PAUL VERHOUVEN

Por SERGIO MONSALVO C.

PAUL VERHOEVEN (FOTO 1)

 BAJOS INSTINTOS

Desde Blue Movie (1971) del director Wim Verstappen, en la que el encuentro sexual entre los comentaristas de televisión Hugo Metsers y Carry Tefsen apenas permaneció dentro de los límites de la ficción, la piel desnuda ha sido uno de los ingredientes básicos del cine neerlandés. Sin embargo, hizo falta un talento mayor que el de Verstappen para hacer de la liberalidad holandesa un artículo de exportación. Es decir, el de Paul Verhoeven, quien con Turks Fruit de 1973 cruzó triunfalmente las fronteras locales y de moda.

Por desgracia en su propio país no tardaron en bajar los puntos de Verhoeven.  No obstante su éxito, tanto la prensa como el gobierno le pusieron cada vez mayores trabas a su trabajo. A mediados de los años ochenta Verhoeven llegó a su límite. Si no gustaban de él, buscaría su suerte en otra parte. En los Estados Unidos, por ejemplo, donde debido a Spetters (1980) y Der Vierde Man (El cuarto hombre, 1983) se había construido una buena reputación profesional.

Mientras que en Los Países Bajos su libertad artística se vio restringida principalmente por la mala gana de un pequeño ejército de funcionarios encargados de aprobar subsidios cinematográficos, en los Estados Unidos Verhoeven tuvo que someterse a un estricto sistema de producción en el cual todo se evaluaba (y sigue así) según su valor en el mercado.

No obstante, supo adaptarse muy bien y el éxito de Robocop (1987) y Total Recall (1990) incrementaron, además de su saldo bancario, también su libertad para seleccionar el material. Por consiguiente, su tercera cinta estadounidense, Basic Instinct (Bajos instintos, 1992), correspondió mejor a su desarrollo anterior que las otras dos. Dicha cinta, hoy un clásico, ha cumplido ya un cuarto de siglo.

En el intríngulis, el guionista Joe Eszterhas (también de Jagged Edge y Betrayed) supo cobrar la cantidad astronómica de tres millones de dólares por su guión en aquel entonces. El cliente, Carolco Pictures, a continuación contrató a Verhoeven. En cuanto se difundió el rumor acerca de qué se trataba el guión –“un policía heterosexual en las garras de unas lesbianas sanguinarias”–, la comunidad homosexual de Estados Unidos emprendió un ataque frontal contra Carolco, Verhoeven y Eszterhas. Este último se arrepintió y sugirió diversos cambios, todos rechazados por Verhoeven.

Durante las filmaciones en San Francisco el problema se salió de control. Las locaciones fueron sitiadas por muchedumbres de manifestantes, los cuales debieron ser desalojados por la policía. En el estreno de la película, más de medio año después, llegaron multitudes de activistas con pancartas en las que señalaban el nombre de los culpables. Sin embargo, las protestas no tuvieron ninguna consecuencia.

Verhoeven declaró a la postre, en una entrevista periodística, que sólo quería hacer un “buen thriller”, “del mismo nivel que Jagged Edge, Sea of Love o Presumed Innocent“. Todo el alboroto que se armó en torno a ello fue impuesto, opinó. Tenía razón.

Verhoeven tradicionalmente no había sido muy sutil en su trabajo, y el hecho es que nadie salió intacto de la nueva entrega. El detective de policía Nick Curran (Michael Douglas), el supuesto héroe de la historia, no se salva. Curran había dejado tanto el alcohol como las drogas cuando por razones profesionales se topa con Catherine Tramell (Sharon Stone), una fascinante escritora bisexual de thrillers y la principal sospechosa de un asesinato.

Curran se prenda de ella de inmediato, lo cual desde luego le acarrea grandes problemas. Catherine no es sólo una posible asesina sino además una mujer dominante, sobre todo en la cama. Tan dominante, incluso, que Curran, para compensar su ofendida vanidad varonil, en cierto momento violenta a su novia Beth (Jeanne Tripplehorn) en una escena brutal.

El margen entre el bien y el mal, como tantas veces en la obra de Verhoeven, nuevamente fue en sumo grado estrecho, lo cual restó solidez a las críticas ventiladas contra Bajos instintos. La película no es ni antihomosexual ni proheterosexual (se le ha clasificado como neo-noir erotic thriller). Incluso habría bases para calificar la relación entre Catherine y su amiga Roxy como la menos intrincada de la cinta, aunque sinceramente habría que agregar que el desarrollo de la misma es muy deficiente como para proclamar a Verhoeven en el defensor del amor entre mujeres.

Pero no podía esperarse otra cosa de un director interesado principalmente en los aspectos negativos de las relaciones entre los seres humanos, sin importar su sexo ni temperamento.

Un cineasta a tal grado fascinado por estas cuestiones en las personas necesariamente encontrará en el sexo la metáfora de los juegos de poder en su nivel más primitivo. De ahí que en Bajos instintos se copule y en grande. En esta cinta destaca, por fortuna y como acierto, la ausencia de tomas a contraluz y otros lugares comunes del manual del erotismo cinematográfico.

PAUL VERHOEVEN (FOTO 2)

 

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