MUDDY WATERS

Por SERGIO MONSALVO C.

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 (FATHERS AND SONS)

En los años treinta del siglo XX Muddy Waters comenzó a tocar en fiestas campiranas, muy influenciado por el sonido de Son House. Al principio de la década de los cuarenta emigró del Delta del Mississippi hacia Chicago y poco después se le pudo ver acompañando nada menos que a Sonny Boy Williamson. Lentamente fue haciéndose un hueco en una escena local muy competida.

En 1944, fue uno de los primeros músicos en pasar del instrumento acústico a la guitarra eléctrica. Seguía tocando blues tradicional del Delta del Mississippi (de hecho nunca dejó de hacerlo), pero consiguió un sonido más compacto, potente y señero. Su nombre se convirtió entonces en sinónimo de evolución y en gran ejemplo musical.

Aparte de sus innegables, enormes y excepcionales cualidades como compositor, cantante y guitarrista, Waters se caracterizó además por su talento como líder de banda, cualidades que lo elevaron a la categoría de maestro y muy buen vendedor de discos, tanto de rhythm and blues como de blues, hasta la llegada del rock and roll que eclipsó su figura por un tiempo.

La de los sesenta fue una década en la que se dio el renacimiento, resurgimiento o redescubrimiento del blues, o como se quiera designar. Para la música y para su público fue una década de expansión y exploración, un fenómeno de múltiples dimensiones y direcciones.

El viaje que realizó Muddy Waters a Europa en 1958 fue un eslabón crucial en la cadena de acontecimientos que se produjeron durante aquella época y que cambiaron la visión del mundo respecto al blues y la visión de los blueseros respecto al mundo.

En los sesenta la cultura del rock alternativo se encaminó hacia grupos como  Electric Flag, Big Brother and the Holding Company, Canned Heat, Blues Project, etcétera, como indicio de que la música de raíces se reciclaba de nuevo.

La compañía Chess Records luchaba entonces para que los temas de Muddy Waters retornaran a las listas de rhythm and blues pero, al mismo tiempo, etiquetó sus álbumes como música folk (que cobró fuerza por entonces), antes de seguir el camino del fenómeno del rock underground y grabar álbumes de “supersesiones”, para volver luego a presentarlo como “padrino del rock”.

En 1969 corrían tiempos mágicos para el rock. En gran parte esto podía atribuirse al descubrimiento del lenguaje bluesero por el público joven blanco. Los patriarcas del blues de Chicago, como Muddy Waters, readquirieron entonces merecido renombre como faros del género, mientras que una generación de discípulos más jóvenes como Mike Bloomfield y Paul Butterfield se iban forjado carreras respetables por derecho propio.

El concepto del proyecto Fathers and Sons fue sencillo y nació durante las charlas nocturnas entre el profesor Norman Dayron de la Universidad de Chicago y Marshall Chess, hijo de Leonard, uno de los creadores del sello Chess Records, que pasaba mucho tiempo en el estudio en la época en que Muddy hizo sus grabaciones. Dayron sería el productor y juntos tratarían de organizar muchos casamientos discográficos entre leyendas del blues y estrellas más jóvenes del rock, empapadas en él.

VIDEO SUGERIDO: LIVE FATHERS AND SONS (I) Muddy Waters/Otis Spann/ Paul Butt…, YouTube (rafanusan)

La propuesta era promover reuniones magistrales no constreñidas por la mentalidad de los “sencillos” ni por la tecnología relativamente simple que caracterizó las grabaciones señeras de Chess en los cincuenta. La idea era que un disco en vivo pudiera complementarse, en el caso ideal, con un álbum de estudio bien hecho. Y tal vez la presencia de las estrellas del rock sirviera para vender unos cuantos discos más en el pujante mercado blanco para el blues.

El proyecto de este álbum doble fue impulsado cuando la Asociación de Phoenix organizó el Cosmic Joy Scout Jamboree, un acontecimiento que juntó a Muddy Waters y a su pianista y medio hermano Otis Spann con los jóvenes Paul Butterfield, Mike Bloomfield, Donald “Duck” Dunn, Sam Lay, Buddy Miles y Phil Upchurch, entre otros, para un inolvidable encuentro en el opulento Teatro Auditorium de Chicago.

Esta venerable sala de acústica perfecta acababa de ser renovada por las autoridades y estaba reservada para los mejores conciertos, desde Sir Georg Solti hasta que llegó Muddy Waters a ampliar las cosas.

Este último ocupó el primer plano tanto en el concierto como en el estudio. Lo acompañarían en la aventura el ya mencionado Otis Spann, decano del piano bluesero de Chicago, cuya posterior carrera como solista hubiera florecido de no ser por su muerte prematura al año de esta sesión.

