LOS EVANGELISTAS: COURTNEY BARNETT

Por SERGIO MONSALVO C.

 

 

CONSENTIR LA ESENCIA

 

Este espacio quise dedicarlo al que considero el mejor disco de rock del 2018, una vez pasadas las efervescencias y el bullicio provocado por el exitismo mainstream. No es necesariamente uno que aparezca en las listas de popularidad, pero desde mi punto de vista contiene los elementos básicos para erigirse en tal, dadas sus cualidades en varios sentidos y de manera principal en uno: es un auténtico disco de rock and roll. Se titula Tell Me How You Really Feel y está firmado por Courtney Barnett.

 

El rock & roll auténtico posee dos características fundamentales en su razón de ser: la intuición y la actitud. La primera busca la libertad (física, mental, identitaria); la segunda, la manera y el ánimo para conseguirla y vivirla. En su lírica ambas han estado desde el comienzo en sus letras, en sus cantos y en la vibrante electricidad trasmitida a través de su instrumento primordial: la guitarra. Sin tales características no hay rock ni rockero/a. Así ha sido desde el comienzo del tiempo: hace casi siete décadas.

 

Vayamos por partes. “Actitud” es una palabra que proviene del latín “Actitudo”. Se le define como una capacidad propia del ser humano, con la cual enfrenta al mundo y a las circunstancias que se le pueden presentar en la vida. La actitud de una persona frente a la realidad y sus vericuetos señala la diferencia con respecto a su carácter individual. Lo mismo se puede decir de una colectividad cuando lo hace, cuando la ejecuta en representación del objeto de su unión.

 

La actitud en la comunidad rockera, después de 70 años de ser una referencia tanto estética como cultural y musical, mantiene intacta su capacidad de respuesta, de sus formas y de su estilo. Es su marca genérica. Más allá del fenómeno netamente sonoro, el concepto todo es la consecuencia de mantener el propio camino, el de los fundamentos por encima de las modas; la fidelidad a las esencias y a los principios. Es la manera de enfrentar los cambios y las veleidades y sostener la rebeldía primaria.

 

En su andanza hay la independencia y sus alternativas y también, por qué no, algo de arrogancia. Ello ayuda a estar por encima de conveniencias corporativas, industriales y sus formalidades y, por supuesto, alimentado con una fuerte carga poética, de marginalidad, de juventud datada en emociones, de puro romanticismo. Porque de esa fuente bebió en el principio y de esa fuente sigue bebiendo y refrescando su sangre y oxigenando su espíritu. Courtney Barnett es producto de todo ello.

 

Si “el rock and roll llegó para quedarse y no morirá jamás”, como cantaron Danny Rapp y los Juniors en 1959, deseosos de crear algo parecido a un llamado a cerrar filas, a un himno para la primera generación, y aunque no se erigiera en tal himno, a esa canción (“Rock & Roll Is Here To Stay”), dentro de su candidez, se le puede denominar como una verdadera declaración de fe, producto de una era caracterizada en igual medida tanto por su inocencia como por su ardor.

 

Treinta años después, como dijera Bruce Springsteen –el Jefe, el abanderado– al respecto: “El rock and roll nunca fue ni ha sido un hobby para mí, sino una fuerte y potente razón para vivir, en todas las épocas”. En Springsteen, como en las personas que moldean la postura de un conglomerado, como adalides que son, es sabido que la música escuchada de niño, de adolescente, influye en sus motivaciones personales. Él creció con una cultura determinada por la socialización del rock, en ella ha fundamentado su accionar artístico y la actitud con la que enfrenta al mundo.

 

 

Otras tres décadas después, dicha socialización (ya globalizada) y dicha actitud (también) es asumida por Courtney Barnett, una rockera de las antípodas, una australiana nacida en Sidney en 1987, que ha pasado por Tasmania (donde estudió Fotografía Artística en la universidad) y recalado en Melbourne (como veinteañera) para de ahí mostrar al mundo sus temas, su personalidad y su rock and roll. El cual ha heredado de sus escuchas señeras: Jimi Hendrix, Deep Purple o Nirvana.

