Por SERGIO MONSALVO C.
1975
(OBRAS QUE CUMPLEN 50)

Programa Radiofónico de Sergio Monsalvo C.
https://e-radio.edu.mx/Babel-XXI/768-1975-Obras-que-cumplen-50

Por SERGIO MONSALVO C.
1975
(OBRAS QUE CUMPLEN 50)

Programa Radiofónico de Sergio Monsalvo C.
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Por SERGIO MONSALVO C.
FOTOGRAFÍAS

Evidence (60)

Evidence (61)

Por SERGIO MONSALVO C.

Con el reconocimiento obtenido como grupo animador de primer nivel, gran experiencia en escena, con el curriculum de varios trabajos musicales editados y por pertenecer activamente al circuito del jet set, la banda Supercharge le fue recomendada al organizador del enlace del momento, el de Christina, la hija del fallecido magnate griego Aristóteles Onassis, conocida como “la princesa triste”.
La que quizás era la mujer más rica del mundo iba a contraer nupcias. Ahora, a los 34 años de edad, se casaría por cuarta vez con Thierry Roussel, joven francés e hijo del fundador de los laboratorios farmacéuticos del mismo nombre.
Lo haría en París y festejaría la boda en el Restaurante Maxim’s. Para ello la pareja se había embarcado en el Christina O en la Isla de Skorpios, propiedad de ella y viajaban rumbo a la Costa Azul francesa para trasladarse luego en avión a la capital gala.
En París, mientras tanto, el Maxim’s se preparaba. Por aquellas fechas el célebre bistrot celebraba el 90 aniversario de su fundación. En 1981 había sido adquirido por el diseñador Pierre Cardin que lo expandió por todos sus pisos a museo, sala de espectáculos y salones de fiesta privados. Uno de los cuales albergaría a los invitados de la boda de la rica heredera, en1984.
La fiesta comenzaría con una novia extrañamente radiante. “Está enamorada de verdad”, chismorrean los comensales entre la joyería y el menú nupcial.
La inusual sonrisa de Christina será la destinataria del mejor set de la banda, contratada para este lugar y ocasión especiales.
Músico experimentado, Albie Donnelly, el líder de la banda, iría in crescendo, soltando al grupo poco a poco a la pulsión de su sobrecargado ritmo. Y la sonrisa se convertirá en risa abierta, mientras la protagonista baila, canta, corta el pastel, y los invitados harán lo mismo como respuesta al pasmo de lo que ven y escuchan, se convierten en participantes y el conjunto en general en una auténtica fiesta.
“Ustedes han creado la música del día más feliz de mi vida. Gracias para siempre: Christina”. Fue la tarjeta que el grupo recibió tras bambalinas, acompañada de una botella de champán para cada uno de los músicos.
De tal experiencia Supercharge conseguiría el permiso para reproducir en disco lo que han grabado, bajo el título de Supercharge’84 Live at Maxim’s at Christina Onassis Wedding, así como algunas fotos del evento, que aparecerían en la portada.
El álbum de Supercharge se convertiría en una rareza y en una referencia a un momento único en el devenir microhistórico del siglo XX.
VIDEO: Supercharge – I’ll go Crazy, Gangster of Love, Caledonia, YouTube (Phantom1)


Por SERGIO MONSALVO C.

