JAZZ: LIONEL HAMPTON

Por SERGIO MONSALVO C.

MÚSICO DE EXCEPCIÓN

Cierto día de 1930, un baterista de 22 años llamado Lionel Hampton estaba haciendo una grabación con su ídolo, Louis Armstrong, en los estudios de la NBC en Los Ángeles, cuando éste le pidió al joven que tocara algo con un instrumento que había en un rincón del estudio. Era un vibráfono y Hampton no lo había tocado nunca, pero logró sacarle un solo aprendido en una grabación de Armstrong. «Oye, eso suena increíble –exclamó éste–.  Hay que grabarlo.»  Y eso hicieron. «Memories of You» fue la primera vez que alguien usó el vibráfono para tocar jazz. Así, Hampton hizo historia musical y encontró su instrumento.

Al final del siglo XX, a los 83 años, Lionel Hampton –era uno de los pocos grandes directores de big band que aún quedan– daba más de 200 conciertos al año dentro y fuera de los Estados Unidos. Pese a ser una leyenda del jazz, no le daba mucha importancia a su celebridad y era muy modesto con respecto a sus logros.

«Nací con la afición a la música –afirmó en su momento–.  Solía levantarme por la mañana a golpear las ollas y los sartenes. De baquetas usaba los travesaños de las sillas. Siempre sentí el ritmo por dentro. Y eso no ha cambiado hasta la fecha».

Lionel Hampton nació en Louisville, Kentucky, en 1908. Su padre era ferrocarrilero antes de ser reclutado para la Segunda Guerra Mundial. Cuando no volvió de tal conflagración, Hampton y su madre regresaron al lugar de origen de ésta en Alabama. Ella contrajo matrimonio de nuevo y Lionel se fue a vivir con su abuela, Louvenia Morgan, evangelista muy devota que llevaba a su nieto a la iglesia todos los días de la semana y cuatro veces los domingos.  En uno de estas ocasiones, Lionel celebró un audaz debut. Acababa de cumplir los nueve años de edad.

«La iglesia tenía un grupo extraordinario –recordaba Hampton en las entrevistas–.  Trombones, saxofones, guitarras. Y una mujer que tocaba el bombo.  De verdad lo hacía muy bien. Una vez dejó caer la baqueta, casi en un trance. Yo la tomé y empecé a darle al bombo sin perder un solo compás».  Fue entonces que decidió ser baterista.

Después de mudarse a Chicago con su abuela y un tío dedicado a la producción ilegal de ginebra y whiskey en colaboración con Al Capone, Hampton ingresó a una escuela católica. Una de las monjas le enseñó a tocar la batería, castigando los errores con golpes en los nudillos. Su educación musical continuó según las indicaciones del mayor Nathan Clark Smith, un antiguo director de banda militar muy estricto para la disciplina.

Con él, Hampton conoció diversos instrumentos; tuvo la oportunidad de relacionarse con otros músicos en cierne y de tocar por primera vez con un grupo. Se familiarizó con el jazz escuchando a Louis Armstrong afuera de los salones de baile y copiando los solos plasmados por éste. Otro ídolo suyo era el baterista Jimmy Bertrand.

Hampton contó siempre con el apoyo familiar en sus aspiraciones musicales.  Su tío, por ejemplo, le compró su primera batería, además de llevar a las fiestas de la casa a personajes como Bix Beiderbecke y Bessie Smith.

A los 19 años, Hampton le pidió permiso a su abuela para reunirse con un amigo que quería fundar un grupo en California. Ahí conoció, en muy poco tiempo, a las tres personas que darían impulso y forma a su carrera: Gladys Riddle, su futura esposa y administradora financiera, Louis Armstrong y Benny Goodman.

Juntos, Hampton y Gladys se fueron de gira con un grupo dirigido por él mismo, haciendo frente a toda clase de problemas monetarios y de discriminación racial. Una noche de 1936, Benny Goodman llegó a escucharlos. Había oído que Lionel estaba haciendo cosas extraordinarias con un nuevo instrumento para el jazz. Durante una pausa en el programa, Goodman sacó su clarinete y se unió al grupo.

La noche siguiente Goodman volvió a presentarse, acompañado esta vez por el baterista Gene Krupa y el pianista Teddy Wilson. En una sesión histórica de improvisaciones nació el Goodman Quartet. Al otro día, grabaron «Moonglow» y «Dinah».

Unos meses después Hampton andaba ya de gira con el Goodman Quartet, grupo que aparte de sus cualidades musicales destacó por ser el primero en integrar a músicos de diferentes razas, Ahí fue donde reveló un fino oído para la improvisación y un estilo exuberante como solista. Con Goodman permaneció cuatro años (1936-1940).

La gira gozó de gran éxito y de súbito Hampton se dio cuenta de que era un hombre famoso. Cuando posteriormente llevó a su propio grupo al Sur de los Estados Unidos, siguió el ejemplo de Goodman e incluyó en él a músicos blancos para demostrar que las dos razas podían tocar juntas.

Luego de su aparición con Benny Goodman, Hampton se erigió en una de las figuras más célebres del periodo del swing, y su enorme éxito le permitió fundar una big band propia a principios de los cuarenta. Este formato probablemente resultó el más adecuado para el despliegue de su personalidad extravagante y dotes teatrales. Tal agrupación, que llegó a incluir a músicos de gran talla, fue uno de los conjuntos grandes más duraderos y populares a través del tiempo en el jazz.