 

Una escucha por demás sorprendente y con los buenos oficios de su intuición. Su primera década de vida fue de ballet, jugar al tenis y del aprendizaje de la guitarra, para rematarla.  Las canciones comenzaron a fluir a los doce años de edad, y abrevaban en el sonido de aquellos nombres y grupos para apoyar unas letras inspiradas en los libros que leía: literatura francesa, estadounidense y alemana. A las que unió el hilo conductor del romanticismo (Stendhal, Poe, Novalis, et al).

 

Su carrera musical está, obviamente, apegada a las raíces del género. De noche pasó su aprendizaje por grupos de garage, bandas psicodélicas y rock alternativo. De día por la de trabajos efímeros, pero forjadores del carácter (dependienta de una zapatería, camarera en un bar de carretera, en el cual subía al escenario, junto a sus compañeros, para transformarse en rockera). Su entusiasmo por la música la llevó a fundar, vía sus ahorros, un sello independiente (Milk! Records) en el cual editaría sus primeros EP’s.

 

 

Tales muestras la dieron a conocer, primero localmente, y luego, a través de Internet con el videoclip del tema “Avant Gardner”. Hizo una pequeña gira por los países anglosajones, donde enamoró a concurrencias ya muy curtidas, y la buena acogida a sus manifiestos musicales la llevó a armar su disco debut, Sometimes I Sit and Think, and Sometimes I Just Sit (2015). Un lema que le hubiera encantado al propio Zappa y más aún, sabiendo que lo había extraído de un cuarto de baño. Lo ganó todo con él.

 

Filosofía de a pie, existencial (graciosa, cruel –a veces- e inteligente), para dar paso a historias comunes y corrientes, cotidianas, el flujo de la vida con “el tipo de reflexiones que a la mayoría de los compositores del pop nunca se les ocurriría examinar en el curso de una canción de tres minutos. De alguna manera ella convierte lo común en algo maravilloso”, escribieron en la reseña del periódico Boston Globe, a lo que yo agregaría que incluso lo hace con las crisis.

 

VIDEO: Courtney Barnett – Nameless, Faceless, YouTube (milkrecordsmelbourne)

 

Este primer disco es un artefacto pleno de garra. Con un rock rebosante de  carácter que, sin lugar a dudas, ubica sus cimientes en la médula poética del rock urbano que tiene a Patti Smith como su piedra de toque y faro referencial, el ríspido magnetismo de Chrissie Hynde  o la conciencia de las mil batallas peleadas al modo de Lucinda Williams. Es decir, busca su inherente razón de ser en lo aprendido por y de la propia genética del género.

 

La de Courtney es una voz que llega al oído, al corazón y a las demás vísceras, con verdadera fuerza, la que produce con un power trio como el suyo. Rebasando con ello las limitantes del rock indie, con las cualidades de una verdadera rockera de raíces, y con el talento para sonar con ligereza de ser necesario. Sus canciones (Pedestrian at best, Depreston, An Illustration of Loneliness) son auténticos manifiestos de fe. Porque como lo expresara alguna vez Lou Reed: “El rock and roll es un lugar increíble para poner todo tipo de cuestiones”.

 

Y con su segundo álbum, Tell Me How You Really Feel (2018), al que he nominado subjetivamente como mejor disco de rock del año, Courtney Barnett entra definitivamente en ese amplio y reivindicable grupo de rockeros nuevecitos, autores de gran calidad de última generación como lo son los Strypes, Django Django, Ty Segall o The Savages.

 

Porque con canciones como “City Looks Pretty”, “Charity”, “Need a Little Time” o con el puño levantado de “I’m Not Your Mother, I’m Not Your Bitch”, se descubre una verdad pura: que en cada uno de sus discos del presente se puede ver y escuchar la actitud primigenia, así como la construcción de su pasado, pero también la de su futuro y la del género mismo.

