“THE PRIEST” THEY CALLED HIM

Por SERGIO MONSALVO C.

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EL ENCUENTRO

(W. BURROUGHS/K. COBAIN)

¿”Discos de culto»? Suena a arqueología y sí, sí lo es. Porque ese epíteto surgió a finales de la década de los setenta cuando ya había una historia y una mitología que desentrañar. Y desde entonces, quienes ejercitan la escucha profesional, los estudiosos, los investigadores, los amantes del género rockero, se han dedicado a la búsqueda de tales tesoros.

Sí, y a rastrear por esas listas perdidas de críticos, periodistas, comentaristas o de los propios artistas, que dan la pista de un momento único en la música, el cual ha quedado grabado en discos raros, de compañías ya inexistentes u ocultas por el paso del tiempo. Hoy, de vez en cuando es posible descubrir algún ejemplar que merezca ese calificativo que engrandezca los hechos y, más aún, las leyendas.

Señalar a una película como de culto es una calificación profundamente subjetiva, pero avalada siempre por el conocimiento, el criterio y la explicación pertinentes, en su mejor expresión, y no por los de la volubilidad sentimental online y mucho menos por la sinrazón perezosa y simplista del “me gusta”, no.

Y, ¿por qué de culto? Porque representan una mirada musical distinta, disfuncional, con la cual se rastrea en el pasado para encontrar tempranas disidencias del gusto masivo o del regulado por la industria; sensibilidades contraculturales insospechadas, reuniones inauditas, primitivas afinidades, exposición de materiales extravagantes, sesiones fugaces o intuiciones u emociones extremas que luego dieron forma a algo importante o que, en algunos casos, aguardan la llegada del tiempo en que se les reconozca. El que comentaré a continuación pertenece a esos ejemplares.

A William Burroughs siempre le gustó el papel de predicador y de profeta de la contracultura. Era un auténtico maestro, y debe añadirse que tenía todo el derecho del mundo a enseñar porque se pasaba la vida aprendiendo. Y lo que aprendía era lo que él consideraba y llamaba “los hechos de la vida”. De los que se informaba no sólo por necesidad, también por afición.

Había arrastrado su largo y delgado cuerpo por todos los Estados Unidos y la mayor parte de Europa y el norte de África, sólo por ver cómo eran las cosas por ahí. Se pasaba el tiempo hablando y enseñando a los demás.

Antaño lo había hecho con Jane Vollmer (su esposa) sentada a sus pies, lo mismo que con Allen Ginsberg, Jack Kerouac, Neal Cassady y los demás beats.

Transcurrido el tiempo hizo lo mismo también con sus herederos espirituales: Patti Smith, Frank Zappa, John Cale, Laurie Anderson, Jim Carroll, Iggy Pop, Johnny Thunders, Sonic Youth, Tom Waits, Genesis P-Orridge, Mark Sandman, Michael Stipe, David Bowie…

En esta tarde de septiembre lo haría con Kurt Cobain. Burroughs es en este momento un tipo de cabello gris, un tanto nebuloso, que puede pasar desapercibido por la calle, a no ser que se le observe desde muy cerca y se vea su rara y huesuda cabeza —siempre cubierta con un sombrero de fieltro — que le insufla una extraña juventud: es como un evangelizador del Medio Oeste estadounidense (donde por cierto nació en St. Louis, Missouri, en 1914), con ardores exóticos y misterios en su interior.

Estudió medicina, antropología, psicoanálisis, sociología, religiones, literatura; trabajó en todos los oficios sólo por experimentar y lo ha leído todo. Inició así su trabajo fundamental: el estudio de las cosas en sí mismas por las calles de la vida y de la noche —incluidas todas las adicciones, primordialmente la heroína.

[VIDEO SUGERIDO: The Priest They Called Him, vimeo (Eliana Nava)]

Esta tarde, como ya mencioné, el viejo Bill está con Kurt Cobain, el santón trágico de una generación la mar desesperanzada, heroinómano reincidente y náufrago de varias sobredosis.  Es el 25 de septiembre de 1992.

Burroughs llegó a la cita para grabar una sesión de estilo spoken word, con su andar cansino, ése que le marca hueso a hueso, con lentes que fijan como alfileres la mirada de sus ojos, el sombrero de fieltro y un traje antiguo y raído. Es un ser alto, muy delgado, encorvado, extraño y lacónico.

Habla en voz baja, apenas audible. Al terminar sus frases resopla por la nariz con el sonido de un depósito vacío. A veces le sale una risa lúgubre, sobre todo cuando siente atinado un sarcasmo extraído de sus propias experiencias. Le gusta hablar y sabe escuchar también.

La gente se sienta a sus pies. Y entonces es como un oficiante que tuviera sobre las rodillas un ejemplar de Shakespeare, Kafka o el Libro de los Muertos.

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Así que Kurt, al que el sufrimiento y el dolor le brotan por todos los poros, siente como bálsamo escuchar la voz pausada de uno de sus héroes (junto a Jack Kerouac, Patrick Süskind, Samuel Beckett y Charles Bukowski, entre otros) del que ha leído todos sus trabajos y técnicas de escritura —especialmente en Naked Lunch—. Ahora, el tiempo la ha brindado la oportunidad de conocerlo, de hablar con él y de proyectar una obra conjunta.

La cita para conocerse es en los Red House Studios de Lawrence, en Kansas, donde también se ubica la casa de Burroughs. Ahí están los enviados de la disquera Tim/Kerr (una compañía independiente surgida en los años noventa en la que se graban indie rock y post-punk y llamada anteriormente T/K).

Está también el productor y mezclador James Grauerholz (también escritor y biógrafo oficial del viejo Bill) y su equipo móvil, con Brad Murphy como ingeniero de sonido y el cineasta Gus Van Sant revoloteando por ahí como fotógrafo. Tuvieron que esperar una hora a que el escritor llegara.

Kurt trae consigo el trajín de las presentaciones que está realizando con Nirvana para promocionar Nevermind, su exitoso álbum que apareció justo hace un año (lleva casi 20 millones de ejemplares vendidos, se perfila como el mejor disco de 1992, ha hecho emerger el grunge y tiene un futuro asegurado entre las obras clásicas del género).

Pero en igual medida está enfrascado en un pleito legal con la justicia estadounidense por su cuestionable buena paternidad (junto a Courtney Love, con quien se acaba de casar y de tener una hija en agosto), en los problemas de adicción de ella y en los suyos.

Asimismo ya ha tenido la experiencia de la sobredosis, la rehabilitación, el síndrome de la abstinencia y el reciente reenganche a la heroína. Cobain, sigue dando avisos. Anuncia su muerte, la presiente y la provoca. Su trabajo creativo, desde el comienzo, ha sido todo ello. Los cuestionamientos existenciales y el estrés lo enfrentan a barreras insalvables, desde su punto de vista. El futuro ha perdido toda proporción para él.

Así que al encontrarse frente a Burroughs, su gurú, ha buscado conseguir de él una respuesta a lo que a veces no la tiene, preguntarle cómo mantener el equilibrio en la cuerda floja de la vida, saber lo que nadie sabe con certeza: “¿Qué pasa con nosotros cuando morimos?”, le pregunta Cobain a quien ha considerado siempre la constatación de la finitud como una alienación del individuo. “Cuando uno muere se muere, eso es todo”, responde el que no se ha querido rendir jamás ante ella.

Cobain obtiene el tesoro buscado de aquella plática: “Palabras para el que sabe”, así como la grabación del texto “‘The Priest’ They Called Him”, leído por William Burroughs, extractos del escrito The Exterminator. Es el regalo que ambos le quieren dar al mundo en Navidad.

La parte que le corresponde a Kurt es ponerle música a aquellas palabras (lo cual hará en noviembre de este mismo 1992, en los estudios Laundry Room de Seattle): improvisará con la guitarra el soporte sonoro para dicha historia navideña perversa y alucinada con los ecos de “Silent Night” y “To Anacreon in Heaven”.

