JOHNNY RIVERS

Por SERGIO MONSALVO C.

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UN DIOS RELEGADO

 Este es el perfil de un dios que fue único y diferente dentro de la escena del rock. Se forjó a sí mismo; vivió en los vértices del triángulo geográfico  fundamental del género (Nueva York, Luisiana, California); creó un sonido particular; una coreografía para sus presentaciones, cuya estética prevalece hasta nuestros días en diversos ámbitos de la cultura popular.

Se atrevió a hacer convivir géneros que parecían antagónicos; vendió más de 30 millones de discos en su momento; su nombre prevaleció durante toda una década en las listas de popularidad y, sin embargo, es un personaje “olvidado” oficialmente por los historiadores y a pesar de sus comprobables y numerosos merecimientos, no ha sido llevado al Salón de la Fama del rock. Su nombre: Johnny Rivers, aún vive y continúa tocando.

El hecho de que su padre se quedara sin trabajo cuando él era muy niño, con la consecuencia de un presente miserable e incierto para la familia, le dio contradictoriamente a Johnny la oportunidad de escuchar aquello que le daría un futuro, aunque la trascendencia se le negara.

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Había nacido el 7 de noviembre de 1942 en Nueva York como John Henry Ramistella, hijo de un músico que tocaba la mandolina y la guitarra, quien al perder su trabajo fijo en una orquesta se mudó con la familia a Baton Rouge, Louisiana, a la casa de unos familiares cuando Johnny tenía seis años de edad. Ahí su padre y su tío, también músico, le enseñaron los rudimentos de la guitarra, en la que mostró maneras y facilidad de aprendizaje.

A la par escuchaba las estaciones de radio locales que trasmitían piezas de zydeco, cajun, blues y rhythm and blues de Nueva Orléans y rockabilly de Memphis o Texas. Puros nutrientes.

Johnny Rivers oyó, vio (en conciertos) y aprendió a tocar todos esos géneros, incluido el naciente rock and roll, con los grupos que organizó siendo estudiante. A los trece años se hizo profesional y fundó el grupo The Spades, que tocaba en Nueva Orléans, con repertorio básicamente del r&b y rock and roll en el que interpretaba a Fats Domino, Little Richard y Buddy Holly.

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En 1956 debutó discográficamente con el sencillo “Hey Little Girl” en el sello Suede. Con este disco bajo el brazo, y como solista, se lanzó a su Nueva York natal para entrevistarse con Alan Freed, que era en esos momentos el DJ más influyente en los Estados Unidos y el cual le había proporcionado el  nombre al nuevo género: “Rock and Roll”.

La primera sugerencia que éste le hizo fue cambiarse el apellido por uno más pegadizo y menos étnico: Rivers, asimismo le consiguió una sesión de grabación para sacar el tema que sería su debut con tal nombre: “Baby Come Back”, compuesta y arreglada por Otis Blackwell, quien igualmente lo había hecho para Elvis con “Don’t Be Cruel”. No obstante, el estilo era tan semejante que Johnny no despegó, aunque realizó diversas grabaciones y muchas presentaciones bajo la férula de Freed durante un bienio.

A los 18 años de edad, con casi seis de profesional y gran experiencia escénica, tomó la decisión de mudarse a Los Ángeles y convertirse en compositor y productor, sin dejar de tocar y cantar cuando la ocasión se le presentara. De esta manera se sostuvo económicamente durante otro par de años, que le sirvieron, sobre todo, para mantenerse en forma y conocer a gente del mundillo musical del área.

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En esas circunstancias se encontraba cuando un amigo suyo le pidió ayuda para cubrir, durante unos días y a partir de ya, el lugar que una banda de jazz había dejado en su local, al renunciar inesperadamente. Johnny reclutó para la emergencia al baterista Eddie Rubin que trabajaba en un club de strippers, y al bajista Joe Osborn, músico de sesión.

Eran tipos curtidos que se adaptaban a todo y conocían el repertorio rocanrolero que Johnny quería interpretar. El acto resultó solvente y Johnny decidió mantener la formación como trabajo alterno. Para ello se consiguió también a un mánager que lo representara y cubriera su agenda. El seleccionado resultó ser Lou Adler, también compositor y productor, que había trabajado para Jan & Dean y era en ese tiempo asociado de Herb Alpert, pero quería fundar su propio sello discográfico.

Adler le consiguió un contrato de un año para tocar en un club que se inauguraría a principios de 1964 en el Boulevard Sunset Strip de Hollywood: el Whisky Á Go-Go. Johnny se preparó a conciencia y con ensayos en el lugar mismo, y fue cuando todos se dieron cuenta de que el escenario para los músicos y el espacio para la DJ contratada (Rhonda Lane), quien se encargaría de ambientar el lugar poniendo discos durante los descansos de la banda) no cabían juntos en el sitio destinado para ellos.

