TARJETA POSTAL

Por SERGIO MONSALVO C.

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 UNA ESPECIE EXTINGUIDA

 Este espacio se lo quise dedicar a un género epistolar que tuvo gran importancia en el ayer pero que actualmente ya ha agonizado: la tarjeta postal, de la cual se podría decir que la matamos entre todos y ella sola se murió. Lamentable. Porque significa la extinción de parte de la memoria colectiva y emocional de todo un siglo. Una memoria que con muy pocas líneas habló de vida, alegría, viajes, sorpresas, evocaciones o plenitud. Y lo hizo con cariño, con amistad, con amor y con una inigualable extensión de la personalidad: la letra manuscrita.

(Hoy es difícil describir la personalidad de alguien sólo guiados por sus mensajes de e-mail, Twitter o a través de WhatsApp. La tipografía es homogénea, contenida, fría –como el medio–, sin características individuales. Con un manuscrito la cosa cambia. Podemos saber qué color de tinta prefiere para escribir, el tipo de pluma que utiliza, si lo hace uniformemente o no, si su escritura es rápida o cuidada, si sus trazos son rectos o inclinados, delgados o gruesos, su puntuación, su ortografía –con los nuevos artilugios de corrección eso no es posible–, en fin, es un medio cálido que permite notar la personalidad de quien escribe y sus particularidades, y raramente se olvidará uno de dicho texto y de su imagen, y si es de alguien cercano, menos aún)

Volviendo a la tarjeta postal, en tal forma de comunicación siempre estuvo ausente el secreto, la privacidad. No hacía falta porque no había nada que mantener de esa manera. Al contrario, parecía alardear de su exposición pública constante sin tapujos a través de las distancias y hablaba a los demás de gente con familia o amistades viajeras en un mundo que aún no lo era de forma regular. Era un alarde inocente cuyo contenido podía ser leído con facilidad y la principal diferencia con una carta convencional, ya que ésta sí requería de un sobre para ocultar su contenido.

El de la postal era un expositor de lugares comunes, de clichés, las más de las veces. No había pretensión ni ejercicios de estilo. Era un monumento al tópico, hecho con material noticioso y testimonial –un simple mensaje– de un momento de júbilo que se quería compartir, de manera sencilla, cariñosa e ingenua.

La tarjeta postal fue además y en general un objeto bello, de paisajes naturales, urbanos o costumbristas, con una realidad aumentada en technicolor, que en su esencia logró la conjunción de la letra con la imagen, espalda con espalda, por primera vez. Un binomio que se volvió inseparable y al que únicamente  le hizo falta un sencillo soporte de cartón.

La primera postal de la que se tiene conocimiento se mandó como uno de los servicios que brindaban las oficinas de correos públicas en sus inicios. De esta manera Theodore Hook (un escritor y compositor británico muy conocido en su época) se envió a sí mismo (como una broma) aquella misiva en Londres en el año 1840. El precio fue el penique que costaba la estampilla.

Dichas postales fueron oficiales y editadas por las propias oficinas de correos. Por una cara tenían impreso el franqueo (con su logotipo y espacio para la estampilla y los sellos), mientras que la otra estaba completamente en blanco para que las personas pudieran escribir su mensaje.

Así se mantuvieron durante cuatro décadas hasta que a fines de siglo y con la llegada de la Revolución Industrial (que mejoró los sistemas para imprimir) se abrieron paso las editadas por la industria privada que las realizó con ilustraciones, no sin que antes la Union Postal Universal (un organismo internacional) regulara el formato para ellas, recomendando el tamaño de 9×14 cm. Indicación que se mantuvo hasta los años sesenta del siglo XX en que se hicieron más grandes (10.5×15 cm).

POSTALES (FOTO 2)

De esta manera las postales modernas incluyeron un dibujo o una fotografía del lugar donde eran vendidas, por lo que con ello se inauguró un espacio para ellas en las novedosas tiendas de souvenirs, en los puestos de periódicos y revistas y en los hoteles de lugares turísticos. Su consumo se volvió muy popular y en artículo obligado para cualquier viajero.

Con el cambio de siglo el intercambio de ellas se puso de moda, como viajar (la transportación internacional y sus avances tecnológicos lo hicieron posible). Su envío costaba la mitad de lo que era para una carta normal y además contribuyó la mejoría en la calidad de la impresión y en los motivos mostrados.