El resultado es una cruda fusión non-music entre ambos sentires que quedó impresa en un inusual (por su cortedad) sencillo EP de 9 minutos y 42 segundos, bajo el sello Tim/Kerr Records de Portland, que fue puesto en circulación el 12 de octubre de 1993 (una de sus curiosidades es que en la portada del single de vinil de 10» aparece disfrazado como párroco el bajista de Nirvana, Chris Novocelic, ilustración basada en una idea del cantante).

En su interior se remueven las serpientes venenosas encarnadas por el caos guitarrístico del solo noise avant-garde —que ya han puesto a Cobain y a Seattle en el mapa— y la tranquila y reptante voz de Burroughs, en el papel de mesurado narrador ápocaliptico merecedor del más alto aprecio, quien al contar puso además un énfasis irónico en su acento de predicador.

De esta manera se continuaba cumpliendo la profecía metafórica lanzada en Naked Lunch décadas atrás: “El rock and roll invadirá las calles de todas las naciones, irrumpirá en el Louvre y arrojará ácido al rostro de la Mona Lisa”.

Años después, luego del suicidio de Kurt, se le preguntó a Burroughs sus impresiones sobre él: “Era un joven atento y educado. Y luego de que me diera a leer las letras que compondrían las canciones para el siguiente disco de su grupo, supe que también estaba más que listo para la muerte. Sintió debilitados los nexos que lo unían a la vida y optó por el suicidio anósmico, aquel que se da por el quebrantamiento”. Hoy, el material que grabaron juntos es una rareza y objeto de culto por parte de los fans de ambos personajes.

Éste fue un capítulo más en la larga lista de encuentros que sostuvo Burroughs con el rock. Género que tuvo (y tiene) en él a uno de sus más amados irradiadores: en las técnicas escriturales y compositivas –que en el conglomerado de prácticas sonoras abarca también a la música techno–, en la experiencia outsider y en la actitud frente al American way of life. La sombra de su influencia ha sido larga y productiva.

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[VIDEO SUGERIDO: The “Priest” they called him – Burroughs and Cobain (lyrics on screen), dailymotion (OkHacku)]

 

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THE CATCHER IN THE RYE

Por SERGIO MONSALVO C.

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J. D. SALINGER

(El guardián entre el centeno)

Ninguna acción resume mejor el delicado equilibrio de la adolescencia que el hecho de fugarse. Quienes han practicado este desafío saben, como cualquier náufrago, que la huida es un salvavidas que permite desafiar la gravedad y la ley y significa el primer mandamiento de la autodefinición: lo peor que te puede pasar cuando huyes es encontrarte con tus fantasmas y finalmente contigo mismo.

La huida es la búsqueda de la propia identidad. Y esa es precisamente la aventura de Holden Caulfield en la novela The Catcher in the Rye (El guardián entre el centeno) de J. D. Salinger, quien pasa por esa edad tan crítica llena de confusión y desfogues.

Holden es un joven iracundo cuya confusión es más que nada clarividencia. Con ella se rebela contra los valores de la sociedad que le ha tocado vivir, contra la educación que le ha tocado recibir y contra los adultos y sus reglamentaciones. Ante todo ello siente un asco existencial y rechazo ante el vacío y el conformismo que lo rodea.

En los tres días que dura la fuga hacia ninguna parte reflexiona sobre su total desilusión, su incapacidad para saber qué hacer con su vida, su insatisfacción perenne y su aburrimiento apocalíptico. Dicha experiencia conformará uno de los libros más entrañables de la literatura.

En eso radica gran parte de su status como libro de culto, en el lenguaje de un narrador que supo inscribir con lucidez magistral los angustiosos avatares de un muchacho con sentido del humor irónico y mordaz.

Es un gran plano-secuencia que sigue al protagonista hombro con hombro para mostrar de primera mano ese mundo de la temprana juventud, con desparpajo y sin intención de dar ejemplo. Todo es cotidiano, con miedos y sin heroicidades. Verosímil. El arte del equilibrismo adolescente como una forma de educación sentimental.

Por eso se le pone en la línea de los mejores textos de formación, porque cuando se elige la autoconfesión con la fuerza de la sangre en el fondo se está hablando de la propia fragilidad. Al usar el bisturí del cinismo y exponerse uno mismo, como lo hace Holden, al mismo tiempo se expone al otro. Porque quien actúa así es “un loco que dice la verdad, cargado de miedo y de furia”, en palabras shakespeareanas.

El guardían entre el centeno es un libro que abrió ojos y oídos. Eso es algo que pasa pocas veces. Ilumina con sus pasajes, con su personaje y con la obra entera. Es una obra que ensancha el corazón. Por eso se le ha traducido a infinidad de idiomas. Por eso se ha escrito tanto sobre el libro y su autor y se han publicado cientos de cartas enviadas a Salinger por admiradores, críticos y escritores.

Por eso el rock ha hecho de este texto parte de su canon. En él se encuentran los mismos dragones contra los que ha luchado quijotescamente el género desde sus fundamentos: las categorías opresivas de la moral, la historia, la educación, la clase, la tábula rasa, la religión y el orden. La rebeldía de ese interior contra dicho exterior castrante y abismal necesita un guardián.

Si la canción “Helter Skelter” de los Beatles fue exorcizada por U2 del maleficio mediático que de facto había lanzado sobre ella el psicópata Charles Manson (desde 1968, la fecha de sus salvajes asesinatos, hasta 1988, cuando el grupo irlandés la interpretó), muchas agrupaciones en diferentes épocas han intentado hacer lo propio con The Catcher in the Rye en la Unión Americana.

Este libro fue azotado primero por la censura (que lo prohibió por considerarlo inmoral, grosero y hasta pornográfico), luego por el sistema educativo (que lo borró de sus acervos bibliotecarios y como motivo de estudio literario en preparatorias y universidades, agregando el de “mala influencia” y “denigrante uso del lenguaje” a los anteriores epítetos)

Y, finalmente, por la policía que después de sonados casos puso el texto dentro de los perfiles que acompañan a ciertos criminales, ya que una sarta de perturbados han esgrimido el libro para argumentar sus fechorías.

Empezando por Mark David Chapman, enfermo mental y frustrado suicida quien en 1980, al ser arrestado tras asesinar a John Lennon, llevaba entre sus pertenencias un ejemplar del libro. Por el estilo se puede mencionar a John Hinckley Jr, otro obseso de dicha lectura, quien intentó acción semejante contra el entonces presidente Ronald Reagan. O Robert John Bardo o Asmodi Acevedo, tipos semejantes.

[VIDEO SUGERIDO: KARAOKE.Des fleurs salinger – Indochine, YouTube (kevin andy Caqui Cochachin)]

Como se ha visto, la obra de Salinger ha propiciado lecturas diversas e incluso perversas; de estas últimas los archivos policiacos tienen las fichas que hablan de pobreza y retorcimiento en el análisis de las palabras, de las emociones, de los comportamientos.

De las primeras y más edificantes están las de esos grupos que han vivido la lectura de la obra con intensidad, como una aventura total, en la que se han metido bajo la piel del personaje y en su propia interpretación van de la intimidad, de aquello que le sucede y pertenece a un individuo, a la profundidad que se extiende hasta lo colectivo y universal.

Los años ochenta tuvieron entre sus representantes a Indochine, una banda del país galo que inició sus andares con la década y con el estilo que preponderaba en aquel entonces: la new wave. Para festejar sus diez años de existencia y a sus influencias literarias lanzaron al mercado el álbum Le Baiser, el cual contiene la pieza “Des Fleurs Pour Salinger”, en la cual hablan con respeto de la tendencia ermitaña del escritor y critican la estupidez mundana por tratar de conocer sus entresijos.

En 1989, Billy Joel presentó al público su L.P. Storm Front, un energético trabajo en el que destaca la canción «We Didn’t Start the Fire», una lista de acontecimientos y personajes desde el año de su nacimiento (1949) en la cual subraya cómo el mundo ha cambiado con ellos, incluyendo en dicha lista la novela de Salinger. Se trata de un collage sobre el lado mezquino y estrecho de miras del American way of life, con muchos juegos de palabras y un rock de fuertes raíces urbanas.