[VIDEO SUGERIDO: Johnny Rivers “Memphis Tennessee”, YouTube (NRRArchives2)]

A uno de los dueños del club, Elmer Valentine, se le ocurrió que la jaula de vidrio para la DJ podía colgar del techo y así no se estorbarían. Y así fue dispuesta. La noche de la inauguración, el 16 de enero, varias cosas explotaron ahí para dejar su huella en la cultura del rock. En primer lugar la música. Una que iba a formar parte de aquella época y que se imprimiría en el inconsciente colectivo gracias a su sonido.

Éste fue producto tanto de la experiencia como de la postura de Rivers frente a la música. Él creó su propio revival cuando aún no existía tal concepto. En su set festejó al rock and roll clásico de sus principales figuras, cuando éstas estaban ya muy difuminadas y fuera de los focos musicales (Chuck Berry, estaba en la cárcel; Little Richard se había insertado en la religión, Jerry Lee Lewis sufría una condena social y Elvis sólo hacía malas películas).

Junto a ese rock clásico (y rockabilly) puso también al blues, al folk y al country, ámbitos acústicos que ni por asomo convivían en aquel momento entre sí pero, además, los interpretó bajo el tamiz de su propia voz (whitey soul) y ritmo emanados de la Louisiana donde creció, enriqueciéndolos con sus raíces e influencias y, no contento con eso, los puso en versiones electrificadas, dando lugar así al llamado “Go-Go Sound” a partir de que lo diera a conocer en aquel club angelino.

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Dichas versiones, mezcladas con temas originales forjaron un sonido que se mantendría vigente a través de una década y cuyos ecos prevalecerían (en Ronnie Hawkins, Bobby Fuller, Dion, The Standells, entre otros). La extraordinaria aceptación que tuvo su propuesta, la interconexión que logró con el público y la atmósfera emanadas de ello le dieron al mánager la idea de grabar aquellas sesiones. Para llevarla a cabo tanto Rivers como él se endeudaron para conseguir los aparatos necesarios para la grabación, la cual se realizó en el mes de febrero.

Luego Adler vagaría durante los siguientes meses por una y otra discográfica con dicho material, hasta que la compañía Liberty lo aceptó y lanzó el disco

Johnny Rivers at the Whisky à Go Go, que aparecería en mayo. El disco en vivo resultó un éxito de público y ventas: la pieza “Memphis” de Chuck Berry entró en los primeros lugares de las listas de popularidad a principios del verano, y el medley con el que cerraba (“La Bamba/Twist and Shout”) pasó con su estilo a formar parte de los repertorios de todos los grupos (desde los emergentes del rock de garage hasta los mismísimos Beatles).

Ante los buenos resultados, en agosto del mismo año Rivers y Adler repitieron la dosis con Here We à Go-Go Again! Y la respuesta fue la misma: “Maybelline” (de Berry), y “Midnight Special” (de Ledbelly) fueron sus singles insignia.

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A partir de entonces la carrera de Rivers se mantuvo al alza y las piezas memorables suyas ( “Poor Side of Town”, “Look At Your Soul”) y ajenas (“Mountain of Love”, “Seven Son”, “Muddy Water”, “Baby I Need Your Lovin’” y un largo etcétera), no dejaron de aparecer durante una década en la que también fundó su propio sello discográfico (Soul City), hasta que la estrella de Johnny se opacó poco a poco e incluso dejó de grabar por un largo tiempo. Sin embargo, nunca ha parado de hacer presentaciones y sigue apareciendo en diversos lugares del mundo con un promedio de 60 conciertos muy solicitados por año.

Review: La versión de un tema exige más que un simple vaciado mecánico de un contenedor a otro: implica la reescritura –sonora, lírica o ambas– del tema, que es sólo una parte del mismo, al que se le deben agregar su espacio cultural y su contexto, para darle una nueva forma. Esto es lo que hizo Johnny Rivers con gran parte de su repertorio, sin dejar de introducir temas originales.

Singer songwriter Johnny Rivers early 1990's in Memphis, Tennessee.

Nadie de los que estuvieron presentes en el primer año de aquel nuevo santuario para el rock (lo mismo músicos noveles que luego serían estrellas, que astros cinematográficos hollywoodenses y público en general), con Johnny Rivers como el músico de la casa, podrá olvidar jamás las escenas de sus presentaciones en el Whisky à Go Go.

Él hizo de cada una de aquellas piezas que interpretó ahí su versión particular en un novedoso espacio discursivo y contextual que siempre se volvería a relacionar con él, preponderadamente, a pesar del desfile de luminarias que por él transcurrirían a través de los años.

Desde entonces con esas canciones se hizo manifiesta la presencia física de Rivers, a través de su voz, de su guitarra (envuelta por la sección rítmica) y del sonido que encarnó literalmente. El estilo que derrochó durante más de una década creó su propio mundo que finalmente permaneció ahí brillando, a pesar de que los historiadores fundamentalistas le hayan querido escatimar sus logros.

[VIDEO SUGERIDO: JOHNNY RIVERS – “SECRET AGENT MAN” & SEVEN SON”, YouTube (rwells47)]

 

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