LA CUENTA DEL POLIZÓN

Por SERGIO MONSALVO C.

La cuenta del polizón (foto 1)

La hora de la salida. El calor de las dos de la tarde. En medio de la batahola de alumnos que han roto filas, y que en estampida buscan la salida, se encuentra el escolapio de recién ingreso a este colegio prestigioso quien al cabo de un mes ya tiene amigos –los que se puede tener en cuarto de primaria–, pero ellos llevan rumbos diferentes por mala suerte. Su madre ha conseguido que lo lleve hasta la casa una-señora-que-se-encarga-de-distribuir-a-otros-niños-en-su-camioneta.

La “distribuida” es un servicio que presta por una cantidad mensual, y es un ingreso extra para el matrimonio que encabeza un maestro de quinto año. Sin embargo, la amistad entre ambas señoras (cimentada en la particularidad de tener a hijos e hijas en los mismos colegios) ha hecho que la del servicio se lo ofrezca gratuitamente, ante la imposibilidad económica de la otra, pero bajo el entendido de que el maestro no lo sepa.

De tal modo que si por casualidad o mala suerte la camioneta de la señora se cruza con la del marido –que realiza una actividad semejante en la suya– el escolapio de recién ingreso tiene, por instrucciones de la señora, que agacharse y esperar entre los zapatos de los otros pasajeros, compañeros de colegio, hasta que pase el peligro de ser descubierto como polizón.  Sumergida que, por otro lado, sucede a diario, y la pena de hacer mutis de esa manera se ha vuelto cotidiana, lo mismo que las burlas inherentes de los inmiscuidos.

Ahora, ahí, semi agachado, recuerda los comentarios de esos compañeros, los que más le han hecho mella y ha tenido que tragarse en silencio. Su madre aceptó el trato para que él regrese a casa “cómoda y seguramente”; la otra señora lo ofreció como detalle de amistad, pero de eso no saben ni entienden aquellos compañeros grandulones, y menos cuando todos pagan por el servicio excepto este advenedizo, que se le atragantó a varios de los suscriptores desde que lo supieron y hoy, luego de espetarle el cotidiano “¡Maldito gorrón!” en plena cara, le propinan un puñetazo en el estómago, cada uno a su manera y según el día. Hecho que ahora lo tiene así, semi agachado por el dolor, aunque falten aún algunas cuadras para la inmersión rutinaria. El pago por un favor.

 

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COSAS DEL FUTBOL

Por SERGIO MONSALVO C.

 COSAS DEL FUTBOL (FOTO 1)

 “COSAS DEL FUTBOL”*

El sol cae a plomo. Molesta de tanta brillantez. El pavimento hierve y emite reflejos plagados de espejismos. Recargado en la pared de la entrada a la vecindad medita en ello, en realidad sin querer hacerlo. Un pelotazo en plena cara lo saca abruptamente de tales sensaciones.  “¡No se duerma, mi buen, que ya vamos a entrar!” le dice el compañero de junto entre las carcajadas del resto de la retadora.

¡Uta, está dura la cruda!, piensa, cerrando los ojos y pasándose la mano por la cara. Los gritos de los jugadores en la calle poco a poco lo vuelven a poner alerta. Le duele la cabeza y la sed, siente, lo está haciendo ver alucinaciones. Mi reino por una chela, suspira shakespereanamente. Sin embargo, las aclamaciones a un gol hacen que todos se levanten para iniciar un nuevo cotejo.

Apenas puede darse buena cuenta del bote de la pelota que abre las hostilidades.  “¡Muévete carnal!” y el pase largo que atraviesa la calle y obliga al jugador a subirse a la banqueta, por donde van pasando unas viejitas que a base de alaridos obligan a suspender el accionar.  “¡Muchachos del demonio, lárguense a otro lado a darse de patadas!  ¡Vamos a llamar a la policía para que se los lleven, desgraciados!”

Mientras tanto, las retadoras en espera responden con abucheos y groserías la alharaca de las veteranas. Apenas libran el terreno de juego, se reanudan las actividades.  “¡Mírame, mírame!  ¡Desmárcate, hijo!”  Uno, dos quiebres y el tiro raso que pasa junto a uno de los botes que marcan la portería: ¡¡Gol!!

El anotador corre hacia los espectadores sentados en la banqueta y les hace con la mano una seña grosera: “¡Tomen sus cremas!” Los chiflidos, mentándosela, no se hacen esperar, lo mismo que las burlas de los otros coequiperos.

