó a formar parte importante de la ecuación de la música de aquel tiempo.  Aportó a la escena británica muchas de sus preocupaciones líricas y de su estilo musical. 

El impacto del blues fue más que evidente en las fijaciones de dicha cultura, cuyos representantes trataban de cooptarlo en su totalidad y eran juzgados críticamente de acuerdo con su capacidad o incapacidad para hacerlo.  En la Inglaterra de comienzos de los sesenta Alexis Korner y Cyril Davies organizaron verdaderos seminarios en el arte bluesero a base de la escucha de los discos que les llegaban.

Asimismo trataban de conocer personalmente y actuar con los artistas originales del género que hacían sus primeras giras por aquellos lares, como Fred McDowell, John Hurt, Furry Lewis, Willie Dixon, Sonny Boy Williams o Muddy Waters. Llegada la ocasión, se esperaba siempre de estos maestros la Revelación auténtica.

Muddy Waters recordaba lo siguiente: «Cuando fui a Inglaterra por primera vez –en 1958, año en que tocó con Chris Barber, Alexis Korner y Cyril Davies— di a conocer verdaderamente al país el blues amplificado eléctricamente.  Aquellos músicos jóvenes me preguntaban por qué no tocaba la guitarra acústica y les prometí llevar una en la siguiente ocasión, lo que por otra parte hice. Pero para la época de mi segunda visita, a comienzos de los sesenta, todos los grupos de blues ingleses tocaban ya con amplificación y con un feeling increíble”.

Inspirado por Muddy Waters, Korner, en la guitarra y Cyril Davies en la armónica empezaron a tocar blues amplificado, junto con el guitarrista Jeff Bradford. En 1961 reunieron a su alrededor a un grupo de músicos simpatizantes del jazz y del blues, bajo el nombre de Alexis Korner Blues Incorporated,  y se abrieron su propio espacio en un club de la zona fabril londinense:

El Ealing Club al principio de los sesenta no era más que un pub más de bebedores, pero poco a poco, con la llegada de los músicos, lo que podía escucharse además era el jazz, una vez por semana, pero uno que no encajaba muy bien con la idea que de él tenían los parroquianos consuetudinarios, había «demasiado blues» para su gusto. Esto originó peleas constantes entre tradicionalistas y nuevos clientes.  Los últimos ganaron terreno rápidamente y los primeros terminaron alejándose del lugar.

Dicho club tenía un cupo máximo para 200 personas y el dueño del sitio se benefició con el nuevo escenario. Él se quedaría con las ganancias del bar y los músicos podrían repartirse el monto de las entradas. De cualquier modo, el Ealing estaba completamente abarrotado pasadas cuatro semanas de la llegada de los fans del grupo estelar: la Blues Incorporated de Alexis Korner.

La gente iba desde Escocia sólo para escucharlo y la cifra de público aumentó considerablemente, lo que obligó al dueño a cerrar las puertas media hora antes del comienzo de la primera función.

La banda, sin lugar a dudas, era un tanto rara, ecléctica y heterogénea; formaban parte de la misma intérpretes de lo más variado en edades: Brian Jones, Mick Jagger, Keith Richards, lo mismo que Charlie Watts en la batería, Keith Scott o Nicky Hopkins en el piano, Cyril Davies en la armónica, Andy Hoogenboom en el contrabajo (siendo reemplazado en breve por Jack Bruce) y Dick Heckstall-Smith, al sax tenor.

Pronto se corrió la voz por la ciudad de que algo extraño estaba sucediendo en aquel club y se creó una impresionante atmósfera, porque cada asistente descubrió que el que estaba a su lado era otro aficionado a esta música y que ya no estaba solo con sus gustos. 

Con ello dio comienzo el desarrollo de la fusión jazz-blues británica (a partir de 1963), con grupos como Blues Incorporated, Graham Bond Organization, y luego con Colosseum, Cream y Soft Machine, entre los más importantes. Y tanto la banda de Alexis Korner como la de Graham Bond en cierto momento de esa década tuvieron a lo más granado de la música inglesa.  Eran la escuela de un jazz-blues excelente que incorporaba verdaderos solos de jazz y era mucho más que blues.

Korner, con aquella banda actuaba como catalizador de toda la escena londinense, en la que bullían una multitud de factores que a la postre conformarían el entramado sonoro de una auténtica revolución cultural: el skiffle, el folk afroamericano, el jazz de Nueva Orleáns y neoyorkino, el country blues del delta del Mississippi, el rhythm and blues de Chicago y el rock & roll de Memphis.