AULLAR LA QUINTAESENCIA
En los años cuarenta del siglo XX la ciudad de Los Ángeles se convirtió en el centro neurálgico de una comunidad emergente: la mexicoestadounidense. Durante los cincuenta, y a medida que la población crecía, dicha comunidad se mostró cada vez más insatisfecha con los papeles limitados e inferiores que la sociedad estadounidense le asignaba socialmente.
En los sesenta y setenta, al expresar su disgusto por la discriminación, el prejuicio, la desigualdad de oportunidades en la educación y el empleo, comenzó un movimiento en pro de sus derechos civiles. Un nuevo sentido de valor étnico se enarboló con el término “chicano”. El chicanismo (término ideológico de solidaridad que buscó abarcar a todo estadounidense de ascendencia mexicana) se manifestó no sólo en la arena política sino también en el arte.
El movimiento inspiró al muralismo, al teatro, al periodismo, la literatura y la música, actividad esta última donde ha jugado un papel importante en la historia de las mezclas y fusiones actuales.
El grupo musical que mejor ha sintetizado toda esta historia y representado al ser chicano (bicultural y bilingüe) son Los Lobos, quienes durante 50 años desde su fundación y 45 de grabaciones y conciertos han dado cuenta del devenir de una comunidad que se ha desarrollado entre dos formas de ser y de pensar.
Calificarlos únicamente como intérpretes de un sólo género sería un gran error, ya que son un grupo de sonido multidimensional. Ellos (David Hidalgo, César Rosas, Louie Pérez, Conrad Lozano y Steve Berlin) tocan polkas, corridos, huapangos, boleros, música ranchera, norteña, de la Huasteca, valses y demás expresiones mexicanas (al igual que cumbias y son caribeño) con los instrumentos originales y con la misma naturalidad y entrega que lo hacen con la música estadounidense de raíces.
Los Lobos tienen el impulso fundamental de sus tempranos días como banda de garage, apareado a la calidad artística producto de la madurez y de la inmersión en el patrimonio musical de la Unión Americana: desde el blues más crudo, pasando por el country, jump blues, tex-mex, rockabilly, rhythm and blues, zydeco, soul, gospel, cajun, rock and roll, funk, boogie, folk-rock, americana, rock experimental, latin-rock, cow-punk, heartland rock y pop.
Todo lo tocan ellos mismos y nunca renuncian a la experimentación sonora. Concepto que se puede constatar desde sus primeras grabaciones: Sí se puede! y Just Another Band from East L.A. (1976-78), hasta el disco de estudio más reciente, Native Sons (2021), así como en sus diversos proyectos como solistas: Latin Playboys de David Hidalgo y Louie Pérez (con el álbum homónimo y Dose), Soul Disguise (de César Rosas) o las producciones de los Super Seven (a cargo de Steve Berlin). Es por ello que la obra de Los Lobos se sustenta en la confianza en sí misma.