Asistiría también el guitarrista Mike Bloomfield, quien recientemente había abandonado a la Butterfield Blues Band para desarrollarse dentro de la banda Electric Flag. La Blues Band, del extraordinario intérprete de la armónica Paul Butterfield, había conocido mejores épocas, pero en esos momentos la mayoría de sus músicos principales (Bloomfield, Elvin Bishop, Buzzy Feiten, Sam Lay e incluso David Sanborn, entre ellos) habían salido en busca de una horizontes más amplios.

Otro de los invitados, el bajista Donald “Duck” Dunn, por su parte, con licencia del grupo Booker T. & The MG’s e importado directamente de la máquina del soul de Memphis, era un nombre célebre por su talento musical y además muy taquillero, así que su participación era garantía en el soporte rítmico.

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Obligada, asimismo, era la participación de Buddy Miles, baterista cuyo primer LP (con la Buddy Miles Express) constituía un vínculo obligado entre el blues y el soul. Y Sam Lay, veterano tanto del grupo de Paul Butterfield como del de James Cotton, fue el primer nombre que brincó cuando se trató de encontrar a un baterista sólido del blues de Chicago.

El álbum que resultó de todo ello, Fathers and Sons,  refleja el entusiasmo y el orgullo profesional de todos los músicos que otorgaron su calidad especial a las sesiones de estudio (entre el 21 y el 23 de abril de 1969) y al concierto (realizado el 24 de abril del mismo año).

En el material de estudio, canciones conocidas como “I’m Ready”, “Walkin’ Thru the Park” y “Forty Days and Forty Nights” se presentaron no sólo como  manera de preservar la pureza y la emoción de los temas originales, sino también para captar la gran habilidad y exuberancia de los músicos. El material en vivo se distinguió por su mayor histrionismo.

El Cosmic Joy Scout Jamboree, a su vez, fue el primer concierto de blues al que asistieron un gran número de universitarios estadounidenses. Fue la primera oportunidad para muchos de ellos de cantar “Got My Mojo Working” junto con Muddy Waters, un himno del blues que convenció de tal forma que tuvieron que tocarlo una y otra vez, hacia el final del mismo, por la emoción que despertó este encuentro entre los padres negros del género y sus talentosos vástagos blancos. Un encuentro para la historia y un disco que se convertiría en clásico por todo lo que contenía.

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VIDEO SUGERIDO: Muddy Waters –Got my Mojo Workin’, YouTube (Mungrass)

 

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‘TIL WE OUTNUMBER ‘EM

Por SERGIO MONSALVO C.

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 (TRIBUTO A WOODY GUTHRIE)

Woody Guthrie  murió en octubre de 1967 y actualmente, a más de medio siglo de aquello, se mantiene latente como vocero del proletariado de la Unión Americana. A través de su canto se manifiesta el hombre sin mayor cosa que su propio trabajo, de aquél al que la suerte, ni el destino, ni su medio han podido sacar de la cuneta, pero cuya voluntad es férrea y constante para continuar sobreviviendo.

Gutrhrie nació durante la segunda década del siglo XX, y el transcurso de su existencia está señalado por dos polos: la lucha contra las viscisitudes de una vida rodeada de pobreza y la dejadez del hobo (ése vagabundo que opta por seguir el silbido del tren y los aires que dibuja el humo de su traqueteo).

Consecuentemente se hizo músico. La guitarra fue el instrumento de este ser inquieto, su máquina de escribir canciones e igualmente para “matar fascistas” (como llevaba inscrito). Su vida estuvo marcada por su origen, Okemah, en el estado de Oklahoma, un lugar  de desastres naturales, económicos, de pobreza extrema y de falta absoluta de oportunidades.

Era un “okie” (apelativo de menosprecio con el que se dirigía el resto del país a la gente proveniente del medio oeste, donde se ubican las grandes llanuras y que fue la víctima número uno durante la época de la Gran Depresión que asoló a dicha nación).

Por todo ello Guthrie tenía opiniones muy claras sobre el mundo que lo rodeaba, donde unos ganaban mucho y otros apenas lo suficiente para mal vivir. “El dinero era lo que decidía si te trataban como un ser humano, como a un asno o como a un perro”, denunció en su autobiografía: Bound for Glory (Con destino a la Gloria).

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VIDEO SUGERIDO: Woody Guthrie – All You Fascists Bound To Lose, YouTube (UnAmericanBandstand)

Woody Guthrie observó y vivió en carne propia los sufrimientos y las penalidades de los desplazados y las describió en sus canciones.

Este cantautor estadounidense murió, pero su legado dentro de la música popular y dentro del rock, en específico, ha permanecido tan fresco como el primer momento en que Bob Dylan lo presentó a una nueva generación con versiones de sus cantos.