Partidario incansable de tal fusión, Korner sirvió de inspiración a toda una generación de jóvenes músicos ingleses. De su pionera formación Blues Incorporated salieron los núcleos constituyentes de los Bluesbrakers, los Rolling Stones, Manfred Mann y de Cream. Asimismo ayudó a formar Free y al Led Zeppelin.

Korner grabó con frecuencia, desde entonces, y también se dio a conocer como conductor de televisión (se volvió líder de grupo residente del programa infantil de televisión Five o’Clock Club). Realizó constantes giras y grabó como sesionista para diversos artistas británicos.

Tras sembrar las semillas de todo ello y sin mediar conflictos personales,  sólo diferencias de gusto musical, Davis se separó de Korner para formar la Cyril Davies All Stars para interpretar únicamente el blues (también con una pléyade de instrumentistas que luego habrían de agigantarse).

A fines de los setenta Korner ya estaba bien establecido como líder de diversos proyectos, musicales, disc jockey para la radio BBC y comentarista sobre el blues. Gran parte de sus últimas apariciones en vivo fueron como dúo con Colin Hodgkinson, fundador del grupo de jazz-rock Back Door.

Este responsable de la electrificación del blues en la Gran Bretaña, fundador de la Blues Incorporated (banda aglutinadora de nombres de músicos que conforman un Who’s Who del rock y blues británico; una agrupación seminal que para quien se precie de conocer los árboles genealógicos, sin duda brindará datos apasionantes al descubrir la cantidad de grupos surgidos de su raíz), y alma de un movimiento de fusión que le trajo rechazos entre los puristas, murió en Londres el primero de enero de 1984, a los 55 años de edad.

VIDEO SUGERIDO: Alexis Korner – My momma told me, YouTube (Joe Stead)

BABEL XXI-794

75 AÑOS

EN LA HISTORIA DEL ROCK

(VII-I)

Por SERGIO MONSALVO C.

Programa Radiofónico de Sergio Monsalvo C.

SIGNOS: ROCK Y AUTO (LA GRAN HERMANDAD)

Por SERGIO MONSALVO C.

Hace más de un siglo, la Ford Motor Company hizo tres anuncios impactantes para varios rubros: la instauración de la jornada de ocho horas laborales en sus fábricas, un salario mínimo de 5 dólares diarios a cada trabajador y la reducción de 12 horas a 100 minutos en el tiempo de ensamblaje de su automóvil modelo T, el más popular.

Avisos semejantes instauraron a la compañía dentro de las tres grandes de tal ramo, junto a General Motors y la Chrysler. Y colocaron a la ciudad de Detroit, Michigan (donde estaban instaladas las fábricas), entre las ciudades más importantes de la Unión Americana. Los anuncios de Henry Ford –su principal accionista y dueño a la postre– impactaron en la economía, en la urbanización y en la cultura en general del país.

Con el transcurso del tiempo, y tras el paso por dos guerras mundiales, la Motorcity (como se le comenzó a llamar a esta capital del automotor) que había promovido el uso del automóvil como parte de la modernidad y educado en su manejo a la población mayoritaria, se convirtió en la década de los cincuenta en referencia del auge económico y también en el centro de las fantasías juveniles y masculinas. El automóvil era ya parte importante de la cultura popular y su tenencia obligada (como status).

La emergente música del rock & roll nació con esta imaginería igualmente a mediados del siglo y fue el género que propagó a diestra y siniestra el icono automovilístico como guía para la realización de uno de sus fundamentos esenciales: la diversión (los otros eran la glorificación de la juventud, la celebración de la energía –incluida la sexual, of course–, y el odio hacia la educación formal e impositiva).

Y, luego, transcurrida su adolescencia como género, el uso del auto como vehículo  para emprender el viaje, en busca de la identidad y con la reflexión existencial consiguiente (apoyada la exploración con lecturas de novelas de iniciación –On the Road, como epítome–, películas y biografías de outsiders, que se convertirían en arcanos y gurús de todas las siguientes generaciones).

Esta unión afectiva comenzó con la banda que lideraba el pianista y guitarrista Ike Turner: The Kings of Rhythm. Este grupo originario de Mississippi partió rumbo a Memphis para intentar ganarse la vida escribiendo canciones, haciendo arreglos y acompañando a intérpretes de rhythm &blues.

