CARTAPACIO: «ATTILA FRENTE AL PALACIO»

Por SERGIO MONSALVO C.

 

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En realidad, yo no quería estar ahí, pero las circunstancias me obligaron.  Acababa de terminar la prepa y por razones de huelgas y movimientos estudiantiles (días antes habían hecho su entrada en la historia los halcones de Alfonso Martínez Domínguez, y el gobierno echeverrista extendía su manto de violencia por doquier) estaba «sin quehacer», como lo externaba mi padre cada vez que me veía llegar a la casa.  Debido a ello habló con un amigo que trabajaba en el Seguro Social para que me consiguiera una chambita «de lo que fuera» mientras se reiniciaban las clases.

Así fui a dar a aquella oficina ubicada en la calle de Durango frente a una tienda departamental, El Palacio de Hierro.  Desde el primer día se me leyó la cartilla:  siempre saluda a todos cuando llegues, en especial a las secretarias; no vengas de mezclilla; no traigas libros para leer aquí; dirígete al jefe del Departamento como ARQUITECTO –sí, con mayúsculas– y haz todo lo que se te ordene.  Vaya, todo eso por una lanita y para dejar de buscar en el tiempo perdido.

A la semana de una condena al casi mutismo total, apareció otro muchacho «sin quehacer» por ahí. Otro amigo caritativo lo había salvado del ocio. Por afinidad selectiva encontró su lugar frente a mí. Una sola mirada sirvió para entendernos. Luego de unas horas de revisar expedientes, pegar letraset y «tirar líneas» sobre unos cuadros sinópticos y estadísticas, nos dimos a la charla. Los temas comunes brincaron como canguros en estepa.

La obsesión primordial que nos unió en esa situación de infortunio fue el rock and roll. El tipo aquel estaba inmerso como yo en los acontecimientos musicales. La única diferencia era que a mí me gustaba el rhythm and blues y a él el progresivo.

Nuestras pláticas se hicieron intensas, lo mismo que las llamadas de atención de los encargados de nosotros. Cierto día llegó con un disco que recién había adquirido. Era de un grupo llamado Attila del cual me habló maravillas y exaltó el trabajo del tecladista con palabras y ademanes incontenibles.

A la hora de la comida sacó de su mochila para acampar un tocadiscos portátil, de esos rectangulares con una sola bocinita y un sonido como de cabina telefónica. Escuchamos el disco. En silencio disfrutamos la música en ese ambiente imposible.

Imposible resultó. Al día siguiente él ya no llegó.  Lo mandaron a otro lado.  Yo estuve algunos días más y luego fuera también, me habían conseguido otro “quehacer”.  Por cierto, el tecladista de Attila era Billy Joel.

VIDEO SUGERIDO: Attila (Billy Joel) – Self Titled Album (1970) COMPLETE, YouTube (Cory Johnson)

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