ELLAZZ (.WORLD): JUNE TABOR

Por SERGIO MONSALVO C.

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CUERPO Y ALMA

June Tabor nació el 31 de diciembre de 1947 en Warwick, Inglaterra, y es poseedora de una de las más grandes voces de la música popular en la Gran Bretaña. Es una muy sofisticada intérprete de las canciones tanto tradicionales como contemporáneas del género. Su aclamado debut se dio en 1976 con el álbumAirs and Graces, el cual causó un fuerte impacto en la escena folk británica.

Además de su trabajo como solista ha hecho numerosas apariciones con los más variados artistas. En pleno desarrollo de su quehacer artístico realizó un proyecto jazzístico con el pianista Human Warren, que se llamó Some Other Times, el cual incluyó sus interpretaciones de standards como “The Man I Love”, entre otras.

Habla June:

 “Cuando era joven, mi padre quiso ser concertista de violín, pero a sus padres les pareció una aspiración muy poco práctica y se opusieron enérgicamente. Él se vengó con una crisis nerviosa.

 “En cuanto se recuperó de la rabieta, el hecho de que su hermano mayor estudiara ya odontología influyó sin duda en que decidiera seguir su ejemplo.

 “Se casó a los treinta años y poco más de dos años después nací yo, su única hija. Hasta que tuve cinco años, él vivió concentrado en hacerse de una clientela, a partir de entonces, parecía tener siempre demasiados pacientes.

 “Los inviernos de aquellos primeros años de mi vida se hallan ocultos en gran medida entre las brumas que envuelven los recuerdos infantiles. Vivía en una casa antigua de piedra rojiza, pintada de gris, con una gran escalera desde la calle a la puerta principal. En la primera planta estaba el laboratorio de mi padre. Recuerdo en vestíbulo oscuro y desagradable, olía a quemadores de gas y a metal caliente. El consultorio era territorio vedado, las puertas siempre estaban cerradas. Un largo tramo de escaleras llevaba al consultorio y a la sala de espera. Había que subir otro tramo para llegar a la vivienda: un apartamento de cuatro habitaciones en la planta superior.

 “Yo me la pasaba todo el día jugando sola en casa, salvo alguna que otra vez que me expulsaban al jardín de atrás durante una hora. Era un pradillo cercado por una valla de madera muy alta. No se podía ver nada de lo que había del otro lado. Sin embargo, nueve ventanas como nueve ojos me observaban desde la casa; de cualquiera de ellas podía salir súbitamente un grito reprobatorio. Si me quedaba quieta y miraba el reloj (que colocaban siempre en la ventana para que supiera cuándo había pasado la hora), oía palmadas en la ventana de la tercera planta y veía a mi madre indicándome con gestos que me moviera y jugara. Pero si me ponía a correr en el jardín, mi padre me gritaba desde la segunda planta: “¡Tranquila jovencita!”. O su recepcionista me hacía señas y me decía: “¡Dice tu papá que no hagas tanto ruido!”.

 “Mi madre siempre sostuvo que aprendí a leer y a escribir música sola, es muy probable que así fuera, porque no recuerdo ninguna época en la que la palabra escrita no me evocara el sonido correspondiente. Todavía conservo un cuadernillo con historias de animales que inventé y escribí a lápiz, todas minuciosamente fechadas al final; el año es 1952, lo que significa que las escribía los cuatro años de edad. Mi abuela, por parte de mi padre, iba a vernos. Le oía decirle a mi madre, como si yo no estuviera delante, que no había que fomentar la precocidad.

“-Te lo advierto, lo lamentarás si no la corriges — le dijo a mi madre. Mi abuela vaticinaba el desastre total para mí a menos que me relacionara con otras niñas y pudiera “crecer en otras direcciones”. No sabía lo que quería decir, pero en el acto decidí que no aceptaría otras direcciones.

 “Recuerdo que cuando iba a casa de mi abuela paterna ella siempre estaba sentada junto a la chimenea. Se quitaba los lentes para leer y me sonreía con expresión a la vez benevolente y reprobatoria. Sabía que me quería; y entendía perfectamente que no era yo quien no le gustaba sino la parte de mi madre que había en mí. Parecía lógico: como mi madre no era de su familia, sentía hostilidad hacia ella. Lo que me ofendía era que mi madre le tuviera miedo, que le asustara estar con ella y que a veces se sintiera tan mal en su presencia que tuviera que irse a la cama.