The Kings of Rhythm fundamentaban su sonido en el piano boogie para exponer su dinámico y poderoso r&b. Así fue como se le presentaron a Sam Phillips, quien les sugirió una sesión para grabarlos en la Sun Records. Llegaron con un tema titulado “Rocket ‘88”, que era el nombre de un modelo de autos Oldsmobil que estaba en el mercado desde 1949.

La letra era una mezcla de jingle con un doble sentido sexual, de referencias fálicas. Estaba cargada de emoción y brío y contenía los tres temas que a partir de entonces estarían presentes en muchas otras canciones del género: autos, mujeres y bebida.

La banda creó un gran tema, el cual repercutió con mucho éxito en las listas de popularidad de 1951 (justo al inicio de la segunda mitad del siglo XX) luego de su lanzamiento por Alan Freed bajo el manto de un nuevo género que también con ella se estrenaba: el rock & roll. De hecho “Rocket ´88” está considerada la primera canción escuchada como tal en la historia de la música.

Por su parte, Detroit había recibido a Chuck Berry entre sus inmigrantes, el cual al mismo tiempo que trabajaba como ensamblador en una fábrica de autos de la ciudad, componía los temas que a mediados de aquella década (también vía Sun Records) se erigirían en himnos juveniles y que plasmaban la vida adolescente con el auto como fiel mascota: “Route 66”, “Jaguar and Thunderbird, “No Particular Place to Go”, etcétera.

La cinematografía, a su vez, vendría a fijar con imágenes y personajes la omnipresencia del automóvil en el descubrimiento de la adolescencia como un nuevo fenómeno social, al que en primera instancia retrató como salvaje (The Wild One), peligroso (Blackboard Jungle) e inexplicable (Rebel Without A Cause). Sin embargo, la lectura que de ello hicieron los propios jóvenes propició el surgimiento de otro tipo de héroes: Marlon Brando (motocicleta) y James Dean (auto y carreras callejeras).

Apareció entonces Elvis Presley y colocó al Cadillac como trofeo y como obsequio, en el triunfo personal. E incluso le puso color rosa a tal sueño motorizado. El cual se transformaría con el paso del tiempo en un objeto inapreciable para el coleccionismo y el museo.

A la vuelta de los años, el rock ha mantenido al automóvil como fetiche y tanto los primeros intérpretes como sus mejores compositores a través de las décadas (Chuck Berry, Brian Wilson, Jim Morrison, Bob Dylan, Neil Young, Bruce Springsteen, Jack White, etcétera) le rinden tributo como parte de la cultura en la que han crecido desde entonces.

Si algo ha quedado claro es que el rock y el automóvil han formado una gran hermandad: se vieron y congeniaron enseguida. La lista de canciones en las que el coche tiene un papel fundamental es enorme, entre otras cosas porque tal música se fijó en él muy pronto. Nunca lo consideró como un mero medio de transporte, sino como un motivo eficaz para transmitir sentimientos, ideas y emociones.

Incluso a través de su historia lo ha convertido en personaje dotado de cualidades y pasiones humanas (o sobrenaturales), tal como hizo Stephen King en su novela Christine (de 1983), llevada al cine por John Carpenter, y en cuyo radio, por cierto únicamente suena el r&r.

El coche sirve en las canciones (y en la vida juvenil) para hacer reuniones y fiestas ambulantes o el amor, para escapar (del hambre, del peligro, de la rutina, de la opresión), para pensar y morir, para empezar de nuevo, como signo de status, como rito de paso, como instrumento de liberación (de todo tipo de cautiverio, incluido el del hogar patriarcal), para el enamoramiento o como agente de excitación sexual.

En fin, el automóvil ha impregnado desde sus orígenes el imaginario colectivo y ha cambiado costumbres sociales profundamente arraigadas. La vida del siglo XIX descubrió el vals y el ferrocarril; la del XX, el rock y el auto. Los dos últimos forman parte esencial de algunas de las obras maestras de la cultura popular del anterior y este siglo.

El automóvil que refleja el rock está hecho de la misma materia que los sueños y las ansiedades de los que siempre se ha nutrido.

VIDEO SUGERIDO: Chuck Berry Jaguar and Thunderbird, YouTube (spittie100)

PLUS: ROCK Y POESÍA (SUSTANCIAS CONCATENADAS/VI)

Por SERGIO MONSALVO C.

Desde el comienzo del género rockero, la experiencia de escuchar a un grupo o a un solista interpretando una canción fue como oír los propios sentimientos y enfrentarlos a la divulgación. Apareció un YO social diferente como resultado de esta noción. Se dio el hecho de una catarsis nunca antes vista (baste el ejemplo de la conmoción causada por los conciertos del mismo, desde entonces).