VIDEO: Los Lobos ‘Come On, Let’s Go’ 1987 La Bamba Party, YouTube (Steve M)
El hecho de que en temas como “A Matter of Time”, del disco How Will the Wolf Survive?, por ejemplo, resuenen las esperanzas y los temores de todas las canciones de inmigrantes —desde los spirituals de los esclavos negros hasta las de extracción judía— les proporciona universalidad (la pieza, mientras tanto, se ha convertido en un clásico interpretado por músicos de diversos géneros).
Como chicanos saben lo que el sistema estadounidense opina de los inmigrantes (y de los ilegales, sobre todo). Por otro lado, pueden hablar del gobierno mexicano y de cómo vela por su propio pueblo cuando éste tiene que cruzar la frontera para buscar una vida mejor. Ambas cosas son un gran problema para quienes las sufren y un motivo de preocupación para quienes como ellos han visto padecer o padecido tales circunstancias.
Por eso como autores de canciones no se detienen en cuestiones como las reiteradas “nuevas estrategias” de ambos gobiernos. No. Sus rescates son otros, pero no por eso menos políticos. Hay un hilo conductor que comunican con sus composiciones. Todas hacen énfasis y recalcan las presiones impuestas a las familias chicanas, a sus formas de vida y a los cambios que cualquier ley produce en sus vidas cotidianas, separándolas o desarraigándolas.
No ondean banderas ni pancartas. No son panfletarios. La simple idea de que sean un grupo musical chicano o mexicoestadounidense y hagan lo que hacen es ya una declaración política en sí.
Los Lobos son un grupo de miras amplias y abiertos horizontes. Con sus 17 discos de estudio (hasta el momento, entre ellos Kiko, considerado su obra maestra), varias antologías (Just Another Band from East L.A., El Cancionero, Ride This: The Covers, Wolf Tracks), exitosos soundtracks (La Bamba, Desperado) y discos en vivo (Live at The Fillmore, Acoustic en Vivo y Disconnected in New Yok City).
Asimismo, han hecho colaboraciones con otros músicos (Bob Dylan, Paul Simon, Lalo Guerrero, John Lee Hooker, Tom Waits, Roomful of Blues, entre otros); han sido invitados para diversos tributos y antologías (Fats Domino, Doug Sahm, Chris Gaffney, Sublime, Walt Disney Music) y a escribir temas para soundtracks, así como sus ya mencionados proyectos como solistas.
Con todo ello han ganado premios y creado sólidos cimientos como contribuyentes de la música contemporánea a nivel mundial, causa muy especial para ellos como parte que son de extracto de la cultura chicana.
¿De dónde sacan Los Lobos las ganas de cambiar con cada álbum desde su debut discográfico? Ya establecidos con un estilo que ellos prácticamente inventaron, cada uno de sus discos posteriores ha sido un nuevo intento transformado, otra experiencia, un territorio adicional explorado por ellos por medio del sólido bagaje que cargan.
Los Lobos confirman con cada nueva obra su poderío sonoro y su riqueza musical. Su dinámica intergenérica, intercultural y bilingüe les ha proporcionado una perspectiva distinta y única frente a las músicas que interpretan. Y se han dado cuenta cabal de que el rock es un cruce de diferentes culturas y que ellos, como chicanos, han colaborado a su engrandecimiento con algo semejante.
Destilan un inconfundible idioma personal con todas sus influencias y el perfeccionamiento de su estilo ecléctico, contextual e instrumental. Culturalmente le han agregado las cualidades de la soltura del mestizaje.
VIDEO: Los Lobos (Don’t worry baby), YouTube (Ant Varandonis)


Por SERGIO MONSALVO C.

(EL ROCK VS. LOS BÁRBAROS)
Cultivar la ignorancia y liquidar el afán crítico a golpes de espectáculo político-mediático, lo cual tuvo su clímax con el binomio John McCain/Sarah Palin contendiendo por la presidencia.
Desde la Casa Blanca se quiso imponer el dogma a la razón. El creacionismo intentó desbancar a la teoría de la evolución y los tintes racistas se acentuaron. Se optó por la venganza guerrera y no por el diálogo mundial, por el retumbar de las bombas y no por el de las voces preocupadas.
Y se pretendió acallar a éstas dentro de ese país con los gritos de “¡traidor!”, “¡antipatriota!” y “¡elitista!”. Una larga lista de músicos conscientes fue acusada de ello: Dylan, Springsteen, CSN&Y, Patti Smith, Lou Reed, las Dixie Chicks, Sonic Youth, Green Day y R.E.M., entre muchos otros, hasta raperos y hiphoperos o la mismísima Madonna.
Daba escozor ver en los conciertos de todos ellos a jóvenes espectadores gritarles insultos o salir airadamente de los mismos cuando los músicos se pronunciaban contra el gobierno y su ideario bélico y social; o apersonados en los mítines y arrebatados por la apetencia de destrucción bíblica, para complacencia de la casta política que había alimentado patriotismos feroces y abastecido el vasto matadero iraquí y afgano, a plena satisfacción de los industriales y comerciantes beneficiados con las ganancias generadas por la maquinaria de guerra.
Era un momento álgido y los músicos se preguntaban qué fuerzas anulaban universalmente la capacidad de análisis de las personas en algunos momentos históricos. También se lamentaban por la propensión a lo brutal y a la unanimidad agresora escudada en la religión, por su dejo intoxicante y contagioso. Entonces llegó Obama…
Y se intuyó que la larga marcha no había sido inútil; que había que recuperar el sentido y las formas, y que éstas sólo tienen cabida si están cargadas de contenido; que importan las ideas; expresarse bien, con claridad; convencer, no imponer; escuchar y argumentar. Y todo lo que había sido desplazado, la sustancia de las mentes pensantes, regresó para poner un poco de confianza en que las cosas cambiarían. Sin embargo, no fue así. Sólo hubo tibieza.
A pesar de ello, en ese sombrío inicio de siglo, continuaron colaborando algunos nombres que nunca flaquearon y que siempre buscaron salvar a la gente de la vergüenza, tipos que enarbolaron sus guitarras eléctricas para lograrlo. El viento del cambio supo que también les debía mucho y los llevó en campañas de convencimiento desde entonces.
Sin embargo, aquello se volvió más difícil y peligroso: llegó la era Trump, en una primera y segunda presidencias cada vez más esperpénticas, absurdas, violentas, magalómanas, plutocráticas, populistas mediáticas, nacionalistas, xenofóbicas, mentirosas y tecnofascistas, con todas sus consecuencias, lo negativo elevado al cubo, y las cuales continúan expandiéndose con su ira incandescente, descontrolada y bárbara…
VIDEO: Dixie Chicks – I Hope, YouTube (Rose Alvaro)


