GARAGE/1

Por SERGIO MONSALVO C.

REMATE

ORIGEN ES DESTINO

La historia del rock son sus mitos. Y los que contiene el del garage son de los más grandes. La presente serie tratará del rock como música y como idea. Vale la pena apuntar que como música no es más sencillo que como idea.

El rock de garage, al igual que la ideología de la que surge, constituye un fenómeno subjetivo. El neófito que visita el Museo de Arte Moderno ve una obra de Jackson Pollock y dice: “Cualquiera podría hacer eso; sólo es un montón de pintura lanzada sobre el lienzo”.

El escucha neófito aborda el rock de garage con la misma actitud: “Cualquiera podría tocar eso. Es sólo un montón de ruido. Notas repetidas una y otra vez”. Sin embargo, la excepción en dicho supuesto radica precisamente en aquello de que “cualquiera podría tocar eso“.

Considérese el caso de Lalo Schifrin, por ejemplo, compositor de Hollywood, el cual una y otra vez intentó producir, durante décadas, una música de rock “adecuada” para acompañar a los motociclistas, los marginales y los outsiders que poblaban los sórdidos departamentos y clubes nocturnos de las películas serie “B”, para las que componía los soundtracks o pistas musicales.

La práctica no hizo competente al señor Schifrin, todo un profesional de la música, en lo que al rock se refiere. Sus intentos de reproducir el sonido de Dick Dale o de Link Wray siempre sonaron mal.

Y si un profesional tan respetado como él fracasó de manera constante en lograr siquiera una semblanza del rock, ¿cuánto crédito le podemos dar al neófito que cree que se puede sacar un track exitoso como el de las 5.6.7.8’s en una sola tarde de ocio?

El rock de garage es la música más disponible de nuestra cultura global —una cultura más homogénea de lo que por lo común se quiere admitir—, pero disponible no es sinónimo de fácil. Aquí cabe apuntar que como idea surge de los veneros del romanticismo filosófico.

Esto quiere decir que Eureka de Edgar Allan Poe y una pieza de los Yeah Yeah Yeah’s forman un producto emergido de la misma fuerza cultural; Los Himnos de la noche de Novalis y los temas de los Riffles, igual.

En el rock de garage, las culturas romántica y popular suscriben el mismo conjunto de conceptos: pasión, energía, actitud, espíritu, y el prurito por excelencia de que “origen es destino”.

El rock de garage se distingue de cualquier otra música a causa de esta ideología compartida que atraviesa todas sus divisiones internas y evoluciones cronológicas —del rhythm and blues al underground-garage de la primera década del siglo XXI, pasando por el proto-punk, el revival, el psycho y el garage punk, entre otros derivados—.

Lo que existe ahora o vaya a existir en el futuro en esta música es inherente a lo ya sucedido desde tiempos consecutivos en aquella mítica cochera familiar, que a falta de otro sitio, se convirtió en EL LUGAR, en la cuna de la creación (de ideas musicales, movimientos, corrientes y géneros) y el desfogue (para reproducir lo oído, hacer cóvers o piezas originales o demos, entre cartones de huevo para aislar el sonido).

Producto del auge económico de la posguerra, del surgimiento de Suburbia y del nacimiento de la cultura automotriz, el garage (que ahora puede ser un sótano, una covacha, una bodega abandonada, etcétera) fue hogar de los anhelos juveniles (para conocer muchachas, divertirse, hacer desmadre) y de sus esperanzas de expresión (emulando a sus ídolos de una forma accesible, con instrumentos baratos o construidos por ellos mismos, con tecnología lo-fi) de manera amateur, fuerte, impetuosa, acelerada, sin saber de música o casi nada, junto a otros congéneres con el objeto manifiesto de eternizar el espíritu que los invadía en ese particular y bullente momento de la vida. Romanticismo puro.

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Como ya apunté, el género que nos ocupa en primera instancia y para siempre será una idea Vaya un parámetro: La pieza “My Way” cantada por Frank Sinatra es una balada pop anticuada, tradicional, integrada a una visión regresiva de la existencia, una especie de Big Crunch en términos cosmológicos, pero Sid Vicious interpretando la misma canción es rock, puro y simple.

La versión de Sinatra es la canción de un viejo cuyo objetivo es aceptar la vida tal y como fue. La de Vicious conforma la denuncia de un joven rebelde acerca de todo lo añejo, autocomplaciente y nostálgico. Las letras, el acompañamiento y los demás criterios objetivos pudieran ser los mismos en ambas versiones en una situación dada, pero una siempre será  rock y la otra nunca.