Las piezas de rock (en cualquiera de sus variantes estilísticas) han alcanzado emociones y objetivos profundos. Han hecho visible la cruda manera filosófica mediante la cual nos afectan las cosas. Han abierto un nuevo espacio para el conocimiento de lo que se han dado en llamar “los sentimientos”. No sólo románticos, sino existenciales, de estar en el mundo y frente a él. Han sido –y son– el espacio del placer estético contenido en una obra de pocos minutos, al que se ha denominado como single o sencillo.

A partir de la aparición de este género la gente utilizó la música para responder a cuestiones referentes a la propia identidad. Las personas han echado mano de ellos para crearse una particular autodefinición, el signo de la autoidentificación, la cual es inmediata y está ligada a la intensidad de la música en tanto que sonido. El placer es experimentado de forma directa e inmediata.

VIDEO: All You Need Is Love – The Beatles (1967), YouTube (goNatural)

RAMAJE DEL ROCK: ROCK DE GARAGE (18)

Por SERGIO MONSALVO C.

The Monkees

En 1967 los Monkees estaban en el pináculo de su fama. El productor Don Kishner había fabricado a este grupo angelino para enfrentarlo a los Beatles y su desmedida popularidad en detrimento del mainstream doméstico. Lo hizo con las armas de la televisión (con un show semanal), el humor y con los mejores compositores: Carole King, Tommy Boyce y Bobby Hart, entre otros. El éxito se dio durante dos años, con canciones como (“I’m not Your) Stepping Stone”.

La influencia de los Monkees fue manifiesta en muchos sentidos. En lo musical algunos de sus temas fueron retomados por los grupos de garage para interpretarlos o como referente dentro de sus propios repertorios,  como en el caso de los texanos The Sparklees con “No Friend Of Mine”.

The Human Beinz fue una banda psicodélica formada en Ohio por el cantante y guitarrista Richard Belley, y que saltó a la fama realizando versiones de los grupos de la Ola Inglesa como los Them, Yardbirds y los Who. Su logro mayor ocurrió con la adaptación que hicieron de un tema de los Isley Brothers: “Nobody But Me”.

Strawberry Alarm Clock fue un producto netamente psicodélico de 1967. Con un futuro prometedor se conformaron únicamente con un one-hit wonder (“Incense and Peppermints”) que llegó a las listas de pop singles a fines de año. De cualquier modo, quedaron para la historia en dos películas notables: Psych-Out de Jack Nicholson y El Valle de las Muñecas de Russ Meyer.

Chocolate Watchband

De la localidad de Los Altos, en California, fue la Chocolate Watchband, un grupo de garage punk muy influenciado por el rhythm and blues británico (Rolling Stones, Animals, Yardbirds) y por la psicodelia reinante en aquella zona. Sus enérgicas actuaciones en vivo les valieron gran cantidad de fans y la grabación de tres LP’s para la posteridad. Canción destacada: “Sweet Young Thing”.

Music Explosion, grupo de garage de la ciudad de Mansfield, Ohio, se inició en la música como remedo de la Invasión Británica. Luego se convirtieron en masa moldeable para los productores de la corriente conocida como Bubble Gum. Los compositores John Carter y Ken Lewis les arreglaron la versión de “Little Bit O’ Soul” que llegó a las listas.

La corriente hoy conocida como garage proto punk tuvo en 1967 muy buenos representantes. Uno de ellos fue Unrelated Segments, surgidos de la metrópoli que daría más de que hablar en este sentido: Detroit, Michigan. El salvajismo y la exuberancia sonora que caracterizarían a dicha ciudad están presentes en tal grupo con “Story of My Life”.

Otra banda de garage proto-punk y pop psicodélico fue The Electric Prunes, procedente de la ciudad de Los Ángeles. Su música se caracterizó por sus originales experimentaciones lisérgicas, su pesadez rítmica y sentido de la melodía. Pieza fundamental para el grupo fue el productor Dave Hassinger, quien había trabajado para los Rolling Stones. La pieza: “Get Me To The World On Time”.

En la actualidad a algunas manifestaciones del rock de garage sesentero se les considera como Proto-punk, ya que influenciaron de manera definitiva a los grupos punk de las siguientes décadas, con su poco elaborada música compensada con mucha distorsión, pasión y energía.

