CARTAPACIO: TÍTERES Y PIRUJAS

Por SERGIO MONSALVO C.

TITERES Y PIRUJAS (FOTO 1)

(RELATO)

Mientras ella saca de su bolsa el sobresito que le conseguí, lo desenvuelve con cuidado y vacía sobre la mesa de vidrio para comenzar a cortar el polvo con una tarjeta de crédito, yo me dedico a mirarla.

Pienso que en los últimos tiempos no me he visto más que involucrado con mujeres peculiares, ávidas de las cosas más tópicas o raras. En fin, son las que conozco más regularmente de un tiempo para acá.

Me refiero, por ejemplo, a aquella que conocí en una muestra de teatro independiente y que quería fundar su propia compañía, pero de títeres.

Se conocía toda la historia de este género e incluso quería asistir a varias escuelas con las más diversas técnicas al respecto, y escribir obras para tales muñecos.

Sin embargo, no lo hacía porque su novio, cada vez que tocaba el tema, le ponía unas golpizas extraordinarias y la amenazaba de mil maneras. Ella se sometía una y otra vez.

Desde la primera plática que tuvimos, me contó todo esto, y luego de unos tragos me aseguró que lo iba a dejar y a alejarse de él enseguida, aunque no le diera nada y le quitara sus derechos sobre las cosas de ambos.

Ella quería ser titiritera porque, decía, así podría realizar en las historias los diálogos y las actividades que nunca había podido llevar a cabo. Hablar de ello la excitaba y ponía como gata ansiosa. Eso fue hace un par de años.

Ya no la veo, pero sé que continúa con el tipo aquél, que sigue maltratándola de lo lindo, y quizá diciéndole a otro que está harta, y que lo va a dejar y a alejarse, aunque no le dé nada de lo que legalmente tiene derecho, y que adora a los títeres, y que quiere fundar su compañía, y bla bla bla…

También recuerdo a la que siempre me decía que su más caro anhelo era ser piruja o trabajadora del sexo, como ahora en la mejor corrección política se les conoce.

Era reportera y regularmente se encontraba desempleada, porque decía que tanto entrevistados, lectores o colegas cada vez que entraba a trabajar en alguna redacción, o salía a reportar, se le insinuaban y le hacían las propuestas más indecorosas, por lo que optaba por abandonar la plaza. Mujer algo contradictoria, como se ve.

Se refería de manera constante al glamour que, según ella, conlleva el oficio pirujil, al control que podía tener sobre los hombres. Creía firmemente en aquello de que no hay nada más poderoso que el cuerpo desnudo de una mujer.

Sin embargo, también se negaba en el coito a realizar posiciones distintas a la horizontal y boca arriba. Nada de jueguitos ni extravagancias, afirmaba. Vaya suripanta que iba a resultar. Como para volver loco al posible cliente.

Ésta, que ahora se afana en hacer las líneas de coca, dice que quiere vivirlo todo, conocerlo todo, excepto perder la virginidad.

Yo de ella no sé nada, pero hemos andado por bares nudistas mixtos; por cabaretuchos de baja estofa donde ha bailado con extraños, escuchado insinuaciones, mientras yo permanecía en algún rincón observándola, como me lo pidió, para que después le hiciera un retrato y contara a detalle cómo se ve, cuáles son sus expresiones, los movimientos de su cuerpo, sus actitudes. O sea, me ha puesto en el vil papel de vouyer.

Me he dicho a mí mismo que lo hago por curiosidad, por experimentar, por juego, yo qué sé. Sin embargo, ella me gusta y creo que ya está dentro de mi piel, en mi pulso. Me permite todo excepto el asunto de la virginidad y yo la dejo hacer, quizá pensando que en algún momento la plaza caerá y otras banderas serán izadas…

Ahora la veo precipitarse sobre la coca con un tubito de cristal, y ni por la mente me pasa que en cierto momento posterior me la encontraré fuera de nuestro día de cita concertado, en la inauguración de una exposición de pintura, donde será la novia de un funcionario de la cultura a quien se le predice un futuro promisorio dentro del presupuesto nacional; y que yo levantaré mi copa ahí para brindar por ella.

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