JETHRO TULL

Por SERGIO MONSALVO C.

JETHRO TULL (FOTO 1)

 BANDA DE GNOMOS “VIEJOS Y FEOS”

Jethro Tull ha servido de vehículo a las ideas musicales y la extravagante presencia en vivo y flautística de Ian Anderson, por demás brillante. Anderson formó sus primeros grupos con John Evan en los teclados, Hammond-Hammond en el bajo y Barrymore Barlow en la batería,  en el balneario inglés de Blackpool.

En 1968 intentaron sin éxito darse a conocer en la escena bluesera de Londres y se desintegraron. Anderson fundó entonces Jethro Tull (nombrado así por el inventor decimonónico de la máquina para sembrar) con Glenn Cornick en el bajo, Mick Abrahams en la guitarra y Clive Bunker en la batería. Grabaron “Sunshine Day” (MGM) antes de llamar la atención por su presentación en el festival de Sunbury.

Los managers del grupo, Chris Wright y Terry Ellis, le consiguieron un contrato con la Island para grabar This Was (1968), en el que destacaron los solos empapados en el blues de Abrahams, en piezas como “Cat Squirrel”, y la flauta folklórica de Anderson en “Serenade to a Cuckoo”.

La incongruencia entre los estilos llevó a Abrahams a separarse. Martin Barre lo reemplazó para la grabación del memorable sencillo “Living in the Past”, así como para una gira por los Estados Unidos que dio cierta popularidad al disco Stand Up (1969). Mientras tanto, los excompañeros de Anderson de Blackpool fueron volviendo al grupo que ya grababa con Chrysalis. Evan regresó para Benefit (1970); Barlow y Hammond-Hammond también se reintegraron al grupo un año después.

La presencia escénica de Anderson (especializándose en tocar la flauta mientras brincaba espectacularmente en una pierna) hizo de Jethro Tull uno de los más importantes grupos de concierto en todo el mundo a principios de los años setenta. El álbum Aqualung (1971) fue el momento culminante en esta parte de la carrera del grupo, y su temática antirreligiosa provocó mucha controversia. Mientras que Thick as a Brick (de 1972 y su obra magna), un álbum conceptual acerca de la vida de “Gerald Bostock”, alter ego de Anderson, llegó al número uno en los Estados Unidos y sirvió para empujar al grupo hacia la cima.

Una vez ahí aparecieron los proyectos ambiciosos, los espectáculos multimedia, los conceptos pretenciosos y crípticos de Anderson; las participaciones en soundtracks y el desempeño en el papel favorito de este líder: como trovador medieval.

Luego del mal recibido Too Old to Rock’n’Roll, Too Young to Die (disco conceptual pensado como obra musical con el trillado tema del comeback de un viejo rocanrolero), la carrera del grupo revivió con el giro hacia el folk-rock, equilibrando lo rústico y lo eléctrico. A la postre Anderson intentó un álbum como solista –A (1980)–, pero la compañía convenció al músico de presentarlo como del grupo.

Los siguientes acetatos fueron dominados por los sintetizadores. Cu-riosamente Crest of a Knave (1987) de manera inesperada e ignorante recibió un premio Grammy como “mejor álbum de heavy metal”. A él siguió Rock Island (1989), para finalizar los ochenta, y Catfish Rising (1991), para iniciar los noventa, al que siguieron Roots to Branches (1995) y J-Tull Dot Com, para cerrarlos.

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El siglo XXI ha tenido que conformarse con su disco navideño del 2003 (con algunas canciones originales) y álbumes y presentaciones en vivo por todo el mundo (con sólo dos de sus miembros originales: Anderson y Barre), a las que se han dedicado hasta la fecha, momento de cumplir los 50 años y más de existencia.

Tales presentaciones resultan verdaderos autotributos y la lamentable evidencia de la progresiva pérdida de voz de Anderson. De cualquier forma verlos y escucharlos en vivo, ante auditorios siempre llenos, es un auténtico agasajo.

Ahí, ante pletóricos locales con público heterogéneo como nunca antes, actúa  Jethro Tull, presentándose a sí mismo como una pandilla de gnomos “viejos y feos” escapados de la campiña británica. Con sombreros de copa, sacos de frac, chalecos con chillantes colores, cabellos largos al lado de galopantes calvicies en medio de una escenografía de papeles multicolores, mesas con velas y aparatos de televisión de diversas épocas.

Todo ello es el complemento para el ataque de tales duendes, quienes se dan vuelo en el escenario –y a veces abajo de él– contando cuentos a ritmo de rock and roll barroco, entre los cuales intercalan notas de mandolina eléctrica, glockenspiel y canciones navideñas. El centro de todo ello indudablemente aún es el histriónico flautista Ian Anderson, como desde hace medio siglo.

