ROCK & ROLL LXX-II (2)

 

Por SERGIO MONSALVO C.

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60’s

(SEGUNDA PARTE)

 El segundo lustro de la década es el inicio de una pesadilla generacional que conmociona de forma extrema a la tierra del Tío Sam, en todos los sentidos: El activismo político universitario —dormido hasta la fecha— hace sentir su rechazo al llamado a filas para los jóvenes y a la guerra imperialista. De igual manera, las minorías sociales inician la lucha por los derechos civiles de todas ellas (negros, indios, chicanos, feministas, gays, etcétera).

Como consecuencia de tal toma de conciencia surgirá el hippismo, el movimiento de los “weathermen”, el yippismo y otros ismos que se expandirán por el mundo en una diáspora cultural muy importante y de alcances indefinidos.

Todo ello había sucedido cuando la aparición de los Beatles en la Unión Americana arrasó en el Hit Parade y los convirtió en un hito. Luego de los Beatles el mundo fue otro, tanto como la música, la forma de componer, de hacer los arreglos, de producir, de grabar, de promocionarse. Los estilos se modificaron, la manera de escuchar la música cambió.

La beatlemanía fue una fuerza centrífuga que abrió la tubería del intercambio y asimilación cultural por doquier y por ella circularon el ye-yé francés, el pop italiano, la bossa nova brasileña, el krautrock alemán, la música hindú y el free jazz y la música estadounidense de raíces, así como las nuevas creaciones, el go-go, entre ellas.

El desembarco de los Beatles en los Estados Unidos, contagió a la población adolescente. En cuestión de días, los garages y sótanos de la Unión Americana fueron ocupados por jóvenes ensayando licks rocanroleros, iluminados por las sucesivas avanzadas de la Invasión Británica que continuarán llegando: Rolling Stones, Them, The Who, Kinks… Pocos fenómenos explican más vívidamente el poder catalizador del rock como aquel florecimiento musical al que se llamó garage rock: una explosión tan ubicua como expansiva en el tiempo.

A mediados de la década, con el paso de la adolescencia a la juventud, del instinto al conocimiento dentro del rock, se dio paso también al Bob Dylan que electrificó la palabra. La poesía, irrumpió en el género para amplificar la denuncia, el disgusto, la incomodidad con un sistema; para modificar los lenguajes, los sueños y las utopías. Esto forzó a que muchos grupos lanzaran varios discos al año, con los mismos Beatles como ejemplo.

Surgieron entonces el folk rock, el country rock y los primeros resultados de la exploración lisérgica por los paraísos artificiales. El rock psicodélico emanó de la Bahía de San Francisco para hablar de viajes interiores, de aventuras mentales, de trascendencias espirituales, acompañadas de otras vibraciones, de sonoridades desconocidas provenientes del interior humano, con infinidad de exponentes.

De tal actividad brotaron flores culturales para dar fijeza a un momento histórico: el LP como objeto del arte pictórico y del concepto en lo musical, las portadas de los discos, los álbumes dobles y triples, los happenings, los conciertos colectivos, el performance, los festivales masivos, la prensa underground, el pop-art, los shows musicales de la TV.

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Los iconos de una nueva cultura, como Jimi Hendrix (quizá el mejor guitarrista de la historia), los clubes de rock, la ruptura del papel de habitual de la mujer en la música popular, el movimiento ecologista, las radios piratas o las boy bands con referentes dignos como los Walker Brothers.

Hubo todo un nuevo movimiento musical, quizá el más trascendente y de gran repercusión social y cultural con el art-rock, alternativo e indie, el rock progresivo, el rock sinfónico, el jazz-rock, la rock-ópera y el hard rock como referentes. Al igual que las exploraciones electrónicas y las mitomanías exacerbadas en el exterior y en lo subterráneo. El uso del estudio de grabación como un instrumento más (experimentando con prácticamente toda la tecnología existente, e incluso provocando la invención de alguna nueva) creó una riquísima amalgama.

Los años sesenta abordaron lo musical como protagonista, pero en el fondo insistieron en lo sociológico. Puede considerarse la década de las ideologías. Del hedonismo al activismo, de la secularización a la píldora anticonceptiva, de la cultura de masas al afán por la juventud eterna y mucho de lo que nos caracteriza hoy hunde sus raíces en las batallas libradas en aquella década. Es la crónica de una generación que se encontró con un mundo en llamas y decidió ser sujeto activo de la Historia, con mayúscula.