El sentimentalismo de la balada pop significa evitar la rispidez, lo físico, salvar la difícil travesía del mundo material guiándose cuidadosamente por la razón del “buen gusto” y la dicha esperanzadora. La crudeza apasionada del rock de garage hace caso omiso de ello. Es el aquí, ahora y se acabó (en un siempre omnipresente).

De esta manera el romanticismo decimonónico se prolonga en la cultura de masas de los siglos XX-XXI; y la temática de los Fiery Furnaces o los White Stripes cumple con las profecías de Novalis, el poeta emblemático, al respecto.

El rock y su mitología son profundamente románticos. Le otorgan el mayor mérito a toda desmesura y a las explosiones del genio individual, sobre todo a aquello que refleje el barullo mental y emocional que se transpira siendo de naturaleza airada y víctima circunstancial del mundo circundante.

Y su constante es la necesidad del descubrimiento, de lo dinámico y de lo evolutivo. El papel que sus intérpretes y seguidores le asignan a la música se acerca mucho al de un credo pagano, por cuanto tiene la misión de hacer visible la intuición absoluta y su revelación no acepta más que la libertad creativa absoluta también.

La serie Las Llaves del Garage –que aquí presentodefine la cualidad musical de un rock al que es imposible imitar por parte de quienes no comparten el espíritu del género, y explicará el mundo y pensamiento en el que viven sus hacedores desde su primera manifestación hace varias décadas, un mundo literalmente impensable —que avanza a toda velocidad y en retrospectiva cuidando su precioso arcano contra viento y marea—, para los neófitos que pululan por ahí en gracia de supina ignorancia, autocomplacidos con el mundo circundante.

VIDEO SUGERIDO: garage rock music video 50’s style, YouTube (GENERATOR media)

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REMATE

ARTHUR RIMBAUD

Por SERGIO MONSALVO C.

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 EL ROCK COMO LEGADO ESPIRITUAL

“¿Tuve alguna vez, una juventud herioca,

fabulosa, como para ser escrita

sobre páginas de oro?”

“Mañana”/A.R.

El universo es sostenido por una armonía mágica perceptible para los sintonizados con sus buenas vibraciones, y las buenas vibraciones deben sentirse por instinto. Vivir no significa respirar sino actuar, usar nuestros órganos, nuestros sentidos y facultades, todas las partes de nosotros mismos que nos dan el sentimiento de existencia.

El hombre que más ha vivido no es quien cuenta con el mayor número de años sino aquél que más ha sentido la vida. Arthur Rimbaud fue uno de éstos, porque cada parte de su cuerpo le dolió de tanto deseo de vivir.

Odiaba el sueño de la razón, porque la razón duerme cuando el sentimiento que le inspira vida es atado por las estrechas categorías del intelecto y el orden. La disyunción se volvió entonces su regla dominante.

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De esta manera el yo rimbaudiano se redefinía continuamente, según lo dictaran sus sentimientos e instintos. Por todo ello la poesía de este francés universal (nacido hace más de 150 años) no es tierra para ancianos, ya que busca la juventud perpetua mediante la experiencia dinámica del yo, en la apoteosis de su pureza instintiva.  Su meta es la de abrazar al universo y volverse Dios.

Rimbaud define la juventud no en años sino en emociones. Su poesía nace en el esplendor juvenil y se propone permanecer ahí por siempre. Conserva su plenitud al renacer todos los días (con cada lectura de Le Bateau Ivre, El Barco ebrio, y Une Saison en Enfer, Una temporada en el infierno). La lucha que engendra el cambio es su elixir vital, porque sólo el cambio eterno garantiza la juventud eterna.

Y en eso Rimbaud vibró con la armonía universal: Il faut être absolument moderne (“Hay que ser absolutamente moderno”). Su legado mágico de eterna juventud. El rock es heredero directo del mismo.

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Muchas letras del rock están inundadas por ese lenguaje de la emoción que creó el poeta: necesitar, querer y sentir son los ladrillos con los que se construye su vocabulario abstracto. En este género musical la lógica y la razón se relacionan en todas partes con la pérdida de la juventud y la muerte de la vitalidad:

Cuando era joven la vida me parecía maravillosa,

Un milagro, oh, era hermosa, mágica…

Pero entonces me mandaron para aprender a ser sensato,

Lógico, responsable, práctico,

Y me mostraron un mundo en el que podría ser fiable,

Clínico, intelectual, cínico

 Esto es parte de “The Logical Song”, de Supertramp, una versión del sentir rimbaudiano. Está inmersa en dicho sentir porque la canción rechaza la fuerza trascendente de “la mente filosófica” manejada como remedio contra la depresión adulta. No confía en el intelecto, al cual en este caso equipara al cinismo.