Así es, con cinco décadas de existencia y más de dos decenas de álbumes de estudio comprueban que el tiempo no afecta a este grupo de imaginería medieval.  Se le puede incrustar en cualquier parte de la historia del género; tocaría igual y se vería igual. Duendes con el don de la ubicuidad.

Curiosamente no son bagres –como el título de uno de sus discos– sino salmones lo que Ian Anderson cría en su granja de Strathaird, que emplea alrededor de 150 personas y cubre el cinco por ciento del total de la producción escocesa.  Aunque sólo dedica la mitad de su tiempo al grupo, Jethro Tull se mantiene a sí mismo en las grabaciones y en los conciertos.

En estos últimos hay relajamiento y humor: “Estamos tan viejos que es muy posible que alguno de nosotros fallezca esta noche en el escenario”, dice Anderson. O toma un trago de una Heineken y promete en la siguiente ocasión degustar alguna cerveza local. Esas características –relajamiento y humor– presiden su música atemporal, ya tan típica con la flauta, la mandolina y contemporánea en su energía.

Jethro Tull anda de gira por el mundo –celebrando indefinidamente sus 50 años rocanroleando– y con énfasis en su vuelta a lo acústico, complaciente en cuanto a los viejos fans que no aprueban la afición de Anderson al sintetizador.  No obstante, el quinteto actual  (David Goodier, bajo; John O’Hara, teclados y acordeón; Scott Hammond, batería y Florian Ophale, en las guirtarras y Anderson) no se concentra sólo en admirables y sosegadas canciones.

Utilizan material de diversos álbumes con piezas como “This Is Not Love”, “Rocks on the Road” o “Sparrow on the Schoolyard Wall”, por ejemplo, pero lo mezclan con una aparatosas introducciones blueseras ‑‑con Anderson en la armónica–, reminiscencias de los tiempos de This Was (1968), cuyo repertorio abre el apetito para velocidades más duras.

Lo mismo hacen con añejos éxitos como “Bourée”, “Aqualung”, “Locomotive Breath” o “Thick as a Brick”, que adquieren de nuevo su carta de naturalización familiar, para beneplácito y furor de la mayoría de los nostálgicos escuchas.

La guitarra del alemán Ophale, al igual que la siempre virtuosa flauta de Anderson, dan rienda suelta a la imaginación entre frases apoyadas en la Edad Media británica, Johann Sebastian Bach, folk y hard rock. Y como siempre, también, Anderson hace hincapié en la ironía y la burla hacia sí mismo.

Por otra parte, lo que al principio pareció autoparodia durante el transcurso de los recientes conciertos mostró ya ser una inevitable deficiencia vocal.  La voz de Anderson ya está muy cascada. En fin, un concierto de Jethro Tull es ahora referirse a piezas que reciclan el viejo estilo, alternadas con un llamativo número de canciones de los inicios. De esta manera permanece y practica, resuelto y solvente, lo que ya se puede denominar “rock de museo”.

VIDEO SUGERIDO: Jethro Tull – My Sunday Feeling (Nothing is Easy. Live Ay TheIsle Of Wight 1970), YouTube (Eagle Rock)

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Exlibris 3 - kopie

68 rpm/61

Por SERGIO MONSALVO C.

68 RPM 61 (FOTO 1)

El grupo Jethro Tull sirvió de vehículo a las ideas y a la extravagante presencia –en vivo e instrumental—del escocés Ian Anderson, un músico brillante.  Anderson formó sus primeros grupos con John Evan en los teclados, Hammond-Hammond en el bajo y Barrymore Barlow en la batería, en el balneario inglés de Blackpool.  Al principio de 1968 intentaron sin éxito darse a conocer en la escena bluesera de Londres, pero ante el fracaso se desintegraron.

A las pocas semanas Anderson fundó la agrupación Jethro Tull (nombrada así por el inventor decimonónico de la máquina para sembrar), con Glenn Cornick en el bajo, Mick Abrahams en la guitarra y Clive Bunker en la batería.  Grabaron el sencillo “Sunshine Day” (con MGM) antes de llamar la atención tras su paso por el festival de Sunbury.

Los mánagers del grupo, Chris Wright y Terry Ellis, les consiguieron un contrato con la compañía Island para grabar el álbum This Was (en ese mismo 1968), disco en el que destacaron por su novedad y destreza los solos empapados en blues de Abrahams, en piezas como “Cat Squirrel”, y las alucinantes flauta y armónica de Anderson en “Serenade to a Cuckoo”.

La diversidad entre los estilos empleados por el grupo llevó a Abrahams, quien no estaba de acuerdo con ello y únicamente quería tocar blues, a separarse del mismo para continuar su carrera primero con el grupo Blodwyn Pig y luego como solista.