De la misma época es el disco Paul’s Boutique de los Beastie Boys, cabeza del emergente hip hop. Dejan atrás al punk para ensamblar un todo heterogéneo: melodías sesenteras, drum‘n’bass, triphop, el funk, el rap al estilo de la vieja escuela y la psicodelia.

En esta mezcla, de las más complejas obras de la era del sampling, está inscrito el tema “Shadrach”, cuya lírica refleja su simbólica visión sobre la vida urbana. Ahí aparece una frase (“Got more stories than J. D. got Salinger, I hold the title and you are the challenger”) dedicada al escritor. Un capricho musical que le habla a la imaginación y al futuro.

La década de los noventa la festejó con el indie, que se consolidó como un movimiento de opinión en voz de jóvenes músicos que conformarían grupos representativos como: Too Much Joy, The Offspring y Green Day.

Ello significó la fusión del punk con el pop en diversos niveles y sus letras hablaban de temas ligados a la adolescencia (identidad, amor, sexo, desmadre, escuela, relaciones familiares, autoridad, actitudes rebeldes e irreverentes, la ciudad), con el ambiente sociopolítico como telón de fondo.

Es decir, su música hablaba no sólo de sacudir las cosas sino también de liberalizar costumbres, combatir prejuicios, derribar tabúes, desacralizar instituciones, censurar guerras y enarbolar alguna causa mundial.

Los tres grupos mencionados tuvieron a Salinger como una de sus principales influencias y a él o a The Catcher in the Rye le dedicaron alguna de sus piezas. Too Much Joy lo hizo en el disco Cereal Killers; The Offspring en su álbum Ignition. Mientras que Green Day lo hizo en su segunda obra llamada Kerplunk!.

Con el nuevo siglo surgió la heterogeneidad y una vocación “natural” por el exceso como destino del arte. La imagen del futuro musical en el horizonte de la misma, con todo lo que representa como metáfora, irá acompañada de literatura en la imaginación, de la música que a cada uno le provoque esa fantasía amalgamada. En el caso del rock, tres de sus representantes escogieron a Salinger y a The Catcher in the Rye para introducir nuevas referencias en él.

Se trata en primer lugar de The Divine Comedy, un grupo irlandés en cuyo concepto estético primigenio (el pop de cámara por demás barroco, en el que caben todos los instrumentos sinfónicos) la literatura fue fundamental; con él le dedicó al personaje de Holden Caulfield el tema “Gin Soaked Boy”, con influjo romántico y decadente.

En segunda instancia se encuentra Bloodhound Gang, antítesis del anterior al utilizar el humor y la comedia, que lanza agudezas sobre la sociedad actual y sus desatinos sobre el individuo. “Magna Cum Nada” parafrasea al autor neoyorquino.

Y en tercer término, más la obra (Chinese Democracy) que el conjunto (Guns’n’Roses) ejemplifica aquello del monumento al exceso, sí, pero también a la voluntad creativa. Y por ahí aparece “Catcher in the Rye”, pieza que, como los tiempos lo piden, es una anabolización, una reinterpretación en clave de hipérbole donde todo parece supurar demasiada intensidad y demasiada trascendencia, pero contra todo pronóstico la operación de Axel Rose funciona.

Lo cual representa una paradoja, justo cuando J. D. Salinger combatía a favor del anonimato que lejos de representar una exclusión social, se había convertido en una estrategia que se oponía a la lógica del control por parte de una sociedad del consumo que sólo favorece hoy por hoy la exhibición absoluta.

Jerome David (J. D.) Salinger fue el guardián incólume de la intimidad hasta su muerte el 28 de enero del 2010, a los 91 años de edad y a uno de celebrarse los 60 de la publicación del libro: su legado para todas las generaciones.

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[VIDEO SUGERIDO: Green Day – Who Wrote Holden Caufield? Live 11/23/2009 Los Angeles, YouTube (nozaintintla)]

 

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DISTOPÍA OMNIPRESENTE

Por SERGIO MONSALVO C.

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 (1984)

Vivimos en un presente orwelliano y ha habido en el mundo unos lugares más orwellianos que otros. Son de las pocas verdades de las que podemos estar seguros y la realidad que nos rodea lo certifica a cada momento.

¿Cómo lo hace? De muchas maneras: al modificarse verbalmente tan rápido de una forma a su contraria; al confirmar el control del que somos sujetos, tanto dentro de nuestras casas –con Internet y la televisión, y la manipulación de los hechos a través de tales medios–, o con tan sólo voltear a uno u otro lado de la calle y ver las cámaras de vigilancia, con la falsa idea dentro de nosotros (y en todos) de que gozamos de seguridad y libertades.

Ésos son sólo algunos elementos de la distopía en la que nos movemos cotidianamente y de la que fingimos no percatarnos. Las distopías describen sociedades que son consecuencia de las tendencias sociales de actualidad las cuales conducen a situaciones totalmente indeseables.

Por muy paradójico que parezca, el mundo feliz y perfecto puede convertirse en el más terrible y totalitario de los Estados. La creencia y el convencimiento del carácter ideal, utópico y perfecto de un sistema llevan irremediablemente a la intolerancia respecto a cualquier otra propuesta.

Por cierto, la consecuencia de ello: la palabra “distopía” y su concepto cumplen 150 años de acompañarnos. Fue un término que usó por primera vez el filósofo, político y economista inglés John Stuart Mill, quien la utilizó en un discurso durante una de sus intervenciones parlamentarias de 1868.

La división social, producto del industrialismo, dio pie al desarrollo de problemas sociales y laborales, protestas populares y diferentes ideologías que propugnaban y demandaban una mejora de las condiciones de vida de las clases más desfavorecidas, por la vía del sindicalismo, el socialismo, el anarquismo o el comunismo. Las utopías creaban al nacer también la imaginería de las oscuridades y porvenires del desarrollo.

El cine y la literatura comenzaron a plasmarlas. Las distopías guardan mucha relación con la época y el contexto socio-político en que se conciben. Por ejemplo, algunas de la primera mitad del siglo XX o a mediados del mismo advertían de los peligros del socialismo de Estado, de la mediocridad generalizada, del control social, de la evolución de las democracias liberales hacia sociedades totalitarias, del consumismo y el aislamiento.

Libro fundamental de las distopías es 1984, el cual trata acerca de los peligros del totalitarismo y de la multiplicidad de herramientas de las que echa mano para el control del Estado y de los individuos que forman parte de él. Del nombre de su autor, el británico George Orwell, deriva el mencionado término “orwelliano”.

De esta forma la literatura se convierte en un aparato para descifrarnos al mundo. Por eso 1984 imanta el interés, sacude el ánimo, estimula la reflexión y devasta la apatía. Parece escrita para los tiempos que corren: no deja incólume a nadie. Es un libro referencial y siempre de lectura urgente.

Por eso se ha convertido por derecho propio en un hito de la cultura contemporánea y en uno de los textos más mordaces de todos los tiempos. Desde su aparición, y con el auge de los populismos en el mundo, pronto se pueden detectar las simientes del totalitarismo en organizaciones y partidos políticos aparentemente ideales; y en los líderes “carismáticos”, la sombra revelada de los opresores más ignorantes, obsesivos y crueles con su propia gente. Volteen, si no, hacia la dirección que quieran.

[VIDEO SUGERIDO: David Bowie – 1984, YouTube (ziggiestarlet)]

La inteligencia rockera, observadora, nunca ha dejado de llamar la atención sobre ello y lo ha hecho con obras ejemplares a través del tiempo. Desde aquellos años sesenta en que la concientización le puso nombre y apellido a las malévolas circunstancias de cada momento y época, hasta nuestros días.

Los títulos de Orwell, Rebelión en la granja (por el que Pink Floyd creó un gran disco, Animals) y 1984, han sido piedra de toque para rockeros distinguidos como David Bowie, quien con Diamond Dogs (1974) mostró que los libros, además de ser entrada a universos paralelos e interiores, fuente de éxtasis, también son detonantes para la construcción de nuevas obras, maestras algunas de ellas, como exige la cadena histórica del arte.

