CARRERA CON LA FUGACIDAD

Por SERGIO MONSALVO C.

Carrera con la fugacidad (foto 1)

 Ella acababa de cumplir años. Estaba aburrida y harta de todo. Necesitaba algo, lo que fuera, para volver a sentirse viva.

Aquella mañana estaba peor que nunca, a punto de enloquecer. Las pesadillas recurrentes de ahogo, sofocamiento y persecución no la habían dejado dormir bien. Se despertó varias veces sobresaltada durante la noche, para sólo tornar a otro mal sueño, pesado y amenazador. Por eso cuando sonó el despertador no pudo oírlo. Era tardísimo y los demás seguían durmiendo.

Su marido farfulló algún reclamo que de tan conocido murió al llegarle a los oídos. Corrió a despertar a los niños entre un punzante dolor de cabeza y la angustia del retardo. Como siempre, les habló suave primero, apurándolos, para luego pasar al grito fuerte y a las amenazas. Apenas tuvo la oportunidad se puso los jeans, una camiseta, un suéter y los tenis. Prendió la luz de la cocina y sacó rápido las cosas del refrigerador para preparar el desayuno y el lunch. Sentía amarga la boca y la mente embotada.

Arrancó la camioneta, subieron los niños y salió disparada rumbo al Viaducto. Por primera vez en mucho tiempo no se puso furibunda con los gritos, peleas y olvidos de cosas de sus hijos. Éstos pasaron a un tercer plano y a un segundo el ruido de afuera, el tránsito, los claxonazos, el olor a gasolina. El dolor de cabeza se acentuó un poco más. Intuyó que el cuerpo le pedía algo, que la mente estaba a punto de explotar, pero no tenía ni idea de qué hacer. Sólo podía pensar en cuánto le gustaría acelerar…acelerar…acelerar.

Llegaron a la escuela. Coches en segunda y tercera fila. Más claxonazos. Les repitió a los niños lo usual y esperó a que entraran, lo mismo que las otras decenas de padres de familia.

Justo cuando cruzaron la puerta, ella quiso arrancar en medio del caos vehicular. En ese momento un coche deportivo rojo se le cruzó. Enfrenó bruscamente y la camioneta se apagó. Estampó las manos en el claxon. Del auto rojo salió un niño corriendo hacia la entrada de la escuela sin hacer caso alguno. Ella intentó arrancar de nuevo, pero con el acoso de quienes estaban detrás de ella sonando las bocinas y vociferando, no lo pudo hacer. Con las premuras ahogó el motor.

El coche rojo se echó en reversa y el tipo que iba manejando se asomó para decirle algo a quien tocaba el claxon de esa manera. Sin embargo, al ver el llanto de aquella neurasténica señora, optó por acomodar su coche y bajar a organizar la circulación. Era un joven veinteañero, con una sonrisa burlona en el rostro. En cuestión de minutos logró desenredar el nudo de vehículos y calmar a los desesperados conductores. Hecho eso se dirigió a la camioneta que seguía sin poder arrancar.

Luego de oír con cierto cinismo los reiterados insultos de ella, le preguntó si quería que le ayudara o no. De los ojos de ella salía lumbre y guardó silencio. Él entonces abrió la portezuela, jaló una palanca y el cofre se abrió. Unos instantes después le pidió que lo intentara de nuevo. El motor rugió a plenitud. Se acercó a la ventanilla y le solicitó unos pañuelos desechables para limpiarse las manos. “Servida, señora”, le dijo, al mismo tiempo que observaba lo bien que aún estaba la mujer. Al mismo tiempo que ella sintió un cosquilleo en el cuerpo.

El idilio no tardó en comenzar. Los primeros días fueron de observación por ambas partes.

A partir del incidente aquél, ella procuró levantarse con anticipación para tener tiempo de arreglarse. No demasiado, pero sí lo suficiente para ya no parecerse al resto de esas mamás patéticas que aparecen en las escuelas por las mañanas. Incluso logró la hazaña de llegar al colegio con antelación, estacionarse tranquilamente a una cuadra y acompañar a los niños hasta la puerta y despedirse de ellos toda amorosa y esperar discreta y casual la llegada del coche rojo.

