JAZZ: FRED ANDERSON

Por SERGIO MONSALVO C.

 

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El saxofonista Fred Anderson trabajó en dominar el sax tenor desde los 12 años. Originario de Monroe, Louisiana, (nacido el 22 marzo 1929), estaba viviendo en Evanston, Illinois, cuando agarró el instrumento de su primo. Su tía posteriormente lo vendió, pero a Fred le gustó tanto que ahorró 45 dólares y compró otro. Nombró a Charlie Parker como la inspiración principal que lo empujó a tocar, aunque su estilo muy personal en la actualidad pareció apoyarse más bien en los conceptos experimentales de Ornette Coleman y John Coltrane.

 

Si bien conocía la tradición del bebop al derecho y al revés, las composiciones y los solos libres de Anderson con frecuencia se describieron como de vanguardia. No obstante, sólo era un letrero más, según el saxofonista. Afirmaba que su música es una mera extensión de la que había escuchado desde siempre: Coleman Hawkins, Lester Young, Charlie Parker y Gene Ammons, además de John Coltrane y Ornette Coleman.

 

Durante muchos años, solía practicar ocho horas diarias. Señaló como instrumento invaluable en su desarrollo como músico la grabadora que obtuvo a mediados de los años cincuenta.  Según él, muchos músicos tienen miedo a oírse ellos mismos, pero es necesario hacerlo si quieren localizar sus puntos débiles y desarrollarse en el sentido musical. Siempre conservo la costumbre de grabar todo lo que hacía para luego escucharlo, tratárase de prácticas solitarias, de sesiones de improvisación con otros músicos o de conciertos.

 

Dichos ratos fueron cada vez menos frecuentes. Desde que adquirió el Velvet Lounge, un bar del barrio South Side en Chicago, se consideraba afortunado cuando podía practicar una o dos horas al día. Cada dos domingos, participaba en las jam sessions que tenían lugar ahí mismo, dando a jóvenes músicos la rara oportunidad de expresarse libremente y de aprender con maestros como el trompetista Billy Brimfield, el baterista Ajaramu y el propio Anderson.

 

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Ya habían pasado los días de las giras por Europa que realizó a fines de los setenta. De ellas salieron tres de los cuatro L.P.s grabados por el saxofonista en colaboración con artistas europeos y algunos veteranos de la Asociación para Promover a Músicos Creativos (A.A.C.M.), tales como Billy Brimfield, George Lewis y Hamid Hank Drake. A la postre vivió de lo que producía el Velvet Lounge y no quiso arriesgar su sustento yendo de gira.

 

De suyo, su impulso principal para tocar siempre fue por amor a la música, no por dinero (aunque en ocasiones recibió más de lo que él mismo esperaba: Arts Midwest, por ejemplo, le confirió el primer premio Jazz Masters Award, el cual incluyó una pensión anual de 5 mil dólares. No lo preocupaba la falta de apoyo popular para su música esotérica. Si alguien deseaba escucharlo, podía comprar uno de sus L.P.s (como The Missing Link de 1984) o ir a escucharlo al club.  Estaba contento de tocar ahí, a menos que lo invitaran a otra parte.

En sus últimos años participó, por ejemplo, en el Chicago Jazz Festival de 1989. Al año siguiente, inauguró la celebración de los 25 años de existencia de la A.A.C.M., festejados con un mes de conciertos en Chicago. Anderson fue un miembro fundador de esta Asociación, cooperativa musical de la que salieron innovadores vanguardistas como Chico Freeman, George Lewis, Lester Bowie, Joseph Jarman, Hamid Hank Drake y Anthony Braxton, entre otros. 

 

Aunque ya no participaba como miembro activo, aún se le reconocía como pionero e impulso decisivo durante sus años de formación. La idea fue concebida por Anderson y el pianista y compositor Muhal Richard Abrams, como medio para que los músicos de Chicago reunieran esfuerzos para dar a conocer su música y explorar mutuamente sus estilos individuales.

 

Y el estilo de Anderson fue definitivamente personal. En su música las frases brincan en direcciones armónicas inesperadas, demorándose ocasionalmente en aullidos pulsantes y agudos. Sostiene notas largas en cualquier tono, desde el chillido de un búho hasta el solitario bramido de una sirena, reforzando la claridad de su cálida voz. Secuencias intrincadas se reproducen con facilidad asombrosa. 

 

Los sonidos que emanaban de su instrumento no tardaron en refugiarse en el reino de los trances. Líneas complejas, casi matemáticas, se confunden con gemidos bluseros y angustiados y ritmos implacables. Tresillos pavorosos fuerzan el tiempo. Después de diez minutos o más, sus solos parecen culminar, pero apenas es el principio. Vierte cataratas de sonido que vuelven al revés las ideas planteadas con anterioridad. Anderson falleció el 24 de junio del 2010.

 

VIDEO: Fred Anderson Quartet: Saxoon, YouTube (Obscure Sounds)

 

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