Ahí el efecto Hampton en el vibráfono fue brillante, con solos de primera e ideas ricas y complejas, producto de un músico disciplinado, relajado y talentoso. Sin embargo, también fue un excelente líder de grupo. Su entusiasmo personal sirvió como agente catalítico e inspiró a quienes tocaron con él.

Hampton descubrió con él a muchos músicos que hicieron leyenda, entre ellos a una joven cantante de rhythm and blues, Ruth Jones, cuyo nombre cambió a la postre por el de Dinah Washington; Joe Williams, Betty Carter, Sammy Davis Jr., Nat «King» Cole y Clifford Brown; recomendó a Dexter Gordon que cambiara el clarinete por el saxofón; y tocaron en su banda Quincy Jones, Illinois Jacquet, Charlie Parker, Wes Montgomery y Charlie Mingus.

Todo iba muy bien hasta que su esposa murió, en abril de 1971. Hampton entonces se apartó totalmente de la música durante un año. Al cabo del cual volvió: «La música me hace feliz y quiero seguir tocando para Gladys –indicó Hampton–.  No tengo la intención de retirarme nunca».

Con todas sus cualidades intactas llegó hasta los 94 años, cuando un paro cardiaco lo retiró de las baquetas. Lionel Hampton murió el 31 de agosto del 2002 en Nueva York.

Antes de tal suceso, el Museo Smithsonian de Historia de la capital de la Unión Americana recibió el vibráfono que Hampton ha tocado las últimas dos décadas. El instrumento sería parte de su colección permanente y se incluiría entre otros 300 mil objetos relacionados con el jazz (entre ellos la trompeta de Dizzy Gillespie y el clarinete de Benny Goodman).

Post mortem, y como pieza extraordinaria de su discografía, la compañía MCA sacó a la luz un álbum de dos discos titulado Hamp, donde se reeditaron una serie de temas con ayuda de la más avanzada tecnología de la época, para preservar y restaurar una parte significativa del patrimonio musical del eminente vibrafonista, baterista, pianista y líder de grupo, entre los años 1940-1960.

VIDEO: The Benny Goodman Quartet 1959 – I Got Rhythm, YouTube (1964Mbrooks)

JAZZ: LIONEL HAMPTON

Por SERGIO MONSALVO C.

MÚSICO DE EXCEPCIÓN

Cierto día de 1930, un baterista de 22 años llamado Lionel Hampton estaba haciendo una grabación con su ídolo, Louis Armstrong, en los estudios de la NBC en Los Ángeles, cuando éste le pidió al joven que tocara algo con un instrumento que había en un rincón del estudio. Era un vibráfono y Hampton no lo había tocado nunca, pero logró sacarle un solo aprendido en una grabación de Armstrong. «Oye, eso suena increíble –exclamó éste–.  Hay que grabarlo.»  Y eso hicieron. «Memories of You» fue la primera vez que alguien usó el vibráfono para tocar jazz. Así, Hampton hizo historia musical y encontró su instrumento.

Al final del siglo XX, a los 83 años, Lionel Hampton –era uno de los pocos grandes directores de big band que aún quedan– daba más de 200 conciertos al año dentro y fuera de los Estados Unidos. Pese a ser una leyenda del jazz, no le daba mucha importancia a su celebridad y era muy modesto con respecto a sus logros.

«Nací con la afición a la música –afirmó en su momento–.  Solía levantarme por la mañana a golpear las ollas y los sartenes. De baquetas usaba los travesaños de las sillas. Siempre sentí el ritmo por dentro. Y eso no ha cambiado hasta la fecha».

Lionel Hampton nació en Louisville, Kentucky, en 1908. Su padre era ferrocarrilero antes de ser reclutado para la Segunda Guerra Mundial. Cuando no volvió de tal conflagración, Hampton y su madre regresaron al lugar de origen de ésta en Alabama. Ella contrajo matrimonio de nuevo y Lionel se fue a vivir con su abuela, Louvenia Morgan, evangelista muy devota que llevaba a su nieto a la iglesia todos los días de la semana y cuatro veces los domingos.  En uno de estas ocasiones, Lionel celebró un audaz debut. Acababa de cumplir los nueve años de edad.

«La iglesia tenía un grupo extraordinario –recordaba Hampton en las entrevistas–.  Trombones, saxofones, guitarras. Y una mujer que tocaba el bombo.  De verdad lo hacía muy bien. Una vez dejó caer la baqueta, casi en un trance. Yo la tomé y empecé a darle al bombo sin perder un solo compás».  Fue entonces que decidió ser baterista.

Después de mudarse a Chicago con su abuela y un tío dedicado a la producción ilegal de ginebra y whiskey en colaboración con Al Capone, Hampton ingresó a una escuela católica. Una de las monjas le enseñó a tocar la batería, castigando los errores con golpes en los nudillos. Su educación musical continuó según las indicaciones del mayor Nathan Clark Smith, un antiguo director de banda militar muy estricto para la disciplina.

Con él, Hampton conoció diversos instrumentos; tuvo la oportunidad de relacionarse con otros músicos en cierne y de tocar por primera vez con un grupo. Se familiarizó con el jazz escuchando a Louis Armstrong afuera de los salones de baile y copiando los solos plasmados por éste. Otro ídolo suyo era el baterista Jimmy Bertrand.

