Por SERGIO MONSALVO C.

Tuvo que llegar el Verano del Amor, 1967, para que el postrer meester de la primaria pidiera una más interesada explicación sobre la ascendencia paterna de aquel niño.
“La inocencia” —pensó el joven académico forjado en las filas de la beatlemanía y en la naciente psicodelia, en los jardines del Vondelpark, en la cargada contra las puertas de la percepción— “es un estado al que sólo acceden los visionarios místicos, y este jovencito puberto no tiene cara de ser uno de ellos, y menos el color. No hay místicos negros, aunque sí grandes músicos. Ergo: aquí hay un misterio encerrado”, se dijo el profesor, pero no quiso desmenuzarlo en clase. “Búscame a la salida”, le indicó.
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