El pensamiento rimbaudiano niega la trascendencia. Enfrenta los problemas de lleno y de manera emocional.  En su mundo la alternativa a la juventud mágica es la vejez cínica; y las dos cosas no se unirán jamás: “Las voces instructivas han sido exiliadas del egoísmo infinito de la adolescencia”.

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Rimbaud describió el futuro paisaje del rock en el poema “Juventud”:

Todas las posibilidades armónicas y arquitecturales se agitarán en torno a ti. Seres perfectos, imprevisibles, se ofrecerán para tus experiencias. A tu alrededor acudirá soñadora la curiosidad de antiguas multitudes. Tus sentidos serán el alimento de tu impulso creador. En cuanto al mundo, cuándo salgas ¿en qué se habrá convertido? En todo caso, nada de las apariencias actuales.

El alimento de esta música no es apto para cualquiera. El rock abrazará por siempre dicha juventud perpetua con la experiencia dinámica del yo rimbaudiano (“Yo, yo soy un bendito”). “Espero morir antes de hacerme viejo”, afirman los Who en su clásico tema “My Generation”.

La poesía del francés maldito y las letras del rock derivan del mismo impulso romántico, dividido en la actualidad entre los paladines refinados del intelecto eterno y los ejecutantes ordinarios de la música sensual.

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En los años sesenta, Marc Bolan de T. Rex creó un estilo de letras idiosincrásico a partir de sus lecturas del poeta de Charleville. Bolan no celebró el orden reinante sobre el cual su emoción rimbaudiana quería elevarse:

Yo, estoico, sereneno, de pie y elevándome

por encima de todos estos muertos, escucharé latir mi corazón

(Rimbaud)

Yo tocaré mi propio gong

Y empezaré ya

(Bolan)

Al no desear cupo para un viaje a la trascendencia, el rockero sabe sacar el máximo provecho de su música sensual y ha promovido con ahínco el mito de su eterna juventud: “Conforme envejecemos dejamos de tener sentido“, afirman los Talking Heads en el álbum Speaking in Tongues. La locura de la juventud es el sentido más divino del rock.

Asimismo y pese a los esfuerzos de las ciencias sociales y exactas por otorgar una objetividad simple al mito juvenil, los hechos son subjetivos y complejos. Los adolescentes que brindaron a Elvis Presley su primera e histérica recepción en los años cincuenta ahora tienen más de 70 de edad. Y, según estadísticas, no han abandonado al género en masa en favor de Beethoven o de Justin Bieber.

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Son aquellos que, como ejemplo, componen el desfile de devotos que a diario recorre Graceland, el mausoleo de Presley en Memphis. En las páginas de los periódicos o revistas consumen pequeños datos sin fin acerca del estado del hígado del “rey” cuando se le hizo la autopsia o de alguna nueva “aparición” de su parte. Compran por teléfono o e-mail los CD’s nostálgicos anunciados en la televisión.

Dentro de 10 años, los punks ya encanecidos pedirán la grabación de Remember the Sex Pistols hecha por Telcel o Telemarketing. Ello indica una cosa: el auditorio del rock —género que ha entrado a su séptima década— no desaparece en cuanto sus miembros rebasan la pubertad, la adolescencia o la juventud oficiales. No.

Por otro lado, sus estrellas tampoco son inmunes al envejecimiento.  Los Rolling Stones, Pink Floyd o los Beach Boys llevan más de 50 años presentándose. Se arrugan al igual que todos los demás —el caso extremo y ejemplar de Keith Richards lo dice todo—. Es decir, sus públicos no rechazan el envejecimiento, siempre y cuando se preserve el mito de la juventud en él.

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En la mitología griega Cadmus y Teiresias asistían a las parrandas dionisiacas aunque estuvieran debilitados por el paso del tiempo. La estrella contemporánea de la escena musical sólo tiene que aplacar a las deidades de la juventud para seguir rocanroleando. Mick Jagger a los 70 años, y con los pantalones pegados de un adolescente en busca de sexo, no resulta más extraño que un Cadmus vestido con pieles de cervato y logra la misma satisfacción ritual.

Las figuras del rock y su auditorio no desaparecen con los años. No obstante, en la mayoría los gustos se vuelven fijos y quizá decaigan en el sentimentalismo. Pocos de los admiradores originales de Elvis poseen la flexibilidad emocional suficiente para apreciar a The Strokes o Marilyn Manson, pero siguen escuchando “Heartbreak Hotel”.