Y esta generación supo que el nuevo rock ahora era posible porque Guthrie había sabido llegarle a la gente con la música, hablándole de sus problemas, de sus esperanzas y de sus luchas. Desde entonces la lista de quienes le han rendido tributo no ha parado de crecer: Byrds, Donovan, U2, Klezmatics, Wilco, Anti-Flag, Meat Puppets, Lou Reed, etcétera.

Uno de los mejores homenajes discográficos que se le han rendido es la compilación que reunió Ani DiFranco, ‘Til We Outnumber‘Em (del concierto celebrado en el Severance Hall en el año 2000) y publicado en su propio sello discográfico Righteous Babe, con la participación de artistas como Jack Elliott, Arlo Guthrie, Billy Bragg, Bruce Springsteen y Country Joe McDonald, entre otros.

Woody Guthrie entró en el Salón de la Fama del Rock en 1988.

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RUBÁIYAT

Por SERGIO MONSALVO C.

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 LA REFERENCIA PERSA

La milenaria cultura persa contribuyó de manera importante al desarrollo de la civilización en general. Además de sus señaladas cuotas a la agricultura, el comercio y la urbanización, los persas crearon el concepto de arte imperial desde la llegada al poder de Ciro II, allá por el año 559 a. de C.

Dicha manifestación fue expansiva, incluyente y organizada. Toda expresión cultural, emanada tanto de lo propio como de los territorios que fue conquistando dicho imperio (que abarcó lo que hoy conocemos como Irán, Paquistán, Afganistán, Uzbekistán, Turquía, Rusia, Chipre, Siria, Líbano, Israel, Palestina y parte de Grecia y Egipto), fue absorbida para estructurar una cultura común dirigida por los sucesivos gobernantes del mismo.

Tal característica inclusiva sirvió para fomentar una cosmovisión que reflejaba la esencia de la vida en todo el territorio. Esta capacidad para mezclar tradiciones, creencias y relatos locales de tan vasto conglomerado sirvió sobremanera para cohesionar a todas aquellas etnias y proporcionar unidad y poderío al imperio persa.

Uno de los ejemplos más sobresalientes emanados de tal experiencia cultural fue la vida y obra de Omar Jayam, personaje que nació en Jorasán –actual Irán— quien cultivó entre diversas materias las matemáticas, la astronomía y la poesía. Fue un sabio en toda la extensión de la palabra, que con sus estudios y observaciones dio lustre a la cultura mencionada.

A pesar de sus varios logros en las ciencias naturales (sus tratados sobre álgebra aún son consultados al igual que sus observaciones y reformas para el calendario astronómico persa), su nombre estará asociado definitivamente al arte de las letras, sobre todo. Dentro de este campo escribió una obra que hoy se incluye en los cánones de la literatura universal, y a la que su biógrafo y traductor británico, Edward Fitzgerald, al reunirla le dio el título de Rubaiyat, una colección de sus poemas (un millar de ellos).

Rubaiyat en persa significa “cuartetos” o “cuartetas”, que es la forma en que Jayam estructuró los suyos. En este modelo poético el primer verso rima con el segundo y el último, mientras el tercero permanece libre. Tal estilo “es el más poderoso de la poesía cuando la compone un verdadero poeta”, según los entendidos (el portugués Fernando Pessoa y el armenio Jeghishe Charants, hicieron sus propios Rubaiyats).

Su repertorio temático es variado y abarca desde el disfrute del vino, el amor y el erotismo, hasta la crítica a las instituciones (religiosas incluidas). Es decir, hablan del acontecer humano y el de la naturaleza, con todas sus vicisitudes.

El acercamiento a tal concepto (el gozo por la vida y la tolerancia en contraposición al nihilismo y a los prejuicios) es lo que quisieron dejar asentado los hacedores de una compilación conmemorativa de los 40 años de la compañía discográfica Elektra Records, Bob Krasnow y Lenny Kaye, dos de esos tipos que están en las antípodas del perfil de los dirigentes de dicha industria (ignaros, pueriles, buhoneros y malandrines).

Ambos cuentan con un amplio bagaje cultural para corroborarlo (Kaye, por ejemplo, productor y miembro activo de la banda de Patti Smith, así como antologador también del legendario Nuggets –la biblia del rock de garage–, tuvo bajo su cuidado las notas del ilustrativo booklet del álbum).

La premisa para elaborar el álbum compilatorio, denominado Rubáiyat (por los motivos citados), fue de lo más sencillo: explorar el catálogo del antiguo repertorio de la compañía desde su fundación (así como de subsellos como Asylum y Nonesuch) y ponerlo a disposición de sus artistas (de ese momento) para que hicieran sus propias interpretaciones con ese material histórico.

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Entre otras muestras del cuádruple vinil y doble CD están las siguientes: Billy Bragg con “Seven & Seven Is” de Love; Gypsy Kings y “Hotel California” de Eagles; Pixies con “Born in Chicago” de la Paul Butterfield Blues Band; Faster Pussycat y “You’re So Vain” de Carly Simon; Kronos Quartet con “Marquee Moon” de Television o The Big F y “Kick Out The Jams” de MC5, por mencionar algunas.