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“En mi casa tenía un arcón para los juguetes. Papá había decretado que todo tenía que estar guardado en el arcón cuando él subiera a las seis de la tarde. Si quedaba algo fuera, sería confiscado y no volvería a verlo. Así que yo iniciaba el proceso de recoger mis cosas a las cinco en punto; al cuarto para las seis ya había terminado y cerrado la tapa. A partir de entonces, si me apetecía podía leer hasta la hora de cenar, ya que los libros se colocaban rápidamente en el estante. Pero hasta el siguiente día no podía dibujar ni escribir, que era lo que más me gustaba. Así era siempre, hasta que apareció aquél aparato maravilloso.

“Estando una tarde en mi habitación, oí música abajo. Habían comprado un tocadiscos de ‘Alta Fidelidad’ y estaban escuchando la ‘Cuarta’ de Chaikovski. Era la primera vez que recuerdo haber oído música de cualquier tipo. Al principio no me dejaban tocar los discos ni el aparato, pero a los pocos meses, lo usaba yo más que ellos. Pronto empecé a comprarme discos. El primero fue uno de Ella Fitzgerald con la Orquesta de Chick Web. Cuando mi papá lo oyó regañó a mi madre

“Después de aquellos primeros pleitos, adquirí discos de toda clase de jazz que encontré, incluyendo al maravilloso Thelonious Monk. Mi papá lo siguió haciendo también. Compró uno de la Sinfónica de Boston, dirigida por Karl Muck (“¡Bah, no sé por qué dejan dirigir a los alemanes, no es posible!”, comentaba) y uno de Galli-Curci que cantaba a Rossini y Bellini (“Tan engreído que ni siquiera imagina que hay alguien más en el mundo”). Papá había asistido a un recital de Galli-Curci cuando era joven. Así siguieron las cosas. El jazz le ponía el pelo de punta, Lo enojaba muchísimo.

 “Para remediar mi temprana afición, papá decidió inscribirme en la escuela de música. Mi profesora, la señorita Crane y yo no congeniamos. Empecé negándome a cantar. Ninguna amenaza conseguía hacerme abrir la boca. En mi boletín de calificaciones solía ponerme ‘Insuficiente en clase de canto’, con el añadido de que me daban la nota más baja en aplicación. En comportamiento obtenía más o menos lo mismo; por suerte achacaban mi terquedad a la falta de aplicación en vez de al sabotaje intencionado.

 “Para vengarme se me ocurrió algo que demostraría a la señorita Crane que podía hacer bien el trabajo e irritarla al mismo tiempo. En mi cuaderno pautado comencé a escribirlo todo perfectamente, pero al revés. Me puso cero en todos los ejercicios. Además, me castigó con quedarme después de clases.

          – ¿Qué significa esto? —quiso saber, la voz le temblaba de cólera—. ¿Se puede saber qué te propones con esto?

          – ¿Con qué? —dije, y ella agitó los ejercicios en el aire.

          – No tiene faltas — le dije con aire de suficiencia.

          -Voy a llamar a tu madre —dijo—. Te aseguro que en mis tiempos habrían sabido qué hacer con una niña como tú. Metió el fajo de ejercicios en un sobre de papel manila y lo guardó en el cajón.

 “El problema con mi maestra terminó cuando mi madre habló seriamente conmigo del asunto, simulando que le angustiaba lo que diría papá si se enterara de mi comportamiento. —“No sé lo que te pasa”— se lamentó. Yo tampoco lo sabía, pero me sentía vagamente amenazada por todos los flancos. Luego las cosas mejoraron. En cuanto dejé atrás a la señorita Crane, pude hacer borrón y cuenta nueva; o al menos eso creía. Lo cierto es que la señorita Crane había recorrido el colegio advirtiendo a todos mis futuros profesores acerca de mí.

 “El día que Inglaterra lanzó su primer satélite alrededor de la Tierra no hubo clases. Nos pidieron llevar una melódica. Cuando llegamos, nos enseñaron la melodía de ‘God Save the Queen’. En cuanto la supimos lo suficiente, nos enviaron a la calle a entonarlo todo en la nota La. Todos procurábamos aumentar y prolongar la gran confusión reinante, pero al final nos vimos desfilando por la calle, siempre pidiendo por la Reina, mientras la gente nos sonreía y agitaba banderas a nuestro paso. Yo no entendía nada, pero la pasé bien, porque nadie se daba cuenta que cantaba en vez de tocar”.

June Tabor, además de erigirse en la más fina de las cantantes del género popular británico, ha tomado para sí la tarea de grabar música folclórica contemporánea con los mejores intérpretes de la actualidad, como en el caso de Steeleye Span, las Silly Sisters, la Oyster Band y experimentos con el formato del folk-rock. En la última década, con discos intensos e importantes, ha consolidado su posición como adalid de las cantantes inglesas.

VIDEO SUGERIDO: June Tabor – You Don’t Know What Love Is (1989), YouTube (nekotaro netakiri)

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