UNO x UNO

Por SERGIO MONSALVO C.

UNO X UNO (FOTO 1)

 (RELATO)

Era la época de exámenes. La última vez que presentaría uno de matemáticas (¡Puff, por fin!). Superado el escollo, todo sería coser y cantar. Sólo materias afines a él en ese futuro deseado. Sin embargo faltaba uno: éste.

Lo había preparado con la ayuda de sus amigos. Lo mejor que pudo entre encuentros de futbol, comidas populosas y charlas fugaces –on off side—con alguna hermana de aquéllos.

El día anterior le pidió a la maestra presentarlo a solas, en otro salón, a otra hora que los demás compañeros que lo harían en el aula regular. La maestra se extrañó por la petición y le preguntó la causa. “No quiero meterme en líos”, contestó enigmático.

Ella le dijo que no era posible porque si hacía con él una excepción tendría que hacerla con todos los demás si se enteraban. A cambio, lo sentaría en una banca aparte, junto a su escritorio, el día señalado. Es todo lo que podía hacer por él.

El alumno hizo un gesto de dolor. Luego levantó los hombros y dijo para sí: “Whatever”, y pensó sin quererlo en la canción “Desperado” de Eagles. Ante el marasmo, ella le mostró las palmas de las manos en señal de requerimiento o conclusión.

Él optó por lo primero y le explicó que las matemáticas no eran lo suyo, sino un verdadero azote a lo largo de su vida escolar. Con los años había aprendido a buscar la manera de sortear aquello que no entendía y también repelía: había copiado, le habían soplado, había hecho acordeones de formas imposibles, se había rayado el cuerpo; incluso, como ahora, había estudiado con la ayuda de amigos que generosos lo apoyaron para intentar sacarlo del agujero.

En cierto curso también se llegó a jugar la calificación, las vacaciones en caso de reprobar (por aquello de tener que estudiar para el examen extraordinario), en una partida de dominó. Juego al que el maestro en turno era muy afecto, un fanático en realidad. Ganó la partida y obtuvo el 7 necesario y pactado para pasar de año.

Ahora sabía que dicha estrategia no funcionaría porque a ella no le agradaba el dominó. Lo había dicho alguna vez durante la clase. Así que en esta ocasión, como presentimiento, como superstición, quería enfrentar el asunto así, sin trucos, sin gente alrededor a la que preguntarle por una u otra respuesta.

Quería enfrentar al destino, no retarlo. Por eso hubiera preferido hacerlo solo. Nada como una breve charla con tal destino en pleno examen de matemáticas para poner las cosas en perspectiva, como el futuro truncado y los deseos suprimidos, ¿qué mejor momento, no?

La maestra lo miró fijamente durante cinco segundos para darse cuenta de si había burla o franqueza en tal declaración, y al fin preguntó: “¿Qué son las matemáticas para ti?” Un dolor crónico, respondió de inmediato, un agujero negro al que empujaban los planes de estudio y los maestros, con perdón. Una cuestión sencilla que todo lo complica, sentenció.

“¿Y cuál es la sencillez de la que hablas?”, volvió a preguntar ella. Él arrugó un poco la boca y finalmente dijo: Es fácil. ¿Todo es cosa de números, no? Para mí el uno lo es todo, lo único, el contenedor absoluto, lo que da la extraña sensación de estar vivo. Y multiplicado por sí mismo, el espejo en el que se mira, se duplica y también ve al otro. Ahí acaba todo. Lo demás es pura fantasía.

Ella lo volvió a mirar, ahora por diez segundos y cerró los ojos en busca de la solución al problema.

 

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