En fin, el Rubáiyat de la Elektra, como la inclusión en la cultura persa trata acerca de congregar, de unir, las diferentes poéticas musicales que la han conformado. Porque para este proyecto, sus hacedores, al igual que concebía Gilles Deleuze, los artistas son interconectores de ideas en diferentes campos, forman parte de un coro, que conforma ese fresco llamado cultura humana.

En el trayecto del work in progress todos aprenden de todos y saben hacia dónde se dirigen. Aquél lanzó una idea, por ejemplo los Doors, y The Cure la va afinando durante el proceso. Una suma de los conocimientos específicos que han ido conformando a cada uno de los grupos. En eso consistió el método para este proyecto: imaginación. Para que la magia, completamente inexistente al principio, aflore con una nueva versión.

“Según cuenta Robert Smith, cantante y compositor de The Cure, en el cuadernillo inserto en su propio compilatorio  Join The Dots, el grupo grabó tres versiones del tema “Hello, I Love You” de los Doors en una sola noche en el estudio The Live House de Launceston (Corwall). Mirando el catálogo de Elektra decidió interpretar el tema de The Doors. Hicieron tres versiones: una ‘versión rara’, una ‘versión estricta’ y una ‘versión loca’. La llamada ‘versión loca’ –“Hello, I Love You (Slight Return)”–, que dura apenas 10 segundos, fue la única que originalmente enviaron a Elektra para el Rubáiyát, aunque luego la ‘versión estricta’ sería la que se incluyera en el álbum recopilatorio. La ‘versión rara’ se encuentra en Join The Dots”.

Desde los persas la cultura se ha erigido así, aglutinando los conocimientos de todos, desde un cincel sobre la piedra hasta la inteligencia artificial. En toda materia eso se llama evolución. El Rubaiyat de Elektra es un gran ejemplo en lo musical.

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THIS IMMORTAL COIL

Por SERGIO MONSALVO C.

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 INFINIDADES

Las únicas certezas que se tienen al escuchar la obra de This Immortal Coil es que la belleza, por necesidad, tiene ancestros. Y que éstos deben ser arropados con las más diversas utopías. ¿Por qué? Porque sólo con ese concepto se puede definir a un supergrupo.

“Supergrupo” es un término que se utiliza para describir a bandas musicales formadas por artistas que habían obtenido fama y respeto en formaciones anteriores o a nivel individual. Este término, correctamente utilizado y fuera de cualquier estrategia mercantil, se refiere a la “arquitectura” de la banda, a su conformación y andamiaje, a la aportación artística de cada uno de sus elementos.

En la música un supergrupo es una utopía, una idea que en el mismo momento de nacer lleva implícitas la fugacidad y la finitud. Es un punto en el tiempo y en el espacio donde confluyen diversas y poderosas fuerzas que tras conglomerarse ser disparan en direcciones divergentes. En ello siempre se esconde un pequeño drama, pero también un momento sublime.

En el caso de This Immortal Coil hay leyendas, una larga ruta de relevantes ancestros, la devoción hacia ellos de unos cuantos utopistas creadores y un culto restringido. Es, pues, un auténtico exponente hipermoderno.

La historia de este supergrupo comienza con las bandas totémicas Throbbing Gristle y Psychic TV (ambas con obra fundamental e influyente y huellas reconocibles en la historia postrera de la música); bandas de las que emergieron músicos y compositores como Jhonn Balance y Peter Christopherson (este último también diseñador, publicista, director de videoclips y parte de la afamada y mítica compañía de diseño Hipgnosis).

Throbbing Gristle sería no sólo el precursor de una visión de la música como estrategia contracultural, sino también uno de los exponentes más interesantes de la música industrial en su fase experimental. Ellos retomaron con más inteligencia el culto maquinista de principios del siglo XX (estrategia de los futuristas italianos, los constructivistas, los suprematistas rusos e incluso los dadaístas), pero lo impregnaron de un aire mórbido y lúgubre. Pusieron el acento en la degradación humana y en la industrialización del cuerpo.

De ahí salió Christopherson para unirse a Genesis P. Orrige y Jhonn Balance para crear Psychic TV, quienes difundieron en su manifiesto artístico que se equivocaba quien creyera que todo puede absorberse y entenderse con sólo cinco sentidos. “Al cerebro hay que expandirlo para conjuntar información, psicología y mística, para que de algún modo encajen en una sola teoría coherente sobre el universo”. De eso trató la música biodélica de este grupo.