Se reanuda el trajín futbolero, pero de nueva cuenta es interrumpido por el paso de un coche que toca reiteradamente el claxon para despejarse el camino.  “¡Ya, pinche escandaloso!” dicen al unísono varios cascareros, y uno de ellos lanza la pelota contra la carrocería. Luego de un rápido intercambio de insultos, el conductor sube la ventanilla y acelera, derribando en su trayecto la “portería”. El tatatatáata resuena fuerte por toda la calle, acompañado de las respuestas a chiflidos.

Nuevo bote y el ir y venir de vestidos y descamisados, manera de diferenciar a los equipos. “¡Pásala güey, no te engolosines!” Vuela la pelota y rebota contra un coche estacionado. Rebote que aprovecha uno de los descamisados para sorprender de zurda a los contrarios y marcarles el tanto de la victoria.

La siguiente retadora no se decide a entrar, cosa que muchos agradecen, incluyéndolo a él, el de la cruda que a base de sudar ha menguado sus efectos.  Mientras algunos se quedan sobre la calle echando dominadas, la mayoría de los contendientes se ha retirado a las paredes, buscando un poco de sombra y el merecido descanso.

“¡Coopérense para las chelas!”  Y se hace la vaquita. Los perdedores de mala gana se enfilan hacia la tienda cercana. Las caguamas se sacan del refrigerador. Se destapan refrescos, ante la vigilante mirada de la ñora dueña del establecimiento, quien a pesar de la atención pierde en las argucias del entrar y salir de los sudorosos futbolistas.

Ya con unos tragos de la cerveza fría se recuperan los ánimos y los cábulas, recargados en la pared, observan el paso de los transeúntes. A éstos no les queda otro remedio que pasar por ahí y aguantar la pulla, la trompetilla, el albur y las miradas socarronas.

Restauradas las energías sale una pelota rota de sepa dónde y dos o tres de esos gandallas buscan una buena piedra para ponerla dentro. Una vez que todos se dan cuenta de ello, la hacen correr y gritan “¡bolita!” al que vaya pasando para que se las regrese.  Este, sintiéndose diestro en el toque de balón a pesar de los zapatos, le mete toda la pierna y los huesos del pie truenan, ante la carcajada multitudinaria. Cosas del futbol, ¿o no?

 

*Extracto del libro de relatos Cosas del futbol, de próxima publicación en la Editorial Doble A.

 

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PASEO NOCTURNO

Paseo Nocturno (foto 1)

Por SERGIO MONSALVO C.

La noche se fijó plena, contundente, irrefrenable. El ronroneo del auto contuvo aún por unos instantes el desboque de los caballos. Tiempo justo para que la carrocería negra reflejara filosa, neutra, la luz lánguida de los reflectores de sodio que iluminaban la calle, sin aire de movimiento.

Arrancó pues, lento, como sombra en vigilia. Se deslizó por terrenos cercanos, familiares. Cotos pletóricos de ausencia. En el ínterin dejó atrás vías rápidas, avenidas anchas, al igual que callejas anónimas y al acecho. Estrechas, muy estrechas de posibilidades. Pensó después que jamás había visto tantos rincones, tan pocos coches y casi ningún peatón. Quizá no escogió una buena ruta; quizá eso era lo normal, pero esa noche no lo sentía así.

Extendió el recorrido. Ampliación de las fronteras. Vuelta aquí, vuelta allá. Primero por los barrios conocidos, para continuar después con panoramas distintos, lejanos, sumergidos en otras oscuridades.

Le resultaba imposible de creer la poca cantidad de gente que había en una ciudad como ésta pasando cierta hora. Giraba constantemente el volante para proseguir por distintas sendas. Atravesó tramos largos e inmersos en el desierto de concreto. Cuadras y cuadras sin ver ni a un gato. Después, sólo encontró a uno o dos tipos que regresaban del trabajo, a algún vago borrachín y todas las tiendas cerradas.

Nada, por ningún lado.

La tensión crecía cuando vio el reflejo de los ojos del perro aquél. Un azul verdoso como de mosca surgida de la peor basura. Pisó presto el pedal y segundos después escuchó el crack proveniente de la defensa del coche y un golpe seco sacudió ligeramente el automóvil. Seguro me rayó el cromo, pensó. Volteó hacia el espejo retrovisor y distinguió sin mucho problema el negro montón de carroña sobre el asfalto.

