LA SONORIDAD SWAMP

Por SERGIO MONSALVO C.

WILLIAM FAULKNER (FOTO 1)

(Y WILLIAM FAULKNER)

En la obra de William Faulkner podemos apreciar la recreación de un territorio imaginario, un espacio violento habitado por pasiones trágicas, por desarraigados o por familias decadentes que luchan en un ámbito árido o pantanoso, donde los valores (añejos y religiosos, sobre todo) y el mal son hilos que atraviesan a sus personajes.

La doble moral, el conflicto existencial, las diferencias raciales, la discriminación, el pasado que determina como una fuerza oscura el presente, son todas ellas piezas con las que el autor va desgranando frente a los ojos del lector admirado las diferentes narraciones, desplegando escenarios tan desoladores como conflictivos. Tan humanos, a final de cuentas.

Este profundo Sur estadounidense ha tenido, desde que Faulkner comenzó a contarlo, su referente sonoro. La demarcación que él ubicó en sus narraciones ha desarrollado una cultura particular —socialmente más conservadora que la del resto del país (debido al papel central de la tierra en su historia y economía) –, el criollismo, la práctica vudú, la arquitectura, la gastronomía, la literatura y diversos estilos musicales (como la música country, bluegrass, gospel, jazz, blues y rock and roll).

Una cultura única debida a las colonizaciones que ahí se han sucedido, desde la originaria indígena, la española, pasando por la francesa en diversas ocasiones (los negreros franceses fueron los primeros en introducir ahí la esclavitud hacia 1722) y la británica, hasta  su anexión a la Unión Americana en 1803 y su aceptación como estado de la misma en 1817.

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Producto de tal mezcla ha sido la música de aquella zona sureña, humedecida por el río Mississippi y nutrida de vida por los polvos y aires lodosos que la caracterizan. Es la swamp music o corriente pantanera en sus dos vertientes: la popular y el blues. Surgió a la luz pública gracias a las trasmisiones radiales que se produjeron al comienzo de 1950. En ellas participaban exponentes del cajun y músicas del criollismo negro local (zydeco), del country and western (hillbilly) y de las tradicionales influencias musicales folk de origen francés.

Entre los primeros exponentes destacaron Cookie and the Cupcakes con un tema llamado “Mathilda”. Tras él, una composición de Bobby Charles titulada “Later Alligator”, versionada por Bill Halley y sus Cometas como “See You Later Alligator”. Otras piezas importantes de dicho sonido son, por ejemplo: “Cotton Fields” y “Midnight Special” de Leadbelly, “Big Blue Diamonds” de Clint West o “Wasted Days and Wasted Nights” de Freddy Fender.

El estilo del swamp pop ha sido popularizado internacionalmente por diversos artistas que han hecho versiones del mismo en sus discos: “Just Because” de Lloyd Price, “Send Me Some Lovin’” con Little Richard, “Sea of Love” con los Honeydrippers, “Pledging My Love” con Elvis Presley. Incluso los Beatles se vieron inspirados por dicho sonido en su tema “Oh! Darling”.

De manera paralela, se desarrolló el swamp blues El estilo de éste evolucionó oscuro y denso, de forma silvestre, por aquellos lares. El ritmo de tal blues se caracteriza por su cadencia lenta, en la que se manifiestan las influencias del cajun y zydeco. El máximo exponente del estilo ha sido sin lugar a dudas Slim Harpo, de quien los Rolling Stones hicieron la versión de “I’m a King Bee”, al igual que Neil Young realizó la de “Rainin’ in My Heart”.

Sin embargo, hay un compositor, cantante y guitarrista que le dio a la influencia de esta música y su entorno una dimensión mayor, mítica. Tal como Faulkner lo hizo a través de la literatura. La historia del rock son sus mitos y el del río Mississippi es uno de los más grandes. Ahí radica el canon virtuoso de su espíritu.

De sus vertientes y trayectoria han surgido héroes y leyendas, relatos y fantasmas, todo un mundo tan real y fantástico como para atraer la atención de un niño curioso y atento como Johnny Cameron Fogerty, miembro de una familia proletaria que habitaba en un pueblo californiano y cuya única diversión nocturna a los cinco años de edad consistía en escuchar la radio.

En ella sintonizaba, a comienzos de los años cincuenta, programas donde se daba a conocer la música de diversas zonas de la Unión Americana. Hubo una por cuyos contenidos y ritmos se inclinó: la de la región sureña de la Unión Americana. O sea otro planeta a miles y miles de kilómetros de donde vivía. Hablaba del bajo Mississippi, de sus aguas y tierras, de la bendición y maldición que significaba, de sus personajes pintorescos y de las canciones que contaban de todo aquello. Algo tan extraño a la uniformidad urbana de su barrio que obviamente despertó su imaginación.

Así que John Fogerty, sin conocerlo, se formó con la imaginación su propio Bayou Country, la tierra del swamp, su cauce fluvial, sus geografías, sus habitantes, su blues y sus claves, niño inteligente al fin. Esas narraciones, esos sonidos surgidos de tales lugares le calaron el gusto infantil y las ganas de reproducirlos a medida que creciera. Un segundo mundo referencial habitaba ya su mente y sus intereses.

Con el tiempo y sus composiciones, la vida de dicho lugar ya no sería vista tanto como una extravagante subcultura sino como una diferente forma de vivir. Asimismo, su obra proyectó la abundancia elemental de la que provenía: dureza, fantasía, magia, obsesión, mito, drama, caprichoso ingenio, denuncia política, seres arquetípicos, romances, cuentos populares, ciclos y tragedias ribereñas.