Por SERGIO MONSALVO C.

EL OCASO DE LOS DISIDENTES
Al inicio de 1986 Mick Jones y Joe Strummer anunciaron oficialmente la disolución de Clash. Todo había llegado a su fin. El punk para entonces ya no significaba nada como movimiento. Sin embargo, pese a todas sus paradojas —y las hubo muchísimas—, el fenómeno había sido el generador de una tensión extraordinaria, de una excitación sostenida, de un desfile de héroes, mártires, traidores y fraudes y una oportunidad casi ilimitada para el arte popular.
No obstante, al igual que en la política, se trataba del tipo de revuelta que tuvo que asfixiarse bajo sus propias contradicciones, condenado a perder su forma bajo el momento que le dio forma, destinado a rebasar los alcances del cálculo y la maquinación que le había permitido cobrar autenticidad. Quizá la única ironía verdadera de toda la historia fue que, al final, todo se redujo a rock and roll: nada más ni nada menos.
¿Qué más se puede decir de Clash? Que Topper estuvo en la cárcel, luego fue baterista de Bertinac y chofer de un taxi. Intentó salir otra vez del anonimato, ya también “limpio”, con un disco como solista, Waking Up, con el que no pasó nada.
Paul Simonon continuó su carrera como pintor e hizo lo propio musicalmente con el grupo Havana 3 A.M. Mick Jones continuó con B.A.D. y luego con el reformado Big Audio Dynamite II; vendió la pieza «Should I Stay Or Should I Go?» para un comercial de la Levi’s y luego intentó una reunión de Clash para recoger los beneficios de la publicidad, pero todo quedó en eso, un intento. ¿Y Strummer?
El inquieto Joe se convirtió en padre de familia, luego en creador de soundtracks diversos, tanto de contenido musical como thrillers (Walker, Sid & Nancy, Straight To Hell, I Hired a Contract Killer, Permanente Record, entre otros).
Formó al grupo The Latino Rockabilly War, se hizo cantante y productor de los Pogues en Hell’s Ditch, estuvo en Praga con la banda local Dirty Pictures, hizo un disco como solista (Earthquake Weather), en 1999 formó a Los Mescaleros con los que realizó tres discos (Rock Art and the X-Ray Style, Global a go-go y Streetcore) y salía constantemente de gira por el mundo.

