GHETTO (II)

Por SERGIO MONSALVO C.

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 URBANISMO RACISTA

La comunidad afroamericana que llegó a Chicago se asentó en la zona sur. “Al otro lado de las vías” del ferrocarril (Bronzeville), que delimitaban la zona urbana desarrollada de la que no lo era (blancos y negros, respectivamente). El blues eléctrico de Chicago reflejó el carácter de esta sombría ciudad fabril y las miserables circunstancias sociales acarreadas por la migración masiva desde el Sur. Agresivo, siniestro y cargado de tensión suena el nuevo estilo, con la slide guitar y armónica amplificada como sus características principales.

Si bien muchas veces sus cantos eran duros y brutales, esto no era para menos: los hijos blancos del Tío Sam nunca les habían dado respiro y sí todas las restricciones a sus derechos civiles, estigmatizándolos y a su entorno: “No es aconsejable entrar en esas zonas si eres blanco”.

La ciudadanía blanca del norte del país, apenas tenía contacto con la población negra. Sin embargo, con la inmigración masiva debida a la crisis se incrementó la repulsión hacia los negros, que apenas los concebía fuera de un grupo de seres primitivos y peligrosos. Tras la guerra civil y la abolición, la mayoría seguía creyendo en la leyenda del salvaje dominado por creencias irracionales, sometido a todo tipo de impulsos descontrolados.

Los líderes políticos y sociales, los líderes religiosos, los empresarios inmobiliarios supieron explotar ese miedo y, más aún, cuando estigmatizados bajo las leyes sociales de la población blanca, dicho temor redituó en la creación de los ghettos.

El devenir de éstos en la Unión American se encuentra estrechamente asociado con olas de inmigración (externa) y a la migración urbana (interna). La primera comenzó en el siglo XIX con los irlandeses, alemanes y chinos, seguidos de italianos, polacos y suecos. En el inicio del XX llegaron los judíos europeos, los rusos, ucranianos, otros asiáticos y latinoamericanos. Todos ellos crearon sus propios enclaves y barrios con crecimientos y adaptaciones dispares y ambivalentes.

La situación de la segunda, la de los afroamericanos, ha sido distinta. Entre la abolición de la esclavitud y la promulgación de las leyes de derechos civiles de la década de 1960, las costumbres discriminatorias (a veces codificadas en la ley) obligaron a que esta comunidad interna viviera en barrios específicos, conocidos como ghettos.

Las distintas autoridades jurídicas (federales, estatales) aplicaron una lógica perversa para crear con ellos un régimen de marginalidad plenamente aceptado: la tendencia mayoritaria blanca hacia la segregación y el mantenimiento de la desigualdad, la fragmentación laboral y la lumpenización, la reducción del estado de bienestar y la concentración de la pobreza en tales zonas, todo con su debida legalización.

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Medio siglo después de la lucha por los derechos civiles de los afroamericanos (1955–1968), la de los Estados Unidos sigue siendo una sociedad segregada en la que blancos y negros habitan diferentes barrios. Tras la II Guerra Mundial mucha gente blanca estadounidense se mudó de las ciudades a los suburbios recién creados.

El hecho ocurrió, en parte, como respuesta a los negros que se mudaban a los vecindarios urbanos blancos. Las prácticas legales destinadas a “preservar” dichos suburbios limitó el intento de los negros para vivir en ellos, aunque económicamente pudieran hacerlo.

Para conseguirlo, tanto los bancos (préstamos e hipotecas), las compañías de seguros y las empresas negaban o aumentaban el costo de sus servicios, el acceso a puestos de trabajo, a la atención médica, etcétera, ​en áreas racialmente determinadas.

Los datos sobre el precio de la vivienda y las actitudes contra la integración indican que la segregación es un producto de acciones colectivas, adoptadas por los blancos para excluir a los negros de los mejores barrios citadinos y suburbanos. En la era Trump todo ello se ha recrudecido e incrementado la violencia y la palabra ghetto ha cobrado nuevos significados para ambas partes (el gobierno usa la tecnología para canalizar su mensaje, mientras que el hip hop ha recogido la estafeta del blues).

La certeza de que el pasado, en lugar de alejarse, se torna cada vez más presente. El fanatismo y el odio racial y los gritos de supremacía blanca, la xenofobia, ya no están sólo en las hordas encriptadas como el KKK, sino que provienen del gobierno mismo y los han hecho extensivos a todo afroamericano o inmigrante extranjero.