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 Van a partir tu lindo cráneo y lo van a llenar de aire,/y van a decirte que tienes ochenta años,/pero no te va a importar, hermano./Van a estar inyectándote cualquier cosa,/el mañana no existe./Cuidado con la salvaje mandíbula del 1984″, dice en la canción que habla del lavado de cerebro y da nombre al tema principal.

Pero la sensibilidad que desató la novela también expone las realidades actuales en piezas como “Big Brother” y “We Are The Dead”, que evocan al control y a la policía del pensamiento en la trama orwelliana.

Ahí quedó el álbum, su interpretación de la lectura, la estética presentada (glam), sus puntillosos tracks y las reflexiones del artista al respecto.

En ellas se pregunta si la historia sirve para algo (ante el profundo estupor con el que encaramos el porvenir), y se responde con agudeza, que sí, para constatar que las utopías siempre resultan dudosas y que es más benéfico para todos acercarse a ellas a través del arte, de la mejor ficción en este caso, para evitar los errores del pasado.

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Por su parte, Rick Wakeman hizo lo propio con el disco homónimo 1984 (publicado en 1981). A pesar del caos en que estaba metido en su vida particular (excesos), o quizá precisamente por ello, el ex tecladista de Yes, se embarcó en el proyecto de trasladar la obra de Orwell al rock progresivo. Y lo hizo acompañado de una pequeña orquesta de colaboradores e invitados, incluyendo su sección de cuerdas en algunos pasajes.

Junto a él estuvieron el autor de las letras Tim Rice (famoso por los musicals Evita o Jesucristo Superestrella, películas de Disney como La Bella y la Bestia o El Rey León), Chaka Khan, Kenny Lynch, Steve Harley y, en uno de los temas, su compañero en Yes, Jon Anderson.

Esta obra conceptual tiene sus altas y sus bajas, es decir, es un álbum ambivalente, con pasajes tan finos, virtuosos y atinados, como solos churriguerescos y contrastantes con el tono de la obra original. Sin embargo, es un disco que se deja escuchar.

Pero hay que hacerlo con cierta distancia y tomando en cuenta los antecedentes de Wakeman hacia las obras de ficción. En primer lugar por su testimonio y propuesta al respecto y, en segunda instancia, por la curiosidad hacia el trabajo de alguien que ya se había embarcado en proyectos semejantes con Las seis esposas de Enrique VIII, Viaje al centro de la Tierra, Mitos y leyendas del rey Arturo y los Caballeros de la Mesa Redonda, Criminal Record y algunos soundtracks extras.

Los excesos de la vida más los excesos genéricos produjeron, al fundirse, alguna que otra joya que terminó adornando este álbum.

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Asimismo, hay que atreverse con el más reciente acercamiento que hizo The Muse al escrito de Orwell: The Resistance (2009). En él Matt Bellamy, líder de la banda, puso sobre la mesa su certeza en cuanto a la teoría de la conspiración. Cree a pie juntillas en que hay manos ocultas tras cada asunto que domina en el mundo. Y no le falta razón.

Tras la lectura que realizó de 1984, lo escrito por George Orwell le pareció el más acertado vaticinio que se ha hecho sobre la realidad global que nos circunda en estos momentos.

Frases como las siguientes se convirtieron en el leit motiv para la realización del disco: “Y si todos los demás aceptaban la mentira que impuso el partido, si todos los testimonios decían lo mismo, entonces la mentira pasaba a la historia y se convertía en verdad”…“No latía en su cabeza ni un solo pensamiento que no fuera un slogan. Se tragaba cualquier imbecilidad que el partido le ofreciera”…“A Winston le sorprendía que lo más característico de la vida moderna no fuera su crueldad ni su inseguridad, sino sencillamente su vaciedad, su absoluta falta de contenido”.

El manejo de los medios de información, la imposición de gustos, la omnipresente vigilancia, la controlada libertad de expresión y la castración de los sentimientos, son el hilo inspirador de The Resistance, donde el amor también ocupa su lugar en medio del claustrofóbico ambiente.

Quizá el mejor álbum del grupo hasta la fecha y ejemplo conspicuo sobre la cercana relación que el rock auténtico mantiene con la literatura.

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[VIDEO SUGERIDO: Muse – United States of Eurasia (Live BBC Children In Need Rocks 2009) (High Quality video) (HD), YouTube (Luis Reyes)]

 

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JARVIS COCKER

Por SERGIO MONSALVO C.

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 EL PODER DE LA LETRA

En los primeros años de la década de los noventa la música popular británica volvió a renacer bajo la influencia de, entre otros, grupos como Blur, Oasis y Pulp (que llevaba años en activo y que finalmente pareció tocar una cuerda sensible en la juventud). Todos le agregaron un tinte excéntrico a la música de entonces y  el término britpop empezó a circular.

A partir de ese momento dicho término se asoció en principio con canciones simples y melodiosas para la guitarra, con la escena del dance ejerciendo cada vez más influencia, y en las que de preferencia se combinaba una postura algo disidente con una buena porción de coraje y aspereza. “El britpop mostró potencial revolucionario, fue la última vez que la música expresó algún tipo de función social”, ha rememorado Jarvis Cocker, compositor y líder de Pulp.

(Pulp fue el nombre perfecto para explicar el ambiente de la época. Se trataba de un intento por encontrar significado en lo que se produce y se desecha en masa y que, al fin y al cabo, nos rodeaba a todos diariamente. Filtrarlo y encontrar algo de belleza en todo eso.)

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Nadie ha explicado la esencia británica de finales del siglo XX y comienzos del XXI mejor que Jarvis Cocker. Desde las inhumanas afrentas del thatcherismo, a los desmanes de “la izquierda de caviar y champán” de Blair, el nuevo laborismo y el fervor patriótico como forma de excepción. Lo hizo a veces disfrazado de parodia; otras, en clave de romanticismo psicoactivo.

Sin embargo, las más de las veces, desde un mayor consenso: como cómplice de los incomprendidos, rastreador del glamour de polígono industrial y demás bellezas ocultas en la clase de miserias que una superpotencia es incapaz de maquillar. Con Pulp y como solista a la postre, Cocker mostró una amalgama de las más distintas sensibilidades progresistas, desde la obrera a la de la burguesía bohemia.

A fines de los noventa la popularidad del britpop empezó a decaer y Cocker tomó su propio rumbo como solista. En ambos periodos sus canciones han  respirado plenitud y redondez, poder de observación, franqueza y sensibilidad, así como una inmensa capacidad para exponer las torpezas y los sentimientos personales y humanos y convertirlos en temas pegadizos y definitorios.

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Por todo ello la prestigiosa editorial Faber and Faber (que entre su catálogo cuenta con T. S. Eliot y Harold Pinter, como muestras) además de contratarlo como editor, le publicó al comienzo de la década un libro con sus mejores letras comentadas por él mismo: Mother, Brother, Lover, Selected Lyrics. Volumen en cuya introducción emite una serie de conceptos muy interesantes para comprender sus puntos de vista entre la hechura y la lectura de una canción dentro del rock. Mismos que expondré a continuación:

“Nunca tuve la intención de ser letrista. Había querido ser una estrella del rock desde más o menos los ocho años (que es probablemente la edad en la que vi por primera vez la película Help! de los Beatles), así que allá por 1978, cuando finalmente convencí a tres amigos del colegio con halagos para que formaran un grupo conmigo, éramos demasiado ineptos para tocar las canciones de otros. Así que tuvimos que escribir nuestro propio material.

“Como se trataba de mi banda y yo era el cantante, acabé teniendo que escribir las letras. Así que me encontré en la posición donde se encuentran muchos compositores cuando empiezan: no te apetece hacerlo. Pero como una canción no es realmente una canción hasta que tiene letra, sentarte y escribirla es tu problema. Y adquiere connotaciones del tipo: “¡Aaggh!, ¿De verdad tengo que hacer esto?” que permanecen contigo a lo largo de los años.

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“Si alguna vez tienes la desgracia de estar en un estudio de grabación donde el trabajo se ha detenido con un gran chirrido de frenos, no será porque el baterista tenga un “bloqueo de baterista” o el guitarrista “un bloqueo de guitarrista”. Sólo los escritores se “bloquean”. Muchas de las letras de mis discos fueron escritas apresuradamente la noche antes de una sesión de grabación porque yo había estado evitando escribirlas hasta el último minuto.