 

VIDEO: Courtney Barnett – City Looks Pretty, YouTube (milkrecordsmelbourne)

 

 

 

 

 

ELLAZZ(.WORLD): AGNES OBEL

Por SERGIO MONSALVO C.

 

 

Entre todo el maremágnum sanitario, económico, social, cultural, etcétera, que produjo el Corona virus en el 2020, quedó inmerso como acontecimiento musical importante el álbum Myopia, de la compositora, pianista y cantante Agnes Obel. Sublime ejemplo de lo que en esta época significa el avant-garde.

 

El avant-garde es ese subgénero que reúne las obras, los talentos y capacidades más exquisitas y sofisticadas de los hacedores musicales insertados, invitados o huéspedes permanentes de la cultura rockera en plena expansión artística.

 

A ella se le ha catalogado dentro de diversos rubros del mismo: indie, nu-folk y barroco. Y sí, en todos ellos tiene cabida.

 

No obstante, todo ello queda sintetizado en el art-rock que ofrece de manera generosa en su nueva obra (con anteriores muestras como Philarmonics, Aventine y Citizen of Glass, aparecidas a lo largo de la década que finaliza).

 

Myopia es un disco donde Obel se convierte en alquimista del sonido (con  pianos, violonchelos, violines y xilófonos), experimenta en la manipulación del instrumento coral (utiliza octavadores que convierten en abiertamente más graves o agudas las voces) o crea diversas texturas emparejadas con el clasicismo contemporáneo que late bajo sus piezas. Una maravilla sonora.

 

 

La gama de la cultura musical que nos ha tocado vivir en las primeras décadas del siglo XXI, va de lo unidimensional, tradicionalista y conservador (retro, revival, vintage), con lo mucho importante que ello conlleva de rescate, evocación y referencia hasta el otro extremo en donde está el avant-garde y sucedáneos (en distintos campos) con la vista al frente.

 

El avant-garde (con todos los neos que sean necesarios, lo progresivo, lo mix y el art-rock, que ya entra en su sexta década de existencia y evolución).

 

Un camino que no sabe de paradas o descansos. Que intuye que cuando una veta ya se ha agotado por el uso y desgaste hay que cuestionarse: ¿Y ahora, qué? ¿Hacia dónde? ¿Con qué materiales? ¿Bajo qué estética?

 

El vanguardismo al que me refiero es aquél que sabe que la cultura del rock es como un gran pastel en el que la música sólo es una de sus rebanadas, y el resto conformará el todo el tinglado artístico relacionado con ella: literatura, cine, pintura, teatro, arquitectura, danza, performance, al igual que los enlaces con las humanidades, las ciencias sociales y las exactas.

 

La interpretación que cada artista haga de tal vanguardismo dependerá de su grado de preparación, de sus conocimientos, de su mística, de su capacidad analítica y la aplicación que haga de ello en la experimentación musical interdisciplinaria. En esta ruta está inscrita la obra de Agnes Obel, una intérprete de tal veta.

 

VIDEO: Agnes Orbel – Camera’s Rolling (Official Video), YouTube (Agnes Orbel)

 

 

 

 

PRIMERA Y REVERSA: ALICE RUSSELL

Por SERGIO MONSALVO C.

 

CORAZÓN LLENO DE ALMA

Los ingleses lo han vuelto a hacer y en grande, como siempre. Con una especie de tirabuzón histórico los británicos han retomado una y otra vez las músicas desechadas u olvidadas que los estadounidenses suelen relegar en los áticos o sótanos de su música popular.

 

Revisitan dichas músicas y les dan la vuelta de tuerca justa para canalizar y desarrollar nuevas corrientes, movimientos y hasta géneros. La primera de estas manifestaciones se dio en los años sesenta con el rock and roll, el surf y los girly groups. En la Gran Bretaña los jóvenes los retomaron y crearon el Merseysound y el Londonbeat generando la Ola Inglesa.