El muchacho por su parte, se ofreció a llevar a su hermano menor a diario sin ningún problema y con mucho gusto. Ante el inesperado gesto, su papá le aumentó de manera sustancial el dinero que le daba semanalmente. Estaba feliz y la mamá ni se diga. Ya no tendría que levantarse temprano. Procuraba llegar unos cuantos minutos antes de la hora de entrada y fraternalmente acompañar a su hermano hasta la puerta del colegio, donde por casualidad se volvió a topar con aquella mujer.

Se saludaron amablemente, y él la acompañó hasta la camioneta para cerciorarse de que no tuviera problemas con el arranque. Comenzaron cada uno a indagar por sus vidas y a interesarse por la del otro. Luego ella le tendía la mano y se despedían con un anhelante “hasta mañana”. Él se quedaba viendo cómo nerviosa y rápida salía disparada la camioneta y se fijaba en las placas tratando de descubrir alguna señal, algún indicio.

Ella, mientras tanto, se ajustaba los anteojos para el sol que comenzaba a salir, y ponía un gesto de seriedad al poner las manos en el volante, sin dejar de observarlo por el rabillo del ojo y luego por el espejo retrovisor cuando ya estaba lejos de él.

Le llevó una semana irse despojando una por una de sus reticencias, miedos, prejuicios y demás escrúpulos al respecto. Le daba vueltas a la situación y como a una cebolla le fue quitando las sucesivas capas, hasta concluir que al final nada importaba, salvo la emoción del momento. Esa emoción que no había sentido en años y que ahora se le presentaba para saldar cuentas con el tiempo. Era hora de ocuparse sólo de ella misma.

Al siguiente lunes ya tenía toda la intención de aceptar la propuesta más indecorosa. Se había comprado nueva lencería, coqueta y atrevida, la suficiente para esperar el momento que sabía llegaría tarde o temprano. Buscó vestirse y verse lo más juvenil posible, aunque en realidad no lo necesitara. Se sentía joven, de hecho era más joven. Un nuevo color también le inundó la cara y la vida en general. Así mantendría las cosas.

La espera no resultó larga, el miércoles de esa semana, el joven aquél le habló de sus deseos. Un poco atropellado, pero directa y hasta tiernamente, según ella lo consideró después. Pensaba enojarse un poco, negarse casi rotundamente para luego terminar aceptando debido a los ruegos de él. Las cosas salieron más o menos así, excepto lo de los ruegos. Se mostró más maduro de lo esperado y eso le infundió confianza para lanzarse a la aventura.

La Calzada que recorrieron con todos sus hoteles les pareció corta luego de unas semanas.

El tiempo medido para ella poco a poco fue ensanchando sus límites, lo mismo que las audacias de todo tipo. Luego de dejar ambos a los respectivos infantes, se iban en el coche de él a buscar nuevos terrenos para el combate. Un día él la invitó a que lo acompañara una noche al lugar donde se realizaban clandestinamente arrancones y carreras de autos, de las cuales era asiduo. Ella aceptó encantada. Quería conocer todo lo que significara incrementar la aventura.

Tras encargar a los niños y convencer a su marido con una reunión de exalumnas, se quedó de ver con él en un restaurante cercano. En el trayecto ella se imaginó algo como American Graffiti, donde los tipos involucrados se retarían luego de llamarse “gallinas” y la policía fuera la bestia omnipresente.

Se imaginó los estéreos de los coches a todo volumen tocando rock and roll, y a las acompañantes de los valerosos conductores dándoles algún objeto personal como amuleto. Todo era velocidad y excitación en medio de autos arreglados espectacularmente, motores rugientes y romanticismo a diestra y siniestra. Incluso recordó una escena de la película donde el joven, a quien se le ha pegado una adolescentita, luego de haber ganado la reñida y peligrosa competencia y de haber peleado durante toda la noche, la lleva a su casa, le regala la pieza de un pistón que usa como palanca de velocidades y le da un beso lleno de ruda ternura. Ella se sentía como aquella niña.

La noche comenzó promisoria cuando lo vio entrar al restaurante con la llamativa chamarra roja, los ajustados pantalones negros y las botas que tanto le gustaban. Se tomaron otro café y salieron tomados de la mano.