“Resulta extraño que la parte más inteligible de una canción –las palabras, esas cosas que la gente usa para comunicarse todo el tiempo— tengan que ser vistas como lo más aburrido y tedioso del proceso de composición de una canción por parte de los propios músicos.

“Pero una vez que te das cuenta de que la letra nadie la escucha, empieza la diversión de verdad. Si nadie te escucha puedes decir lo que se te ocurra. Mis primeros intentos coincidieron aproximadamente con mis primeros escarceos amorosos con el sexo opuesto.

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“Me llamaba la atención la enorme divergencia entre cómo se describían las relaciones en las canciones que escuchaba por la radio y mi experiencia en la vida real (supongo que también podía ser culpa de mi propia técnica). Así que decidí intentar equilibrarlo, introduciendo en ellas la torpeza y todos los momentos incómodos por los que había pasado.

“A lo mejor las letras no eran tan importantes para el éxito de una canción, pero me di cuenta de que para mí sí importaban. Siempre estaba buscando algo en ellas que generalmente no encontraba. Había amado al rock desde una edad muy temprana y ahora quería que me acompañara durante la adolescencia, así que acabé documentando mi adolescencia a través de la música.

“Eso se convirtió en un anteproyecto de mi proceso de trabajo: un intento de emparejar un tema ‘inapropiado’ con estructuras de rock bastante convencionales. Un intento de crear el tipo de música que yo hubiera deseado que estuviera ahí para ayudarme cuando lo necesitaba.

[VIDEO SUGERIDO: Pulp – Common People (Reading 2011), YouTube (KeeFHQVideos)]

“Ese tipo de fricción entre la letra y la música me resulta  problemático cuando se muestran las letras de manera aislada. Desde que las letras empezaron a ser incluidas en las fundas de mis discos siempre he incorporado las instrucciones: ‘Por favor, las letras no deben ser leídas mientras suena el disco’.

“Eso se debe a que lo escrito sólo existe para ser parte de algo más, una canción, y cuando lo contemplas impreso en una página lo estás viendo extraído de su hábitat natural, lejos de ese “algo más”. A veces funcionan con la música, a vece van en su contra, pero leer una letra es como ver la televisión sin sonido: sólo recibes la mitad de la información. Nunca se te ocurre escuchar el sonido de la batería aislado de los otros instrumentos. Y, en especial, no quiero que la gente extraiga las letras de su hábitat natural mientras suena la música.

“Recuerdo cuando compré The Dark Side of the Moon de Pink Floyd siendo un adolescente y corrí a mi casa para ponerlo. Me senté con la funda abierta sobre las rodillas, enfrascándome en las letras de Roger Waters mientras el disco daba vueltas sobre el plato y, para mi horror, eso hizo que las letras parecieran espantosas. Todo lo que había sonado profundo y lleno de sentido en el trayecto en autobús  casa ahora resultaba anticuado y torpe: la sintáxis se hacía pedazos y las palabras estaban metidas con calzador para adaptarse al ritmo de la música o de la melodía vocal.

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“Por lo general, cuando lees algo tiene el tempo natural de la manera de hablar, pero en una canción debe adaptarse al ritmo de la música que lo acompaña. Esta preocupación sobre cómo se percibe una letra también alimentaba el modo en que se presentaban las letras en el cuadernillo. Siempre he tenido una tremenda aversión por el modo en que se suelen transcribir las letras, generalmente para que parezcan poesía. Las letras no son poesía; son las palabras de una canción.

“Nunca he escrito un diario, por lo que las canciones son lo más cercano que tengo a un registro de mi desarrollo personal (o la falta de éste). Si mientras tanto he aprendido algo sobre cómo escribir canciones, es que para que suenen verdaderas deben estar ancladas  en tu propia experiencia personal (pero no ocupar su sitio).

“Yo suscribiría la visión de Leonard Cohen: “El arte es la ceniza que queda en tu vida cuando ésta arde bien”. La vida es importante y el detalle es crucial, y sólo un verdadero testigo ocular se percataría de los detalles aparentemente insignificantes. Cuando trasladas estos detalles a las canciones, les otorgan autenticidad.

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“Creo que realmente uno no tiene mucho control sobre lo que permanece o no en la mente, y es la azarosa naturaleza de la memoria lo que te da una voz original: suponiendo, claro, que puedas aprender a reconocerla y usarla. No todas las cosas que tu cerebro te presenta para que las consideres son especialmente agradables o correctas, pero merecen tu atención si aparecen ante tu conciencia.

“Lo peor que puedes hacer es esforzarte conscientemente en ignorar todas esas cosas y escribir ‘correctamente’, intentar hacerlo ‘como se supone que debe hacerse’. Eso es muy común: quizá la gente no valora lo suficiente su propia experiencia para creer que sea merecedora de ser escrita. No fue hasta que dejé mi natal Sheffield en 1988 cuando comencé a escribir sobre la ciudad de manera explícita: hasta entonces no había podido verla con claridad.

“Entonces empecé a escribir sobre ella en un intento frenético de que no desapareciera de memoria. Había estado desesperado por escapar de ahí, y ahora la recreaba obsesivamente en mi mente. Sólo que mejor. Es bueno conservar todos los momentos incómodos y los titubeos, pero puedes alterar un poco el orden y ajustar la iluminación cuando sea necesario. Al fin y al cabo tú eres el jefe, se trata de tu reino. Nadie tiene que saber dónde acaba la realidad y comienza la fantasía.

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“Por la razón que sea, mis canciones siempre están basadas en lo narrativo. A veces me gusta marcar distancias siendo alusivo y diciendo vaguedades, pero cada vez que lo he intentado ha resultado un desastre. Al final te quedas con lo que eres capaz de hacer: una habilidad es en realidad una incapacidad disfrazada. A veces la narrativa lo invade todo y la ofrezco con cualquier melodía, simplemente ‘hablo’ por toda la canción.

“Si no se te ocurre una melodía decente que acompañe a la música, entonces no te molestes, simplemente dedícate a hablar durante la misma. Si no, te acercas peligrosamente a la ópera (y eso es muy peligroso). Otra cosa que he aprendido a lo largo de los años es a convertir los defectos en ganchos comerciales. No intentes esconder un defecto, exagéralo. Hazlo tan grande que al final nadie pueda verlo.

“Comencé este texto afirmando que las letras no son realmente importantes en la música, en el rock, pero por supuesto a lo largo de los años he encontrado muchas excepciones a la regla. El pop de las listas de éxitos (curioso término) puede no ofrecer demasiado sustento lingüístico, pero una vez que te alejas del camino trillado está ahí para ser descubierto.

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“Me refiero  a Lou Reed y al Velvet Underground, pero Scott Walker, Leonard Cohen, Lee Hazelwood, Jim Morrison, Dory Previn, David Bowie, Mark. E. Smith, Nick Cave, Jeffrey Lewis, Will Oldham y Bill Callahan son sólo algunos de los otros escritores que he admirado durante años por su habilidad para abordar temas en canciones que resultan intelectualmente estimulantes. Les agradezco que hayan sido motivo de inspiración. (Y no olvidemos a Dylan, a quien llegué tarde pero que con algo como ‘A simple Twist of Fate’ ofrece un mágico ejemplo de cómo contar una historia en una canción).

“Hay una cita de Albert Camus en la contraportada del álbum de Scott Walker, Scott 4: “Un hombre es tan sólo este lento camino para descubrir, a través de los desvíos del arte, esas dos o tres grandes y simples imágenes en cuya presencia su corazón se abrió por primera vez”. Eso lo clava: esas imágenes se te incrustan cuando eres demasiado joven para entenderlo y después te pasas el resto de tu vida intentando desentrañarlas. Si tienes suerte, el esfuerzo merecerá la pena”.