En general, el rock se caracteriza por una nostalgia inherente que detiene a los fans en la música de su juventud. Fenómeno bien demostrado por un sinnúmero de películas como American Graffiti o Grease, diseñadas para atraer a quienes crecieron en los cincuenta y sesenta.  Dichas cintas arrullan a su auditorio con la ilusión eufórica de la perpetua adolescencia, inundándolo con la música de aquella época.

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Otra muestra de esto fue la celebración masiva en la Unión Americana —a principios del 2004— por los 40 años de la llegada del Cuarteto de Liverpool a los Estados Unidos y su presentación en la TV de aquel país (en febrero de 1964) con infinidad de tributos.

Entre los festejos figuró el lanzamiento de un disco digital con las cuatro presentaciones del grupo en el famoso programa de Ed Sullivan, que incluyó once temas de otros conciertos, así como retrospectivas de la Galería Smithsoniana, el Instituto Estadounidense de Cinematografía y el Museo de la Radio y la Televisión.

Los eventos incluyeron la exhibición de la película A Hard Day’s Night en el prestigioso Lincoln Center de Manhattan. “La década de los sesenta comenzó cuando los Beatles llegaron a la tierra del Tío Sam”, dijo algún exaltado historiador, al respecto.

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Los hechos lo indican: que el pasado no está muerto, ni siquiera es pasado, y nunca termina de pasar y además se mezcla, convive y compite con el presente en diversas manifestaciones. En realidad nadie quiere que se vaya. Siempre es evocado en todos los ámbitos de la época, a veces de manera flagrante, otras de forma encubierta.

En octubre del 2017 (del viernes 7 al domingo 9) se llevó  a cabo el Desert Trip Concert, en Indio, California. El cual tuvo el cartel único e histórico de Los Rolling Stones, Bob Dylan, Paul McCartney, Neil Young, Roger Waters, y The Who, juntos por primera vez, en un festival que duró esos tres días, con asistencia internacional masiva, a pesar del costo y la lejana ubicación desértica.

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El rock tiene poco qué ver con los hechos objetivos del tiempo y la edad; y todo con los reinos míticos de la juventud imaginaria, los cuales se encuentran abiertos a los adolescentes de todas las edades. La veneración por aquellos reinos tiene sus raíces en el romanticismo.

La dicha fue estar vivo aquel amanecer,

Pero ser joven era el paraíso mismo.

Eso escribió William Wordsworth durante la adolescencia de la era romántica, cuando los héroes del arte a menudo eran encarnaciones de la propia juventud, tal como lo indican los nombres de personajes literarios como Childe Harold y el joven Werther. Para el héroe romántico, la edad avanzada significa una caída de la gracia, una enfermedad aborrecible.

El romanticismo de Wordsworth, por ejemplo, venera la infancia y la juventud: el “tiempo tempestuoso” de la “comunión subconsciente con la belleza”, según su “Immortality Ode”. Los textos de este poeta presentan el perfil de una fuerza liberada en equilibrio y la más perfecta, según la primera generación romántica.

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Su pensamiento empieza por aceptar tal fuerza como divina, la cual a través de etapas de discriminación sucesiva avanza hasta una visión contemplativa del yo que hay detrás de la diversidad de experiencias.

Esta “maquinaria” espiritual posee el atractivo adicional de ser activa.  Su poesía no es un mero adorno o divertimento, sino una tecnología funcional del alma pensada para ser puesta en práctica.

De esta manera, el escritor inglés fascinó tanto a los pragmáticos como a los idealistas de la nueva era. Entre sus seguidores figuraron personajes tan distintos entre sí como John Stuart Mill, John Ruskin o Arthur Rimbaud.

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Hay suficiente amor a la acción en Wordsworth para hacer de él un auténtico revolucionario romántico. Su poesía trazó el camino medio para toda una generación dedicada a equilibrar las exigencias de lo viejo y lo nuevo. Un manifiesto que exalta las pasiones comunes de hombres ordinarios.

El rock tomó de la versión wordsworthiana del romanticismo la celebración de la infancia, y de Rimbaud la de la juventud, aunque este último rechaza la tecnología espiritual del primero porque por medio de ella la juventud debe ser refinada hasta adquirir una belleza trascendente.

Si la juventud y lo común de la vida son la materia prima de todo vigor y bondad —sintetiza el rockero—, el chiste es no abandonarlos nunca.

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El cantautor John “Cougar” Mellencamp expresa tal concepto de manera sucinta en el tema “Jack and Diane”: “Aférrate a los 16 lo más que puedas”. Para él, lo mismo que para Rimbaud, la edad adulta significa privarse de la emoción de vivir.