Tal estulticia, además, ha tendido a ser imitada por los políticos populistas demagogos, derechistas y aspirantes a déspotas de diversas geografías del mundo con mayor libertad (amparados en el voto y el retorcimiento de la democracia) y espacios (redes sociales) para tergiversar y extender sus mentiras, desde Asia a Latinoamérica donde las barriadas crecen para poner ahí a los “contrarios y fugitivos del desarrollo”.

VIDEO SUGERIDO: Donny Hathaway – The Ghetto, YouTube (soulfunkist)

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D’ANGELO

Por SERGIO MONSALVO C.

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 CUENTAS CLARAS Y EL BEAT ESPESO

¿Qué pasó con D’Angelo tras el disco Voodoo en el comienzo del siglo XXI y luego tres lustros de silencio? Hace 20 años este b-boy oriundo de Richmond, Virginia (donde nació en 1974), impuso un nuevo orden al paisaje musical del planeta con el álbum Brown Sugar.

Acompañado por beats espesísimos, órganos y pianos eléctricos cantó un soul auténtico. Mejor dicho: D’Angelo reunió distintos elementos para redefinirlo. Así, ingresó más soul al hiphop y mejores beats al rhythm and blues y al jazz. Lauryn Hill, Maxwell, Myron, Erykah Badu, Angie Stone y otros muchos representantes del “soul neoclásico” siguieron el camino abierto por él.

Sin embargo, una cosa era la música y otra fue la imagen. La aparición de Voodoo trajo consigo el video de la pieza escogida como sencillo, “Untitled”. Mal aconsejado apareció en él con el torso desnudo, lo cual proyectó su figura como la de un modelo (como si fuera una vedette de moda o un gangsta) y no como la del músico serio que era.

La respuesta pública no se hizo esperar. Fue tratado como un icono sexual, mientras el profundo contenido de sus temas y la originalidad sonora se perdía en el abismo de las celebrities. Eso lo deprimió sobremanera. Y como no hay mal que no venga acompañado, fue una época en que varios de sus amigos murieron por diversas causas, entre ellos J Dilla, el cual había sido una influencia manifiesta en el mencionado disco.

A ello habría que agregar la ruptura amorosa con Angie Stone, su caída en las adicciones y, como cereza del pastel, un grave accidente de tránsito. Entre una cosa y otra y el periodo de recuperación el tiempo fue pasando y las semanas se convirtieron en meses y éstos en años de alejamiento de la escena musical. Varios lustros tuvieron que pasar para que poco a poco se volvieran a tener noticias de D’Angelo.

Primero hubo rumores, luego afirmaciones, alguna aparición como invitado, la filtración de que estaba creando nuevo material, el hackeo correspondiente, la reaparición escénica y el anuncio adelantado (dado el piratazgo) de un nuevo disco, considerado dentro del campo del hip hop como el simil del Smile o del Chinese Democracy en el rock. Las grabaciones más largamente esperadas.

El detonante para que eso pasara fueron las reyertas raciales acontecidas en Ferguson, Misuri. No es que el nuevo álbum de D’Angelo estuviera lleno de dichos sucesos, sino que tales acciones inspiraron el componente sociopolítico del que se nutrió la producción de Black Messiah, además de la temática amorosa de la que el músico había experimentado varias aristas en todos esos años de oscuridad.

Ahora por fin D’Angelo está de regreso con un nuevo representante, una nueva disquera (RCA), viejos amigos y un tercer álbum aparecido en el 2015. El lugar del comeback fue Electric Lady, en la Calle 8 entre las avenidas 5 y 6 del West Village en Nueva York. Un estudio como otros muchos con un pasado como pocos: Jimi Hendrix y Stevie Wonder grabaron ahí, y ahora lo ha hecho D’Angelo. Al igual que sus excelsos predecesores se dio su tiempo en todo.

VIDEO SUGERIDO: D’Angelo – Cruisin’, YouTube (emimusic)

Según las reglas de la actividad musical él debió haber sacado un tercer álbum hace mucho (mediaron 14 años). Según su contador, debió haber terminado más pronto de trabajar en el costoso estudio. Por otra parte, todos los involucrados querían evitar a toda costa que se repitiera la debacle del hit de radio y video del anterior álbum, que pese a todo no vendió las cantidades esperadas, o para que el autor e intérprete no repitiera aquello de no querer salir de gira como con Brown Sugar. Se supone que en aquella ocasión sólo tocó en 13 ocasiones, y la mayoría de ellas exclusivamente para la prensa.

