PATHOS Y WHATSAPP

Por SERGIO MONSALVO C.

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 (EL ROCKERO ROTO)

De repente ya eres un veterano, un músico de mucha edad, así que la vida te pasa la factura: sex + drugs + rock & roll + extras = enfermedad. Tu cuerpo o tu mente (o ambos) ya no dan para más, los llevaste al límite. Lo que mamá naturaleza te dio, mamá naturaleza te lo quita. Aunque lo bailado nadie lo niega, pero ahora te has convertido en un tipo roto. En alguien que ya no puede solucionar por sí mismo sus afecciones.

Uno que entra y sale de los hospitales aquejado por el mal y hasta la música, que ha sido tu razón de ser, resulta hiriente para tus oídos. Es como si un hada malvada hubiera cambiado los NIP’s de tu universo.

Te das cuenta, aunque no quieras, de que no se trata de algo pasajero o que se pueda solventar con un par de aspirinas, sino que alguien debe entrar en tu organismo y hurgar profundamente en toda la maquinaria, intentar reparar las averías, cambiar piezas o dejarlas utilizables aunque sea para que funcionen al mínimo vital necesario.

En esos lugares a los que asistes para que te restauren no hay margen para inspiraciones o descubrimientos musicales. Eso te importa un carajo. Sólo quieres que aparezca un médico que te quite el dolor.

En tal escenario el único horizonte es el de las operaciones, las anestesias, las prohibiciones de casi todo. El revés del mundo al que has estado acostumbrado. Y si tienes suerte y despiertas, tu nuevo ambiente será de camillas, de cuerpos postrados, silenciosos, iluminados por una luz fría y augurosa.

Transcurren las horas y te quejas: alguien te dirá que se te pasará, que volverás a ser el de antes. Pero intuyes que eso no sucederá, que será otra ilusión más entre las que te has movido.

Ahora deberás aprender a convivir con el pathos, con el acecho fehaciente de la muerte. Ya no entrarás al Pantheon glorioso que acoge a los de 27 años como héroes sublimes, a los de 40 como mitos y a los de los postreros 64 como leyendas eternas. No. No moriste “a tiempo” para ser miembro de esos clubes exclusivos. Ahora pasarás a engrosar la lista de las anécdotas, de los clichés, y tu futuro tendrá mucho pasado de aquí en adelante, un listón casi imposible de superar.

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Entonces sabrás lo que es estar solo de verdad y te sentirás como los Collins. Edwyn (aquel cantante de Orange Juice y luego solista), quien sufrió un derrame cerebral y luego lo superó, pero con terribles secuelas. Inicialmente no podía moverse ni hablar: la afasia lo dejó incapaz de usar o entender el lenguaje escrito u oral. Su lado derecho quedó inútil y a duras penas –tras un tratamiento largo y costoso— hoy le resulta harto difícil ganarse el pan, como a Frankie Miller al que le sucedió algo semejante y sólo los conciertos benéficos le reportan alguna ayuda.

Y Phil (sí, el ex Genesis), el otro Collins que de plano mejor se bajó del tren. Es un baterista al que ya no le funcionan los nervios de las manos y tuvo que tocar en su último disco, por cierto de versiones, con las baquetas amarradas a los brazos, además de ya no escuchar bien con un oído, igual que le pasó a Donald Dunn de Booker T. and The MG’s.

Pero también rememoras a James Taylor, el cual tuvo que recurrir de igual manera al álbum de versiones –siendo él un gran compositor– para paliar las sangrías de sus adicciones pasadas. O a Robert Wyatt, a quien los excesos de alcohol y drogas dejaron sin piernas y cuya historia de genialidad artística se arropa desde entonces con miserias económicas, exilios y múltiples depresiones.

Ellos tienen una vida enferma, pero vida al fin, te dirá el animoso que nunca falta, porque otros ya la han dejado de contar (y saca un papelito con estadísticas para señalarte que en estos años recientes han fallecido decenas de músicos debido a las enfermedades y disipaciones: Richard Swift, Aretha Franklin, Marty Balin, Otis Rush, Tony Joe White, Pete Shelley, Mark E. Smith, Eddie Clark, Rocky Erikson, Dr. John, Dick Dale, Ray Sawyer, Scott Walker, Mark Hollis, entre otros).

Pero tú ya tienes la certeza. La enfermedad llega para instalarse en el músico añoso, que atrapado en ella lo único que le queda es anhelar que no exista el sufrimiento ni la angustia en los mundos habitados por la locura, el caos de la mente, por los órganos que han dejado de funcionar o están a punto del colapso (Charlie Watts), por la confusión de los recuerdos o la imposibilidad de reconocer ni quién eres ni dónde estás (como le pasó a Etta James). Esos mundos que brutalmente te han puesto al nivel del hombre común y corriente del que apenas guardabas alguna referencia.

Caes en la cuenta de que la enfermedad es el denominador que iguala a los seres humanos, que es el emblema “democrático” de su existencia. Asimismo descubres, ahí tirado en la cama, que la mayor enfermedad de nuestro tiempo es, en buena medida, la soledad. Y con ella deberás afrontar todo lo que viene. Te desesperas.

Pero también enfrentado a esa soledad, miras de verdad (y no únicamente arrojas) los mensajes que envías por WhatsApp. Y descubres que compartiendo honesta y francamente el dolor que sientes (físico y existencial, como Jeff Tweddy) puedes soportar con menos esfuerzo ese miedo a morir o a quedar lisiado. Como un hombre común expuesto al destino adverso se te revela que esa fuerza exterior que te encumbró (y que una vez arriba menospreciabas arrogantemente) es también la que te acompaña en tu caída y su dudosa red te hace llevadera la experiencia del dolor real en su mundo aparentemente compartido.

La naturaleza siempre trunca la felicidad.

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