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(Coda) Dos fechas que definen a Jarvis Cocker: En 1995, Pulp con él a la cabeza llevaba 17 años creciendo como banda de rock. Sus primeros discos habían sido bastante oscuros a la vez que simples. Fue hasta 1994 con “His’ n’ hers” cuando el grupo realizó una explosión de colores que lo puso de lleno en el epicentro del britpop. Y cuando parecía que habían llegado a la cumbre con ese último trabajo apareció en 1995 su disco magistral: Different Class.

Para muchos este disco es la obra mayor de todos esos años y todos esos grupos, de una delicadeza y equilibrio excepcional Different Class se situó como el disco perfecto, donde se reunieron todas las tendencias del momento: rock, pop, disco, guitarras acústicas, ternura, pasión. Hoy es un álbum clásico, un disco brillante desde cualquier perspectiva desde la que se le observe.

Todos sus temas respiran frescura y atingencia, aunque sobre todos ellos destacan tres, tres canciones que describen a Pulp con exactitud, tres temas por los que han pasado a la historia de la música británica: “Common People” para muchos su mejor canción y su éxito más abrumador, “Something Changed” de un estilismo perfeccto, las palabras se quedan cortas para describir la magia que transmite, y “Disco 2000” donde rompen todos los moldes y el optimismo se dispara para ofrecer una canción maestra.

En1996 Jarvis Cocker, el líder de Pulp, sabotea la actuación de Michael Jackson en la ceremonia de entrega de los Brit Awards, los premios británicos a la música. El cantante de Oasis, Noel Gallagher, pide que se nombre a Cocker miembro de la Orden del Imperio Británico tras semejante hazaña.

[VIDEO SUGERIDO: Jarvis Cocker – I Never Said I Was Deep, YouTube (JarvisCockerVEVO)]

 

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LOU REED

Por SERGIO MONSALVO C.

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EN LA TIERRA DE NEVERMORE

Los poetas románticos fueron los que dieron curso al hábito de reflexionar sobre la creación poética, de hacer de la literatura un tema literario o de la poesía motivo de un poema. Edgar Allan Poe (1809-1849) fue un poeta estadounidense romántico, solitario y maldito. Vivió en el desasosiego; hizo de su vida un escándalo; frecuentó y sucumbió a los paraísos artificiales, siempre estuvo acosado por la miseria y supo también que la sociedad en la que le tocó existir crecía como un monstruo insensible.

En medio de todo ello quiso que el signo de su vida fuera hasta el final el de la inteligencia. Y ésta le exigió de manera constante un dominio consciente y minucioso de la composición; el conocimiento pleno de su lengua y de sus posibilidades estilísticas; el rigor que le permitiera extraer de cada vocablo la interminable variedad de sus matices, porque la hechura de un poema —a final de cuentas para él— era un acto de rigor y de lucidez.

Poe compuso The Raven (El Cuervo) bajo una severa disciplina. Meditó en todos sus detalles, desde la gradación de las estrofas hasta el sonido y la extensión de las sílabas; desde el tema hasta la combinación de los símbolos que expondrían los diversos ángulos de su significado.

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La modernidad que caracterizó su trabajo artístico estuvo determinada por su capacidad para moverse entre lo preciso y lo indeterminado, entre la geometría y el sueño. Por eso se volvió universal y trascendente, un autor al que habría que revisitar una y otra vez.

Hoy podemos ubicar a ese poema en otra red de relaciones y desde luego no será la última. Eso es lo que tienen las obras clásicas, siempre admiten nuevas lecturas. Poe lo sabía e hizo que la lucidez aplicada a su composición poética no fuera incompatible con el hecho de que el poema continuara siendo un objeto indeterminado, infinito y cuyo sentido fluyera en distintas direcciones.

Lo que él escribió fue una partitura que los demás deben ejecutar para extraer de ella sus innumerables posibilidades, para reconstruirla cada vez que se le lea, para hacer de ella un patrimonio de todos y de nadie.

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El rock es heredero directo del romanticismo y sus poetas también lo son. Se han negado a hacer una distinción entre el arte y la vida. Personalidad sobresaliente de dicha escena fue Lou Reed desde los años sesenta hasta su muerte, con sus letras crudas, incisivas y cargadas de poética urbana.

Reed durante todos esos años rindió tributo a sus maestros primigenios: Charles Baudelaire, Arthur Rimbaud, Edgar Allan Poe, Delmore Schwartz, hombres señalados para un extraño destino y una extraña actividad: la escritura, misma que los convirtió en seres angélicos o demoniacos, según se quiera ver: entes que sufrieron el desgarramiento de pertenecer a una sociedad hostil hacia la poesía. Por eso se volvieron sus impugnadores y disidentes.

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Reed, en su momento, le brindó un homenaje a Poe con un disco titulado The Raven (Sire/Reprise, 2003): “Estos son los relatos de Edgar Allan Poe/ quien no es exactamente el chico de al lado”, canta el rockero neoyorquino después de una introducción dramática saturada del estruendo de los saxofones.

Y vaya que tiene razón. Poe, el cual murió producto del alcohol y las drogas, escribió sobre el mal, los crímenes, la amenaza de la muerte y la vida después de ésta. Fue creador de géneros. Sus poemas y relatos están empapados de angustia y de visiones aciagas, ni más ni menos.

En el año 2000 se estrenó en Hamburgo, Alemania, la producción  POEtry, la segunda pieza de teatro musical escrita por Lou Reed (la primera fue Time Rocker), con una puesta en escena en colaboración con el director Robert Wilson que se basa en la vida y obra del autor decimonónico. El disco de Reed, que lleva el nombre del poema más famoso de Poe, es el soundtrack de dicho montaje.

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En sus textos Reed entreteje detalles biográficos de la vida del atormentado autor con sus escritos más conocidos, poniendo énfasis en la  ironía presente y sombría en todos ellos, así como en la capacidad de Poe de asomarse a las profundidades del alma humana, con sus miedos y temores. Muy atractivo el punto en sí mismo, pero lo mejor del tema es que viene empacado en una colección de canciones muy sólidas.

Además, The Raven (el disco) contó con la producción de Hal Wilmer, encargado de gran número de soundtracks y discos de tributo, y una larga lista de invitados especiales: Laurie Anderson y el actor William Dafoe se encargaron de los tracks de spoken Word; a David Bowie se le escuchó en la carta “Hop Frog”; al cantante de Anthony con una versión bizarra de un tema imperecedero de Reed “Perfect Day”; Steve Buscemi cantó “Broadway Song”, que resultó sarcástica en este contexto, mientras que Kate y Anna McGarrigle prestaron la libertad de sus voces a por lo menos tres cortes.

El legendario jazzista Ornette Coleman y su sax alto trazaron intrincados círculos en torno al riff repetido de la guitarra en la pieza “Guilty” y The Blind Boys From Alabama catapultaron hasta el cielo, con sus conocidas acrobacias vocales, el groove del blues gospel “I Wanna Know (The Pit and the Pendulum)”.

En una versión limitada también se pudo adquirir The Raven en una caja de dos CDs que incluía 15 tracks adicionales de spoken word, para delicia de los amantes de Poe.

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Entre todo eso Lou Reed siguió sonando como él mismo, a veces con un rock duro o bien cantando con delicadeza, siempre inspirado. Le acompañó como siempre su grupo formado por Mike Rathke (guitarra), Fernando Saunders (bajo) y Tony Smith (batería).

Ya sea que se le vea como un homenaje a Poe o como una colección temática de canciones, The Raven es un álbum de proporciones monumentales. La sensación del misterio escondido en el acto de la creación lleva a los poetas (Poe y Reed) al hallazgo de estados recónditos, pertenecientes a ciertos momentos emocionales que cambian las letras comunes y corrientes en valores del espíritu:

“¡Quita el pico de mi pecho!/

¡Deja mi alma en soledad!/

Dijo el Cuervo: “Nunca más”.

[VIDEO SUGERIDO: Lou Reed The Raven (HQ), YouTube (MetalMachineManiac)]

 

Ex Libris

ARTHUR RIMBAUD

Por SERGIO MONSALVO C.

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 EL ROCK COMO LEGADO ESPIRITUAL

“¿Tuve alguna vez, una juventud herioca,

fabulosa, como para ser escrita

sobre páginas de oro?”