Tras estas experiencias Jhonn Balance y Peter Christopherson se unieron para integrar Coil (espiral o bobina inductora), un aglomerado experimental de membresía expansiva, un supergrupo (el primero en esta cabeza de serie) que cultivó varios géneros (industrial, noise, dark ambient, neo-folk, spoken word y minimalismo) y amistades extremas: William Burroughs, Aleister Crowley y Karl-Heinz Stockhausen, entre otros.

Su influencia y legado en todas esas músicas ha sido patente, al igual que en la corriente electrónica.

Su trayectoria fue de casi dos décadas y una docena de discos de estudio y soundtracks (donde dieron rienda suelta al esoterismo pagano que caracterizaba a sus integrantes y a las técnicas de experimentación sonora), hasta la muerte de Balance (quien cayó del balcón de un cuarto piso, sin resolver sus problemas con el alcohol) en noviembre del 2004.

Fecha en que Christopherson declaró que la banda había dejado de existir y se fue a vivir a Bangkok, donde fundó un nuevo proyecto musical;  editó los siguientes álbumes póstumos de Coil y se sumó a la reaparición de Throbbing Gristle, con grabaciones y giras, pero la muerte lo sorprendió también una madrugada de noviembre del 2010.

Coil fue tributado en los años ochenta por el sello 4AD, que creó el concepto This Mortal Coil, bajo el cual reunió a integrantes de Cocteau Twins, Dead Can Dance y Colourbox, por mencionar algunos. Fue el tiempo en el que las músicas emocionales, el dream pop y el gótico, le abrieron los brazos a la cultura industrial, donde comenzaba a predominar la música de influencia electrónica.

VIDEO SUGERIDO: This Immortal Coil – Ambar Rain, YouTube (pescasciroppataful)

Durante esta era hubo mucha mezcla entre ambos estilos. La principal diferencia consistía en que el sonido del industrial era más duro, y el del gótico más suave, con menos distorsión de voces y guitarras.

This Mortal Coil fue un supergrupo (el segundo) armado para representar de manera etérea y atmosférica temas de Coil, así como de Gene Clark, Roy Harper o Tim Buckley.

El nombre del proyecto surgió de una referencia shakespereana (Hamlet) como metáfora para la condición humana. Tres discos duró el empeño.

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Ambos e ilustres ancestros (Coil y This Mortal Coil) dieron origen y pusieron el ejemplo para la formación de otro proyecto semejante: This Immortal Coil, el cual ha lanzado el disco The Dark Age of Love.

El activo genio musical del primero (Coil) y la capacidad para producir atmósferas del segundo (This Mortal Coil) se amalgamaron bajo la conducción del músico belga Stéphane Grégoire, quien reunió a destacados músicos y compositores con el objeto de interpretar a su manera las canciones de Coil.

 Grégoire creó a este nuevo supergrupo (el tercero en línea) para la ocasión, formado por Yaël Naim, Bonnie Prince Billy, Yann Tiersen, Matt Elliott, DAAU, Chapelier Fou, Sylvain Chauveau, Christine Ott, Oktopus (Dälek), Nightwood, David Donatien y Nicolas Jorio.

Todos ellos trabajaron durante cuatro años en el asunto, el cual ha dado como resultado un fascinante álbum. El cual contiene música que hipnotiza por su abundancia de matices.

El propio Peter Christopherson escribió sus impresiones sobre el trabajo Grégoire y todo ese cúmulo de talento llamado This Immortal Coil: “Es la primera vez que alguien (varios) con sensibilidad musical y talento ha hecho versiones de forma magistral con nuestras canciones. No hubo un solo momento durante la escucha de toda la obra en que haya dejado de tener el pelo de punta por la emoción sentida”. Unos meses después de la salida del álbum el homenajeado había muerto.

 La delicada capa lírica que compone el disco es perturbadora, de un romanticismo frugal, como postal de Pier Paolo Pasolini, que fluye en planos diversos: unas veces expresada, otras adivinada, las más sólo imaginada.

Irrealidad pura, acompañada de sonoridades ad hoc con dimensiones paralelas. The Dark Age of Love es una rica experiencia finita (como la de todo supergrupo) que habla de compenetración genética, sinceridad artística y afecto por sus ancestros, así como de reverencia por esa música mágica, astral y, esa sí, infinita.

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VIDEO SUGERIDO: The dark age of love – This Immortal Coil, YouTube (bkfn)

 

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IF I WERE A CARPENTER

Por SERGIO MONSALVO C.

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 TRIBUTO ALTERNATIVO

El pop de los años setenta sólo conjugó un verbo: edulcorar. Y lo conjugó como suele hacerlo el mainstream, la corriente más comercial: exageradamente. Lo hizo al arrullo de la única formación cuyo sustento exclusivo era ése: The Carpenters.

Pero no se espanten, esta entrada no estará dedicada a ellos sino a quienes los evocaron, una década después de su desaparición escénica, rindiéndoles el mejor homenaje posible: modificándolos. Transformando su popular legado de azucarado extremo en materia prima agridulce, para la exposición de una emergente corriente musical: el rock alternativo.