Hampton contó siempre con el apoyo familiar en sus aspiraciones musicales.  Su tío, por ejemplo, le compró su primera batería, además de llevar a las fiestas de la casa a personajes como Bix Beiderbecke y Bessie Smith.

A los 19 años, Hampton le pidió permiso a su abuela para reunirse con un amigo que quería fundar un grupo en California. Ahí conoció, en muy poco tiempo, a las tres personas que darían impulso y forma a su carrera: Gladys Riddle, su futura esposa y administradora financiera, Louis Armstrong y Benny Goodman.

Juntos, Hampton y Gladys se fueron de gira con un grupo dirigido por él mismo, haciendo frente a toda clase de problemas monetarios y de discriminación racial. Una noche de 1936, Benny Goodman llegó a escucharlos. Había oído que Lionel estaba haciendo cosas extraordinarias con un nuevo instrumento para el jazz. Durante una pausa en el programa, Goodman sacó su clarinete y se unió al grupo.

La noche siguiente Goodman volvió a presentarse, acompañado esta vez por el baterista Gene Krupa y el pianista Teddy Wilson. En una sesión histórica de improvisaciones nació el Goodman Quartet. Al otro día, grabaron «Moonglow» y «Dinah».

Unos meses después Hampton andaba ya de gira con el Goodman Quartet, grupo que aparte de sus cualidades musicales destacó por ser el primero en integrar a músicos de diferentes razas, Ahí fue donde reveló un fino oído para la improvisación y un estilo exuberante como solista. Con Goodman permaneció cuatro años (1936-1940).

La gira gozó de gran éxito y de súbito Hampton se dio cuenta de que era un hombre famoso. Cuando posteriormente llevó a su propio grupo al Sur de los Estados Unidos, siguió el ejemplo de Goodman e incluyó en él a músicos blancos para demostrar que las dos razas podían tocar juntas.

Luego de su aparición con Benny Goodman, Hampton se erigió en una de las figuras más célebres del periodo del swing, y su enorme éxito le permitió fundar una big band propia a principios de los cuarenta. Este formato probablemente resultó el más adecuado para el despliegue de su personalidad extravagante y dotes teatrales. Tal agrupación, que llegó a incluir a músicos de gran talla, fue uno de los conjuntos grandes más duraderos y populares a través del tiempo en el jazz.

Ahí el efecto Hampton en el vibráfono fue brillante, con solos de primera e ideas ricas y complejas, producto de un músico disciplinado, relajado y talentoso. Sin embargo, también fue un excelente líder de grupo. Su entusiasmo personal sirvió como agente catalítico e inspiró a quienes tocaron con él.

Hampton descubrió con él a muchos músicos que hicieron leyenda, entre ellos a una joven cantante de rhythm and blues, Ruth Jones, cuyo nombre cambió a la postre por el de Dinah Washington; Joe Williams, Betty Carter, Sammy Davis Jr., Nat «King» Cole y Clifford Brown; recomendó a Dexter Gordon que cambiara el clarinete por el saxofón; y tocaron en su banda Quincy Jones, Illinois Jacquet, Charlie Parker, Wes Montgomery y Charlie Mingus.

Todo iba muy bien hasta que su esposa murió, en abril de 1971. Hampton entonces se apartó totalmente de la música durante un año. Al cabo del cual volvió: «La música me hace feliz y quiero seguir tocando para Gladys –indicó Hampton–.  No tengo la intención de retirarme nunca».

Con todas sus cualidades intactas llegó hasta los 94 años, cuando un paro cardiaco lo retiró de las baquetas. Lionel Hampton murió el 31 de agosto del 2002 en Nueva York.

Antes de tal suceso, el Museo Smithsonian de Historia de la capital de la Unión Americana recibió el vibráfono que Hampton ha tocado las últimas dos décadas. El instrumento sería parte de su colección permanente y se incluiría entre otros 300 mil objetos relacionados con el jazz (entre ellos la trompeta de Dizzy Gillespie y el clarinete de Benny Goodman).

Post mortem, y como pieza extraordinaria de su discografía, la compañía MCA sacó a la luz un álbum de dos discos titulado Hamp, donde se reeditaron una serie de temas con ayuda de la más avanzada tecnología de la época, para preservar y restaurar una parte significativa del patrimonio musical del eminente vibrafonista, baterista, pianista y líder de grupo, entre los años 1940-1960.

VIDEO: The Benny Goodman Quartet 1959 – I Got Rhythm, YouTube (1964Mbrooks)

JAZZ: GÜNTER HEMPEL

Por SERGIO MONSALVO C.

La música de Günter Hampel (1937) expresa el momento. En cierta forma, sus antecedentes musicales prepararon la escena para esta filosofía del «ahora». Su abuelo era un músico callejero y bohemio que entretenía a los transeúntes con 16 instrumentos diferentes. Desde muy joven, Hampel conoció las canciones populares alemanas y francesas.  Al igual que los primeros jazzistas en Nueva Orleáns, el pianista tocó dichas canciones y melodías en forma de valses, bailes folklóricos y música para bodas. La música era, para él, un evento social.