Desde sus primeras canciones, John Fogerty se dedicó a explorar aquellos pueblos remotos, pantanosos y novelescos del Bayou Country (al igual que William Faulkner con Yokanapatawpha). El Bayou, tan lejos de su concreto mundo infantil y juvenil californiano. La zona ricamente caracterizada por él constituye el “mundo” de este compositor, su aportación a la música universal; un sitio construido piedra por piedra en la imaginación de su creador.

Al igual que otros varios compositores estadounidenses contemporáneos allegados a la zona, Fogerty descubrió la posibilidad de contar relatos cautivadores además de comunicar complejos conceptos sin perturbar los ritmos de las historias, la comunión con el destino y la voluntad del río eterno.

La obra de John Fogerty (con el grupo Creedence Clearwater Revival, fundamentalmente) representa en tal medida una lectura de los clásicos norteamericanos como un ejercicio de creatividad. Incluye escenas que muy bien hubieran podido ser escritas por alguno de ellos, por William Faulkner, por ejemplo.

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VIDEO SUGERIDO: Creedence Clearwater Revival: Proud Mary, YouTube (masterofacdcsukaS)

 

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68 rpm/21

Por SERGIO MONSALVO C.

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Lo primero que hicieron fue cambiarse el nombre (dejando el The Golliwogs). La llegada de la psicodelia había transformado la concepción de los nombres de los grupos por algo más significativo, irónico, contestatario, antibélico o en profundidad tras la apertura de las puertas de la mente. En eso coincidieron con los tiempos que corrían.

Y tras jugar con las opciones se sacaron de la chistera un intrincado galimatías: Creedence Clearwater Revival. Creedence (en memoria de un amigo familiar llamado así y apellidado Nuball), Clearwater (salido de un comercial de cerveza) y Revival (que representaba una afirmación o las intenciones del grupo: revivir sonidos).

Querían tocar un rock distinto al británico, uno de raíces, apoyado en el country blues y más fuerte que el folk-rock. Bajo esa iluminación, John Fogerty tomó la batuta, puesto que estaba más que consolidado como guitarrista y cantante del estilo, al que sumaba ya sus dotes como compositor y multiinstrumentista (bajo, armónica y teclados). Igualmente tomó el papel de productor de los demos: sabía cuál era la dirección que quería para el grupo. Todos estuvieron de acuerdo.

“Porterville”, un sencillo grabado cuando eran The Golliwogs, fue relanzado en noviembre de 1967 (primer track del grupo con su nuevo nombre) como tarjeta de presentación en un nuevo comienzo de tocadas y bailes y producción de demos.

Por ese tiempo participaron gratuitamente en un concierto de apoyo a una huelga de programadores de radio de la cadena KMPX, así que cuando John le presentó su material más fresco —una versión del clásico “Susie Q” de Dale Hawkins— al asesor de programación de tal cadena, Bill Drake, éste escuchó la canción y la recomendó a todas las estaciones de radio que atendía a pesar de su larga duración (8’36”). Los DJ’s del conglomerado la programaron sin parar en retribución a su apoyo huelguístico.

Los sonidos distintivos de un poderoso estilo y emergente, tan diferente de lo que se escuchaba por entonces y con un brillante trabajo de producción, permearon los aires de una Bahía de San Francisco acostumbrada al nacimiento de todo lo imaginable y se extendieron vigorosamente por el resto de la Unión Americana.

Tan rápido que el tema llegó al Top Twenty, para sorpresa de los ejecutivos de la compañía Fantasy que no estaban preparados para el acontecimiento. No tenían listo un LP completo del grupo.

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 CREEDENCE CLEARWATER REVIVAL

CREEDENCE CLEARWATER REVIVAL

(Fantasy)

El éxito de “Susie Q” obligó al sello Fantasy a incluirla en el rápido ensamblaje de un álbum en su versión completa, tal como se trasmitía en la radio, y para ello la dividieron entre el lado A y B del mismo.

El homónimo primer disco, Creedence Clearwater Revival (julio de 1968), incluyó —entre sus ocho temas— otro sencillo importante: un cóver de la desgarradora “I Put a Spell on You”, un tema original de Screamin’ Jay Hawkins aparecido en 1956.

Esta seminal balada bluesera daría origen a las puestas en escena del rock y en ella quedaría marcada para siempre la sentencia de que lo importante era el cantante que interpretaba la canción, no al revés. Con ésta John Fogerty dejó huella.

Ambas piezas ayudaron a establecer el estilo del CCR, con el dominio de la ferviente y áspera voz de John, de su guitarra andariega, comunicadora y con el bagaje a tope, sobre un ritmo sólido y frugal armado por el resto de sus compañeros. Hacia el final de ese año obtendrían el disco de oro por este LP.

Y a pesar de lo mucho que se diga por ahí que el grupo era ajeno al rock psicodélico de la Bahía de San Francisco, no es más que una verdad a medias, puesto que el sonido del vibrato extendido en la guitarra está presente en muchos de aquellos temas, al igual que las versiones blueseras largas y reflexivas, donde su largueza recrea atmósferas y permite el viaje mental del escucha. La diferencia del CCR con respecto a su entorno radicaba fundamentalmente en la lírica temática y en los puntos de observación.

John Fogerty (en principio y a final de cuentas el cerebro y alma del grupo) llevó al escucha con sus canciones a un viaje mítico por el corazón de una música con decisivo papel en el destino humano y su insondable profundidad (en este caso sureño-pantanera), representada con el correr de un río legendario, el Mississippi.

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Personal: John Fogerty, guitarra y voz; Tom Fogerty, guitarra rítmica; Stu Cook, bajo; Doug Clifford, batería. Portada: diseño de Laurie Clifford.

 [VIDEO SUGERIDO: Creedence Clearwater Revival – I Put A Spell On You – YouTube (bluearmyfr111)]

 Graffiti: “La vida siempre está más allá