VIDEO: The Monkees – (I’m Not Your) Steppin’ Stone (1966), YouTube (Mike Munrow’s Retro)

«CHELSEA HOTEL NO. 2» (EL ENCUENTRO)

Por SERGIO MONSALVO C.

El Hotel Chelsea, ubicado en la Calle 23 de Nueva York, entre la 8ª. y la 9ª. Avenidas, quizá el más famoso del rock and roll —la sordidez en su máxima expresión— se construyó en 1884 como cooperativa de departamentos; en ese entonces era el edificio más alto de la ciudad.

Se convirtió en hotel en 1905 y desde 1940, los dueños se dedicaron a cortejar la periferia bohemia de la literatura, primero, y 20 años después del rock. Diversos escritores, como Mark Twain, Eugene O’Neill, William Burroughs, Dylan Thomas, entre otros muchos, fueron atraídos por las tarifas económicas del inmueble y por su cercanía tanto al Village como de las editoriales del centro de Manhattan.

En los años sesenta, el hotel empezó a atraer a representantes del ala más intelectual del rock, que sabían que en el Chelsea podrían hacer más o menos lo que quisieran, sin interrupciones. Fue ahí, durante una estancia en el lugar, que Janis Joplin conoció a Leonard Cohen, por ejemplo.

Eran los años sesenta y todo podía ocurrir. Aunque el barrio era miserable, al hotel llegaba la crema y nata del mundo rockero. La posibilidad de hacer cualquier cosa sin ser molestado era una oferta demasiado tentadora como para dejarla pasar. Andy Warhol y su séquito utilizaron varias veces algunos cuartos para hacer filmaciones.

Las extravagancias y el exceso podían haber sido el slogan publicitario de aquel establecimiento. Para quien le gustara observar al hombre en sus extremos, ése era el lugar propicio. Los odios y los amores se daban cita ahí, al igual que los paraísos e infiernos particulares.

Aunque de cierta forma el amor era el que prevalecía y lo definía todo. Como decía Leonard Cohen, «siempre me ha parecido que lo más importante en este valle de lágrimas son las relaciones amorosas, en ellas se resume lo que es el ser humano».

Y Leonard sabía muchas cosas al respecto. Ahí conoció a Janis. Sus ansiedades los reunieron seguramente. Ella les acababa de comunicar a los integrantes del Big Brother & The Holden Company (el grupo al que había pertenecido hasta entonces) su decisión de volverse solista. Cohen, a su vez, tenía tiempo de haberse hospedado en una habitación para trabajar en sus escritos a sugerencia de Lou Reed, aunque las habitaciones de ese hotel eran todo menos nichos de la tranquilidad.

Fue en el elevador donde ambos coincidieron. Eran las tres de la mañana, en plena madrugada, y fue por pura casualidad, esa circunstancia que el destino determina para el nacimiento de las cosas. No había nadie más deambulando despierto a esa hora. Pero ella no lo estaba buscando a él sino a Kris Kristofferson: “Estás de suerte, pequeña, yo soy Kris Kristofferson y puedes reposar tu cabeza en mi almohada”, le dijo Cohen mintiendo flagrantemente.

Pero aquellos eran tiempos de generosidad y él tampoco la estaba buscando a ella, de hecho Leonard aún no la conocía personalmente. Él estaba buscando a Briggite Bardot. Las habitaciones mismas estaban buscando a otras personas, así era ese hotel.

Como sea, al final de aquel viaje en elevador, supieron que terminarían acostándose juntos. Así que cayeron uno en brazos del otro. A través de ese divino proceso de eliminación, que es el proceso por el que ocurren la mayoría de las cosas, lo que convierte la indiferencia en compasión.

A veces él también la llegó a ver en el restaurante Bronco Burger, donde solía ir a comerse una hamburguesa con queso y ella miraba ansiosamente hacia la jukebox a ver si la gente escogía alguna de sus canciones. A veces era así y otras no.

Lo que él más admiraba de ella era su actitud hacia el público, hacia su trabajo, hacia su música. No cabía ninguna duda, ninguna ambigüedad, sobre cómo se sentía cantando.

Esa mujer amaba a su público, y en su vida y en su trabajo se le entregó completamente. Y cuando se fue, cuando murió, se fue de verdad, se fue para siempre…ya no volvió a haber nadie semejante.