Como multiinstrumentista director y compositor para su Galaxie Dream Band y Coming Age Orchestra, además de otros conjuntos más pequeños y su trabajo como solista, Hampel pone énfasis en las voces y las personalidades de los integrantes de sus bandas. Le agrada trabajar con estructuras abiertas dentro de sus composiciones, a fin de permitir el libre flujo de las improvisaciones creativas de sus compañeros de grupo. 

A su juicio, la mera expansión de los estilos tradicionales del jazz para expresar el propio punto de vista limita la música demasiado. Ésta debe verse como una conversación, en la cual es bueno contar con un tema del cual partir, pero cuyo resultado final siempre dependerá de las personas que dialogan, de la comprensión espiritual que se establece entre ellas, no de los instrumentos particulares. 

Preferiría prescindir del baterista, por decir algo, si éste es incapaz de escuchar y apoyar la conversación. Suele derribar las barreras tradicionales asignando papeles insólitos a los instrumentos, como la parte del bajo al saxofón y la de la batería, al cantante, lo cual modifica la perspectiva de los intérpretes en cuanto a su relación con la música.

Además de ser una conversación, la música implica una plática entre los miembros de una misma familia. Dice que ha tenido mucha suerte al poder colaborar con los mismos músicos durante 20 años. Entre todos, se trata de captar el momento, el hoy, que expresará algo imposible de hallar en el ayer o de reproducir otra vez en el mañana. 

Esta filosofía de expresar el deseo del momento matiza la noción de Hampel acerca del entendimiento entre los seres humanos. En su opinión, el énfasis puesto por la industria de la grabación en la reedición de grabaciones históricas ha relegado a la gente al marco cincuentero, a ver la música como relación con el pasado. Así, son incapaces de comprender su propia existencia momentánea, según Hampel. Están demasiado influidos por las formas históricas y la tradición para escuchar las voces de la conversación actual.

El sentido del movimiento es muy importante en cuanto a la visión que el músico tiene de la vida y de nuestros esfuerzos para crear una nueva sociedad.  En la sociedad contemporánea, Hampel considera que la gente se contenta sólo con recibir. Dejamos que otras personas vivan nuestros sentimientos y nuestros vivimos los sentimientos de otros. En su opinión, es de suma importancia que el público participe en la música no sólo por escuchar sino también por el movimiento. 

Mediante la danza, la música, el arte y la literatura, cree él, podemos lograr que la gente recuerde sus sentimientos, el «ahora». Todos debemos vivir nuestras propias vidas; no dejar que otros bailen por nosotros sino hacerlo nosotros mismos.

En los años sesenta, el compositor colaboró con la escuela de danza de Jean Erdman y escribió una ópera con bailarines. Las restricciones financieras actuales impiden ese tipo de colaboraciones. En el ambiente más abierto de fines de los sesenta, cuando los contratos y conciertos aún no se convertían en asunto de política y prestigio, Hampel fundó su disquera independiente, Birth Records. 

Su primer producto, The 8th of July, es un hito en la música internacional, vaticinando los poemas ritualistas de sonido de Jeanne Lee y el espiritualismo soñador de los instrumentos de viento de Anthony Braxton. Plasma la cualidad suelta, pianística, de Hampel y revela su atención a las melodías populares europeas y los temas de valses evidentes en sus composiciones posteriores.  Sus sonidos son improvisaciones sutiles y abiertas.

Hampel reconoce la influencia de la música tradicional africana y las narraciones orales africanas en el blues y el jazz de los Estados Unidos, pero no pasa por alto el papel que tuvo la canción europea en el desarrolla del jazz, con su uso de octavas europeas de doce intervalos mayores, en lugar de las de cinco de la música africana.

A comienzos del siglo en Nueva Orleáns, dominaba la canción francesa. Los primeros jazzistas tocaban escalas de doce tonos con una estructura de compases inexistente en la música africana. Su trabajo con músicos negros de jazz, como Marion Brown y el difunto Steve McCall, reveló a Hampel que ellos crecieron tocando bailes, melodías folklóricas, valses, música para bodas y fox trots, semejantes a lo que él tocó como joven en Gotinga, Alemania.  Mediante su tradición de canciones de los campos, de iglesia y blues, los negros impartieron, alrededor de 1900, sus propias experiencias personales tanto a las formas africanas tradicionales como a la canción europea.

El desarrollo del jazz en América y el advenimiento de Schoenberg, Webern y Stockhausen en Europa señala, en su opinión, la gama más amplia de intercambios transculturales que tienen lugar entre las influencias africanas y europeas en la actualidad.

El blues y el jazz para él constituyen formas eternas que no desaparecerán, porque dan lugar a la creatividad y la expresión personal, no porque se separen de la tradición europea. En lugar de contraponer las tradiciones africanas a las europeas, este compositor abraza la importancia de ambas como estructuras iguales para la expresión creativa.

A lo largo de los últimos 50 años, Hampel ha sacado más de 60 grabaciones con su compañía independiente, Birth Records. Dichas grabaciones documentan su trabajo en diversos contextos grupales, incluyendo su big band, The Coming Age Orchestra, compuesta de músicos europeos, y su New York Orchestra, la cual expande el personal de la Galaxie Dream Band dentro de la estructura más grande de una big band. 