Los hermanos Carpenter fueron uno de los fenómenos musicales más comerciales en los Estados Unidos en la década de los setenta.
Su música, ligera y relajada, era un pop de fácil consumo y escucha (easy listening) para audiencias comunes, jóvenes y adultas, sin mayores exigencias. La dupla consiguió llegar a ese público masivo, gracias a sus lustrosas melodías, los pulidos arreglos y a una cristalina voz femenina.

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Este dúo formado por los hermanos Karen y Richard Carpenter, que comenzó sus andanzas  en 1969 y desapareció en 1983 – tras la muerte de Karen -, mantuvo (y mantiene) con su música una arraigada relación con la cultura promedio del país. Así como el blues y el folk son el espíritu de la Unión Americana profunda y el funk y el hip hop son la savia de los ghettos, el sonido Carpenter y su influencia son el soundtrack de Suburbia en la tierra de las barras y las estrellas, donde vive la mayoría de la población.

O sea habitantes de la casa de ensueño con su césped y cerquita blanca al frente, dos niños jugueteando por ahí y un automóvil nuevo estacionado en el garage. Insertada en una comunidad aislada, repleta de restaurantes fast food y malls. Tales suburbios evocaban cierto estilo de vida, el típicamente estadounidense de la clase media con su recreación del American Dream.

Zonas tranquilas, con ligas deportivas de aficionados y centros comunitarios; áreas suburbanas tediosas y uniformes en las que los vecinos se conocían debido a la cercanía de sus casas, y caminaban juntos desde la estación de tren a sus hogares, en aceras limpias y perfectamente alineadas.

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Ahí, durante los años setenta, cuando alguien se sentaba frente al televisor a ver series como “Los Ángeles de Charlie”, o a beber una copa de Martini al regresar del trabajo (él) y tras los preparativos de la cena (ella), la música Carpenter los acompañaba. El presidente Richard Nixon –quien odió hasta el paroxismo la década anterior– dijo que eran la mejor expresión de la juventud norteamericana y hasta los invitó a la Casa Blanca.

Era el sonido de la urbanización sin tráfico ni contaminación, que se movía (poco) y se iluminaba con la escucha de sus nada inquietantes canciones  y la vista de su impoluta imagen mediática, mientras las ciudades hervían con las de los Rolling Stones, Led Zeppelin, Black Sabbath, Funkadelic, et al.

El dúo logró su éxito a partir de una mezcla de piezas propias, versiones de éxitos consolidados y un estilo musical pulcro y aséptico, como su imagen (“Close To You”, “We’ve Only Just Begun”, “Yesterday Once More”, “Rainy Days and Mondays”, “Superstar”, “For All We Know”, “Top of the World”, etcétera). Karen tenía una voz prístina, de contralto, sobre la que ejercía un dominio admirable. Su hermano, Richard, hacía los arreglos musicales que armonizaban perfectamente con la voz y creaban un sonido distintivo, limpio, suave y arrulladoramente melódico.

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Este imago dulzón fue puesto en perspectiva, veinte años después, por una generación que estaba conformando su quehacer musical a través del entramado del rock alternativo, su actitud y sus diversas ramificaciones. Tal generación, ubicada en la década finisecular, mostraba asimismo el espíritu de la época, su pathos y sus sensibilidades.

El rock alternativo reflejaba, en ese entonces, su pasión en el descubrimiento de los sonidos diversos que componían la realidad, y trasmitía información sobre las expresiones artísticas, en este sentido, que se creaban en el underground, tras los límites o al margen de los canales más comerciales, y que representaban otras elecciones estéticas. Era “alternativo” en su afán por la expansión de las fronteras, sin restricciones y con una propuesta lejana a los lugares comunes de la escena musical.

La perspectiva dentro de tal subgénero tenía, entre muchas otras expresiones, la idea de recrear en profundidad la posición relativa de los objetos de pleitesía de dichos lugares, para mostrar otras sensaciones sobre la misma experiencia sonora: con situación y distancia. E igualmente, por analogía, también con perspectiva al conjunto de circunstancias que rodeaban al observador y que influyen en su percepción.

[VIDEO SUGERIDO: Shonen Knife Top of the World MJ090116, YouTube (celterra2)]

De tal manera, una serie de grupos de esa corriente –catorce ejemplos con sus marcadas variantes incluso internacionales — fueron convocados para realizar el “tributo” de un icono de lo convencional (y fresa, se dice en México) como eran los Carpenters. Matt Wallace y Joe Chiccarelli se encargaron de la ingeniería y producción de tal antología que motivó, a partir de ella, la proliferación de este ambivalente subgénero del álbum tributario.