Él la recordaba perfectamente en el camerino de una sala de conciertos en San Francisco cantando para los Hell’s Angels, aquella famosa banda delictiva de motociclistas, tenía una botella de whisky Southern Comfort en los brazos. Y después de que se fuera, después de que muriera, Leonard le escribió una canción:

Esta canción, llamada “Chelsea Hotel Num.2”, la comenzó a cantar Cohen en sus conciertos de principios de los setenta como acostumbraba, con una pequeña introducción recitada:

“La joven en aquel elevador era Janis Joplin y el hombre en aquel elevador era Leonard Cohen. Una insospechada combinación. De cualquier manera, independientemente de tan improbable unión, surgió esta canción…”

Te recuerdo bien en el Hotel Chelsea,

hablabas tan segura y dulcemente.

Me la chupabas sobre una cama deshecha

mientras las limusinas te esperaban en la calle.

Esas eran las razones y ésa era Nueva York,

Nos movíamos por el dinero y la carne.

Y a eso lo llamaban amor los trabajadores en su canto,

probablemente aún lo sea para aquellos

que quedan entre la izquierda.

Ah, pero te fuiste, ¿verdad, nena?

Sólo le diste la espalda a la multitud,

y te alejaste, ya nunca volví a oírte decir,

“Te necesito, no te necesito, te necesito, no te necesito”,

mientras todos bailaban a tu alrededor.

Te recuerdo claramente en el Hotel Chelsea.

Ya eras famosa, tu corazón era una leyenda.

Volviste a decirme que preferías a los hombres guapos

pero conmigo harías una excepción.

Y apretando el puño por los que como nosotros

están oprimidos por los cánones de la belleza,

te arreglaste un poco y dijiste:

«No importa, somos feos pero tenemos la música «.

Y entonces te fuiste, ¿verdad, nena?

Simplemente le diste la espalda a la multitud,

y te alejaste, ya nunca volví a oírte decir,

“Te necesito, no te necesito, te necesito, no te necesito”,

coreándote todos alrededor.

No pretendo sugerir que yo te amara mejor.

No puedo llevar la cuenta de cada pájaro que cazaste..

Te recuerdo claramente en el Hotel Chelsea.

Eso es todo, no pienso en ti tan a menudo.

El caso es que Leonard y Janis mantuvieron un tórrido y rápido romance, del que él hizo la exégesis en dicha canción. Una pieza de cuyos misterios nadie se hubiera enterado de no ser por la mención del nombre de la protagonista que hizo el propio Cohen.

Hace años en una entrevista él decía que ésa había sido la única indiscreción de su vida profesional de la que se arrepentía profundamente, porque relacionó el nombre de una mujer con una canción y sus actos íntimos. A él siempre le había desagradado la presunción masculina con respecto a estos asuntos.

“Lamento mucho la indiscreción. Si es posible disculparse con una muerta o con su espíritu, quiero hacerlo ahora», dijo en repetidas ocasiones.

Janis Joplin no fue la única mujer que Leonard conoció en el Hotel Chelsea, por cierto, pero esas son otras historias.

“Los hombres sólo nos realizamos a través de las mujeres. De ahí proviene mi necesidad recurrente de escribir canciones de amor. Todo lo hacemos sólo para que una sonrisa aparezca en el rostro de una mujer. Por eso uno lo hace todo, siempre y en todas partes”. Leonard Cohen dixit.

VIDEO: Leonard Cohen – Chelsea Hotel, YouTube (ark80)

MY BACK PAGES: 75 AÑOS EN LA HISTORIA DEL ROCK (V)

Por SERGIO MONSALVO C.

La omnipresente exposición a la música que experimentamos cotidianamente, a través de cualquiera de sus soportes, obnubila el acceso a todos los cotos de la disciplina musical, para encausar al mainstream como único campo de visita, una corriente para la cual no existe más que lo actual, pero sin referentes ni raíces, como si de una generación espontánea se tratara. Por fortuna, las ciencias exactas y las sociales están para impedirlo.

La historia con sus señalamientos de facto, por ejemplo, permite volver atrás para examinar los sucesos una y otra vez desde la perspectiva de los investigadores y estudiosos contemporáneos que reaniman las búsquedas y las aclaraciones pues, como decía Marcel Proust: “el verdadero viaje de descubrimiento no consiste en buscar nuevos paisajes, sino en obtener nuevos ojos”, es decir otra visión, otro ángulo y otros argumentos.

En el terreno del rock and roll que aparentemente todos conocemos esto siempre es necesario. Porque para disfrutar plenamente de él y quedar con la atención satisfecha hay que estar y sentirse extasiado ante la mera y espectacular historia de su aparición y posterior presencia en el mundo. Ésta es la forma más fundamental de manifestarse como auténtico amante del rock: que uno sepa y sienta su inconmensurable significado e importancia para la cultura en general en su presente y en su futuro. Por eso hay que ver por el retrovisor y festejar sus 75 años de aparición en el planeta.