 

En los setenta, grupos como MC5, New York Dolls y Ramones sufrían la penuria y el desprecio en la Tierra del Tío Sam, que los hacía desaparecer, los ridiculizaba y los remitía a los agujeros más recónditos. Sin embargo, cuando los oriundos de Albión los escucharon, reconocieron su valía y los convirtieron en legado definitivo para su propia interpretación del punk (Sex Pistols, Clash, etcétera), misma que lo convertiría en un género histórico de influencia incalculable.

 

Lo mismo sucedió con el house y el hip hop primarios, que serían transformados en acid jazz y trip-hop en las islas británicas durante la década de los noventa.

 

En el nuevo siglo ha sucedido algo semejante, pero con un género antiguo y tradicional: el soul. Una vertiente de la música afroamericana que tuvo entre sus iniciadores a Ray Charles, James Brown y Sam Cooke, así como entre ellas, a Aretha Franklin, Mable John y Carla Thomas, por mencionar algunos nombres.

 

Este gran cauce artístico se fue diluyendo con la imposición de la música Disco y el posterior contubernio de la industria con la radio y los productores (que inventaron los términos “neo soul”, “urban” y “R&B contemporáneo” para satisfacer sus necesidades de dinero, rating y popularidad) quedó en débil acequia.

 

Y mientras en la Unión Americana Solomon Burke, Sam Moore, James Hunter, Betty LaVette o Sharon Jones sobrevivían apenas en tugurios y clubes ínfimos, en Inglaterra sus intérpretes nuevamente retomaron al género, le sacaron brillo, dinamitaron los diques y la enorme corriente volvió a fluir para sonrojo de los escuchas estadounidenses, quienes descubrieron en sus estrellas (Whitney Houston, Janet Jackson, Mariah Carey, et al) la falta de nervio, de pasión, de riesgo, de pulsión sexual, de vida finalmente. Y conocieron entonces los nombres de quienes sí les daban a probar todo ello.

 

Con la reciente invasión británica llegaron cargadas de soul mujeres jóvenes, no negras, impetuosas y con un rico bagaje de influencias, pero sobre todo con la verosimilitud que requiere la interpretación de un género semejante: Joss Stone, Amy Winehouse, Duffy, Adele y Alice Russell. La primera con una voz fresca, sensual, gruesa y con amplitud de la gama estilística. Duffy es el soul clásico, pero sin nostalgia. Adele, por su parte destacó con la desnudez de sus arreglos y las baladas melancólicas. La Winehouse fue un fenómeno que vibró al son de sus particulares infiernos y desgracias.

 

 

Alice Russell, a su vez, es una excepcional compositora y cantante que en cada interpretación hace alarde de una garganta privilegiada y arrollador poderío. Es tan excéntrica (prefiere los públicos minoritarios, tiene una formación musical en coros y orquestas y gusta de la independencia, por lo que creó su propio sello discográfico Little Poppet) como hiperactiva (ha sido parte de grupos como Bah Samba, la Quantic Soul Orchestra, Kushti, Dublex Inc., The Bamboos y Natural Self, entre otros). Y tras más de una década de foguearse en el circuito de clubes británico y europeo decidió lanzarse como solista en el año 2004.

 

Musicalmente se le puede comparar con Aretha Franklin por el timbre de voz; sin embargo, ella se siente más afín con Jill Scott, y sus registros le permiten moverse con soltura lo mismo en el soul que en el jazz, el blues o el gospel.

 

En ella se reúnen el Motown, Stax, el dance, el acid jazz, la electrónica, el downtempo, el funk, el r&b y el carisma que distingue a las souleras de cepa. Alice recoge toda la herencia, sin nostalgia, y la hace suya con unas letras que rebosan cotidianidad, estampas de abandono o melancolía, guiños al sexo y a la vida mundana sin tapujos. Y a pesar de todo ello era la menos conocida de todas.

 

Alice Russell tiene en su haber EP’s, con recopilaciones de tracks donde ha colaborado con otros artistas y dos álbumes: My Favourite  Letters y Pot of Gold, donde muestra el abanico trepidante de sus capacidades con viveza y frescura.

