EL AUTOBÚS NO APARECE

Por SERGIO MONSALVO C.

EL AUTOBUS NO APARECE (FOTO 1)

 (CRÓNICA)

Un par de niños están sentados en la orilla de la acera. Uno tiene año y medio de edad, el otro tres. Tranquilos observan el paso de autos y camiones, un tanto sorprendidos. No hablan, sólo miran y quizá hasta imaginen. Sus padres están tras ellos. De pie.

Él papá es muy moreno, chaparrón, porta una camiseta de una talla menor para mostrar músculo, y unos pantalones de pana negra entallados. Lleva una esclava gruesa de dudoso oro en el brazo derecho y un reloj semejante en el izquierdo. Alrededor de su cuello cuelga una cadenita de oro también de la que pende un crucifijo del mismo material.

La mamá está enfundada en un vestido negro cortado como un costal de papas que le llega a las pantorrillas. Destaca el vientre descuidado y el trasero en libérrima expansión. Calza unas chanclas para baño. Sus antebrazos son rollizos y la piel de las manos brilla. Su cabellera corta luce un peinado al estilo de Ángela Merkel, pero no lo sabe. No usa maquillaje alguno y en su rostro sobresalen unas manchas blancas sobre las amarillentas y rebosantes mejillas.

Ambos miran hacia el horizonte de la avenida. El autobús no aparece. El papá voltea y camina hacia el aparador de una tienda cercana. Saca un peine y lo pasa por sus bien recortados cabellos. Se acomoda la camiseta y regresa al mismo sitio. La mamá se agacha hacia sus hijos y les dice que avienten unas piedritas, que jueguen, pues. Los niños buscan y encuentran algunos guijarros. El mayor los lanza contra los autos que pasan.  El pequeño hacia donde puede.

La madre les grita entonces que no se vayan a golpear entre sí porque entonces ella también les dará “lo suyo”.  El hermano mayor busca más piedras en donde alguna vez hubo la intención de sembrar un arbolito. Con el puño lleno va a la orilla de la banqueta y arroja el contenido. La brisa producida por los autos al pasar hace que la tierra viaje directo a la cara del pequeño, quien llora por todo lo que le entró a los ojos.

Ella entonces le da unos manazos al mayor, que también llora.  “¿Por qué no te fijas?, baboso” –le dice–. “Y tú, cállate. No seas maricón”, al otro.  El papá camina de nuevo hacia el escaparate. Ella jalonea a los niños. El autobús no aparece.

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