Su discípulo Maxwell, por el contrario, se empeñó a tal grado en sus giras (y por si fuera poco, como abridor para Toni Braxton en una de ellas), que al realizar su regreso D’Angelo ya se encuentra llenando el Radio City Music Hall de Nueva York varias noches seguidas.

Michael D’Angelo Archer es un fenómeno de la escena musical que empezó a tocar el órgano a los cuatro años en las iglesias pentecostales de su padre y abuelo. Tocaba en la iglesia las melodías que escuchaba en la radio, por supuesto en versión góspel. Ninguno de los asistentes conocía los originales. Estamos hablando de 1984, cuando dominaban las cajas de ritmos Linn y el DX-7.

A D’Angelo, ya con diez años de edad, se le ocurrió fundar un pequeño grupo de rhythm and blues con sus primos. Además, tomaba clases de piano con una monja. No obstante, a los doce, después de sus primeras piezas de Bach, abandonó el mundo de las partituras y se retiró al de su propio oído.

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En la high school empezó a rapear, pero en algún momento tuvo que tomar una decisión. Ya no era posible seguir rapeando y cantando al mismo tiempo. Optó por cantar. No obstante, trató de integrar el flujo del rapeo en su canto, de reunir ambas formas. Cantó como los otros rimaban.

A los 16 años su familia lo mandó en camión a Harlem, donde ganó el primer lugar en el concurso semanal de talentos realizado por el Teatro Apollo. Al poco tiempo Nueva York lo volvió a llamar. Sus amigos raperos de I.D.U., con quienes D’Angelo a veces cantaba y tocaba, le habían conseguido un contrato de edición.

Jocelyn Cooper-Gilstrap de la empresa Midnight Songs mandó a los hiphoperos de regreso a Virginia, pero se llevó a D’Angelo a Nueva York. Incluso lo puso en contacto con Kedar Massenburg y le consiguió el contrato con EMI. Siguieron la gran canción “U Will Know” (entre otros con Lenny Kravitz, Brian McKnight y Aaron Hall) para el soundtrack de Jason’s Lyric;

Tras ello un álbum debut, Brown Sugar, que llegó a platino (y que entre otras cosas contiene el que probablemente sea el único cover de Smokey Robinson que el maestro haya agradecido en persona); tres premios Soultrain, una nominación para el premio Grammy, un dueto con Erykah Badu para High School High; “The Notic” con los Roots y la canción “Girl, You Need a Change of Mind” para el soundtrack de la película Get on the Bus de Spike Lee.

Tales resultados decían que D’Angelo era la “verdad pura” y un ejemplo de historia viviente. De cualquier modo, él tomó como cumplido que dijeran que había cambiado la música de la radio estadounidense. Pero en realidad no se lo creyó tan a pecho, eran tantas las personas que lo habían inspirado. Tantos sonidos. De joven se la había pasado escuchando canciones de Marvin Gaye, James Brown, Prince y Sarah Vaughan.

Cuando llegó a la escena, ya había gente como los Brand New Heavies, músicos que estaban tocando un soul “natural”. Sin embargo, no había nadie, excepto tal vez Me’Shell NdegéOcello, que fuera igualmente exitoso y auténtico, como él. El máximo ídolo de D’Angelo sigue siendo Prince, y una de sus producciones es una interpretación de “She’s Always in My Hair” del mismo para el soundtrack de la película Scream 2.

Por lo tanto, ¿qué se debía esperar en cuanto al nuevo álbum de D’Angelo? La cuestión se podría expresar de la siguiente manera: representaría el siguiente paso. Demostraría que maduró tras esos largos años y que eso se haría notar en la música. Y lo primero que tenía que hacer era no querer ser demasiado perfecto ni pulido, dejar que todo el material tuviera su propia vida. Lo consiguió.

El talento del virginiano cuajó de nuevo en una obra maestra: Black Messiah. Es un fresco que presenta su aprendizaje con la guitarra eléctrica y lo vuelve más combativo al opinar sobre las Panteras Negras, la negritud de Jesucristo o la ecología. Hay beats de batería descomunales, pianos minimalistas y capas vocales insospechadas; hay blues futurista, góspel cubista y funk expresionista. Todo armonizado con la desarticulación precisa del D’Angelo que trae la buena nueva para el mundo, el suyo.

From the Set: J.K. Simmons and D'Angelo

VIDEO SUGERIDO: D’Angelo & The Vanguard – Sugah Daddy (Live at North Sea Jazz Festival 2015), YouTube (Lucas S)

 

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