Por eso el rock define a la juventud —al igual que el poeta galo—no en años sino en emociones, de modo que incluso un setentón como Steven Tyler seguirá siendo joven mientras persevere en la vitalidad emocional de la música de Aerosmith.

El rock nace en el esplendor juvenil y se propone permanecer ahí, por la misma razón que la poesía rimbaudiana. El yo, en ambos, es el límite y la medida del universo infinito. En tal mundo se conoce al universo, en primera instancia y siempre, por medio del sentir y los instintos. Ambos, también, son más intensos en la juventud. Es cuando más se  acerca el hombre a ser Dios y besa al firmamento (Hendrix así lo constató y ahí permanece).

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La obsesión del género con tal pensamiento corresponde sólo por casualidad a un fenómeno sociológico acerca de dicha edad en las sociedades posindustriales. Porque básicamente, se trata de un convencionalismo romántico, uno de sus pilares fundamentales:

Me paseé solo por una zona contaminada por la radioactividad

y salí con el alma intacta…

Oooh, creciendo.

Era el chico cósmico perfectamente disfrazado

Afirma Bruce Springsteen en la canción “Growing Up”. Las letras por medio de las cuales el rock expresa su angustia adolescente, tratan acerca de la conservación de la energía juvenil que aísla al alma de ser contaminada por el mundo.

Los músicos que escriben estas piezas y los públicos que las consumen rebasan los límites oficiales de tal edad y no obstante se siguen vendiendo los discos y los tracks. Las canciones son escuchadas por gente de 12 a 80 años de edad o más, y los críticos de rock, ya también entrados en años, se ganan la vida discurriendo seriamente acerca de ellas en las columnas de los periódicos y revistas u on line, porque en la era del rock la gente quiere perseverar en su juventud cósmica, sin importar cuál sea su edad cronológica.

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Estas canciones no hablan del tiempo medido por el calendario sino de la vitalidad emocional, equiparada con la vida misma. Cuando esta idea rimbaudiana coincide con los hechos de la pubertad moderna e hipermoderna, el resultado se parece mucho a la posesión religiosa al converger las hormonas y la ideología sobre el mismo territorio emocional. A final de cuentas la excitación del rockero es producida más por una imaginería romántica que por un hecho social o biológico.

Un escritor como Oscar Wilde comprendió a la perfección que el romanticismo vino a redefinir la juventud, convirtiéndola en sinónimo de lo que en una época anterior se hubiese llamado “espíritu”: “La tragedia de la vejez no es que uno sea viejo, sino continuar sintiéndose joven“, declara lord Henry en El retrato de Dorian Gray. Wilde se hace eco de la idea rimbaudiana al respecto (Chuck Berry, uno de los padres fundacionales del género, terminó de grabar su último disco unos días antes de morir a los 90 años de edad).

El Gran Maldito de la poesía francesa presentó la edad como estado del espíritu y no como una etapa en el tiempo. La generación del rock está constituida por coetáneos espirituales y no cronológicos, por ello la “generación” de los Who incluye hoy también a rocanroleros 40 o 50 años más jóvenes que los integrantes del grupo. El rock simplemente ha democratizado la obsesión romántica con la juventud.

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Tal democratización no radica sólo en el auditorio de masas alcanzado por sus convencionalismos ni en la ruidosa presentación que hace de sus inquietudes sublimes. En tal música, las grandes cuestiones que el gusto refinado ha convertido en objeto de deliberaciones conscientes y dolorosas son tratadas con abandono instintivo y regocijado, con espontaneidad temeraria.

Por naturaleza propia, el rock es incapaz de lograr un acabado lírico formal y académico (el Premio Nobel otorgado a Bob Dylan en el 2016 abrió un horizonte nuevo al concepto literario), pues todo ello requiere la imposición de un orden trascendente en el material del sentimiento. De esta manera, su esencia —legado rimbaudiano— subordina la razón a la emoción, niega la trascendencia y exalta la juventud perpetua.

Todos los rocanroleros, sin importar sus edades, son unos “bastardos de la juventud”. Niegan la trascendencia, equiparan “la mente filosófica” a la muerte del espíritu y buscan la apoteosis del yo en la pureza del instinto.

Hoy, los jóvenes iracundos que interpretan estilos como el indie o alternativo, el neo garage o el punk industrial (vueltas de tuerca del Good Old Rock and Roll) reafirman con sus canciones aquella leyenda: “Rimbaud es nosotros”.

[VIDEO SUGERIDO: Hector Zazou – YouTu, YouTube (fidalerebbec)]