En estos grupos grandes, el director pone énfasis en la orquestación, mientras que en conjuntos más pequeños, como la Galaxie Dream Band y su sexteto, Time Is Now, subraya la improvisación abierta y la interacción de las voces individuales dentro de una especie de conversación.

A fin de poner de manifiesto su comprensión histórica de la tradición del jazz, como pianista trabaja con un cuarteto. Como trío, se une a sus colaboradores de mucho tiempo, la cantante Jeanne Lee y el saxofonista Thomas Keyserling.  Como un dúo, Hampel y Lee exploran el potencial ritual y poético de los instrumentos en relación con la voz y emprenden conversaciones transculturales. 

Sus diferentes grupos han trabajado con sinfonías y ha dado conciertos y grabado con músicos de diversos géneros, como los compositores clásicos modernos Hans Werner Henze y Krysztof Penderecki, el guitarrista de flamenco Boulou Ferre, el artista del sintetizador Michel Waisfisz, así como Marion Brown, Anthony Braxton, Leo Smith y Steve McCall.

VIDEO: Galaxie Dream feat. Turbotronic -Don’t Forget, YouTube (Planet Dance Music)

ARTE-FACTO: FREE JAZZ (UNA INTERPRETACIÓN/VI)

Por SERGIO MONSALVO C.

¿Qué tenemos para hoy?: Caos y ruido por todas partes, inestabilidad, conflictos que se quedan enquistados y que no parecen tener solución. Y todo ocurre en un marco en que la llamada comunicación se rige por las emociones y los estados de opinión que imponen las redes sociales donde la realidad desaparece y se instalan las tonterías que la interpretan.

No hay ya manera de enfrentarse a lo que ocurre sin las estulticias que ocultan los hechos y los maquillan y deforman. “El propósito del arte es revelar las preguntas que han sido ocultadas por las respuestas”, decía James Baldwin, baluarte escriba del free jazz.

Ahora tampoco hay respuestas, podría decirse, y en vez de pedirle al arte que revele las preguntas, quizá habría que insistir en que esa es también tarea propia de la información. Dar cuenta lo que hay más allá de los envoltorios.

Sí, hubo un momento, en que los músicos afroamericanos dieron un golpe en la mesa para romper la dinámica de las cosas y reclamar un poco de anarquía frente a la melodía que gobernaba los sonidos hasta hacerlos irrelevantes.

Los bulos que ahora se imponen tienen la consistencia de esa melodía que se elabora para ocultar las aristas y la complejidad y ambigüedad de todo lo que sucede. El free jazz, como siempre: señala el conflicto, lo enfoca y encuadra para su visualización total.

VIDEO: Lester Bowie – Brazzy Voices – North Sea Jazz (1995), YouTube (North Sea Archive)

JAZZ: SONNY ROLLINS

Por SERGIO MONSALVO C.

El nombre propio de Sonny Rollins es absolutamente perfecto para un jazzista, es evocador per se (incluso se lo puede prestar al detective de alguna serie noir). Él solo constituye la base de toda una civilización. Sin él careceríamos de su personalidad musical, de sus propiedades saxofonísticas, de todas sus herencias. Y también de las obligaciones para los escuchas.

Sin su nombre propio no podrían existir Saxophone Colossus, Sonny Rollins Plus4, Tenor Madness, The Sound of Sonny o el soundtrack de Alfie (la de Michael Caine, of course). El suyo conlleva el derecho a embelesarse con lo sublime, según la Carta Magna de la música. Su nombre está ahí, claramente anotado.

El hecho de que esas notas apuntaladas en los discos nos lleguen con su nombre, invita a imaginar tras ella a una persona extraordinaria. ¿Cómo no identificar un nombre así con un ser humano notable? Llevamos décadas haciéndolo, hasta que finalizaron con 95 años.

A nosotros, su público nos queda toda la vida por delante, hurgando en los surcos de los tracks bajo el pendón de su nombre, el goce y la responsabilidad de pronunciarlo lentamente para que su musicalidad colme los sentidos: Sonny Rollins.

VIDEO: Tenor Madness; Sonny Rollins Concert in Japan 1997, YouTube (papa okina)

HISTORIA DE UNA CANCIÓN: «IN-A-GADDA-DA-VIDA» (IRON BUTTERFLY)

Por SERGIO MONSALVO C.

Doug Ingle tomó la mano de ella, que se le había resistido entonces, y caminó por esa tierra ignota donde ambos entrarían juntos en el mismo sueño: “Oh, won’t you come with me/ And take my hand/ Oh, won’t you come with me/ And walk this land/ Please take my hand…”.

Así se cerraría el círculo de aquella canción que lo había inmortalizado, junto con sus compañeros de banda (el baterista Ron Bushy, el guitarrista Erik Brann y el bajista Lee Dorman), y cuya muerte, el 24 de mayo del 2024 a los 78 años, reverberará para siempre en el solo de su órgano y en uno de los riffs más reconocidos y trascendentes de la historia del rock.

La historia del género son sus mitos (porque una historia sin mitos termina siendo una simple cronología), y éstos, como buenos herederos del romanticismo, están compuestos básicamente de biografías: tanto de personas, como de grupos o de la poética y leyenda que rodea la hechura de sus discos y carreras.