Sin embargo, Joe murió de manera trágica en su casa de Somerset a la edad de 50 años tras sufrir un ataque cardiaco el 22 de diciembre del 2002. Al siguiente año Clash ingresó al Salón de la Fama del Rock and Roll de Cleveland.
Al morir Joe Strummer desapareció con él una parte del mito del rock and roll. En un mundo al que la industria ha querido limarle las uñas, con estrellas de plástico, imitaciones y títeres, él constituyó una de las últimas grandes excepciones.
Y también hay que repetirlo. Uno de los legados más importantes del punk, del que Clash fue trasmisor esencial (y sin duda el mejor grupo de esta época, tanto por su notable discografía como por su actitud y compromiso), se expresa con tres palabras: «¡hazlo tú mismo!».
A principios de los ochenta, las compañías disqueras independientes se multiplicaron y brindaron una oportunidad a nuevos grupos de los que nadie había oído jamás. Productos de una escena alternativa activa y prolífica, Nirvana y Sonic Youth grabaron sus primeros discos en este entorno.
Herederos directos de cierta visión de la música, un buen número de estos grupos rondaron las listas después, como Green Day, Rancid, Offspring, Foo Fighters, NOFX, Pearl Jam, Soundgarden, L7, Pixies…
El movimiento punk no costó casi nada y dio a conocer a la persona inconforme, porque ¿a dónde quería llevar la revuelta primero esbozada por los Pistols y luego fundamentada por Clash? A destituir a la reina Elizabeth y a su régimen que privilegiaba a los ricos.
Fue el regalo que se le deseaba presentar en el año de su Silver Jubilee, sus 25 años de reinado pomposo. Mientras que el joven príncipe Carlos ya era ridiculizado por la prensa, que lo describía ligándose torpemente a sus primeras cortesanas. Por todas partes, los graffiti anunciaban la tónica: «English Civil War”. Crimen de lesa majestad. Nunca se difundió por la radio ni la televisión.
El rock (a través de sus distintas manifestaciones, el punk, en este caso) nunca ha pretendido sostener una verdadera revolución, aunque a menudo exhorta a la insurrección. Como todo arte, no es más que el reflejo, la expresión de una realidad. Un medio. Una voz. Pero ¿acaso en comparación han tenido los líderes políticos alguna vez el poder de cambiar al mundo? ¿De cambiar a la gente? Los punks, como Clash, sí.
VIDEO: The Clash – English Civil Wat (live 1969), YouTube (John Heston)


Por SERGIO MONSALVO C.

El rock se involucró con la Navidad desde los años cincuenta, para celebrar su aparición en tal década y sumarse asimismo a la celebración de tal festividad a nivel mundial. Desde entonces han sido muchos los artistas participantes en esta cadena cultural y festiva, y sus interpretaciones ya forman parte de los listados de millones de personas, en ese sentido.
Así que cuando Eric Clapton anunció que iba a sacar su primer álbum navideño de estudio, los fans se congratularon de que alguien como él (un hito musical histórico) continuara la tradición iniciada en el rock con Elvis Presley. Aparecería en varios formatos y llevaría el nombre de Happy Xmas, bajo su propio sello, Bushbranch Records, y distribuido a través de Surfdog Records.
Happy Xmas fue el álbum de estudio número 24 del guitarrista y el primero de estudio desde “I Still Do” del 2016. En él y mezclan temas clásicos navideños con títulos únicos menos conocidos, así como una nueva canción original “For Love on Christmas Day”.
Como dato adicional habrá que mencionar que el álbum también incluye una versión de “Jingle Bells” dedicada al fallecido artista y DJ Avicii, recién fallecido en Omán, del que Clapton era admirador.
Con referencia al disco, el músico británico explicó que «tenía en mente que estas canciones navideñas se podían hacer con un ligero tinte de blues, y comencé a descubrir cómo tocar las líneas del género entre las voces que llenarían el álbum. Lo aprendí y una de las piezas más identificables del mismo, la que se convirtió en el estilo fundamental, fue ‘Have Yourself a Merry Little Christmas'».
Desde que Bob Dylan lanzó el sorprendentemente tradicional Christmas In The Heart en 2009, la idea de que las grandes estrellas del rock lanzaran álbumes navideños parecía el camino a seguir. “Bob lo hizo y muy bien, así que yo quería participar en ello”, dijo Clapton.
Sin embargo, Eric –que no es ajeno a los caprichos sentimentales– ya había entrado en el mundo de la música navideña años antes que Dylan. “Slowhand”, como se le conoce también, contribuyó cantando y tocando en el concierto A Very Special Christmas Live de 1999, pero no fue hasta la temporada navideña del 2018, y a los 55 años después de carrera, que se decidió a lanzar un disco completo, el cual incluye como portada e ilustraciones interiores los dibujos del propio Clapton.
Musicalmente, Happy Xmas por lo general sigue el modelo post-Unplugged del artista, específicamente con el sonido de sus últimos dos álbumes, entre los que destaca el magnífico I Still Do del 2016, su reunión con el legendario productor Glyn Jones.
Por su parte, Happy Xmas fue producido por el propio Clapton junto a Simon Climie, como coproductor, quien desde hace mucho tiempo (mediados de los 90) se ha dedicado a hacerlo con una mezcla de géneros. Desde el blues puro, el rhythm & blues, con un toque de country, reggae, y probadas de EDM.