 

Eso sí, sus versiones de “Seven Nations Army” (de los White Stripes) y “Crazy” (de Gnarls Barkley) definitivamente han hecho cambiar su status minoritario. Posee la energía para fluctuar entre la tradición y la modernidad sin menoscabo alguno. Es el soul eterno, cantado por un corazón lleno de alma, con carta de identidad contemporánea y legítimo certificado de autenticidad.

 

Con el siglo, pues, nació un estilo musical que recoge el soul clásico y lo pone una vez más en la palestra con nuevos tonos y significados. Hoy por hoy es en Inglaterra donde surgen las mejores exponentes de dicho sonido.

 

VIDEO: Alice Russell – Crazy, YouTube (Alice Russell)

 

 

 

 

ELLAZZ (.WORLD): SHARON VAN ETTEN

Por SERGIO MONSALVO C.

 

 

EN EL ESPEJO DE LA INTENSIDAD

 

El rock desde su nacimiento fue no sólo música sino una cultura que comenzó su andar al mismo tiempo. Actualmente, en el conglomerado de prácticas sonoras que actualmente se hace llamar rock y que forman parte de ese gran pastel cultural, existe una música que no encuentra acomodo más que en los intersticios entre géneros. No es afecta a la luminosidad de los reflectores ni a la masividad. Prefiere la intimidad y echa mano de la mezcla de raíces para expresarse.

 

Uno de ellos es el folk-rock o indie rock (según intención u orquestaciones), un movimiento que si bien se fundamenta en las tradiciones del folk dylaniano busca la relación de éste con otros estilos como el rock puro, el rockabilly, el bluegrass, el country blues y otros formatos alternativos o indie. Tal música obtuvo su lugar en la geografía musical desde la aparición de un grupo llamado Uncle Tupelo.

 

De aquella raíz han aparecido una serie de rizomas tan variopintos como ambivalentes. Separado el grano de la paja, surgió en el 2007 una artista que desde sus inicios ha interpretado un material deslumbrante. Se trata de Sharon Van Etten, cantautora surgida de ese granero inacabable de música que es New Jersey, en los Estados Unidos.

 

Ella hizo resurgir desde sus comienzos la tradición norteamericana de la roots music (de Canadá a la Unión Americana), reformada y puesta al día. Los álbumes de la Etten, desde su debut, son tan sorprendentes en su composición, como novedosos y plenos de experimentación álbumes destacados por sus aportaciones y valores intrínsecos.

 

Van Etten, esculpe con arcilla y estilo propios los modos legendarios del folk moderno para crear su propio espacio dentro de él. El suyo es un punto y aparte hacia otra dimensión, y a ese espacio reconocible le ha seguido tanto la maduración personal como la evolución artística, terreno donde mezcla con talento y personalidad el mejor indie derivado del folk-rock, el más urbano y contemporáneo, el rock de raíces y la experimentación del Alt más sensible. El resultado: canciones que palpitan fuerte cada vez que alguien las escucha.

 

Esta cantautora es oriunda de Belleville, New Jersey, donde nació el 26 de febrero de 1981. En dicho lugar se crió y creció, asimilando todas las corrientes musicales surgidas y practicadas de la zona (doo-wop, rhythm & blues, jersey sound, bluegrass, rock…). En su adolescencia cursó sus estudios en el instituto North Hunterdon, antes de mudarse a Tennessee para continuar una carrera académica en la Middle Tennessee State University, lugar donde paralelamente pudo ejercer sus conocimientos musicales y entrar en contacto con otra variedad de géneros.

 

 

Sharon Van Etten, que durante la niñez había sido integrante de un coro, comenzó en esta época a presentarse en público (acompañada con la guitarra) las canciones que había compuesto durante su etapa en tal instituto. A la postre volvió a New Jersey para intentar abrirse camino ahí.  Fue cuando la escuchó Kyp Malone, integrante de TV on the Radio, quien la animó a dedicarse en serio a la música.