A partir de 1906 el anverso de la postal se volvió exclusivo de la imagen y el reverso fue dividido a la mitad. En una parte estaba el espacio para el escrito y en la otra el reservado para la estampilla y la dirección del destinatario. Hasta la Primera Guerra Mundial las mejores impresiones de ellas se hacían e países como Alemania, Suiza y Austria, ya que sus imprentas lo hacían con métodos basados en la fototipia y cromolitografía (litografía en varios colores). En la actualidad tanto las postales antiguas como las modernas son objetos de colección, con un valor documental muy apreciado.

Las postales, en su apogeo, fueron la señal de un mundo todavía enorme, desconocido y exótico y de tecnología rudimentaria y en transición. Era un alarde, como dije anteriormente, tanto para el que la enviaba, señal inequívoca de encontrase de viaje (en la excepcionalidad del turismo aún restringido) como para la que la recibía, señal inequívoca de tener tales contactos.

Actualmente sus fotografías estáticas y mensajes plagados de lugares comunes han fenecido y vuelto tan sólo objetos de coleccionismo. En las tiendas habitan por cientos su tristeza y su venta es nula. ¿Cuál sería su oferta ahora, frente al teléfono móvil, sus artilugios y su instantaneidad, que han borrado los anversos y reversos de su formato con mil y una posibilidades en el manejo de la imagen y son susceptibles de multiplicarlas con diversos apps (de forma gráfica y textual) hasta donde alcance la generación a que pertenezca el aparato del emisor?

Comprar y enviar una postal turística (las navideñas y las de felicitación por algún acontecimiento son otra historia) para festejar cariñosamente el recuerdo del otro(a) es una acto de melancolía puro y llano. Un sinsentido poético para ralentizar el tiempo, la nota de un destino, de un traslado o el prestigio perdido de un lugar antes remoto. Quizá un último guiño de reconocimiento ante la desaparición de una especie que alguna vez dio noticia de lo lejano y exterior.

Una memoria que se ponía debajo del grueso vidrio de las pesadas mesas del comedor como adorno kitsch y provinciano. O igualmente, se les guardaba en una caja especial dentro de la casa junto a sus semejantes, fotografías en blanco y negro o papeles importantes. Quizá el postrer vestigio para evitarle la nada a gente desaparecida, lejana o cercana con la que convivimos antaño y que envió una frase ocurrente o un saludo rápido, esperando que al llegar a su destino se transformara en flor de nomeolvides.

POSTALES (FOTO 3)

 

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¿Y SUPERMAN?

Por SERGIO MONSALVO C.

SUPERMAN (FOTO 1)

 (OCHENTA Y TAN CAMPANTE)

A lo largo del 2014 se celebraron los centenarios del nacimiento de tres personas que en distinta forma le dieron vida a Superman, “El Hombre de Acero”. Se trató de Jerry Siegel, Joe Shuster y George Reeves. Todos habían visto la luz primera hacía un siglo. Todos han muerto entre el drama y la tragedia. Les ha sobrevivido su exitosa creación y recreación, la cual se ha nutrido de la savia que cada uno de ellos –y otros más— le han suministrado, dejando la kryptonita para el exclusivo uso de sus enemigos.

A mediados de 1938, un par de autores veinteañeros, Jerry Siegel (escritor estadounidense nacido el 17 de octubre en Ohio) y Joe Shuster (dibujante canadiense procedente de Toronto, donde nació el 10 de julio) resumían sus influencias culturales tan variadas como las del pulp (literatura de ficción publicada en historieta para consumo masivo) y diversas mitologías (grecorromana, hebrea, germánica y hasta cinematográfica) para moldear un personaje que llegó para transformar el mundo del cómic y de la cultura popular.

En el número uno de la revista Action Comics de la Unión Americana apareció Superman por primera vez en aquel año. Era un ser proveniente de un lejanísimo planeta llamado Krypton que poseía poderes inconcebibles: fuerza descomunal, ultra velocidad y la posibilidad de dar saltos enormes, entre ellos. Era un personaje que se convertiría en poco tiempo en un fenómeno exitoso, hasta el punto de erigirse en el germen de un nuevo e ilimitado género: el de los superhéroes.

Su incubamiento y desarrollo como tal les había llevado a sus creadores un lustro de trabajo, rechazos, desilusiones y un sinnúmero de cambios, para finalmente presentar el resultado a la mencionada editorial.