“Mañana”/A.R.

El universo es sostenido por una armonía mágica perceptible para los sintonizados con sus buenas vibraciones, y las buenas vibraciones deben sentirse por instinto. Vivir no significa respirar sino actuar, usar nuestros órganos, nuestros sentidos y facultades, todas las partes de nosotros mismos que nos dan el sentimiento de existencia.

El hombre que más ha vivido no es quien cuenta con el mayor número de años sino aquél que más ha sentido la vida. Arthur Rimbaud fue uno de éstos, porque cada parte de su cuerpo le dolió de tanto deseo de vivir.

Odiaba el sueño de la razón, porque la razón duerme cuando el sentimiento que le inspira vida es atado por las estrechas categorías del intelecto y el orden. La disyunción se volvió entonces su regla dominante.

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De esta manera el yo rimbaudiano se redefinía continuamente, según lo dictaran sus sentimientos e instintos. Por todo ello la poesía de este francés universal (nacido hace más de 150 años) no es tierra para ancianos, ya que busca la juventud perpetua mediante la experiencia dinámica del yo, en la apoteosis de su pureza instintiva.  Su meta es la de abrazar al universo y volverse Dios.

Rimbaud define la juventud no en años sino en emociones. Su poesía nace en el esplendor juvenil y se propone permanecer ahí por siempre. Conserva su plenitud al renacer todos los días (con cada lectura de Le Bateau Ivre, El Barco ebrio, y Une Saison en Enfer, Una temporada en el infierno). La lucha que engendra el cambio es su elixir vital, porque sólo el cambio eterno garantiza la juventud eterna.

Y en eso Rimbaud vibró con la armonía universal: Il faut être absolument moderne (“Hay que ser absolutamente moderno”). Su legado mágico de eterna juventud. El rock es heredero directo del mismo.

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Muchas letras del rock están inundadas por ese lenguaje de la emoción que creó el poeta: necesitar, querer y sentir son los ladrillos con los que se construye su vocabulario abstracto. En este género musical la lógica y la razón se relacionan en todas partes con la pérdida de la juventud y la muerte de la vitalidad:

Cuando era joven la vida me parecía maravillosa,

Un milagro, oh, era hermosa, mágica…

Pero entonces me mandaron para aprender a ser sensato,

Lógico, responsable, práctico,

Y me mostraron un mundo en el que podría ser fiable,

Clínico, intelectual, cínico

 Esto es parte de «The Logical Song», de Supertramp, una versión del sentir rimbaudiano. Está inmersa en dicho sentir porque la canción rechaza la fuerza trascendente de «la mente filosófica» manejada como remedio contra la depresión adulta. No confía en el intelecto, al cual en este caso equipara al cinismo.

El pensamiento rimbaudiano niega la trascendencia. Enfrenta los problemas de lleno y de manera emocional.  En su mundo la alternativa a la juventud mágica es la vejez cínica; y las dos cosas no se unirán jamás: “Las voces instructivas han sido exiliadas del egoísmo infinito de la adolescencia”.

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Rimbaud describió el futuro paisaje del rock en el poema “Juventud”:

Todas las posibilidades armónicas y arquitecturales se agitarán en torno a ti. Seres perfectos, imprevisibles, se ofrecerán para tus experiencias. A tu alrededor acudirá soñadora la curiosidad de antiguas multitudes. Tus sentidos serán el alimento de tu impulso creador. En cuanto al mundo, cuándo salgas ¿en qué se habrá convertido? En todo caso, nada de las apariencias actuales.

El alimento de esta música no es apto para cualquiera. El rock abrazará por siempre dicha juventud perpetua con la experiencia dinámica del yo rimbaudiano (“Yo, yo soy un bendito”). «Espero morir antes de hacerme viejo», afirman los Who en su clásico tema «My Generation».

La poesía del francés maldito y las letras del rock derivan del mismo impulso romántico, dividido en la actualidad entre los paladines refinados del intelecto eterno y los ejecutantes ordinarios de la música sensual.

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En los años sesenta, Marc Bolan de T. Rex creó un estilo de letras idiosincrásico a partir de sus lecturas del poeta de Charleville. Bolan no celebró el orden reinante sobre el cual su emoción rimbaudiana quería elevarse:

Yo, estoico, sereneno, de pie y elevándome

por encima de todos estos muertos, escucharé latir mi corazón

(Rimbaud)

Yo tocaré mi propio gong

Y empezaré ya

(Bolan)

Al no desear cupo para un viaje a la trascendencia, el rockero sabe sacar el máximo provecho de su música sensual y ha promovido con ahínco el mito de su eterna juventud: «Conforme envejecemos dejamos de tener sentido«, afirman los Talking Heads en el álbum Speaking in Tongues. La locura de la juventud es el sentido más divino del rock.

Asimismo y pese a los esfuerzos de las ciencias sociales y exactas por otorgar una objetividad simple al mito juvenil, los hechos son subjetivos y complejos. Los adolescentes que brindaron a Elvis Presley su primera e histérica recepción en los años cincuenta ahora tienen más de 70 de edad. Y, según estadísticas, no han abandonado al género en masa en favor de Beethoven o de Justin Bieber.

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Son aquellos que, como ejemplo, componen el desfile de devotos que a diario recorre Graceland, el mausoleo de Presley en Memphis. En las páginas de los periódicos o revistas consumen pequeños datos sin fin acerca del estado del hígado del “rey” cuando se le hizo la autopsia o de alguna nueva “aparición” de su parte. Compran por teléfono o e-mail los CD’s nostálgicos anunciados en la televisión.

Dentro de 10 años, los punks ya encanecidos pedirán la grabación de Remember the Sex Pistols hecha por Telcel o Telemarketing. Ello indica una cosa: el auditorio del rock —género que ha entrado a su séptima década— no desaparece en cuanto sus miembros rebasan la pubertad, la adolescencia o la juventud oficiales. No.

Por otro lado, sus estrellas tampoco son inmunes al envejecimiento.  Los Rolling Stones, Pink Floyd o los Beach Boys llevan más de 50 años presentándose. Se arrugan al igual que todos los demás —el caso extremo y ejemplar de Keith Richards lo dice todo—. Es decir, sus públicos no rechazan el envejecimiento, siempre y cuando se preserve el mito de la juventud en él.

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En la mitología griega Cadmus y Teiresias asistían a las parrandas dionisiacas aunque estuvieran debilitados por el paso del tiempo. La estrella contemporánea de la escena musical sólo tiene que aplacar a las deidades de la juventud para seguir rocanroleando. Mick Jagger a los 70 años, y con los pantalones pegados de un adolescente en busca de sexo, no resulta más extraño que un Cadmus vestido con pieles de cervato y logra la misma satisfacción ritual.

Las figuras del rock y su auditorio no desaparecen con los años. No obstante, en la mayoría los gustos se vuelven fijos y quizá decaigan en el sentimentalismo. Pocos de los admiradores originales de Elvis poseen la flexibilidad emocional suficiente para apreciar a The Strokes o Marilyn Manson, pero siguen escuchando «Heartbreak Hotel».

En general, el rock se caracteriza por una nostalgia inherente que detiene a los fans en la música de su juventud. Fenómeno bien demostrado por un sinnúmero de películas como American Graffiti o Grease, diseñadas para atraer a quienes crecieron en los cincuenta y sesenta.  Dichas cintas arrullan a su auditorio con la ilusión eufórica de la perpetua adolescencia, inundándolo con la música de aquella época.

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Otra muestra de esto fue la celebración masiva en la Unión Americana —a principios del 2004— por los 40 años de la llegada del Cuarteto de Liverpool a los Estados Unidos y su presentación en la TV de aquel país (en febrero de 1964) con infinidad de tributos.

Entre los festejos figuró el lanzamiento de un disco digital con las cuatro presentaciones del grupo en el famoso programa de Ed Sullivan, que incluyó once temas de otros conciertos, así como retrospectivas de la Galería Smithsoniana, el Instituto Estadounidense de Cinematografía y el Museo de la Radio y la Televisión.