Las biografías de sus personajes suelen ser largas porque regularmente se hacen sobre artistas que alcanzan muchas décadas de existencia, tanto dentro como fuera de la escena musical. Las de las auténticas rock stars superan a las creaciones más imaginativas, aparte de exhibir el latido de lo real (como sucedió con la de Doug Ingle, que transcurrió desde su lejana Nebraska, donde nació, hasta San Diego, en California, donde fundó al grupo Iron Butterfly en los años sesenta, para finalizar sus días en la tercera década del XXI como pintor de casas “a domicilio”, como rezaba humorísticamente su tarjeta de presentación) o, por el contrario, tratan acerca de una breve estadía en la vida, lo que les confiere otro estatus y un estigma.

La de los grupos varía según su longevidad y trascendencia. Y la de los discos posee un andamiaje de hechos concretos (demos, número de tomas, productor, estudios de grabación, etcétera), resultados verificables (venta de ejemplares y obtención de discos de oro o platino, por ejemplo), subjetividades (las reseñas, entrevistas y artículos o reportajes) y de leyendas concebidas a su alrededor (es decir, la parte romántica en la concepción y recepción de la música del álbum o alguna de sus canciones).

En ciertos ejemplos dicho idilio artístico sólo puede ser o estar en algunos momentos en concreto. De esos momentos es donde lo sublime o lo extraordinario nutre de savia sagrada el quehacer de su música. El modelo de Iron Butterfly es de tal catadura.

Éste fue un grupo que estampó su nombre en los anales del género debido a un lapso de tiempo (des)medido (17’: 10”), y dentro de ese tiempo a unos momentos en él que le otorgaron la permanencia en la fama, la fragancia del éxito y, sobre todo, un sitio en la eternidad de la psique genérica. Y esto lo lograron con dicho riff y tres solos que abatieron la fugacidad.

Aquí es necesario señalar dos elementos que influyeron notablemente en el perfil último y trascendente de ese referente sui generis llamado “In-A-Gadda-Da-Vida” (“In the Garden of Eden” -En un jardín del Edén-, como se titulaba en un principio). En primer lugar, la escucha señalada por parte del autor del tema, Doug Ingle, del estilo de un tecladista que ya gozaba de reconocimiento y nombre en la escena musical: Ray Manzarek (miembro de los Doors) cuya manera de atacar el instrumento le había generado muchos adeptos.

Y, por otro lado, el estudio de la música clásica, del periodo barroco en particular, por parte de Ingle, cuyo padre (organista de iglesia) lo había instruido, afinado el oído y atraído hacia ese vasto campo musical del que muchos otros músicos de rock noveles y algunas vertientes musicales también se nutrirían enriqueciendo al género con ello.

Aquel track fue una de las muchas cosas que ocurrieron en aquel ya remoto año de 1968, en que Iron Butterfly llegó a las listas y adquirió notoriedad por el mencionado tema. Algo tenía que estar pasando en aquella época y escena musical, porque por lo general se procuraba que las canciones no se extendieran mucho, y que fueran rotundas, breves y al grano.

Nadie sabe a ciencia cierta el significado de “In-A-Gadda-Da-Vida” (hay variadas interpretaciones), pero el mensaje se parece al de otras tantas composiciones de aquellos días, que las llevaron hacia adelante hasta alojarlas en las suntuosas cavernas del surrealismo.

Es decir: sueños, remembranzas temporales, irrealidades, simbolismo, flujo de conciencia, composición automática, etcétera. De esta manera Oniria adquirió nuevos habitantes a través de “A Whiter Shade of Pale”, “Strawberry Fields Forever”, “Mellow Yellow”, “Flaming”, “You Doo Wright”, entre otras muchas.

En aquellos años despertaban aquellos intrincados contenidos, como cuando los miembros originales de Iron Butterfly (hoy todos fenecidos) soltaban aquello de “por favor toma mi mano y ven conmigo por este camino” y el grupo se volcaba en una sucesión de solos: guitarra, órgano, batería… para lanzar al escucha a la búsqueda de nuevas imágenes dentro de sí durante los diecisiete minutos y segundos que proporcionaba la pieza.

Al respecto, hay en “In-A-Gadda-Da-Vida” una recreación de atmósfera baudelaireana, con su ritmo primitivo y órgano gótico, que hace recordar experimentos anteriores, como la Misa Luba congoleña (“Me lanzan grandes selvas como catedrales sonoras”, escribió el poeta), o el homenaje a Bach del grupo coral “The Swingle Singers”, que también lo evocaron.

“In-A-Gadda-Da-Vida” tiene un extraño encanto. Y ello sirve también para entender un nuevo concepto, el de la psicodelia. Explicaba el grupo a propósito de su nombre, en la contraportada del disco homónimo, que contiene la pieza, que Iron procedía de la vocación pesada de sus sonidos, de su dureza. Y Butterfly como el elemento justo para compensar lo anterior: el vuelo, la luminosidad y su atractivo.

Es cierto que el tema que lo hizo célebre tiene una densidad, y una magnificencia expansivas, pero “In-A-Gadda-Da-Vida”, con sus peticiones y su candidez en medio de la atmósfera heavy, les proporciona esa ligereza de la mariposa con su imaginería ensoñadora que remueve el inconsciente y abre las puertas del placer en el tiempo interior. En ese track hay algo atemporal. En él está la visualización, lo parapsicológico, el estímulo mágico. Pura herencia surrealista.

