PUNK / 1

Por  SERGIO MONSALVO C.

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 LA RABIA AMATEUR

 El punk no fue un cometa que apareciera de la nada y luego se esfumara sin dejar rastro alguno. Es un fenómeno socio-musical con una larga estela tras de sí. En lo musical sus muy básicos cuatro acordes y ritmo tienen un pasado.

(En sus orígenes los grupos punks tocaban una música acelerada, brutal, eléctrica, patizamba y violenta. Como no dominaban muy bien sus instrumentos, dieron pie a un auténtico caos sonoro. Lo único que tenían —y algunos todavía tienen— en la cabeza era el 4 por 4. Su currículum de músicos no sumaba más que eso.)

La estética punk, a su vez, existía desde mucho antes de que se le pegara esta etiqueta, extraída del fanzine neoyorkino Punk, cuyo primer número estuvo consagrado a Lou Reed. Asimismo, el estilo musical del punk, extra calentado y rápido, había sido una constante desmesura como tal desde los años cincuenta, con Little Richard como ejemplo.

El término rock and roll acababa de nacer (el DJ radiofónico Alan Freed dio este nombre al rhythm and blues de los negros en 1951) cuando Little Richard, bisexual, maquillado, sobreexcitado, aullaba su revuelta comunicativa con onomatopeyas y palabras de doble sentido, tradición heredada de los tiempos de la esclavitud.

Lo hacía en el sur de los Estados Unidos, territorio entregado al bárbaro Ku Klux Klan. Se necesitó de una dosis gigantesca de inconciencia y de exceso de agallas para llamar la atención como lo hizo él. Sin embargo, al escuchar sus originales “Tutti Frutti” (1955) o “Keep a Knockin” (1957), se sabe que a este revolucionado músico —quien tiempo después contrataría a un desconocido llamado Jimi Hendrix como acompañante—, no le hubiera tenido nada que pedir el cantante de The Damned (ese primer grupo grabado del punk), por mencionar otro antecedente.

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Sin embargo, ¿fue el rhythm & blues negro el único vector histórico del punk? No. También el rock de garage de los sesenta. La calidad amateur reivindicada por éste engendró el espíritu del “hazlo tú mismo” que sigue molestando a los industriales de la música.

Si nos atenemos rigurosamente a la historia de tal estilo, los primeros grupos punks fueron estadounidenses. Nacidos a mediados de los años sesenta, la única ambición de esos conjuntos fue la de asimilar las primeras dos olas de la Invasión Británica —de los Beatles y el Merseybeat a la de los Rolling Stones, Kinks, Animals, Them y The Who—, con el ímpetu de su juventud y la rabia de su voluntad  amateur.

En el rock de garage, las culturas romántica y popular suscribieron, a partir de entonces, el mismo conglomerado de conceptos: pasión, energía, actitud, espíritu y el prurito por excelencia de que “origen es destino”.

Estas agrupaciones tocaban y muchas veces grababan en la cochera de sus padres (de ahí el nombre de garage), la cual se convirtió en EL LUGAR, en la cuna de la creación (de ideas musicales, movimientos, corrientes y géneros) y del desfogue (para reproducir lo oído, hacer cóvers, piezas originales o demos).

Fue hogar de las necesidades juveniles y de sus ansias de expresión encauzadas de manera no profesional, fuerte, impetuosa y urgida. Emulaban a sus ídolos de una forma accesible, con instrumentos baratos o construidos por ellos mismos y con tecnología lo-fi, sin saber de música o casi nada con el objeto manifiesto de eternizar el espíritu que los invadía en ese particular y bullente momento de la vida. Romanticismo puro.

Tales pandillas se pusieron nombres como Seeds, Music Machine, Standells, Shadow of Knight, Count Five, Remains o Thirteen Floor Elevators, Barbarians, etcétera. Diez años más tarde ocurriría la explosión del punk británico.

VIDEO SUGERIDO: Count Five – Psychotic Reaction (1966) HQ, YouTube (MUNROWS RETRO)

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PUNK (REMATE)