De 1937 a 1953, las Andrews Sisters (LaVerne, Maxene y Patricia) fueron parte de un movimiento musical promovido por la industria discográfica estadounidense: grupos formados por hermanas o hermanos.
Hubo decenas de éstos por toda la Unión Americana; sin embargo, ellas perduraron en el gusto de un público cuya necesidad de nostalgia fue fundamental para alargar su carrera (hasta bien entrados los años sesenta).
El material presentado en este disco reúne los números más exitosos del trío vocal. Su época más brillante fue en los cuarenta, cuando grabaron con Jimmy Dorsey un repertorio jazzístico y de baladas al lado de Frank Sinatra.
La forma básica del swing le había dado con ellas una vuelta de tuerca más a su historia y encontrado nuevas formas de expresión. Al swing originado en dichas décadas, las nuevas voces (tales tríos, a los que ellas encabezaban) le agregaron elementos musicales diversos para enriquecer la propuesta.
Así se pueden escuchar en sus interpretaciones, por ejemplo, además del swing blanco, la rítmica del jump blues, el concepto de los metales de la big band y (¡Oh, sorpresa!) algunos detalles de músicas afrocaribeñas. Un caldo pleno de sustancia, tan perenne la exótica vintage que fomentaron.
Debido a esto, el tema de ellas que más trascendió fue “Rum and Coca-Cola”, pieza de colorido caribeño.
¿Cuántos músicos en la historia del rock han podido darse el lujo de tomarse seis años para elaborar un disco que los deje satisfechos como artistas? Obviamente muy pocos. Entre ellos destacó uno debido a su genialidad técnica y al purismo exagerado: Tom Scholz.
Scholz nació en Toledo, Ohio, un 10 de marzo de 1947 y se fue al noreste de los Estados Unidos para estudiar en el prestigiado Instituto Tecnológico de Massachusetts. Una vez graduado como ingeniero en la construcción de maquinaria fue contratado por la Polaroid Corporation, con el puesto de diseñador industrial y un sueldo anual de 25 mil dólares.
Así, mientras de día trabajaba en las cámaras automáticas, de noche lo hacía en un pequeño estudio de 12 tracks, construido por él mismo, para pulir sus ideas musicales junto con sus amigos Brad Delp, que tocaba la guitarra, las percusiones y cantaba; Barry Goodreau, la guitarra; Fran Sheehan, el bajo; y Sib Hashian, la batería y las percusiones. Él mismo, tocando la guitarra, el bajo y los teclados.
Actualmente, ni el propio Scholz ha sido capaz de definir concretamente la música que hizo el grupo: «La potencia probablemente derive de la música clásica, Beethoven y cosas así; el ritmo del rock and roll temprano y de los Kinks en sus inicios; y el sonido vocal típicamente armónico, de los Byrds y de los Hollies», explicó en su momento.
Un colega de donde trabajaba lo convenció de proporcionarle una cinta grabada por él con su propio material, para mandársela a un pariente inmerso en el negocio de la música, de nombre Charlie McKenzie, quien a su vez estaba asociado con Paul Ahorn. Ambos quedaron encantados con la grabación y bautizaron al grupo formado alrededor de Scholz como Boston.
Cuando en 1976 apareció el primer disco, con el mismo nombre que el del grupo, todos se volvieron millonarios. En siete semanas alcanzaron la marca para el disco de oro, y en once la de platino, la canción «More Than a Feeling» se convirtió en un hit internacional. Y lo más asombroso de todo ello es que lo habían logrado casi sin promoción.
La genialidad de Scholz fue reconocida como autor, arreglista, productor, guitarrista, tecladista e ingeniero de sonido; sin embargo, su tendencia maniática por el perfeccionismo excesivo sometió a todos los involucrados en el proyecto «Boston” a muy severas pruebas de paciencia.
La primera gira del grupo se realizó cuando el disco ya era de oro y el material alcanzaba para cubrir una hora y media de espectáculo. A pesar de ello, con las ventas millonarias el grupo se convirtió en uno de los pilares de la compañía Epic/CBS, lo cual le proporcionó a Scholz el espacio necesario y un estudio a su disposición.
Tras dos años, apareció en el mercado Don’t Look Back, su segundo L.P., con los mismos resultados. La compañía hizo de Tom Scholz su hijo predilecto y le amplió las concesiones esperando el siguiente producto, y esperó, y esperó… Cuando pasaron seis años se armó una bronca de grandes dimensiones.
Pese a los 15 millones de discos vendidos, Epic ya no lo toleró más y lo demandó por incumplimiento. Mientras tanto Boston cambió de compañía grabadora y se fue a la MCA/WEA. «Después de seis años musicalmente no sabía qué esperar –afirmó Scholz, por entonces–. Mi Único deseo era sacar un disco en el que no pudiera mejorar nada».
En 1986 apareció por fin el tercer L.P., Third Stage, del que fue lanzada como sencillo la canción «Amanda», que alcanzó rápidamente los primeros lugares de las listas del Billboard. El perfeccionista Scholz pasó más de 10 mil horas trabajando en este disco: «Third Stage era un disco que quería y tenía que hacer», comentó el músico. «Todo lo que invento, lo que publico, lo hago con convicción, debe corresponder a mis ideales de calidad».
Tras aquellos tres discos maravillosos Scholz se volvió a tomar grandes espacios de tiempo entre una producción y otra (tres más de estudio y una antología), con resultados menos espectaculares que los anteriores, pero con el amplio reconocimiento de los conocedores. Así, entre cimas y simas, muertos, heridos y desaparecidos, el grupo Boston continúa su andar cuatro décadas después, en busca siempre del mejor sonido.