 

Hacia fines de la primera década del siglo XXI lanzó Because I Was in Love, álbum que significó su debut oficial, obra espartana en la que aparecen poco más de una decena de temas confesionales acompañándose de una orquestación minimal (con la guitarra. como principal instrumento), dentro del marco de una lógica primeriza para una recién llegada al ámbito discográfico.

 

A mediados del 2009 fue invitada a participar en el soundtrack de la película Woman´s Prison, en el que colaboró con la canción «Coming Home». Acto seguido lo hizo igualmente con la pieza «Thirteen» (en la parte vocal), en el álbum Hospice del grupo The Antlers, que resultó muy aclamado por la crítica. Todas estas actividades fueron producto de la admiración que ejercía dentro de un gran círculo de amistades en el que ya se movía dentro del medio.

 

Al año siguiente, Van Etten publicó su segundo disco, Epic, con un sonido ampliado, menos tímido que el anterior, y con más instrumentaciones. El hecho significó un paso adelante que fue bien reseñado por la crítica especializada y el cual solidificó su imagen en los ámbitos independientes.

 

Con la entrada a la segunda década del siglo la cercana relación de Van Etten con el grupo The National se consolidó de varias maneras. Primero con su colaboración en la parte vocal en la canción “Think You Can Wait”, que sirvió para la banda sonora de la cinta Win Win. Asimismo, con su aparición como abridora del mismo en numerosos conciertos de aquel año, tanto en suelo europeo como estadounidense.

 

VIDEO: Sharon Van Etten – Seventeen, YouTube (Sharon Van Etten)

 

Tras la gira, la relación con el grupo se extendió y fue sustancial en la grabación de su tercer disco de estudio, Tramp (que entró en las listas del Billboard), el cual fue​ producido y grabado por Aaron Dessner, guitarrista y compositor de The National. En él participaron Bryce Dessner (hermano de Aaron y también miembro de The National), Matt Barrick (de The Walkmen), Zach Condon (de Beirut), Jenn Wasner (de Wye Oak), y el propio Aaron.

 

Durante el lustro siguiente las actividades de Van Etten se incrementaron, lo mismo en la música, donde participó en el tributo que le rindió John Cale a Nico, A Life Along the Borderline, en la Brooklyn Academy of Music de Nueva York, y como abridora en los conciertos de Nick Cave durante su gira del 2013. De igual manera, comenzó una carrera de actriz en la serie The OA, en la que también interpreta el tema “I Wish I Knew”. En el mismo ámbito lo hace también con la pieza “Tarifa”, que aparece en la tercera temporada de Twin Peaks.

A pesar de tanta actividad, Van Etten nunca dejó de componer canciones, tantas que sirvieron para la hechura del que sería su siguiente álbum, Remind Me Tomorrow, del 2019, que marcó un avance significativo en lo personal y en lo artístico.

Al poner mayor énfasis en lo íntimo e introspectivo, en momentos realmente sublimes, esta cantautora se erige con tal álbum en una especie de oráculo del desamor o, mejor aún, en la soberana contemporánea de la experiencia en la ruptura, sin echar mano de la fácil pornografía sentimental de la que hacen uso las vedettes del pop. En ello hay visceralidad, por supuesto; oscuridad, como marca de la casa, y una exploración profunda de las emociones en tiempos de desencanto.

Por lo mismo, una guitarra sola (su instrumento primigenio) no era suficiente para desplegar todos los ángulos necesarios. Tampoco el estilo minimalista. Se requería, cómo no, del barroco. Llevar más allá lo que ya había intentado en Are We There? (2014) con más cuerdas y otros instrumentos. En Remind Me Tomorrow hay la conciencia de un estado anímico existencial (a la que se ha llegado por maduración personal) al cual hay que alumbrarle los matices y sus densidades. Para ello se necesitó la electricidad, y Van Etten la usó sin miedo ni timideces, pero a su aire y con la colaboración de John Congleton, en todo el conglomerado de instrumental tecnológico.