Dos canciones que fueron grabadas para A Very Special Christmas Live – el blues de Freddy King, “Christmas Tears” y el clásico frecuentemente versionado de Charles Brown, “Merry Christmas, Baby” – aparecen en Happy Xmas en versiones fieles recién grabadas. Esos dos temas, junto con “Lonesome Christmas” de Lowell Fulson, representan el lado blues puro de Clapton y suenan como si pudieran haber sido grabados durante sus sesiones para el disco From the Cradle.
El guitarrista desempolva un clásico del country, “Christmas in My Hometown”, un éxito de Sonny James y ofrece, además, dos temas de rhythm & blues de Anthony Hamilton; el suave y dulcemente seductor “Home for the Holidays” y el ritmo del rock de “It’s Christmas”.
Los cortes más tradicionales de Happy Xmas se secuencian en torno a las canciones menos conocidas y más contemporáneas, lo que hace que todo el proyecto tenga un sonido fresco. “Silent Night” avanza sobre una suave ola de reggae, mientras que “White Christmas” recibe el característico tratamiento de blues de Slowhand.
Un conmovedor “Away in a Manger” se combina de buena manera con el coro de “Christmas in My Hometown”. También en el departamento del soul, el blues se amplifica con un standard de la compañía Stax de William Bell, «Everyday Will Be Like a Holiday».
El único track original, “For Love on Christmas Day”, recuerda la era de Clapton en que grabó Pilgrim. Profundamente melancólico y trágicamente hermoso, merece convertirse en un clásico.
El caso atípico es el tema navideño por excelencia, “Jingle Bells”, que aquí se vuelve casi irreconocible ya que se le da el tratamiento EDM como tributo al productor y DJ sueco Avicii, quien falleció en abril de 2018.
Clapton había sido fanático durante mucho tiempo de su música electrónica, admiración que se remonta al menos a 1997, cuando aquél y Climie lanzaron el experimento EDM, TDF. En el disco de Clapton su estilo aparece lo suficientemente accesible como para no desentonar con el resto del material.
Uno de los mejores momentos llega al final, cuando el maestro del piano, oriundo de Tulsa (y ex miembro de los héroes del country-rock de Oklahoma, The Tractors), Walt Richmond, guía a Clapton a través de una versión verdaderamente pegadiza de “Have Yourself a Merry Little Christmas”. Momento para tomarse otro rompope.
Happy Xmas es un muy buen álbum navideño, definitivamente lo es, y hay que darle la bienvenida como adición a la incomparable obra de Eric Clapton, así como un eslabón sólido en la cadena del álbum navideño rockero. Una tradición aunada a otra tradición da la que todo rockero se siente parte y agradecido de que exista.

Por SERGIO MONSALVO C.
“FAIRYTALE OF NEW YORK”
EL CANTO DE LOS SUEÑOS ROTOS

Programa Radiofónico de Sergio Monsalvo C.
https://e-radio.edu.mx/Babel-XXI/767-Fairytale-of-New-York-El-canto-de-los-suenos-rotos

Por SERGIO MONSALVO C.