Martin Barre lo reemplazó en la guitarra para la grabación del memorable sencillo “Living in the Past”, así como para su primera gira por los Estados Unidos, la cual le daría a la banda la popularidad internacional que merecía, encumbraría su álbum debut hacia las listas y otorgaría el postrer impulso al disco Stand Up, con el cual obtuvieron el reconocimiento en ambos lados del Atlántico.

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THIS WAS

JETHRO TULL

(Island Records)

Con una imaginería única los integrantes de Jethro Tull se presentaron al mundo como una pandilla de gnomos “viejos, feos y bromistas” escapados de alguna leyenda acendrada en la campiña británica –según su propia e inicial descripción–.

Incluso la portada del LP acentuó tal imagen al mostrarlos como un grupo de mendigos descubiertos in situ por una mirada indiscreta, y la cual cultivarían durante sus presentaciones en vivo.

Los sombreros de copa y hongo, los sacos de frac, los chalecos de chillantes colores y cabellos largos de crecimiento galopante en medio de una escenografía medieval de papeles multicolores, mesas con velas y plantas diversas, fueron el complemento para el ataque de tales duendes casi elfos, quienes se dieron vuelo en el escenario –y a veces abajo de él– contando cuentos paganos al ritmo de rock and roll barroco, como pioneros de otra e incipiente corriente progresiva.

Entre dichas narraciones intercalaban reparto de vino entre la gente, conversaciones de juglar en una romántica mesa junto a jóvenes damiselas, notas pesadas de mandolina eléctrica y glockenspiel y canciones navideñas (muy ad hoc por el tiempo en que apareció su primer disco). El centro de todo ello indudablemente era el histrionismo del flautista Ian Anderson, trascendente en el tiempo y el espacio.

Desde entonces al grupo se le pudo incrustar en cualquier parte del devenir del género; tocaría igual y se vería igual (hoy, con tanta saga férrica en la literatura y el cine, haría el mejor soundtrack de cualquiera de ellas).  Eran finalmente duendes con el don de la ubicuidad.

Esas características –de buenos narradores acompañados de relajamiento y humor– presidieron su música atemporal (combinada con blues, hard rock y folk). Todo ello lo mezclaban con aparatosas y fuertes introducciones, con Anderson alternándose entre la flauta y la armónica.

La guitarra de Barre, extraordinaria, al igual que la siempre virtuosa interpretación de Anderson (que le debía mucho a su admirado jazzista Rashaan Roland Kirk), daban rienda suelta a la imaginación entre frases apoyadas tanto en la Edad Media británica como en el clasicismo musical de Johann Sebastian Bach, el folk de Albión y céltico y el poder y la energía del hard rock. Y como siempre, también, el cantante haciendo hincapié en la ironía y la burla hacia sí mismo.

La presencia escénica de Anderson (especializándose en tocar la flauta mientras brincaba espectacularmente en una pierna  o arropado con su parado de flamingo) hizo de Jethro Tull uno de los más importantes grupos de concierto en todo el mundo al final de los sesenta y principios de los setenta.

Incluso el sonido, tan meticulosamente trabajado desde This Was (con muy marcados tintes jazzistas que desaparecerían a partir de la segundo obra),  parecía preparado ex profeso para la técnica digital que se avecinaba y apenas cambió posteriormente ante su contacto con la magia tecnológica.

Con el título de ese primer disco, Anderson quiso declarar que “el sonido que presentaba el álbum reflejaba sólo un estadio temporal de lo que iba a ser el futuro estilo de la banda”, uno que sumó el disco conceptual a temáticas como la locura, la muerte y el paganismo pánico anti religioso.

La identidad y el espíritu silvestre de música y actuación hicieron de este disco debut un excelente álbum, que pasaría a engrosar las mejores páginas del género a pesar de su mezquino presupuesto de parte de la compañía: 1200 libras.

Anderson fue el compositor de los temas más detacados (“My Sunday Feeling”, “Some Day the Sun Won’t Shine for You” o “Song for Jeffrey”, que se erigiría en el primer videoclip grabado del grupo), excepto “Move On Alone” de Abrahams (cantado por él mismo) y “Serenade to a Cookoo” de Roland Kirk. Todos temas cuyo ambiente hechizador puede reencontrarse después a lo largo de toda su trayectoria histórica.

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Personal: Ian Anderson, voz, flauta, armónica, claghorn (flauta de bambú con embocadura de sax, invento de Anderson) y piano; Mick Abrahams, guitarra y voz; Clive Bunker, batería y percusiones; Glenn Cornick, bajo. Portada: Concepto de Ian Anderson y Terry Ellis; diseño, Brian Ward.

VIDEO SUGERIDO: Jethro Tull – Song From Jeffrey (The Rolling Stones Rock and Roll Circus (1968), YouTube (ThePerfectilusion)

Graffiti: “Empleó tres semanas para anunciar en cinco minutos que iba a emprender en un mes lo que no pudo hacer en diez años