El animal todavía boqueaba y vivía sus últimos instantes. El encontronazo debió haberle partido la columna; y las astillas de los huesos rotos, perforado la piel por todos lados. Sin embargo, aún se movía y arrastraba con halo moribundo hacia la banqueta. Dejó de mirarlo.

En el siguiente crucero se detuvo por completo. Observó por el parabrisas lo que tenía delante de él. Se fijó entonces a la izquierda y luego a la derecha. No sabía dónde se encontraba. El desorientado rastreo lo había alejado de sus lugares acostumbrados, reconocibles. Seguía sin encontrar a alguien. Continuó la marcha con un rechinido de llantas.

En la calzada transversal que surgió en su ruta los apreció a lo lejos. Un hombre alto, fuerte, y un niño que brincoteaba a su lado, subiendo y bajando de la acera. Una celebración en medio de ese vacío. Cuando los pudo ubicar de manera clara dio la vuelta, silencioso. Calculó y proyectó la máquina contra el infante.

Le pasó muy de cerca, pero no pudo embestirlo. Un salto inesperado lo sacó de la mira. El hombre que lo acompañaba gritó y lanzó un proyectil que encontró por ahí, sin puntería. Intentó correr detrás del coche, pero desistió. Regresó luego, no sin titubear, adonde se encontraba atónito el menor.

Matar a un perro o a un niño –de haberlo logrado– era lo mismo. Mero paliativo. Buscaba otra cosa. Algo sin rostro, pero con el imaginado hoyo negro de su boca en gesto de desconcierto. En algún momento, cientos de metros adelante, dejó de fruncir el entrecejo y supo que tenía que regresar a casa. Decidió dar vuelta en U y encontrar una vía conocida, algún camino de retorno.

Tensas, casi sin sangre, tenía las manos sobre el volante cuando a unas decenas de metros reconoció una figura familiar, enfundada en el abrigo que recién le había regalado. ¿Qué hacía en la calle, lejos de la casa? Quizá salió también a respirar, a buscarlo. En todo caso, no importaba. Estaba ahí, cruzando la avenida. Entonces aceleró.

 

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DIVINO TESORO

Por SERGIO MONSALVO C.

 DIVINO TESORO (FOTO 1)
S
e gana la comida y algunos centavos matando ratas en uno de los mercados del barrio. Tiene nueve años de edad y toda la vida –prácticamente– realizando este oficio.

Él no lo sabe con certeza, pero intuye que sobrevivió a un parto mal realizado; a una progenitora que lo abandonó recién nacido en un basurero y al ataque de roedores hambrientos.

Fue rescatado del tiradero por unos pepenadores* que lo criaron para que en el futuro los ayudara en el trabajo. Sin embargo, el constante maltrato hizo que se independizara de manera prematura.

Vagabundo, como los perros del rumbo con los cuales aprendió a procurarse el diario alimento, llegó hasta el mercado en cuestión.

La experiencia con las ratas, que bien podía presumir tenía desde pequeño, ayudó a convencer a los locatarios, quienes a cambio de la matanza de una plaga que rebasaba ya los niveles tolerables –tanto para ellos como para los clientes que se habían quejado desde hacía mucho–, le proporcionan mercancía de desecho, a veces francamente pasada de maduración, o unas cuantas monedas, que de alguna manera también calman al inspector municipal en cuanto a la labor iniciada por los comerciantes contra “el dañino e insalubre agente nocivo”.

De tal forma es cotidiano verlo pasearse por todos los rincones del galerón ese con su mazo y un pequeño costal, en donde va coleccionando sus piezas de caza para luego canjearlas por la fruta, verduras o carne tan necesarias para su sano crecimiento.

Al término del día pernocta en el ala de las flores, donde las esencias son menos taladrantes. Recibe también la ropa usada de los hijos de sus patrocinadores.

Así, las tres providenciales peticiones de casa, vestido y sustento están cubiertas. Los peculiares vicios del ambiente aún no lo avasallan demasiado y el gobierno lo ha anotado estadística y convenientemente como parte de su promisoria juventud: el divino tesoro.

*”Reciclador de base”, eufemísticamente llamado también “recuperador primario”. Es una persona lumpenproletaria cuya labor es la de recolectar, seleccionar, recuperar y comercializar los residuos sólidos. Es decir, lo que hace es rescatar de entre los gigantescos depósitos de basura de la ciudad (vertederos) lo rescatable, para reciclarlo. En muchos países los hay por millones y sólo existen oficial o socialmente si alguna estadística los necesita.

 

Cartapacio ExLibris