SOÑABA CON EL ROCK
Ulises Clue y yo fuimos a la presentación del libro de Quentin Tarantino (Cinema Speculation), en la librería Atheneum de Spuiplein, en Ámsterdam. A pesar del caos y el gentío pudimos hacerle un par de preguntas al cineasta. La mía consistió en un ejercicio de memoria: ¿Cuál era la escena que más recordaba haber rodado?
Lo pensó un momento y dijo que en 1992, mientras filmaba Reservoir Dogs no dejaba de tararear la canción “Stuck in the Middle with You”, así que la recicló para la escena más referente de su película debut. “Era un tema perfecto para establecer un contrapunto dentro del ambiente dramático, superviolento y con diversas implicaciones, siempre recordaré aquello con esa música, la ansiedad por filmarlo, la gente con la que estaba trabajando y toda la emoción que sentí al hacerlo”, sentenció. Efectivamente, era una cinta que incorporaba muchos temas y estéticas (incluida la musical) que se transformarían en parte del lenguaje cinematográfico.
A través de la larguísima cola que se hizo para la firma de autógrafos, pudimos salir y caminamos con dirección a Dam. Ahí nos encontramos con un pub astroso. Mientras bebíamos nuestra Guinness platicamos acerca de lo que acababa de pasar y de cómo en una situación así Proust volvía a hacerse presente. “Ya oíste la respuesta que dio Tarantino: puro Proust”, le dije, “la exploración emocional y sensorial de la memoria”.
“Proust es un novelista omnipresente en todo autor de la especialidad que sea”, aclaró Ulises. “Aunque en sus comienzos, dudaba de si era un ensayista o un novelista -prosiguió–. En una de sus tantísimas cartas se preguntaba: ‘¿Soy un novelista?’. Sin embargo y pese a tal incertidumbre, poco a poco, en sus caprichosos cuadernos de notas quedó de manifiesto que era un novelista, aunque un novelista de una clase muy especial”, enfatizó.
Eso me hizo pensar en la imagen, en la imaginación colectiva sobre la figura de un personaje como aquél. ¿Cuál es la imagen que tenemos de Proust? ¿La primera impresión que emerge en nuestra mente cuando pensamos en este escritor francés? ¿Quizá la de un tipo remojando una madeleine en una taza de té? ¿La del hombre enfermizo, encamado y envuelto en edredones y sábanas, preso de la doble fiebre del cuerpo y de la escritura, perseguido por la enfermedad y por la histérica ambición de consumar una obra?
“Sí, fue un novelista muy especial, le dije a Ulises, pero también fue un rockero adelantado”, le espeté. Me miró un tanto asombrado y dijo que a Proust se le imaginaba de varias maneras. Como un autor romántico, fatal, decimonónico, “pero definitivamente no me lo puedo imaginar como rockero”, aseveró riendo.
Le recordé que el buen Marcel había escrito algo al respecto diciendo que aun desde el punto de vista de las cosas más insignificantes de la vida, no somos un todo constituido materialmente, idéntico para todo el mundo y de cuyo contenido pueda cualquiera limitarse a tomar constancia como si se tratara de un pliego de cargos o un testamento.
“Nuestra personalidad social –escribió- es una creación del pensamiento de los demás. Incluso ese hecho tan sencillo que llamamos ‘ver a una persona conocida’ es, en parte, un hecho intelectual. Rellenamos la apariencia física de la persona a la que estamos viendo con todas las nociones que poseemos de ella y, en el aspecto global con cuya representación contamos, esas nociones son seguramente las que más lugar ocupan”.
“Efectivamente –dijo Ulises moviendo la cabeza de manera afirmativa–, recuerdo el pasaje de sus cartas, pero aun así no me cabe en la cabeza la idea de un Proust rockero”. “Pero a él sí -le dije-. Se soñó y actuó una vez como tal”.