Hubo movimientos de protesta contra el imperialismo yanqui (por la guerra de Vietnam); contra el imperialismo soviético (por la invasión de sus tropas en Checoslovaquía, en la Primavera de Praga); en mayo del 68 contra el orden establecido, durante las revueltas estudiantiles y sindicales que se iniciaron en Francia y se extendieron rápidamente por otros países. Los efectos socioculturales de estos movimientos aún se sienten actualmente.

Con el Festival de Woodstock, realizado en Nueva York en 1969, y considerada la reunión rockera más importante, esa progenie del «peace and love» vivió su momento ideal, su punto álgido, con la mayoría de sus dioses en el escenario, pero a la vez marcó el inicio del fin, que ocurrió meses más tarde con el concierto gratuito que The Rolling Stones ofrecieron en Altamont, California. Los Hell’s Angels y, antes, Charles Manson y Familia aportaron la parte oscura a aquel festín sesentero. La utopía hizo fade-out.

Dicha utopía sí, pero el rock continuó con su larga marcha hacia las decenas de horizontes descubiertos. Al llegar el final de la década se produjo un estremecimiento general, se dio otro cambio en el sonido gracias a los estallidos del  heavy metal.

La injerencia de tal cúmulo de hechos, pero sobre todo, la conquista de un arrebato generalizado y contagioso hizo patente el hecho de que la inmensidad de aquello había sido una revolución, en toda la extensión de la palabra, protagonizada por toda una generación a nivel internacional.

VIDEO SUGERIDO: Santana – Soul Sacrifice 1969 “Woodstock” Live Video HQ, YouTube (NEA ZIXNH)

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ARTE-FACTO: OTROS ESPACIOS (I)

Por SERGIO MONSALVO C.

OTROS ESPACIOS I (FOTO 1)

 (ARTAUD/GRASS)

 Cuando son buenos, los libros dejan de ser libros, o únicamente libros, y pasan de conceptos, frases y oraciones a ser, además, ideas, letras y palabras con las que se escribe un nuevo texto. Es entonces cuando se mudan con las emociones que contienen y habitan otros espacios, ocupan lugares, se instalan y crean sus canciones, que son como íntimas estancias. He aquí, a continuación, algunos ejemplos de lo dicho.

OTROS ESPACIOS I (FOTO 2)

 UN VIAJE SURREALISTA

(ANTONIN ARTAUD)

«El Teatro de la Crueldad ha sido creado para devolverle al teatro la noción de una vida apasionada y convulsiva…». La única forma de lograr esto, según Antonin Artaud (1896-1948), era viajar a un país donde dicha noción fuera recobrable al abrigo de antiguas cosmogonías; donde se pudiera documentar sobre el terreno mismo acerca de los ritos solares; donde se pudiera explorar lo que quedara de un naturalismo lleno de magia; donde hubiera que sumergirse para recoger los vestigios movientes, los mitos, y aspirar directamente su fuerza: ese país era México.

El primer espectáculo producto de este aprendizaje resultó en el drama La Conquista de México. «Ahí puede verse de manera concreta, lúcida y bien calzada por las palabras exactamente lo que quiero hacer, y que mi concepción física del teatro emerge de modo indudable…», escribió.  Era una forma de teatro que no se interesaba por éste en sí, sino como un instrumento para «modificar» el mundo.

Moctezuma, para el escritor francés, era el rey astrólogo que «obedece santamente las órdenes del destino, aquel que cumple pasivamente y en plena conciencia la fatalidad que lo liga a los astros… el hombre desgarrado que habiendo cumplido con los gestos exteriores de un rito, se pregunta si no se ha equivocado y se rebela en una especie de tête-à -tête contra el orden superior donde planean los fantasmas del ser». La irrepresentabilidad de la gigantesca obra en el teatro francés de aquel entonces (1934) convirtió en obsesión su viaje a México.

El vía crucis para conseguir respaldo oficial y financiero no hizo más que acendrar la idea apoyada por particulares estudios sobre el esoterismo y tratados de antiguas civilizaciones, lo que Artaud consideraba como investidura para una misión verdadera: descubrir el manantial vivo de la cultura y, por este medio, recuperarse íntegramente, desembarazarse de las alienaciones y estratificaciones impuestas por la «extraviada civilización de Occidente».

