APOCALYPTICA: SEDUCIR CON LA EXPERIENCIA

Por SERGIO MONSALVO C.

Durante los últimos años sesenta y en los setenta a menudo se subrayó el parentesco que existía entre la música sinfónica y el rock progresivo o el jazz-rock, así como la influencia de Richard Wagner en el heavy metal –más en la imaginería y pomposidad que en otra cosa. Muchos músicos de los subgéneros “pesados” tenían –y tienen– una manifiesta y confesa afición por aquello.

En el fondo de sus corazones guardaban tendencias definitivamente románticas en el momento de elegir la instrumentación orquestal como punto de descarga para sus ampulosas ambientaciones y alegorías mitológicas. En algunos casos tal tendencia condujo al kitsch y a la producción de chatarra mística, en otros al avant-garde. Los representantes del sector clásico, por el contrario, eran reacios y conservadores al respecto. Por lo común expresaban poco o nulo interés por el rock en general, por no hablar del metal en lo particular. Muchos por una actitud snob más que otra cosa.

Esa situación se mantuvo a lo largo de varias décadas y por lo mismo, a nadie de tal sector se le hubiera ocurrido arreglar las canciones de un grupo como Metallica para cello, hasta que cuatro estudiantes de la renombrada Academia Sibelius, de Finlandia, emprendieron la tarea a mediados de los años noventa, pese a las dudas y reservas de sus profesores. Lo hicieron, como prueba, durante un campamento de verano, en el formato de cuarteto y con el nombre de Apocalyptica.

De entrada al experimento se le podía descartar como un juego intelectual meramente, cuyo factor de originalidad tendería a reducirse de manera drástica después de la tercera adaptación. Sin embargo, el tanteo obtuvo un brillante resultado y abrió con ello una nueva ruta dentro de la música contemporánea. En el álbum consecuente,  Plays Metallica by Four Cellos (1996), así como en sus presentaciones en vivo, las interpretaciones de dicho grupo camarístico desarrollaron una fuerza indomable. Esto se debió de manera fundamental al contundente oficio de este cuarteto de cuerdas poco ortodoxo.

Todo ello apoyado por una puesta en escena bien cuidada por los finlandeses: vestidos todos de negro, largas melenas agitadas al unísono (convertido el movimiento en marca de la casa), iluminados por luz roja de frente y deslumbrantes reflectores blancos por detrás. Instrumentos escénicos utilizados con criterio y gran efecto, que se convirtieron en destacados protagonistas secundarios de sus actuaciones en vivo.

Aquella agitación de las melenas rubias y trigueñas realizada con frenesí continúa en pleno 20 años después, durante la gira que el grupo realiza por los continentes para festejar el aniversario de su debut discográfico. La ejecutan dos de sus miembros, ubicados al centro del podio: Eicca Toppinen y Perttu Kivilaakso.

Los otros, Paavo Lötjönen y Antero Manninen “Mr. Cool” (ex miembro original y ahora invitado a la celebración), en los extremos, efectúan actos distintos durante los conciertos: uno, el primero, incentiva al público con su arco revestido de neón para provocar los aplausos de acompañamiento, los coros de las piezas más conocidas o el levantamiento de  los puños en señal de solidaridad; mientras al segundo, más contenido, le corresponde el uso del cello “incendiado” y humeante que ilumina el cráneo de una calavera.

Así fue como los vi esa noche del pasado 25 de febrero en el auditorio TivoliVredenburg de Utrecht, en Holanda. Obviamente tienen más tablas y dinámica, más discos en su haber (tanto de estudio como en vivo), más recursos y piezas originales, un baterista (Mikko Sirén) con estilo e instrumento excepcionales y su música ha evolucionado (construyen auténticas catedrales barrocas, con todo y sus atmósferas, que llevan de la suavidad al estallamiento emocional en un solo tema), pero mantienen la misma calidad, fundamento estético e incombustible energía que hace dos décadas cuando los admiré por primera vez.

Eicca Toppinen, el instrumentista líder (actualmente también compositor, productor y arreglista), es también el encargado de presentar los temas, a los integrantes y de comunicarse con el público. Logra la atención y las ovaciones para luego extraer oro de los cellos conjuntos, a la par que sus compañeros, en los temas evocados de su primer disco (tributo a Metallica): de “Creeping Death” a “Welcome Home”.

Apocalyptica sabe y disfruta de extender al unísono una alfombra sonora tejida con fibras de acero. Incluso los martillazos de “Wherever I May Roam” o “Master of Puppets” no han perdido nada de su fuerza, al contrario, han ganado en virtuosismo. Su versión de “Enter Sandman” es el pináculo de ello, y la ovación seguida les concede el estandarte y la heráldica a perpetuidad. Una hazaña desde el punto de vista técnico y de ejecución al haber traducido una música de guitarras eléctricas a partituras para cello.

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De esta forma, los músicos finlandeses que conforman Apocalyptica han proyectado su sensibilidad y educación clásica en el selecto material metalero, ajeno y propio, y en su riff encarnado. El sonido de sus instrumentos conectados directamente a amplificadores le agrega un tono de prosopopeya a las piezas. Por lo mismo, sus conciertos son intensos tanto para los protagonistas como para el público. Su crossover interdisciplinario, su metal sinfónico, ha cumplido 20 años y de la mejor manera, seduciendo al escucha con la experiencia.