68 rpm/2

 Por SERGIO MONSALVO C.

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 Una revolución significa escindirse de la tutela de cierta sociedad, de su forma de vida. Es el No rotundo a un estado de cosas y la afirmación de valores opuestos o nuevos. Cuando la vida no satisface las reales necesidades de las personas —impide que gocen y sientan, que se comprendan, formen y asuman su identidad y libertades— motiva el surgimiento de la revuelta, el rechazo a un sistema.

El terreno musical del año 1968 desde el comienzo tuvo movimiento (de signo tanto como de directriz) en este sentido. El rock, la música popular más importante surgida a mediados del siglo XX, tuvo el deseo y la sapiencia de que el futuro traería innovaciones y discontinuidades.

Y, aunado a ese conocimiento, la seguridad también de que las transformaciones esenciales acarrearían con ellas polémicas encendidas y censura, lo mismo que legitimaciones hacia los hechos sociales de los que era producto. Toda corriente musical necesita del soporte social y los fundamentos históricos y artísticos para convertirse en un género de trascendencia. Y los aconteceres de dicho año se lo brindaron a raudales.

No hay revolución sin música. Ésta última nos recuerda, a través de las épocas, hasta qué punto su presencia ha sido esencial en la formación de grupos tanto para enfrentar como para resistir la realidad.

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 A SAUCERFUL OF SECRETS

PINK FLOYD

(CAPITOL RECORDS)

Al frente de Pink Floyd, Syd Barrett eliminó los temas narrativos o representativos en la obra y experimentó, vía alteración de los sentidos, con composiciones metafóricas en la búsqueda de formas visuales y auditivas abstractas, que serían el mejor soporte para simbolizar al hombre en sus fantasías, sueños y viajes interiores. Era un devoto de la psicodelia.

Sin embargo, al realizar este disco oscuro se perdió en el camino, como un auténtico Nerval de la Telecaster. Fue entonces apoyado con la creación musical por el resto de los miembros del grupo (es el único disco en el que actuaron los cinco integrantes). “Extraña música espacial”, la llamaba  Barrett, instigador y explorador de tales vericuetos: mente-música-imagen.

Pink Floyd era la idea general de psicodelia. Tocaba de manera interminable y con solos “free”, porque la existencia de John Coltrane les permitió aceptar intelectualmente sus deficiencias musicales y acercarse al jazz y al blues. De esta forma Barrett se convirtió en James Joyce, Lewis Carroll o Tolkien, Aliester Crowley. Fue el viaje iniciático, del que su música pretendía ser la metáfora.

Syd ahora está muerto, pero con él el rock ofreció una identidad, un ideal imposible del Yo, una piel usurpada. Por ello no fue el ácido el que eliminó a Barrett, sino un juego de roles, que él interpretó hasta el límite extremo. La cultura de los sesenta y sus pretensiones prometéicas. Barrett, antes que nada, es desde entonces la ilustración de una parábola: el rock como fuego robado a los dioses; el rock como mito.

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Personal: Roger Waters, bajo, percusión y voz; Richard Wright, órgano, piano, melotrón, vibráfono, xilófono, flauta (tin whisle) y voz; David Gilmour, guitarras, kazoo y voz; Nick Mason, batería, percisión, kazoo y voz; Syd Barrett, guitarra slide y acústica y voz. Portada: Hipgnosis.

Graffiti: “El aburrimiento es contrarrevolucionario”.