El pago por aquel primer boceto fue de 130 dólares y un contrato con la editorial. Hasta aquí todo parecía el final feliz de un esfuerzo conjunto. Sin embargo, era el comienzo de una tragedia para ambos creadores, quienes no vieron en vida más que dicho pago por su trabajo. Demandaron a la compañía por los derechos de explotación del personaje, pero sólo obtuvieron el despido, un kafkiano proceso jurídico y la condena a la pobreza.

Con el apoyo de sus colegas dibujantes y escritores, lograron que la editorial (que pasaría al stock de la Time Warner Co.) les asignara una modestísima pensión que apenas los mantuvo por encima de la miseria. Murieron en ella, Shuster sin descendencia y Siegel con alguna, que tras siete décadas de lucha en los tribunales consiguió el 50% de tales derechos (que entre tanto se habían ampliado a las reproducciones en la prensa internacional, la radio, la televisión, la cinematografía, el merchandising y lucrativas franquicias, con pingües beneficios). Sin embargo, el poderoso gigante editorial continúa peleando para reducirlo, mientras Superman sigue generando mayores riquezas.

Superman ha vivido vidas paralelas en el papel y en las pantallas de cine y de televisión. Su primer serial cinematográfico, en 15 episodios, fue de 1948 y perteneció a la modesta serie B de la Columbia Pictures. Bud Collyer fue el actor que prestó su voz al formato de dibujos animados que se realizó en aquellos años. Después, curiosamente, murió por “leves, repentinos y desconocidos problemas circulatorios”.

SUPERMAN (FOTO 2)

Por otro lado, en enero de aquel 2014 (el 5) también se festejó el centenario del nacimiento de George Reeves, el actor igualmente procedente de Iowa que encarnó a Superman por primera vez en la pantalla chica, cuando el aparato de la TV en blanco y negro apenas hacía sus pininos en el mundo.

A partir de 1957 George Reeves le dio vida en una serie televisiva con más de cien episodios, pero al terminar el ciclo el actor (que mantenía una relación sentimental con la mujer de Eddie Mannix, un alto cargo de la Metro Goldwyn Mayer, e intentó hacer otros papeles en la pantalla grande) no pudo soportar su popularidad perdida. En 1959 lo encontraron muerto de un disparo en la cabeza. La causa oficial de la muerte fue suicidio, pero las dudas y las turbiedades del asunto aún no han sido aclaradas.

La tragedia, pues, ha sido una compañía indeseable para aquellos que han encarnado en el cine al héroe de la capa roja y la gran “S” en el pecho. Christopher Reeve, quien lo hizo en la serie de películas más popular del personaje, quedó parapléjico después de un accidente hípico y murió luego de unos años de un ataque al corazón.

En el siglo XXI, Henri Cavill es quien ha levantado la mano para darle vida al alter ego de Clark Kent en la aparatosa refundación de la saga del Hombre de Acero (Man of Steel), pero sin la ductilidad ni el sentido del humor de Christopher Reeve, ni tampoco la atmósfera camp de George Reeves, aunque seguramente con la sombra de ambos en la mente.

Por el lado de la escritura, el perfil y la ambientación para este superhéroe se ha agregado a la lista otro nombre: Brian Michael Bendis. Para quien no sea un conocedor del mundo del cómic, habrá que decir que éste es el fichaje de la década –por utilizar un término futbolístico—para la compañía DC que maneja los intereses de tamaño icono.

Bendis trabajaba anteriormente para la Marvel, la rival y archienemiga de DC y ahí dio a conocer a sus creaciones: Jessica Jones, Powers, Ultimate Spiderman y estuvo al frente de la serie de los Vengadores (The Avengers).

Bendis el amante apasionado de la literatura y cine noir, Jim Thompson y Dashiell Hammett son sus autores de cabecera. Y esa preferencia se hace notar en sus personajes y en los que toma bajo su férula. Por lo tanto habrá que esperar un perfil distinto (preferentemente amargo) para el Superman de la tercera década del siglo XXI.

Mientras eso sucede y para calentar motores Bendis se ha ocupado de la edición del número 1000 de Action Comics, la filial donde nació Superman hace 80 años. Entre los beneficios colaterales que ha tenido la contratación de este autor y diseñador se pueden incluir, desde ya, la atracción de otras firmas semejantes. Superman se está rodeando de creadores que engendrarán el dream team de dicha compañía.

Sin embargo, el Hombre de Acero nunca podrá luchar contra quienes literalmente liquidaron a sus verdaderos hacedores. La compañía ha puesto aquella historia y sus expedientes bajo el peso de una enorme pieza de kryptonita, al parecer para siempre.

SUPERMAN (FOTO 3)

 

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