If I Were a Carpenter, el título de la compilación realizada en 1994, reunió las propuestas que, más allá de las críticas que acusaron al fraterno dúo setentero de blando y cursi –comprensible tras un período en el que la música se había convertido en sinónimo de rebeldía y fuerza—, levantaron con esta referencia un manifiesto de la estética que representaban, sin caer en la broma ridícula evocando dicho material.

La estética musical alternativa mostró en tal circunstancia su amplia denominación estilística que abarcó desde las guitarras distorsionadas y estridentes a los tonos depresivos del grunge; desde la inocencia desaliñada del twee pop, pasando por el britpop, a lo etéreo del dream pop y la experimentación del post- rock. Mostró su lucha interna con la guitarra (sin demasiado protagonismo) y a su mezcla le añadieron teclados, sintetizadores, piano y uno que otro instrumento sinfónico.

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Hubo la debida atención a los sonidos atmosféricos (elementos experimentales, progresivos o del post-punk), con menos armonía, menos melodía, con su toque desgarrador, ritmo lento y carente de todo sonido alegre o festivo (excepto el del trío femenino japonés de Shonen Knife, procedentes del pop-punk). La orquestación y la creación musical de los cóvers se concentró en el cuerpo general, en la obra más que en el lucimiento de un sólo instrumento o músico. Y los vocalistas cantaron a su manera clásica con voz y tono neutros.

De los convocados brillan bandas como Redd Kross, que utiliza el kitsch de la orquestación original para interpretar con espíritu noventero el tema “Yesterday Once More”; The Cranberries, por el grano de la pronunciación irlandesa de Dolores O’Riordan y esos ecos celtas, que remueven la melosa inocencia de “Close to You” o Sonic Youth, que destacan con su elegante versión de “Superstar” (una ironía posmoderna de la cultura pop, que luego mereció el halago de la confrontación dentro de la película Juno).

Pero a aquella “ñoñería comercial” setentera, acompañada de exquisitos arreglos orquestales en aseadas y tranquilas composiciones y refinadas versiones, también se le acercaron en If I Were a Carpenter gente como Sheryl Crow, Matthew Sweet, Johnette Napolitano y grupos como Four Non Blondes, Babes in Toyland, American Music Club, Dishwalla, Bettiee Seervert, Cracker y Grant Lee Buffalo.

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El asunto no era la música o su influencia sino el contexto, el estilo. El disco antológico conjunta cóvers hechos con seriedad en uno muy diferente: con distancia o acercamiento a los originales para mostrar otro punto de vista.

La mayoría de los colaboradores de este proyecto revisionista gira en torno a la temática y a la esencia de la misma. Es un enfoque plenamente justificado si se atiende a la entidad de una obra que ha reflejado una forma se ser y de pensar, la cual representó a una mayoría en una década que tenía al rock luchando contra la música Disco y los Carpenters.

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 If I Were a Carpenter (Si fuera un Carpenter) propició una aproximación al pasado en el que el saber estrictamente histórico se combinó con la utilización del emergente rock alternativo, dando como resultado un álbum  tributo muy estimulante, sin condescendencias ni contradicciones entre sus universos, que de manera precursora abrió camino a la investigación, con la herramienta estética, de una importante parcela sonora del ayer musical.

Proporciona una información adicional con el talento fresco y la propuesta  artística de sus participantes, creando así otra dimensión, que es a lo que llamo el contrapunto: con sus divisiones de gesto, distancia y perspectiva. He ahí, para mí, su gran aportación.

[VIDEO SUGERIDO: Sonic Youth – Superstar, YouTube (SonicYouthVEVO)]

 

ExLibris

RY COODER & THE CHIEFTAINS

Por SERGIO MONSALVO C.

RY COODER & THE CHIEFTAINS (FOTO 1)

SOBRE HÉROES Y TUMBAS

(SAN PATRICIO)

 Ry Cooder con la experiencia que le ha dado su andar, su temple con las cuerdas, sabe que debajo de la realidad visible y de la historia de cualquier geografía existe una segunda realidad y otro tiempo, el de la intrahistoria, donde es posible reivindicar la actualidad de símbolos y mitos que integran la raíz de los hombres contemporáneos.

Su amistad con Paddy Moloney (integrante, fundador y líder de los Chieftains) le vino a reafirmar lo sabido. Cuando se enteró de las andanzas del llamado Batallón de San Patricio (una arrumbada leyenda en los pasados anales mexicanos, irlandeses y estadounidenses), se puso junto con Moloney y el resto de los Chieftains a reunir información y algunos temas relacionados con ello, además de una paleta del “exotismo” musical mexicano, tras conocer los entresijos de tan controvertido hecho histórico.

Una muestra más de las aventuras conceptuales de este músico y del prestigiado grupo irlandés, en las cuales todos escancian sus raíces en el entramado del crossover musical.

