STEFAN ZWEIG 

LA PREOCUPACIÓN POR EUROPA

Por SERGIO MONSALVO C.

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La significancia del mundo al que se pertenece sólo se hace palpable al ser alejado de él por la fuerza de las circunstancias, o al abandonarlo voluntariamente. Y esa situación bien relatada emana por sí misma el nivel de símbolo. Esa es, de manera precisa, la importancia de un libro como El mundo de ayer de Stefan Zweig. Autor que encarnó como muy pocas personalidades la idea de todo un continente, culto y unido.

De ahí, la absoluta necesidad de volver a leerlo (y a su obra en general: setenta y cinco volúmenes entre poemarios, obras de teatro, novelas, cuentos, biografías, ensayos y hasta el libreto de una ópera, junto a otros escritos) para comprender la idea, primero utópica y luego práctica, de una Europa Unida frente a las amenazas actuales del totalitarismo, la derechización, el separatismo, los rastreros nacionalismos y el populismo de la ignorancia (el Brexit como ejemplo de ello).

La vida de Zweig es la del Viejo Continente de la primera mitad del siglo XX. Es una historia que parte de lo apacible y del imperio de lo inamovible decimonónico hasta llegar a la quiebra y el horror de una segunda guerra mundial, que volvió irreversible un mundo tranquilo, afanado en el conocimiento, los descubrimientos científicos y el estudio del humanismo.

Zweig se consagró a “la idea europea”, es decir, a una Europa culturalmente unida, y sus escritos se caracterizan por el pensamiento global y la búsqueda de la paz mundial, y en eso emuló la lucha de uno de sus biografiados, León Tolstoi, quien estuvo “en contra de todos los excesos del Estado frente al individuo y su libertad última e inalienable”. Y aunque para Zweig tal propuesta llevaba el germen de la utopía, implicaba de cualquier forma “la defensa fundamental de todo humanismo auténtico”.

Argumentos semejantes le acarrearon la prohibición de escribir durante el nazismo, la quema de sus libros, la persecución y finalmente el exilio fuera de Europa, que para un tipo como él significó la muerte, la restricción de vivir en el territorio que él consideraba su propia casa.

“Estoy, como rara vez lo ha estado hombre alguno en todo tiempo, cabalmente desprendido de todas las raíces y aun de la tierra que tales raíces nutría. Me he educado en Viena, la dos veces milenaria metrópoli supernacional, y he tenido que abandonarla como un criminal…Mi obra literaria ha sido reducida a cenizas…Es así que ya no pertenezco a ninguna parte, soy extraño y a lo sumo huésped dondequiera. También perdí la patria verdadera, la elegida por mi corazón, Europa, desde que por segunda vez se desgarró en una guerra fratricida. Contra mi voluntad fui testigo de la derrota más terrible de la razón y del triunfo más desaforado de la brutalidad en la crónica de los tiempos”.

Palabras con las que prácticamente se despidió de su mundo Stefan Zweig, en el libro autobiográfico El mundo de ayer. Despedida que canalizada por el suicidio cumple 78 años de haber sucedido.

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Stefan Zweig nació el 28 de noviembre de 1881 en Viena, dentro de una familia judía austriaca de la alta burguesía. Estudió filosofía, germanística y romanística en Berlín y Viena, culminando con el doctorado. Luego realizó varios viajes por todo el mundo. Obtuvo tempranos éxitos como poeta y ensayista. Se dedicó igualmente a la bibliofilia y a coleccionar autógrafos de los famosos a nivel internacional.

Durante la Primera Guerra Mundial, Zweig, convencido defensor del espíritu europeo, luchó por la paz entre los pueblos desde su exilio en Suiza, donde se hizo amigo de Romain Rolland. En 1919 se radicó en Salzburgo y a partir de 1934 contó con una segunda residencia en Inglaterra, país al cual emigró en 1938 debido a la persecución nazi.

Dos años después viajó de ahí a Nueva York; y en 1941, a Brasil.  Zweig, quien apoyó a muchos colegas desde el exilio (entre otros a Joseph Roth), sufrió una profunda melancolía durante sus últimos años de creación, achacada por él mismo, por una parte, al derrumbe de sus ideales humanitarios en Europa; y por otra a una personal crisis espiritual. El 23 de febrero de 1942 se suicidó junto con su segunda esposa, Lotte Altmann, en Petrópolis, cerca de Río de Janeiro.

Desde la escuela preparatoria, Zweig reconoció en el placer de jugar y dar forma al lenguaje la actividad apropiada para él. Sus primeros poemas (Cuerdas de plata de 1901 y Las primeras coronas de 1906) revelan su proximidad al poeta Hofmannsthal, así como la influencia de la escuela neoromántica, del simbolismo francés y del impresionismo poético propio de Viena: el arte de los nervios, perfecto en su forma.

Zweig tradujo a Verlaine, Baudelaire y las obras completas de Emile Verhaeren, amigo suyo. Bajo la influencia de la psicología freudiana, se concentró, como narrador, en buscar los laberintos y los centros críticos de la psique. Esto se aprecia particularmente en sus antologías de cuentos Primera experiencia (1911), Amok (1922) y Confusión del sentimiento (1927), pero aún está presente en el último relato que concluyó, Cuento de ajedrez (1942), llevado al cine en 1960. Dramáticas decisiones sostuvo el escritor y ensayista en las “miniaturas históricas” de su libro Horas estelares de la humanidad (1927, ampliado en 1936 y 1943).

Constructores del mundo (1935) se intituló la antología de sus famosas biografías de escritores, entre ellas los retratos de Balzac, Dickens y Dostoyevski (Tres maestros, 1920), así como de Hölderlin, Kleist y Nietzsche (La lucha con el demonio, 1925). En 1928 siguió su trabajo con el tríptico Tres escritores de su vida (Casanova, Stendhal, Tolstoi). Por otro lado, la profesión de fe apolítica, humanista y pacifista de Zweig encontró expresión directamente en el ensayo El triunfo y la tragedia de Erasmo de Rotterdam (1934).

De sus obras escénicas, sólo se impusieron en el teatro de su época el libreto para la ópera La mujer callada (1935) de Richard Strauss, así como la adaptación de Volpone (1925) de Ben Jonson. En sus memorias, El mundo de ayer (1941), Zweig reflexiona sobre los vestigios de la vieja Europa, desde un punto de vista autobiográfico. Como sensible observador de los procesos creativos, estilista y sobre todo como mediador inteligente entre las naciones, Zweig se ganó una posición en la literatura europea ubicada por encima del éxito que gozó en su época.

Los dos elementos de que se compuso el mundo de Zweig fueron el espíritu y el sentimiento. Es imposible establecer cuál de esas dos fuerzas priva en su obra, pues cada uno de sus libros representa una idea lógicamente interpretada, expuesta y defendida y al mismo tiempo elevada a un clima vibrantemente humano (Veinticuatro horas en la vida de una mujer o Fouché, por ejemplo).

La sinceridad de las verdades concebidas por este autor austriaco, la sensibilidad y el ferviente deseo de imponer el bien sobre el mal de su tiempo son las características que dan a su obra esa tensión que obliga al lector a seguir las densas y dramáticas disquisiciones y representaciones brindadas por su pluma.

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