En el Manifiesto de tal corriente, un texto publicado por André Breton el 15 de octubre de 1924 (que por estas fechas cumple 100 años), el escritor define el surrealismo de la siguiente manera: “Automatismo psíquico puro por cuyo medio se intenta expresar verbalmente, por escrito o de cualquier otro modo, el funcionamiento real del pensamiento. Es un dictado del pensamiento, sin la intervención reguladora de la razón, ajeno a toda preocupación estética o moral”.

El surrealismo se caracteriza por su exploración de los sueños, el inconsciente y lo irracional. Los artistas inscritos en él buscan liberar la creatividad y la imaginación, rompiendo con los cánones y creando obras que desafían la lógica y la razón. En la música comenzó su influyente andar con compositores como Igor Stravinsky y John Cage, que experimentaron con estructuras inusuales, sonidos inesperados y colisiones de elementos musicales.

Desde entonces y como herencia se ha reflejado en el rock, con su enfoque en la liberación del subconsciente y en la exploración de lo inesperado. Desde aquellos años sesenta el surrealismo ha inspirado a subgéneros como el rock psicodélico, el art-rock y el progresivo donde las letras a menudo se sumergen en lo abstracto y lo enigmático (la música experimental también debe mucho a dicho movimiento).

Grupos como los Beatles y Pink Floyd incorporaron elementos surrealistas en sus letras y portadas de álbumes. El Cuarteto de Liverpool lo hizo con letras de carácter surrealista y sonidos espaciales. El álbum Revolver (1966) marcó un paso evolutivo en su carrera. Influenciados por lecturas filosóficas y musicales orientales, crearon canciones que exploraban temas más profundos, como el del “Libro Tibetano de los Muertos” de Timothy Leary. La obra maestra “Strawberry Fields Forever”, como muestra, surgió durante este período de inspiración y experimentación.

Por su parte, Pink Floyd, en el álbum The Dark Side of the Moon (1973), también se sumergió en dicha corriente. El diseño de la portada, un enigmático prisma luminoso, fue creado por el colectivo británico Hipgnosis con Storm Thorgerson a la cabeza. El prisma refracta la luz y descompone los colores, evocando el arcoíris y la locura. La música de este grupo, con su espectro luminoso y atmósfera psicodélica, se alineó con los principios surrealistas.

Aquel movimiento artístico y literario, que surgió en la década de 1920, ha dejado una huella profunda en la cultura contemporánea. A través de su enfoque en lo irracional, lo onírico y lo inconsciente.

“In-A-Gadda-Da-Vida” es importante en la historia del rock porque Iron Butterfly junto con Blue Cheer y Steppenwolf, entre otros, marcaron el punto en el cual el rock psicodélico produjo el heavy metal, el rock progresivo, y proyectó al art-rock y al vanguardismo experimental del género.  

El enfoque y materias del surrealismo siguen inspirando a músicos en todo el mundo. Evolución que se dio a medida que se exploraban nuevas formas de expresión gracias a su legado, que en el rock sigue vivo y desafiando la percepción de la realidad, como en aquel jardín del edén.

VIDEO: IRON BUTTERFLY – IN A GADDA DA VIDA -1968 (Original…), YouTube (pauloget)

ARTE-FACTO: FREE JAZZ (UNA INTERPRETACIÓN/V)

Por SERGIO MONSALVO C.

 

LOS ANÁLISIS

 

En la nueva edición de Free Jazz Black Power no se maneja el análisis posmarxista (con sus ocasionales rigideces), sino la descripción de las formas de ser de un pueblo en función de sus necesidades y aptitudes frente a una sociedad abrumadora.

 

La historia de un pueblo que rompe (o trata de romper) sus cadenas por medio de la música cuando la ira se apodera de él. Este libro no acompaña un movimiento revivalista, sino es la clave perpetua para un futuro posible: “Para dominar una situación perturbadora –dicen los autores— tuvieron que inventar un sistema original de referencias, forzosamente heterogéneo, utilizando los elementos africanos de los que disponían, pero practicando también en su nuevo entorno un auténtico saqueo cultural”.

 

 

Al igual que el Río Mississippi, Free Jazz Black Power es un libro que cambia de curso naturalmente; que escucha a su tiempo, lo abraza y se adapta. A la hora de los grandes temores en los que la música elige, muchas veces sin saberlo, los colores de la muerte, este texto más que nunca hubiera podido titularse: El amanecer de los negros.

 

VIDEO: Archue Shepp Quartet – Here’s That Rainy Day (live 1994), YouTube (vrije geluiden)

 

 

 

JAZZ: MICK GOODRICK

Por SERGIO MONSALVO C.

 

 

Mick Goodrick (junio 9, 1945–noviembre 16, 2022) empezó a destacar como guitarrista de delicada intensidad y deliciosos matices en el área de Boston al poco tiempo de finalizar sus estudios en Berklee College (1963-1966) y de empezar a dar clases ahí mismo en los cuatro años siguientes. A la postre trabajó con el grupo de Gary Burton, improvisando en clubes de Cambridge, como el Ziron y Ryle’s, con Pat Metheny, Steve Swallow y Randy Roos, tocando y grabando con Jack DeJohnette y sus Special Editions (1986-1990).  Asimismo, perteneció al venerable conjutno Liberation Music Orchestra de Charlie Haden desde 1982.