En 1951 fijó su aparición. En ese año Sam Phillips consiguió trabajo como buscador de talentos para sellos discográficos independientes y al mismo tiempo los grababa. Como consecuencia lógica se volvió también disc jockey y productor en Memphis.

Más adelante en ese año, y ante la falta de perspectivas, el pianista y guitarrista Ike Turner, al frente de su grupo, The Kings of Rhythm, partió rumbo a Memphis para intentar ganarse la vida escribiendo canciones, haciendo arreglos y acompañando a intérpretes de rhythm and blues. En una de sus andanzas Sam Phillips le había dado su tarjeta a Ike por si un día decidía pasar por ahí.

The Kings of Rhythm fundamentaban su sonido en el piano boogie para exponer su dinámico y poderoso rhytm & blues (r&b). Así fue como se le presentaron a Phillips, quien les sugirió una sesión para grabarlos. Llegaron con un tema titulado “Rocket ‘88”, que era el nombre de un modelo de autos Oldsmobil que estaba en el mercado desde 1949. La letra era una mezcla de jingle con un doble sentido sexual, de referencias fálicas. Estaba cargada de emoción y brío, adelantándose medio compás al ritmo surgido del animado piano de Turner.

La grabación también presentaba una novedad en el riff de la guitarra con un sonido de fuzz, el cual fue reclamado en créditos con toda justicia por Ike Turner. La canción contenía los tres temas que a partir de entonces estarían presentes en muchas otras del género: autos, mujeres y bebida.

Sam Phillips le vendió el track a la Chess Records, en donde le acotaron todos los créditos en orden alfabético (de letra y música). Por eso el saxofonista del grupo, Jackie Brenston aparece como el autor, aunque IkeTurner nunca se cansó de repetir que él fue el compositor de la composición. Creó un gran tema, el cual repercutió con mucho éxito en las listas de popularidad de 1951, luego de su lanzamiento por el Dj Alan Freed bajo el naciente rubro de Rock & Roll, al que había bautizado con tal nombre.

Por esos hechos, “Rocket ´88” es considerado el primer rock and roll grabado, divulgado, etiquetado y escuchado como tal.

A la postre, el cuatrienio 1955-1958 trajo consigo la modernidad a la vida estadounidense, y por extensión al mundo entero (fue cuando inició su andar como país exportador de ella). Como todo avance en ese sentido, implicó traumatismos sociales y antagonismos, que en estos años tuvieron múltiples escenarios, adalides y a la par el mismo discurso reaccionario.

Curiosamente la época comenzó con una trasgresión léxica y sonora a todo pulmón, “¡Awopbopaloobopalopbamboom!”, y culminó con la creación del primer arquetipo heroico de una nueva ficción rítmica: “Johnny B. Goode”.

La primera (onomatopeya) con Little Richard, interpretando el estruendo, el más electrizante que se había escuchado jamás y perorando que comenzaba su reinado en la construcción de un nuevo artefacto musical. El segundo (el arquetipo) con Chuck Berry, el hacedor de la lírica. Creó los primeros himnos dedicados a dicha novedad. Su fresca temática fue convertida en protagonista.

Hubo la observación pormenorizada de una nueva cultura popular, con los ingredientes del automóvil, el baile, la iniciación sexual, la comida, etcétera, que creaban, vivían y consumían los adolescentes. Las fuerzas vivas los llamaron pervertidores por «impulsar, inducir e incitar a los menores a darse al libertinaje». Los señalaron como «inventores de esa música indecente». Así nacía el rock & roll, cuyos saxofones, guitarras y tambores, según ellos, borraban todo vestigio de racionalismo.

El conservadurismo agregó que este ritmo salvaje ponía de relieve la libido primordial contra la que el hombre blanco había tratado de erigir una barrera.  El rock and roll nació con esta mitología sexual para un nuevo estrato. En la posguerra la Unión Americana se encontró, por primera vez en la historia, con el concepto «adolescencia».

Ésta era una enorme masa juvenil que nunca había sido tomada en cuenta, la cual empezó a crearse su universo, otros códigos de conducta, otros gustos y formas de relacionarse. Y a la vez se negaba a aceptar los valores establecidos por la generación anterior. Al comienzo de la década de los cincuenta, las baladas y los cantantes melódicos fueron relegados.