¿Esa imagen se puede asociar con él? Probablemente sí, al hacerlo con una fotografía, en la que se le ve de joven –aproximadamente 20 años (la foto es de 1891)–, en una postura un tanto inusual: de rodillas, con una sonrisa desafiante y orgullosa, y sostenido en una mano una raqueta de tenis al mismo tiempo que, con la otra, parece pulsarla como si se tratara de una guitarra. Sus amistades solían acabar hartas de sus contorsiones con la raqueta entre punto y punto, entre partido y partido.
En esa simulación radica una nueva imaginería sobre él. Es una acción que en el medio musical se conoce como “air guitar” (una que distingue a los fanáticos de ciertos músicos que, cuando suena alguna de sus tonadas favoritas, imitan al ídolo y su habilidad con el instrumento).
El misterio, claro, de ser esta suposición cierta (aunque en última instancia la veracidad sea lo menos importante), es en qué estaba pensando Proust al ejecutar esta postura rockera. En una de sus obras recobradas, Proust hace mención de unos extraños sueños en los que se imaginaba sobre un escenario, tocando una especie de balalaika electrificada, frente a una vociferante multitud.
Aquí es donde precisamente debe entrar la idea que tenía Proust acerca de la imaginación: «Intentamos hallar en las cosas, que un hecho ha convertido en muy valiosas, el reflejo que proyectó en ellas nuestra alma. La música, me ayudaba a ensimismarme y a descubrir cosas nuevas en mí: esa variedad que había buscado en vano en la vida, en el viaje, cuya nostalgia me hacía sentir no obstante aquella marea sonora”.
Sirva esta imagen y estas ideas también como pretexto para compartir una compilación musical sumamente adecuada para solazarse en la obra del autor. Se trata del álbum Paging Mr. Proust, que en sus temas y en estilo característico del grupo The Jayhawks, esas ondas proustianas reverberan desde la monumental e indefinible, À la recherche du temps perdu (A la búsqueda del tiempo perdido).
Este disco es el noveno álbum de estudio del grupo de alt country, realizado en el 2016. De él ha dicho el compositor principal de la banda, Gary Louris, que tal libro cambió sus vidas. “Este libro nos conmovió tanto que decidimos nombrar nuestro álbum así, con el apellido del autor. Supimos, tras leerlo, que este libro es ampliamente elogiado por su exploración de la naturaleza de la memoria, y por su representación incomparable de la nostalgia (el título de nuestro álbum aspiraba a la evocación; queríamos hacer algo como eso)”.
Desde la primera mitad de los noventa, The Jayhawks habían roto los límites de la escena country alternativa con un rock country que se refería al pasado y trascendía sin esfuerzo la rampante locura retro. Los temas de sus discos se han convertido en clásicos del género. La combinación de guitarras acústicas y rockeras está con ellos completamente al servicio de la armonía de las voces que reflejan influencias. El grupo, con el guitarrista Gary Louris, junto con el bajista Marc Perlman, Tim O’ Regan (batería) y la pianista Karen Grotberg, ofrece un trabajo sólido, como siempre de forma inimitable.
En Paging Mr. Proust el sonido llamativo de The Jayhawks revive, mientras las influencias country son reemplazadas por un enfoque más rockero de raíces y una producción equilibrada. El trabajo de guitarra de Louris se presenta con un toque más nítido.
En tracks como Lost The Summer y The Dust Of Long Dead Stars las guitarras suenan un poco más crudas, y por aquí y allá también se utiliza un sintetizador o un loop de batería, pero eso no obstaculiza de ninguna manera la emoción en una canción como Pretty Roses In Your Hair. El asertivo trabajo de cuerdas y pedales de Louris elimina cualquier edulcoramiento.
Una combinación que, complementada con fragmentos de armónica, órgano y pedal de acero, hace del álbum tributario una experiencia auditiva especialmente placentera para evocar al imaginado Proust, que soñaba con ser rockero.
VIDEO: The Jayhawks – Lovers of the Sun, YouTube (The Jayhawks)