VIDEO SUGERIDO: Boston – Amanda – HQ, YouTube (julianotro)
Las canciones de Tori Amos se distinguieron desde el principio de su carrera (en los noventa) por una intimidad sin tapujos, un acto de liberación de temores infantiles reprimidos. La pelirroja estadounidense radicada en Londres se movió a partir de entonces entre pesadas líneas de blues y ligeras cascadas impresionistas de sonidos, con su canto entre el susurro y el grito como rasgo distintivo.
El nivel alcanzado volvió superflua toda comparación con Kate Bush. Tratárase de una canción de amor, una ingenua melodía infantil o la crónica de una violación, como «Me and a Gun», Tori se ha dirigido con franqueza a su público, produciendo así consternación en un momento y alivio en el siguiente. Es difícil sustraerse a la fascinación de esta voz y la magia de las canciones al parecer vividas en carne propia.
El primer álbum de la cantante y pianista Little Earthquakes (East West, 1992) fascinó por sus íntimas observaciones e intensidad artística: canciones sobre miedos, pesadillas y fobias que en su totalidad equivalieron a un psicodrama musical. Los arreglos armados de figuras entre románticas e impresionistas en el piano y la filigrana percusiva de la batería dejaron mucho espacio a una voz que fluctuaba entre susurros temerosos y gritos liberadores.
En algunos pasajes la instrumentación compleja, casi sinfónica, con todo y cuerdas y metales, creó dinamismo y un carácter dramático adicional. No era posible oír la música de Tori Amos como fondo sonoro. Había que entregarse, aunque con ello se corriera el riesgo de que se despertara el propio inconsciente.
VIDEO SUGERIDO: Tori Amos – Me and a Gun, YouTube (IlliquidDiamonds)
A Certain Ratio es un grupo que tiene sus orígenes en la ciudad de Manchester, Inglaterra, y surgió junto con la compañía independiente Factory de Tony Wilson, el cual también fungió como su manager.
La característica distintiva del conjunto fue la frescura en la utilización de metales e instrumentos poco recurrentes en el género de música bailable que ellos interpretan. Su estilo de alguna manera causó revuelo en tal medio por la modernidad que le imprimieron y la cual resultó una influencia definitiva en muchas agrupaciones inglesas.
Do the Du (1980) fue un disco original y excitante de música postpunk que marcó su debut y dio cierto orgullo a la demeritada corriente canalizada hacia el baile. La canción representante de este L.P. es «Shack Up», la cual habla de la decadencia de los valores sociales de la época.
Con esta primera obra, A Certain Ratio pareció destinado a unirse a Public Image Limited en la vanguardia de la «nueva izquierda del rock». Sin embargo, su posterior desviación hacia el funk les resultó fatal.
El líder y máxima figura del grupo, Simon Topping –estupendo trompetista que estampó su huella en piezas como «The Fox»– creyó firmemente que llenarían el hueco dejado por Joy Division (otro producto de Factory). Por desgracia para él, en tanto que Joy Division, bajo la batuta del manager Ian Curtis, desplegó plenamente su desesperación lírica, A Certain Ratio mostró pronto el cobre de la monotonía.
El cassette Graveyard (1980) reunió el material grabado en 1979. La mitad correspondió a trabajos de estudio producidos por Martin Hannett; el resto, a presentaciones en vivo en el afamado Electric Ballroom de Manchester. En el sentido musical, la compilación anticipá¢á el tedio calculado de sus siguientes álbumes de larga duración.
To Each… (1981) fue un disco que sólo atrajo críticas negativas. Su contenido siguió sonando como un Joy Division al que se le hubiera injertado un baterista de funk. La cirugía no les resultó.
El grupo reencontró un poco de energía en Sextet (1983), pero no la aplicó en los puntos indicados. Los ritmos discotequeros y la quejumbrosa voz femenina de Martha Tilson no coincidieron nunca en este producto falto de interés.
Su siguiente obra, I’d Like to See You Again (1985), puso de manifiesto la ausencia de la voz de Tilson y la falta de imaginación y torpeza del productor que sólo explotó las inhibiciones y el conservadurismo del grupo en lugar de la actitud experimental y agresiva de sus comienzos.
A Certain Ratio fue la muestra de los problemas que enfrentó la Factory en su esfuerzo por mantenerse al tanto de los cambios en el mercado musical. Con tales tumbos le resultó difícil desarrollar un mito conceptual que tenía como sustento al ritmo solamente. La vieja interrelación de la forma y el fondo.
Por eso, no cuajaron las aspiraciones míticas de Tony Wilson. La imagen del grupo se impuso al contenido hasta el punto de la fractura total. Los pronósticos hechos por Wilson, en el sentido de que sus protegidos andarían por Hollywood en limusinas, los condenaron tras un inicio en el que la frescura y el impulso creativo los señalaban como un grupo innovador que elevaría de nivel la música para baile.
No resultó así, y esta circunstancia puede aplicarse, en general, a todo el contingente del neofunk en Inglaterra, que sigue teniendo una oferta muy pobre en este sentido.
El énfasis en la música bailable, durante una época de decadencia económica, ha destruido muchas de las oportunidades para la creación de mitos. Los intérpretes ingleses del funk no han podido superar la funesta etapa de la música disco. El ejemplo de A Certain Ratio es patente. La promesa quedó sepultada entre ritmos aburridos y una asombrosa indulgencia para consigo mismos.
Circunstancias que no se modificaron ni con el cambio de compañía. La Polydor les editó su más reciente disco, Good Together, en 1989.