La nueva sonoridad era un producto orgánico compuesto de acción, sexo e historias cotidianas. Los adolescentes estaban dispuestos a oír una música que expresara cómo se sentían. El rock and roll les sirvió de estimulante.

Tras Richard y Berry apareció Elvis Presley, quien encarnó para el joven público blanco la imagen sexuada que únicamente había acompañado a los negros. No sólo aportó a las melodías su personalidad en lo vocal, sino que hizo de su cuerpo y de la guitarra los instrumentos principales y simbólicos de la nueva música.

En cuanto a la imagen, Elvis mostró el advenimiento de los nuevos tiempos al compás de ella. Un emergente medio de comunicación masiva, la televisión, le sirvió como plataforma. En una de sus primeras presentaciones en la pantalla chica, en un show nocturno, Elvis detuvo su veloz interpretación de “Hound Dog” y realizó una lenta versión de la misma acentuándola con enérgicos y exagerados movimientos corporales. ​Esto desató la ira conservadora y la censura.

El rock comenzó su desarrollo en medio de la vibración del beat en sus canciones que trasmitían el despertar de la tensión sexual en la primera generación rockera, que impuso condiciones distintas para ser tratada y para crecer a partir de entonces.

Acompañada por la electricidad de las guitarras, el sugerente e instintivo movimiento corporal y el nuevo lenguaje empleados, el rock and roll fue el símbolo más importante en la gestación de la cultura adolescente, que irrumpió en el imaginario colectivo con una fuerza inédita y, para muchos, amenazadora. Tanto, que se creó un archivo secreto X, con el fin de acabar con él y darlo por muerto al final de la década.

VIDEO: Jackie Brenston/Ike Turner – Rocket 88 (First Rock N Roll Song Ever Recorded), YouTube (SUN Records Discography)

CANON: CHUCK BERRY (100 AÑOS/V)

Por SERGIO MONSALVO C.

Chuck Berry hubiera cumplido 100 años en el 2026. Un centenario fastuoso dada la importancia del personaje para el género rockanrolero y para la música en general. Vaya esta serie como un sentido homenaje a quien le proporcionara al rock sus historias, su guitarra, su riff y sus gestos. Un legado inconmensurable.

LA COSMOGONIA DEL ROCK & ROLL (V)

En el ínterin de su permanencia en la cárcel, la compañía Decca editó la pieza «Memphis, Tennessee», una de las mejores fusiones logradas por el músico del sentimiento blusero y una narración contemporánea. En los Estados Unidos, la versión instrumental de este tema, grabada por Lonnie Mack tuvo mucho éxito, al mismo tiempo que el sello Pye –la sucursal inglesa de Chess– se surtía sacando la original, que entró al Top Ten en 1963.

Ese mismo año, los Beach Boys basaron su canción «Surfin’ USA» en «Sweet Little Sixteen»; y a la postre, el primer sencillo colocado por Dylan en las listas de popularidad, «Subterranean Homesick Blues», sonaba como la segunda parte de «Too Much Monkey Business». Sí, definitivamente Chuck Berry estaba en el inconsciente colectivo de los nuevos rocanroleros.

Las primeras grabaciones hechas por él después de quedar en libertad, en 1963, incluyeron varias clásicas: «Nadine», «No Particular Place to Go» (la cual retrató el idilio adolescente en una sola línea, «Manejando mi coche con la radio puesta») y la animada y quejumbrosa «It Wasn’t Me». A mediados de la década, Berry se pasó a la compañía Mercury a cambio de un adelanto de 50 mil dólares.

Su preocupación por los asuntos financieros era legendaria, y abundan los relatos de su exigencia de pagos en efectivo antes de cualquier show. Cuando comenzaba una gira, no llevaba músicos. Por lo regular iba solo y hacía un casting para seleccionar a los músicos que lo acompañarían en el país en turno.

Lo característico de esta forma de presentarse es que no les pagaba a los músicos. De manera arrogante, Berry consideraba que tocar con él ya era un honor suficiente y por eso no debían ser actuaciones remuneradas. Igualmente, especificaba que todo guitarrista de rock debía conocer sus canciones. Entre otras de sus excentricidades y requerimientos contractuales estaba también el de recibir en el aeropuerto y manejar personalmente un auto Mercedes de color blanco allí donde actuaba (para no tener que darle propina al chofer asignado para ello).

VIDEO: Chuck Berry, ‘Memphis Tennessee’ live 1965 remaster, YouTube (Gazely Gaze)