Por fin en enero de 1936 el autor partió rumbo a México vía La Habana, donde un brujo le obsequió una pequeña espada, a la que aquél le concedió un carácter mágico: «Hasta ahora, los horóscopos y mi fe íntima, que jamás me han engañado, prueban que México dará lo que debe dar… Ahí hay un mundo esotérico real, he tocado ese mundo desde La Habana».

A finales de febrero, una vez en México, Artaud dictó una serie de conferencias bajo el patrocinio universitario: «Surrealismo y revolución», «El hombre contra el destino», «El teatro y los dioses», las cuales, junto con artículos publicados en periódicos y revistas, le permitieron costear su estadía y hacer labor de proselitismo, la cual culminó con la petición escrita por un grupo de intelectuales mexicanos para que el gobierno le facilitara los medios para «tratar de retomar y resucitar los vestigios de la antigua cultura solar» mediante una expedición a la tierra tarahumara, con el fin de «restablecer la armonía o esperar su resurrección…con una abundante cosecha de documentos esotéricos».

El viaje no fue turístico sino ritual, la experimentación en carne propia de las teorías largamente concebidas lo condujeron a una transformación de sí mismo, en el sitio donde se vivía la cultura largamente buscada: la cultura del peyote, sus brujos y sus ritos. El poseso siempre ha sido un poseso de sí mismo y Artaud quedó fascinado por lo concreto de las mágicas obtenciones del peyotl.

El artista habitaba un reino alterno y sombrío: la lucidez analítica en la penetración de la locura, que conservaba vestigios de una razón que actuaba sobre lo irreal. Con la aventura ritual se dio en él entonces un trueque con la naturaleza. Al inteligir el entorno como un poseso, marchó paralelo con el sentir de las plantas, buscó entonces la sombra del sueño, que es la región donde el vegetal ingerido penetra y se expande.

Tamaña experiencia del surrealista, en sí mismo, fue compilada en el volumen llamado Los tarahumaras, cuya redacción duró 12 años y el último de sus textos escrito tan sólo un mes antes de morir: el mito solicitó la noche para brillar.

OTROS ESPACIOS I (FOTO 3)

 LA RATESA

(GÜNTER GRASS)

 En la reflexión sobre el libro La ratesa, de Günter Grass, hay que comenzar con la selección por parte del autor del tema apocalíptico, con su escenificación de un hecho insólito.

Ambos sin duda denotan oficio y originalidad al mismo tiempo. El autor alemán, con su preferencia familiar por los animales heráldicos como narradores, escogió en esta ocasión a un asqueroso roedor: la rata.

Ésta no figuró entre la pequeña multitud salvada por Noé en su famosa Arca, por indicación de Jehovah –como argumenta el texto judeo-cristiano de la Biblia–. Sobrevivió por cuenta propia, sepultada en el monte Arafat.

La ratesa, con la que sueña el narrador de la novela de Grass, se muestra como su escéptica contraparte en las conversaciones acerca de la situación del mundo y las posibilidades de supervivencia del género humano.

Habla con la voz de un individuo y de la colectividad, habla desde un conocimiento preciso de la historia y la naturaleza del ser humano. De ella es la última palabra hablada; del narrador, la última palabra escrita.

Las personas de espíritu alegre siembran un manzano cuando sienten que se acerca el final (aunque sólo sea en el jardín de los libros de no ficción).  Los caracteres serios y severos, en cambio, hacen el balance, sacan la suma de diversas cifras aisladas.

Este último fue el camino elegido por Günter Grass. Por lo tanto, continuó aquí entre otras cosas con sus novelas El tambor de hojalata y El rodaballo, resucitó a Oskar Matzerath y a Ilsebill, sus protagonistas, respectivamente.

Las cuatro o cinco voces de la obra (la primera persona del narrador sobre la Tierra y en el espacio, Oskar Matzerath, la «nueva» Ilsebill y los terribles personajes de los cuentos), entretejidas, traspuestas entre el sueño y la realidad, siguen el hilo de una cronología confusa. No forman una concreta madeja de catástrofes, sino conservan su carácter casual y arbitrario.

En La ratesa hay que alabar el ritmo animado y conmovedor de la narrativa, la pródiga multiplicidad de las imágenes y la maravillosa ligereza del lenguaje. Esta es la obra de una imaginación grandilocuente con un mensaje que, a pesar de los años, continúa con urgente actualidad.

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