Los eventos incluyeron la exhibición de la película A Hard Day’s Night en el prestigioso Lincoln Center de Manhattan. “La década de los sesenta comenzó cuando los Beatles llegaron a la tierra del Tío Sam”, dijo algún exaltado historiador, al respecto.

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Los hechos lo indican: que el pasado no está muerto, ni siquiera es pasado, y nunca termina de pasar y además se mezcla, convive y compite con el presente en diversas manifestaciones. En realidad nadie quiere que se vaya. Siempre es evocado en todos los ámbitos de la época, a veces de manera flagrante, otras de forma encubierta.

En octubre del 2017 (del viernes 7 al domingo 9) se llevó  a cabo el Desert Trip Concert, en Indio, California. El cual tuvo el cartel único e histórico de Los Rolling Stones, Bob Dylan, Paul McCartney, Neil Young, Roger Waters, y The Who, juntos por primera vez, en un festival que duró esos tres días, con asistencia internacional masiva, a pesar del costo y la lejana ubicación desértica.

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El rock tiene poco qué ver con los hechos objetivos del tiempo y la edad; y todo con los reinos míticos de la juventud imaginaria, los cuales se encuentran abiertos a los adolescentes de todas las edades. La veneración por aquellos reinos tiene sus raíces en el romanticismo.

La dicha fue estar vivo aquel amanecer,

Pero ser joven era el paraíso mismo.

Eso escribió William Wordsworth durante la adolescencia de la era romántica, cuando los héroes del arte a menudo eran encarnaciones de la propia juventud, tal como lo indican los nombres de personajes literarios como Childe Harold y el joven Werther. Para el héroe romántico, la edad avanzada significa una caída de la gracia, una enfermedad aborrecible.

El romanticismo de Wordsworth, por ejemplo, venera la infancia y la juventud: el «tiempo tempestuoso» de la «comunión subconsciente con la belleza», según su «Immortality Ode». Los textos de este poeta presentan el perfil de una fuerza liberada en equilibrio y la más perfecta, según la primera generación romántica.

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Su pensamiento empieza por aceptar tal fuerza como divina, la cual a través de etapas de discriminación sucesiva avanza hasta una visión contemplativa del yo que hay detrás de la diversidad de experiencias.

Esta “maquinaria” espiritual posee el atractivo adicional de ser activa.  Su poesía no es un mero adorno o divertimento, sino una tecnología funcional del alma pensada para ser puesta en práctica.

De esta manera, el escritor inglés fascinó tanto a los pragmáticos como a los idealistas de la nueva era. Entre sus seguidores figuraron personajes tan distintos entre sí como John Stuart Mill, John Ruskin o Arthur Rimbaud.

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Hay suficiente amor a la acción en Wordsworth para hacer de él un auténtico revolucionario romántico. Su poesía trazó el camino medio para toda una generación dedicada a equilibrar las exigencias de lo viejo y lo nuevo. Un manifiesto que exalta las pasiones comunes de hombres ordinarios.

El rock tomó de la versión wordsworthiana del romanticismo la celebración de la infancia, y de Rimbaud la de la juventud, aunque este último rechaza la tecnología espiritual del primero porque por medio de ella la juventud debe ser refinada hasta adquirir una belleza trascendente.

Si la juventud y lo común de la vida son la materia prima de todo vigor y bondad —sintetiza el rockero—, el chiste es no abandonarlos nunca.

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El cantautor John «Cougar” Mellencamp expresa tal concepto de manera sucinta en el tema «Jack and Diane»: “Aférrate a los 16 lo más que puedas». Para él, lo mismo que para Rimbaud, la edad adulta significa privarse de la emoción de vivir.

Por eso el rock define a la juventud —al igual que el poeta galo—no en años sino en emociones, de modo que incluso un setentón como Steven Tyler seguirá siendo joven mientras persevere en la vitalidad emocional de la música de Aerosmith.

El rock nace en el esplendor juvenil y se propone permanecer ahí, por la misma razón que la poesía rimbaudiana. El yo, en ambos, es el límite y la medida del universo infinito. En tal mundo se conoce al universo, en primera instancia y siempre, por medio del sentir y los instintos. Ambos, también, son más intensos en la juventud. Es cuando más se  acerca el hombre a ser Dios y besa al firmamento (Hendrix así lo constató y ahí permanece).

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La obsesión del género con tal pensamiento corresponde sólo por casualidad a un fenómeno sociológico acerca de dicha edad en las sociedades posindustriales. Porque básicamente, se trata de un convencionalismo romántico, uno de sus pilares fundamentales:

Me paseé solo por una zona contaminada por la radioactividad

y salí con el alma intacta…

Oooh, creciendo.

Era el chico cósmico perfectamente disfrazado

Afirma Bruce Springsteen en la canción «Growing Up». Las letras por medio de las cuales el rock expresa su angustia adolescente, tratan acerca de la conservación de la energía juvenil que aísla al alma de ser contaminada por el mundo.

Los músicos que escriben estas piezas y los públicos que las consumen rebasan los límites oficiales de tal edad y no obstante se siguen vendiendo los discos y los tracks. Las canciones son escuchadas por gente de 12 a 80 años de edad o más, y los críticos de rock, ya también entrados en años, se ganan la vida discurriendo seriamente acerca de ellas en las columnas de los periódicos y revistas u on line, porque en la era del rock la gente quiere perseverar en su juventud cósmica, sin importar cuál sea su edad cronológica.

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Estas canciones no hablan del tiempo medido por el calendario sino de la vitalidad emocional, equiparada con la vida misma. Cuando esta idea rimbaudiana coincide con los hechos de la pubertad moderna e hipermoderna, el resultado se parece mucho a la posesión religiosa al converger las hormonas y la ideología sobre el mismo territorio emocional. A final de cuentas la excitación del rockero es producida más por una imaginería romántica que por un hecho social o biológico.

Un escritor como Oscar Wilde comprendió a la perfección que el romanticismo vino a redefinir la juventud, convirtiéndola en sinónimo de lo que en una época anterior se hubiese llamado «espíritu»: «La tragedia de la vejez no es que uno sea viejo, sino continuar sintiéndose joven«, declara lord Henry en El retrato de Dorian Gray. Wilde se hace eco de la idea rimbaudiana al respecto (Chuck Berry, uno de los padres fundacionales del género, terminó de grabar su último disco unos días antes de morir a los 90 años de edad).

El Gran Maldito de la poesía francesa presentó la edad como estado del espíritu y no como una etapa en el tiempo. La generación del rock está constituida por coetáneos espirituales y no cronológicos, por ello la “generación” de los Who incluye hoy también a rocanroleros 40 o 50 años más jóvenes que los integrantes del grupo. El rock simplemente ha democratizado la obsesión romántica con la juventud.

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Tal democratización no radica sólo en el auditorio de masas alcanzado por sus convencionalismos ni en la ruidosa presentación que hace de sus inquietudes sublimes. En tal música, las grandes cuestiones que el gusto refinado ha convertido en objeto de deliberaciones conscientes y dolorosas son tratadas con abandono instintivo y regocijado, con espontaneidad temeraria.

Por naturaleza propia, el rock es incapaz de lograr un acabado lírico formal y académico (el Premio Nobel otorgado a Bob Dylan en el 2016 abrió un horizonte nuevo al concepto literario), pues todo ello requiere la imposición de un orden trascendente en el material del sentimiento. De esta manera, su esencia —legado rimbaudiano— subordina la razón a la emoción, niega la trascendencia y exalta la juventud perpetua.

Todos los rocanroleros, sin importar sus edades, son unos «bastardos de la juventud». Niegan la trascendencia, equiparan «la mente filosófica» a la muerte del espíritu y buscan la apoteosis del yo en la pureza del instinto.

Hoy, los jóvenes iracundos que interpretan estilos como el indie o alternativo, el neo garage o el punk industrial (vueltas de tuerca del Good Old Rock and Roll) reafirman con sus canciones aquella leyenda: “Rimbaud es nosotros”.

[VIDEO SUGERIDO: Hector Zazou – YouTu, YouTube (fidalerebbec)]