DIZZY (Y LAS DONCELLAS VEINTEAÑERAS)

Por SERGIO MONSALVO C.

DIZZY (FOTO 1)

 Un compañero de la redacción tuvo a bien darme la mala noticia: murió Dizzy Gillespie. Lo dijo por teléfono mientras me disponía a salir de mi casa. Era el Día de Reyes de un infausto año. Tenía cita con una muchacha de 22 años que decía estar interesada en el libro Por amor al sax, que yo había editado recientemente, y “no había podido encontrarlo en ninguna cochina librería de la ciudad”, dijo.

Supe su edad porque fue lo primero, casi, que me espetó al conocerme. Quizá lo hizo como conjuro defensivo o tal vez para hacer de mi conocimiento ya cierta experiencia. Luego lo averiguaría. El caso es que mientras me dirigía al rendezvous, recordé otro caso semejante.

En aquella ocasión la renuencia marcaba las postreras horas de la tarde. Reticente, la veinteañera argumentaba con perorata larga y espiral en favor de las relaciones duraderas, enmarcadas en el pleno conocimiento del sujeto antes de otorgarle el mínimo de sus favores. “Dejarse llevar por el momento no está bien…”, dijo.

Como el asunto parecía cosa de paciencia –aún se las tenía– decidí relajarme, servirnos un buen trago y poner en el aparato de sonido una música que obrara como contrapunto a su heroica defensa.

Hurgando entre los discos saltó, literalmente, uno de Dizzy Gillespie. Se trataba del grabado en el sello Dial a fines de los años cuarenta, en el cual aparecía el trompetista con su sexteto (Lucky Thompson al sax tenor; Al Haig en el piano; Milton Jackson al vibráfono; Ray Brown en el bajo y Stan Levey en la batería) y que contenía piezas como “I Can’t Get Started” y “What Am I Here For”.

Lo puse a un volumen regular y me senté junto a ella. Continuó hablando con la obvia intención de convencerse de sus débiles estandartes. Transcurrieron algunas piezas sin cambios significativos, hasta que surgió “Round About Midnight”. De repente, en medio del discurso hizo una pausa y el silencio la cubrió suavemente.

Al notar la interrupción volteé a verla, en ese breve lapso cerró los ojos y se abrazó a sí misma por un instante. Tenía la piel de gallina (horrible expresión, pero atinada para describir gráficamente el efecto del escalofrío). Fue un instante que la hizo brillar y hasta creo que estaba más bonita. Las notas de la trompeta la envolvieron por completo.

Abrió de nuevo los ojos, con una luz distinta, y ya no hubo más palabras, sólo generosas dádivas. Divinas dádivas. Seguro el Día de Reyes, al saber la noticia, no pudo más que compadecer a los oídos y corazones que no conocieron a John Birk “Dizzy” Gillespie, ni en algún momento se abandonaron gracias a él.

Mientras platicaba con esta otra veinteañera le pregunté, compungido, si sabía que Dizzy había muerto. “¿Quién es Dizzy?”, preguntó. Pude haberle contestado que era el Rey del Bop (pero es un hecho que hubiera creído que se trataba de algún dueño de hamburgueserías); o que fue candidato a la presidencia de los Estados Unidos; o uno de los puntales de la estética musical de un tiempo glorioso; o el mentor y compañero de Charlie Parker y Miles Davis, entre otros, pero hubiera sido un gasto inútil de saliva.

Fue un jazzista, le dije. “Ah, un jazzista”, dijo con el tono menos entusiasta que encontró. Pensé ponerme en el arrogante papel académico y hablarle de Dizzy como eslabón esencial en la cadena de la evolución del jazz, pero desistí y mejor, ya instalados en la sala de su casa, charlando acerca de su “loca afición por la música” (eso dijo) y de que quería meterse a escribir al respecto en una revista, le pedí que pusiera el cassette que había traía conmigo para venir oyendo en el coche: Soul Mates, y esperé a que apareciera “I’m Thru with You” para ver si las notas del buen Dizzy realizaban otro milagro.

Hoy, pensando en esos aconteceres escucho “Groovin’ High” y sé que es la pieza que Dizzy, Bird y Miles interpretan en su anhelada reunión espiritual en el speakeasy del lugar donde se encuentren. Algunas doncellas de ya fugados  22 años quizá hasta les enciendan una veladora.

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