Llegaron a un lejano tramo del Periférico. Las calles aledañas estaban llenas de coches y gente. Muchachos recargados en las carrocerías, hablando con otros y pactando retos. Contrario a lo que pensaba, la bestia policiaca no era problema alguno. Los organizadores tenían por ahí una patrulla arrendada, para calmar a los rijosos o a los ebrios escandalosos.

Pudo darse cuenta de ello mientras esperaba que él regresara de enlistarse en alguna carrera. En el ambiente se olía el dinero, mucho dinero y la soberbia de los competidores. Los coches se estacionaban en batería conforme iban llegando y de ellos bajaban grupos de jóvenes o parejas que iban a observar o acompañar a un piloto. La música también permeaba el lugar, lo mismo que el rechinido de llantas y los acelerones.

Los propietarios de los coches que competían aportaban dinero en efectivo, principalmente. Esto, junto con las apuestas, se repartía entre los organizadores, el piloto vencedor y quien hubiera ganado la apuesta.

Ella observó cómo se realizaba una de las carreras y vio también la calle llena de curiosos. Los organizadores fungían como jueces y no daban el banderazo hasta que todo lo relacionado con el dinero estuviera en orden. Antes, los pilotos se daban la mano, lo mismo que al juez. Mientras, algunos espectadores examinaban los coches que se disponían a correr. Se cruzaban las apuestas finales.

El juez arrojaba una moneda al aire para decidir en qué lado de la calle correría cada conductor. Al auto que más bonito le pareció de aquéllos, le tocó el lado derecho, el más alejado de su vista. Arrancaron. Se oyó el rechinar de llantas y el rugido de la gente reunida.

Los faros proyectaban sus luces sobre las relucientes salpicaderas de los coches estacionados. Todo era ruido, velocidad, gritos, euforia, ilegalidad y la ilusión de furtividad nocturna.

A él pronto le llegó su turno. Ella se quedó en la banqueta luego de darle un gran beso y desearle suerte. Él colocó el coche en la línea de salida y aceleró sin soltar el clutch. Ambos autos salieron desbocados rumbo a un punto lejano donde también había gran cantidad de gente. Inconscientemente ella cruzó los dedos y no le quitó la vista al coche rojo. La cábala le resultó. Él ganó la carrera.

Brincando y gritando como niño llegó con ella, la abrazó y besó. Sus amigos y conocidos lo felicitaron. Él la presentó y alguno de ellos le preguntó si también competiría. Ella dijo que no, con los ojos muy abiertos. Él dijo que sí extendiéndole las llaves de su coche.

La inscribió en la categoría de mujeres principiantes y él comenzó a darle instrucciones e infundirle confianza. Ella no escuchó nada. Sólo atinaba a apretar las manos dentro de la chamarra de piel que llevaba. El sueño rebasaba ya en mucho sus límites. Se sentía otra, lejana, lejanísima de su realidad. Veía la calle ancha, iluminada y el punto distante de la meta. El corazón le latía al ritmo de los bajos contundentes de un estéreo cercano.

Nerviosa y excitada se subió al deportivo rojo. Sintió que era la primera vez que lo hacía. Mientras él le indicaba cómo realizar la salida y hacer los cambios de velocidades, ella intentaba relacionarse con el extraño tablero, el ruido de la piel del asiento del conductor, con los pedales rarísimos, con el aire que entraba agitado a sus pulmones, con la situación misma.

Apenas pudo darse cuenta del roce de los labios de él; de cómo avanzó hacia la línea de salida. Acomodó los espejos retrovisores, interior y exterior mecánicamente, y se dispuso a llevar más allá la experiencia. Con la emoción ni se fijó en contra de quién iba a competir, ni del color del otro coche. El mundo desapareció y sólo se concentró en el punto distante de la meta. Por fin podría acelerar…acelerar…acelerar…

Lo hizo a la señal y la vida como la conocía dejo de tener sentido.

Su cuerpo y espíritu se sintieron libres, sin peso, ligeros. Iba feliz y riendo con los puños apretados en el volante. Tanto que no se percató del hombre que salió de quién sabe dónde y se atravesó en su camino. Apenas sintió el golpe. Y mientras volteaba al retrovisor y veía el cuerpo aquél tirado en medio de la calle, quiso ser de nuevo como aquella adolescente de la película a la que el galán debía llevar a su casa.

 

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