PASEO NOCTURNO

Paseo Nocturno (foto 1)

Por SERGIO MONSALVO C.

La noche se fijó plena, contundente, irrefrenable. El ronroneo del auto contuvo aún por unos instantes el desboque de los caballos. Tiempo justo para que la carrocería negra reflejara filosa, neutra, la luz lánguida de los reflectores de sodio que iluminaban la calle, sin aire de movimiento.

Arrancó pues, lento, como sombra en vigilia. Se deslizó por terrenos cercanos, familiares. Cotos pletóricos de ausencia. En el ínterin dejó atrás vías rápidas, avenidas anchas, al igual que callejas anónimas y al acecho. Estrechas, muy estrechas de posibilidades. Pensó después que jamás había visto tantos rincones, tan pocos coches y casi ningún peatón. Quizá no escogió una buena ruta; quizá eso era lo normal, pero esa noche no lo sentía así.

Extendió el recorrido. Ampliación de las fronteras. Vuelta aquí, vuelta allá. Primero por los barrios conocidos, para continuar después con panoramas distintos, lejanos, sumergidos en otras oscuridades.

Le resultaba imposible de creer la poca cantidad de gente que había en una ciudad como ésta pasando cierta hora. Giraba constantemente el volante para proseguir por distintas sendas. Atravesó tramos largos e inmersos en el desierto de concreto. Cuadras y cuadras sin ver ni a un gato. Después, sólo encontró a uno o dos tipos que regresaban del trabajo, a algún vago borrachín y todas las tiendas cerradas.

Nada, por ningún lado.

La tensión crecía cuando vio el reflejo de los ojos del perro aquél. Un azul verdoso como de mosca surgida de la peor basura. Pisó presto el pedal y segundos después escuchó el crack proveniente de la defensa del coche y un golpe seco sacudió ligeramente el automóvil. Seguro me rayó el cromo, pensó. Volteó hacia el espejo retrovisor y distinguió sin mucho problema el negro montón de carroña sobre el asfalto.

El animal todavía boqueaba y vivía sus últimos instantes. El encontronazo debió haberle partido la columna; y las astillas de los huesos rotos, perforado la piel por todos lados. Sin embargo, aún se movía y arrastraba con halo moribundo hacia la banqueta. Dejó de mirarlo.

En el siguiente crucero se detuvo por completo. Observó por el parabrisas lo que tenía delante de él. Se fijó entonces a la izquierda y luego a la derecha. No sabía dónde se encontraba. El desorientado rastreo lo había alejado de sus lugares acostumbrados, reconocibles. Seguía sin encontrar a alguien. Continuó la marcha con un rechinido de llantas.

En la calzada transversal que surgió en su ruta los apreció a lo lejos. Un hombre alto, fuerte, y un niño que brincoteaba a su lado, subiendo y bajando de la acera. Una celebración en medio de ese vacío. Cuando los pudo ubicar de manera clara dio la vuelta, silencioso. Calculó y proyectó la máquina contra el infante.

Le pasó muy de cerca, pero no pudo embestirlo. Un salto inesperado lo sacó de la mira. El hombre que lo acompañaba gritó y lanzó un proyectil que encontró por ahí, sin puntería. Intentó correr detrás del coche, pero desistió. Regresó luego, no sin titubear, adonde se encontraba atónito el menor.

Matar a un perro o a un niño –de haberlo logrado– era lo mismo. Mero paliativo. Buscaba otra cosa. Algo sin rostro, pero con el imaginado hoyo negro de su boca en gesto de desconcierto. En algún momento, cientos de metros adelante, dejó de fruncir el entrecejo y supo que tenía que regresar a casa. Decidió dar vuelta en U y encontrar una vía conocida, algún camino de retorno.

Tensas, casi sin sangre, tenía las manos sobre el volante cuando a unas decenas de metros reconoció una figura familiar, enfundada en el abrigo que recién le había regalado. ¿Qué hacía en la calle, lejos de la casa? Quizá salió también a respirar, a buscarlo. En todo caso, no importaba. Estaba ahí, cruzando la avenida. Entonces aceleró.

 

Exlibris 3 - kopie