 

A fines de los setenta grabó su primer álbum desde In Pas(s)ing (ECM, 1979), Biorhythms (CMP).

 

Habla Goodrick:

 

¿Qué hace único su estilo?

“Mi estilo es único porque toco exclusivamente con los dedos. No he usado uñas desde los 16 años. Desde el punto de vista armónico se pueden hacer muchas más cosas en una guitarra al tocar con los dedos. Es posible producir muchas más voces con la mano izquierda si uno no tiene que preocuparse por saltarse las cuerdas. El estilo también conduce más a tocar partes múltiples, bajo, agudo, el acompañamiento armónico”.

 

¿A qué punto has llegado de tu propio desarrollo musical?

“Continúa para siempre. Se vuelve más interesante todo el tiempo. No es como en los deportes. La música mejora siempre, uno va entendiendo y apreciando cada vez más, la habilidad aumenta”.

 

¿Y el desarrollo técnico?

“No se deja de trabajar nunca en eso. Al tocar con los dedos se limita el alcance melódico de lo que se puede hacer, a menos que uno sea Paco de Lucia”.

 

 

Resumamos su carrera discográfica. Ha grabado con Gary Burton, Jack DeJohnette y Charlie Haden. Sacó un CD con un trío en CMP, compañía que normalmente se especializa en percusiones.

“He grabado recientemente en Italia [por separado] con Pino Candeli, el saxofonista Claudio Fasoli y el bajista y cantante brasileño Alfredo Paixao, quien me ha introducido a la auténtica samba, bossa nova y frevo. A fines del año pasado grabé con Harvie Swartz [el bajista de su trío], Smitty Smith y John Abercrombie. También grabamos en East Side Sound con la misma gente menos John, que fue sustituido por Ed Sareth en el flugelhorn.  Hace unos años grabé en Japón con el saxofonista Gary Thomas, By Whatever Means Necessary.  Pronto Gary grabará un álbum de rap y creo que participaré. Eso sorprenderá a muchos”

 

¿Cómo adapta su estilo al rap?

“No es necesario. Rítmicamente es lo mismo, pero cambia en lo armónico.  Puesto que el estilo es casi recitativo, no importa qué acordes se toquen. Tiene mucha fuerza rítmica y un avanzado desarrollo armónico.  Desde la perspectiva del solista, gran parte del hip hop de suyo tiene una sensibilidad jazzística, así que se toca sobre los cambios”.

 

Los músicos de jazz no han tenido dificultades con el blues, el reggae y el pop. Sólo hay que ver a Arthur Blythe u Oliver Lake. También Dizzy grabó un álbum disco con Lalo Schifrin.

“Así es. Es muy posible que empiecen a aparecer jazzistas en los grupos de rap, siempre y cuando los raperos mejoren sus estructuras armónicas. Actualmente me interesa trabajar de nuevo en dúo con otra guitarra, ahora con Wolfgang Muthspiel [un exestudiante de Goodrick y miembro del grupo de Gary Burton, quien estudió la guitarra clásica en su natal Austria]. Vamos a tocar en Boston este año, luego grabar y hacer una gira. Si vuelvo a grabar con trío para CMP, querré invitar a Tom Harrell para el flugelhorn.

 

“Es una lástima que no haya grabado con cantantes. Eso mostraría cierto aspecto de mi música que no se aprecia en los grupos grandes. Me encantaría grabar con Dominique Eade (lo hizo en The Long Way Home, en1999), con la que he trabajado mucho en Boston. También con Sheila Jordan”. Lamentablemente esto último deseo no se pudo cumplir. Goodrick falleció en el 2022.

 

VIDEO: Gary Thomas & Seventh Quadrant – Osthetics…, YouTube (Odak Costa)

 

 

JAZZ: DIZZY GILLESPIE (SOUL MATES)

Por SERGIO MONSALVO C.

 

 

Roy Eldridge y Dizzy Gillespie son eslabones esenciales en la cadena de la evolución del jazz. Siguiendo los pasos de su gran precursor Louis Armstrong, ambos han ejercido una enorme influencia sobre el sonido y el estilo de la trompeta.

 

Roy fue originalmente ídolo de Dizzy y en la actualidad, a su vez, son muchos los famosos trompetistas más jóvenes que deben su inspiración inicial a Dizzy.

 

En este álbum, en particular, se escucha el maravilloso concierto presentado por Roy y Diz una noche de 1954 en Hartford, Connecticut. Su encuentro en la primera pieza es sumamente competitivo, tanto en sus participaciones solistas como cuando tocan juntos, pero en el coro de salida vuelven a unir sus fuerzas alegremente.

 

Las dos grabaciones siguientes los presentan por separado en un alarde de habilidad baladística, en tanto que el segundo lado los ve retornar a la arena para entregarse a una competencia acérrima, pero amistosa.

 

Pese a las claras diferencias de concepción –Roy es el rey del swing y Dizzy lo es del bop–, se aprecia una semejanza fundamental en su velocidad, vitalidad e impulso. Ciertamente existía rivalidad y es muy evidente en estas grabaciones, pero estaba basada en un respeto y estima mutuos.

 

VIDEO: Dizzy Gillespie And Roy Eldridge – Soul Mates (Full Album), YouTube (All That Jazz)