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A mediados del siglo XIX, el gobierno estadounidense amparado por la oligarquía y el dogma del “derecho manifiesto” (con sus pretensiones expansionistas), además de sus conocimientos sobre los ricos yacimientos petrolíferos del territorio de Texas decidió declararle la guerra a México, invadirlo y arrebatarle la tenencia de dicho estado en disputa, agregando la de Nuevo México, Arizona y California de pasada.

El resultado de tal conflagración modificó la geografía, economía y la vida de ambos países. En todo ello colaboró la mediocridad de la política mexicana, la torpeza de su ejército y la dirigencia por entonces del presidente Antonio López de Santa Anna, epítome, espejo y paradigma de la clase de personajes que desde entonces legislan y gobiernan al país.

En medio de aquel conflicto bélico, un hecho tangencial como la creación, protagonismo y posterior destrucción del Batallón de San Patricio, integrado por emigrantes europeos con un alto porcentaje de irlandeses, se convirtió para Cooder y Moloney en motivo de investigación, lecturas y proyecto conjunto.

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Al conocer la anécdota y el dramatismo de las andanzas de tal batallón ambos se engancharon con el tema, entre otras cosas porque en los tres países involucrados se contaban versiones distintas al respecto.

En Irlanda era un asunto intrascendente y menor, recordado sólo por una estatua del soldado John Ryley (quien dirigió tal batallón) en su pueblo natal. Por eso Moloney ni estaba enterado. En Estados Unidos (dicha contienda se llamó Mexican War) y en México (Guerra de Intervención) la retórica de los gobiernos ha tergiversado las acciones y contado lo que conviene para exaltar los nacionalismos y maquillar u ocultar realidades.

El Batallón de San Patricio fue en su origen una milicia integrada por emigrantes pobres europeos que llegaron a América huyendo de la hambruna que azotaba al continente y que tampoco en su nuevo destino encontraron forma de ganarse la vida.

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Se alistaron en el ejército estadounidense como mercenarios, por tres meses de paga por adelantado y por la promesa de tierras si salían vivos de la contienda. Los mandos del ejército les encomendaban los peores trabajos y además les propinaban malos tratos.

Con el resto de las tropas, los irlandeses de tal escuadrón tenían enfrentamientos por cuestiones religiosas (protestantes vs. católicos), así que en un momento dado desertaron de él 175 elementos (entre dichos irlandeses, italianos, españoles, alemanes y escoceses) y se pasaron a las filas del mexicano (que los atrajo con la promesa de mejor salario, tierras y hasta nacionalidad).

Participaron en varias batallas como artilleros e infantería con suerte ambivalente, entre convivencia con la gente (mujeres, sobre todo) y traiciones del propio Santa Anna. Al final perdieron (junto con los mexicanos), fueron juzgados sumariamente, marcados con hierro candente por traidores y desertores, algunos condenados a trabajos forzados y otros muchos ahorcados.

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Al final, también, catorce mil hombres del ejército estadounidense tomaron la capital mexicana (ayudados por los xochimilcas), desfilaron por el centro de la ciudad e izaron la bandera de las barras y las estrellas en pleno Zócalo el 14 de septiembre de 1847. Y no se fueron hasta que se firmó el tratado que redujo la república mexicana a la mitad de su territorio.

Cooder y Maloney aprendieron durante el desarrollo de su proyecto, al que titularon San Patricio, muchas cosas que no se dicen en la educación pública ni en los libros de ninguno de ambos países y descubrieron lo que la realidad cambió desde entonces: que mucha gente amaneciera de un día para otro siendo de otro país, sin derechos y sin propiedades; que el flujo constante de mexicanos hacia la Unión Americana es como un regreso a su propio terruño, y que desde entonces se han levantado toda clase de barreras, muros y prohibiciones para que esa gente lo haga, con todas las dolorosas consecuencias que eso conlleva.

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Para el proyecto San Patricio, Cooder y Moloney convocaron a mucha gente del folklor variopinto: Chavela Vargas, Linda Ronstadt, Lila Downs, La Negra Graciana, Los Folkloristas, Los Camperos del Valle, Los Tigres del Norte, el gaitero español Carlos Nuñez o el actor Liam Neeson (quien recita un texto llamado “Cruzando el río Grande” del novelista Brendan Graham), entre otros.

El resultado musical es también ambivalente, como la actuación del batallón. Cooder sólo cantó en un tema para el proyecto: “The Sands of Mexico”. Su funciones primordiales fueron las de la conceptualización (a la par de Moloney y sin buscar el aleccionamiento histórico), de enlace artístico y como instrumentista incidental y coproductor. El accionar de los Chieftains es casi anecdótico.

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[VIDEO SUGERIDO: Sinead O’Connor, Ry Cooder, Carlos Nuñez & The Chieftains: The Foggy Dew., YouTube (Gabriele Cini)]