De tal complicidad salieron emotivas explosiones de diversa gradación y ambientaciones, con títulos como “No One’s Easy To Love”, “Memorial Day, “Malibu”, “I Told You Everything” o las ya mencionadasSeventeenyComeback Kid. Es decir, Sharon Van Etten se ha redimensionado artísticamente. Conoce sus demonios y los enfrenta para que no la reduzcan. No lo hace de manera histérica, sino con pasión, intensamente, con apego a sí misma, con sus propias historias, para obtener resultados que se complementen con su vida, con su música, con su universo, finalmente, al igual que todo eso se prolonga en We’ve Been Going About This All Wrong (del 2022). Grandes discos.

 

VIDEO: Sharon Van Etten – Comeback Kid, YouTube (Sharon Van Etten)

 

 

 

PRIMERA Y REVERSA: JULIETTE LEWIS (EL ROCK COMO TESTIGO)

Por SERGIO MONSALVO C.

 

Entre las divas del cine del siglo XX, Marlene Dietrich usó el canto cabaretil para proyectar su garganta profunda; Marilyn Monroe, lo hizo con el pop y la balada para darnos su visión agridulce del placer. Los comienzos del siglo XXI tuvieron a Juliette Lewis, por ejemplo, para proporcionarnos una imagen de rabieta con la vida cotidiana.

Actualmente, ella es una actriz de culto y tambien cantante. Pero el pop, el cabaret y la balada ya no son sus vías. Lo son los géneros del garage punk, el hard rock y el heavy soul-blues. Los tiempos son otros.

Juliette Lewis, nacida en Los Ángeles en 1973, con la entrada del nuevo siglo cambió de vida. Puso a Hollywood en segundo plano y se subió a un camión para recorrer el mundo con tipos sudorosos y el deseo de convertirse en estrella de rock. Y en eso sigue.

Tras cuatro discos de éxito entre los amantes del género duro (Hot Kiss, Speaking in My Language y Four on the Floor, con el grupo The Licks, y Terra Incognita, con The New Romantiques), la actriz de, por ejemplo, Scorsese en Cape Fear (una apetitosa adolescente en peligro), de Quentin Tarantino en From Dusk Till Dawn (de igual manera), de Husbands and Wives de Woody Allen (sensual universitaria que obsesiona a los hombres maduros), de Kalifornia o de Natural Born Killers… se ha convertido en lo que siempre quiso ser.

Y de ello mostró un antecedente en la película Strange Days (de Kathryn Bigelow), donde aparece como rockera apocalíptica. Juliette tiene una voz sexy. Grave, un poco afónica pero paralizadora. También unos ojos grandes y expresivos, dulces y peligrosos. Sobre el escenario emula sin problema el espíritu del rock alternativo más rabioso de hoy, el estilo directo y contundente de la new wave de los ochenta, el punk de los setenta y, sobre todo, esa manera de hacer las cosas a la hora de entender y tocar el rock and roll.

La música no es un capricho pasajero para ella, sino algo que lleva compaginando con el cine desde 2003 con la grabación de discos y giras internacionales (ha sido telonera de Prodigy y Foo Fighters, entre otros).

Su anterior grupo, The Licks, estuvo compuesto por Todd Morse en la guitarra, Jason Womack en el bajo y Ed Davis en la batería. Ellos le dieron apoyo a las actuaciones donde ella se convertía en un animal salvaje que saltaba, sudaba, escupía, provocaba…como una versión femenina de Iggy Pop.

Como líder de The New Romantiques, Terra Incognita fue su debut discográfico. Otro territorio, otra concepción. Guitarras más espesas, más blues, más soul, más oscuridad. Y un productor de renombre: Omar Rodríguez (de Mars Volta). Juliette está cargada de esa materia explosiva que es el rock y utiliza su cuerpo y voz para encender la llama.

VIDEO: Juliette Lewis ‘Any Way You Want’: Rock Revival Showroom Sessions, YouTube (Live Nation)